Hola de nuevo! Cuanto tiempo...Mea culpa, los exámenes nublan la razón y la inspiración! Pero este capítulo no podía esperar más, tenía que salir de mis dedos o estallar, y finalmente salió! o.o
Bueno, la cosa estaba en que Zoro no sabía qué pensar...Y creo que le dejaré sin saberlo un poquitín más... jeje
Atención! En la segunda parte del capítulo la visión es de Sanji!
Que aproveche! Y manden muchos reviews, por favor! Me dan muchas ganas de continuar con esto n.n
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El cocinero prendió la luz. El blanco reluciente de las paredes le cegó un poco al principio, pero no fue demasiado insoportable. Más insoportable era ese cretino que no le soltaba, agarrándole con fuerza por la cadera, como si tuviera miedo a que escapase o algo por el estilo. Sus huesos, entumecidos como estaban, empezaba a doler por la presión que estaba aplicando en esa zona tan sensible.
-Emm...ya puedes soltarme, hemos llegado. -suspiró, desviando la mirada hacia otro lado para que se diera cuenta de lo extraño de su comportamiento y le dejara libre de una buena vez. ¿Por qué no se había largado ya, si aún estaba sosteniendo la bandeja con la merienda de sus princesitas? Si no se daba prisa, se iban a enfriar esas suculentas crêpes. Sólo de mirarlas, sólo de olfatear el humo caliente que salía a borbotones de ellas, se le hacía la boca agua.
Finalmente, dándose cuenta de sus intenciones, el rubio despertó de su ensimismamiento, y estuvo a punto de arrearle con la bandeja. Por suerte, la intervención del pequeño doctor lo obligó a frenarse. Ese golpe habría dolido...y que le doliera algo tan insignificante dolía aún más...
-¡Oh, ya estáis aquí! Mira Zoro, aquí tienes mi champú especial. Es fantástico, antitodo, no dejará a uno sólo de esos monstruos desalmados vivo. –le adiestró el renito, estirando todo lo que podía su patita desde la puerta del baño. Vaya... sí que le atemorizaban esos bichos inofensivos. Para ahorrarle trabajo acercó un poco su brazo, pero no conseguía llegar hasta el envase: el maldito cocinero del amor no se zafaba del agarre con que le mantenía aprisionado. En lugar de soltarle, él mismo alargó su propio brazo para tomar lo que el pequeño le entregaba, y empezó a leer las instrucciones, distraído.
-Uff...si esto no mata a las pulgas, matará al animal que las contiene... –al soltar esa gran frase lapidaria con la que creía haberse ganado al auditorio, el cocinerucho movió sus extrañas cejas al compás de su escandalosa risa.
Chopper les miraba divertido, pero ligeramente confundido. No llegaba a comprender como dos hombres que al parecer se odiaban tanto podían estar tan juntitos y reír de esa forma a carcajada limpia. Sanji debía haber contado un chiste muy gracioso. –"Claro. El buen humor les ha unido momentaneamente y se han dado una tregua." –pensó, feliz por su descubrimiento. Así que decidió dejarles tranquilos, que aprovecharan para intercanviar más de esos chistes tan graciosos que él no alcanzaba a comprender. Antes de marcharse, cogió la bandeja con la merienda, que llevaba un buen rato observando con fervor.
-Yo se las daré a Nami-san y a Robin-neechan. –añadió, pasándose la lengua por los morritos y con una sonrisa de oreja a oreja.
-Pero no...no es...-el doctor cerró la puerta con un ligero "clic"-...necesario.
El muy idiota se había quedado con una cara de niño abandonado y perdido tan graciosa que no pudo evitar reír por lo bajo. Eso le valió una mirada recriminatoria del chef, quien sin pensárselo dos veces, le soltó. Pero aquello que tanto había deseado se convertiría en su perdición. Sin tiempo para reaccionar ni para sostenerse con nada, cayó de espaldas dentro de la bañera, causando un gran estrépito que seguramente se habría oído hasta en la cubierta.
El frío glacial de las paredes se coló por su nuca, sus piernas y por entre la tibieza de su ropa. Además, se había dado un buen golpe, y aunque en un primer momento no notó nada en especial, el ardor en aquella zona de su cabeza y la onda expansiva que había vibrado en su cerebro se habían puesto de acuerdo para aumentar sus problemas. Y encima el inútil no se movía, plantado delante suyo como si se tratara de la jaula de un animal exótico del zoo.
-Ehem...-se aclaró la garganta, cruzándose de brazos. Entonces, le dirigió la mirada más escalofriante que pudo lograr en aquella ridícula posición. Finalmente el rubito reaccionó.
-¿Lo ves? Por eso no quería soltarte. A la mínima te da un patatús y te desmayas, marimo.
-Sí, sí, genial. Ahora sácame de aquí. –enrojeció. ¿Cómo se atrevía a recordarle aquel patético momento? ¿Qué no veía que ya se sentía lo suficientemente impotente?
El rubio alargó su brazo y tiró de él, amortiguando la fuerza del impulso con su brazo izquierdo y con su hombro. Al hacerlo, una enorme nube de tabaco, especias y agua de colonia masculina (muy cara) se coló sin permiso por sus fosas nasales. Aquella combinación tan fuerte y difícil de digerir lo dejó un poco aturdido. Además, también sin permiso, unos largos y finos dedos volvían a clavarse en su espalda…Demasiado abajo para su gusto.
Bajo él, la respiración del rubio se había detenido en su pecho, que había dejado de subir y bajar. Levantó la cabeza para comprobarlo. Ero-cook miraba en dirección contraria mientras se encendía uno de sus cigarrillos. Nada parecía fuera de lugar, pero su ojo experto alcanzó a ver un ligero tembleque mal disimulado en la mano que sostenía el encendedor.
Al fin, se giró, pero no le miró directamente a los ojos, como cabía esperar, desafiándole. Su vista se había posado en un punto intermedio entre su nuez y su clavícula, así que inclinó su cabeza para ver qué tan entretenido había allí.
-¿Qué mosca te ha picado, cocinerucho?
El rubio le miró, por fin, sin entender...o quizá haciéndole creer que no entendía. Parecía muy ido, con su mente demasiado lejos de allí como para poder mantener una conversación. Al cabo de unos segundos respondió:
-Oh, nada, nada…Vamos, desvístete. Voy a por unas toallas.
Se dio la vuelta y salió, tan rápido como el rayo, soltándole tan bruscamente que estuvo a punto de caer de bruces. Por suerte, el salpicadero le sirvió de punto de apoyo.
-kuso…
La ráfaga de aire que había dejado la estela del cocinero aún mecía los albornoces colgados detrás de la puerta. Por alguna extraña razón el pomo reluciente le atraía, logrando que dejara su mente en blanco. Hacía demasiado calor como para pensar coherentemente. Ya se interrogaría después a sí mismo para encontrar una maldita explicación para el comportamiento de ese idiota. O quizá no, quizá emplearía la fuerza bruta para sacárselo. Empezaba a hartarse de tanto misterio. ¿Que por qué le importaba tanto? Pues porque sabía que de algún modo le concernía. ¿Por qué iba a preocuparse sino?
Cuando la primera manga de la camiseta se deslizó con lentitud por su brazo, y tras la espera para que desapareciera el rastro que dejó la molesta sensación punzante en sus músculos, decidió acelerar el proceso. Antes no le había parecido que hiciera tanto frío. Se quitó rápidamente la faja verde, las botas, y sus pantalones resbalaron sin dificultad de su cintura y a lo largo de sus piernas. Miró hacia abajo. Quedaba una última pieza, pero el cocinero no llegaba con las toallas. ¿Se la tenía que quitar también? No le parecía buena idea...Aunque, bien pensado, no tenía nada de qué esconderse. Finalmente, los boxers pasaron a formar parte del amasijo de prendas a sus pies. Sin nada más que hacer, se quedó observando la entrada, sintiéndose estúpido. Si ese baka tardaba demasiado se iba a congelar, así que decidió ponerse su albornoz verde y empezar a llenar la bañera. Le sentaría genial ese baño calentito.
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-Baka, baka, baka, baka...-un rápido murmullo, como una invocación, cruzó el pasillo en dirección a la habitación de los chicos. Se apresuró a cerrar la puerta a sus espaldas. El rasgueo metálico de la llave hacía demasiado ruido, justo cuando no quería visitas inesperadas. Tras forcejear unos minutos con sus manos temblorosas, consiguió que la cerradura le obedeciera.
Dio un giro completo y dejó que su espalda resbalara por la madera, hasta que sus piernas yacieron a lo largo y ancho del suelo frente a él. Al fin, sintiéndose fuera de peligro, desabrochó el ahora demasiado ceñido cinturón y destapó un poco de su bajo abdómen. Aquello no era suficiente. De un tirón descubrió sus caderas, ganando mayor acceso. Ah, por fin. El alivio que tanto necesitaba. Entreabrió los labios, dejando escapar el aire en silencio. No debían oírle, o el lío que se armaría sería demasiado duro de soportar.
Haciendo equilibrios, logró sacar un cigarrillo de la cajita en su bolsillo de la camisa, y encenderlo a duras penas.
-Esto no puede seguir así...-exhaló, de mal humor, al notar su voz rota y la familiar opresión de fuego en su garganta.
Desde hacía algunos meses no podía dejar de preguntarse por qué. ¿Por qué de entre todos los mortales, por qué tenía que ser precisamente él? ¡Un hombre! ¡Y no cualquier hombre, sino él...
Todo empezó como siempre, por una jodida casualidad, como si el destino se empeñara en burlarse de él.
Ese cretino era un supergustador. Al fin y al cabo no era algo tan raro; el viejo le contó, en una ocasión, que un cuarto de la población mundial lo eran, muchos de ellos sin saberlo. Por su capacidad fuera de lo común para detectar sabores y por el hecho de que los notaban con mucha más intensidad que las personas con una lengua normal, estas personas eran muy apreciadas en el ámbito culinario. Ejercían de catadores para las cocinas de todo el mundo, y los más grandes podían llegar a convertirse en someliers para los restaurantes más exquisitos. La diferencia estaba en el número de papilas gustativas.
Lo descubrió un dia, cómo no, de casualidad. Había estado preparando toneladas de comida para que el capitán se estuviera quietecito y callado hasta la hora de comer. Al verle bebiendo en la mesa de la cocina, la cabeza recostada en su brazo y los párpados a medio cerrar, decidió preparar algo también para él. No le costaba nada, y además no quería que se echara a dormir la mona en su cocina.
Cuando le plantó el plato delante de sus narices ya supo que algo no andaba bien. Se lo decía la mandíbula desencajada del marimo. Era tofu con salsa de soja, pero el lo miraba como si se tratara de un monstruo. Cuando le preguntó si ocurría algo malo, él se apresuró a negar con la cabeza. Se acercó el plató y pinchó uno de los cuadrados de tofu con un palillo, para luego sostenerlo en alto frente a sus ojos, perforándolo con ellos, como si intentara descubrir los secretos de una receta tan sencilla como aquella.
Decidió ignorarlo con el pensamiento en mente de que el primer oficial se parecía cada día más a su capitán. Continuó vigilando el fuego y las ollas. Aún así, la curiosidad pudo con él, y se giró disimuladamente, fingiendo estar buscando algún utensilio en la mesa abarrotada.
Al instante el espadachín se llevó el taco a la boca. Fue cuestión de segundos: su cara pasó de una desternillante mueca de amargura a una expresión neutra claramente fingida. En ese momento se aguanto una carcajada y no dijo nada para no incomodarle.
Tras este episodio empezó a fijarse mucho más en él. Más de lo normal. Anotó mentalmente la comida que le gustaba y la que no, y para ello tuvo que aprender a leer con precisión las expresiones de su cara. Había decidido convertirlo en conejillo de indias en sus experimentos culinarios.
Pronto dejó de fijarse en su cara, y pasó a observar sus gestos, el tamaño de sus sonrisas, la dirección de sus miradas, el brillo o apaivagamiento en sus ojos, sus estados de ánimo...Intentaba justificarlo con el argumento de que era su conejillo de indias, pero no lo veía nada claro. Empezaba a sospechar.
Cuando empezó a observar aquellas partes de su cuerpo que se encontraban por debajo de la cintura, aquello se volvió injustificable. Ya no había vuelta atrás. Los hechos estaban ahí, y no se podían negar. Lo que le preocupaba, sin embargo, era el por qué.
Abrió la puerta del armario y sacó unas toallas limpias. Después de la ducha lo envolverían a él...Con ese pensamiento un intenso rojo embadurnó sus mejillas. ¡Tenía que tranquilizarse, no excitarse más!
Tosió un poco y se acercó al pomo de la puerta. Dio vueltas a la llave, y con cada una, su respiración se acceleraba. Hasta que el "clic" de la cerradura le indicó que ya estaba abierta. Pero antes de salir debía mentalizarse. Tomó el pomo entre sus dedos, cerró los ojos y lo apretó fuerte.
Todo iba a salir bien. No ocurriría nada. Tan sólo se trataba de ayudarlo si tenía problemas. No iba a perder su capacidad de autocontrol. No iba a permitirse perder frente a él.
Soltó el aire que estaba reteniendo sin darse cuenta. Abrió la puerta y se encaminó al baño, sosteniendo las toallas planas, como si se trataran de una bandeja.
Allí estaba. Completamente desnudo, los brazos colgando por los lados de la bañera humeante llena de escuma burbujeante. El agua le cubría hasta los pezones, y un poco más arriba, una boca abierta se llenaba de vapor de agua que era exhalado segundos más tarde, creando ondas concéntricas en la superfície. Se había quedado dormido.
Ante esa visión mística, tremendamente cautivadora, todos los mantras que había estado repitiendo entre dientes se esfumaron. Se acercó despacio, para evitar despertarle. Las toallas habían quedado olvidadas sobre el salpicadero, la puerta estaba cerrada. Era su oportunidad.
Se arrodilló junto al durmiente. No iba a poder resistir mucho más. Sólo el tiempo suficiente para acercarse más a él, para que su respiración le hiciera cosquillas en la mejilla, para que pudiera hundirse en su aroma a jabón, a dulce y a amargo. Aquello fue todo lo que pudo soportar. Finalmente, anuló cualquier distancia entre sus labios.
Sonrió. No se había equivocado. Sabía a sake.
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Woah! El cocinero perdió los papeles! Jujuju...qué pasará, qué pasará...lalaralara...
Torishira: muchas gracias por tu entusiasmo! Me sigues por todas partes! La verdad es que no escribo en ningún otro lugar que aquí o en amor yaoi, no conozco nada más...Tampoco me he movido mucho por aquí últimamente, hasta que empecé a escribir este. Espero que te haya gustado, y que te siga gustando lo que está por venir! n.n
