Los personajes de Mizuki e Irigashi no me pertenecen.
Esta historia ha sido escrita y publicada sin fin de Lucro
Horóscopos para veintiún días
Por Candy Fann
Capítulo 4
Día 4 – Un desayuno lleno de sentimientos encontrados y verdades incompletas
Cáncer: Puedes llegar amar hasta con el hueso, pero cuando eres traicionado o traicionada ese amor suele materializarse en odio muy perro, pues destruyes lo que encuentras a tu paso. Una caída o golpe en estos días podría ponerte de malas. – Nana Calistar
La hora del desayuno en la mansión era generalmente un asunto ruidoso. Normalmente los niños Cornwall emotivamente exigían la atención de sus padres al mismo tiempo que el resto de los adultos trataban de mantener una conversación normal en medio del caos reinante.
Aquella mañana, sin embargo, sólo se escuchaba el suave murmullo de cuatro adultos tranquilamente charlando alrededor de la mesa del desayuno. Los dos niños, generalmente los primeros en despertar, todavía se encontraban en cama dormidos y su padre estaba más que feliz de que ese fuera el caso, ya que esa mañana tenía una noticia muy importante que compartir con el resto de la familia.
"¿Trillizos?" gritó Archie, escupiendo la mitad de su café sobre su camisa blanca de cachemira con una mirada de disgusto. "¿Tu y Patty esperan trillizos? ¡Cómo es posible!" chilló de nuevo, rápidamente mojando una servilleta en un vaso de agua en un vano intento de limpiar la gran mancha marrón esparciéndose sobre la delicada tela.
"El doctor dijo que es todo un acontecimiento, ya que sólo uno entre mil embarazos resultan en trillizos. Creo que no me debería jactar, pero tal vez es a causa de la combinación excelente de la genética Cornwall con los genes O'Brian," declaró con una sonrisa satisfecha, sabiendo cómo ese pequeño comentario irritaría a su hermano menor.
Annie entornó los ojos, viendo como su marido desesperadamente trataba de salvar su elegante camisa. "Entonces, ¿Patty está bien?" preguntó, preocupada por el bienestar de su cuñada. Tener las gemelas había sido difícil para ella, por lo que no podía siquiera empezar a imaginar lo que tres bebés harían en el diminuto cuerpo de Patty.
"Ella está perfectamente bien," aseguró Stear a todos con una sonrisa sincera. "Se encuentra un poco deshidratada por lo que el doctor pensó que sería prudente mantenerla en el hospital bajo observación durante al menos una semana."
"¿Una semana?" gimió Candy, esperando que el tono tembloroso de su voz no fuera tan obvio.
Stear se volvió a Candy con los ojos rebozando esperanza. "Mi querida Candy, hiciste un trabajo maravilloso con los chicos ayer, así que quería preguntarte si podrías cuidar de ellos hasta el día del funeral. Yo intentaré terminar todo mi trabajo tan pronto como sea posible y luego me haré cargo de su cuidado. Esta mañana iré con los chicos a Chicago para recoger unos documentos y hablar con mis suegros, ellos cuidaran de los niños mientras yo esté en la oficina hasta mañana al atardecer. Patty va a requerir atención prenatal especializada y no quiero que ella se esfuerce excesivamente así te tendré que asegurarme de que cuente con todo el apoyo necesario. De hecho, tan pronto como Albert asuma el control de la compañía y el fondo fiduciario, voy a reducir mi carga en el trabajo a fin de que pueda pasar más tiempo en casa cuidando de mi propia familia."
Ya fuera por suerte o coincidencia, el susodicho apareció en el umbral del comedor tan pronto como Stear pronunció su nombre, haciendo que todos se volvieran al unísono con un gemido colectivo de sorpresa.
"Habla del diablo y éste aparece, ¿no lo sabes Stear?" saludó Albert con una traviesa sonrisa. Cuatro pares de ojos desconcertados lo vieron sentarse en el asiento vacante al lado de Candy y verterse una taza de café. "Y dime, ¿qué es esto que oigo acerca de moderar tu horario de trabajo?"
Stear miró a su tío con una mezcla de sorpresa y confusión en su rostro. "B-b-buenos días Albert. Y-y-yo sólo estaba compartiendo con la familia la buena noticia. Mi esposa y yo estamos esperando trillizos."
Albert tomó un sorbo de su café con una sonrisa irónica. "¿Trillizos? Felicidades, Stear. Creo que has roto el récord de la familia. Lo siento, Archie," comentó con una ceja enarcada, volviendo su atención a su otro sobrino. "No obstante, creo que, si tienes otro par de gemelos, serás capaz de recuperar el título de 'el varón más prolífico' de la familia Ardley. ¿Estarías dispuesto a intentarlo, joven Archie?"
Annie comenzó a toser descontroladamente, atorándose con un trozo de pan tostado.
Por suerte, como siempre, Candy vino al rescate de su hermana. "Stear me pidió que le ayudara a cuidar a los niños mientras Patty permanece en el hospital durante una semana," dijo fulminándolo con la mirada. "Estaba a punto de decirle que el responsable por chicos ayer fuiste tú y que realmente hiciste un maravilloso trabajo manteniéndolos entretenidos, especialmente a Drew."
Tres pares de ojos con las correspondientes bocas abiertas concentraron su atención en el distinguido joven descuidadamente bebiendo su café y sentado al lado de su exnovia como si cuidar niños y desayunar con su familia fuese la cosa más natural en el mundo.
"¿Tú le ayudaste a Candy con los niños ayer?" Stear preguntó incrédulo. "¿Tu? ¿El hombre que hace tres años vino a Lakewood para el bautismo de Drew, completamente borracho y con una mujer llamada Coco que llevaba puesta una servilleta del cóctel en vez de un vestido?"
"¿Coco?" hizo eco Candy con una sonrisa tensa en sus labios.
Los ojos de Albert brillaron divertidos. "¡Ah sí! ¡Coco! ¡Ahora recuerdo! Una joven muy empresarial," se rió, tomando una manzana del frutero en medio de la mesa. "Estuvo aquí sólo un día y se llevó todo el dinero que tenía en mi cartera y un par de tarjetas de crédito mientras dormía esa noche. Después se fue a Tailandia el día siguiente para terminar 'la obra de arte' que su cirujano comenzó hace unos años. Creo que ahora posee un par de bares muy exitosos en Phuket."
El jadeo audible de horror proveniente de Annie se escuchó en toda la habitación. "¿Esa zorrilla te robó el dinero y tus tarjetas mientras dormías? ¡Ay, Albert! ¡Que espantoso! Debe haber sido un verdadero choque para ti al despertar."
"No. Realmente no, Annie," se rió entre dientes, dándole un mordisco a la manzana. "Ya había tenido un choque peor pues, al caer la noche, me di cuenta que el nombre de Coco originalmente fue Charlie. Tuve que dormir en el sofá el resto de la noche después de esa pequeña 'sorpresa'."
Mientras todos se quedaron sin aliento, demasiado horrorizados para articular palabra alguna, la mortificación de Annie fue de una naturaleza muy distinta. "¿Charlie? ¿Sus padres la llamaron Charlie? Pero, ¿qué clase de hippy idiotas llaman a su hija Charlie? ¡Pobre chica! Aun así, su desafortunado nombre no le daba el derecho de ir por ahí comportándose como una delincuente y robándose el dinero de gente honrada."
Albert irrumpió riendo, mientras todos miraron a Annie incrédulamente. "Ay Annie," murmuró a su marido sacudiendo su cabeza de un lado a otro, tratando de contener su propio ataque de risa. "Recuérdame que después del desayuno, tu y yo tenemos que conversar muy seriamente."
"De todos modos," Stear continuó, deseando desviar la conversación lejos de las extravagantes aventuras sexuales de Albert. "Parece ser que es a ti entonces, a quien le tengo que agradecer el cuidado de mis hijos y por entretenerlos. No sé cómo lo lograste, pero estoy maravillado, y un poco curioso de saber ¿qué hiciste exactamente para conseguir que ambos estuvieran tan agotados? Por lo general están despiertos desde las seis, pero esta mañana los chicos todavía se encuentran profundamente dormidos."
Albert se movió en su silla, incómodo por la sinceridad en la alabanza de su sobrino. "No fue nada, realmente," declaró alargando el brazo para tomar un pedazo de torta del centro de la mesa. "Candy y yo los llevamos a patinar sobre el hielo en la pista del pueblo. Pasamos ahí mucho tiempo, gastando energías y luego los llevamos a almorzar un par de… ¡ARGH! ¡Maldita sea!" chilló adolorido con un respingo, ya que, sin que los demás comensales se percataran, Candy disimuladamente le propinó un pellizco tan fuerte en el muslo que Albert casi se cae de la silla del dolor. Tres adultos dejaron de masticar, enfocando sus ojos nuevamente en el rostro rojo carmesí del guapo rubio.
"Fuimos al pequeño restaurante vegetariano que está en el pueblo," interpuso Candy, dándole a Albert una sonrisa rápida y tensa. "Comimos perritos calientes vegetarianos y los chicos tomaron un batido de leche de soya con vainilla orgánica. Estuvimos patinando durante un par de horas así que los niños estaban muy cansados cuando regresamos. Drew cerró los ojos tan pronto como lo sacamos de la bañera y le pusimos su pijama."
"¿Qué demonios fue eso?" le preguntó Albert entre dientes, volviendo su cabeza de modo que pudiera susurrar en su oído, fuera del alcance de los demás.
Conociendo los 'trucos' de su hermana, Annie les dedicó a ambos rubios una mirada escéptica. "¿Albert? ¿Estás bien?"
"No te preocupes, Annie," respondió con la vista clavada en el rostro inescrutable de Candy. "Solamente fue un calambre. No había patinado sobre hielo en muchos años y mis piernas están fuera de forma, eso es todo."
Stear sonrió de buen humor. "Me alegro saber que llevaron a los chicos a un restaurante vegetariano, Albert. No creerías la cantidad de amigos y conocidos que no respetan nuestras creencias y estilo de vida. Ponemos en práctica la forma más estricta del vegetarianismo: somos veganos. Nuestra comida carece de productos de origen animal y no usamos lana o cuero en nuestra ropa."
La expresión de consternación en el semblante de Albert fue inconfundible, si no única. "¿Qué diablos comen entonces? Candy, me recuerdas que tengo que conseguir algo más de comida cuando estemos en el pueblo esta noche. Si tengo que permanecer aquí otros quince días sin comer algo de carne, creo que voy a morir de hambre."
El sonido del tenedor de Annie chocando con el plato de porcelana, aun con una pieza de fruta ensartada en él, retumbó en la habitación como un trueno. La muchacha se giró hacia su hermana, con los ojos abiertos de par en par. "¿Qué demonios significa eso, Candy? ¿Ahora has pasado de odiarle a tener una cita con el hombre que juraste que nunca querías ver otra vez?"
"Dios santo, ¡sólo estamos hablando de compartir una cena!" Candy refutó encrespada, enderezando su espalda incómodamente en la silla. "Querías que fuéramos civilizados, ¿no? Y eso es exactamente lo que estoy tratando de hacer: voy a compartir una cena con alguien que me ayudó con los niños ayer, eso es todo. No leas más en ese gesto de lo debido, ¿no es así Albert?"
La mirada penetrante y divertida del rubio parecía retar a Annie a entrar en desacuerdo con su hermana. "No olvides que tu hermana es también una persona adulta, Annie. Ella es libre de hacer lo que plazca."
"¡Y una mierda! ¡No te atrevas a decirme nada acerca de mi hermana, pervertido! ¡Tengo derecho a estar preocupada por su bienestar, Albert Ardley!" ella espetó disgustada, arrojando la servilleta sobre su plato para darle mayor énfasis a su furia. "Y no me quedaré de brazos cruzados mientras veo como juegas con ella como un gato juega con un ratón moribundo otra vez. ¡No olvides que ahora tu reputación te precede! Si te atreves a hacerle daño, juro por todos los dioses de las mujeres rabiosas que te cortaré las malditas PE-LO-..."
"¡Ya es suficiente Annie!" gritó Candy, saltando de su silla como un resorte. "Soy una mujer adulta, por todos los cielos y he estado dirigiendo mi vida durante casi cinco años sin la intervención de nadie. Si no creyera que pudiera manejar una simple cena con alguien de mi pasado, no lo haría. Realmente te agradezco tu preocupación Annie, pero esta vez tus temores son infundados. Puedo cuidar de mí. Albert y yo vamos a ir al pueblo, cenaremos, tendremos un poco de conversación y luego volvemos. ¿Está bien?"
Candy se dirigió a Albert, dándole una sonrisa sardónica. "A pesar de lo que muchas mujeres opinan, yo ya no creo que Albert es totalmente irresistible. Lo siento Albert," dijo con un guiño, "no pretendo ofenderte." Los ojos azul cobalto del joven apenas pudieron disimular su furia, pero por el bienestar de su ex novia, se abstuvo de hacer un comentario mordaz.
Girando su cabeza nuevamente, Candy miró a su hermana desafiante y Annie le devolvió la mirada con igual intensidad. Afortunadamente, fue Stear quien interrumpió el incómodo silencio que descendió sobre todos. "Annie, estoy seguro de que Candy sabe exactamente lo que está haciendo," ofreció de modo conciliatorio con cierto grado de trepidación, sabiendo de antemano las tendencias impulsivas de la rubia. "Puedo asegurarte que, a pesar de informes que digan lo contrario, Albert nunca haría nada deliberadamente para lastimar a tu hermana. Estoy seguro que a ambos les entusiasma la oportunidad de hablar en privado, lejos del drama que hay aquí en la mansión. Si te hace sentir mejor, te puedo decir que Albert tiene una reunión importantísima mañana por la mañana aquí con nuestro abogado, por lo que no puede quedarse fuera toda la noche o disfrutar mucho del vino."
Demasiado tarde para retractarse de sus últimas palabras, Stear tragó en seco como volvió su mirada hacia su tío, quien despejó su garganta un par de veces para acentuar su infinito enfado por el intento no muy sutil de su sobrino de imponer parámetros para su comportamiento esa noche.
Si las miradas matasen, Stear hubiera caído muerto en la silla, tal fue la intensidad del par de ojos azules que lo taladraron cuando Albert volvió su atención hacia su sobrino mojigato. "No necesito que me recuerdes de mis obligaciones nuevamente, Stear. Dije anoche que estaré allí y no voy a faltar a mi palabra. Por lo tanto, no tienes derecho a micro-manejar mi cena privada con Candy." El tono gélido de su voz no dio lugar a discusión: Albert estaba en control de la situación y nadie tenía derecho a cuestionarlo.
Enarcando una ceja rubia y masculina, Albert continuó. "Es verdad que compartimos una historia juntos, pero ambos somos lo suficientemente maduros como para establecer ciertos parámetros y comportarnos como adultos. Sin embargo, si volvemos a medianoche o mañana antes del desayuno, esto no es asunto de nadie. Estaré aquí para la puñetera reunión y estoy seguro que Candy me enviará a freír espárragos si me paso de la raya en algún momento, ¿está todo el mundo satisfecho? Candy, pasaré por ti a las siete en punto. He dejado un regalo para ti en tu recamara. Ahora, si me disculpan, al parecer tengo un puto 'imperio' que manejar así que les deseo a todos un buen día." Y, dicho esto, se levantó de su silla sin pronunciar otra palabra.
"Yo también voy a despedirme," dijo Candy aprovechando la salida poco ceremoniosa de Albert para dejar la atmósfera incómoda de la mesa de desayuno. "Subiré a despertar y vestir a los chicos. Estarán listos dentro de una hora para irse contigo, Stear."
Una vez que ella salió de la habitación, tres pares de ojos se miraron confundidos el uno al otro. "¿Alguien quiere explicarme qué demonios ha ocurrido?" Archie se aventuró a preguntar, aun sosteniendo su servilleta mojada.
"Creo que acabamos de atestiguar el comienzo de una mala idea," contestó Annie con un suspiro, vertiendo más café en su taza con manos ligeramente temblorosas.
"Vamos, Annie," rechazó Stear con una carcajada nerviosa. "No seas tan pesimista. ¿Qué es lo peor que podría pasar?"
La mirada de Annie, sin embargo, lo hizo desear que hubiese mantenido la boca firmemente cerrada.
"Si mi hermana termina hecha un polvo por culpa de Albert nuevamente, Stear, juro que le voy a decir a Patty que te he visto en la calle comiendo un perrito caliente de CARNE a sus espaldas. Con regularidad," declaró más tranquila cuando bebió un sorbo de su café, tomando nota de la manera en que la nuez en la garganta de Stear se movió temblorosamente de arriba abajo al tragar. "Esto va para ti también, Archie. Si tu tío jode esto, me tomo unas vacaciones agradables en la costa francesa con Rosanna la niñera de modo que tengas que hacerte cargo de las gemelas tu solito por un mes." Y con un movimiento elegante, se levantó de su silla y se marchó de la habitación.
"Pues me parece que estamos jodidos," dijo Archie, dejando caer su servilleta sobre un plato vacío.
Stear sintió que su cuerpo se desmoronaba en la silla, y trató de frotar el dolor de cabeza naciendo en sus sienes. "Esta vez tienes toda la razón, hermano. Creo que ahora sí que estamos absolutamente jodidos."
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¿Perfume?
Listo.
¿Lápiz labial?
Listo.
¿Vestido definitivamente indecente?
Listo.
Contemplando su reflejo en el espejo, Candy hizo una mueca de recelo por enésima vez.
El vestido que Albert había dejado en su habitación esa mañana le quedaba tal como un guante de lentejuelas rojo. A pesar de su aprensión, tuvo que admitir que estaba un poco impresionada: después de tanto tiempo separados, él todavía se acordaba de su talla. El corte del vestido, sin embargo, estaba diseñado para resaltar las curvas de su cuerpo y lucir mucho más que sólo un buen trozo de piernas bien torneadas. ¿Cómo sería capaz de concentrarse en su comida si tenía que preocuparse de cuánta piel le quedaba al aire?
"Una promesa es una promesa," murmuró bajo su aliento. "Y me comprometí a ir a cenar con él, llevando puesto el vestido que ha elegido para mí. ¡Vamos Candy! ¡Reacciona! No es la primera vez que tienes una cita con el hombre, por el amor de Dios."
Súbitamente recordó la primera vez que vio a Albert. Se habían conocido en Chicago, cuando Annie era todavía la nueva novia de Archie y fueron invitadas a su fiesta de cumpleaños, una suntuosa fiesta de gala en la mansión Ardley.
Mientras que Annie bailó toda la noche con su nuevo novio, ella se alejó a una esquina del enorme salón principal, encontrando su camino hacia los amplios jardines rodeando el magnífico edificio. Caminó admirando las muchas esculturas y setos cuidadosamente recortados, cuando en la distancia divisó una luz rojiza brillando como una tea en medio de la penumbra. Curiosa, caminó hacia la luz, topándose al final de una vereda con un joven sentado a solas en un banco bebiendo whisky directamente de una botella en medio del jardín y sosteniendo un cigarrillo encendido en la mano.
Como en un sueño, una suave briza disipó las nubes y la luna iluminó el firmamento nuevamente, bañando el jardín con su tenue luz. Fue así que Candy pudo ver con claridad los rasgos perfectos de ese rostro solitario y, por primera vez en su joven vida, sintió su corazón revolotear en su pecho como las alas de una mariposa. Esa noche ella tenía dieciocho años de edad, y la flecha de Cupido traspasó su inocente corazón de manera irrevocable.
El reflejo de Candy en el espejo suspiró.
Años atrás habían estado tan enamorados y ahora, sólo tenían los recuerdos de ese amor que ella creyó duraría toda una vida. ¿Podría realmente ignorar cómo su respiración se convertía casi en un jadeo errático cada vez que él se acercaba a ella? ¿Podría ignorar el hecho de que todavía anhelaba poder enterrar su nariz pecosa en la curva de ese cuello fuerte y masculino para inhalar suavemente y embriagarse con su aroma?
"Eres una tonta de remate, Candy Britter," se dijo a sí misma, agarrando el elegante bolso que su hermana le había prestado a regañadientes para la ocasión. "Él no está pensando particularmente en mí. Después de todo ha tenido más mujeres en los últimos años que yo he tenido desayunos calientes. Estuvimos juntos durante un tiempo y ahora soy sólo una chica a la que solía conocer íntimamente en el sentido bíblico, eso es todo. Esta es sólo una estúpida cena entre dos ex amantes...y nada va a pasar porque no lo permitiré."
Eran las siete en punto cuando finalmente hizo su camino hacia abajo por la hermosa escalera de mármol sobre piernas temblorosas con el par de tacones Louboutin favoritos de su hermana.
Concentrada como estaba en bajar las escaleras sin tropezarse, Candy no vio el apuesto caballero esperándola al pie de la escalinata. Levantó sus ojos tan pronto como negoció el último peldaño y cuando lo hizo, la visión de Albert allí parado vistiendo un traje y corbata a juego le robó su último pensamiento coherente.
¡Dios! ¡La belleza de sus rasgos todavía podría hacer a los ángeles llorar de envidia!
Aturdida por la inesperada presencia, la chica perdió su paso, trastabillando y cayendo hacia delante sobre los brazos inesperadamente abiertos de Albert.
"¡Argh! ¡Albert!" gritó cuando la agarró antes de que se estrellara contra el suelo, su rostro inmediatamente coloreado por cada matiz de rojo imaginable. "Lo siento mucho. ¡No estoy acostumbrada a llevar zapatos como estos y, por todos los cielos, me siento como una torpe idiota!"
Por una fracción de segundo, Albert abandonó su fachada glacial y la miró directamente a los ojos conteniendo su aliento. La rubia en sus brazos parecía un ángel; un ángel caído hecho para la tentación más bien que su salvación. Candy era aún más hermosa que la última vez que la había visto, cuando con lágrimas bañando su rostro, ella tomó las llaves de su coche y le pidió que no estuviera en el apartamento que compartían cuando ella regresara.
Las delicadas pecas todavía estaban ahí, salpicando esa naricita respingona cuya punta tantas veces había besado con ternura, como también estaba el brillo de esos ojos tan verdes como el par de esmeraldas más deslumbrante del mundo.
Si la sostenía es sus brazos un segundo más, sabía que estaría perdido: nunca la podría dejar ir otra vez.
Ocultando con rapidez el torrente de emociones que el hecho de tenerla en sus brazos le causó detrás de una máscara de indiferencia, Albert decidió bromear, lo que le ayudó a recuperar su compostura ágilmente. "No te preocupes, Candy," le respondió con una sonrisa que él sabía ella interpretaría como decisivamente arrogante. "Estoy acostumbrado a pescar a las damiselas que se abalanzan sobre mí."
La vergüenza temporal Candy pronto dio paso a otra clase de emoción más latente: una furia pura y apenas contenida por el pequeño cuerpo que comenzó a temblar de rabia. Enderezado su espalda con un resoplido indignado, ella empujó los brazos fuertes y musculosos lejos de su persona como si fueran los de un leproso. "¡No soy una estúpida debutante que caería babeando en tus pies, Albert Ardley!" declaró enfurecida, caminando rígidamente alrededor de él. "Ahora, si me disculpas, me gustaría sacar el abrigo de lana de Annie del guardarropa que está al lado de la entrada principal. Esta servilleta que tu llamas 'vestido' deja tanta piel expuesta que me temo que pillaría una pulmonía si doy un paso fuera sin un abrigo apropiado. Así que vamos. En cuanto antes salgamos de esta casa, más pronto podremos terminar con esta maldita farsa."
Aliviado al ver que el rencor habitual de Candy hacia él había vuelto, una sonrisa astuta cruzó sus labios. Aunque todavía no sabía exactamente lo esperaba alcanzar al salir con ella esa noche, de una cosa estaba seguro: sería más fácil lidiar con ella si estaba enojada.
Si.
Tenían mucho de qué hablar, y necesitaba respuestas, pero no podía tomar el riesgo de dejarse llevar por sus sentimientos nuevamente. Porque, si era absolutamente honesto consigo mismo, si ella le sonreía como antes solía hacerlo, no estaría satisfecho con una simple cena.
Querría todo de ella … y eso sería simplemente imposible.
Salieron de la mansión e hicieron el corto trayecto en silencio, hasta que llegaron al pequeño restaurante italiano que había abierto recientemente en el pequeño pueblo.
Albert salió del coche primero, caminando hacia el lado de pasajeros del vehículo para abrir la puerta de Candy. Si ella se sorprendió por ese gesto tan caballeroso no lo demostró, pasando rápidamente frente a él sin dedicarle una mirada.
Al notar su obvio desdén, Albert no pudo evitar esbozar una sonrisa ladeada. Si esa actitud era una indicación de la clase de comportamiento que podría esperar para el resto de la noche, estaría agradecido de terminar la velada con la cabeza intacta. Sin decir una palabra, se limitó a caminar detrás de ella, entrando en el restaurante con un suspiro de alivio – tal como estaban las cosas, el amor sería la última cosa en sus mentes durante el transcurso de la cena, justamente como era conveniente para ambos.
Claro, eso era lo que él creía lógicamente que era conveniente para ambos... y sin embargo, de vez en cuando, tenía que acallar esta estúpida vocecita en su cabeza que lo incitaba a pensar en esos labios que tenían toda la probabilidad de aun conducirlo al borde de la locura o a recordar tantos sentimientos que habían compartido como pareja.
El camarero, un hombre elegante de unos cincuenta años, los saludó calurosamente en la entrada.
"Buenas noches, señor Ardley," dijo con una leve inclinación de su cabeza. "Es un placer finalmente tenerlo aquí en persona. Esta noche hemos organizado la mejor mesa para usted y su encantadora acompañante. Por favor, sígame." Dejando su abrigo en un perchero, la rubia siguió al camarero tomando nota del lujo que la rodeaba.
Candy admiró en silencio el elegante establecimiento decorado con el mejor cristal y manteles de lino blanco donde la voz de Etta James flotaba como un hechizo en el aire cantando 'At Last', notando extrañada mientras caminaban a la mesa que eran los únicos comensales.
"Debe ser una noche lenta," le comentó al camarero cuando éste retiró su silla con destreza refinada. "Archie dijo que este restaurante es nuevo, así que supongo que tardará un tiempo en establecer una clientela leal."
"Usualmente estamos a capacidad todas las noches, señorita," él respondió con una educada sonrisa. "Pero esta noche estamos cerrados al público para un evento privado."
Sorprendida, Candy abrió los ojos de par en par. "¿Qué? ¿Un evento privado? Albert, hay que darnos prisa con nuestra comida para no interferir con los clientes que están por venir."
Los ojos de Albert brillaron divertidos. "Candy… somos los únicos comensales que estarán aquí esta noche. Este restaurante es mío. Aunque dije que jamás volvería a la mansión, pensé que, si por alguna extraña razón mi presencia aquí era necesaria, me gustaría comer en un restaurante decente. Este es Marco, mi socio en este negocio, y bajo su mando, espero que este restaurante sea uno de los mejores de esta área."
"No hay duda, señor Ardley, que tenemos el potencial para ser el mejor," dijo Marco con orgullo mirando alrededor del restaurante. "Tenemos dos excelentes chefs italianos en la cocina y la mayoría del equipo ha trabajado en los mejores restaurantes italianos en los Estados Unidos, así como en Europa. Soy de Chicago, pero he vivido en Italia durante muchos años y la familia italiana de mi esposa ha estado en el negocio de los restaurantes por generaciones. Verá, señorita, el señor Ardley y yo nos conocimos en Roma hace unos años en el restaurante de mi suegro, y hablamos de vino, pasta y la familia. Mencioné que me encantaría regresar a Estados Unidos con mi familia y establecer un pequeño restaurante... y cuando me hizo esta propuesta salté a tomar la oportunidad. Bien, ahora ¿les puedo ofrecer una botella de nuestro vino de casa? El restaurante posee un pequeño viñedo en las afueras Lakewood y todo nuestro vino se produce allí."
"¿Candy? ¿Qué piensas? ¿Te apetece una botella de vino?"
Ella todavía estaba anonadada por todo lo que el gerente del restaurante había dicho, ya que, después de todo, no había visto esa perspicacia para los negocios en Albert en los años que habían estado juntos. Para ella, en ese entonces, él había sido simplemente un 'chico rico' tratando de evitar los planes de Elroy Ardley y resintiendo su control financiero sobre él. Albert había estado satisfecho recibiendo un dividendo mensual de las inversiones que su tía hacía en su nombre y ese era el grado de su participación en el mundo de negocio y finanzas.
"¿Candy? ¿Estás bien?" preguntó, mirándola con ojos traviesos.
"Sí... oh sí... claro. Sí... nos encantaría probar el vino, Marco, gracias. "
Marco los dejó a solas para estudiar el menú y Albert llegó a ser más consciente de la mirada indagadora de Candy.
"¿Cuándo empezaste a ser un hombre de negocios 'responsable', Albert?"
Con una sonrisa extendiéndose a través de sus labios Albert respondió sin levantar los ojos del menú. "Cuando te fuiste de repente me di cuenta que tenía más tiempo para hacer ciertas cosas, Candy. Y, como probablemente ya lo sabes, no he tenido una relación seria con nadie desde entonces. Simplemente empecé a desempeñar el papel para el cual nací, y me di cuenta de que soy muy bueno en ello. Ahora personalmente tengo varios restaurantes, dos casinos, hoteles, discotecas y soy un accionista mayoritario en una empresa que fabrica preservativos. Estoy trabajando en colaboración con la Organización Mundial de la Salud para proporcionar condones gratis en lugares que han sido devastados por el SIDA. Por lo tanto, como ves, a pesar de todos los defectos que a las revistas de chismes a menudo les gusta señalar, estoy tratando, a mi manera, ser un empresario responsable."
"¿Cómo lo haces todo?" preguntó con genuina admiración en su voz, olvidando todo su enfado de unos momentos atrás.
"Me rodeo de gente inteligente y trabajadora como Marco", contestó con un encogimiento descuidado de sus hombros. "Y no micro-manejo nada una vez que he tomado una decisión. Confío en mi equipo para tomar el enfoque correcto en la dirección de mis intereses. Una vez por semana tengo una videoconferencia con mi equipo de modo que siempre estoy al día en todos los aspectos de mis inversiones. Si presiento que hay algún un problema, trato de solucionarlo personalmente. Tengo una oficina central en Los Ángeles, pero la mayor parte del tiempo me encuentro viajando de un proyecto al otro."
"Oh Dios mío... ahora eres la versión moderna de Eros: te has convertido en el ídolo dorado del placer. Eros... no lo creo. ¡Es el nombre de su cadena de clubes nocturnos y hoteles, ¿no?!"
"En efecto, Candy", confirmó, dejando el menú a un lado y mirándola directamente a los ojos. "Creía que si iba a ser ensillado con cierta 'reputación' de todas maneras podría sacar ganancia también de ella. La marca 'Eros' ahora es sinónima con decadencia de buen gusto, lujo sin límites. Hay un hotel 'Eros' en una ubicación estratégica en cada continente y un club nocturno en cada ciudad principal de este país y en Europa. En un par de años, propongo doblar el número de hoteles y ampliar la marca para crear una experiencia en restaurantes que pocos han tenido. Planeo re-inventar el arte de salir a cenar y crear lujo y espectáculo con cada bocado. Pero esta noche, tú y yo tendremos que estar satisfechos solo con el vino," añadió con un guiño como Marco se acercó a la mesa con una botella.
Marco hábilmente abrió la botella, quitando el corcho con cuidado y vertiendo una pequeña cantidad del líquido color borgoña en la elegante copa de Albert. Con destreza practicada Albert meneó la copa, haciendo que el líquido en la copa se arremolinara levemente. Aspirando su aroma por un segundo, el joven finalmente tomó un sorbo.
Con un ademan de su cabeza, Albert indicó su satisfacción y Marco entonces llenó la copa de Candy.
"Esta botella es un magnífico ejemplo de un año fantástico, Marco," dijo, levantando su copa de vino. "Fue todo un logro comprar la viña y creo que será una inversión sólida en un futuro no muy lejano. Ese pequeño viñedo ha estado en Lakewood cerca de dos siglos, produciendo pequeñas cantidades de vino de excelente calidad que casi nadie conoce. No planeo ampliar la producción. En vez de eso, tengo planes de elevar su perfil tomando parte en algunos concursos internacionales de vino. Me gustaría que este vino llegara a convertirse en un bien precioso y raro, algo que coleccionistas serios quieran tener en sus bodegas de vino."
"Quizás entonces serás Baco en lugar o Eros," añadió la joven con una sonrisa divertida, bajando sus ojos para leer el menú. "Marco, creo que me gustaría probar el fettuccine con trufas silvestres y jamón serrano. De postre creo que voy a pedir un panna cotta."
"¡Excelente opción! Creo que ordenaré lo mismo, gracias Marco," declaró su apuesto acompañante, tomando otro sorbo de su vino mientras el camarero se alejaba de la mesa. "Así que, tú ya sabes lo que he estado haciendo en los últimos cuatro años, pero yo sigo sin tener ni una idea de lo que tú has estado haciendo todo este tiempo. ¿No crees que es hora que me pongas al día? ¿Qué has hecho, Candy?"
Justo entonces, de los altavoces estratégicamente colocados por el restaurante, una melodía que había sido una de sus favoritas cuanto estaba con Albert, 'I've been loving you too long' comenzó a flotar en el ambiente. El corazón de Candy dio un vuelco involuntario al escuchar esa canción que había significado tanto para ella.
Sintiéndose desnuda bajo la influencia de esa música y la intensa mirada de un par de ojos azul cobalto, Candy apuró otro trago de su vino, casi vaciando la copa de golpe. "Bueno … yo… yo… yo transferí mis estudios y terminé mi título de diplomado de enfermería en la Universidad de Notre Dame, en Perth, Australia. Me involucré con un centro de rehabilitación para drogadictos, haciendo trabajo voluntario muchas veces. Cuando terminé mis estudios, me ofrecieron un trabajo allí mismo. El director de la clínica era un médico estadounidense, el doctor Jasper Martin y cuando fue a Toronto para abrir una nueva clínica, él me pidió que lo acompañara. He estado trabajando allí durante casi dos años y ahora me encanta mi trabajo. Como vez, no he creado un 'imperio' de placer, pero he estado muy ocupada."
Albert asintió con la cabeza suavemente mientras llenaba la copa de Candy una vez más. "Con que Australia, ¿eh? No es de extrañar que no pude encontrarte todo este tiempo. He oído que es un país hermoso, sino algo aislado del resto del mundo. Mi hermana Rosemary vive en Sydney con su marido George. Recientemente me he puesto en contacto con ella y su familia. Es una mujer maravillosa, te gustará mucho. Ella vendrá al entierro, no sé por qué... quizás sólo para asegurarse de que la tía Elroy realmente está muerta y esto no es sólo un sueño maravilloso."
"Déjame adivinar... ¿otro miembro de la familia que fue aplastada hasta la sumisión por Elroy Ardley?"
"Ese no fue completamente el caso, pero estas cerca de la verdad. Rosemary quiso llevarme a vivir con ella en Australia cuando se casó con George pero la tía Elroy lo impidió amenazándola. Dijo que, si Rosemary tratara de ponerse en contacto conmigo, le pondría una orden de interdicto por acoso, aludiendo que estaba dispuesta a hacer cualquier reclamación falsa que incluso vería a su propio hijo, Anthony, siendo tomado de su lado para vivir con Elroy aquí en Lakewood. Yo tenía diez años de edad la última vez que vi a mi hermana, y estaba convencido de que me había dejado atrás porque no me amaba. Incluso, nunca he conocido a Anthony."
"No quiero hablar mal de los muertos, pero tu tía Elroy tiene que dar cuentas por muchas cosas," expresó Candy, apresurándose a vaciar nuevamente su copa. "Ella era la mujer más malvada que he tenido la desgracia de conocer."
"Y una vez más, no te lo discuto," aceptó el joven con una sonrisa irónica. "De hecho, es por eso que quería hablar contigo. Hay algunas cosas que debo explicarte, y tengo algunas preguntas que quisiera hacerte."
Candy tragó en seco, enterrando su rostro en la copa de vino.
¿Dónde diablos estaba su valor cuando más lo necesitaba y por qué no estaba en el fondo de su copa? ¿Por qué ahora no quería oír lo que ella había anhelado escuchar todos estos años?
Nada podría haberla preparado para la visión de Albert, contrito y vulnerable al otro lado de la mesa y, sin embargo, ella se había dicho a sí misma mil veces que una disculpa no haría una gran diferencia.
Lo hecho, hecho estaba y nada podría cambiarlo.
Pero en lo más profundo de su ser, ella podía sentir que algo era diferente. Su ira, un sentimiento que habían definido los últimos cuatro años de su existencia, iba desapareciendo rápidamente como niebla matutina, y ahora su anhelo no era por una disculpa, sino un profundo deseo de perdonarlo... por todo lo que pasó.
"Soy una idiota de coño," se dijo a si misma mascullando entre dientes, tomando la botella de vino para llenar su propia copa justo hasta el borde.
"Discúlpame, ¿dijiste algo, Candy?" preguntó Albert, alzando una ceja inquisidora al notar la botella ya vacía.
Pillándose desprevenida, Candy dio un respingo en su silla. "¡No! Yo…quiero decir... eh… solo dije que soy más feliz cuando como, así que, tener este tipo de conversación en un restaurante, especialmente uno tan maravilloso como este, es una buena idea. ¡Y mira! ¡Aquí viene a Marco con nuestra comida!"
Candy respiró aliviada cuando Marco puso dos elegantes platos de porcelana delante de ellos llenos de pasta. El aroma de la comida era tan maravilloso que su estómago rugió en anticipación, logrando que su rostro se tornara un rojo carmesí de vergüenza. "Lo siento mucho," se carcajeó como una chiquilla, hipeando al mismo tiempo. "No he comido nada desde la hora del almuerzo y estoy muerta de hambre." El vino había comenzado a hacer su trabajo, calentando su estómago, embotando los sentidos y relajando inhibiciones.
"No se preocupe, signorina. Lo consideramos un gran elogio oír el chillido de estómagos en nuestros comensales cuando traemos sus comidas a la mesa," dijo Marco dándole un guiño y levantando la botella vacía de vino. "¿Desean otra botella de vino?"
"¡Sí!" gritó Candy con entusiasmo antes de que Albert pudiera abrir la boca. "Quiero decir, eh, si por favor, Marco."
La risita etílica de Candy siguió a Marco mientras el camarero iba por otra botella.
"Por lo que veo te ha gustado el vino," remarcó Albert con perspicacia, tomando un bocado de su plato. "Prueba la pasta, Candy. Esta deliciosa… y te ayudará a no emborracharte tanto."
La sonrisa de Candy se congeló en sus labios. "¿Por qué es que cada vez que abres su boca para decir algo, lo arruinas todo, Albert Ardley?"
"¡No lo digo para ser desagradable, Candy! Es sólo que recuerdo cómo te bastaba con un par de copas para ponerte divertidísimamente borracha." Esa explicación dicha con una voz aterciopelada y masculina sonó como una seductora caricia en lugar de un reproche, y la rubia comenzó a sentir un tipo diferente de calidez difundiéndose a través de su cuerpo.
Como si hubiera sido a propósito, cuando Marco regresó con otra botella, Etta James comenzó a cantar una de sus más seductoras canciones, 'I just want to make love to you' y Candy tuvo que cerrar sus muslos instintivamente a la vez un escalofrío de placer recorrió su vientre.
"¿Recuerdas cuando solíamos beber cócteles en la azotea de tu apartamento, y cómo después de unos tragos no necesitabas ningún estímulo para mostrar tus tetas a los helicópteros de tráfico?" preguntó Albert, enroscando seductoramente otro filamento de pasta en el tenedor. "Escuchábamos la misma canción y a menudo me preguntaba lo que pensaban los pobres pilotos de ese magnífico espectáculo... confieso que me sentía increíblemente afortunado porque, al final del día, yo sería el único hombre que podría acariciar tu cuerpo en la cama todas las noches."
La cabeza de Candy comenzó a dar vueltas peligrosamente fuera de control, y ella tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no hacer el ridículo frente a él o decir algo inadecuado. "No eras nada más que un niño rico y aburrido en ese entonces," señaló ella, cargando cuidadosamente su tenedor con pasta. "A menudo yo regresaba de clases y te encontraba borracho o 'en onda' en el sofá. Sim embargo, sabías limpiar y cocinar muy bien, además de ser maravilloso en la cama, así que nunca tuve un problema con tus 'vicios' hasta que bien... tu sabes lo que pasó."
"Sí, realmente sé lo que pasó, pero no creo que tú lo hagas," dijo enigmáticamente, vertiendo un poco de vino en su copa de vino ya vacía. "Hay toda una historia detrás de lo que sucedió entre nosotros, Candice, y yo no tuve la oportunidad de explicarte nada cuando me echaste del apartamento. Luego traté de encontrarte cuando pasaron los días y ya no regresaste, pero nadie podía o quería decirme dónde estabas. Después de cierto tiempo creí que sería mejor dejarte en paz, resignándome a aceptar el hecho de que tal vez no estábamos destinados a estar juntos después de todo."
Candy tragó un bocado de su comida, rápidamente bebiendo otro trago de su vino antes de hablar. "Bueno, sólo me llamas 'Candice' cuando quieres hablar en serio, así que adelante: habla. Ya me tienes aquí y soy toda oídos."
"¿Que recuerdas de ese día Candy?"
'Todo', quiso decir, sofocando sus palabras con otro bocado de pasta.
"La verdad es que sucedió hace tanto tiempo que los detalles se me escapan, Albert," mintió, masticando otro bocado nerviosamente.
Albert empujó su plato a un lado, tomando un sorbo de vino antes de fijar su mirada en el rostro de Candy. "Hasta el día que te conocí, mi participación en las finanzas de mi familia había sido muy limitada y estaba sólo a cargo de una pequeña parte de la empresa. Cuando tú me llamaste diciendo que tu papá había muerto y que me necesitabas a tu lado, estaba en Escocia, tratando de solucionar los acuerdos del fondo discretamente a través de los tribunales. Detuve los procedimientos y regresé a los Estados Unidos tan pronto como pude, ya que en ese entonces no tenía acceso ilimitado al jet de la familia."
Un incómodo nudo comenzó a apretar el estómago de Candy, por lo que empujó a un lado su plato, optando por sujetar su copa de vino como si la vida se le fuera en ello.
"Cuando regresé a nuestro apartamento, ya estabas esperándome, con un sobre que mi tía te había enviado." Su voz ronca y aterciopelada sonaba herida, como si solo bastara con decir esas palabras para revivir todos los acontecimientos de aquel día terrible. "Tú me lanzaste las fotos a la cara; las fotos de mi tendido desnudo en mi cama con Elisa Leagan igualmente desnuda a mi lado, la ahijada de mi tía. Tuvimos una discusión y me pediste que no estuviera ahí cuando regresaras."
"Mi madre siempre ha dicho que una imagen vale mil palabras, Albert. No había nada más que hablar," espetó ella zarceando fríamente, apresurándose a tomar otro trago de su vino. "Llevaba viviendo contigo dos años así que conocía tu cuerpo íntimamente. Había un pequeño corte en tu pecho y la cicatriz era claramente visible. Ese corte que te lo di yo, cuando te rasuré el pecho por primera vez, lo que indicaba que aun estabas viéndote con esa zorra mientras estabas conmigo. Estaba furiosa y en shock, por supuesto, porque no tenía ni idea que otras mujeres seguían conociéndote en el sentido bíblico mientras estábamos juntos. Creí que nos entendíamos, que éramos 'exclusivos' en nuestra relación, pero supongo que a menudo las drogas te hacen propenso a repentinos lapsos de juicio."
"Candice, yo sé lo que viste. Pero lo que nunca tuve tiempo de explicarte es que mi tía Elroy vio una oportunidad y, a continuación, 'creó' un espejismo con esas fotos".
A pesar de estar ya completamente ebria, Candy aún estaba todavía lo suficiente 'chispeada' como para discrepar. "No, Albert. Yo sé lo que vi. La única persona que 'creó' algo con esas imágenes fuiste tú. Fuiste tú quien se emborrachó y luego te expusiste a ese tipo de situación con esa zorra."
Albert continuó a pesar de la interjección. "Elisa puso una droga en mi bebida, Candy. Ella había estado tratando de ponerme en una situación comprometedora durante años, y el día en que las fotos fueron tomadas, vio su oportunidad. Veras… ese día había vuelto a la mansión en Chicago después de que tú me pediste que me mudara contigo."
La boca de Candy cayó abierta, su mandíbula casi llegándole pecho. "¿Q-qué? ¿C-cómo es posible? ¡Vivimos juntos durante dos años y nunca mencionaste nada de esto!"
"Y no lo mencioné al principio porque ni siquiera sabía lo que había sucedido, Candy. Es lo que he estado queriendo decirte todos estos años." Albert suspiró con alivio, ya que finalmente era libre del peso de ese secreto que había sido su carga por tanto tiempo. "Elisa estaba visitando a mi tía, y cuando le dije que me iba a mudar a vivir contigo, ella me pareció extrañamente feliz por la noticia. Abrió una botella de champán para 'celebrar' mi 'emancipación', pero lo que no sabía fue que ella había mesclado una tableta triturada de Rohypnol en mi bebida. Recordaba haber bebido una copa de champán y después nada más. Desperté en mi cama al día siguiente casi al mediodía, completamente desnudo y solo en mi habitación. No supe nada acerca del plan de Elisa hasta casi un año más tarde, cuando tuve una confrontación con mi tía."
Los ojos de Candy se llenaron con lágrimas de rabia silenciosa para una mujer que estaba ya muerta pero que había sido la causa de tanto dolor para el hombre que ella había amado con todo su corazón. "Oh Albert... ¿Qué tiene todo esto que ver con tu tía y sus malvados planes?"
"Elisa realmente creía que era más inteligente que mi tía, y siendo una 'empresaria' perezosa, pensó que la forma más sencilla de sacarle dinero a mi tía, o a mí, sería fabricando un escándalo," continuó Albert, compungido al ver el dolor reflejado en las facciones de Candy. "Así que, mientras estaba drogado y dormido en mi cama, ella entró en mi habitación con su hermano Neil para tomar algunas fotos de nuestro supuesto 'encuentro'. En realidad, su estupidez trabajó a favor de mi tía. Elisa tomó estas fotos con una cámara Polaroid porque quería de demostrar sin un atisbo de duda que las fotos eran reales y no digitalmente manipuladas y que no existían otras copias. Ella fue a ver a mi tía con las fotos e intentó chantajearla: quería dos millones de dólares por las fotos y mi tía estuvo de acuerdo con el precio. Una vez que Elisa tuvo su dinero, mi tía la echó de la casa y guardó las imágenes en un lugar seguro, esperando a tener la oportunidad de usarlas para hacer presión y así mantenerme obediente y marchando en línea."
"¿Qué pasó entonces, Albert? ¿Por qué me envió Elroy esas fotos cuando lo hizo?" preguntó Candy en un susurro, casi con miedo de oír su respuesta, pero deseando saberlo todo.
"Te envió aquellas fotos porque quise obtener el control de la compañía y el Fondo fiduciario… para que pudiera casarme contigo," confesó con un suspiro.
"¿C-casarte conmigo?" Tartamudeó las palabras que salieron su boca antes de poder detenerlas, ya que el vino ralentizó sus reflejos y su capacidad de pensar con claridad.
Albert tomó otro sorbo de su vino, esbozando una sonrisa pesarosa. "Después de haber vivido juntos durante un año, me di cuenta que quería que fueras mi esposa, y no podía ser tu marido a menos que fuera un hombre a cargo de mi propia vida. Así que fui a ver a mi tía y le dije que estaba dispuesto a seguir los deseos de mi padre y hacerme cargo de las finanzas de la familia. No esperaba que le gustase mi decisión, pero no estaba preparado para que se riera en mi cara, tirando el sobre con esas malditas fotos a mis pies. Elroy me dijo que ella decidiría cuándo estaría dispuesta a entregarme las riendas, y que siguiera jugando a 'parejas felices' contigo en tu apartamento. Dijo que podía 'divertirme' contigo, pero que nunca aceptaría a que te convirtieras en mi esposa. Dejó claro que podía vivir contigo, pero si me llegaba a casar contigo o si intentaba hacerme cargo de la empresa, ella se aseguraría de que tu vieras esas fotos."
A pesar de sus lágrimas, Candy se obligó a sostener la mirada de Albert, como la magnitud del malvado plan de Elroy finalmente le fue clara.
Los ojos de Albert la observaron intensamente, pidiendo en silencio comprensión y perdón. "Por un año formulé un plan de ataque a espaldas de toda mi familia. Fui a los tribunales de Escocia, ya fue ahí donde mi padre estableció originalmente el Fondo Fiduciario. Yo esperaba aturdir a mi tía con esa estrategia el tiempo suficiente como para poder explicarte acerca de la existencia de esas fotos. Pero me equivoqué."
"¡Deberías haberme dicho la verdad, Albert! Toda la maldita verdad tan pronto como supiste la existencia de esas fotos," gimió, ahogando un sollozo doloroso en su servilleta de lino.
Sin dudarlo, Albert tomó una mano de la chica en la suya, deseando borrar todas esas lágrimas rodando por sus mejillas sonrosadas, evitando a la vez meditar sobre la inesperada corriente de placer que el tacto de esa piel suave causó en su ser. "¡Lo sé!¡Pero tenía miedo de perderte, Candy! No me importaba el dinero al final de cuentas. Yo podía dejar todo atrás sin llevarme un centavo, pero necesitaba protegerte a ti, así como los intereses financieros de mi hermana – ese dinero era suyo por derecho de nacimiento y no había visto ni un centavo desde que mi tía la obligó a escaparse con George. Y, bueno, tu sabías mi historia con las drogas y el alcohol. Estaba aterrorizado que pensarías que había sucumbido a mis vicios al igual que mi padre y me hubieras dejado a causa de ellos. Al final, de todas formas, logré joderlo todo. Te perdí y mi tía siguió ejerciendo control total. Ahí fue cuando decidí irme, y forjar mi propia fortuna lejos de todos. Creé esta imagen que es ahora una parte de mí. Eros, placer y decadencia, esto es lo que siempre han creído de mí, ¿no es verdad? Ahora supongo que eso es lo que soy. Sólo quería decirte que lo siento… y que nunca fue mi intención hacerte daño."
Había un silencio extraño entre ellos, como si el peso de los sentimientos que los había envuelto por tanto tiempo finalmente desaparecía, exponiendo nuevas vulnerabilidades y una incertidumbre que antes no existía. Mientras estuvieron separados con odio y resentimiento creciendo en sus corazones, los límites habían sido muy claros. Pero ahora, después de cuatro años y tres meses, de repente no estaban seguros de cómo proceder. Los minutos parecían gotear como el abismo y el silencio entre ellos crecía, así que Albert suavemente apartó la mano que cubría la de Candy, limpiando cuidadosamente los rastros de lágrimas en las tersas mejillas para después volver su atención a la comida.
Descuidadamente, puso su plato delante de él, tomando un último bocado de pasta.
"Gracias por aceptar venir a cenar conmigo, Candy," murmuró incómodo, tomando un sorbo de su vino sin saber exactamente qué hacer. "Sé que talvez mis disculpas no valgan gran cosa, pero tenía que decirte que yo no te traicioné a propósito. Cuando estaba contigo, pensé que podía ser alguien más... alguien bueno…como tú. Pero supongo que llevo la sangre de mi padre en mis venas, y sin embargo, en lugar de huir de mis demonios, los he adoptado. Tal vez siempre estuve destinado a ser un pecador Candy, y mi vida contigo no fue nada más que un espejismo que no tenía nada que ver con mi verdadera realidad. Eres una buena persona, y lo que pasó entre nosotros no fue tu culpa. Yo no te culpo de nada."
Candy sorbió su nariz, y riendo amargamente cruzó los brazos sobre su pecho. "¿Qué significa eso, Albert? ¿Ahora podemos seguir adelante con nuestras vidas y pretender que podemos ser amigos, cantando canciones alrededor de una fogata al aire libre como en las películas? Y dile a Marco que por favor cambien la música porque estoy harta de esas canciones de amor. Como llegue a escuchar a Nina Simone te juro que pido un taxi y me largo."
"Nunca te tomé por el tipo de chica que canta alrededor de una fogata, querida Candy," respondió con una trémula risita reverberando en su pecho, un atisbo de esperanza avivando su voz seductora. "Pero espero que un día podamos compartir una bebida en alguna azotea mientras expones tus tetas al afortunado piloto de un helicóptero de tráfico. Y con lo referente a la música, te pido disculpas. Tu siempre tuviste un gusto muy ecléctico para la música, y recordé lo mucho que te gustaban estas canciones, así que le envié mi Ipod a Marco para que fuera la música de esta noche. Puedo decirle que la cambie, si realmente te incomoda."
Candy ni siquiera notó que había estado conteniendo su aliento hasta que respiró profundamente. Relajando su postura, permitió que los efectos del vino corrieran libremente a través de su cuerpo.
"No te preocupes, Albert," dijo ella ya más tranquila con un leve encogimiento de hombros, alcanzando con una mano temblorosa su copa de vino. "Pronto no voy a poder recordar nada, de todos modos. 'Una botella de amnesia', es lo que algunos de los pacientes en la clínica llaman al vino, ¿lo sabias?"
"¿Una botella de amnesia? Creo que es una descripción muy apta, Candy. Pero esta noche no quiero olvidar nada. Quiero recordarte tal como estas, con tus mejillas un poco sonrosadas por el vino y con ese vestido que pide a gritos decorar el suelo del dormitorio de un hombre."
Casi escupiendo su vino, Candy estuvo a punto de replicar algo que esperaba fuese tan atrevido e inteligente como sonaba en su cabeza, cuando Marco apareció con sus dos postres.
"Espero que sus comidas fueran a su gusto, señor Ardley. El chef le envía un saludo especial y el personal espera que su velada sea memorable," dijo poniendo dos platos frente a ellos y llevándose los platos de pasta vacíos. "Por favor disfruten de su postre."
"¡Este postre es DI-VI-NO, Albert!" exclamó ella con demasiado entusiasmo tan pronto como Marco desapareció en la cocina. "¡No he comido panna cotta desde... desde... bueno, no puedo ni recordar!" dijo lamiendo su cuchara después del primer bocado.
"Solía hacerlo para ti, Candy. Aunque mi versión nunca fue tan buena como esta," reconoció el joven con un suspiro mientras tomaba un bocado del postre. "Ahora que lo recuerdo, si no te importa, todavía hay algo que me gustaría preguntarte."
Los ojos de Candy empezaron a girar en sus cuencas, como su embriaguez comenzó a afectar su visión. "¿Qué quieres saber? Creo que ya te he dado un buen resumen de lo que ha sido mi vida."
Albert esbozó una sonrisa ladeada al notar el gesto adusto en el rostro de Candy. "Bueno, me has dicho todo excepto lo que quiero saber. Mi pregunta es ¿por qué te alejaste por tanto tiempo, Candy? ¿Por qué no trataste alguna vez de ponerte en contacto conmigo? Fue como si hubieras desaparecido de la faz de la tierra."
Borracha como estaba, las palabras parecían borbotear de la boca de Candy ya sin censura. "Yo no estaba exactamente escondiéndome de ti en Australia, Albert, pero incluso desde el otro lado del mundo, pude ver que obviamente habías continuado con su vida. Me pareció que una vez estuviste 'libre' de mi presencia, pudiste vivir tu vida exactamente como querías." Ella lo miró con nuevas lágrimas formándose en sus ojos, nublando su tenue visión aún más. "A pesar de que siempre has sido muy cauteloso con tu privacidad, todavía pude verte un par de veces en revistas de cotilleo, yendo a fiestas elegantes y disfrutando de lo lindo, cada vez acompañado por una mujer distinta. Sentí que no me necesitabas atrofiando 'tu estilo'. Nunca quise ser una piedra atada alrededor de tu cuello, como tampoco tu conciencia. Y simplemente no te busqué porque estaba muy enojada… p-porque… p-porque hay un dolor dentro de mí que nunca sanará."
Albert abrió los ojos de par en par. Un sentimiento de culpa se clavó en su pecho, forzándolo a tomar una bocanada de aire audiblemente. Desconcertado por la honestidad inesperada de Candy y el temblor de su labio inferior, no pudo evitar hacer una pregunta más. "¿Dolor? ¿Qué tipo de dolor, Candy? Si yo soy culpable de eso, dime ¿qué puedo hacer para que desaparezca?"
De repente ese dolor estaba allí, más real y más intenso de lo que había sido en años. Su cuerpo se estremeció en estado de shock, como ese sentimiento de pérdida se convirtió en algo más de lo que podía soportar en ese momento. Candy dejó caer su cuchara, fijando su mirada en Albert tanto como su ojos nublados y desenfocados se lo permitieron. "Tú nunca podrás hacer que este tipo de dolor desaparezca, Albert. ¡Nunca! Por favor, simplemente no quiero hablar de ello. ¡Sólo quiero irme a casa ya!"
"Pero Candy, yo solo…"
"¡No, Albert, para! ¡Para ya! ¡Quiero irme a casa ahora!" gritó zarceando mientras lagrimas furiosas corrían libremente por sus mejillas. "Dile a Marco que la comida fue excelente. Estaré esperándote en el coche."
Candy salió fuera del restaurante a trompicones, poniéndose apresuradamente su abrigo mientras corría hacia el Maserati aparcado de Albert. El frío amargo golpeó su rostro, y las lágrimas ardientes escocieron sus ojos.
¡Cómo podía haber sido tan estúpida, se preguntó en silencio!
Permitió ser vulnerables una vez más a esa voz y sus palabras... y ahora... ahora recordaba ese agobiante dolor que se había esforzado tanto por olvidar.
Se reprendió a sí misma sin piedad. Ella había accedido a cenar con él, no la había obligado a beber ni a responder sus estúpidas preguntas y, sin embargo, cara a cara en su presencia, se convirtió una vez más en la chica herida y vulnerable que, con el corazón roto, huyó para olvidarse de todo, especialmente a él.
Incluso en los últimos años, después de que nacieran las niñas de Annie, ella sólo había visitado a su hermana un puñado de veces, siempre consciente de la sombra que su relación con Albert tendía sobre toda la familia.
Y ahora, su alma estaba expuesta y desnuda una vez más y sus heridas frescas. ¿Cuánto tiempo tendría que permanecer lejos esta vez para sanar de nuevo? ¿Cuánto tardaría en reparar su coraza rota para deslizarla protectoramente sobre su alma?
¡Quería aullar, gritar y gemir su dolor para que su eco se perdiera en la oscuridad de la noche!
Estaba tan cansada de intentar ser valiente y fuerte, y, sin embargo, tenía que seguir enterrando ese dolor en lo más profundo de su corazón para poder seguir viviendo.
Limpiando sus lágrimas con el dorso de su mano, Candy tomó una bocanada de aire gélido que lo congeló los pulmones, abriendo silenciosamente la puerta del coche cuando Albert presionó su llave automática.
Al igual que habían llegado al restaurante, se dirigieron de nuevo a la mansión en silencio completo, y Candy cerró los ojos para perderse en la bruma de una pesadilla etílica.
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"Albert…"
"¿Sí, Candy?"
"¿Estoy soñando de nuevo o estás realmente aquí?"
"Estoy aquí, Candy y te tengo en mis brazos. Vomitaste en el coche, así que te traje a mi cabaña. Voy a limpiarte."
"Lo siento Albert, sé cuánto te gustaba ese ridículo coche."
"Está bien, Candy. De todos modos, Stear lo quería para su colección, así que se lo vendí cuando regresé. No te preocupes por eso, pequeña."
"Pobre Stear. Gracias, Albert. Es maravilloso estar en tus brazos de nuevo."
Albert sabía que estaba embriagada y, sin embargo, tan pronto como oyó esas dulces palabras sintió que su mundo entero se iba en picada.
Entró en la cabaña en silencio, llevándola directamente a su dormitorio. Poniéndola suavemente en su cama, le quitó el vestido con cuidado, jadeando sorprendido cuando vio la delicada lencería bajo este. Avergonzado de su erección instantánea, rápidamente desvió la vista mientras la vestía con una de sus camisetas favoritas.
Luego fue al baño a mojar una toalla pequeña con agua tibia. Regresando al dormitorio, se sentó junto a ella en el borde de la cama, y con inusitada ternura limpió suavemente el delicado rostro. Poco a poco le quitó el maquillaje, sonriendo cuando ella arrugó su nariz al sentir la toalla frotando su piel, cada vez dejando al descubierto más y más la franja de pecas que había amado desde el momento que la vio. Aunque le parecía más delgada, se veía mucho más pequeña vistiendo su ropa, y un sentimiento de posesión que creía haber olvidado reverberó en su pecho.
Tomó el vestido estropeado y se dirigió al baño, tirándolo en la bañera que luego llenó con agua para remojarlo. Al terminar, regresó a su lado, acariciando cariñosamente la tersa piel de sus mejillas con un dedo.
"¿Cómo puedo reparar tu corazón, Candy?" susurró suavemente, mirándola con ternura. "¿Cómo puedo evitar que derrames más lágrimas? No sé qué hacer... por favor dime qué hacer."
Ella se movió ligeramente bajo sus caricias, hablando en sus sueños. "Albert … te he echado tanto de menos," murmuró, volviendo su rostro como si estuviese buscando el calor de su mano.
"Shh mi querida Candy... Ahora estoy aquí. Déjame cuidar de ti."
"No puedo creer que estés aquí... y yo...yo...yo no tengo fuerzas ya para llorar su pérdida otra vez." Su voz era apenas un susurro, nada más que un suave gemido que acarreaba sus más profundos pensamientos y miedos a la superficie. "Por favor no hagas que me enamore de ti nuevamente. No…no puedo amarte cuando estás tan roto y perdido como yo. No tengo la fuerza necesaria para ser tu salvación cuando incluso no puedo salvarme de ti."
El corazón de Albert se saltó un latido, dividido entre su deseo de amarla y una necesidad de protegerse de la increíble angustia que la ausencia de esa mujer había causado en su vida. Todos esos años que había pasado tratando de olvidarla, buscando su beso en los labios de otras mujeres… todo le parecía inútil ahora que la veía en su cama, gimiendo como un ángel herido.
¿Realmente era demasiado tarde para ser el hombre que ella necesitaba? ¿Estaba dispuesto a desnudar su corazón de nuevo?
Y entonces, escuchó sus palabras y supo que perdería su corazón una vez más.
"Este es una bella fantasía Albert," ella suspiró con los ojos cerrados, su mente aun flotando en su sueño. "Por favor, ven a la cama y duerme conmigo. Aunque sé que todo esto no es real, me gustaría cree que puedo sentir tu piel sobre la mía sólo una vez más. Por favor. Te lo ruego."
Albert se puso de pie en silencio, desvistiéndose lentamente.
Tumbándose al lado de Candy, una lágrima escapó de uno de sus ojos mientras se acercaba a la chica para tomarla suavemente en sus brazos.
Una simple caricia, y ya no quedaba duda alguna en su mente: estaba perdido.
"Albert… siempre te he amado."
"Lo sé, Candy," susurró con su voz cargada de emoción, enterrando su nariz en el cuello de su amada. "Yo también."
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Continuará…
