4.
- Quemar.
Las llamas seguían consumiendo cada cosa que sus manos iban echando – despacio pero con precisión – al gran cubilete. En realidad no sabía el motivo de su retraso en hacerlo. Debió haberlo hecho bastante tiempo atrás. Pero, supuso, los lazos son los lazos. Sam fue su amigo.
Sam murió.
Y no tenía sentido por más que Alex se empeñara en lo contrario. Jesús. Se había puesto pesada con el tema. Como si le debiera una explicación. Todo lo que había cuidado y protegido desde el principio podría irse a la mierda sólo porque el mojigato de Keats se pasa las veinticuatro horas del día llenando su cerebrito de ideas. Y la sola idea de darle un par de puñetazos bien empleados al tipo le tentaba más de cuanto quisiera admitir.
Algo parecía ir desapareciendo igual que todas las pertenencias de Tyler. Quizás las últimas memorias.
Las pocas que pudiera conservar. Como el día que llegó. Lo poco que se empezaron soportando. Cómo lo lograron manejar después, de tal forma que lograron convivir codo con codo e incluso desarrollar una amistad. Una camaradería.
La verdad podría echar un mundo entero abajo.
Escuchó sus pasos y enseguida todos sus sentidos estaban alerta. Así es como – últimamente – tenía que estar alrededor de Alex Drake. Era insoportable. Cualquier otra traición podría ser más o menos llevadera, pero la de ella...
Al verla, no pudo si no pensar que siempre ha sido la misma niña indefensa que perdió a sus padres en aquella horrible explosión. Igual de vulnerable. Buscando, siempre buscando. Respuestas. Verdad. Algo a lo que agarrarse.
Sólo que muchas veces no se distingue entre la verdad y un clavo ardiendo. Le estaba mirando con esos ojos tan verdes llenos de súplica.
Lo que quiera que sea que estás buscando, olvídalo. No existe. No es real.
Gene Hunt no podía evitar decir la verdad a dos personas, a su propio orgullo y a Alex Drake. Y en su propio momento, a Tyler.
Sólo que a veces, es necesario tener delante el cuadro completo.
2. ¿Qué le has dicho?
La primera pregunta que asaltó su mente en cuanto se encontró con él fue esa. No tuvo tiempo de procesarla, tan siquiera de preguntarla de otra manera quizás menos agresiva o exigente. Estaba cansada de jugar al gato y al ratón. Quería respuestas. El tiempo se estaba acabando. Y en un espacio muy corto de tiempo se veía presionada. Obligada a elegir un bando u otro. Bien. Mal. Derecha. Izquierda.
Ni siquiera ella misma entendía por qué estaba tan confundida. Por qué iba navegando entre decisiones sin llegar a un sitio fijo. Gene mantuvo su mirada en ella. Paró un momento. Esperó que por una vez, fuera abiertamente sincero. Lo que realmente no esperaba es que saliera con uno de sus comentarios sardónicos de costumbre. ¿Qué demonios estaba tan reticente a contarle? Lo podía notar, ahí, en su mirada, en sus gestos, en la forma en que se frenó a sí mismo antes de responder la gracia. Conforme fue avanzando para irse, le intentó parar, tomando el extremo de la manga de su abrigo. Sus manos se rozaron por un breve instante antes de que le viera marcharse, como una prolongación de la siempre presente sombra de Jim Keats.
Algunas veces, en la vida, no puedes evitar hacia qué lado caer.
