Tal parece que estoy escribiendo por montones para compensar la ausencia. Aprovecharé ahora que la historia se dibuja más clara en mi mente.

Mi idea era tener dos capítulos seguidos (el anterior y este), pero con el paso del huracán Patricia hubo varios cortes de electricidad y me quedé con este capítulo a medias y apenas terminé hoy que ya había electricidad y todo estaba tranquilo.

Me sucedió algo-que para mi-es chistoso. Al estar escribiendo la primera parte de este capítulo (hasta antes de la primera línea divisoria) me fui de corrido sin levantar la vista del monitor. Cuando escribí la última palabra levanté la cabeza y dije: wait, what?. No sé porque pero mi cabeza iba en automático y mi lado consciente se sorprendió del resultado. Espero les guste.

Este capítulo se enfoca en cosas de Robin pero también de la compañía, especialmente de Thorin. Usé la canción Believe in me, de The Pierces, pero estará dividido en dos partes ya que esta idea se me extendió más de lo que había planeado. Por alguna razón esto está girando más hacia el suspenso y no tengo idea de cómo demonios pasó eso.

Abrazos para quienes tengan el valor de leerme porque me he extendido bastante (y lo seguiré haciendo).


Si algo sabía Robin era de nuevos comienzos. Es algo a lo que las personas se suelen acostumbrar cuando se tiene una madre obsesiva que presiona todo y a todos a su alrededor para tener las cosas tal y como lo visualiza en su mente, su imagen ideal del mundo.

Hasta que de tanta presión todo y todos explotan.

Papá deja la casa, abuela no quiere hablarle, hermano se va con papá. Mamá ve el desastre que ha ocasionado su obsesión, pero jamás admitirá que fue hecho por ella. La casa es un caos, está demasiado sucia como para seguir viviendo en ella, así que decide dejar todo y comenzar desde cero.

Nueva ciudad, nuevo trabajo, nueva casa, nuevo novio. Todo es nuevo excepto su comportamiento. A medida que fue creciendo, Robin comenzó a detectar los patrones que seguía su madre.

El asunto era que amar a su madre no era fácil, nadie lo sabía mejor que ella. Cuando cumplió 13 años, edad en la que su madre creía que ya podía valerse por sí misma sin necesidad de ser vigilada, Robin se inscribió a todos y cada uno de los cursos, talleres y clubes escolares y extraescolares que pudiese cubrir. Cualquier cosa que la mantuviera alejada de casa.

Mamá nunca fue a un solo partido, una sola presentación, una sola exposición. Está bien, de cualquier modo Robin sabía que había crecido como un ente aparte de su madre; una carga que no ves pero siempre llevas; como ese labial que siempre traes en tu bolso y que jamás usas pero cargas por si llegaras a necesitar.

Robin cumplió la mayoría de edad y se quedó ahí, en espera de que su madre la necesitara. No saldré de tu bolso, por si un día me necesitas.

Un día mamá vuelve a fracasar, pero la casa no es un desastre. ¿Quién mantuvo todo en orden mientras ella intentaba obstinadamente de armar este rompecabezas de piezas que no encajan? Se da la vuelta y ahí está, todo sigue de pie a pesar de que ella daba vueltas y vueltas en el torbellino de catástrofes que era su vida sentimental. ¿Sólo ella estaba sufriendo? ¿Sólo ella giraba en este huracán de una sola persona?

Regresa a casa después de un agotador día de trabajo autómata, extrañada de que no ha tenido que librar una batalla para dividir los bienes con su ahora tercer ex esposo; Gabriel le cedió la casa. Esa misma a la que ahora llega y se encuentra en perfecto orden, limpia y cuidadosamente adornada para que una familia unida que ya no existe celebre navidad. En el refrigerador hay una nota de Robin, la cena está lista, tan sólo debe de ponerla en el microondas. De pronto ha perdido el apetito.

Escaleras arriba, durmiendo tranquila está Robin. ¿Cuántos años es que tenía ya? Su cuarto es un muestrario de las doscientas aficiones y ocupaciones que ha tenido desde pequeña: cocina, literatura, costura, música, pintura, baile y por periodos cortos, deportes. A veces le parecía que no había cosa que Robin no pudiera hacer.

Y si ese era el caso, ¿para qué estaba ella ahí?

Repentinamente la casa no es el desastre, es su vida. Habrá que salir pronto de ella.

Observa la cómoda sobre la cual están las llaves. En los cajones guarda los más variados objetos esenciales.

No me lo tomes a mal Robin…

Bueno, tu entenderás, siempre lo haces.

Sobre la sien, amor mío.

Bang.


Tal y como lo imaginaba, al quitarse las botas Balin descubre que estas tienen un pequeño agujero. Ni hablar, fue su culpa por no haberlo previsto. Aguantarán un rato más, pero será mejor arreglarlas mientras aún tienen materiales. Tal vez estos elfos tengan algo que pueda usar para repararlas… ¿unas herramientas quizás?

Ah, pero su estómago le reclama con ruidos no muy amistosos, tal vez no sea educado presentarse a sus anfitriones con tan poco decoro. El problema es Thorin, con lo obstinado que es probablemente no quiera asistir al banquete ofrecido en su honor. Habrá que convencerlo primero…

-Dwalin, ¡Dwalin!

Espantado y con un sonoro bufido de su nariz, el enano guerrero despierta de la siesta involuntaria que tomó al sentarse en un pequeño sillón de la habitación dispuesta para ambos hermanos.

-¿Qué? ¿Qué pasa? ¡¿Nos atacan?!

Su mano se estira de inmediato para alcanzar a Grasper. Balin cierra los ojos, un tanto cansado de la actitud de alarma constante de su hermano. No puede culparlo, en serio, pero es agotador vivir asustado. Levanta una mano en señal de que puede relajarse.

-Sólo quería pedirte que hables con el resto de la compañía, que estén listos para la cena.

-¡¿Con esos estirados… Abraza-árboles?!

-¿Sabes de alguien más por estos rumbos que quiera proporcionarnos comida caliente y un techo para pasar la noche?

Dwalin prefiere permanecer callado, nunca ha sido capaz de refutar la lógica infalible de su hermano mayor.

-Iré a buscar a Thorin y veré que puedo hacer para que asista al banquete.

Un gruñido leve es la única respuesta. Justo antes de cerrar la puerta de la habitación, Balin agrega:

-Y por favor, al menos desempolva tu ropa. Por una vez me gustaría que estuviéramos presentables para alguien que nos ofrece su ayuda.

Otro gruñido y ojos rodando hacia un lado son todo lo que puede contestar. Tal vez un día Balin, amante de las cortesías y la limpieza, pueda perdonar el horror y la vergüenza que sus botas –y su falta de delicadeza-causaron en la casa del mediano.

Por un rato el enano guerrero se queda ahí, contemplando el techo, sonriéndose al recordar todos los desastres hechos en casa de Bilbo y las caras de desasosiego que hacía la pobre criatura al encontrar los mantelillos de su madre manchados de salsa de tomate.

-¡No son servilletas!

Su cara se había puesto del mismo color que la salsa embarrada en ellos. Eso fue bastante gracioso. Tal vez haya que ir a su casa otra vez, se sonríe con malicia.

Después de palmotear dos veces sus hombros, Dwalin se siente más que satisfecho con su arreglo y sale en busca de los otros enanos. Balin no puede decir que no lo intentó.

El pasillo parece un laberinto serpenteante y por primera vez en este viaje, Dwalin desearía que los hayan puesto a todos en la misma habitación.

-Excepto a Ori, eso no sería muy…muy apropiado que digamos.

Con un dedo rechoncho rasca los tatuajes en su cabeza, ¿para dónde se supone que tiene que ir?

Por lo general él es un enano racional, dentro de la lógica de un enano guerrero claro está, pero su experiencia en el campo de batalla le había enseñado que a veces es necesaria una buena dosis de intuición y la de él-como la lógica de su hermano-había probado ser infalible. Mira hacia ambos lados del pasillo, huele el aire en cada uno de ellos, entrecierra los ojos, acaricia su barba y decide.

-A la derecha.

Contento gira hacia el rumbo decidido y piensa en los manjares que tanto le gustaría comer. No ha dado ni cinco pasos cuando una voz conocida interrumpe sus pensamientos.

-¡Dwalin! ¡Dwalin!

Sus pies no lo mueven lo suficientemente rápido para responder como él quisiera al angustioso tono de su hermano. Los gritos vienen del lado contrario al que se disponía a ir y afortunadamente su intuición no le había fallado, el pasillo izquierdo le guía hacia un jardín. Los gritos parecen provenir de un establo al pie del río.

-¿Quién pone un establo al pie del río? Estúpidos elfos…

En la entrada encuentra a Balin arrodillado al pie de Thorin.

-Sólo está inconsciente, date prisa y llévalo a sus habitaciones.

Dwalin obedece mientras su hermano se dirige a toda prisa hacia una figura en el fondo que él no había notado. Entre tanto rojo es difícil saber si no hay sangre.

-¡Está igual que Thorin!, deprisa hermano, llevémoslos adentro.

En su paso hacia la salida se encuentran con Kili y Ori, la peor elección para un momento así. Antes de que puedan entrar en pánico Balin les asegura que todo está bien, dejando a los muchachos boquiabiertos y horrorizados.

-Kili avísale a Oín que nos espere en la habitación de Thorin. Ori, busca un elfo, alguien querrá hacerse responsable de esta muchacha.

Ambos miran consternados a la chica. Muy extraña de verdad, las pecas no son comunes en los elfos…pero ella no parece de todo uno. Algo en ella parece fuera de lugar, antinatural.

-¡De prisa!-ladra Dwalin.

Los muchachos corren atolondrados a responder las órdenes que se les han dado y Ori trastabilla un par de veces antes de llegar a la entrada del edificio del que han salido hasta hace tan solo unos momentos. Muy en su interior Dwalin lamenta haberlo hecho así, pero es la única manera de hacerse obedecer de inmediato. El rostro asustado de Ori le deja una espina de culpa en su interior. Balin lo observa casi exasperado, su hermano pequeño siempre ha tenido una debilidad por las criaturas pequeñas como Ori, pero en serio ahora no es el momento adecuado para eso.

-Hermano-decide ir suavemente- démonos prisa en llevar a estos dos adentro.

Un poco sonrojado el forzudo enano afirma con un leve asentamiento de cabeza y emprende la marcha. Balin considera seriamente que si sobreviven a este viaje, definitivamente le comprará a su hermano un conejo.

En el interior Oin los recibe fastidiado, no porque tenga que curarlos por enésima vez-de eso estaba consiente cuando aceptó entrar a la compañía-sino por el alboroto causado por el resto de los enanos. Gloin hizo un intento de calmarlos, pero como a todo buen tesorero, nadie le hizo caso.

Por uno de los pasillos de la intrincada ala principal caminan tres bulliciosos elfos-bulliciosos para alguien de su especie, claro está. Dos de ellos, notoriamente mayores que el tercero, cuyo único error en la vida ha sido cruzarse con los gemelos en ese momento, ríen y acorralan con sus preguntas al pobre muchacho de servicio, que se sonroja profusamente por la atención.

-¡Vamos, será muy divertido! Nadie notará que estuviste ahí, te lo prometemos.

-Y si alguien te descubre, simplemente diles que nosotros te dimos la orden.

Oh pobre alma condenada, la cantidad de personas que han caído bajo la misma mentira. Si no tuviera sus ojos clavados en sus pies, en un intento inútil de no sonrojarse más ante los apuestos jóvenes que destacan por media cabeza sobre de él, notaría las sonrisas maliciosas con que estos han extraviado a tantos en aras de jugar una buena broma.

Es una oportunidad única, una en un millón. ¿Cuántas veces tendrían la oportunidad de jugarles una broma a un grupo de enanos? ¡Y en su propia casa, ni más ni menos! No, nunca nadie sospecha del anfitrión.

En estos derroteros perniciosos estaban los hermanos cuando su tormento al muchacho los lleva a un pasillo atascado de regordetes, olorosos y revoltosos hombrecitos. Todos ellos se agolpan a la entrada de una de las habitaciones que ellos identifican rápidamente como la de huéspedes. Se empujan y forcejean rudamente mientras hablan en tonos igual de toscos-o al menos así les parece a ellos, acostumbrados a los sonidos suaves del sindarín-, sólo pueden deducir que se trata de khuzdul.

Uno de ellos, con un sombrero bastante peculiar, dice algo que desvía la atención de todos hacia el otro lado del pasillo. Un enano con tatuajes en la calva y traje de espantapájaros carga sobre su hombro a uno que distinguen como líder del grupo que ellos encontraron en las praderas. Tras de él un anciano lleva en brazos una figura que a los gemelos les es de sobra conocida.

La tierra media ha conocido muchas batallas a lo largo de su historia, pero ninguna tan absurda y obstinada como la de dos hermanos celosos y sobreprotectores contra un grupo de enanos que darían mil veces su oro que la razón a un par de nada razonables, pomposos y mimados elfos.

En mejor uso de sus facultades, el joven de servicio se desembaraza de los irracionales muchachos y se dispone a ir en busca de alguien con un poco más de cordura para calmar este caos, cuando una profunda voz resuena hasta el otro extremo del pasillo, enfriando los ánimos de los enanos y enviando una ola de hielo a las espinas dorsales de los gemelos.

-¡Silencio!

Los enanos miran perplejos al usualmente sereno Lord elfo. Tras de él Lindir, Ori y Gandalf le escoltan pasmados de verlo romper su compostura, hasta que el primero se desprende del grupo para a toda prisa acercarse al enano de barba blanca y librarlo de su carga.

Mellon nin!-repone en un tono que no da lugar a discusión-¡Abran paso, corran las cortinas para que entre aire! ¡Tú, el del peinado extraño, tráeme una vasija con agua fresca, ya! ¡Cualquiera que no tenga conocimientos de curación despeja ahora mismo este lugar!

Los enanos se miran estupefactos por un momento, Nori acribilla con la mirada al orejas puntiagudas que se atreve a darle órdenes como si él fuese un chiquillo de teta.

-¡Ahora, idiotas!-explota la voz de Gandalf. Lord Elrond le dirige una mirada que en el austero lenguaje visual de los elfos significa "gracias amigo". El mago le contesta levantado las cejas incrédulo y moviendo su mentón hacia la derecha en un idioma que traducido a las palabras comunes diría algo como: "bueno, alguien tenía que hacerlo".

Los enanos se mueven oficiosamente al son de las órdenes recibidas, mientras que los gemelos tratan de hacerse paso hacia la habitación ocupada por los nuevos pacientes, pero una mirada severa de su padre los detiene. Ellos saben que es mejor no estorbar. Los labios de Lord Elrond se presionan en una línea grave de preocupación. Gandalf no pierde de vista este detalle.

-¿Es ella de quien me hablaste, viejo amigo?

El lord elfo sólo contesta con un tímido movimiento de cabeza, su mirada y su mente están perdidas en la habitación. El mago cierra los ojos y trata de reprimir sin éxito un suspiro.

Esto no pinta nada bien.


El piso está húmedo pero sus ropas huelen a humo. La llovizna es ligera, pero no ha cesado en horas y no parece que lo hará pronto. Él prefiere seguir caminando.

El sonido acompasado de las olas mantiene su mente sosegada. El cielo gris encuentra su reflejo en el mar. La arena, de igual palidez, acentúa la oscuridad de las agudas rocas que salpican la playa, aquí y allá alternadas con los dorados pastizales de hierba que ondulan con el peso de la brisa y la tormenta.

Desde un pequeño risco observa todo aquello en completa indiferencia. Recoge una piedra que está a sus pies. Estas no son sus tierras, de esta piedra no proviene su energía. De estas piedras no está hecha su gente.

Una lágrima atenta con salir de sus ojos. Él no es un hombre de nostalgia, aunque antes el valar no se había empecinado tanto con él. No, si acaso sus lágrimas serán de ira. La ira parece un estado de ánimo que contrasta mucho con la serenidad usual del mar, pero justo ahora su corazón es como esa tormenta que se avecina en el horizonte.

Lo intentó todo y de nada le valió. Mató de hambre a su pueblo en busca de un lugar para vivir, los instaló en aquellas apartadas rocas que él temía infructíferas para sus oficios, trató de tomar Moria y perdió a la mitad de su familia. Justo ahora acaba de ver otro de sus fracasos, cuando ha llamado a los otros señores enanos hasta las desoladas costas del golfo de Lhûn para pedirles su apoyo. Se ha hecho acompañar sólo de Balin. Los otros le mirarían con lástima, desprecio o incluso decepción si supieran que les ha fallado nuevamente. Pero no Balin, no, él no es así.

Por eso sólo lo traje a él.

Sí, eso le gusta pensar, de esta manera no recurren a su mente los nombres y los rostros de aquellos que ahora deberían guiar a su nación. Perdidos y masacrados en un intento inútil de permanecer de pie.

Contiene una bocanada grande de aire en sus pulmones por unos segundos y luego la expulsa en el más desolado de los suspiros. Está tan cansado. ¿Qué sentido tiene todo esto? Oh no, otra lágrima amenaza con salir, presuroso levanta su brazo y seca su rostro con la manga de su abrigo. Al tenerla sobre la cara se percata del olor a humo de esta. Todo él huele igual, la aversión es inmediata. Al salir de la montaña no hubo oportunidad de tomar muchas pertenecías, así que no había prestado atención a algo que llevaba puesto diariamente desde hace varios meses ya.

Tal vez debería entrar al agua, tal vez así se lave el olor.

Sí, claro.

Se quita las botas y avanza lentamente hacia las olas, no sabe si Balin aun lo está observando. Hace movimientos para quitarse el abrigo, pero mejor decide que no.

Hay que deshacerse de todo.

Al entrar al agua se da cuenta que el oleaje es engañoso, mucho más agresivo de lo que parecía cuando lo miraba desde el risco. De repente la fuerza es demasiada y comienza a arrastrarlo hacia afuera, jalado por el peso las telas sobre su cuerpo.

Ni hablar, el abrigo tiene que irse después de todo.

Las piezas de armadura le siguen junto con su camisón, hasta que queda únicamente en pantalones. Es liberador sentir la brisa fresca agitando su cabello, las olas salpicando sobre su torso desnudo. Sigue caminando hacia aguas más profundas.

Toda el agua de este ancho mar no puede lavar la agonía de mi espíritu.

Un pie sucede a otro en una caminata hipnótica, siguiendo el pasmoso ritmo de las olas. Su cuerpo sigue la orden de una mente cansada de pensar, de ver el día a día de una realidad que le aterra; solo y con un mundo encima. Su corazón…su corazón hace mucho que dejó de palpitar. Sigue avanzando, el agua abraza sus caderas y lentamente sube a su torso, la sal pica una herida de espada aun sin sanar. El siseo que escapa de sus labios lo detiene en seco, entonces se da cuenta.

Desde hace minutos que no puedo escuchar nada; ni el sonido de las olas o de las aves marinas. Ni siquiera mi propio aullido de dolor.

Instintivamente voltea hacia atrás y se da cuenta de todo lo que ha recorrido, el agua ahora llega hasta la mitad de su cuerpo. Mira a la playa confundido, y por más que busca a Balin no puede verlo por ningún lado. En una esquina de su mente algo le grita que todo esto es muy familiar. Intenta hacer memoria, pero es muy nebuloso-como el mar justo ahora- los recuerdos se resbalan de su mente, dejándolo aún más frustrado.

Hasta que un interruptor en su cerebro se enciende, sus reflejos lo hacen mirar al frente instantáneamente.

Ahí está ella dentro del mar, vestida del color de ese océano turbio, con la piel pálida como aquella arena, salpicada de pequeños puntos del color pardo del cielo. Sus pestañas y sus cejas hacen mímica de su piel, haciéndola ver como una parte más de aquel paisaje a punto de quebrarse en tormenta marítima.

Excepto por el sórdido color de su cabello.


Robin camina por el pasillo de su casa, el sacudidor en su mano ha sido su fiel compañero desde que se mudaron.

La segunda en un año, ¿eh?, vamos mejorando.

La mañana ha sido tranquila, aunque parece que mamá no llegó a dormir. Bueno, de cualquier modo sacudir y limpiar nunca está de más. Se estira una última vez y aprieta la liga de su coleta. Al bajar las escaleras tararea una canción que ha estado atorada en su mente desde que despertó.

Hmmm, Hmmm hmmm

La luz suave de la mañana baña la cocina, dándole un especial brillo a las plantas sobre los ventanales. El color miel en las paredes y el mobiliario de cedro le dan a la cocina un toque cálido, casi tradicional a la cocina. Oh, cómo adora Robin esta casa, ojalá siempre pueda vivir en ella.

Abre los estantes y se dispone a preparar el desayuno.

Ya no hay mantequilla ni harina.

Bueno, tendrá que pasar de los panqueques. Pero tampoco hay naranjas o fruta y pensándolo bien el detergente de la cocina ya comienza a escasear. Bien, al menos sabe en qué ocupara su tiempo el día de hoy.

Un vistazo en el espacio de arriba le revela que, tal como lo sospechó, mamá no llegó a dormir. La cena está integra en donde ella la dejó. Es la primera de una serie de señales que le indican a Robin lo que sigue a partir de ahora.

-Nos quedan dos meses nada más, no debí encariñarme con la casa.

Un sabor amargo se extiende por su paladar y deja sin terminar su improvisado desayuno. Recoge todo, toma su chaqueta y va hacia la entrada, las llaves están en la cómoda de siempre. Un suave "clack" enmarca su salida del hogar.

En la tienda departamental mira distraídamente los estantes, sin tomar realmente atención en los productos. No hay nada mejor que hacer hoy, de cualquier modo. Al final del pasillo hay una torre de cajas de esferas, coronada con una enorme estrella, que abajo tiene un listón rojo de brillos dorados. A un lado los estantes rebosan de adornos navideños que brillan, suenan y se mueven.

Robin se acerca y toma una almohada en la que bordaron un pino de navidad y regalos con telas de distintos patrones y cuentas brillantes. Algunos trozos de tela a cuadros emulan un sillón viejo y parchado que descansa a un lado del árbol. Inmediatamente se siente transportada a su primera casa, con su padre biológico y su inseparable sillón. Solía leerle por horas mientras la tenía sentada en su regazo.

Suspira, los años han pasado y la oportunidad de ser familia se ha escapado de sus manos una y otra vez. Se dispone a dejar de regreso el adorno cuando una idea se enciende en su mente.

-¿Y qué tal si no? Aún estamos mamá y yo, eso debe de ser más que suficiente para contar como familia, ¿no? Y estaremos aquí al menos hasta mediados de enero…

Cuando llega a casa, con más bolsas de las usuales, corre de inmediato a la cochera y comienza a sacar las cajas que resguardan los adornos que su madre le prometió solemnemente "Serían los últimos, los que desempolvaremos cada año, porque nos quedaremos aquí para siempre. Ahora sí".

Tú no lo creías madre, pero cuando regreses a casa verás como sí. Será todo lo que tú quieres y nos quedaremos para siempre. Como tú dices: Ahora sí.

En la punta del pino coloca dos piezas especialmente significativas, en espera de que su madre las vea: un petirrojo y una abeja. Los observa satisfecha y estos la miran de regreso mientras termina de colocar el resto de los adornos. La tarde entera se consume y pronto la oscuridad entra por las ventanas, Robin enciende la luz para ahuyentarla y mira su trabajo completo.

Ahora sí mamá, ahora sí.

Sube a darse un baño y esperar a que su madre regrese. El sueño la vence sobre la última página de su compilación de Poe, en el que se lee el poema favorito de su padre: Annabel Lee. Debió ser una siesta ligera porque repentinamente se despierta, la sensación de que debería bajar las escaleras le invade y su pecho se siente oprimido por una angustia extraña. Al levantarse de la cama el mundo comienza a girar a su alrededor, apenas puede contener las náuseas.

Apoyándose en la pared llega al quicio de su puerta, desde donde observa el pasillo mayormente oscuro, al final de este se ve una luz amarilla proveniente del primer piso.

Mamá debe de haber llegado ya.

Pero el camino no se hace más fácil y a la incomodidad de su estómago se suma un golpeteo en las orejas, como de un sonido viciado que aumenta de manera irregular. En ocasiones, le parece que puede escuchar unas voces susurrándole. Cierra los ojos en un esfuerzo supremo por detener las vueltas en su cabeza.

Hmmm hmmm hmmm

Parpadea lentamente hasta que su visión es de nuevo clara, está en la cocina, frente al teléfono que cuelga a un lado de la entrada.

Hmmm Hmmm Hmmmm

Todo lo que tengo que hacer es sostener el teléfono

Su estómago da un giro violento, apenas se puede mantener erguida. Bajo sus pies descalzos la alfombra oscura le transmite una sensación que es cálida, pero al tocar sus plantas se vuelve húmeda y hace que todo su cuerpo se estremezca hasta el punto del dolor. Cuando la alfombra se satura de esta sustancia desconocida, ahora esparcida en una mancha negra alrededor de la habitación, sube por encima de su piel en un claro contraste de su palidez con el rubor carmesí y brillante de aquel líquido.

Hmmm hmmm hmmm

Siente el calor de la muerte

El pánico carcome sus entrañas, las voces crecen dentro de su cabeza como el ruido incesante de un panal de abejas.

De abejas.

Hmmm hmmm hmmmm

Subiendo desde el suelo sucio

El número de emergencias está en la puerta del refrigerador, pero Robin no puede quitar las manos de sus oídos, el ruido es insoportable, no puede oír sus pensamientos, es incapaz de oír sus propios gritos.

El tambor gira una vez. Las llaves están sobre la cómoda y sobre la cien de mamá hay una pistola. Robin extiende una mano, trata de alcanzar a mamá.

Un sonido metálico estalla sobre los oídos de Robin.

Pero su mano no vuelve vacía.

Hmmm hmmm hmmm.