Disclaimer: esta historia no es mía, es una adaptación y los personajes tampoco me pertenecen ya que son de S. Mayer, yo solo juego con ellos.
3.- Curando las heridas del cuerpo y la mente.
Lord Cullen miró a Isabella, postrada en el suelo y tiró del cordón de la campanilla. Mientras el lacayo acudía, levantó a la joven en sus brazos, cruzó el vestíbulo y subió la escalera.
El lacayo se apresuró a adelantarse para abrirle una puerta al final del corredor y Lord Cullen colocó a Serena sobre la cama.
Era una habitación muy amplia con vista al jardín trasero de la casa. Decorada con lirios, era evidente que se trataba de la cámara nupcial.
– ¡Llama a Ángela!
Lord Cullen había acomodado a Isabella en la cama con mucho cuidado, colocándola de costado para que no se lastimara más la espalda.
La observó con la misma expresión de asombro e incredulidad que cuando vio su espalda por primera vez y se dio cuenta de que también sus brazos estaban lastimados.
Comprendió que, cuando la conducía por la senda de la iglesia, además de asustarla debió provocarle un gran dolor.
Ambos permanecían inmóviles cuando la puerta se abrió para dar paso a una mujer amable, de rostro arrugado y cabello canoso, que usaba el uniforme acostumbrado de las personas a cargo de los niños: vestido gris y delantal blanco.
– ¿Envió a buscarme, señor?
Lord Cullen se volvió hacia ella con alivio.
– ¡Ven acá, Ángela!
La niñera se acercó y, al seguir la dirección de su mirada, vio las terribles heridas en la espalda de la muchacha.
– ¡Amo! – Exclamó – ¿Quién pudo haber hecho esto? – dijo mirando a Lord Cullen.
– Yo no, Ángela. No trataría de esta manera a ninguna mujer, ni siquiera a un animal.
– ¿Quién pudo ser tan bestial?
– ¡Una mujer!
– ¿Qué va a hacer usted?
– Es lo que deseo que me digas.
La niñera se inclinó y apartó un poco más el vestido de Bella para dejar al descubierto la espalda. Sangrantes, inflamadas, moradas y color naranja, las marcas casi no dejaban un centímetro de piel sano.
– Se desvaneció – explicó Lord Cullen –pero cuando vuelva en sí, el dolor será intolerable.
– Sin duda. Necesitaremos aceite de laurel.
– Enviaré enseguida a traerlo a la farmacia.
Lord Cullen parecía contento de poder hacer algo.
- No es probable que alguna farmacia lo tenga.
– ¿Entonces dónde lo conseguimos?
– De la hierbera.
– ¿Cuál hierbera? – Preguntó Lord Cullen y después exclamó – ¡Ya recuerdo! Vive cerca de Roth. Mi madre solía hablar con ella.
– Así es.
La niñera tomó la mano de Bella, como para asegurarse de que aún estaba viva. Era una mano muy delgada y los huesos sobresalían de forma patética.
– ¿Quién es ella, señor? – preguntó, como si de pronto hubiera sentido curiosidad.
Se hizo una pausa antes de la abrupta respuesta.
– ¡Mi esposa!
– Pero... yo pensé... nos dijeron que esta noche.
– Traía yo a casa una gran belleza – terminó la frase Lord Cullen con una nota de desprecio en la voz –y, en cambio, Ángela, te traigo alguien que necesita de tu cuidado y protección.
– Haré lo mejor que pueda, señor, pero estamos en manos de Dios.
Bella se estiró y tuvo la sensación de que era feliz. La acompañaba una grata impresión que surgía de su pasado y comprendió que había soñado con su madre.
Era un sueño que se había repetido una y otra vez. Su madre había estado con ella, la sostenía en sus brazos y le daba algo de beber. Después, se deslizó de nuevo hacia un mundo de sueños, donde era una niña y nada la asustaba.
– Mamá... – murmuró.
Abrió los ojos, pero creyó que seguía soñando. Estaba en una habitación desconocida, llena de sol.
Podía ver los postes tallados de la cama en que estaba acostada y una elegante repisa de chimenea de mármol, sobre la cual había un cuadro de brillantes colores.
Cerró los ojos. Todo debía ser parte del mismo sueño, pero como sentía curiosidad miró de nuevo, advirtiendo que la repisa y el cuadro continuaban allí.
– Si está despierta – dijo una voz suave a su lado –le daré algo de beber.
Bella recordó entonces que había escuchado esa voz antes.
Había sido parte de su sueño. La había obedecido por instinto.
Un brazo se deslizó con gentileza por sus hombros para levantarle un poco la cabeza y hacerle beber de una taza que alguien llevaba a sus labios. De nuevo reconoció algo más: la dulzura de miel de un líquido frío que había calmado su sed.
– ¿En dónde... estoy? – logró decir cuando alejaron la taza. Levantó la vista y vio el rostro de una mujer de edad que le sonreía.
– Está en el Parque Roth.
– ¿En dónde?
– La trajimos aquí, milady.
– Pero... ¿por qué? – trató de preguntar Bella y entonces recordó.
Recordó la entrada en la iglesia; la extraña sensación de su primer beso; el terror de verse arrastrada hasta el altar y la ceremonia nupcial.
¡Se había casado!
Una ráfaga de temor la invadió… él estaba furioso, muy furioso y ella tenía miedo... después, había escrito una carta... ¡una carta para Rosalie! ¿La habían enviado? ¿Qué había sucedido? Recordaba haber gritado de terror después de decir algo; algo que era malo; algo que había prometido no revelar… Empezaba a recordar, pero había lagunas... lagunas que eran parte de su miedo y que yacían por ello olvidadas en su mente.
– Ordenaré que le traigan algo de comer – dijo la voz tranquila a su lado – Después de alimentarse se sentirá mejor.
Bella quiso protestar y decir que no tenía hambre. La bebida que le dieron era deliciosa; todavía sentía su dulzura en la boca y la había vigorizado, por lo que ahora podía pensar con más claridad.
La mujer se dirigió hacia la puerta para dar órdenes y cuando regresó al lado de la cama, preguntó:
– ¿Todavía se pregunta cómo llegó aquí?
Bella la miró y dijo:
– ¿No estoy... en Londres?
– No. Está en las propiedades de su señoría en Hertfordshire.
– ¿Su señoría? – preguntó Bella, estremeciéndose.
Ahora recordaba. Se había casado con Lord Cullen, el noble a quien Rosalie había rechazado en el último momento, ese hombre moreno, airado e imponente que le había tendido una trampa a Rosalie, atemorizándola después a ella para obligarla a casarse con él.
Pensó en su madrastra y tembló.
– ¿Sabe mi madrastra dónde estoy? – preguntó con voz apenas más que un susurro.
– Lo ignoro. Pero no necesita preocuparse por ella ni por nadie más. Su señoría la cuida.
– Estaba tan furioso.
– Ya no lo está. Sólo desea que usted se recupere.
A Bella le reconfortó saberlo. Cerró los ojos y se durmió. Al despertar, la esperaba la comida. Continuaba sin hambre, pero accedió a comer algo para complacer a la mujer que la atendía. Luego se durmió de nuevo y regresó a la tierra de los sueños, donde la esperaba su madre y donde no temía a nada.
A la mañana siguiente sintió la cabeza más despejada y pudo pensar con claridad. La habitación era mucho más hermosa de lo que le había parecido a primera vista. Los muros blanco y oro, los cortinajes color de rosa que hacían juego con la alfombra, los grandes espejos de marco dorado, los cuadros y las flores, todo era parte de una habitación ideal que en ocasiones había imaginado, pero que jamás había visto en realidad.
Ya sabía que la mujer que la atendía había sido haya de Lord Cullen.
– Era un niño muy dulce y "nana" fue una de las primeras palabras que pronunció. Desde entonces así me llama.
Le llevó a Bella el desayuno y lo colocó a un lado de la cama. Ella lo miró, pero no se percató de la fina porcelana de Worcester, de la reluciente plata y del mantel bordado. En cambio, le parecía ver la comida que ella misma se preparaba en la sucia cocina de la casa de la calle Hill.
¿Qué pensaría de ella su madrastra? ¿Qué explicaciones se habrían dado para justificar su ausencia? ¿Qué le dirían ella y Rosalie cuando volviera a verlas?
Como esas dudas la atemorizaban, trató de esforzarse por eludirlas y concentrarse en lo que Ángela le decía.
– Tiene que engordar, milady. Ya logró subir un poco de peso.
Bella la miró con los ojos muy abiertos.
– ¿Cómo? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
– Casi tres semanas.
- ¡No puede ser! ¡Tres semanas! ¿Cómo puede ser?
– Ha estado enferma. El médico diagnosticó "fatiga cerebral", pero no le hacemos mucho caso, aunque su señoría insistió en consultarlo.
Hizo una pausa, y al darse cuenta de que Bella esperaba una explicación, continuó:
– La hierbera es quien la ha atendido. No reconocerá su espalda cuando la vea en el espejo.
– ¿La hierbera? – repitió Bella y pensó que debía ser una tonta porque no acababa de comprender lo que sucedía.
– Es famosa por estos lugares y la gente acude desde Londres para que le cure sus malestares con hierbas. No permite que nadie use la medicina de los doctores.
– ¿Han sido hierbas lo que me ha dado de beber? Incluso inconsciente me parecieron deliciosas.
– Hierbas y frutas del jardín de la hierbera, así como miel de sus abejas. No usa ninguna otra. Dice que tienen poderes especiales curativos.
– ¿Dice que he subido de peso?
– Sí, un poco y eso es una mejoría.
Ángela le entregó un espejo que había tomado del tocador.
La imagen que Bella contempló era muy diferente de la última que había visto de sí misma. Entonces tenía la piel pegada a los huesos, los ojos enrojecidos e inflamados y el cabello largo y escaso. Ahora sus ojos casi parecían llenar el rostro y, aunque su barbilla era puntiaguda, la piel era clara y la teñía un ligero rubor. Su cabello, además, parecía más espeso y ondulado.
– Me veo... diferente – comentó.
– Y se verá todavía más cuando yo termine con usted – prometió Ángela – pero hará lo que le indique.
Bella sonrió. Conocía ese tono, mitad cariñoso y mitad autoritario, que todas las hayas utilizaban con los niños a su cuidado. Era igual al que usaba con ella su propia haya y que escondía una ternura que nunca había recibido de nadie más. Sabía que era amor, en cierta forma como el que recibía de su madre, pero diferente, ya que el haya jamás "toleraría tonterías".
– Hare todo lo que me diga. Quiero ponerme bien.
Pero mientras lo decía se preguntó si era verdad. Al recobrarse tendría que enfrentar problemas. Sobre todo uno, el más importante de todos. Ni siquiera tenía que expresárselo a sí misma: lo veía a él, alto, atemorizador, lleno de ira.
Ángela le llevó un camisón limpio, un elegante modelo de seda con adornos de encaje y le cepilló el cabello. Antes se lo frotó con una loción que le había dado la hierbera.
– ¿Qué es? – preguntó Bella.
– Quinquefolio o cincoenrama – contestó Ángela– Es la hierba de Júpiter.
– ¿En serio hace crecer el cabello?
– El suyo ha crecido mucho durante su enfermedad, claro que siempre sucede así cuando alguien está inconsciente.
– No lo sabía.
– Así es.
– ¿Cómo pude permanecer inconsciente tanto tiempo?
– Debió haber despertado poco después, pero se habría sentido confusa e infeliz, así que la mantuvimos dormida.
– Por supuesto, con hierbas.
– El sueño es la medicina del Señor, pero nosotras lo ayudamos un poco.
– ¿Qué me dio la hierbera para eso?
– Creo que alheña, hierba de San Juan y amapola blanca – respondió Ángela – pero tendrá que preguntárselo. Aunque no suele revelar sus secretos.
Bella volvió a dormirse y cuando despertó ya había caído la tarde. Le llevaron té y pequeños emparedados. Al terminar, Ángela le dijo:
–Su señoría desea hablar con usted.
– ¿Su... señoría? – Bella casi no pudo hablar. Instintivamente se llevó las manos al pecho, como si intentara protegerse.
– Ha venido a verla todos los días – continuó Ángela – para ver cómo sigue.
Rió al añadir:
– Parece que fuera uno de esos edificios a los que dedica tanto tiempo.
Bella no pudo contestar. Temblaba. ¿Tendría que verlo? ¿Qué podría decirle? De pronto pensó que tal vez él desearía hablar del futuro y de la forma de deshacerse de ella. Apenas notó que Ángela había traído un chal de chiflón y encaje para cubrirle los hombros y que le arregló el cabello. En aquel momento, se escucharon unos ligeros golpes en la puerta.
– Adelante, señor.
Ángela abrió la puerta y él entro en la habitación. Serena contuvo el aliento. Sin saber por qué, esperaba verlo de negro, como estaba vestido en la iglesia. Recordaba que su capa le había hecho pensar en las alas de un murciélago. Pero él vestía ahora ropa de montar: ajustada chaqueta azul, corbata alta y parecía mucho menos amenazador.
Bella tardó un segundo en decidirse a mirarlo a la cara y descubrió que su expresión estaba ya muy lejos de parecerse a la del demonio. Tuvo que reconocer, por el contrario, que era el hombre más apuesto que había visto en su vida. Pero como era muy alto e imponente la hacía sentirse muy pequeña e insignificante. Ella, en realidad, parecía muy frágil en la gran cama de dosel y cortinas de terciopelo rosa.
Lord Cullen se dijo que nunca había visto una mujer con un color de cabello tan extraño. Parecía casi marrón pero con destellos rojizos al igual que sol cuando atardecía, y sus ojos castaños como el chocolate dulce.
– Me alegro de ver que está mejor – dijo y se dio cuenta de que a ella le resultaba imposible contestarle.
– Nos ha causado a Ángela y a mí una gran ansiedad – continuó como para darle tiempo a reponerse –Pero ahora cada día vemos mejoría. Pronto podrá salir y conocer mis jardines. Son muy hermosos en esta época del año.
– Me... gustaría... hacerlo – logró decir Bella.
– Entonces obedezca en todo a Ángela. Yo me he visto obligado a hacerlo toda mi vida.
Sonrió y los labios de Bella ensayaron a su vez una débil sonrisa. Luego, como si sintiera que estaba obligada a decir algo más, añadió:
– ¡Lo... lo... lamento!
– No hay nada qué lamentar. Soy yo quien debe disculparse.
– Debí... detenerlo – murmuró Bella – Esta tarde pensé… en lo que sucedió. Hice muy mal en permitirle... hacerlo.
– No podía evitarlo – le contestó, sin fingir que no sabía que ella hablaba de su boda.
– Fui... una... cobarde. Mi madre... se habría... avergonzado... de mí.
Habló sin pensar y él notó el temor que reflejaban sus grandes ojos.
– Estamos casados, Bella, por lo tanto entre nosotros no debe haber fingimientos ni mentiras. La noche que se desmayó porque yo la obligué con crueldad y por venganza a casarse conmigo, me dijo primero que su madrastra y después corrigió que su madre, la había golpeado.
Bella bajó los ojos y se tomó ambas manos, apretándoselas con fuerza. No habló y después de unos momentos, Lord Cullen agregó:
– Pongamos algo muy en claro, nadie volverá a hacerle daño mientras esté bajo mi protección. Es mi esposa y todo lo que ha sufrido ha terminado.
Ella lo miró de nuevo con los ojos brillantes, como si confiara en lo que le decía.
– Pero no puedo quedarme con usted – observó en voz baja.
– ¿Por qué no?
– Porque no me quiere... y si me aleja, nunca sabrá nadie, que se casó conmigo.
Lord Cullen tenía fija la vista en su rostro al preguntarle con voz extraña:
– ¿Sugiere en serio, Bella, que está dispuesta a ocultar el hecho de que estamos casados y a desaparecer de mi vida?
–Sería fácil de hacer... y es la única solución... posible para usted.
– ¿Qué la hace pensar eso?
– Que no soy el tipo de esposa que debe tener... y no era su deseo… casarse conmigo.
– Yo la obligué a casarse conmigo y ambos sabemos que era en venganza contra su hermana. Al mismo tiempo fue un contrato legal y religioso. Me casé con una señorita Swan.
– ¿Evité que perdiera las diez mil guineas?
– Así es, pero rehusé aceptar el dinero cuando me lo entregaron.
– ¿Por qué?
– Le contaré la verdad, así como espero siempre escuchar de usted la verdad.
Lord Cullen se sentó en un sillón junto a la cama.
– Cuando su hermana dijo que se fugaría conmigo, lo confié a dos de mis mejores amigos y uno de ellos me dijo que era un tonto.
– ¿Por qué?
– Dijo que Rosalie Swan sólo buscaba casarse por interés y que si estaba dispuesta a renunciar a Jacob Black en mi favor, era sólo porque el duque viviría todavía mucho tiempo, así que yo era mejor partido. Como yo me creía enamorado, me enfurecí porque había sugerido tal cosa. Le aseguré que Rosalie me amaba por mí mismo. Parecía un joven inexperto.
Un tono de desprecio sacudió su voz y luego prosiguió:
– Mi amigo sugirió que lo comprobáramos. Me apostó diez mil guineas a que si ella pensaba que el duque moriría enseguida, entonces cumpliría su promesa a Black. Yo me reí y acepté porque estaba seguro del amor de Rosalie. Entre ambos preparamos la carta que ella recibiría poco antes de salir de su casa para reunirse conmigo.
– Fue una prueba... cruel.
– Cruel o no, demostró que yo me hacía tonto y mi amigo tenía razón.
– Así que en realidad ganó la apuesta.
– De hecho, sí, pero cuando usted iba a salir de la iglesia recordé que el trato se había hecho respecto a mi boda con la señorita Swan, no con Rosalie Swan.
– ¡Comprendo! Así que no era honesto aceptar el dinero.
– Me alegro que mi comportamiento cuente con su aprobación.
– Pero... de todos modos... el daño está hecho.
– ¿El daño?
– Está casado... ¡conmigo!
– No es la forma en que yo me referiría a nuestra unión. – Dijo que no fingiríamos. Hablemos con franqueza. Amaba a Rosalie porque es la muchacha más bella de Inglaterra. Por lo tanto yo soy una esposa a la que no ama y a quien ni siquiera podría admirar. Así que lo mejor que puede hacer es... librarse de mí.
– Me parece que lo dice en serio.
– Pienso en usted.
– ¿Y usted?
– Yo estaré bien, si me ayuda.
– ¿Cómo?
– Pensaba si podría darme un poco de dinero... sólo un poco... lo suficiente para rentar una casita en la campiña. Me iría adonde nadie me conoce y no necesitará... volver a verme.
Como le pareció que él le dirigía una mirada crítica, añadió:
– Tengo una vieja haya, como Ángela. Mi madras... mi madre la retiró cuando salimos de Norfolk y sé que sufre. Ella me cuidará.
– ¿Y con cuánto cree que bastará?
– No mucho. Creo poder arreglármelas bastante bien con... cien libras al año.
– Y por esa gran cantidad está dispuesta a salir para siempre de mi vida.
– Nunca le diría a nadie lo que sucedió, así que usted podría casarse con alguien que amara y que lo amara a usted.
– ¿Se da cuenta de que soy un hombre muy rico?
– Eso dijo Rosalie.
– Y aún así considera que cien libras al año sería suficiente recompensa por el servicio que me presta.
– No soy derrochadora.
– Entonces es usted muy diferente a la mayoría de las mujeres de su edad.
Bella le dirigió una débil sonrisa.
– La felicidad no depende del dinero.
Pensó en lo feliz que había sido en su hogar con sus padres, quienes no eran ricos, pero en cambio tenían todo lo necesario para procurarse una dicha que no podría comprarse con oro, por muchos millones que se tuvieran.
La voz de Lord Cullen interrumpió sus pensamientos.
– Permítame decirle, Bella, que es muy diferente de la mayoría de las jovencitas.
– No creo que sea un cumplido.
Él permaneció unos momentos en silencio antes de preguntar:
– ¿Tiene algunos otros planes para el futuro?
Ella se volvió a mirarlo y él pudo notar que, cuando estaba atemorizada o perturbada, sus ojos se volvían más oscuros
– ¿No les dirá a mi madrastra ni a Rosalie dónde me voy? Podrían encontrarme... y entonces…
Lord Cullen se inclinó hacia ella. Sin pensarlo, Bella había extendido una mano suplicante y él la tomó entre las suyas.
– ¿Cómo puede imaginar que sería yo capaz de hacer algo que provocaría que sufriera usted de nuevo esa bestial crueldad?
Los dedos de ella se agitaron entre sus manos, como si hubiera capturado un ave.
– Creo que mi madrastra... quería... que yo muriera. ¿Podría decirle que estoy... muerta?
– Pero está viva y aun cuando me interesan sus ideas, tengo mis propios planes.
– ¿Cuáles son?– preguntó ella.
Le soltó la mano y volvió a reclinarse en el sillón.
– ¿Nunca le dijo Rosalie cuál es mi pasatiempo predilecto?
– No.
– Hace años que me dedico a restaurar edificios antiguos que se olvidaron y descuidaron, para devolverles su esplendor original.
– ¡Debe ser muy interesante!
– Lo es para mí.
– Ahora recuerdo que Rosalie comentó que el Regente le consultaba a usted sus proyectos arquitectónicos.
–Coincidimos en muchos puntos. He aconsejado a su Alteza Real acerca de los edificios que erige en el Parque Regents y en Brighton. Con frecuencia me honra al aprobar las casas que construyo o renuevo con lo que no era más que una pila de escombros.
– Me encantaría ver una – dijo Bella en un impulso.
– Y lo hará – prometió Lord Cullen – Bastante cerca de aquí hay una casa que se construyó para uno de los nobles de la corte de la Reina Isabel.
Bella lo miraba con fijeza, mientras escuchaba interesada.
– Estaba en un lamentable estado de descuido y el gran vestíbulo, donde la propia reina cenó varias veces, se había convertido en caballeriza. Las vigas las robaron y la madera tallada la hacían pedazos y la utilizaban para hacer fuego. Pero ahora ya está casi compleja.
Ella notó el entusiasmo con que él hablaba cuando se refería a los edificios que reconstruía.
-También descubrí, casi por casualidad, cerca de San Albano, lo que en un tiempo fue una población romana, una pequeña villa olvidada y que casi se había convertido en bosque. Limpié el terreno, cavamos y encontramos exquisitos mosaicos, pilares y trabajos de mármol de belleza sorprendente.
– ¡Qué inteligente es usted! – Exclamó Bella– Veo que debe darle una gran satisfacción.
– Me enorgullezco – continuó Lord Cullen– de tener cierto Instinto en lo que concierne a esas cosas. El Regente dice que siente lo mismo cuando ve una antigüedad valiosa o una pintura que necesitan restauración y que sabe que bajo la mugre de años se esconde el trabajo de un artista genial.
- ¿Y nunca se equivoca?
– ¡Prácticamente... jamás! ¡Es por eso que estoy seguro de tener la razón en cuanto a usted!
– ¿A… mí?
– Siento que necesita bastante restauración – dijo, sonriente.
Bella lo pensó un momento antes de decir:
– Pero lo que ha descubierto era, originalmente, muy fino o bello. En cuanto a mi restauración, sólo cuenta... conmigo.
– Es muy modesta. ¿Se parece a su padre?
– No, a mi madre, pero sólo una pobre imagen suya, de algunas de sus características. ¡Ella era muy hermosa!
Hablaba sin pensar y, de nuevo, Lord Cullen advirtió el temor en sus ojos y el ligero temblor que la estremecía.
– Claro que... – dijo sin mirarlo – ha cambiado… mucho... con los años.
– Creo que quedamos en que no nos mentiríamos el uno al otro.
– Empeñé mi palabra y...
Bella hizo una pausa.
– ¿Cuál sería el castigo si la rompía? – preguntó él.
– Ella me matará –murmuró Bella casi entre dientes.
- Eso jamás sucederá, pero como no deseo que nada que me diga la perturbe y quiero que olvide todos los horrores del pasado, no la presionaré.
Lord Cullen vio aparecer un brillo de gratitud en los ojos de Bella.
– Quiero que sólo piense en ponerse bien – agregó – para que pueda pasear por los jardines conmigo y en cuanto esté más fuerte la llevaré a que conozca los baños termales romanos cerca de San Albano y la casa Isabelina, antes que le consiga inquilino.
Se puso de pie.
– Prométame que no se preocupará por el futuro.
– Lo... intentaré – respondió Bella.
– Lo discutiremos de nuevo cuando esté más fuerte, pero sólo piense que me sentiré muy defraudado si la restauración de un edificio llamado "Bella" no cumple mis expectativas.
Bella le dirigió una débil sonrisa.
– Por favor, no espere mucho.
– Temo que soy un perfeccionista – insistió él y tomando una mano de ella entre las suyas se la llevó a los labios.
– Duerma bien, Bella, vendré a verla mañana.
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo al escucharla preguntar:
– ¿Por qué está usted en el campo? Debía estar en Londres. Todavía es la temporada social.
– Ya casi termina. Y jamás confío en nadie más que en mí mismo en lo que se refiere a mis edificios.
Lord Cullen sonriendo salió de la habitación.
Bella se reclinó sobre las almohadas. Su corazón palpitaba agitado, pero ya no estaba asustada, como cuando lo vio entrar.
"Qué amable fue", pensó, pero tenía la sensación de que debía haber insistido más en que se librara de ella. Era un hombre galante, pero había esperado tomar por esposa a Rosalie la bella e incomparable Rosalie de cabellera amarilla, ojos azules y cutis perfecto. Sabía, sin necesidad de que nadie se lo dijera, que, a pesar de que habría habido sin duda muchas mujeres en la vida de Lord Cullen, él no le había ofrecido antes matrimonio a ninguna.
Era uno de los hombres más ricos de Inglaterra, lo cual lo convertía en el yerno soñado por cualquier madre ambiciosa. Cualquier joven estaría encantada de vivir en la Casa Cullen del Parque Lane o de ser la castellana de la residencia de campo Roth.
Luciría las joyas de la familia y sería anfitriona de todas las personalidades del país, del Regente para abajo. Rosalie tenía la cualidad esencial para ocupar esa posición: una belleza que fascinaría a todos los que la conocieran. Y habría otras que, además, tendrían sangre azul, una gran dote o una personalidad fascinante. "Yo no poseo nada de eso", pensó Serena diciéndose que tenía que ser práctica y sensata.
Por un corto tiempo, mientras se reponía, podía permanecer allí, disfrutando de aquella belleza que la rodeaba y que la conmovía de una forma que no podía expresar con palabras. Siempre había detestado la fealdad, y cuanto era sucio, cruel y mentiroso, todo lo cual había formado parte de la vida que la habían obligado a llevar.
¡Ahora había escapado! Pero no debía engañarse y pensar que duraría para siempre.
Lord Cullen había sido amable con ella, pero sólo porque estaba enferma y porque comprendía que, bajo los efectos de su furia, la había obligado a hacer lo que quería. Lanzó un suspiro. "Debo salvarlo de sí mismo", pensó, "y de mí".
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Pasaron dos días más antes que Bella pudiera bajar y conociera a la hierbera. Había acudido a verla en un carruaje de la mansión y la mujer se mostró complacida de la mejoría de su paciente.
– Todavía le falta mucho, querida – dijo con fuerte acento de Hertfordshire – pero va por muy buen camino y todo lo que tiene que hacer ahora es seguir mis instrucciones. ¡Nada de trampas!
Las hierbas que debía tomar intrigaban a Bella. Debía continuar usando el aceite de laurel, que le había curado la espalda, pero que aún era necesario donde todavía había cicatrices.
También, cremas para frotarse después del baño que, según supo, contenían prímula y calamento, la hierba de Mercurio, que no sólo era buena para el cutis, sino para toda afección del cerebro.
– Lo dice como si pensara que estoy loca – protestó Bella.
– Su cerebro estaba tan débil como su cuerpo. Necesita que se le alimente para volver a ser fuerte – contestó la mujer –El calamento ayudará. Le dejaré una botella y me avisa cuando se le termine.
Eran tantas las instrucciones que Bella decidió escribirlas para no olvidarlas.
Una cosa le resultaba fácil recordar: tenía que cambiar la loción para el cabello por una hecha con la almendra del interior del hueso de durazno.
– Hiérvalas en vinagre – indicó la hierbera a Ángela –Hacen crecer el cabello y le dan el brillo y la tersura de los propios duraznos.
– ¿Cómo aprendió todas estas cosas? – preguntó Bella.
- Mi padre era hierbero y su padre antes que él. Nicholas Culpeper fue mi antepasado.
– ¿Quién era él?
– Un astrólogo y médico muy famoso. Fue el primer hombre en este país en escribir sus descubrimientos acerca de las propiedades de las plantas.
Sonrió a Bella y añadió:
– Conocimiento que se remonta a los anales del tiempo.
– Sí, lo sabía, pero ignoraba que hubiera libros acerca de las hierbas.
– Nicholas Culpeper dedicó su vida al estudio de la astrología y la medicina.
– ¡Qué fortuna que escribiera lo que sabía! – exclamó Bella.
– Durante la guerra civil combatió al lado de los parlamentarios y recibió una herida en el pecho – le explicó la hierbera – Se curó a sí mismo pero pensó que si moría, sus conocimientos morirían con él.
– ¡Qué terrible pérdida habría sido!
– Así es. Por lo tanto, al mismo tiempo que atendía una gran cantidad de pacientes en Spitalfields describió las propiedades medicinales de las hierbas y la dirección de sus preparaciones en lo que llamó "Herbario Completo".
– Por favor, ¿me dejaría conocerlo un día? – suplicó Bella.
– Claro. Dejaré que lo vea cuando venga a visitarme, también le mostraré las hierbas que he secado para el invierno y charlará con mis abejas.
– ¿Charlar con sus abejas? – preguntó asombrada Bella.
– Les gusta que a quienes curan charlen con ellas. Yo hablo con ellas y les digo lo que sucede para explicarles lo que su miel mágica tiene que hacer. ¡Jamás me fallan!
Cada momento que Bella pasaba en la casa del Parque Roth, le traía nuevas sorpresas.
Cuando se vistió, con la ayuda de Ángela trajeron del guardarropa un traje que no había visto antes. Le había inquietado pensar qué se pondría para bajar, ya que sabía que el vestido con el que había ido a la iglesia estaría fuera de lugar en medio del esplendor y lujo de la mansión.
El vestido que Ángela le puso era hermoso. Tenía un diseño de última moda, con mangas largas que ocultarían la delgadez de sus brazos. La amplia falda estaba adornada con suaves cintas que ostentaban el elegante sello parisiense.
– ¿Es… para mí? – preguntó, con los ojos muy abiertos.
– Su señoría hizo traer para usted varios vestidos de Londres – indicó Ángela –y quemamos las garras que tenía la noche que la conocí.
Bella se ruborizó.
– Era todo lo que tenía – murmuró.
–Ahora tiene mucho más. Pero no quiero que se canse en verlas.
– ¿Puedo echar sólo una mirada?
Ángela abrió las puertas del guardarropa y Bella vio más de una docena de vestidos de telas suaves y vaporosas y colores pálidos. "¿Cómo supo él que me favorecían más los tonos suaves, como los que usaba mamá?", se preguntó. Sin duda le quedaba muy bien el pálido tono azul del vestido que se puso, y que parecía acentuar el ligero rubor que las preparaciones de la hierbera había hecho aparecer en su rostro.
Pero aún tenía miedo. ¿Y si Lord Cullen se sentía decepcionado al verla?
Un lacayo de librea la condujo por el vestíbulo y abrió la puerta, no de un gran salón, sino de una habitación más pequeña y confortable.
Estaba llena de flores y decorada con paneles de brocado y cuadros de niños y de pie, junto a la ventana que daba al jardín, se encontraba Lord Cullen.
Se volvió, la miró durante un segundo y le sonrió y Serena, sin sentir el más mínimo temor, caminó confiada hacia él.
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***Princes Lynx***
