Entre el amor y el deber

Capítulo 4

NdelA : Lo de siempre, este fic esta basado en los personajes de Lok, no me pertenecen a mi, solo la historia es de mi autoria.

Tengo un poco de sentimientos encontrados con este capítulo, amo el Kuvisami, pero me duele hacer sufrir a la pobre de Korra u.u

En fin, muchas gracias por sus comentarios, en especial a Devil-in-my-shoes por su recomendación. Eres grande. Aprecio tu trabajo y me encantan tus historias. Debo reconocer que al leer tu fic y ver mi nombre allí me puse toda fangirling saltando de la emoción a pesar de estar en el trabajo.

El Kuvisami se ha ganado mi corazón y mi shipeo. Seamos raros juntos XD.

Bueno sin más, aquí les dejo el siguiente capítulo de esta novela.

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Asami no sabia bien como es que había regresado a su habitación, realmente esto no le importaba. El saber que Korra ya no estaba, el ver su tumba allí en medio de ese lugar, la hacia sentir destrozada. Con angustia se había aferrado a los brazos de Kuvira en su afán de tratar de encontrar algo a que asirse en su pena. La joven militar no se separó de ella en todo el camino de regreso, la bajo del caballo cargandola hasta su cuarto, con suavidad la deposito en su cama. Verla así le estaba partiendo el alma. Quería hacer algo para disminuir aunque fuera un poco su sufrimiento, perder de esa forma a la persona que amas era algo que no le deseaba a nadie. A pesar de haber perdido a su padre hacia poco, Kuvira jamás había tenido sentimientos hacia él que no fueran de respeto, pues el hombre jamás tuvo con ella una muestra de cariño. Aun recordaba lo dura que fue su niñez. Aun cuando no le guardaba rencor, era difícil olvidar esos días en que ella y su madre no tenían más para comer que tortilla seca y agua del pozo.

(flash back)

Su madre estaba muy enferma y ninguno de los remedios que le habían dado parecía sacarla de su enfermedad. Cuando cayó en cama y no tuvo más fuerzas para trabajar, la niña Kuvira tuvo que salir a buscar a su padre y él lo único que hizo al verla fue mandarla a trabajar en los campos recogiendo la cosecha de maíz y alimentando las vacas. En más de una ocasión cuando el viejo capataz la descubrio robando las sobras de los animales para poder llevar algo de comer para ella y su madre, el tipo la azotaba con el látigo. Su padre nunca hizo nada, simplemente la ignoro.

Para cuando la muerte asoló esas tierras reclamando para si a muchas personas, la joven de ojos aceitunados estaba dejando atrás la niñez. La familia del patrón pereció, dejándole sin esposa e hijos, a ella, a la pequeña Kuvira le arrebato a su madre. Ahora estaba sola. Todo lo que quedaba del legado del hacendado estaba en las manos de esa chiquilla que era maltratada por el viejo capataz.

Una vez el señor Wan hubo enterrado a su familia, mando a llamar a la pobre chiquilla. La recibió en su despacho, el cual tenía un enorme escritorio de caoba tras el cual el rico hacendado dirigía los negocios del lugar. Vestía un fino traje y un acicalado pulcro, se encontraba revisando papeles cuando una temerosa Kuvira entro en el despacho. La pequeña tenía el cabello enredado, sus ropas estaban viejas y roidas debido al trabajo en el campo, su rostro al principio estaba vacilante pero al verlo allí sentado detrás de su escritorio cambio sus facciones a unas de dureza, como odiaba a ese hombre que al notar su presencia dejó sus papeles de lado y ahora la observaba de pies a cabeza de forma desdeñosa.

- Mira se que tu no me quieres ni yo a ti, pero por azares del destino, tu eres la única que lleva mi sangre. No tengo más hijos que tú. - el hombre dijo estas palabras con tal desprecio que hizo nacer en la niña una rabia incontrolable por todo lo que le había tocado pasar por su culpa.

- Eso no me importa, yo no quiero nada suyo, ud dejo morir a mi madre y eso no se lo perdonaré nunca. - sus palabras salieron de su boca con ira.

- Aquí no importa lo que tu digas, - alzó la voz, - sino lo que yo quiera y ahora te iras a la capital, te convertirás en un digno sucesor de mi familia te guste o no. - Lo sentenció dando un golpe sobre el escritorio levantándose de su lugar.

- Ya quisieran otros tener la oportunidad que te estoy dando. Recibirás educación, una carrera en la escuela militar como era el destino de mi hijo mayor, que Dios lo tenga en su gloria y no te aceptaré que fracases en eso. - Se acercó a la niña, rodeandola. - Te formare como el hijo que me fue arrebatado y tu estarás gustosa de cumplir esta tarea. De acuerdo? - toda la severidad cayó sobre la pequeña Kuvira, cuando sintió sobre sus hombros las manos de su padre que le apretaban firmemente.

- Yo no... Auch... - la presión se hizo mayor. Ella sabia que no podía negarse a riesgo de ser golpeada nuevamente con el látigo y peor aun, corrida de la hacienda sin ningún lugar a donde ir. No tenía otra opción. - Si... Si... De acuerdo.

El agarre se aflojó y el señor Wan regreso a sentarse detrás del escritorio.

- Shen! - grito el hacendado llamando a su hombre de confianza el capataz. - Llévatela de aquí, parten esta misma tarde para la capital. Todos los arreglos están hechos?

Pregunto a su capataz que se había posicionado detrás de la niña que se restregaba los hombros que aún estaban adoloridos por el brusco agarre.

- Si señor. Todo está dispuesto.

- Muy bien. Váyanse ya.

El capataz tomo a la pequeña, la saco del despacho y minutos más tarde la chiquilla estaba de camino a su nueva vida.

(fin del flash back)

El ver a Asami acurrucada en su cama sollozando de esa manera, le había hecho recordar esos días en que lo único que amaba y la amaba a ella le fue arrebatado. Quería consolarla estar para ella, como hubiese deseado tener a alguien en ese momento para si. Se sentó a su lado en la cama y con una de sus manos acarició los mechones del cabello negro de la chica de ojos esmeralda.

- Todo estará bien. Se que ahora no lo parece, pero eventualmente las cosas mejorarán. Nada podrá resarcirte tu pérdida, pero la vida continua y no puedes dejarte vencer. Tengo la certeza de que esa persona estaría muy triste si te dejas caer. Se que ella desearía tu felicidad.

Acomodó los mechones detrás de su oreja y acarició su mejilla. Estuvo así un rato hasta que los sollozos parecieron detenerse, quizás por que había quedado dormida. Hizo el intento de levantarse de la cama donde estaba sentada pero la mano de Asami se lo impidió.

La joven de los labios rojos se incorporó abrazando a la militar por el cuello y ella le correspondió rodeando su cintura con sus brazos.

- Por favor no te vayas. Si me dejas sola, sería capaz de hacer una locura. - Kuvira afianzó su agarre, el solo pensar que la joven de los ojos esmeralda se hiciera daño a sí misma le hacía sentir desesperación si llegaba a perderte.

- Me quedaré a tu lado el tiempo que sea necesario y aun más. - Se separaron un poco. - Pero ahora debes descansar. Estaré aquí velando tu sueño.

Volvió a recostar a la joven señorita y ella se acomodo detrás dándole un abrazo protector. Asami recargo su espalda en el pecho de la militar y poco a poco entre sus brazos logro quedarse dormida.

- o - o - o -

La mañana las sorprendio a las dos, ya había amanecido cuando Asami abrió sus hermosos ojos esmeralda. Se asombro cuando descubrio que Kuvira había pasado toda la noche junto a ella. Uno de los brazos de la heredera rodeaba su cintura y descansaba sobre esta, con el otro sujetaba su espalda contra su pecho quedando Asami durmiendo sobre la militar. No la había abandonado.

Después de un rato de estar así, sintiendo el ir y venir de la respiración de la chica de los ojos aceitunados decidió que era tiempo de despertarla.

Se movió un poco para aflojar el agarre, Kuvira despertó al instante un poco desorientada. La miró aun con el sueño presente en sus ojos. Perezosamente abrio y cerró sus párpados para acostumbrarse a la luz.

- Como estas? - Fue lo primero que le pregunto la militar.

- Creo que mejor, no lo se. Quisiera pensar que todo ha sido solo un sueño, un mal sueño. Una terrible pesadilla y que ella estuviera aquí. - al traer de nuevo el recuerdo de Korra a su mente no pudo contener las lágrimas que volvían a brotar de sus algo hinchados ojos.

- Lo se, se que desearías que ella estuviera aquí en mi lugar. - Asami hizo el intento de decir algo, pero Kuvira posó un dedo sobre sus labios. - No digas nada, se que es así. Yo estoy aquí usurpando un lugar que no me corresponde pues tu corazón aun le pertenece. Solo quiero que sepas que yo estaré junto a ti si lo deseas, te ayudaré a superarla haré de mi el propósito de hacerte feliz de nuevo. Permitame acercarme a tu corazón.

Tomo con una de sus manos la mano de Asami que descansaba sobre su pecho y deposito un beso en sobre su cabeza. No le dejo decir nada más, por que tenia miedo de que la joven señorita la rechazará.

Rompió el momento, levantandose de la cama. Sus ropas estaban arrugadas, pues aun conservaban la misma vestimenta que el día anterior. Trato de acomodarselo lo mejor que pudo, pero era imposible hacer algo con esas arrugas pasando solo la mano.

- Creo que será mejor que nos alistemos para el desayuno. - La hija del administrador hizo una mala cara al escuchar esto. - Por favor, tienes que comer. Te lo pido.

Ante la súplica de la chica mayor, no pudo negarse.

Kuvira dejo la habitación y se dirigió a la suya. Tomo un baño rápido y cambio sus ropas. Para cuando bajo al comedor, Asami aun no se había aparecido por allí. Ordenó que prepararán todo para que se tomará el desayuno en el cuarto de la chica de ojos esmeralda.

Las sirvientas dispusieron todo en una pequeña mesa que adaptaron para hacerla de desayunador. Kuvira entro tras ellas y descubrio que Asami ni siquiera se había movido un poco de donde la había dejado antes. Solicito que prepararán el baño y que la muchacha que la atendía le ayudará a bañarla.

Se acercó hasta la cama. Los ojos esmeralda la vieron allí de pie junto a ella y solo pudo enterrar su rostro en la almohada. De pronto sintió como los brazos de la militar la cargaban para arrancar su cuerpo de la cama. Peleó un poco negándose a abandonar su lugar pero Kuvira no cedió ni un centímetro y al fin se rindió. La llevo hasta el baño y la sentó en una banca. La sirvienta entro para ayudarle a desvestirla. La heredera salio del cuarto del baño y se sentó a esperar afuera.

Cuando la muchacha termino su trabajo la llamo. Con cuidado la volvió a cargar y la llevo hasta donde se había dispuesto para tomar los alimentos. La sentó allí y armandose de mucha paciencia comenzó a darle de comer. Al principio rechazo la comida, pero la insistencia de Kuvira la hizo ceder.

Después de eso, quizo llevarla al jardín para distraerla un rato. Pero la joven se negó rotundamente. Temía que si salía y veía el jardín no podría contenerse y volvería llorar recordando todas esas veces en que ella y Korra se habían divertido allí. Aunque realmente estuviera donde estuviera, igualmente lloraba.

Los días pasaron, siguiendo la misma rutina. La señorita Kuvira salía a hacer sus pendientes de la hacienda pero cuando regresaba se dedicaba por completo a la chica de los ojos esmeralda. Pasaba las noches sosteniendo a Asami entre sus brazos para que pudiera dormir, y en el día la obligaba a comer y asearse.

Kuvira no sabia muy bien que hacer para sacarla de ese estado. Entonces se le ocurrió algo, mando a pedir que trajeran la vieja pianola que estaba en la sala. Trataría de entretener a Asami con un poco de música, claro si es que recordaba bien como tocarla. Hacia demasiado tiempo que las lecciones que aprendió sobre música habían sido.

Comenzó tocando acordes pequeños. Al principio eran desafinados. Pero poco a poco fueron tomando ritmo y forma. La melodía era algo sencilla, pero con la práctica fue capaz de tocar cosas más complejas. Por las tardes antes de dormir, Kuvira le tocaba algunas partes de las sinfonías que mejor se sabía. Al comienzo Asami solo se limitaba a llorar mientras ella movia sus dedos por el teclado de la pianola, pero con el pasar de los días, dejó de hacerlo.

Cada día esperaba con más entusiasmo la hora en que Kuvira regresaba del campo y se sentaba con ella a comer y después a tocar esas canciones. Para la hora de dormir, ya se le hacía extraño no pasar sus noches junto a ella. Le agradaba el olor a caña dulce que desprendía, estaban en época de zafra, habían empezado el corte de la caña y Kuvira debía supervisar la quemas y el acarreo hasta el trapiche, donde esa caña seria convertida en azúcar y panela.

En su balcón la ceniza de las quemas de los cañales caía formando un ligera capa oscura. Por las mañanas se sentaba en el balcón a verla caer y esperar a que el hermoso caballo negro llegará con su dueña cabalgando por el camino a la casa mayor.

Sus lágrimas se estaban convirtiendo en pequeñas sonrisas. Empezaba a disfrutar de la compañía de Kuvira. Su dedicación para con ella le estaban ayudando a superar su pérdida.

Su padre estaba contento con el rumbo que estaban tomando las cosas entre ellas dos. Pronto podría volver a insistir en el tema del matrimonio y así poder echar la mano a su antojo en la fortuna de la familia Earth.

No le gustaba del todo que la joven heredera metiera las manos tanto en el negocio. Aunque no era tan malo. Ella hacia el trabajo físico y el solo se dedicaba a atender las cuentas y los números. De esa forma seguía haciendo sus negocios turbios aprovechándose de esta situación.

- o - o - o -

Los días habían pasado para Korra también. Después del montaje que hicieran su padre y los chicos, la ocultaron en la casa de Toph, la anciana curandera. Tardó un poco en poder volver en sí, cuando lo hizo lo primero que pregunto fue por Asami. Su padre, Tonraq, le pidió que olvidará a la chica, que todo esto que había sucedido era por que el destino no quería que estuvieran juntas y tenía que aceptarlo.

- Me niego a dejarla. Papá por favor, trata de entenderme, la amo. Ella es el amor de mi vida y no pienso dejarla de lado. - Korra discutía con su padre casi a diario de ese tema desde que había recuperado la conciencia.

- No, entiende tú que eso no puede ser. El administrador jamás dejará que si hija se fije en ti. - el capataz estaba cansando de tener esa discusión con la joven.

- Eso no me importa y a ella tampoco. Si no hubiera sido por el zopenco del teniente ella y yo hubiésemos escapado ese día.

- Por algo pasan las cosas, quizás era lo mejor que no hicieran esa tontería. - aun no le había dicho a su hija que le habían hecho creer a la otra chica que ella estaba muerta.

- Claro que no, en cuanto este bien, iré a buscarla y no podrás hacer nada para evitarlo. - Como una amenaza lo sentenció.

- Creo que no podrás hacer eso. Ella ya esta con alguien más. Ella y la señorita Kuvira están juntas. - Le contesto Tonraq.

- Lo hace por que su padre la obliga, ella me lo dijo. - Quizás era tiempo de decirle la verdad, que nunca podría volver a la hacienda.

- Puede que sea cierto, pero tu no puedes volver a la casa mayor. Hay algo que no te he dicho. - miró al suelo en señal de vergüenza, su hija lo odiaría por lo que había hecho pero todo era por mantenerla con vida.

- Que es lo que paso papá? - Korra se puso nerviosa, no era algo normal que su padre se comportará así.

- La verdad hija es que... Estabas muy mal, yo iba a regresar a la hacienda a matar a los que te habían hecho este daño, pero eso no habría ayudado en nada. Así que creí que lo mejor que podía hacer era hacerles creer que tu habías muerto. Para que así no te persiguieran y tu pudieras continuar tu vida.

La chica de los zafiros miró con cara de estupefacción a su padre, había escuchado lo que creía haber escuchado. Fingir su muerte? Cayó en la cuenta de que ahora Asami creería que ella estaba muerta y debería estar sufriendo.

- Como pudiste hacer algo asi? - Su padre intento calmarla. - Sueltame, no me toques! Como pudiste hacerme esto? Asami debe creer esa mentira tuya. Tengo que ir a verla.

Intento levantarse del camastro donde había estado todos estos días pero el dolor regreso, haciéndole caer de nuevo con una mueca de sufrimiento. La herida aun le dolía. Estaba mejor, solo que no lo suficiente para valerse por si misma.

- Cálmate, mira eso era lo mejor. Ellos no iban a parar hasta matarte realmente y no me podía arriesgar a que eso sucediera. Perdóname, solo hice lo que creí era lo mejor.

Korra le volteo la cara a su padre y no le contesto. Estaba muy molesta por esto. Trataría de recuperarse y en cuanto lo hiciera iría a buscar a la joven de las esmeraldas para fugarse con ella.

- Ahora tienes la oportunidad de volver a empezar, vete a la capital, busca un nuevo camino, enamorate de nuevo, pero no regreses nunca más aquí. Me dolerá no verte, pero mientras estés viva no me importa nada más.

Escuchaba las palabras de su padre pero se negaba a mirarlo. Solo podía pensar en recuperarse del todo e ir a por Asami.

Más días pasaron y los jóvenes hermanos la visitaban día si, día no, para ver como iba mejorando. Eran bastante simpáticos y pronto se hicieron amigos. Ellos le traían noticias del pueblo y algún que otro chisme de la hacienda.

Por ellos se entero que Asami estaba sumida en la depresión pero que la nueva patrona estaba todo el tiempo con ella. Eso la puso muy celosa. No iba a permitir que nadie le arrebatará el amor de su vida. También le contaron de lo difícil que se estaban poniendo las cosas. El ambiente estaba tenso. Había rumores de que estallaria la guerra pronto.

Los problemas de desigualdad entre las clases del país, así como las ideas políticas de algunos, estaban haciendo mella entre el ánimo de las personas y cada día eran más lo que esperaban un levantamiento de armas. Guerra civil.

Los hermanos le habían contado su idea de unirse al ejército, era el único lugar donde la paga estaba asegurada y era una buena paga. A pesar de los riesgos si es que la guerra civil empezaba.

Ellos le propusieron que se unieran los tres a la milicia, que era lo mejor estar allí, que fuera como civiles. La chica solo les contestaba que lo pensaría, pero lo único que ocupaba su mente era el deseo de reencontrarse con Asami.

Cuando al fin pudo levantarse y caminar por si misma lo primero que hizo fue escaparse de la casa de la anciana.

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Esa tarde como todas las últimas tardes que sucedían en la casa mayor, Asami y Kuvira disfrutaban de pasar su tiempo junto a la pianola. Tocando y cantando. La señorita Asami reía con las ocurrentes canciones que la militar conocía de la capital. Canciones que se había aprendido en los tiempos de estudiante en la carrera de las armas, cuando visitaba frecuentemente los bares con sus compañeros.

Algunas de esas canciones eran algo picaras para ser escuchadas por las señoritas de familia, pero a Asami le divertían.

Estaban en medio de su tertulia cuando un chico llego corriendo a la casa mayor pidiendo con urgencia hablar con la patrona o el administrador. Una de las sirvientas acudió veloz a la habitación a informarle a la señorita Kuvira. Esta salio enseguida a recibirlo.

- Que paso muchacho? Que es lo que te apremia tanto? - detrás de la heredera, la siguió Asami con la preocupación de saber que estaba ocurriendo.

- Patrona, unos hombres armados y a caballo asaltaron los corrales que están en San Martín. El capataz Tonraq y otros de los rancheros salieron a perseguirlos pero necesitan ayuda. - el chiquillo apenas estaba entrando e la pubertad pero ya servía en la hacienda como ella lo había hecho a su edad.

- Entiendo, ve a avisarle a los rancheros que están en las barracas, que vengan aquí rápido. Que traigan los caballos. Iremos a ayudar.

El chiquillo salio corriendo nuevamente perdiéndose en los establos y Kuvira entro en la casa yendo directo al despacho que era de su padre. Asami fue tras ella.

- Que es lo que sucedió? - Le preguntó inquieta.

- Nos robaron algunas de las reses del rancho de San Martín y vamos a ir a buscarlas. - llego al despacho y se puso a rebuscar en los armarios algunas de las armas que su padre guardaba allí.

- Tienes que ir tu? No puedes mandar a alguien más? - la chica de ojos esmeralda esta asustada viendo como Kuvira sacaba unas pistolas y otras armas más grandes de los estantes. El miedo de saber que la heredera iría a enfrentarse a unos bandidos le estaba provocando un dolor en el pecho.

- No, tengo que ir. No puedo simplemente quedarme y esperar, mientras otros arriesgan sus vidas por mi causa. - Se colocó un cinturón con dos pistolas y cartuchos, cargo un rifle y sus municiones y salió del despacho.

- Por favor no vayas. - la señorita Asami le detuvo el paso sosteniendo sus brazos, mientras le suplicaba.

- Es mi deber, no puedo quedarme. Te prometo regresar, tranquila. - trato de infundirle serenidad a través de sus ojos aceitunados y sus palabras, para que le permitiera ir.

- Me lo prometes? - la joven se abalanzó sobre ella abrazandole.

- Te lo prometo. Nada me impedirá regresar a tu lado.

Se separaron y Kuvira apresuró el paso para salir de la casa.

Afuera los hombres ya estaban reunidos, con sus repetitivos caballos y armas. La militar tomo su caballo negro y salieron todos a galope en búsqueda de los bandidos.

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Llegaron hasta el rancho de San Martín. Los bandidos habían destrozado las cercas de los corrales y muchos de los animales no estaban. Algunos hombres se habían quedado a tratar de reparar las cercas y meter algunas reses que estaban dispersas en las cercanías. A ellos se dirigió la heredera.

- Que rumbo tomaron? - Se aproximó a uno de los rancheros que estaba allí.

- Agarraron el rumbo de la vereda y jalaron pal monte de San Juan. El capataz los siguió con algunos hombres.

- Conozco ese lugar, vamos a cortar camino por el río para alcanzarlos por el otro lado del monte. Siganme.

Les dio las indicaciones a la pequeña tropa que traía y la siguieron.

Sabia que no estaban lejos cuando escucho el sonido de los disparos. Habían llegado antes tomando el atajo y ahora esperarían a que los bandidos aparecieran.

- Uds dos vengan conmigo. Los demás detenganles el paso y acorralenlos contra le monte.

La militar subió a una pequeña colina que estaba contigua al monte, desde allí se podía divisar el campo. A lo lejos vio la manada de vacas y tras ellas estaban los ladrones que se cubrían las caras con pañuelos.

Saco el rifle y les indico a los que iban con ella que hicieran lo mismo. Desde esa posición comenzaron a disparar. Tomaron por sorpresa a los bandidos. Dos cayeron de sus caballos y el resto se desperdigo. Detrás el capataz y sus hombres por fin les habían dado alcance.

Algunos de los ladrones fueron directo a donde Kuvira había dejado a los otros rancheros que iban con ella. Otros más comenzaron a subir la colina hasta donde estaban ellos.

Las municiones del rifle se le acabaron y solo le quedaba usar las pistolas.

Cinco hombres les llegaron disparando, en el intercambio de balas, sus dos acompañantes cayeron abatidos y tres más de los ladrones. Sintió una pequeña punzada en uno de sus brazos y se dio cuenta que un disparo le había rozado. Las balas se terminaron. Solo quedaba pelear cuerpo a cuerpo.

Saco un cuchillo y haciendo la seña a sus adversarios para que la atacarán comenzaron a pelear de nuevo.

Su formación militar la ayudó a dejar fuera de combate rápidamente a su primer atacante, no supuso una gran molestia. El otro por el contrario, le costó un poco más de trabajo.

Su cuchillo había quedado clavado en el cuerpo del primer atacante por lo que a puño limpio se enfrentaron.

El tipo le lanzó un par de golpes que pudo esquivar y le devolvió uno en las costillas. Contraatacó el bandido y pudo acertar un puñetazo en el rostro de la heredera haciéndole sangrar, pues el golpe había ido a parar cerca de su ceja.

Intercambiaron un par de golpes más, le rompió la nariz y él le pego en el estómago. La herida en la ceja sangraba escandalosamente a pesar de no ser muy grave, esto le estaba impidiendo tener buena visión.

Se aclaro un poco y se lanzó al ataque de nuevo. Esta vez su puño dio de lleno en la mandíbula del tipo y este cayó noqueado.

Bajo corriendo la pequeña colina y llego al encuentro del resto de su gente. Ellos también habían logrado detener al resto de los ladrones.

- Señorita Kuvira esta bien? - Tonraq el capataz de aproximó a ella al ver la sangre en su cara.

- Oh esto! No es nada. No te preocupes. Ya está todo bajo control? - trato de minimizar sus heridas.

- Si, llevaremos a estos a la comisaría del pueblo y a los heridos los llevaremos a que les atiendan sus heridas. El resto regresaremos los animales a los corrales.

Uno de los rancheros trajo de vuelta su caballo negro y se lo entrego.

- Muy bien, me quedaré ayudarlos. - Se monto de nuevo al fino semental.

- Señorita, no creo que sea necesario, ud debería ir a atenderse. - el capataz trato de hacerla desistir viendo las condiciones en que se encontraba.

- Estaré bien. Uds también han tenido su parte, no puedo irme así simplemente solo por un pequeño corte que no me pone en peligro. Vamos a trabajar.

Golpeó con los talones al caballo y fue a ayudar a acarrear el ganado.

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Ya habían pasado bastantes horas para el gusto de Asami. La noche ya estaba en el cielo y los toda la comitiva que se fue en busca de los bandidos no había regresado aún. Caminaba de un lado al otro de la sala, con su padre Hiroshi viéndola ir y venir.

- Por Dios hija, deja ya. Que me pones de mal humor. - Hiroshi no había salido de la casa mayor.

- Es que no han vuelto. Ya ha pasado mucho tiempo y estoy angustiada. - la hija del administrador, estaba al borde en un ataque de nervios. Le aterraba la idea de perder también a la joven heredera.

- Por favor Dios, permite que regrese con bien. No me la quites a ella también. - Rezaba pidiendo a los cielos que le escucharan su pedido.

- Hija mía, que es todo esto? Acaso tienes ya en estima a la señorita Kuvira? - Hiroshi vio la oportunidad de volver a insistir en el compromiso de su hija.

- Yo no lo se papá, pero solo no quiero perderla. - Se detuvo de su ir y venir, pensando en lo que su padre le había dicho.

- Crees que podrás amarla? Quizás ella sea la mejor opción para cuidar de ti cuando yo no esté. Nada me haría más feliz. He visto como te cuida y lo mucho que te procura. Ella te ama, eso es evidente. - escuchar esas palabras la sacaron de balance.

Korra se había ido, ya no volvería a verla nunca más. Su muerte se había llevado una parte de ella que pensó no podría ser llenada de nuevo. Sin embargo, la joven Kuvira se estaba metiendo en su corazón con todo el amor que le profesaba cada día. Ella lo sabía, pero lo que no sabia era si seria capaz de corresponder a ese amor.

- Hija, nada me haría más feliz y me daría tranquilidad que el que tu te cámaras con la señorita Kuvira.

- Yo... No lo se.

De forma sincera, no sabia ya si realmente quería eso.

El alboroto en la entrada a la hacienda se escuchó de pronto. Los hombres comenzaron a llegar de poco en poco. Ya era de madrugada. Asami salio a recibirlos esperando encontrar entre ellos a la militar.

Los primeros en llegar estaban heridos y pronto los pasaron para ser atendidos por las sirvientas de la casa y el médico del pueblo que había sido llamado a la hacienda.

Al verlos así, Asami se sintió desmayar. Se negaba a pensar en lo peor. Rogó al cielo por la salud de la heredera.

- Dios si la devuelves con bien, te prometo que... que... que me casaré con ella. Por favor que regrese.

Paso un tiempo más y por fin en la última parte de personas que arribaron a la hacienda venía la joven señorita. El corazón de Asami se aceleró al ver al caballo a lo lejos.

Kuvira apeó del caballo y vio correr hacia ella a la chica de los ojos esmeralda. Estaba llorando. Con fuerza se abalanzó sobre la militar haciendo que casi cayeran las dos en el encuentro.

La vio allí con el rostro y sus ropas llenas de sangre y se puso pálida, le sobrevino el vértigo.

- Esta herida? Esta bien? Me preocupo demasiado, nunca nunca me vuelva a poner así. No quiero que se arriesgue de esa manera. No, no, no. - Como una niña pequeña haciendo una rabieta estaba comportándose. Esto provocó que la joven de ojos aceitunados dibujara una gran sonrisa en sus labios. Sus lágrimas, su preocupación eran hacia ella, ya no hacía la hija del capataz, eran para ella.

- Estoy bien. Nunca he estado mejor. - La apretó contra su pecho.

- Le pedí a Dios que si volvía con bien ud, yo aceptaría ser su esposa. - al oír esto la joven militar se sorprendió.

- En verdad? Aceptaría casarse conmigo? - la miró con un poco de incredulidad.

- Si. - Fue lo único que pudo decir cubriendo el cuello de la señorita Kuvira con sus brazos aferrándose a ella.

- Eso me hace muy feliz. - Le dijo al oído. - Oigan todos, - alzó la voz para que los que estaban allí la escucharan, - la señorita Asami y yo nos vamos a casar. Al fin ha aceptado desposarse conmigo.

Los vítores y aplausos de las gentes reunidas no se dejaron esperar. Todos festejaron el compromiso, todos menos uno.

Escondida entre los arbustos del jardín, Korra había presenciado toda la escena. Había estado esperando cuando la noche llego para acercase a su amada Asami, pero con el jaleo que se había armado, no pudo hacerlo.

Ahora veía como la mujer que amaba se estaba comprometiendo con alguien que no era ella. El corazón se le partió cuando vio como sellaban esa proposición.

No quizo saber más. Tal vez su padre tenía razón, ellas no estaban destinadas a estar juntas.

- No eso no lo aceptó. Te juro que regresaré y seré alguien importante y les haré pagar por todo esto. Te voy a recuperar Asami Sato, lo voy a hacer.

Con esa sentencia, abandonó la hacienda.

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Que les pareció? Vamos por buen camino, vienen cosas interesantes en los próximos capis. Espero les haya gustado y me dejen sus comentarios. Los comentarios animan y ayudan al escritor a inspirarse y seguir trabajando en sus fantasías. Gracias. Saludos a todos.