Advertencias: Fic experimental, UA, shonen-ai.
Este capítulo tiene Francis/Matthew, Francis/OC (solo en este capítulo) y otras parejas, si tienen ganas de verlo así.
D: Hetalia no me pertenece.
Las correcciones son amor. Really.
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Capítulo 4. Corazón
Francis la conoció poco menos de una década antes de la Revolución Norteamericana.
Era una mujer hermosa. Tan infinitamente hermosa que le parecía una grosería que viviera en medio de la pobreza y la desdicha. Intentó muchas veces convencerla de huir con él, como habían logrado que otras hicieran antes, pero ella se había negado terminantemente. Amaba a su marido y, a pesar de que él fuese de un lado a otro intentando hacerlos sobrevivir un mes más y eran raros los días que pasaban juntos, no lo hubiese dejado por nada.
Era desinteresada, dulce y extremadamente fuerte. De alguna forma, la vida del campo iba con ella, porque solo con su forma de ser habría podido un ser humano sobrellevar la miseria con la dignidad y la sonrisa que enamoraron al vampiro francés desde el primer momento.
La frecuentó diariamente, tal vez durante un par de años, por la simple razón de que se le daba fatal rendirse. De hecho, no lo hizo hasta que los ojos de la mujer se iluminaron con una luz completamente diferente a la que él había visto hasta ese momento en ella. Hasta que supo que no podría poseerla, porque ella ya pertenecía a alguien incluso más importante que su esposo. Alguien que la uniría a él y al mundo mortal por el resto de sus días.
Era un poco cliché que Francis solo pudiera amar aquello que no podía pertenecerle. Nunca había sido hombre que forzara a otros (si algo había aprendido en su país era a respetar la libertad que pocos tenían y muchísimos menos disfrutaban), pero se encontró preguntándose lo que hubiera pasado de haber usado sus encantos supernaturales para hacerla caer en sus redes.
Tenía alrededor de cuatro meses de encargo cuando Francis decidió irse. Fue un golpe en el orgullo y, a la vez, algo extrañamente encantador, que la mujer no derramase una sola lágrima al despedirse. Sí, lo quería y sí, lo iba a extrañar, pero era solo un buen amigo que seguiría otro rumbo, y a quien ella siempre llevaría en su corazón, alguien cuya falta aprendería a soportar, al contrario que la de su amado, cuya cotidianeidad calaba en lo más hondo, enterrada en resignación y entrega. Nada más, nada menos.
Francis vagó sin rumbo los primeros meses por su países vecinos al propio, para después involucrarse sin querer en riñas vampíricas que se extendieron por toda Europa las décadas siguientes.
Desinteresado por ridículas y desesperadas luchas en las que sus congéneres (generalmente, bastante más jóvenes que él) buscaban dominar tal o cuál zona, y un poco angustiado por la situación de guerra en América del Norte, volvió solo para encontrar la humilde casa de su antiguo amor en ruinas. La pequeña villa en sí misma había desaparecido casi en su totalidad.
Buscó durante meses el distintivo cabello largo, rizado y rubio turbio de Madeleine. Buscó sus hermosos, dulces ojos grises. Intentó reconocer su figura perfecta entre las multitudes de personas sin hogar, entre los heridos y los que se escondían, perturbados. No encontró nada, por lo que se decidió por pedir ayuda de uno de los habitantes, uno con contactos y la suficiente necesidad de un dinero que a Francis no le importaba derrochar como para dedicarse por entero, día y noche, a la investigación del paradero de Madeleine. Al final, el hombre nunca supo que fue de la mujer, pero le informó de la existencia de un niño que encajaba en la descripción de ella. Francis solo necesito escuchar eso y la edad aproximada del pequeño para estar seguro de que era su hijo.
Matthew.
Francis recordaba a Madeleine llamar al nonato por ese nombre. Rememoraba su voz pronunciando MatthewMatthewMatthew repetidamente una noche especialmente fría de marzo (justo un mes después de haber empezado a sospechar del embarazo) como si esa sencilla palabra pudiese arreglar su mundo entero.
El niño había quedado huérfano en algún momento durante los inicios de la guerra y había terminado viviendo con la media hermana de su madre, una joven bonita pero extremadamente enfermiza y débil de escasos diecinueve años que se había casado más joven aún con un hombre al que Francis no hubiese llamado tal de haber sido un poco menos educado. Para los seis años, Matthew había soportado ya incontables golpizas y maltratos de aquel alcohólico al que debía llamar padre.
Francis no tardó en llevarse al pequeño pues su madre adoptiva, Adéle, tampoco había dudado en entregárselo en cuanto escuchó que no estaría lejos, que no le faltaría nada y, sobretodo, que el extranjero que hacía la petición había amado profundamente a su hermana. La aceptación inmediata que hubo no hizo más que encender una llama de admiración en el vampiro por aquella frágil mujer, porque el dolor que sus ojos mostraron al poner al niño en sus brazos fue algo que Francis no pensó llegar a soportar jamás. (Años después, Francis, de hecho, tuvo que soportar la misma sensación, pero por aquel entonces no podía ni imaginárselo.)
Pasó un tiempo antes de que Francis decidiera retirarse de la mansión que había comprado exclusivamente para vivir con Matthew, consciente de que no podía permitirse pasar el día en un lugar que estaba, inconvenientemente, rodeado de comercios pequeños y grandes por temor a ser descubierto en algún momento. No era tan paranoico como antes en ese aspecto, había pasado ya siglos desde la última vez que alguien había siquiera pensado que algo extraño pasaba con él, pero le aterraba la idea de que un día Matthew lo encontrara en una habitación completamente oscura por la mañana, literalmente muerto momentáneamente, e hiciera algo precipitado.
Al principio no se preocupó demasiado. La situación parecía poco probable, dado el carácter generalmente tímido e introvertido del niño, pero tras el incidente con Adéle a pocos días de su llegada, la curiosidad y la decisión del niño probaron ser suficientemente fuertes como para meterlo en problemas.
Francis y Matthew se llevaban bien, a pesar de no conocerse bien. A Francis lo había conquistado la dulzura del niño, quien siempre trataba de ayudar aunque fuese en las cosas más pequeñas dado que le incomodaba ser una carga para él, y Matthew le estaba profundamente agradecido a su nuevo protector por toda su gentileza y paciencia. De cualquier forma, Francis se desesperaba a veces por lo callado y sumiso que era la mayor parte del tiempo, mientras que en ocasiones se desaparecía repentinamente y preocupaba egoístamente a los sirvientes que el francés dejaba a cargo. Llegó a despedir a tres personas en un mismo día por no encontrarlo, pero terminó por achacarlo como una habilidad que el niño tenía para hacerse invisible tras años de práctica con el primer padre sustituto que había tenido. Por lo menos hasta que descubrió que Matthew sí salía de casa.
Descubrirlo fue pura casualidad. Francis había salido en esa ocasión para recibir noticias de Antonio sobre la situación en Europa; regresaba complacido de que no hubiese nada especialmente remarcable cuando vio la pequeña figurita saltar de la barda que rodeaba la mansión para caer grácilmente sobre ambos píes y salir corriendo. Lo siguió, por supuesto, y uno o dos minutos más tarde observó a Matthew entrar a la que había sido su casa de acogida sigilosamente. Lo vigiló mientras hablaba a susurros con una Adéle que parecía más muerta que viva.
Adéle no podía tener hijos, por lo que la llegada de Matthew había servido para que su marido mintiera a la comunidad que los rodeaba, y en la que se acaban de asentar, para hacer parecer incuestionable su hombría. La desinteresada acción de Adéle al entregar a Matthew y, más aún, el haber admitido que no era hijo suyo, había enfurecido de tal forma a Denis, su marido, que este había decidido no dejar un solo hueso sano en el pobre cuerpo de la mujer. Adéle parecía segura de que iba a morir pronto, si bien nunca lo dijo en voz alta. Francis lo intuía, y sabía que estaba en lo correcto.
Fueron solo unos minutos y, sin embargo, fue el tiempo suficiente para darse cuenta de que el rubio adorable al que había estado sobreprotegiendo era mucho más fuerte de lo que creía. No solo era el hecho de que hubiese resistido el maltrato, sino también el de tolerar ver ese extremo de dolor en alguien a quien amaba con todo el corazón. Francis no podía seguir dándose el lujo de subestimarlo.
Adéle vivió siete días más. Matthew fue a verla cada uno de ellos, sin importar que el invierno estuviera en su punto más crudo. Su tutor no tuvo el valor de detenerlo, aún con la punzada de temor que le daba el verlo caer a la nieve una y otra vez. Después el niño se quedó confinado en casa durante mucho, mucho tiempo, por orden del médico que había atendido sus problemas pulmonares.
Con reticencia, Francis se retiró a un lugar alejado de la sociedad (y más importante, de Matthew) para dormir una vez que el pequeño se hubo recuperado. Lo visitó todas las noches, le contrató los mejores tutores que el dinero podía pagar, le dio todo lo que creyó que podría necesitar (y lo que no, también). Incluso concedió su deseo cuando Matthew le confesó que lo único que realmente quería era la verdad.
Matthew tenía diez años cuando se enteró de que su père era inmortal.
No hubo nada más significativo que el que Mattieu le tomara la mano al escucharle y, al terminar Francis, le dedicara un suave "Te quiero", como si conociera la duda de su tutor mejor que lo que la gente supersticiosa decía de los que eran como él. Como si supiera que Francis no habría podido soportar su rechazo, que le habría desgarrado por dentro de una forma que ni siquiera la propia madre del niño habría conseguido de haberle dedicado claramente el "No te amo" que siempre existió calladamente entre los dos.
Las cosas tuvieron que cambiar entonces. Matthew comprendió la necesidad de mudarse en un par de años, no hizo comentarios al respecto y lo miraba con cariño sin importarle el haber dejado muchas cosas atrás por él.
El vampiro nunca había amado a nadie como lo amaba a él. No había nadie más importante, nadie más hermoso, absolutamente nadie. Por eso, cuando el corazón humano de Matthew comenzó a fallar, a Francis le fue imposible no pensar en "la opción". Cada noche, al mirarlo, se preguntaba cómo sería tenerlo para la eternidad, aprovechar la oportunidad de jamás dejarlo ir como habían tenido que hacer Madeleine y Adéle, ya que él podía. Lo pensó durante años, pero se sentía cruel y egoísta cada vez que, mientras el chico dormía, acercaba los labios a su cuello.
Dejó pasar los años con la esperanza de que las cosas se arreglarían a sí mismas dejándolas seguir su ritmo, porque la verdad siempre había sido un poco cobarde. Y, sin embargo, otros vampiros se encargaron de hacerle ver su ingenuidad.
Era un aquelarre significativo en número (Francis contó veinticinco) más no en fuerza; quizá el primero en Canadá, aunque no conformado por americanos, sino por europeos que habían huido de la matanza de neonatos arrogantes. Una de las vampiresas integrantes había sido transformada por el mismo Francis décadas antes y parecía haber sorprendido a sus compañeros con las habilidades que le brindaba la sangre de un inmortal que había "caminado" por más de unos cuantos siglos. Ella los había animado a pedir ayuda al francés para que fuera algo así como un instructor para defenderse de los ataques, pero Francis los había rechazado porque habría significado para él un gran problema de haberse enterado alguno de los ancianos que se estaban encargando de la "limpieza". Con la responsabilidad autoimpuesta de cuidar de Matthew, no podía permitirse un riesgo de esa magnitud.
Era una fortuna que Matthew fuera impresionantemente fuerte para un humano, porque de cualquier forma la cosa había terminado en enfrentamiento y lo tomaron como rehén una vez que se enteraron de su existencia. Había sabido arreglárselas hasta el arribo de Francis, pero su condición no le permitiría sobrevivir mucho tiempo. Fue una mala decisión de su parte ocultar el dolor en su costado, producto de un desangramiento interno, por permitirle a su tutor pelear sin muchas distracciones. Cuando Francis se dio cuenta, su bebé ya estaba en el piso, respirando dificultosamente y con el corazón colapsando rápidamente.
Escuchando el casi imperceptible latir con un terror que nunca había experimentado, Francis ni siquiera lo meditó. Lo mordió. Le asustó aún más no poder beber de él como habría pasado en una situación normal.
No supo cómo lo hizo pero reaccionó de la forma más lógica en el momento en el que menos cordura le quedaba en la cabeza: Le dio su sangre sin esforzarse más en retirar la de Matthew de su cuerpo. No estaba seguro de lo que pasaría, no sabía si eso salvaría a su hijo, pero tenía que intentarlo. Después, lo llevó a la casa que usaba para dormir y, por primera vez en muchos años, rezó.
La conversión se dio increíblemente lenta y Matthew vomitó su propia sangre sobre Francis, pero el hecho de que funcionara borró la concepción del mayor de que la conversión tenía que lograrse lo más limpiamente posible.
Francis solo se aseguró de que Matthew estuviera bien antes de salir nuevamente. En la hora siguiente, él mismo se encargó de que todos los neonatos del aquelarre estuvieran muertos. Francis nunca se arrepintió de ello, aún cuando más tarde ese hecho le crease una fama que lo separaría del único hijo de sangre por el que habría dado la vida.
Aún ahora, a pesar de todos los años transcurridos, había ocasiones (como, por ejemplo, cuando escuchaba discutir a Arthur y a Alfred enfrente de su bebé) en las que miraba a Arthur y a penas contenía la rabia, los deseos de hacer con él lo que había hecho con el aquelarre de Quebec.
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Gilbert empezaba a sospechar que habían elegido el punto de reunión con base en sus ganas de molestarlo porque de verdad había demasiado ruido.
No era solo la cantidad impresionante de autos, ni el volumen de la música, ni siquiera las discusiones a gritos por todos lados. Eran los corazones (tal vez porque él les estaba prestando demasiada atención, pero no podía evitarlo con la sed casi permanente con la que había despertado).
Los corazones humanos latiendo frenéticamente y los corazones inmortales que latían lenta, pero anormalmente fuerte en los pechos de sus compañeros, habían pasado de ser una tentación a una fastidiosa cacofonía. Más aún, era imposible no está consciente de la presencia de los demás cuando podías sentirlos contra tu oído todo el tiempo, y no es que Gilber fuera antisocial o cosas así. Simplemente odiaba a la mayor parte de los vampiros presentes en el edificio.
Intentaba huir de ellos sin que nadie lo notase cuando chocó con uno de los suyos a penas al salir del hotel que Arthur había reservado para ellos (¡todo un hotel! Había sonado grandioso antes de darse cuenta de que, de hecho, no se aprovecharía para nada porque estarían en reuniones aburridas prácticamente todo el tiempo).
Lo que le sorprendió no fue el hecho de que no reconociera el latido, sino el que, para empezar, ni siquiera hubiese latido del cual hablar.
–¡P-perdón!
Gilbert encontró gracioso el tono excesivamente bajo de la persona, pero no tanto el hecho de que ahora todos sabían que había intentado escapar. De cualquier forma, no estaba molesto con el vampiro de rostro bonito y cabello sumamente familiar con el que acababa de chocar, si no con Francis.
–¡Oh, Matthieu!
Estúpido, escandaloso Francis que había gritado y corrido a abrazar a su bebé.
Suspiró mirando directamente al hombre (no tan pequeño como las descripciones de Francis lo hacían sonar) entre los brazos de su amigo francés. El otro respondió con una sonrisa tímida que pedía disculpas y parecía darle la bienvenida a ese "círculo social" salido del mismísimo infierno al mismo tiempo.
–¡¿Dónde demonios estaban ustedes dos? ¡Hace días que los quería aquí!
–¡Ugh, cálmate viejo!
Ese debía ser el "gemelo" del niño de Francis. Alfred, o algo así. Contrario a la silenciosa presencia de Matthieu, su voz y su corazón resultaban tan molestos como los de todos los demás.
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En este capítulo ya se están revelando algunos detalles de la "guerra vampírica" anterior y el papel de los personajes principales en ella. Hay que aclarar que para cuando Matt es convertido, la cosa todavía no está tan mal y los antiguos no se meten demasiado a menos que haya alianzas problemáticas. Más adelante, con los capítulos de Arthur y Alfred, se sabrá lo que pasó.
Lamento haber tardado en publicar de nuevo, no había tenido chance de nada. Me alegra no haber tardado un año entero para lograrlo, though XD En realidad, solo me hace falta organizarme mejor, darme un poco de tiempo para ponerme a escribir…
