Capítulo 4
Ikuto se desperezó al igual que se desperezan los gatos callejeros. Cerró fuertemente la boca y abrió la mandíbula, dejando enseñar toda una fila de dientes blancos y alineados. Después, se tocó levemente la tripa mientras se relamía los resecos labios.
Su olfato captó un olor dulce y caliente, diferente al frio olor de su apartamento. Rápidamente, su mente despertó y recordó que ya no se encontraba en su piso sino que había pasado la noche en el sofá de aquella adolescente retrasada – había que serlo para ponerle un nombre como Bepsy a ÉL.
De un salto, se levantó del sofá donde había pasado la noche y empezó a curiosear.
La casa era muy normal: un salón grande con muebles de madera, una cocina adosada seguida de un pasillo con cuadros y fotografías. En comparación con su apartamento, que no contenía nada más que lo esencial y necesario para la supervivencia del día a día, la casa de Amu destilaba familiaridad y cariño por cada grieta de pared. Por las fotos pudo deducir que Amu era hija única. Sus padres eran jóvenes y siempre posaban con una sonrisa en la boca. Amu sin embargo aparecía en todas las fotos con una expresión vacía en el rosto, con una risa fingida que a Ikuto le molestó.
Ikuto se familiarizó con la casa hasta que pudo percibir todos y cada uno de los objetos con los ojos cerrados. Era un instinto de supervivencia que tendía a practicar cada vez que llegaba a un sitio nuevo: familiarizarse con el espacio. Si se conocía el terreno tenía más posibilidades de usar el entorno como medio de huida o de ataque si se tornaba.
Pero quién te va a atacar, viejo demonio, si ya no le interesas a nadie
Era verdad. Había llovido demasiado de aquella época en la que tenía a gente detrás intentando matarle y tenía que esconderse en lugares ruinosos para sobrevivir. Sin embargo con su destierro todo aquello había pasado a la historia. Ya no representaba un peligro para nadie. En la tierra era tan inofensivo como un gatito recién nacido.
Ese pensamiento, más que animarle le deprimió. Jamás le gustó su vida de fugitivo, pero por lo menos en aquella época tenía una meta que conseguir: la libertad. Aquí en la tierra era libre, en el sentido de que podía permitir bajar la guardia, pero por otro lado ya no encontraba ninguna razón para continuar viviendo. ¿Qué sería de él cuando su contrato con Amu acabara? Él podría acabar acostumbrándose a la gente, pero definitivamente él no era humano, y su sitio no estaba en la tierra, sino en el mundo demonio.
Miró el reloj. Eran las siete de la mañana. ¿A qué hora se despertaban las japonesas para ir al instituto? Había tantas cosas que desconocía…
Decidió subir al cuarto de Amu, más por aburrimiento que por otra cosa, para ver si seguía o no dormida. Se quedó parado delante de la puerta y la entreabrió suavemente. En su interior la luz estaba apagada y podía sentir la respiración pausada de la chica dormida.
Sin nada mejor que hacer, Ikuto decidió adentrarse en la habitación, cerrando la puerta a su paso y dejando la habitación en una oscuridad absoluta. Cerró los ojos y dejó que fuera su olfato el que le guiara. Reconoció sin mucho problema el olor de la muchacha. Se acercó a la cama y se sentó en el suelo, apoyando el mentón sobre el colchón. Podía sentir a centímetros de la mejilla el calor que desprendía el cuerpo de la chica. Abrió los ojos. Tenía la cara justo enfrente de su ombligo. Conforme la vista se le acostumbró a la oscuridad pudo percibir otras partes de su anatomía.
La superior de la chica parecía poco desarrollada para su edad. La curva del pecho permanecía pequeña y la cara todavía conservaba algo de redondez característica de la niñez. Su cabello rosado se desparramaba por todas las direcciones sobre la almohada.
Ikuto sonrió. Aún así, debía de reconocer que Amu poseía una belleza sutil, cuasi infantil que le agradaba.
De repente, un ruido estrambótico comenzó a sonar, sorprendiendo a Ikuto. Provenía de la mesilla de noche. Era el despertador.
Actuándo rápidamente, Ikuto intentó coger aquel cacharro ruidoso y apagarlo antes de que Amu despertara, pero la muchacha, en un acto inconsciente, agarró el aparato justo a la vez que el lo hacía. Sus manos se encontraron y Amu abrió los ojos, asustada.
De una patada imprevista, empujó a Ikuto y encendió la lámpara que había junto a la mesilla. Amu estaba lista para atacar o salir corriendo, pero al darse cuenta de que era Ikuto su postura se relajó.
-No vuelvas a hacer eso. Me has dado un susto de muerte. – dijo, más aliviada. – Por cierto, ¿qué haces aquí?.
Ikuto se incorporó y se levantó del suelo.
''Nada, fresita. Venía a despertarte. Voy a desayunar, ¿vale? '' y acto seguido salió por la puerta y desapareció.
Amu parpadeo, conmocionada todavía por el susto. Ikuto era bastante extraño como persona, pero a menos que no hiciera ningún truco de mover objetos ni nada así, parecía un adolescente normal como cualquier otro. Si no fuera por lo que le había mostrado ayer, no podría creer que se trataba de un ser distinto a un humano.
No obstante, no terminaba de descartar la idea de que se tratara de una cámara oculta.
Dejando los pensamientos a un lado, Amu bajó a desayunar. En la cocina se encontraba Ikuto, que comía pausadamente un bol de cereales. En cuanto la vio, clavó sin un mínimo de descaro su mirada en ella. Amu no pudo evitar sonrojarse al ver como la mirada celeste de Ikuto le recorría de arriba abajo. Por un instante deseó que la falda de su uniforme fuera algo más larga.
Rapidamente, se sentó y se echó leche en su tazón de cereales. Ikuto seguía con la vista en ella, mientras seguía comiendo sus cereales.
''¿Te das cuenta de la pinta de acosador que tienes ahora mismo? '' dijo, rezando para que el rojo de sus mejillas no fuera muy notable.
''Lo siento.'' se disculpó. '' Es que estaba pensando. ¿Todos los uniformes de hoy en día son tan… sugerentes?''
Amu sintió como los cereales tardaban en ser tragados por su garganta, cayendo luego al fondo de su estomago como una pesada piedra. Ikuto notó el sonrojo de Amu.
''Oh, tranquila, fresita; no lo digo por ti, tu cuerpo es demasiado infantil para quedar bien en un uniforme como ese, lo he notado mientras dormías – contestó con una encantadora sonrisa torcida. – Pero ahora a la luz del sol me doy cuenta de lo asombrosamente dorados que son tus ojos. ''
Ikuto consiguió la reacción que quería. La cara de Amu fue tornándose completamente roja. Ikuto intentó mantenerse serio pero la cómica imagen que le daba la chica pudo más y acabó soltando una larga carcajada.
''¡Realmente eres una niña, fresita!''
''¡No me llamo fresita! Y no soy una niña…'' – respondió sonrojada. Realmente no estaba acostumbrada a la sensación de calor que se agolpaba en sus mejillas, así que la sensación de vergüenza que sentía se le hacía tan marciana como el tono jocoso de Ikuto.
Este terminó de desayunar y se levantó, recogiendo su plato. Amu se quedó parada mirando cómo su espalda se contraía y distendía mientras fregaba los platos, mientras un cosquilleo hormigueaba por su cabeza.
'' Y dime…'' dijo ella, intentando apartar esos pensamientos de su cabeza ''¿qué vas a hacer tú mientras yo esté en el colegio?''
Ikuto se volteó y terminó de colocar el bol en su sitio y se volvió a sentar donde antes.
Por lo menos friega la vajilla pensó Amu.
'' Eso dependerá de lo fuerte que sea el contrato. Según mis cálculos y con un poco de suerte, en cuando me haya recuperado un poco más estaré lo suficientemente fuerte como para que no tenga que acompañarte si sales de tu casa. ''
'' ¿Y qué pasa si vuelve a ocurrirte lo que te paso ayer? ¿Si empiezas otra vez con el ataque epiléptico y los objetos voladores estrellándose contra las paredes?'' preguntó Amu.
Ikuto se rascó la barbilla antes de contestar.
'' Todo depende de la distancia cantidad de tiempo que estemos separados. Realmente no te puedo decir con seguridad, pero creo que mientras no nos peguemos más de dos días separados el uno del otro, el vínculo será lo suficientemente fuerte como para aguantar''
Amu se pasó la mano por la cabeza.
'' El vínculo ¿eh? ¿Realmente es algo físico que pueda ser sentido, o simplemente es un concepto abstracto?
Ikuto casi rió con esa pregunta. ¿Concepto abstracto? Más quisiera él. Desde que habían hecho el contrato tenía alojado en el pecho esa extraña sensación de unión hacía Amu. Una especie de cuerda invisible pero real que la unía a ella y que en ocasiones tiraba de su pecho y le provocaba pinchazos de dolor.
''No te preocupes. El vínculo no puede ser sentido por humanos, más que nada porque vuestra capacidad de sentir elementos sobrehumanos se reduce a menos cinco'' – Por suerte para ti, pensó.
Amu intentó concentrarse, pero, aparte de sentirse increíblemente estúpida, no sintió nada extraño o sobrenatural dentro de ella. De todas maneras, la empatía hacía otros seres humanos tampoco era una de sus cualidades.
''Por cierto'' comentó Ikuto de pasada. '' En cuanto vuelvas del instituto necesito que me hagas un favor y me acompañes a mi viejo apartamento, a recoger algunas cosas''
'' ¿Y no puedes ir tú sólo? '' – preguntó Amu. Siempre que volvía del colegio estaba agotada y lo único que le apetecía era meterse en la cama y dormir una buena siesta.
'' Tu misma '' respondió Ikuto indiferentemente '' pero todavía estoy débil y, ya sabes, podría mandar volar a alguna farola y todo eso''
Amu resopló.
'' Está bien. Además, necesitas urgentemente un cambio de ropa.''
Ikuto se levantó y le palmeó la cabeza, dando por finalizada la conversación.
'' Hey, ¿y qué vas a hacer hasta que yo vuelva?
'' No lo sé, fresita. Dormir, comer, ver la tele, rebuscar en el cajón de tus bragas…algo haré para pasar el tiempo. '' dijo con una sonrisa, mientras se tumbaba de nuevo en el sofá.
'' ¡Ni se te ocurra…'' – Ikuto le paró poniendo un dedo en su boca en señal de silencio. Luego señalo el reloj. – ''Yo que tú me daría prisa o llegarás tarde''
''Oh, mierda, mierda'' Amu tragó como pudo el resto de los cereales y corrió hacia la salida. '' No hagas nada hasta que yo vuelva. Y sobre todo NO TOQUES MIS BRAGAS ¿oído?'' le amenazó. Ikuto solo hizo una señal de okey con el pulgar y encendió la tele.
Amu salió de casa, cerrando con un fuerte portazo.
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Era la última hora de clase – gimnasia – y Amu, sorprendentemente echaba de menos la compañía de Ikuto.
Por lo menos él no le hacía el vacio ni le criticaba a las espaldas.
Tres chicas pasaron junto a ella, y en el camino, el hombro de una de ellas golpeó la espalda de Amu. Ella emitió un quejido de respuesta pero, al tiempo en el que se volvió para ver quien había sido, las tres chicas se habían dispersado entre la multitud de la clase.
Amu suspiró.
Desde aquel día en el que había desenmascarado a Takumi, el más listo, guapo y querido de su curso, como un ruin embustero y un manipulador, todas las chicas y chicos de su clase le habían hecho el vacio. De la noche a la mañana se quedó sin amigos (tampoco es que antes tuviera muchos antes) y sufriendo las miradas y los ataques anónimos de los compañeros de clase.
Lo había visto de casualidad. Un día que volvía tarde a casa se había encontrado a Takumi y a panda de abusones en una zona apartada maltratando a un niño pequeño. Aunque llevaba la cara tapada por la capucha, Amu reconoció la voz ''angelical'' del chico más querido de su curso. Por si quedaban más dudas, tenía la misma herida en el antebrazo que se había producido el día anterior por un corte en la clase de cocina. Amu no tuvo ninguna duda. Era él.
Se escondió detrás de unos arbustos y observó.
Takumi y su banda atacaron al niño, lo ataron con cuerdas a una farola y empezaron a clavarle pinchos de alambre en la piel, mientras dos de los matones vigilaban por si se acercaba alguien. El niño tenía la boca amordazada, pero aún así se podían oír sus gritos de dolor. Amu quedó paralizada asimilando lo que estaba viendo. Ella nunca había tratado personalmente con Takumi, ya que era bastante tímida y le costaba hacer relación con las personas de su misma edad, sin embargo en la escuela Takumi siempre mostraba un aura de corrección y madurez indiscutible. Sin embargo ahora lo veía riéndose a carcajada limpia mientras abusaba de aquel pobre chaval.
Al día siguiente Takumi apareció en clase aparentando la misma bondad de siempre. Con la imagen del niño torturado grabada en las retinas, Amu no pudo soportar esa cara hipócrita y en medio de un descanso entre clase y clase le propinó un puñetazo.
Todo el mundo quedo callado, asimilando lo que acababa de pasar. El propio Takumi parecía sorprendido también. Su mejilla de porcelana empezó a enrojecer y fue entonces cuando la clase entera pareció reaccionar. Las mujeres apartaron a Amu a empujones mientras los hombres la insultaban. Amu gritó todo lo que había visto la noche anterior pero nadie le creyó.
Una sensación de impotencia le desbordó. Sin rendirse, trató de explicarle a la gente cómo de mal había tratado Takumi a ese niño, pero cuanto más mal hablaba de él, más en su contra se ponía la gente. Rindiéndose con los alumnos, intentó hablar con los profesores. Sin embargo, la reacción fue casi peor. Le ignoraron por completo y achacaron sus declaraciones a una mentira producida por un ataque de celos debido a la perfección de Takumi.
Todo aquello pasó hace un mes y los ánimos no se habían calmado ni un poco. Sus notas bajaron y los ataques en su contra fueron haciéndose más y más patentes. Intentó luchar contra ello pero de nada sirvió. Comenzaron a circular falsos rumores sobre ella, empeorando su reputación. Al cabo de los días, prácticamente toda la escuela creía que ella era una delincuente o una pandillera cualquiera.
Resignada, Amu intentó concentrarse en sus estiramientos mientras oía de lejos como unas chicas del grupo de Takumi le criticaban, mientras el resto de mujeres se quedaban calladas. Amu guardó las ganas que tenía de ir y de pegarle a cada una una buena bofetada, pero se las guardó. Aquello solo serviría para ensuciar aún más su nombre.
''Hinamori-san'' le llamo el profesor de gimnasia, con un tono más bien rudo '' Es su turno de saltar''
Amu asintió. Ignorando a todas las personas a su alrededor, se puso en posición y concentró la fuerza en sus piernas. La gimnasia era uno de sus puntos fuertes y jamás había tenido problemas en realizar los ejercicios. Apretando los músculos, echó a correr hacía el potro que tenía que saltar. Aunque estuviera demasiado elevado, ella ya lo había conseguido otras veces. En el momento adecuado, impulsó fuerzas a sus pies y saltó, pero justo en el momento en el que alcanzaba el potro, sus oídos captaron un sonido:
''Ojala se caiga y se desnuque''
La suave voz de Takumi, hablando con un compañero le llegó directamente al cerebro, perdiendo la concentración. Sus pies chocaron contra el potro y cayó hacía la colchoneta, llevándose por delante una dura tabla de madera que se le clavo en el estómago y le rasgó el brazo.
Las risas restallaron entre sus compañeros. El profesor ayudó a Amu a incorporarse mientras le ponía una puntuación negativa. El dolor, junto con la vergüenza y la ira se agolparon en su cabeza, produciéndole una sensación de mareo. Reteniendo las ganas de llorar, volvió a su sitio y enterró la cabeza entre sus rodillas, haciendo que el mundo desapareciera.
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Ikuto estaba soberanamente aburrido.
Había repasado la programación televisiva, pero a esas horas sólo echaban programas de cocina, de tarot o alguna patraña similar. Como una fiera encerrada, Ikuto se paseó por toda la casa, cotilleando por los cajones. Encontró un par de mangas de Amu, pero no le duraron ni una hora.
Al final, la idea de rebuscar entre las bragas no le parecía tan mala… pero no, no era tan ruin. Aunque siempre podía hacerlo, por mera curiosidad, claro.
Al final no lo hizo, ocupando su tiempo en ojear los libros del padre de Amu. Cuando termino de revisarlos le volvió a pasar la idea por la cabeza. ¿Y si no era tan mala idea?
No, no. Mirar las bragas de una adolescente era de viejo pervertido.
Pero estaba solo…
¡Pero aún era un ser decente!
Al final, justo cuando su mano se posó sobre el pomo del cajón de la ropa interior, la puerta de la entrada se abrió. Ikuto apartó la mano de ahí como si quemara y volvió a las escaleras. Allí se encontró a Amu, dejando la cartera y la chaqueta.
''No te desvistas tan pronto, fresita. Recuerda que tenemos que ir a mi piso''
Amu le miró y asintió levemente. Ikuto se extraño. Amu parecía más zombi de lo normal. No obstante, prefirió dejarlo correr y no decir nada – quizás estuviera cansada.
El camino hacía su apartamento fue largo. Tuvieron que coger el metro y hacer transbordo con una ruta de autobús. Durante todo el trayecto Amu permaneció en un estado de mudez que a Ikuto no le pasó por alto.
Por fin llegaron.
El piso de Ikuto pertenecía a un bloque residencial bastante lujoso. En cuanto entraron, el portero le saludó como si lo conociera de toda la vida, sin mostrar signo de curiosidad alguno por la joven adolescente que le acompañaba. Ambos entraron en el ascensor y subieron hasta el último piso. Cuando llegaron, Ikuto sacó una llave de una baldosa suelta de la pared y abrió la puerta.
El piso de Ikuto más que un piso era una azotea con grandes vistas.
Amu quedó sorprendida. Era amplio y limpio, con el suelo tapizado de mármol y las paredes pintadas de negro. Al fondo, un gran ventanal ocupaba toda una pared y daba vistas al exterior de la iluminada ciudad de Tokio.
''Es increíble'' – susurró ella.
''Si… increíblemente caro. Pero bueno, gano demasiado dinero y tengo pocos gastos, así que aquí va a parar mi dinero hasta que deje de pagar el alquiler. '' comentó Ikuto, mientras cogía una bolsa y comenzaba a guardar sus efectos personales.
'' ¿Tú trabajas?'' Amu miró sorprendida a Ikuto '' ¿de qué?''
Ikuto paró de recoger y se dio la vuelta, clavando su mirada. Detrás de él, la luz que entraba por el ventanal recortaba su figura y había que sus ojos adquirieran un tono azul muy intenso.
''Si quieres hablar de algo aquí, que sea de porqué hoy parece que te haya comido la lengua el gato, ¿no crees?'' – Ikuto hablaba con sarcasmo pero se le notaba el tono serio en las palabras.
A Amu le dio un vuelco el corazón. Pestañeó, intentando retener las lágrimas. Realmente no quería sacar de nuevo a flote todo el dolor que sentía.
'' No quiero hablar de eso… contigo. '' – susurró Amu '' Al menos no por ahora. ''
Ikuto le volvió a dar la espalda y siguió recogiendo sus cosas, dejando a Amu plantada en el recibidor. Durante veinte minutos, ninguno de los dos dijo nada. Al final Ikuto terminó de recoger y volvió con Amu. Sin decir ninguno de los dos ni una palabra, Ikuto cerró el apartamento y volvió a dejar la llave en su sitio.
Amu se reprimió a sí misma. No solo conseguía la enemistad de todo su colegio sino que aún encima conseguía que Ikuto se enfadara con ella. Cogieron por el ascensor y el trayecto de bajada se le hizo eterno.
''Hagamos un trato'' Ikuto comenzó a hablar sin dejar de mirar al frente. ''Si quieres saber cuál es mi profesión antes tendrás que decirme que ha pasado en el colegio, ¿de acuerdo?''
'' ¿Cómo has sabido qué…?'' Ikuto la interrumpió cogiéndola del brazo y, cuidadosamente, le subió la manga de la chaqueta, mostrando la herida del rasguño y el color morado de la piel.
''El olor a sangre es un olor que no se olvida fácilmente, fresita'' le dijo, guiñándole un ojo.
Amu sonrió, bajándose de nuevo la manga.
El invierno había llegado casi sin darse cuenta y, de camino a casa, Amu se sorprendió de ver que ya era de noche. Una sensación de intranquilidad la embargó al sentirse muy lejos de su casa, pero los pasos seguros de Ikuto la tranquilizaron.
Mientras él esté aquí no me pasará nada Aquel pensamiento le alivió.
Bajaron a coger el tren. El andén subterráneo estaba prácticamente desierto a excepción de un par de hombres de negocios que regresaban a sus casas. Amu e Ikuto se sentaron a esperar la llegada del tren cuando una voz familiar sonó en el interior de un callejón colindante al andén.
Luego, unas risas.
Amu tragó fuerte y comenzó a sudar. Era él de nuevo, no había duda. Otra vez lejos de su colegio para que nadie pudiera ver sus fechorías.
Takumi.
Amu se levantó del asiento y empezó a correr hacía el lugar donde provenían las voces. Desoyendo los gritos de Ikuto, Amu corrió como alma lleva al diablo hasta que giró en una esquina y se lo topó de frente.
Takumi y seis chicos más. Armados con cadenas y puños americanos. A su lado, dos colegiales perdidos acuclillados temblando en el suelo.
Amu se quedó paralizada. Quería hacer algo: correr, gritar, salir huyendo; lo que fuera, pero sus piernas estaban petrificadas. Takumi se giró y la vio. Durante unos instantes, la mirada de dorada de Amu y la aguamarina de Takumi quedaron entrelazadas.
Luego, él sonrió y muy lentamente, comenzó a acercarse a ella, arrastrando las cadenas contra el suelo.
Amu se dio cuenta de su posición. Estaba en un callejón de metro semi abandonado, testigo de un crimen y ahora un chico armado se acercaba hacía ella. Quería huir pero su cuerpo estaba en shock, impasible.
Lo único que hizo fue cerrar los ojos y esperar el golpe.
Pero de repente las luces se apagaron y el ruido de un tren retumbó entre las paredes del subterráneo, haciendo que a Amu le pitaran los oídos. Sintió una presión en su brazo izquierdo que tiraba de ella y comenzó a correr. Por lo menos estaba corriendo para el lado contrario que Takumi, a partir de ahí, cualquier cosa que le pasara no podía ser mucho peor.
A los dos minutos de correr – que a ella le parecieron dos horas más bien – entraron en el tren. Hasta que no se puso en marcha Amu no se dio cuenta de que la presencia que le había agarrado y guiado por el camino había sido Ikuto. Este permanecía a su lado, todavía sujetando su brazo.
Amu alzó la cabeza y se encontró a Ikuto mirándola de vuelta, con la frente sudorosa y respirando jadeantemente. Se dio cuenta también de que ella jadeaba. De hecho, toda la adrenalina que no había actuado mientras estaba paralizada parecía aparecer ahora por sus venas. Los nervios se le dispararon y una sensación de angustia la invadió mientras recordaba los ojos marinos de Takumi observándola, mientras ella se volvía cómplice de su secreto.
Sin darse cuenta, Amu comenzó a llorar. Ikuto, con un brazo apoyado en una barra de metal, acercó a Amu a su lado y la abrazó con el brazo que tenía libre. La chica cerró los ojos y se derrumbó, agarrándose a la cintura de Ikuto, mientras él le tapaba los ojos con su mano, para que nadie más que él pudiera percibir sus lágrimas.
Nota de la autora: Lo siento por tardar tanto en subir este capítulo, pero es que ninguna de las tres versiones que había escrito me convencía XD. Espero que os haya gustado este capítulo. Cómo veis, empiezo a meter nuevos personajes =D. Por cierto, no busquéis a Takumi en ninguna parte de la serie porque no sale, es invención mía. Si queréis saber cómo es; físicamente es moreno, alto, de ojos azules muy claros (vale, es raro para ser japonés, pero si Amu tiene el pelo rosa yo puedo hacer un personaje con los ojos azules XD) y tiene muy buen cuerpo. Delante de la gente es súper simpático, amable y buena persona, pero luego se vuelve un matón de mucho cuidado, así que ojito con él!
La escena final me parece muy tierna. Es como: owwww! Que monines! Lo único que me preocupa es que teóricamente Amu e Ikuto se conocen desde hace un día, ¿es pausible que ya lleguen a este grado de intimidad? A mi favor puedo decir que, aunque Ikuto sea un borde a veces, tiene un gran corazón ( y sino recordad cuando en el epi 4 le trae golosinas a Amu!)
Sobre el bullying de Amu, sí. Estaba todo pensado desde el principio. Quizas sea dura, desde mi punto de vista, pero es necesaria para que la historia avance. Pero no os preocupéis, la trama no girará en torno a Takumi. Esto es solo la introducción (bwahahaha)
Bueno. Espero vuestros comentarios sobre este capi.
Un beso!
