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Family Man

Salió de su habitación al día siguiente. Había preferido no quedarse en casa de sus padres la noche anterior, porque no se veía con fuerzas para mirar a sus padres tras la revelación que su madre le hizo. No quería decir que ahora dejase de verla, claro que le apoyaría en todo lo que necesitase… Pero anoche Dudley necesitaba salir de aquella casa.

Piers estaba desayunando en la cocina.

―Buenos días ―saludó Dudley.

―Buenos días ―sonrió Piers con picardía ―. ¿Qué tal anoche con Cho?

―No sigas ―contestó Dudley seriamente.

―¿Qué pasa, te dio la patada?

Dudley depositó fuertemente sobre la encimera la taza de café que acababa de coger. Ni siquiera miró a Piers.

―Anoche fui a ver a mis padres, ¿vale?

Piers se mantuvo callado un momento, hasta que, al final, habló.

―Oh, vaya… No tenía ni idea. Fue todo bien.

Dudley carraspeó.

―Esto… Sí, todo perfecto. Tengo que irme al trabajo, adiós.

―Nos vemos esta noche.

Dudley salió por la puerta de entrada, con el estómago vacío. Normalmente tomaba un desayuno copioso antes de irse a afrontar las tediosas horas de trabajo en la empresa de su padre, pero con Piers aquella mañana en la cocina, no tenía ganas de nada. Si se hubiese quedado un par de minutos más, probablemente le habría confesado acerca del cáncer de su madre. Y eso, desde luego, habría preocupado a Piers, pues Petunia Dursley era como una segunda madre para él. Cuando era pequeño, siempre le invitaba a casa, a tomar té y pastas, o cualquier refrigerio tras quedar siempre con Dudley.

Bueno, desayunaría algo en la cafetería del trabajo.

Minutos después, degustaba el horrible café de la cafetera que tenían en el curro. Sólo los más valientes, o directamente los que no habían desayunado aún, se atrevían con él.

―Buenos días, Dudley.

El aludido se dio la vuelta y dibujó una estúpida sonrisa en su rostro.

―Buenos días, Cho. ¿Qué tal estás esta mañana?

Cho bajó la mirada mientras sonreía. En sus manos sostenía un vaso de café para llevar de un Starbucks.

―Bien, bien… ¿Hablaste con tu madre?

―Esto… Sí, sí, hablé con ella. Nada, era simplemente que estaba nostálgica.

―Bueno, al menos no era nada grave. Además, siempre es bueno mantener la relación con unos padres. En fin, tengo que irme ya a trabajar. Ya nos veremos, Dudley.

―Sí, por supuesto. Hasta luego, Cho.

Dudley, por su parte, se fue en dirección contraria, hasta su puesto de trabajo. Normalmente, el trabajo le haría olvidar cualquier pensamiento, pero dado que estaba en un puesto donde no daba un palo al agua, no podía evitar pensar en su madre y en cómo debía de estar pasándolo.

De repente, por megafonía, sonó la voz de Cho.

―Dudley Dursley, preséntese en el despacho del señor Dursley. Dudley Dursley, preséntese en el despacho del señor Dursley.

Bufó mientras se levantaba de la silla y caminaba arrastrando los pies hasta el despacho de su padre. Se preguntó que querría decirle ahora. Probablemente que estaba siendo un mal hijo, por dejar a su madre sola con su enfermedad. Lo cierto es que no se equivocaba.

―¿Te parece bien largarte y no pasar la mañana con tus padres? Tu madre esperaba que te quedases a desayunar.

―Oye, sé que debí quedarme, ¿vale? Pero la noticia también me afecta. Iré más días a ver a mamá, ¿de acuerdo?

Vernon Dursley se le quedó mirando. Alzó una mano, indicándole que se marchase. Ya hasta prefería no hablarle. Sin embargo…

―¿Has hablado con él?

Él. Ya no era aquel muchacho que había vivido con ellos diez años enteros, y luego sólo los veranos. Ahora sólo era él.

―¿Con Harry? ―preguntó Dudley con ahínco. Sabía que su padre detestaba ese nombre.

Vernon, por su parte, frunció el ceño.

―Sí.

―Siempre que puedo, lo cual no es mucho. Su familia me odia, al menos su mujer. ¿Adivina por qué?

―Eras tú quien se metía con él.

―¡Nos metíamos todos con él, papá! Sí… ¿Por qué crees que no quiere saber nada de nosotros?

No era cierto del todo. Harry mantenía contacto con Dudley, a pesar de que su mujer no quería saber nada. Pero Harry creía conveniente que Dudley supiese de él y él de Dudley. Por eso sabía que ahora era padre de dos hijos, que vivían en una casita en un pueblo llamado Godric's Hollow, que Harry tenía un buen trabajo… Lo cierto era que Dudley apenas le contestaba, y si lo hacía era para contarle mentiras. No quería que supiese acerca de la vida que estaba pasando. Y de sus padres… Bueno, sabía que ellos no querían saber nada de Harry, así que Dudley a veces le ponía al tanto de las cosas.

Entonces, fue como si una bombilla se iluminase en su interior. Abandonó el despacho de su padre y salió a la recepción.

―Dudley, ¿ocurre algo?

Miró a Cho. Y sin saber por qué, en qué podía ella ayudarle, se lo preguntó.

―Tengo que ir a ver a un primo mío este fin de semana. ¿Quieres venir? Podríamos pasar unos días… tú y yo.

Bien mirado, siempre podía pasar un fin de semana entero con Cho, perdidos en la campiña inglesa.

Cho, por su parte, parecía confundida, hasta que, finalmente, habló. Más bien, sonrió primero.

―Me encantaría.

Y así, el viernes por la tarde, Dudley y Cho se encontraban metidos en un viejo coche que un compañero de Dudley le había prestado. Lo cierto era que no le funcionaba la calefacción y había que tratarlo con cuidado, pero al menos podía conducirse. Habían preguntado a Marietta y a Piers si querían ir con ellos, para que no pareciese demasiado violento para Cho y Dudley. Piers había aceptado gustoso, pero Marietta había dicho que ni loca.

―¿Estás bien? ―quiso saber Dudley.

La expresión de Cho era una mezcla de miedo por el hecho de estar donde estaba a la vez que emoción, como si aquella fuese la primera vez que montaba en coche.

―Sí… Sí, estoy bien. ¿A dónde vamos?

―Primero iremos al pueblo donde vive mi primo. Luego podemos buscar un hotel por allí, ¿te parece?

―Sería genial. ¿Qué pueblo es?

―Sí… ¿Cómo se llamaba? Ah, sí. Godric's Hollow.

Ni siquiera se percató de la cara que se le había quedado a Cho.

Horas después, aparcaban frente a un pequeño hostal del pueblo. Tras inscribirse y dejar las maletas, salieron a dar una vuelta, en dirección a una casa. Pasaron por una plaza, donde había un pequeño monumento, aunque ambos vieron cosas distintas, pero no compartieron lo visto. Para Dudley sólo era un memorial por las víctimas de la Primera Guerra Mundial. Para Cho era la estatua de una pareja y su hijo pequeño.

Finalmente, llegaron a una casa. Dudley se armó de valor, entró en la propiedad y llamó a la puerta. Al instante, un niño pequeño abrió.

―¿Sí? ―preguntó él. Tenía el pelo negro azabache y muy revuelto. Portaba, además, unas pequeñas gafas. Para Dudley era como retroceder años en el tiempo, hasta cuando era pequeño y miraba a aquel niño enclenque que desayunaba con él.

―Tú debes de ser James, ¿verdad?

―Mi madre dice que no debo hablar con desconocidos.

Dudley sonrió.

―¿Está tu padre?

―¿Quién pregunta por él?

―Dile que su primo Dudley es quien pregunta por él.

El niño dejó la puerta entreabierta. Pudieron oír al pequeño gritar:

―¡Papá! ¡El primo Dudley pregunta por ti!

Al instante, una copia más crecida del pequeño James abrió la puerta.

―Dudley ―dijo, simplemente.

―Harry ―devolvió Dudley el saludo.

―Harry ―alcanzó a decir Cho, sorprendida.

―Cho ―Harry estaba alucinado.

―¿Os conocéis? ―preguntó Dudley, extrañado.

Los tres se quedaron en silencio.

―Esto… Sí, nos conocemos ―confesó Cho.

―Pero eso es imposible, mi primo no tenía amigos cuando vivía con mis padres, sólo la gente de su escuela, y eso quiere decir que… ―Cho evitaba mirarle ―. ¿Eres una bruja?

Se mantuvieron en silencio.

―Esto… ¿Queréis pasar?

―Yo mejor me vuelvo al hostal. Supongo que necesitaréis tiempo para vosotros ―comentó Cho. Antes de que ninguno de los dos pudiese decir algo, se marchó.

―Bueno… ¿quieres entrar o irás detrás de ella?

―Quiero entrar ―alcanzó a decir Dudley.

Accedieron al recibidor. Una mujer pelirroja apareció ante ellos, con un niño más pequeño en los brazos.

―Cariño, ¿quién…? Oh, eres tú.

―Hola, Ginny ―saludó Dudley con sarcasmo.

Puede que él no le cayese bien, pero ella igualmente no le gustaba. A decir verdad, nunca sabría que veía su primo en ella.

―¿A qué has venido?

―Ginny, por favor… ¿Por qué no sales con James y Albus?

Ginny Potter miró con desconfianza a Dudley, pero decidió seguir el consejo de su marido, le dio un beso en la mejilla y se llevó a los niños.

―Tan encantadora como siempre ―soltó Dudley.

―Tengamos la fiesta en paz, ¿quieres? ¿Tienes hambre.

―No, gracias, no me apetece nada.

Harry rió con sorna.

―¿Big D no quiere nada de comer? ¿Qué te pasa?

Miró a Dudley de arriba abajo. Lo cierto es que ya no parecía aquel rollizo muchacho que utilizaba tallas extragrandes. No, ahora era un hombre alto y fornido, con fuertes brazos y una espalda enorme.

―Ahora me mantengo en forma.

―¿Sigues con los combates?

Dudley se le quedó mirando.

―¿Cómo sabes tú eso?

―Dudley, nunca has sido un buen mentiroso. Me extrañó que las cosas te fuesen tan bien. Y no es que te haya investigado ni nada. Tu madre me lo contó todo.

―¿Hablas con ella? ―Dudley estaba indignado. Se suponía que sus padres no querían saber nada de Harry.

―Sí. Sólo con ella. Seguramente tendrá alguna espinita clavada. A lo mejor se debe a que sigo siendo el hijo de su hermana. En fin… ¿té?

Dudley asintió con la cabeza. Se mantuvo callado mientras Harry preparaba dos tazas de té. Miró a la cocina, con juguetes en el suelo, fotografías en las paredes y restos del desayuno en la mesa y la encimera de la cocina. Si su madre viese aquello, le daría un patatús.

―Bueno…

―¿En qué puedo ayudarte? ―quiso saber Harry mientras le tendía una taza.

―¿Has hablado últimamente con mi madre?

―No, llevo semanas sin hacerlo.

―Ya… Yo hablé con ella el otro día. Tiene cáncer.

Se quedaron ambos en silencio.

―Lo siento mucho, Dudley.

El aludido soltó una risa forzada.

―Sí, es curioso. Porque he venido hasta aquí para ver si podías ayudarme. Si tenías alguna forma de… curarla.

―Dudley, yo no soy médico.

―Bueno, no tienes por qué ser tú. A lo mejor puede ser uno de tus… "médicos".

―No, Dudley, no me has entendido. No podemos curar a tu madre.

Dudley aún seguía con una sonrisa en la cara, aunque una expresión de extrañeza se iba dibujando a su vez.

―¿Qué quieres decir?

―Nosotros no curamos enfermedades muggles, simplemente porque no las padecemos.

―Pero… Tiene que haber algo. Un hechizo, una poción…

―Dudley, sé que es difícil de entender… Los magos tenemos una resistencia a ciertas enfermedades que los muggles no tienes, y eso se debe a la magia que corre por nuestras venas. Pero ya tenemos nuestras propias enfermedades. Enfermedades mágicas.

―Sólo es un cáncer, maldita sea ―Dudley empezó a enfadarse ―. ¿Me estás diciendo que no hay ninguna puta manera de revertirlo?

―Ojalá la hubiera, Dudley, pero me temo que no es así.

El joven se quedó mirando a su primo, mientras notaba cómo la furia crecía en su interior.

―Lo haces a propósito, ¿verdad? ―inquirió Dudley.

―¿Perdona?

―Sí… Esta es tu venganza por todos esos años que viviste con nosotros.

―Dudley, si ahora mismo tuviese la manera de curarla, lo haría. Esto no es una venganza. Esto sólo es la realidad.

―Sí, claro… Me largo de aquí.

Se dispuso a irse, pero Harry le detuvo.

―Espera ―se frotó los ojos, en señal de cansancio ―. Hay un departamento en San Mungo, nuestro hospital. Se dedican a investigar las enfermedades muggles, sólo por si algún día se le diagnostican a magos. Puedo preguntar a ver si saben algo, pero no te garantizo nada.

Dudley se le quedó mirando. Estaba más relajado.

―Gracias.

Dicho esto, se marchó. Volvió al hostal que había cogido con Cho, aunque se imaginó que ella se habría largado, de alguna forma mágica. Pero no, estaba en la habitación. Encima, se dio cuenta de que les habían dado una cama de matrimonio.

―¿Sigues aquí?

―Sí, no quería irme sin darte una explicación ―Dudley se mantuvo callado, a la espera ―. Soy una bruja. Asistí a Hogwarts y conocí a Harry, tu primo. Lo cierto es que mi experiencia no fue muy buena, que digamos, porque mi novio fue asesinado. En cuanto la guerra acabó… decidí que no quería seguir con eso. Por ello me fui a vivir a Londres y conseguí el trabajo en la empresa de tu padre. Quiero vivir lejos de la magia.

―Pero… Pero la magia es genial.

Cho sonrió.

―No es tan divertida cuando la conoces, Dudley. En fin, creo que debería irme.

―Espera…

Dudley tomó su mano, impidiendo que se marchase.

―Dudley… Yo…

―No quiero que te vayas.

Acercó a la joven para sí y tomó su cintura con sus manos. Milagrosamente, ella no se apartó. Y Dudley se sentía más seguro de sí mismo. Inclinó la cabeza y depositó un beso en los labios de la chica. Cho, por su parte, no se apartó. Rodeó los grandes hombros de Dudley con sus brazos y le devolvió el beso.