Canción: I want you back de The Jackson Five

–No puedes pasar.

Al lamia le tomó un segundo reaccionar, aquellas palabras nunca iban dirigidas a él.

– ¡Oh vamos Cooper!

El guardia sacudió la cabeza.

–No estás en la lista, si no estás en la lista no puedes pasar.

–Estoy seguro de que puedes hacer una excepción… –usó su tono más amigable, que esperaba le recordase a Cooper todos los buenos ratos que pasaron juntos.

No funcionó.

–Ash, si hago eso me van a despedir; conseguí este empleo hace dos meses y no pienso perderlo ahora.

El joven vampiro dejó escapar un sonido de resignación y dijo:

–Entiendo. En fin, de todos modos fue bueno verte Coop.

–Lo mismo digo –replicó Cooper, no sin cierta reticencia ante la inesperada respuesta.

Ash comenzó a alejarse. Una vez que hubo una distancia que consideraba segura entre él y Cooper, comentó en su tono más casual:

–Por cierto Cooper, tu padre y el mío piensan reunirse uno de estos días; puede que me les una y les mencione una o dos cosas que hicimos en Nueva York.

Los ojos de Cooper se agrandaron.

– ¿Bromeas?

–En absoluto.

El rostro de Cooper se llenó de enojo.

–No puedes decirle nada sobre mí sin delatarte a ti mismo –respondió bruscamente.

Ash esbozó una sonrisa burlona.

–Claro que puedo, yo no tuve la oportunidad de emborracharme, fui conductor designado, ¿recuerdas?

–No te atreverías…

Por supuesto que lo haría y ambos sabían eso. También conocían cuál era la posición del padre de Cooper acerca del alcohol y demás vicios "humanos" (así los llamaba). Al lado de ese sujeto Alder Redfern parecía un liberal. Y siendo Cooper el tercero y menos favorecido hijo, era seguro que sus borracheras no quedarían sin castigo.

Ash vio cómo su amigo apretaba los puños antes de soltar un resoplido y abrir la verja detrás de él. Pretendió no oír las palabrotas que Cooper le dirigió en voz baja y siguió por el sendero que se extendía frente a él.

La casa a la que se dirigía era grande y antigua, dos de las cosas que más le gustaban a los Silversmith, no podía ser de otra manera. Ash calculó que debía tratarse de una construcción de finales del siglo XIX. Las puertas de la entrada estaban abierta y el lamia penetró en un amplio vestíbulo, en el centro se alzaba una escalinata custodiada por un hombre vestido igual que Cooper –traje negro y un cable asomándole por la oreja derecha.

Sus siempre cambiantes ojos subieron hasta toparse con un hombre arrimado contra el barandal, llevaba puesto un traje visiblemente caro, sostenía una copa de vino en la mano derecha y miraba hacía el vestíbulo con satisfacción, evidentemente le complacía ver llegar a los invitados. Ash lo reconoció al instante y tuvo la sensatez de apartar la mirada y salir de aquel vestíbulo lo antes posible.

A continuación se halló dentro de una sala en escasa compañía de unas cuantas parejas y miembros del servicio ofreciendo bebidas. Inspeccionó el rostro de cada uno de los presentes, aun sabiendo que era poco probable que quien buscaba estuviese allí. Y tenía razón. Siguió moviéndose por las habitaciones, inspeccionando cada rostro que encontraba (de manera discreta claro, no quería que lo tomaran por alguna clase de pervertido), sin éxito. Cuando penetró a lo debía ser un comedor se sintió al borde de una gran decepción. No había puesto un pie en aquella casa desde hace tiempo pero estaba seguro de que después del comedor se hallaba la cocina y un par de habitaciones más le seguían, tras lo cual llegaría al mismo vestíbulo por el cual había entrado y no tenía forma de saber si él seguía allí, observando a todos los que entraban con esos ojos de halcón…

Ash suspiró y en lugar de escudriñar a todos allí, como debería haber hecho, optó por dirigirse al mini bar ubicado en la esquina más alejada. Un pequeño trago no haría daño.

Apenas había tomado un sorbo de su bebida cuando sintió una mano en su hombro y todo su cuerpo se tensó.

–Hola Ash.

No era la voz profunda que él había esperado oír, esta era risueña y amigable.

Ash se relajó y volteó la cabeza.

– ¿Qué tal Josh, disfrutando la fiesta?

El brujo se alzó de hombros.

–Pues supongo sí, pero creo que prefiero las fiestas del club, todo aquí es demasiado –señaló con un gesto de la cabeza la habitación en la que estaban, tenía las paredes blancas, estatuas de mármol adornaban el lugar junto con muebles negros y el piso de baldosas se asemejaban a un tablero de ajedrez –…formal.

–Te entiendo.

Ash también hubiese preferido acudir a una de las fiestas del club donde no había que preocuparse de no derramar accidentalmente licor sobre uno de los carísimos muebles o donde la música sonase como música de verdad y no música de ascensor. Aunque tenía que admitirlo, las bebidas eran muy buenas.

–Además –añadió Josh –, la mayoría de chicas de enclave, la mitad están comprometidas y la otra mitad tienen esa mentalidad de, ya sabes, "quedarte con tu propia clase". Nadie con quien ligar.

El lamia sonrió. Le agrada mucho el buen Josh, siempre dispuesto a prestar una mano y definitivamente sabía cómo pasarla bien. No obstante también tenía una marcada tendencia de hablar demasiado.

–A propósito ¿cómo es que estás aquí? No sabía que vendrías.

Ash se alzó de hombros.

–Fue algo de último minuto. ¿Y tú, cómo terminaste por aquí?

Su curiosidad era genuina, nunca antes había visto a Josh en una de esas fiestas.

–Ah, sí, pues verás, mi hermano Nick ha estado ayudando a Mason Silversmith con algunos de sus negocios y él me debe una así que le pedí que me pusiera en la lista de invitados y heme aquí. –Josh indicó con un ademán a su persona –. Siempre he escuchado que estas fiestas son de lo más exclusivas.

– ¿Y sí cumple con tus expectativas? –preguntó Ash con el tono más despreocupado que pudo.

Esperaba que el brujo no hubiese notado cómo su cuerpo volvió a tensarse cuando mencionó aquel nombre. Se dijo a sí mismo que no tenía de qué preocuparse, Mason seguramente seguía en el barandal de la escalera como una gárgola vigilando la entrada. Además, el sujeto era muy excéntrico; casi nunca asistía a sus propias fiestas.

Casi.

Josh dejó escapar un sonoro bufido.

–Sabes que si soy honesto nunca creí que fuesen tan aburridas, si lo hubiera hecho no habría desperdiciado un favor para colarme aquí.

Ash bebió otro poco.

– ¿Con qué clase de negocios ayuda Nick?

–No tengo idea –Josh fue de lo más categórico –, y prefiero que eso se mantenga así. Ya sabes cómo es esto, los que saben mucho nunca terminan bien.

Era un chico listo. Pocos sabían cuál eran exactamente la clase de negocio que manejaba el clan Silversmith pero todos estaban a corriente de que no era nada legal, así que era mejor girar la cabeza para el otro lado.

–Por cierto, ¿cómo está Thea?

El brujo intentó sonar casual pero Ash logró notar un deje de ansiedad en su voz. Josh también debió percatarse de ello, puesto que apenas terminó de formular la pregunta desvió la mirada y un rubor momentáneamente invadió sus mejillas. De todas maneras no era ninguna sorpresa, ella fue quien los presentó y había resultado obvio desde el primer momento (para todos menos para Thea, claro) que Josh estaba interesado en ella.

Estaba a punto de responderle que, tristemente, Thea ya estaba tomada pero no tuvo oportunidad.

Lo golpeó de repente.

Al principio pensó que se trataba de una bofetada, pero él ya había recibido suficientes como para saber cómo se sentían.

Lo siguiente que supo fue que su cara y ropa estaban empapadas con licor. Al frente suyo, mirándolo con esos mismos ojos de halcón que había procurado evitar y sosteniendo un vaso vacío estaba ella. Él se había colado en aquella fiesta para buscarla y al final, ella lo había encontrado a él. Y seguía furiosa.

– ¿Amber?

– ¿Qué diablos haces tú aquí? –le espetó ella.

Abrió la boca para responder pero ella se adelantó.

– ¡Largo!

Lo dijo en tono bajo (seguramente no quería atraer la atención de los demás invitados a aquella escena) y con una gran dosis de ira contenida. Sus rostros estaban a centímetros de distancia y mientras lo dijo blandió el vaso cerca de su cara; Ash temió que eso fuera lo siguiente que arrojara en su dirección.

–Amber, yo…

–Si no te largas ahora mismo traeré a Mason, y no creo que quieras eso, ¿verdad?

No, definitivamente no quería eso.

Amber dio media vuelta y comenzó a alejarse; en contra de lo que le dictaba su instinto, Ash fue tras ella haciendo a un lado a un muy confundido Josh. La tomó del brazo y logró hacer que lo mirara.

–Amber, escucha, lamento mucho lo que pasó…lo que te hice, de verdad yo…no tengo excusa.

El semblante de la chica se suavizó, parecía perpleja.

– ¿Eso fue lo que creo que fue?

Lo era, Ash Redfern acababa de disculparse.

–Lo siento –repitió él, pensaba decir más pero ella se llevó el dedo índice a los labios y susurró:

–Aquí no–señaló con la cabeza a otro grandulón vestido como Cooper que se hallaba frente a la ventana –si nos ven juntos le avisarán a Mason y estarás frito –. Se acercó aún más a él y dijo, en una voz casi inaudible –: A lado izquierdo de las escaleras hay una puerta que lleva al sótano, voy a abrirla para ti, ve allí en cinco minutos, cuando Bernie haga su pausa para ir al baño, y espérame.

Acto seguido dio media vuelta y se fue. Esta vez Ash no se atrevió a seguirla.

–Creo que esto te haría bien.

Era la voz de Josh, tenía la mano extendida hacia él.

–Gracias –replicó Ash mientras se pasaba el pañuelo por la cara.

– ¿Qué fue todo eso? –preguntó el brujo.

El vampiro sospesó todas las posibles explicaciones que podía darle, finalmente respondió:

–Es mi ex.

Le devolvió el pañuelo a Josh y salió de la habitación, ya había empezado a sentir las miradas curiosas de los invitados que habían presenciado aquella escena.

Pasó los siguientes cuatro minutos medio escondido tras una columna, contando los segundos.

Cuando por fin llegó al vestíbulo notó la habitación estaba vacía, el guardia que resguardaba la escalinata (ese tal Bernie) se había ido, y lo más importante; no había ni rastro de Mason.

Mientras hacía girar la perilla de la puerta que le había indicado Amber pensó en abortar la misión, darse la vuelta en redondo y marcharse sin más, aún estaba a tiempo; después de todo ya había ofrecido sus disculpas ¿no?

Sacudió la cabeza. Reconocía las tácticas del viejo Ash y debía esforzarse constantemente por no caer en ellas. Además, lo sucedido con Amber ameritaba más que una simple disculpa; ciertamente tenía larga lista de actos reprochables de los que arrepentirse, pero lo que ocurrió esa noche… eso sin duda estaba entre los cinco peores. Debía hacer algo para compensarla, pero no sabía qué. Tendría que preguntarle.

Siguió por las escaleras que tenía frente a él.

Todo aquello le resultaba bastante familiar. En más de una ocasión había tenido que entrar por ventanas o trepar paredes para evitar tener que vérselas con algún novio, prometido o padre celoso. Mason Silversmith, sin embargo, era el que se llevaba el premio, su instinto sobreprotector para con su hermana menor lo había obligado a ser creativo. Aún recordaba vívidamente la vez que terminó aferrado a una tubería a tres metros del suelo, todo porque el guardia que debía revisar a Amber cada media hora apareció antes de lo previsto.

Aquella noche, cuando la convenció de ''tomar prestadas'' las llaves de uno de los autos de lujo de su hermano y dar un paseo con él, se habían tenido que mover por la casa a oscuras, caminado de puntillas y ahogando risitas, como dos niños a punto de hacer una travesura. De haber sabido lo que ocurriría más tarde, ninguno se hubiese reído.

Llegó a una habitación completamente desierta y a oscuras. Había esperado encontrarse con un cuarto polvoriento y lleno de trastes como cualquier otro sótano, pero no fue así. Aquel cuarto era bastante amplio y no había rastro de suciedad, a no ser que se contara el moho en las paredes. Lo más extraño, sin embargo, eran unas repisas enormes que iban del piso al techo, Ash pudo observar escaleras que indudablemente servían para llegar a las partes más altas. Estaban todas ordenadas en fila y llenaban una considerable parte de la estancia. El contenido era el mismo en cada una: filas tras filas de botellas llenas de un líquido transparente.

Finalmente alcanzó una especie de umbral sin puerta que lo llevó hasta una habitación con muchos barriles y un fuerte olor que él conocía bastante bien: alcohol, y provenía de todos esos contenedores. También había varias botellas dispersas alrededor que al parecer estaban vacías.

Su pie izquierdo chocó contra algo duro, bajó la vista y observó una caja que contenía varias de esas botellas que tanto abundaban por ese lugar. Pero eso no fue lo que lo alteró, fue la marca de una media luna negra en uno de sus lados. Quería decir que aquella caja estaba destinada a los enclaves, donde la ley seca seguía muy vigente.

Diablos, pensó.

Ash sintió como si le encogiera el estómago. Conocía aquella sensación y por lo general le indicaba cuando era tiempo de dar media vuelta e irse, ya le había salvado de varios aprietos anteriormente.

Tendría que encontrar alguna otra forma de hablar con Amber más tarde… Ahora que lo pensaba, ¿dónde se había metido ella y por qué demoraba tanto?

Había vuelto a la habitación de las repisas y cómo si de una retorcida respuesta del universo se tratase, escuchó la puerta por la que había entrado abrirse.

Se volteó esperando ver la esbelta figura de Amber, pero no era ella.

Había procurado evitarlo toda la noche y ahora lo tenía frente a él.

Mason Silversmith y tres otras figuras se hallaban en la entrada. Ninguno de ellos se movió pero no hizo falta.

Ash se echó a correr e inmediatamente escuchó pasos detrás de él que iban a toda velocidad.

Su mente se puso en marcha, trató frenéticamente de encontrar una salida de aquella situación. Sabía que estaba en desventaja, necesitaba hacer algo…y rápido.

Se metió entre dos de las enormes repisas y una vez que alcanzó su extremo la empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.

El sonido del vidrio estrellándose contra el piso, junto con algunos gemidos y expresiones de dolor le indicaron que su estrategia había tenido éxito.

O eso fue lo que le pareció hasta que sintió cómo otro cuerpo lo tacleaba y ambos aterrizaron en el suelo. Intentó quitarse al otro sujeto de encima con una patada pero descubrió que el peso de su contrincante le dificultaba moverse. Contuvo un grito cuando unas garras penetraron en su abdomen. Instintivamente colocó ambos brazos para protegerse el rostro y cuello; los depredadores siempre iban por la yugular… literalmente.

El agudo y punzante dolor de aquellas zarpas se extendió hacia sus antebrazos, pecho y manos. El joven lamia solo podía ver los brazos del hombre lobo como dos manchas difusas que subían y bajaban. Y entre la neblina de confusión que se había instalado en su mente trató de contemplar su siguiente movimiento.

Por el rabillo del ojo vio cómo la repisa que acababa de mandar al suelo comenzaba a levantarse. Supo que tenía que hacer algo en ese mismo instante y solo se le ocurrió una cosa.

Una explosión de energía, era la única manera en la que podía describir aquel truco que le había enseñado Morgead. Una especie de explosión concentrada dirigida hacia el hombre lobo que tenía encima. Las zarpas se detuvieron y el peso que le oprimía el estómago desapareció, el hombre lobo cayó hacia atrás.

Ash se lo quitó de encima de un empujón y retomó su huida.

Los efectos de lo que acababa de hacer se hicieron evidentes al instante. Notó sus fuerzas mermadas y una sensación de cansancio se propagó por su cuerpo. Se obligó a sí mismo a ignorar todo eso y seguir adelante. Consiguió cruzar hasta la habitación de los barriles, allí habían dos puertas, no tenía idea de hacia dónde se dirigían pero eso era lo de menos. Entonces pensó en la posibilidad de que estuviesen con cerrojo y deseó con todas sus fuerzas que no fuese así.

De todas maneras no tuvo tiempo de averiguarlo porque sintió a uno de los guardias peligrosamente cerca. Una mano lo agarró por el cuello de la camisa y lo jaló hacia atrás. No vio venir el golpe pero sí que lo sintió. El dolor comenzó en su nariz y se extendió al resto de su cara.

Ash se impulsó hacia adelante y chocó su cabeza contra la del otro sujeto. Eso bastó para el tipo lo soltara y él se tambaleó hacia atrás. No cayó al suelo porque logró a aferrarse a uno de los barriles y terminó medio sentado, medio parado en una esquina.

Un segundo sujeto se dirigía hacia él. Con su mano derecha palpó algo largo, duro y frío, sin pensarlo dos veces lo tomó y lo estrelló contra la sien de su rival; la botella explotó en una lluvia de vidrios rotos.

No supo quién fue el que se abalanzó sobre él –si el vampiro al que le había dado el cabezazo o el hombre lobo –pero en cuanto sintió el frío suelo contra su espalda supo que sus posibilidades de ganar aquella pelea habían disminuido drásticamente y eso que ni siquiera tenía muchas para empezar. La energía que le quedaba no era suficiente para otro ataque psíquico.

Usó la última arma que le quedaba, con el cuello de botella roto que aún sostenía, alzó su brazo hasta que ésta se hundió en algo. Escuchó un gruñido y sintió un líquido frío en las yemas de los dedos. La esperanza que le brindó aquella pequeña victoria no duró mucho, porque a continuación todo se volvió oscuro. Lo último de lo que fue consciente fue de la explosión de dolor que apareció en su frente.

Cuando abrió los ojos, todo estaba difuso. Tuvo que parpadear dos veces para que sus ojos volviesen a enfocar y miró el lugar en el que estaba. Seguía en la habitación de los barriles, estaba sentado y tenía los brazos echados hacia atrás, alrededor de una columna –con las muñecas atadas. Los tres guardias a los que había querido evadir lo miraban como una manada de leones listos para saltar sobre su presa.

–Tuviste muchas agallas para venir aquí Redfern –dijo Mason, con esa voz profunda y ronca tan característica de él.

Ash podía oírlo pero no verlo, quiso buscarlo y descubrió que la posición en la que estaba no se lo permitía. De todos modos no hizo falta ya que por el rabillo del ojo lo vio acercarse. Al poco tiempo ya estaba frente a él.

–Cuando Amber vino a decirme a que estabas aquí casi no le creo –prosiguió Mason –. No pensé que fueras así de estúpido.

Así que ese había sido su plan, le había tendido una trampa y él no había tardado en caer. Se la imaginó en su habitación, frente a su coqueta admirando su perfecto reflejo con esa expresión de complacencia que tenía cada vez que sus maquinaciones tenían éxito.

–Vamos Mason,…no vine buscando problemas.

–Pues es un poco tarde para eso, ¿no lo crees?

Ash examinó la situación en la que se hallaba y no tardó en llegar a la conclusión de que estaba jodido.

–Mira –dijo, usando el tono más conciliador que pudo –, solo vine porque quería disculparme, nada más.

Mason lo miró con una expresión divertida, como un padre que se entretiene con las fantasías infantilles de su hijo.

–Ya –replicó – ¿y para qué bajaste aquí entonces?

Abrió la boca pero no habló de inmediato. Tenía la certeza de que si le contaba que Amber había sido quien lo había citado allí, no le creería. Así que al final dijo:

–No es lo que parece, yo…

Apenas terminó la frase le entraron ganas de patearse a sí mismo por haber dicho la oración más tonta que pudo haberse ocurrido.

–Pues a mí me parece que alguien ha estado husmeando donde no debía.

Ash se estremeció, el tono de Mason había cambiado de casual a serio… con cierto deje amenazador. Le inquietaba pensar lo que esa frase significaba. Apenas tomó la decisión de escabullirse en aquella casa tuvo muy en claro que debía evitar a Mason, de lo contrario lo más probable era que le pusieran una bolsa negra en la cabeza, lo metieran dentro de una van, le propinaran una buena golpiza y finalmente lo arrojaran a lado de una carretera desierta, en retribución por lo que pasó con Amber. Ahora sin embargo,… ahora había visto cosas que no debía y estaba al tanto de que Mason introducía alcohol ilegalmente a los enclaves.

Las palabras de Josh resonaron en su cabeza: Los que saben mucho nunca terminan bien.

Maldita sea Amber pensó. Sin duda ella debía odiarlo. ¿Podía culparla, después de lo ocurrido? La verdad no.

–No estaba haciendo nada –logró articular Ash.

–Me importa un bledo lo que estuvieras haciendo –dijo Mason–, fuese lo que fuese te aseguro que no volverás a hacerlo.

Eso no sonaba bien.

Necesitaba otra estrategia. Adiós Ash apaciguador.

– ¿Quieres apostar? –preguntó con el tono más altanero posible –. Soy un Redfern, ¿en serio crees si me haces algo mi padre se va a quedar de brazos cruzados?

La verdad era que, tras aquel viaje a Briar Creek, lo más probable era que Alder Redfern no se inmutara tanto si algo le ocurría, pero Mason no necesitaba saber eso.

–Tienes razón –Mason adquirió una expresión pensativa –, un hijo muerto enfurecería a cualquier Antiguo, pero uno desaparecido por el otro lado…sería más manejable, ¿no? –se puso en cuclillas de modo ambos estaban a la misma altura. Tenía los ojos tan duros como piedras –. Sé cómo hacer para que te desvanezcas y nadie nunca te encuentre.

–Me encontrarán –respondió Ash con una convicción que no sentía.

Mason se levantó y empezó a dar vueltas.

–Veamos; tu nombre no aparece en la lista de invitados, entraste aquí y no hablaste con nadie, excepto con el cantinero y el parlanchín de Josh, y sé que hacer para que ambos mantengan la boca cerrada. Nadie te verá salir, aunque el cómo entraste en primer lugar es un detalle del que tendré que encargarme más tarde. Así que no veo por qué alguien iba a relacionarte conmigo, no soy el único que te la tiene jurada.

En ese momento Ash odió a Mason Silversmith, lo odió tanto que quiso levantarse y agarrarlo pero sus ataduras se lo impidieron. Mason pareció divertido con aquel gesto. Volvió a ponerse de cuclillas y susurró:

–Buen intento –antes de ponerle una mano en la frente (que aún palpitaba por el golpe que lo había dejado inconsciente) y chocar su cabeza contra la columna a la que estaba sujeto.

Así fue como supo que estaba hecha de madera, por la sensación de ardor que le dejó el golpe en la parte trasera del cráneo. También notó el crujido que ésta hacía y entonces recordó el moho en las paredes, se preguntó quién habría diseñado ese lugar, alguien debería haberle dicho que no era buena idea poner madera un sitio húmedo.

Mason miró a sus guardias.

–Ya saben qué hacer chicos –revisó su reloj –, pueden empezar en veinte minutos.

– ¿Por qué no ahora mismo? –preguntó uno de ellos al que Ash reconoció como Bernie, tenía una mancha roja surcaba su oreja izquierda, de cuando le estrelló la botella en la cara.

Mason le dedicó al hombre una mirada cargada de desdén.

–Porque no quiero que sus gritos molesten a mis invitados.

Pero que considerado era.

Se fue sin decir una palabra más, dejando a Ash con esos tres hombres que lo miraban como a un ratón en una ratonera.

El tiempo pasaba con una asombrosa lentitud, como si cada momento estuviese congelado y poco a poco se derretía para dar paso al siguiente. El lamia no podía decir si eso era bueno o malo, porque por un lado resultaba tremendamente irritante y por otro, hacía parecer que le quedaba más tiempo del que en verdad tenía.

Los guardias parecían compartir esta sensación, estaban al otro lado de la habitación; uno se había puesto a fumar y otro se había sentado sobre un barril. El tercero; Bernie, tenía la vista fija en la pared y no paraba de mover el pie. Se preguntaba cómo pensaban deshacerse de él, tal vez lo arrojaran fondo del mar o a un abismo… o quizás no se tomarían tantas molestias y lo enterrarían en el jardín. En cualquier caso, ninguna opción era una forma válida de acabar sus días.

Trató de voltear la cabeza, lo que resultaba una tarea difícil con la posición en la que estaba. Pero sabía que si quería salir con vida tenía que hacer algo, así obviando el dolor en su espalda y parte posterior de su cabeza logró hacer girar a su cuello. Alcanzó a ver lo suficiente para darse cuenta de que estaba a una escasa distancia de la esquina en la que lo noquearon, hasta pudo ver los trozos de vidrios de la botella que usó contra Bernie. Por el rabillo del ojo constató que ninguno de los tres guardias se había percatado de que se movía.

Bien.

Extendió las manos lo más que pudo y palpó el piso, sentía varios trozos de cristal pero todos eran demasiado pequeños. Después de unos largos segundos las yemas de sus dedos rozaron un trozo que más largo que el resto. Ash intentó atraerlo hacia él, pero apenas sí conseguía tocarlo. Si tan solo tuviese telequinesis en vez de telepatía, como las brujas. Siguió estirando los dedos y poco a poco, logró jalarlo unos centímetros hacia donde estaba.

Su mano se cerró sobre el pedazo de vidrio al mismo tiempo que Bernie gritó:

– ¡Eh! ¿Qué estás haciendo?

El joven lamia no dijo nada, permaneció silencioso y cabizbajo con los puños cerrados. Por suerte aquel trozo cabía en la palma de su mano.

Bernie lo examinó de arriba abajo y después se fue, no sin antes propinarle una patada en las costillas, claro.

–Quédate quieto –le advirtió mientras se alejaba.

Si tan solo hubiese sabido que desde el momento que le dio la espalda, el vampiro puso manos a la obra, frotando el vidrio contra las sogas de sus muñecas. El sonido de hebras rompiéndose no pasó desapercibido para los guardias pero para cuando lo notaron aquel ruido se convirtió en un chasquido y Ash sintió que la presión en sus muñecas disminuía y podía moverlas libremente.

Se puso de pie y retrocedió hasta la esquina que tenía detrás. Los guardias iban hacia él a toda velocidad. Solo tenía una oportunidad así que tenía que hacerlo bien. Juntó toda la fuerza que pudo y se abalanzó hacia el frente. El impacto de su cuerpo compacto contra la columna de madera generó un fuerte crujido. Cuando abrió los ojos estaba tumbado en el suelo y donde antes había estado la columna ya no había nada. Algo parecido al eco del crujido original sacudió la habitación, provenía de todas partes a la vez.

Ash vio cómo el techo se venía abajo.

Recibió golpes en varias partes del cuerpo pero se salvó de quedar enterrado bajo la lluvia de escombros como los otros tres. Había caídos sillas, escritorios y hasta una estantería de libros.

Salir por donde había entrado no era una opción, aquella montaña de materiales bloqueaba el umbral, solo le quedaba abrir la puerta que tenía detrás.

Giró la perilla y comprobó que estaba cerrada con llave. Quiso soltar una maldición pero en lugar de eso dejó escapar un sonido gutural y primitivo. Sintió la rabia crecer dentro de su pecho y supo que era mejor aprovecharla. Enfocó toda esa frustración en la maldita puerta y estrelló su cuerpo contra ella, al igual que había hecho con la columna. Las primeras embestidas dejaron la mitad derecha de su cuerpo adolorida, con la tercera la puerta se abrió de golpe; Ash perdió el equilibrio y se dio de bruces contra el piso.

Vaya noche.

Se puso de pie y miró a sus alrededores; buscaba una sola cosa: una salida, todo lo demás era irrelevante. Por eso fue la vista de tres paredes grises, sin ninguna puerta ni nada, lo hizo sentirse como un niño que se topa con que no hay regalos bajo el árbol el día de Navidad.

No, no, no, no.

Fue su único pensamiento.

Tenía que haber una forma de salir de allí. Tenía que. Se negaba a morir en manos de unos matones vulgares a cargo de un presuntuoso mafioso con aires de grandeza.

Examinó cada metro de esa habitación hasta que lo vio: un cuadrado medio escondido en una de las esquinas. Se acercó a él y se dio cuenta que se trataba de una tapa de madera, había acumulado tanto polvo que se confundía con el gris de las paredes. Ash la levantó; era la entrada (o salida, según se viera) a un conducto oscuro que se extendía hacia arriba; no podía discernir hasta dónde llegaba, lo más probable era que sirviera para transportar carbón cuando la casa fue construida y con la llegada de nuevas eras había caído en el olvido. Dejó caer la tapa y ésta se desprendió de lo que sea que lo había estado sosteniendo hasta ese momento y cayó al suelo.

Ash se quedó inmóvil en aquella habitación oscura y silenciosa; sabía que no permanecería así por mucho tiempo. Los escombros no mataban vampiros, arrojarles una repisa encima los había frenado por poco tiempo, dudaba cuánto los retuviera un techo colapsado. Tampoco iba a quedarse y averiguarlo.

Resignado introdujo primeros sus brazos y luego la cabeza en aquel negro hueco, el aire era polvoriento allí y le escocía la nariz. A su cabeza le siguieron su torso y finalmente sus pies. Avanzó por el conducto con las manos y pies pegados a las paredes; aquella actividad resultaba ridícula en apariencia y dolorosa en la práctica, todos sus miembros estaban tensos por el esfuerzo. Por no mencionar asquerosa, ese lugar estaba llena de telarañas y en más de una ocasión sintió unas patas pequeñas y finas deslizarse velozmente por sus manos, cada vez que pasaba tenía que resistir el impulso de sacudir el brazo puesto que no quería caer y tener que empezar todo de nuevo.

Aquella tarea fue algo así como un suplicio sin fin, parecía que ese estúpido conducto seguía hasta el infinto pero fue entonces que vio un cuadrado de luz sobre su cabeza y el hechizo se rompió. Hasta sintió que la vista de una salida le ofrecía algo de impulso. Felizmente lo tomó y lo usó para llegar hasta aquel marco iluminado, colocó ambas manos sobre él y se dio un empujón hacia adelante. Primero sacó la cabeza, seguida por el resto del cuerpo.

Aterrizó sobre unas baldosas frías. Cuando se puso de pie reconoció la cocina. Frente a él y sentado sobre el mesón de mármol estaba un chico, tenía la ventana abierta a sus espaldas y su brazo derecho estaba totalmente afuera, sosteniendo un cigarrillo encendido. Miraba a Ash con los ojos bien abiertos y llenos de incredulidad. Sus miradas se trabaron por un segundo, tras lo cual Ash desvió la mirada y se dirigió hacia la puerta trasera que sabía que estaba allí. También sabía que esa puerta se cerraba por dentro y la llave estaba escondida en un florero ubicado en uno de los estantes superiores. Lo recordaba todo porque esa había sido la ruta de escape que él y Amber utilizaron esa fatídica noche de Abril.

Después de aquella noche, cada vez que el incidente resurgía en la mente de Ash, apaciguaba el remordimiento diciéndose que no había sido culpa suya, que simplemente se habían dado una serie de circunstancias que nadie podía controlar y habían desembocado en un terrible accidente. Pero sabía que eso no era del todo cierto. No podía controlar el clima ni tampoco hubiese podido predecir la abundante lluvia que caería esa noche, esa parte era verdad, pero sí había sido él quien había propuesto tomar el coche y salir a pasear, él se puso detrás del volante y condujo a una velocidad que era más del doble de lo permitido, y finalmente fue él quien perdió el control cuando llegaron a esa curva, causando que el automóvil patinara y se volcara. También fue él quien entró en pánico y para evitar problemas, huyó del lugar. Amber no tuvo tanta suerte, los bomberos, alertados por algún humano que presenció el accidente, tuvieron que sacarla con las mandíbulas de la vida.

La vergüenza lo invadió al revivir todo lo que pasó esa noche.

Una serie de decisiones lo habían llevado a un acto despreciable y muy cobarde.

Ahora otra serie lo había obligado a derrumbar un techo y arrastrarse por un conducto viejo y oxidado.

¿O es que acaso todo lo anterior formaba parte de la misma cadena de eventos?

Ash no quería pensar en todo aquello, no quería pensar en nada.

Siguió su camino en modo automático, rodeó la casa hasta hallar el sendero por el que había llegado y caminó hasta la verja por la que entró. Al verlo Cooper alzó las cejas y los ojos se le abrieron como platos.

– ¿Pero qué…? –No terminó la pregunta – ¿Qué demonios pasó allí adentro?

Ash siguió caminado.

– ¡Ash! ¡Oye, contesta! ¡Ash!

La voz de Cooper se fue perdiendo a medida que él avanzaba.

Una hora más tarde se hallaba sentada en una acera, esperando. Cuando por fin divisó los faros del Fortuner se puso de pie, fue hasta el coche y se desplomó sobre el asiento trasero. Nilsson era el primero en toda la noche que no se mostró perplejo al verlo cubierto de una fina capa de carbón pulverizado, con buena parte de su ropa hecha jirones y un gran moretón en el hombro izquierdo que le asomaba por la camisa medio abierta. Posiblemente había a otros en peores condiciones.

El trayecto hasta la mansión pareció transcurrir en un abrir y cerrar de ojos. Al entrar notó las miradas de los Amaneceres clavadas en él pero estaba demasiado cansado como para importarle o responder preguntas. Solo quería llegar a su habitación.

Alguien lo invitó a que fuese a la enfermería para que revisaran sus heridas pero Ash lo ignoró, no tenía nada que no pudiese curarse con una buena siesta, un baño y un par de días de reposo. Al llegar a su cuarto lo primero que hizo fue dejar caer su adolorido cuerpo sobre el colchón.

A muchos le hubiese parecido curioso que él, un vampiro, haya decidido colocar su cama justo frente a la ventana, donde los rayos del sol le daban directo en la cara cada vez que amanecía. Pero eso a él no le importaba, lo había hecho porque así el cielo era lo primero que veía al despertar, y el cielo le recordaba a Mary-Lynnette. De hecho, en esos momentos, el firmamento era de un color azul eléctrico que se parecía un poco al azul de los ojos de ella.

Ash dejó que sus párpados se cerraran.

¿Algún día sería capaz de mirarla los ojos y confesarle todos los pecados que había cometido, como los de esa noche de un 4 de abril?