Juntos

Un paso a la vez…

Sam tenía la mente en otro lugar, no se había dado cuenta de la presencia de la castaña. Sus pensamientos vagaban en los recuerdos de esa noche compartida con Freddie. Despertar junto a él fue lo más hermoso que le pudo haber pasado. Su rostro relajado y la pequeña sonrisa de satisfacción en sus labios eran perfectos.

-Samantha Puckett, es de mala educación fantasear por un hombre cuando no estás sola –el comentario de Carly la saco súbitamente de sus pensamientos sonrojándola.

-Carls, me volveré loca… -susurró dejando caer su cabeza en el escritorio. -Lo tengo tan cerca que me cuesta contenerme. Ya ni en comida pienso.

-Estás grave amiga –comentó Carly con sorna.

-¿Ah, sí? Ya la Señora Gibson no se acuerda de las interminables noches de pesar. "Estoy enamorada de Gibby", "¿Será que le gusto?", "Oh Dios, no sé qué hacer muero por besarlo"

-Cállate, aceptó lo que me toca. No soy como otras –dijo de forma subjetiva. –Por cierto, ¿Cómo le va a Freddie con su nuevo empleo?

-No escuchó quejas de su parte, se le ve cómodo en el área de publicidad. Sé que no es su especialidad, pero se desenvuelve bien. Me gustan sus ideas para la página web del local, todo está marchando bien –contestó la rubia con una sonrisa en el rostro. –Te invitó a comer, hoy preparan la especialidad de la casa…

-¿Albóndigas? –Sam asintió ilusionada.

Carly estaba feliz por su amiga, se había recuperado de todo lo que había perdido en esos meses en coma, y lo mejor era que ayudaba a Freddie en el proceso. Hablaron de muchas cosas hasta que recibió una llamada alarmante, era la directora de Noah, al parecer estaba metido en un serio problema.

Ni siquiera se despidió de Carly, salió en busca de su coche. ¿En qué clases de problemas se había metido ese chico? Se sorprendió un poco al llegar sin chocar ya que no paro de pensar en todo el trayecto. Caminó por los pasillos del nuevo Ridgeway, no había cambiado ni un poco y eso le traía recuerdos.

"Concéntrate Puckett, el niño es tu prioridad" se regañó mentalmente antes de llegar al lugar que tantas veces la acogió. Claro, nunca fue de buena manera, estaba allí siempre por sus travesuras.

-Buenas tardes, recibí una llamada de la directora por Benson… -la secretaría la observó con recelo.

-Muy bien, pase adelante Señora Benson. –Sam estuvo tentada a corregirle pero solo logró esbozar una sonrisa estúpida en su rostro.

La oficina era como lo recordaba, lo único diferente era la persona que estaba sentada ahora en ese lugar, sin Ted la magina había desaparecido del lugar. La rubia fijó su mirada en el pequeño niño cubierto de sangre y barro, estuvo tentada a abrazarlo pero eso tendría que esperar.

-Señora Benson…

-Puckett, mi nombre es Sam Puckett. Yo solo soy su representante –la directora frunció el ceño y miró fijamente al niño.

-Querido, ¿puedes esperar afuera? Necesito hablar con la Señorita Puckett. –Noah asintió y Sam pudo ver las lágrimas en su rostro. –Muy bien, pudo notar el mal estado de Noah.

La rubia frunció el ceño cuando ella cambio el tono de voz.

-Le recomiendo a usted y al padre del niño que busque un lugar especial, posiblemente mejore. También es recomendable que no sea agresiva frente al niño, le está dando un mal ejemplo. Este es un buen sicólogo –los ojos de la rubia no se habían apartado ni un segundo de esa mujer.

-Un momento, ¿estás insinuando que por una pelea Noah no puede estar más en este colegio y qué todo se debe a mi expediente? –La mujer abrió los ojos como platos. –Sí, sé quién eres. Eras la ñoña que siempre babeaba por Freddie, te rechazo y ahora esta es tu venganza. Que poco profesionalismo Milterd.

-¿Cómo te atreves? –ella alzó la voz encolerizada.

-No, ¿Cómo te atreves tú a destruir los sueños de un niño? Ojala no descubra nada porque ahora si me vas a conocer. Tengo abogados y puedo destruir tu carrera si me da la gana –Sam se había acercado sigilosamente a Milterd-. Ahora reconsidera lo que me acabas de recomendar.

-Yo… bien… yo… -ella se aclaró la garganta. –Bien, los niños y sus travesuras.

Minutos más tarde salió de la oficina aun molesta, pero su prioridad ahora era Noah. Se acercó rápidamente a él y lo vio encogerse en su asiento. Sam estaba segura que el niño no esperaba un abrazo de su parte porque lo sintió tensarse.

-Vamos por un helado y así me cuentas todo lo que paso, ¿está bien? –preguntó mientras dibujaba una sonrisa en los labios.

Ya en la heladería ninguno de los dos hablaba. La rubia quería esperar a que él tomara la iniciativa. Noah se parecía tanto a su padre, tenía sus ojos y su nariz, el cabello y la forma del rostro eran iguales a las de su madre, de resto Freddie había resultado dominante.

-¿No estudiaré más allí? –preguntó tan bajo que casi no lo escuchaba. Sam se acercó al niño y acarició su rostro limpiando nuevas lágrimas.

-Si lo harás, ¿de dónde sacas esas ideas?

-La directora me lo dijo… no le gusto que me defendiera –susurró entrecortadamente.

-¿Qué paso, mi niño? –preguntó Sam conteniendo las ganas de abrazarlo.

-Uno de los niños golpeó a Caroline y cuando intente ayudarla Derek me golpeó y me dijo que yo era huérfano… entonces le pegué –susurró antes de ponerse a llorar.

-Dios me libre de conocer a ese tal Derek… -espetó Sam con ira. –Todo está bien, no tienes por qué preocuparte.

La noche llegó rápidamente, tenía que volver a casa y explicarle a Freddie el porqué de su retraso con Noah. El niño se había quedado dormido durante el trayecto. Sam aparcó el coche y lo tomó con fuerza entre sus brazos, estaba agotada y algo estresada. Saludo al portero que la ayudo a subir en el ascensor, esperó pacientemente hasta que las puertas se abrieron de par en par, en ese momento, el olor a comida invadió su sistema. No había reparado en el hambre que sentía hasta ahora.

Cuando entró a su apartamento vio a Freddie en el sofá esperándolos, le sonrió en modo de disculpa. Sam esperaba que él entendiera su mensaje y al parecer lo hizo. Entró a su habitación, se quitó toda la ropa antes de entrar al baño por una ducha, necesitaba tanto relajarse y le estaba costando horrores.

Después de vestirse camino perezosamente por el pasillo hacia el sofá donde él se encontraba. Se dejo caer sutilmente en el mullido sofá mientras suspiraba.

-Carly me lo dijo todo. Gracias –Sam sonrió al escucharlo.

-Ni que lo digas. Fue solo una pelea de niños –ronroneó mientras Freddie masajeaba su cuello. –Eso se siente bien… -susurró ahogando un gemido.

-Vamos a la cama, allí es más fácil –Sam asintió y se dejo guiar, todo eso se sentía tan correcto y familiar.

Las manos de Freddie recorrían su cuello haciendo un poco de presión relajándola por completo. No sabe en qué momento se quedo dormida pero cuando abrió los ojos se encontró la habitación en penumbras. La única luz provenía de la sala, se levantó y lavó sus dientes.

-Son las tres de la mañana Freddie, descansa –dijo la rubia mientras bostezaba.

-Tengo que terminar estos reportes… solo me tomará algunos minutos –respondió cansado. Sam solo se limitó a girar los ojos.

Una sonrisa se extendió por su rostro mientras se acercaba y golpeaba su cabeza, era un manotazo perfecto que logró molestarlo. Sam corrió por todo el apartamento entre risas, había logrado su cometido y ese era alejarlo del maldito trabajo. Freddie la alcanzó en su habitación y comenzó a hacerle cosquillas.

-Di que te arrepientes, Puckett.

-Jamás… -gritó entre risas. Si había algo que odiaba Sam eran las cosquillas, la dejaban vulnerable. –Basta, está bien… me arrepiento.

Freddie se apartó entre risas, había pasado mucho tiempo desde que se divirtió de esa manera tan infantil. Sam lo miró a los ojos tratando de aplacar su respiración y todo se detuvo. El castaño se acercó lentamente a su rostro y beso sus labios. Era un beso tímido y se podría decir que algo arriesgado sabiendo que la chica que besaba era Sam Puckett; la mujer que podía dejarlo inconsciente con un solo golpe.

La piel del castaño se erizo cuando las manos de Sam viajaron a su cuello para atraerlo más. Él se atrevió a hacer otro movimiento, mordió sus labios para luego profundizar el beso. Todo pensamiento racional se esfumó de su cerebro. Había deseado tanto sus besos que le parecía un sueño.

-Esto es un sueño… -susurró Sam con los ojos cerrados y su respiración errática.

-No lo es y si lo fuera no quiero despertar –susurró antes de besarla apasionadamente. No sabían lo que estaba ocurriendo, pero pretendían descubrirlo juntos.