Alexander parecía tranquilo pero cuando el último rayo de sol del día atravesó el cristal y le dio de lleno en la cara, saltó de la cama como si le hubiesen pinchado. Frenético, se detuvo un momento para mirar por la ventana, parecía un tigre enjaulado. Agarró las cadenas de su mochila y salió corriendo por la puerta, con Ana tras él. Alex salió como un bólido del espacio cementado de la posada y subió al monte sin aminorar. Encontró un árbol lo suficientemente robusto y empezó a rodearlo con las cadenas. Se quitó la ropa y la dejó un poco más allá. No se volvió cuando oyó a Ana acercarse.
"Ana, no"- su tono de voz era tan serio que la chica se paró en seco-
"¿Pero por qué?"- protestó-
"Luna llena. Peligro. Corre."
Ana siguió aproximándose, podía ser muy testaruda. Oyó cómo Alexander suspiraba ruidosamente, y de repente se volvió hacia ella. La chica se detuvo sin poder evitarlo. Sus rasgos volvían a ser lobunos, como la noche anterior.
"No."- insistió él, al ver que Ana quería levantar un pie- "Peligro."
"Oh, vamos Alex. Te estás atando y si te atas no eres un peligro"- respondió intentando no pensar en la posibilidad de romper las cadenas como la otra vez- "Déjame quedarme"
El otro le dirigió una mirada hosca, y Ana se la devolvió. Alexander gruñó. Se colocó una cadena sobre la cabeza y se rodeó el cuello.
Por cada minuto que pasaba los cambios en su anatomía eran cada vez más notables. Sus quejidos y gruñidos también aumentaban. Parecía que, a pesar de sentir un gran dolor, era capaz de no sacarlo a la luz en cierta medida, cosa que sorprendió a Ana. Ella, sentada unos metros más allá, lo miraba sin perderse detalle. El hocico de Alexander si hizo más y más largo, y sus colmillos crecieron también. Cuando la luna se alzaba sobre lo árboles, terminó la transformación, y el lobo que había sido Alexander aulló a la luna. Acto seguido se volvió hacia Ana y le gruñó. Intentó abalanzarse sobre ella pero las cadenas se lo impidieron. Notando esto, las mordió con furia, y haciendo esto se las apretaba aún más. El lobo empezó a ahogarse y al final, poco a poco, dejó de moverse.
Ana, preocupada de que realmente se estuviese quedando sin aire, se acercó un poco. Aunque parecía que estaba dormido, Ana pudo ver que uno de los ojos amarillos de Alexander vigilaba sus pasos. La muchacha estaba preocupada, pero no era tonta y sabía que la criatura era lista. Se sentó de nuevo, pero un poco más cerca que antes. Estuvo ahí hasta que el lobo cerró los ojos. Probó un nuevo método, acercándose un poco cada pocos minutos. Paró de nueva a una distancia prudente, y el lobo abrió los ojos para mirarla. Ella le sostuvo la mirada hasta que él pareció aceptarla, porque se quedó completamente quieto. Ana alzó la mano, y aunque el lobo gruñó, ella terminó hundiendo en su denso pelaje gris. Era muy suave. Le acarició despacio la cabeza, pero no se acercó a la boca, pues Alexander le seguía gruñendo por lo bajo, y entonces soltó un ladrido y se revolvió. La chica apartó la mano y esperó a que se calmase para seguir. La nariz del lobo se movió varias veces, y Ana supo que se estaba quedando con su olor, al igual que había hecho esa mañana bajo su forma humana, la primera vez que se habían mirado. Tal vez, sólo tal vez, la recordaba el lobo como una amiga, tal como el humano había querido. Como mínimo, no volvió a intentar atacarla.
Ana siguió mucho tiempo acariciando la cabeza del lobo, y en más de un momento le pareció ver un brillo en los ojos amarillos del lobo, un brillo inteligente. Después de un buen rato más sin sobresalto alguno, Ana se atrevió a quitar la cadena que rodeaba el cuello de Alexander. El lobo respiró hondo y levantó un poco la cabeza, aliviado.
Ella sonrió. El lobo era muy grande, si se levantaba tal vez sus cabezas estuvieran a la misma altura. El suave pelaje color piedra brillaba de vez en cuando a la luz de la luna y la chica apenas podía dejar de hundir sus manos en él. Así de manso, era bastante mono, como un peluche, si no intentaba desgarrarte con sus grandes garras, por supuesto. El lobo ya se había acostumbrado completamente a ella cuando la luna se escondió, e incluso no se había marchado del claro en toda la noche.
Alexander despertó con la cabeza recostada en las piernas de Ana, sin cadenas. Cuando se levantó la chica le sonrió. Sorprendido por no haberla atacado, Alex se mostró extrañamente mimoso y receptivo toda la mañana. Ayudó a Ana a terminar todas las tareas retrasadas y como no había más huéspedes terminaron en el tercio del tiempo necesario. Fueron a la habitación de Ana, y ésta se ofreció a buscar en el ordenador a alguno de los amigos de Alexander, y encontró a Victoria D'Ascolli. O más bien a su abuela adoptiva, que se encontraba entre una de las más grandes donadoras a orfanatos. Encontraron su número de teléfono, aunque no sabían exactamente dónde vivía. En cuanto a Jack, sólo había un par de páginas desaparecidos y una vieja cuenta de Facebook con las publicaciones más recientes de hace dos años.
Sin embargo, a Alexander le bastó con esa escasa información. Si es que había atendido a laguna. Había estado con la barbilla apoyada en el hombro de la chica, y ni siquiera había mirado a la pantalla. A Ana no le molestaba realmente, pero no dejaba de ser extraño.
Y así transcurrió el segundo día de Alexander en la posada.
