La música: «Azula», BSO de "El último maestro aire"; «This is gospel», Panic! At The Disco.
Desequilibrio
ii. Invierno, 1915
«This is gospel for the fallen ones, locked away in permanent slumber, assembling their philosophies from pieces of broken memories».
—La respuesta es no. —Zheng enfatizó. Al enarcar una ceja la retó a insistir con lo que había calificado como las locuras de una mente ociosa. Más allá de su determinante negativa, Xiuzhen no descubrió las peligrosas señales del horror en su reacción. Luego, él apretó los labios, lanzando un suspiro por la nariz en señal de cansancio—. Sería una pena que hayas recorrido el camino imperial para venir a hacer pucheros aquí, Lan Yi. Quédate... —Los ojos ambarinos de su hermano la buscaron detrás de la tercera princesa—. Ambas están invitadas a celebrar el solsticio en la capital de Weizhou.
Debajo de un entrecejo profundamente fruncido, los grandes ojos de Lan Yi parecían contener vergüenza más que cólera. Xiuzhen apretó los párpados, soltando el aire que la necia insistencia de su hermana la había obligado a contener en sus pulmones. Abrió los ojos y se preocupó por sonreír mientras asentía.
—Hermana Yuan —continuó él con afecto—, el norte canta tus victorias. —Xiuzhen inclinó la cabeza de nuevo, honrada por la felicitación del primogénito—. ¿Por qué secundar esta locura?
—No lo hago —replicó con gesto neutral. Lan Yi, sin pronunciar una sola palabra, la acusó de traidora al girar el cuello en su dirección—. No he venido aquí a apoyar tus insensateces —esclareció con tranquilidad—, sino a protegerte de ellas.
La ira centelló en la expresión de Lan Yi y apartó la vista a un sitio en el que no tuviera que sufrir a ninguno de sus hermanos. Xiuzhen había vivido con el estómago hecho un nudo la última semana. Primero, fue el horror. Paranoica, perdió el sueño y el apetito, esperando que una partida del departamento de la Guardia Imperial irrumpiera de la nada, dispuesta arrastrarla a la capital junto a su hermana mayor, y así someterlas al deshonor de un juicio por traición. El cielo sabía que la corte imperial no necesitaba ningún incentivo demasiado creíble para marchar contra el Reino Nara y poner fin al clan «bárbaro» que lo gobernaba.
Cuando logró aplacar sus temores iniciales y pudo mirar a Niang Lan Yi a los ojos otra vez, tuvo la sospecha de que la tercera princesa había perdido la razón en algún punto entre las guerras de expansión y la búsqueda de la inmortalidad. No era una idea que hubiera desterrado del todo aún. Si Xiuzhen accedió a realizar el viaje a través de Xing hasta la Provincia Wei, había sido con la intención de hallar un aliado contra la estupidez de su hermana. Por supuesto, también había dado lugar a la posibilidad de que Wei Zheng optara por condenarlas públicamente como traidoras. Aunque improbable, temía suficiente de su propia (mala) fortuna como para descartarlo.
—Hermana Niang —suspiró Zheng—, nuestro padre ha escogido al heredero y, en su celestial sabiduría, ha juzgado conveniente ser sucedido por el príncipe Yao.
Para ella, no pasó desapercibido el suave volumen de su voz. El cauteloso príncipe murmuraba rezumando afecto, guardando las apariencias en todo momento. Después de todo, sí halló un destello de alarma en su mirada al procurar hacer entrar en razón a Lan Yi. Los muros —los finos paneles que revelaban sombras ominosas— que delimitaban el despacho de Zheng nunca serían lo bastante gruesos para esconder lo que allí dentro se confesaba.
Mediante su lenguaje corporal, Lan Yi dejó claro que aquello la tenía sin cuidado.
—Él no tiene ningún derecho sobre el trono —siseó. De rodillas, se inclinó sobre el escritorio en la plataforma. El amueblado en el estudio de su hermano era de lo más tradicional según la costumbre de su familia.
Zheng enderezó la espalda y elevó el mentón, estudiándola en silencio. La gruesa capa de piel de marta resaltaba el aspecto de un hombre poderoso. Un bicho ponzoñoso de duda mordisqueó los bordes de su mente. ¿La decisión del Emperador había sido correcta? Wei Zheng no solo era un médico versado en el arte de la alkahestria, era también el primogénito del Emperador Actual. El derecho de nacimiento no era fácilmente revocable, habían sufrido la muerte de tres hermanos imperiales en las intrigas de sus clanes justo por esa razón. Las numerosas ocasiones en que el primogénito salvó la vida durante un atentado eran leyenda entre los plebeyos y los demás hijos del Emperador.
Lan Yi era astuta, arrastrarlo con ella urgiría la guerra civil.
—Es tuyo, Zheng —aventuró, casi suplicante. Con asombro, Xiuzhen advirtió que su hermana tenía los ojos brillantes de lágrimas que con furioso esfuerzo procuraba mantener ocultas—. Es injusto, ¿no lo ves? Ese niño ha tenido suerte, pelea por sí mismo y su clan.
La grave mirada del Príncipe Wei se fijó en Xiuzhen. Ella sabía lo que buscaba, así que procuró ser un libro abierto para él: no compartía las ideas de la joven doncella y confiaba en Yao Ling lo suficiente como para ceder el trono.
—He hablado con el Heredero —dijo transcurridos unos segundos. El silencio se había convertido en un penoso intercambio de miradas—. No es ningún inepto, Lan Yi. —Ella hizo amago de intervenir, pero Wei alzó una mano para frenarla—. Será como nuestro padre ha ordenado.
—Yao Ling es digno de la ascensión —agregó Xiuzhen, guardando la esperanza de restaurar el buen juicio de su hermana—. Compartí varios años de mi infancia con él y ya entonces había algo especial en su persona.
Lan Yi bufó, despectiva.
—¿En serio? ¿Me estás hablando de que es un Elegido del Cielo? Serías una completa ridícula si crees en esas tonterías de nuestros bisabuelos, Yuan.
Por el rabillo del ojo, se dio cuenta del exhausto suspiro con que Zheng se permitió apoyar los codos sobre la madera de su mesa de estudio y la desesperación de su gesto al llevarse los dedos a las sienes.
—No confío en el mandato divino —replicó Xiuzhen con toda calma—. Creo únicamente en su fuerza de voluntad.
Quizá, si la princesa Niang convivía con él, si lo escuchaba hablar de lo que le apasionaba, de lo que era importante: de Xing y su futuro; tal vez ella comprendería...
—Discúlpame, pero empiezo a creer que eres incapaz de ser objetiva.
Eso, pensó Yuan, debió considerarlo antes de arrastrarla hasta este punto. Su vida había sido aceptable antes de la inesperada visita de Lan Yi en el puesto de avanzada. Había dejado de codiciar el trono o cualquier otra gloria u honor salvo servir a su Emperador, ya fuera padre o hermano. No había conseguido el secreto de la inmortalidad, su familia la consideraba un fracaso y había comenzado a buscarle un marido entre las familias importantes de Drachma, con el fin de equilibrar el poder que el ascenso de otro príncipe había mermado. Estaba bien, ya no necesitaba preocuparse más por perder la vida a manos de alguno de sus hermanos menores; seguiría sirviendo como asesora militar o continuaría con la expansión en las islas del norte. Era una buena perspectiva, un futuro bastante agradable, y su hermana estaba a punto de arrebatárselo.
—Suficiente —restalló la voz de Zheng. Volvió a adquirir su posición erguida sobre la plataforma y en sus ojos algo se había enfriado—. Lo que propones es una locura.
—¿Conformarnos es la única opción?
—Niang, debes considerar si en verdad estás dispuesta a ver correr los ríos de sangre xingese. La sangre de tus hermanos y hermanas. —El frío semblante del príncipe obtuvo vida de los horribles recuerdos que cruzaron por su cabeza, anunciados en cada una de las líneas de su rostro, claros como la luz del día. Incluso Lan Yi retrocedió de vuelta a su sitio—. No estuviste allí. Tú no presenciaste el desfile de cadáveres de nuestros tíos y tías tras la ascensión de Padre.
—He perdido hermanos. —Si bien testaruda, no ostentaba la misma confianza de hacía unos segundos. Ya no encontraba su mirada con la de Zheng, sus trémulos ojos estaban puestos en el piso, pero su mente estaba recordando.
—Los perdimos por la ambición de tu madre —acotó él, sin piedad. Xiuzhen abrió los ojos con sorpresa y pronto los sintió arder con lágrimas—. Nuestros ancestros se apiadaron de la familia imperial cuando Padre decidió exiliarla... ¿Qué crees que le sucedería a la hija de esa mujer si atenta contra su decisión... si lo desafías como pretendes? Morirás en el deshonor, Niang. Todo tu clan sufrirá, como alguna vez sufrieron los Chang.
Los dedos meñique y anular de Lan Yi, envueltos en los preciosos protectores de uñas, rasgaron la madera. Parecía más pequeña dentro de su precioso qizhuang rosado de cuello azul profundo. El exquisito tocado se inclinó con ella, tintineante, hacia la superficie fría.
—Intento remendar los errores de mi madre —dijo—. Darte lo que mereces, hermano.
—Tengo todo lo que quiero y nada que no me pertenece —le aseguró, su voz tan suave como había sido la de ella—. Viviré en paz con ello.
Hubo otro lapso de penoso silencio durante el cual Lan Yi permaneció inclinada en vergüenza ante Zheng. Xiuzhen estuvo a un segundo de ponerse de pie, despedirse y llevar consigo a su hermana cuando una voz familiar hizo eco desde el pasillo.
—¿Estamos listos? —Preguntó vivaz. Xiuzhen giró para mirar al sexto príncipe transponer las puertas del despacho con un habitual bamboleo, haciendo una reverencia exagerada y despidiendo al sirviente que había sido su guía hasta el lugar. El pobre hombre lucía aliviado por desembarazarse del muchacho—. Mi gente está preparada —sonrió al mismo tiempo que jugueteaba con su bastón—. Tenemos el resentimiento y un general de los Yuan, la astucia y perversidad Niang, la lealtad y los números de Wei... y por supuesto, la economía de los Fei —celebró con una naturalidad que dejaba en ridículo a Lan Yi.
Al volverse de nuevo a su hermana, Xiuzhen no supo si la débil sonrisa que hizo sombra sobre una de las esquinas de su boca fue una forma de disculparse o si fue un recurso de insolencia y triunfo ahora que aparecía un aliado. Xiuzhen sacudió la cabeza, la cortina de cuentas de su tocado se agitó produciendo un bello sonido en el súbito silencio. La tentativa de Lan Yi estaba mejor planeada de lo que esperaba. ¿A cuántos más había enredado y convencido? El eterno azul no permitiera que hubiera hablado con algún miembro del clan Yuan.
Apretó los labios tras suspirar.
—Jian, guarda silencio o harás que nos maten —lo exhortó, porque Zheng no ganaría esta lucha contra la insensatez por su cuenta.
N/A: Para evitar que se pierdan en la ida y venida de personajes originales, aquí una lista. Más adelante quizá la acompañe con un poco de información sobre sus respectivas provincias, pero justo ahora eso implicaría revolverlos más, creo yo.
OC:
-Wei Zheng, primogénito del Emperador Sui.
-Niang Lan Yi, tercera princesa.
-Yuan Xiuzhen, quinta princesa.
-Fei Jian, sexto príncipe.
Uhm, tengo el hc de que la situación del Clan Chang se debe a un castigo de algún emperador anterior del cual no han podido reponerse. Más información en los siguientes capítulos.
