HOLAAAA!
Al fin de regreso aquí con ustedes, llegue HOY a la 1:00 de la Madrugada, descansé un poco, me bañe y estuve actualizando en mi ordenador, y aquí va la primera Historia que termine, en estos días continuo subiendo los siguientes Capítulos de las otras Historias, cualquier duda o aclaración ya saben donde encontrarme...
Por cierto, las personas que gusten tener la Novela Original pueden mandarme un correo a Bloody Mary . 66 hotmail. com recuerden va todo pegado..
SALUDOS.
CUARTA
HERMIONE
Me abrí la muñeca con un firme corte del cuchillo y me dediqué a contemplar cómo la sangre brotaba de las venas. Esta vez no tenía mi vasija azul, solo un tarro de cobre, pero mis muñecas estaban llenas de cicatrices frescas y me arrastraba por la vida con la vista nublada.
— ¡Mione! —Me gritó mi dueño—. ¡Baja ahora mismo, Mione!
Me vendé la muñeca con indiferencia y bajé, alisándome la oscura falda y ajustándome la peluca de color azafrán que me identificaba como una vulgar ramera. Llevaba dos meses con esa indumentaria. Olía a cientos de hombres sucios: marineros, esclavos de las galeras, taberneros… En Brundisium, a trescientos kilómetros de Roma, había de todo.
— ¡Mione!
Me mareé mientras bajaba las desvencijadas escaleras, pero no se debía a la sangre. Aquellos días apenas me sacaba unas gotitas, aquellas horas furtivas que pasé en una fría celda que para mí era el paraíso: un hijo de Draco. La idea me espantaba, pero cuando posaba el filo del cuchillo en la muñeca, dispuesta a liberar un chorro de sangre que se llevara al niño por delante, mi mano se detenía. ¿Traer un niño a este mundo?, me decía, iracunda. ¿Una chica para que acabe siendo una puta como su madre? ¿Un niño para que muera en la arena como su padre? Pero no podía matarlo. Y aunque hubiera querido, creo que no lo habría conseguido.
El hijo de Draco el Bárbaro no se iba a asustar por un poco de sangre.
SEGUNDA PARTE
LUNA
En el templo de Vesta
Dean ha sido asesinado, ejecutado por traición. Mi esposo y primo, muerto.
Tuve que asistir a la ejecución. Sus ojos acusadores me miraban cuando los guardias se lo llevaron.
Está muerto, y yo me he quedado sola.
— ¿Rubíes nuevos, Luna? —me pregunta Severus en su siguiente visita.
—Un regalo de mi tío. —Rodean mi garganta como un lazo de llamas escarlata. - Le gusta que vaya de rojo, no de verde. «A mi mujer le gusta el verde —me dijo una vez—, y lo odio. Deberías ir de rojo.»
—Las joyas son una forma de pedir disculpas —comenta Severus con calma—, de decirte que no te echa en cara los pecados de Dean.
—¿Pecados? ¿Qué pecados? —mi voz suena como un grito, las palabras brotan de mi interior como un torrente. Cuando le hablo de las voces que oigo en las sombras y los ojos que me observan desde los rincones, Severus parece preocupado. Me pide que me siente en un banco de mármol en el atrio y se pone a charlar sobre temas mundanos. Es un gran alivio para mí. A veces, me recuerda a mi padre.
—Puedes sentir dolor por Dean —me dice Severus—, nadie te culpará por ello.
Dean nunca se portó bien conmigo. Pasadas un par de semanas, empezó a dormir en su propia cama y solo nos veíamos a la hora de cenar. Me miraba de un modo extraño, y entonces me daba cuenta de que había vuelto a hablar sola y a morderme las uñas hasta hacerlas sangrar. Se enfadó conmigo cuando me negué a comer en su suntuoso triclinio nuevo, con bestias doradas esculpidas en la pared.
—Veo sus ojos —le dije en voz baja—, y me observan.
—¡Por los dioses, Luna!
Pero siempre veo ojos. Sobre todo, los de mi tío. Me dice que debo llamarle «tío», en lugar de «señor y Dios».
—También los señores y los dioses deben tener a alguien que no los tema.
Pero yo tengo miedo, y él es señor y Dios, por lo menos de mi mundo.
—Como pizarras —le digo a Severus— sus ojos son como pizarras.
De nuevo, parece turbado.
—¿Te encuentras… bien, Luna?
Vesta, sagrada madre, diosa de la tierra y el hogar… Cuánto envidio a tus vestales, rodeadas de silencio en el templo, con sus túnicas blancas, intactas, sin que ningún hombre las haya tratado con dolor y muerte. Hubiera deseado ser una vestal. Allí siempre me siento segura, y no veo ningún ojo.
Vesta, protégeme. Solo tengo fe en ti.
VIII
PANSY
88 d.C.
Ni mis nuevas perlas podían consolarme.
—¡Sal de aquí! —Grité a Iris, y le lancé un frasco de perfume—. No aguanto más tu cara de estúpida. ¡Fuera!
Se marchó entre sollozos. ¡Qué vaca estúpida! Convertía mi pelo en un pajar cada vez que lo tocaba. La enviaré al mercado de esclavos y me buscaré una nueva doncella. La esposa de un senador no se merece menos.
Pero ¿acaso importaba que mi pelo pareciera un pajar? ¿De qué me servía, si nadie lo podía ver?
— ¿Pansy? —Escuché el habitual toque a mi puerta—. He oído un golpe.
—Solo ha sido una botella de perfume, Severus. Se le ha caído a Iris.
Preparé mi sonrisa cautivadora. Mi marido entró y me besó en la mejilla. Su fealdad desentonaba en mi hermoso dormitorio verde y plateado. Como de costumbre, olía a tinta.
— ¿Estabas en la biblioteca, como siempre?
—No encuentro los Comentarios de Cicerón.
—Los esclavos no te guardan bien las cosas. Deberías tener más mano dura.
—No es necesario. Rebuscar en las estanterías es muy divertido.
¡Divertido! Pansy Parkinson, la envidia de Roma, casada con un hombre que se entretiene ojeando pergaminos.
—¡Qué dulce! —murmuré.
— Y tú, ¿qué tal? —Sus ojos se fijaron en los míos—. ¿Te estás divirtiendo?
—Todavía no he desembalado la mitad de mis cosas. Y la ciudad… —añadí, e hice un gesto de desprecio con la mano—. Bueno, puede que Brundisium no sea Roma, pero imagino que encontraré algo que hacer. En el teatro están reponiendo Fedra. Ah, y me he comprado más perlas. Eran tan bonitas que no me he podido resistir.
—Cómprate lo que quieras —dijo Severus con una sonrisa—. ¿Ves? Te dije que un poco de paz te vendría bien.
—Quizá tenías razón.
Tuve que aguantarme la risa.
—Theodore vendrá a cenar esta noche, con unos amigos. Será como una pequeña fiesta. Te lo pasarás bien, ya verás.
Una pequeña fiesta. El serio de Theodore, el hijo de Severus, y un puñado de viejos que se pondrán a hablar de la República. Después de pasarme cuatro años cenando en compañía de senadores, de gobernadores de provincias, de los patricios más importantes de Roma…
—Claro que me divertiré, Severus. Le diré al cocinero que prepare ese venado al romero que tanto le gusta a Theodore.
—Le he pedido que venga pronto. A Sabina le encantan sus cuentos antes de irse a dormir.
—¡La mimáis demasiado! —protesté—. Ya tiene un ama para contarle cuentos.
—Pero ella prefiere a Theodore, ¿qué le vamos a hacer?
Volvió a besarme en la mejilla. ¡Aghs, el olor a tinta! y se retiró lentamente.
Esperé a que estuviera lejos y tiré otra botella de perfume a la puerta. ¡Odio a Severus! Lo odio, lo odio, lo odio.
Theodore bajó su espada al ver el gesto de dolor de su contrincante.
— ¿Estás bien, Vero? ¿Te he…?
Vero se incorporó de repente y plantó su espada en el cuello de Theodore.
—¡Te pillé! Sabía que picarías. ¿Te rindes?
—Me rindo.
Enfundaron sus espadas, abandonaron el caluroso círculo de prácticas y se encaminaron hacia el cuartel de la Guardia Pretoriana.
—Tienes que entrar a matar, Theo. Eres el bisnieto de Albus, pero peleas como una gallina.
Theodore lo derribó con una llave y lucharon por el patio bañado por el sol. Un par de pretorianos se apartaron de su camino, maldiciéndolos entre bromas.
— ¡Ríndete! —gemía Theodore, mientras clavaba los pulgares en la garganta de Vero.
—Me rindo, me rindo.
Entraron en los baños pretorianos, se quitaron las túnicas manchadas de sudor y se dejaron caer en el vapor caliente del laconicum. Entre las nubes de vapor, Vero buscó a tientas el escanciador de vino.
— ¿Vas a ir a la cena de Montague esta noche?
—No puedo —dijo Theodore, pasándose una toalla por la frente.
—¿Tienes otra fiesta? —se rio Vero—. ¿Una cena íntima para dos?
—No.
—Venga, suéltalo. Con esa cantante a la que estás cortejando… ¿Cómo se llama? ¿Antonia?
—Mione. Y no, no es con ella.
—No te culpo, es una buena pieza. Pero sale un poco cara, siempre hay que hacerle regalitos.
¿Cuánto te va a costar esta cena íntima?
—Voy a cenar con mi padre, imbécil. Está en la ciudad.
—Vaya, así que con tu padre… Pensaba que nunca salía del Senado.
—¿No te enteras de nada? El Senado no se reúne en verano. Cierra, como las escuelas.
Theodore indicó a los empleados de los baños que se marcharan cuando se acercaron con aceites y estrígilos. No se sentía cómodo mientras un esclavo lo frotaba. Los soldados tenían que saber cuidar de sí mismos.
—Entonces, igual le hago una visita a la cantante de tu parte. Ya le diré que la echas de menos mientras tú estás escuchando a la columna vertebral del Imperio loando las virtudes de la República en verso alejandrino.
Vero gimió de placer mientras el empleado de los baños pasaba un estrígilo por su espalda, arrancando el sudor.
—O igual le digo que estás cortejando a esa madrastra tan sensual que tienes.
—¡Eh!
—Oh, no empieces. Solo estoy expresando mi sincera admiración por esa apetitosa criatura que resulta que, legalmente, es tu madre…
Theodore le tiró una toalla. En la subsiguiente pelea, derribaron una bandeja de aceites de baño.
Theodore indicó a los esclavos que lo dejaran, y colocó los frasquitos en líneas perfectas.
—¿Sabes? —comentó Vero, tumbándose en una mesa de mármol y haciendo una seña al masajista—. Nunca pensé que tu padre acabaría casándose con una cría tres veces más joven. Mi padre, el viejo cabrón, cuadriplica la edad de la suya, pero el tuyo…
Theodore se pasó el estrígilo por el brazo, recogiendo el sudor. Recordó que había pensado lo mismo. «Padre, esa Parkinson… Bueno… es una niña —le había comentado cinco años atrás—. Lo siento, sé que no debería…» Su padre sonrió y le dijo: «Es un comentario natural Ya sé lo que la gente piensa: el hombre maduro con una mujer joven.
No me importa ser el hazmerreír de los demás». Un airado color inundó las mejillas de Theodore. Nadie iba a burlarse de su padre mientras estuviera él delante. «¿Quién se ríe?», le preguntó. «Todo el mundo», contestó Severus con frialdad. «Si alguien dice algo de ti…», comentó Theodore, enfadado, a lo que su padre respondió: «No te alteres, hijo. Dicen que he perdido la cabeza por una jovencita que podría ser mi hija. No saben que son órdenes del emperador, en contra de mi voluntad. Aunque creo que Pansy y yo podemos llegar a llevarnos bien —Severus sonrió—. No me hago ilusiones, Theodore, no a mi edad. Pero a Pansy le caigo bien, y puede ser agradable».
Por desgracia, Theodore sabía bastante bien que su madre no había sido demasiado… agradable.
«¿Agradable? —le dijo una vez su tía Minerva—. Theodore, era una zorra.» «Tía Diana…», intentó protestar, pero fue incapaz de refutar aquel argumento. Solo tenía tres años cuando su madre se divorció y diez cuando murió, pero se acordaba de sus gritos y de cómo destrozaba las cosas cuando se enfadaba. Recordó que una vez tiró uno a uno los ciento cuarenta y dos volúmenes del Ab Urbe Conditi de Tito Livio a la fuente del atrio. «No era una edición muy buena», había comentado con calma su padre.
Bueno, si su padre quería algo de paz a su edad, bienvenido sea. Pero nadie iba a burlarse de él, por lo menos no delante de Theodore Notte Snape Dumbledore Norbano.
Vero seguía hablando, con la voz ahogada contra la mesa de masaje de mármol.
—Ya sé que eres reacio a pedirle ayuda a tu padre, aunque no veo por qué. Si fuera mi padre, ya le habría pedido una prefectura. Pero si no quieres que te transfieran al frente de Germania, pídeselo por mí.
—¿Sigues soñando con guerras y gloria a orillas del Rin?
—Todas las noches. Siempre me despierto justo cuando el emperador me concede una corona de laurel y me ofrece un triunfo. ¡Ojalá hubiéramos estado con él en Tapae!
—Parece que se las arregló bastante bien sin nosotros.
—Bueno, Riddle ha salido al emperador Gellert, hay que reconocerlo. Pídele a Horce Slughorn que te cuente sus campañas con Glllert en Judea, tiene unas historias tremendas…
Cuando Theodore era pequeño, su mayor sueño era salvar algún día la vida del emperador.
Interponerse en el camino de un dardo envenenado, derribar a un asesino de una puñalada, aplacar a toda una horda de bárbaros. Sueños infantiles. Pero servir… solo servir. «Ser un Dumbledore significa servir», le había enseñado su padre. Hacer que su padre se sintiera orgulloso era mejor que cualquier corona de laurel o cualquier triunfo.
—Eh, despierta. Tienes que ir a agachar la cabecita y adular a papá y a su encantadora esposa —dijo Vero, y guiñó el ojo—. Yo le daré recuerdos a Antonia de tu parte.
—Se llama Mione.
—Igual le doy algo más…
Theodore le tiró un rascador.
—¡Lino!
Escuchó el grito en cuanto cruzó la puerta de la casa de su padre, y le temblaron las rodillas de emoción. Theodore soltó una carcajada y se agachó para abrazar a su hermanastra de cuatro añitos.
—¡Cómo has crecido, Vibia Sabina! Ya eres toda una dama. Acarició el cabello castaño de la niña, que sonrió. Era pequeñita, delgada como un pajarito y tenía una carita brillante. Se puso muy contento cuando nació, pues siempre quiso tener una hermana. Era muy frágil, y a veces tenía pequeños ataques epilépticos, pero su sonrisa era preciosa. Severus los contempló sonriente mientras cruzaba el atrio con su piscina de baldosas azules y complicados mosaicos.
—¡Sabina! ¿Qué modales son esos? —dijo Pansy, haciendo una brillante aparición envuelta en seda rosada y roja y engalanada con perlas rosas.
Ella también estaba preciosa. Theodore no podía creer que fuera la madre de Sabina.
Parecía demasiado dulce e inocente como para llevar a un niño en brazos, y mucho menos para soportarlo. La carita graciosa de Sabina se puso seria e hizo una solemne reverencia. Theodore la saludó al estilo pretoriano y le guiñó un ojo.
—Así mejor —dijo Pansy—. Ahora puedes retirarte. ¡Severus! Han llegado tus invitados.
Sabina desapareció como un rayo amarillo. Su madre, como un ave del Paraíso, se dirigió tras ella al triclinio de mármol con vetas grises. Severus se giró tras la brillante estela de Pansy.
—Siento no haber escrito antes, Theodore. Ya sé que ha sido una llegada repentina.
—Me pregunto… ¿cambio de planes?
—En efecto —contestó escuetamente Severus—. Te lo explicaré más tarde. Bueno, creo que ya conoces a casi todos mis invitados. Silvanus Kletteburn, Filius Flitwick, ese insoportable Hebert Beery de los septemviri. Es listo, pero…
Las cenas en casa de su padre eran escasas y muy parecidas. Los mismos invitados hablando en voz baja en sus cojines, la misma cena sencilla, el mismo orador de barbas blancas declamando versos en griego. (¿Por qué los oradores griegos siempre tenían barbas blancas?) Las mismas bromas filosóficas circulando por los colchones. Cuando era niño, esas cenas siempre le habían aburrido mortalmente. Y todavía lo hacían, pero ahora sabía que su padre reunía a la mesa a las mentes más preclaras del Imperio. En cuanto empezaban a citar a Platón (algo habitual), Theodore se perdía, pero se sentía cómodo recostado entre cojines contemplando a su sencillo padre tan a gusto entre los mayores sabios de Roma. Resultaba reconfortante saber que tu padre era tan brillante como creías de pequeño.
Aquellos días tenía mejor aspecto. Parecía más limpio, más distinguido. Por supuesto, era todo obra de Pansy. Theodore miró de reojo a su madrastra que, recostada en los cojines, tomaba uvas de una bandeja de plata. La estirada línea de su cuello era muy joven y, en cierto modo, frágil. Apenas abrió la boca durante toda la velada. Theodore sintió cierta simpatía por ella. Seguramente se encontraría un poco perdida, casada con un hombre tan brillante. Era muy joven (veintiuno, dos años menos que él). Apenas parecía más mayor que cuando la vio por primera vez, a sus dieciséis años, envuelta en el velo rojo de novia. Le sonrió.
PANSY
No me aburría tanto desde… ¡Buf! No sé. El aburrido de Severus, sus aburridos amigos, ese aburrido orador griego y todas esas aburridas discusiones sobre el destino del Imperio. Cuando me parecía que por fin iban a animarse, alguien sacaba otra vez el tema de Platón, o alguno de los malditos tratados de Severus.
—Considero muy interesantes tus comentarios sobre el descenso de nacimientos, Norbano — decía el senador Sulpicio, o Graciano o alguno de esos pesados.
Y seguían una hora más, hablando sobre los horribles tratados de Severus, que me tuve que leer el año pasado para hacerle feliz. Todos le pedían que lo leyera en voz alta, pero gracias a los dioses no lo hacía, aunque se veía que estaba ardiendo de vanidad. Qué hombre más tonto. A nadie le importaban sus tratados, solo querían comer gratis. Se veía a la legua. Pero el estúpido de mi esposo no se daba cuenta.
Theodore fue el último en marcharse. Insistió en que Severus lo acompañara arriba a dar las buenas noches a Sabina. El modo en que miraban la camita me dio ganas de vomitar. No sé por qué estaban tan orgullosos de ella, si no se parecía en nada a mí. Ni siquiera la podía presentar en sociedad, con esos ataques que le daban en público, venga a contraerse y a babear… Tenía que haberme imaginado que un hijo de Severus saldría deforme. Y era hija de Severus, eso estaba claro.
—Parece que la fiesta ha sido un éxito, querida —dijo Severus cuando por fin despedimos a Theodore.
—Sí, cariño —respondí sonriendo.
Severus tomó mi mano y se la llevó a los labios. Me incliné para besarlo, y tomó mi rostro entre sus manos.
—¿Quieres pasar esta noche conmigo? —le dije maliciosa. Tenía mi propio dormitorio (¡tuve que insistir para conseguirlo!), y Severus no se atrevía a entrar sin mi permiso. Pero de vez en cuando le permitía pasar. Con esas pequeñas muestras de afecto lo tenía feliz y así pagaba mis gastos.
—Lo haré encantado, después de contarle a Sabina su cuento de buenas noches.
Sabina, siempre Sabina. Se le caía la baba con esa niña estúpida. A veces me preguntaba si no habría sido un error tenerla. No quedaba bien que mi propia hija me arrebatara el afecto de mi esposo.
Sonreí y susurré:
—Qué buen padre eres.
Seguí sonriendo hasta que sus pasos desaparecieron en su habitación. Entonces, saqué la lengua.
Corrí de regreso a mi dormitorio, contemplado mi reflejo en el espejo de acero bruñido mientras Iris me quitaba los alfileres del pelo. El vestido rosa y rojo me quedaba muy bien. Tenía cuerpo para el rojo, algo poco común. Incluso Luna, la sobrina del emperador, parecía cetrina con su velo nupcial rojo.
Pero el mío…
Mi boda había sido sensacional. El vestido blanco, el velo carmesí, la procesión, el sacrificio en el templo… Todo salió perfecto. Bueno, a excepción de Severus, que parecía un viejo. Sin embargo, no me costó mucho ignorarlo. En la boda, la novia es la estrella.
Incluso un par de gladiadores combatieron en mi honor.
No, no fue el Bárbaro. Su lanista se lo llevó de gira por provincias. Seguramente, tenía miedo de mi reacción si volvía a asomar su cara por Roma. Y hacía bien. Lo habría lanzado a los leones sin dudarlo, y todavía lo haría. ¡Imagina si se hubiera atrevido a aparecer en mi boda! Bueno, fue un día maravilloso, sencillamente maravilloso. Pero la noche… Como manda la tradición, Severus tendría que haber cruzado la puerta de casa conmigo en brazos, pero era demasiado anciano y débil. Fue Theodore quien me llevó, y luego todos se marcharon y me dejaron a solas con mi esposo en una habitación oscura.
— ¿Qué le ha pasado a tu pelo? —me preguntó Severus cuando me quité el velo, señalando los pequeños rizos que Iris se había pasado media mañana creando con sus pinzas. Después de que Draco me pelara, me había encargado de ir siempre con la cabeza cubierta hasta que creció algo de pelo.
—Me atacó una vieja con unas tijeras en un callejón —comenté cándidamente—. Seguramente mi pelo esté ahora adornando la peluca de alguna matrona calva.
Esa fue la historia que le conté a mi padre cuando regresé a casa de la calle de Marte con un palmo de pelo rasurado. Podía haber mandado a Draco a los leones, pero entonces tendría que haber explicado a mi padre qué hacía yo en su celda, y la indulgencia de mi padre tenía sus límites. No, mejor encargarme de Draco el Barbaro en su momento.
Pero cuando, un año más tarde, Draco regresó de su gira por las provincias, mi padre había sido ascendido de organizador de juegos a pretor, y ya no había nada que hacer. Ya me tomaría mi venganza en otro momento. Siempre me salía con la mía.
—Por lo menos solo te arrancó el pelo —comentó Severus, preocupado.
Le ofrecí mi sonrisa más encantadora, su mirada se volvió tierna y tomó mi mano.
—Pansy, quiero dejarte clara una cosa —dijo mientras se sentaba junto a mí—. Lo que suceda a partir de ahora es cosa tuya. Si quieres que este matrimonio lo sea solo en apariencia durante un tiempo, lo entiendo.
—No seas tonto, Severus —dije con voz graciosa y juguetona—. Quiero ser una esposa de verdad, con hijos…
Seguí hablando de esos temas y sus ojos se inundaron de pasión. Finalmente, me acerqué a él y lo besé, y eso fue todo.
No fue tan terrible, una experiencia para nada traumática. Severus se portó como esperaba: fue cariñoso, tierno, cuidadoso. Quizá demasiado atento. No quería que me trataran como si fuera de cristal, prefería un poco de… movimiento. Por supuesto, gemí y lo miré encantada y le dije que había sido maravilloso, y nunca sospechó que cuando cerraba los ojos era porque no podía mirar a su hombro desnudo sin sentir asco. Pero mereció la pena, porque me dejaba hacer todo lo que quería. Ira cualquier sitio, gastarme el dinero que me viniera en gana.
Suspiré, pasándome el peine de plata por el cabello. Fueron unos años gloriosos. Severus se pasaba el día en el Senado y yo me escapaba todas las noches para ir a fiestas.
A veces me sentía orgullosa de Severus. Nunca pensé que aguantaría tanto casada con él. En menos de un año podía haberlo cambiado por alguien más joven y apuesto. Pero pronto aprendí que un viejo senador permisivo es mejor que un joven soldado celoso.
—¿Te molesta que salga tanto? —le preguntaba siempre—. Me encantan las fiestas y el teatro, cariño. No soy tan brillante e intelectual como tú.
Severus me besaba en la mejilla y me contestaba:
—Pues claro que no. Eres joven, preciosa y encantadora. Sal y diviértete.
Siempre le daba las gracias con mimos antes de escabullirme para mi ronda de fiestas. ¡Y qué fiestas! Vino, música, hombres guapos que me agasajaban con cumplidos, que se arremolinaban alrededor de mi sillón y me decían lo preciosa que era. Esos hombres no se habrían fijado en mí un año antes, pero ahora me deseaban porque era la señora Pansy Parkinson y tenía un marido viejo y atontado que me dejaba hacer lo que quería.
Me había convertido en la mujer más hermosa de Roma.
Aprendí a pintarme el rostro para parecer más elegante que provinciana. Aprendí a anudarme la stola al hombro de modo informal, para que pareciese que la seda podía caerse en cualquier momento. Aprendí a contonearme y moverme envuelta en telas.
Aprendí a reírme con la mirada y a prometer placeres ocultos con las pestañas. Aprendí la delicada jerga de la corte que manejaban quienes estaban a la última. Me enteré de que mi padre era tenido por una persona bastante vulgar, y no convenía que se me viera mucho con él. Aprendí que había pociones que podías tomar para evitar quedarte embarazada. Aprendí que una mujer casada podía hacer lo que quisiera siempre que a su esposo no le importase, o por lo menos no lo viese. Aprendí muchas cosas.
—¿Cómo soportas estar lejos de Sabina? —me preguntaba Severus, con cara de pasmado ante la cuna después de que naciera nuestra hija.
—No quiero malcriarla, cariño —le respondía, y salía, con mi sedas de color jade o zafiro enseñando más los hombros que nunca (gracias a los dioses, el embarazo no me había hecho perder la figura), al encuentro de senadores, soldados y tribunos, porque una mujer casada que tiene un hijo que es indiscutiblemente de su esposo puede hacer lo que le venga en gana.
—Llevo tanto tiempo deseándote —me dijeron Adrian Pucey y Jordan Lee, y aquel maravilloso guerrero africano que no hablaba mucho pero que sabía darme lo que yo quería. Me molestó bastante cuando Draco lo mató en el Coliseo.
Severus no sospechaba nada, eso también aprendí a conseguirlo. Era todo maravilloso: las fiestas, las joyas, los banquetes y los hombres. Pansy Parkinson, la estrella de Roma. Siempre supe que lo lograría, siempre. Me lo merecía.
Pero, de repente, todo terminó. Acabé atrapada en Brundisium, una pequeña ciudad costera, bonita y con lujosas villas veraniegas, un puerto de color azul zafiro y muchos idiomas exóticos resonando en sus muelles, a cien leguas de Roma. Y Severus, siempre atento y servicial, de pronto serio como una piedra.
La voz de Iris interrumpió mis pensamientos.
—¿El camisón, domina?
—Sí.
De repente, sentí asco de la stola roja. El color de las novias, el mismo que llevaba cuando me casé con Severus. Por su culpa estaba encerrada aquí.
Iris se retiró, y contemplé mi reflejo en el acero bruñido. Resultaba atractiva. Mi pelo había vuelto a crecer y caía hasta la cintura en una cascada negra. ¿Cómo podía mi esposo negarme algo?
—Y después, ¿qué pasó? —murmuró Sabina, bostezando.
—Mañana terminamos el cuento, cariño. Estás medio dormida.
—No, no… estoy.
Bostezó de nuevo, y Severus acarició su cabello castaño. Era sedoso como el de su madre. Sonrió, agradecido a Pansy por haberle dado a Sabina. Su primera esposa nunca quiso tener hijos. Theodore había sido un accidente del cual siempre culpó a Severus. «Pues espero que realmente sea por mi culpa, Lily», le contestó, bromeando. Lily agarró un busto de mármol de su padre y se lo tiró. «Yo no soy como Lily», le había dicho Pansy con su tono adulador, y en menos de un año de matrimonio tuvieron a Vibia Sabina.
—Buenas noches —dijo Severus con cariño a su hija, cuando se retiraba.
—¿Severus? —Pansy lo llamó al oír sus pasos—. Cariño, ven, hace frío en ese pasillo.
Lo recibió una sonrisa acogedora, mientras ella se apartaba del espejo. Su pelo negro le caía por la espalda y en sus mejillas se formaron dos hoyuelos.
—Siéntate, Severus. He calentado algo de vino.
Le devolvió la sonrisa y se dejó llevar al calor.
IX
El combate era contra un tracio armado con red y tridente, muy reputado en Sicilia pero que temblaba al encontrarse frente al Bárbaro en el Coliseo. Draco lo mató con rapidez y sin miramientos, atravesándole la garganta con su espada, y se marchó por la Puerta de la Vida. Sus admiradores gritaban de alegría, y el demonio bostezó y se retiró a dormir al fondo de su mente.
—Muy bien, muchacho —lo felicitó Blaise sin levantar la vista de sus cuentas cuando se presentó ante el médico para su revisión habitual—. Puedes salir a emborracharte si quieres. Intenta volver antes de que sea de día, ¿vale?
En la taberna se encontró con la masa de admiradores de siempre y se produjo el habitual lanzamiento de jarras de vino contra las ventanas. La gente ya había aprendido a guardar las distancias. Estábamos en julio, las calles hervían bajo un sol abrasador y todo el mundo sabía que el humor del Bárbaro empeoraba con el calor del verano. Una muchacha se le acercó con una sonrisa nerviosa.
—Soy Astoria —dijo con timidez mientras Draco bebía directamente de un barril de cerveza—. Eres el Bárbaro, ¿verdad?
Draco alzó la vista. Ojos azules, cabello rubio… Serviría.
—Te he visto en el anfiteatro… Eres un gran guerrero…
Draco le indicó con el pulgar las escaleras, que conducían a un cuartucho que el tabernero le dejaba usar. La muchacha sonrió y corrió hacia la cama. Una chica poco exigente. No le importó cuando Draco se dio la vuelta nada más acabar y se quedó callado. A ninguna de las decenas de chicas con las que se acostó en esos años le importaba. Incluso parecía que les molestaba si hablaba, como si al abrir la boca estropeara su magia. Querían un Bárbaro melancólico, silencioso e intacto.
A él le parecía bien. No quería volver a hablar con una mujer… Nunca.
Veía a Hermione en todas partes. Todas las trenzas oscuras eran la suya, todas las caderas estrechas en las que se apoyaba una cesta eran la suya. Cientos de veces al día sus esperanzas se veían frustradas.
Era una agonía, pero la añoraba. La agonía era mejor que el olvido.
Su rostro estaba empezando a difuminarse en su recuerdo. El perfil exacto de sus ojos, nariz y boca se iba desdibujando. A veces se sentaba y cerraba los ojos, intentando recordarla hasta que le dolía la cabeza. Si olvidaba su rostro, lo olvidaría todo: cómo acariciaba sus cicatrices, cómo lo animaba a hablar, cómo lo convencía de que los demonios, la sangre y la pesadilla no eran reales.
Seguramente ya estaría muerta.
Dejó a la muchacha rubia y recorrió en silencio los oscuros callejones de regreso a la calle de Marte. Los guardias de Blaise le dejaron entrar sin cruzar palabra. El gladiador estrella no tenía toque de queda. Blaise incluso le daba una asignación. Todo muy civilizado, excepto la muerte.
Su gatita se alegró al verlo entrar en la habitación. Enroscada en su almohada, mordisqueaba un guante de cuero.
—Es el tercer par de guantes que me estropeas este año —gruñó Draco.
La Gatita meneó el rabo y saltó al fondo de la cama. Había perdido una pata en el ataque de aquellos perros callejeros, pero se manejaba muy bien con las otras tres. Draco se tumbó en la cama con un quejido de dolor. Sus huesos protestaban. El animal se hizo un ovillo entre sus rodillas.
—Tienes buen olfato para los sitios suaves, ¿eh? ¡Maldita Gata!
Acarició su oreja sedosa, y su mirada oscura le recordó a Hermione.
HERMIONE
Vestido gris, brazaletes de plata, pelo recogido en una trenza: mi uniforme de combate.
—¿Mione? —Preguntó Lavender, asomando su cabeza de rizos rubios en mi limpia habitación—. ¿Sabes que tienes que cantar en la fiesta antes de la cena que organiza el senador Abracto?
—Sí, estoy lista —contesté mientras ajustaba un último brazalete y cogía mi lira.
— Ron va a ponerte de escolta a un gran esclavo. Esos aurigas pueden ponerse muy brutos.
—Qué considerado —sonreí.
Ronald, mi querido amo. ¡Cuánto lo quiero!
Después de que Pansy Parkinson se deshiciera de mí como de un trapo viejo, sobreviví durante tres meses en un burdel portuario. Tres meses de hombres sudorosos y gruñones: aguantaba hasta que terminaban y los olvidaba en cuanto se iban. El pequeño que crecía en mi interior me salvó. El dueño del lupanar me obligó a tomar pociones para perder al bebé, pero las vomitaba todas. Cuando mi vientre fue demasiado abultado para prostituirme, me pegó y buscó alguien para deshacerse de mí.
Acabé en una bonita villa junto al bullicioso foro de Brundisium, ante mi nuevo amo, un hombre fortachón y de rostro rosado. Otro proxeneta, supuse.
«Mi mayordomo me ha dicho que tienes una voz preciosa, muchacha.» Su educado acento patricio me sorprendió, igual que la amabilidad de los ojos que me evaluaban. «Te oyó cantar en el alféizar de algún detestable tugurio del puerto. No quiero saber lo que estaría haciendo él en aquel barrio, sus preferencias recreacionales no me incumben, pero su gusto musical es casi tan bueno como el mío. Dime, ¿puedes cantar para mí Ojos de Citera?»
Tras una hora de recital en el soleado atrio, mi nuevo maestro —que, por lo visto, no era un proxeneta— llamó a la liberta que más o menos era su esposa. «Lavender, espera a ver la nueva adquisición ¿Cómo te llamas, muchacha? ¿Hermione? ¡Es maravillosa! ¿Quién lo hubiera pensado? Hay que darle clases desde ya mismo. Una voz como esta hay que entrenarla, cuidarla, darle forma. ¿Sabes tocar la lira? También te enseñaremos. Haremos de ti una cantante. ¡Prénsatelo!» «Anda, calla, Won Won —dijo Lavender entre risas—. Estás confundiendo a la pobre chica.»
La muchacha me lo explicó todo mientras me instalaba en un cuartito tan aseado y limpio que me sentí sucia en su interior. «Ron compra músicos, es su afición. "La granja de Won Won", llaman a este lugar. Esta casa está llena de flautistas, percusionistas, tocadores de laúd, un coro masculino… No me mires así, mujer. En esta casa los chicos también cantan. Ron solo adquiere lo mejorcito. Tiene muy buen ojo para los talentos.»
«Y él, ¿qué gana con esto?», pregunté. Me dio una palmadita en el hombro y contestó: «El placer de escucharte cantar. No tienes que preocuparte por nada, querida. No molesta a los esclavos. Está casado con una mujer engreída que vive en Roma. No va mucho a la ciudad, y aquí me tiene a mí. Y dime, ¿para cuándo esperas al bebé? Ya falta poco, ¿no? Mejor que duermas con los pies en alto…».
El niño nació pronto, berreando como un demonio y empapándome en sudor como una túnica mojada. Mi nuevo amo no podía esperar para que comenzara mi instrucción.
«Tendrás que estudiar esto a fondo, muchacha. La Armonía de Aristóxeno. Es fundamental que comprendas los microtonos enarmónicos.»
«Ron, por favor —protestaba Lavender—, solo hace treinta y seis horas que acaba de dar a luz.
¡Un bebé bastante grande, por cierto!», añadió, observando el morado paquete chillón que era mi hijo. «¡Enorme!», comenté.
«Pero es que no comprende la diferencia entre la nota más alta de un parthenios aulos y la más baja de un hyperteleios», protestó Ron.
«Quiero comenzar mi formación», intervine antes de que Lavender pudiera replicar. «Quiero empezar ya.» El hijo de Draco había venido al mundo aullando, mordiéndose con furia su propio puño, con algo de pelo en rizos rubios en su suave cabecita. No podía mirarlo sin sentir un pinchazo de amor y nostalgia atravesándome la garganta. Me resultaría más sencillo pensar en las notas de un parthenios aulos que en el nombre que le iba a poner.
Ron se puso manos a la obra. Me pagó clases de canto y de lira, criticó minuciosamente mi técnica, me enseñó trucos para interpretar mejor. «No intentes complacer a la audiencia, Hermione. Tienes que ganártelos.» ¿Dónde habría aprendido todo aquello? Era un patricio educado en leyes, que nunca había actuado ante una audiencia. Cuando le replicaba, me decía: «Debes partir de la premisa de que, en cuestión de música, siempre tengo la razón».
Lavender me bañaba en leche para aclarar mi piel tostada, me lavaba el pelo con salvia y flor de saúco para darle brillo, untaba mis manos con mantequilla para suavizar sus asperezas. «Ahora eres una artista», me decía, enseñándome las normas de cortesía a la mesa y de la conversación elegante.
«Necesitas un nombre artístico, que sea atractivo y digno. No sé, Calíope, o Erató, las musas del verso épico y la poesía…»
Así, pasé de ser Leah de Masada, Thea de Draco y una prostituta sin nombre, a convertirme en el nuevo ruiseñor de Ron. Al fin y al cabo, la vida era hermosa. Todos los músicos de Ron llevaban un pequeño anillo de cobre con el nombre de su dueño grabado, pero no era un propietario muy estricto.
De hecho, la vida era tan agradable que parecía mentira que hubieran pasado cinco años. Cinco años de clases de canto, de práctica con la lira, de conversaciones con invitados y charlas con Ron sobre la interpretación de las canciones. Cinco años dedicados a la música: cenas íntimas que pedían suaves baladas de amor, bulliciosas fiestas militares donde solo se escuchaban alegres canciones sobre el alcohol… Cinco años.
Como llevo haciendo los últimos años, terminé de acicalarme con mi vestido gris y mis brazaletes de plata. Cogí la lira y fui a comprobar que mi hijo dormía antes de salir. Tenía ya cinco años y un nombre, pero no el de su padre. No volví a acordarme de su padre, nunca más.
—Me han contado que últimamente andas rondando a una laudista, ¿o era una bailarina?
Theodore se rascó la mandíbula.
—Te enteras de todo, padre.
—Me gusta mantener los ojos bien abiertos, hijo —dijo Severus con voz alegre.
—Es una gran artista —dijo Theodore con firmeza.
—No lo pongo en duda, sea quién sea.
Se internaron en el jardín cubierto de parras. Theodore tenía que ralentizar su paso para seguir el caminar pausado de su padre. Los helechos brillaban bañados por la luz del sol y el agua repicaba en la fuente de losas azules. De vez en cuando pasaba un esclavo, cargado con ánforas o cestas de ropa sucia. Todos sonreían al cruzarse con su amo.
—¿No va siendo hora de que te cases? —Comentó Severus—. Me apetece tener una nuera.
—¿Y dónde la voy a meter? ¿En el cuartel de la Guardia Pretoriana? Los dioses del lugar se echarían a temblar.
—Podría vivir aquí mientras estás en campaña. Esta casa es lo bastante grande para dos mujeres.
—¿En serio? —comentó Theodore, con dudas.
Severus se echó a reír.
—Pansy no es celosa. Le encantará tener compañía.
—Pero ya tiene sus amistades, ¿no?
—Sí, no siempre el tipo de amigos que me gustarían para ella. Pero una joven de su edad, en la misma casa… Le vendría bien. Y a ti también, hijo.
—¿Desde cuándo un solterón como tú se dedica a ensalzar las virtudes del matrimonio? —preguntó Theodore sonriendo.
—Recuerda que ahora estoy casado.
Theodore contempló a su padre. Era la viva imagen de su austero abuelo, el emperador. Con una sencilla túnica y sandalias, emanaba mesura. Severus sonrió.
—¿Quieres unas uvas? Este año hubo una buena cosecha. Eso dice el mayordomo —propuso Severus, deteniéndose ante la enredada parra que trepaba por las columnas del patio—. Quiero aprender un poco sobre uvas. Estoy pensando en escribir un tratado, comparando la decadencia de la República con la decadencia de los viñedos en otoño. Pero no estoy seguro de si las viñas se marchitan en esa época del año. Lo único que sé es que en mi mesa siempre hay uvas maduras. Mira, prueba estas.
Theodore comió una uva agria y llena de pepitas. Apoyándose en el múrete de mármol de la fuente, comentó:
—Leí tu último tratado sobre el descenso de nacimientos y sus soluciones. Por supuesto, me dio que pensar. ¿Qué le pareció al emperador?
—¿El emperador? —Se burló Severus, cogiendo otro racimo de uvas—. Me sorprendería que hubiera oído hablar de él.
—El emperador Vespasiano siempre se leía tus tratados.
Theodore tiró a escondidas la mitad de sus uvas en la fuente.
—Tom no es muy aficionado a ese tipo de lectura. Y si lo leyera, no creo que le hiciera mucha gracia.
No le gusta la teoría política.
—Solo son propuestas para solucionar el índice de nacimientos. ¿Qué hay de político en eso?
—Se lo tomaría como una crítica por no haber sido capaz de tener un heredero.
—Vaya —comentó Theodore, asimilando la información—. La emperatriz… bueno, después de diez años de casados solo le ha dado abortos… Estaría en su derecho de divorciarse. Pero tú apoyaste que se reconciliara con ella, así que debió de parecerte una opción más inteligente que…
—¿Que quién? —Severus lanzó a su hijo una mirada seca—. No me estás preguntando por la emperatriz, ¿verdad, hijo?
—Bueno, ya sé que no es asunto mío, pero incluso hasta aquí llegan rumores…
—Rumores de que Tom Riddle ha puesto sus ojos en su sobrina Luna.
—No me paro a pensar demasiado en esas cosas, pero la gente habla. Es que… el emperador mandó ejecutar al esposo de Luna por traición… Y no sería el primer emperador que se casa con su sobrina. La cuarta esposa de Claudio…
—La que envenenó los champiñones del emperador. No has escogido un buen ejemplo.
—Bueno, no creo que Luna vaya a envenenar a nadie. La recuerdo cuando era niña.
—Sí, el emperador está muy contento con ella.
—¿Cómo de contento?
—No me gusta hacer caso de los rumores —dijo Severus, apartando las hojas de parra con los dedos—, pero desde que el emperador ordenó ejecutar al esposo de Luna, parece dispuesto a reconciliarse con ella por medio de repentinas muestras de amabilidad.
Theodore recordó a la princesita, que había sido su compañera de juegos de la infancia. Una niña rubia y seria, que siempre quería llevar la voz cantante.
—No creo que esos rumores sean…
—Entonces, ¿por qué preguntas? —dijo Severus, de nuevo con tono cortante.
—Bueno, es que mi amigo Vero, que ha servido en palacio… Tampoco cree mucho en los rumores, pero dice que… dice que Luna se echa a temblar cada vez que el emperador se acerca a su habitación.
Como si tuviera miedo de él.
—Pues claro que lo tiene —dijo Severus—. Luna siente pánico de todo. Todavía duerme con una lámpara encendida, porque no soporta la oscuridad. Y Tom, aunque esté de buen humor, siempre impone. Seguramente esos rumores han ganado crédito porque la propia Luna se los cree.
—¿Qué es lo que cree?
—No ves a Luna desde que tenías diez años. Es… Desde que murió su padre no es la misma. Antes siempre estaba contenta, pero ahora solo habla de ojos que la miran en la oscuridad y de voces que no existen. Los esclavos dicen que no come. El emperador tuvo que ordenar que la alimentaran por la fuerza. En un ataque de histeria, intentó arrancarse el pelo. —La severa mirada de senador de Severus se clavó en su hijo—. Esto debe quedar entre tú y yo, Theodore.
Theodore asintió, tragando saliva.
—¿Qué quieres decir? ¿Que Luna se ha vuelto…?
—Loca —completó la frase Severus—. Aunque me gustaría suponer que solo lucha por mantenerse a flote en un mundo demasiado complicado para ella. Podría decirse lo mismo de Pansy.
¿Pansy? Theodore se agarró agradecido a aquel cambio de tema.
—¿Por qué te la trajiste aquí, padre? En Roma era toda una estrella.
Severus puso un gesto de disgusto y dijo:
—Estas uvas están asquerosas.
Arrojó el racimo a la fuente y añadió:
—Tu madrastra parece una adorable mujer de mundo, Theodore, pero es demasiado joven. La libertad se le ha subido a la cabeza y se ha juntado con… bueno, con demasiadas amistades. Debería haberlo impedido, pero no quería negarle su juventud solo porque yo soy un anciano agotado que prefiere pasar las noches en la biblioteca. Ella parecía tan feliz, preparándose para sus fiestas. Es difícil negarle algo.
Theodore tuvo una repentina visión de Pansy, sonriente e inconsciente, rodeada de serpientes de cascabel.
—¿Qué pasó?
—Cenábamos todas las semanas en palacio. No debería haberla llevado, pero insistió tanto…
—¿Y?
—El emperador se fijó en ella —contestó Severus sencillamente.
—Vaya —comentó Theodore tras una pausa.
—Al principio no le di importancia. La miraba, pero como hace con todas las mujeres. Pero el mes pasado Pansy recibió una invitación imperial para cenar en palacio… sin mí.
—¿Qué hiciste? —preguntó Theodore, sorprendido.
—Enviar una nota de respuesta diciendo que estaba enferma —contestó Severus, encogiéndose de hombros—. Añadí que teníamos que ir a la costa para que se recuperara. Esa misma noche salimos para Brundisium.
Theodore recapacitó y preguntó:
—¿Y cómo se lo tomó ella?
—Se enfadó bastante y me gritó —dijo Severus, apoyándose en el borde de la fuente junto a su hijo, descansando las manos en las rodillas—. No creo que fuera consciente de lo que significaba esa invitación. En cierto modo, es bastante inocente. Piensa que lo hice para mantenerla apartada de las fiestas y la diversión. Pero ya se ha calmado.
—Pero, padre, parece que no le guardas rencor; al emperador, me refiero. Ha intentando robarte la mujer.
—Bueno, intenta acostarse con las esposas de todos. A Tm Riddle le gusta cualquier cosa que lleve stola. Pero, al contrario de sus predecesores, no le importa demasiado si una mujer, o un marido, le dice que no. Hay muchas mujeres en el mundo. Ahora está de nuevo en Germanía combatiendo a los catos, seguro que ya se ha olvidado de Pansy.
—No le entiendo.
—¿Quién puede entender a un emperador? Theodore, un emperador es un hombre acostumbrado a un poder absoluto, casi divino. Un hombre que tiene que velar por el bien de miles de personas, que a veces se olvida del suyo propio. Hasta al mejor de los emperadores le pasó. Incluso a Albus Dumbledore, nuestro ancestro. Y Tom no es Albus. Es taimado y de mal carácter, como todos los miembros de la dinastía Slytherin, pero no es un dios. Sin embargo, ya he visto a ocho hombres vestidos de púrpura, y Tom lo hace mejor que muchos de ellos. De pequeño no me impresionaba demasiado, pero se
ha convertido en uno de los mejores administradores que he visto, y también en un buen general. — Severus miró a su hijo—. Theodore, ¿harías una cosa por mí?
—Lo que sea, padre.
—Cuida de Pansy por mí. No me gusta dejarla, pero tengo que volver al Senado dentro de un par de semanas. Necesitará compañía.
—Será un honor.
Theodore le ofreció su mejor saludo y se dio cuenta de que todavía tenía las uvas en el puño. Cambió de mano y a punto estuvo de perder el equilibrio.
—Puedes contar conmigo.
—No esperaba menos de ti —dijo Severus, sonriendo—. Y ahora, ¿qué te parece si nos tomamos un buen vino en vez de estas asquerosas uvas, y brindamos como se merece?
—Como desees.
Abandonaron el atrio, caminando los dos del mismo modo, con las manos entrelazadas en la espalda, hombro contrahecho junto a hombro sano.
PANSY
Mi destino era ser una cortesana. «Pansy Parkinson, la amante del emperador», suena mucho mejor que «Pansy Parkinson, la esposa del senador». En cuanto posé los ojos en el Tom, supe que tenía que ser mío. Lo único que tenía que hacer era… bueno, atraparlo.
—Mi esposa, César —nos presentó Severus en mi primer banquete en palacio—. Pansy Parkinson.
—Mi señor y Dios —saludé, haciendo una gran reverencia.
Así le gustaba que se dirigiesen a él: «Señor y Dios». No me importaría que me dijeran: «Señora y Diosa». Es más, me encantaría.
Lo observé durante toda la velada, mientras Severus no paraba de hablar sobre impuestos.
Tom era siniestramente atractivo. Era alto, de espaldas anchas y mejillas rosadas. Tenía un aire militar, pero no iba tan rígido como Theodore. Se mostraba distante con sus invitados nobles y distendidos con sus generales. En cuanto a la emperatriz, le prestaba menos atención que a una estatua.
Aunque no era mi única competidora. Había oído rumores sobre Tom y su sobrina. Si eran ciertos y aquella muchacha había conseguido apartar al emperador de su adorada esposa, debía poseer algo especial.
La contemplé durante toda la velada y no observé nada extraordinario en ella. Una muchacha menuda, de cabello muy rubio, cuerpo delgado, ojos grandes, y muy callada. Patética y rara. Tras pasarse dos horas acurrucada en su lecho como un conejito, de repente se levantó y se dirigió al fondo del comedor hablando sola. Las conversaciones se detuvieron cuando el emperador se incorporó, la cogió del brazo y la hizo regresar a su asiento.
—Come, Luna —le ordenó Tom, impaciente.
La muchacha atacó los platos como un perro hambriento, llevándose la comida a la boca hasta hinchar los carrillos, sin apartar sus ojos apagados de su tío, como si temiera que fuera a clavarle un cuchillo. Tom se giró hacia sus generales y no volvió a mirarla el resto de la velada. Desde ese momento, yo también la ignoré. Luna dejó de acudir a las cenas imperiales. ¡Vaya muchacha más rara!
Severus sentía una extraña simpatía por ella. «Siempre fue muy frágil», me dijo tras una cena en la que Luna se pasó todo el rato tosiendo sobre su copa de vino y mascullando frases incomprensibles cada vez que alguien intentaba hablar con ella. «Pobre Luna.» «Sí, pobrecita», repetí yo.
Un bicho raro, y una loca. Aunque el emperador se hubiera sentido atraído por ella, seguro que ya se le había pasado. Ya era hora de que llegara alguien nuevo. Tenía muchas amantes, pero ninguna duraba mucho. Yo sí le duraría.
—Pansy —sus ojos oscuros se posaron en mi stola de seda púrpura, apenas un poco más clara que su capa imperial—. Qué aspecto más regio tienes.
—Gracias, mi señor y Dios —contesté, mirándolo descaradamente a los ojos en lugar de bajar la vista sumisa.
—¿Te gusta cantar, Pansy? —me preguntó de pronto, más tarde, mientras devoraba un faisán asado.
Disfruté cuando las conversaciones se detuvieron y las cabezas se giraron hacia mí.
—No, mi señor y Dios —respondí con la voz rica y baja que practicaba de pequeña en el atrio.
—Una pena —comentó, chascando los dedos para que le sirvieran más vino.
Yo me incliné hacia delante para pedir también que rellenaran mi copa.
—Dicen que los dioses tienen buen oído para la música.
Los ojos del emperador me siguieron mientras yo me giraba de un modo casual, reclinándome y centrando toda mi atención y mis encantos en el compañero que tenía a mi derecha, un joven tribuno que a punto estuvo de derramar su copa de nerviosismo.
Otros ojos grandes y negros me observaban además de los azuls de Tom: los de la emperatriz.
Fingía que se divertía, pero yo sabía que ardía de celos.
La semana siguiente recibimos una invitación. Un liberto de palacio, con una toga blanca y brazaletes de oro, llegó para anunciar que yo, la señora Pansy Parkinson, estaba invitada a cenar a solas con el emperador la noche siguiente. Le di las gracias con desgana, como si recibiera miles de invitaciones como aquella a diario, y en cuanto se marchó comencé a bailar de alegría, correteando por el jardín como una niña traviesa.
Pero había que dejarse de juegos, tenía que escoger mis armas: ¿Azul para resaltar mis ojos, o rojo para añadir más tensión? ¿Las perlas rosas que me regaló Severus para la boda, o los zafiros? ¿Perfume de almizcle o de rosas? Saqué todos los vestidos de mi armario y la tonta de Iris acabó llorando hasta que me decidí por una tela rojo sangre, brazaletes de oro en ambos brazos y un rubí en la frente. Sofisticada, sensual y seductora.
—¿Pansy?
—Estoy descansando, Severus.
O sería mejor decir soñando, mientras Iris me pintaba las uñas de los pies de color escarlata, a juego con las joyas que Tom me pondría al cuello.
Abrió la puerta, y rápidamente compuse mi sonrisa dulce.
—¿Severus? ¿Qué…?
—¿Has recibido una invitación para cenar? —me interrumpió—. ¿Con el emperador?
—Bueno… Sí.
¿Qué esclavo se lo habría contado? No quería que se enterara. Estaba mejor en su nube, como siempre.
—¿Y vas a ir?
Sus ojos se fijaron en los botes de colorete, los frascos de perfume, el arcón de joyas abierto y los vestidos tirados encima de las sillas.
—¿Cómo voy a rechazar una invitación del emperador, Severus? —dije, con mi tono más dulce.
Severus se acercó y me acarició la mejilla.
—Iris —dijo—, ¿puedes llevar un mensaje a mi mayordomo? Dile que vaya cuanto antes a palacio a decir que Pansy está enferma.
Me incorporé dando un respingo.
—¿Qué?
Su voz se interpuso sobre la mía.
—Es más, está tan enferma que partimos ahora mismo hacia Brundisium esperando que mejore con el aire de la costa.
—Severus, no puedes…
—Sí —dijo, acariciándome—, sí puedo.
Después de aquello me contó un montón de tonterías sobre lo inocente que yo era, que no me daba cuenta de lo que escondía aquella invitación; sobre que había llegado el momento de dejar mis fiestas y acompañarlo a Brundisium para pasar el verano junto a Theodore; sobre que el emperador se olvidaría de mí.
—¡No! —grité enfadada.
Como no funcionó, estuve muy cariñosa con él, pero tampoco dio resultado… ¿Por qué?
—Lo siento, Pansy —repitió mientras, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo, me montaba en la litera que nos llevaría por la Vía Appia hasta Brundisium.
¿Que lo sientes? Aún no has empezado a sentirlo.
Todavía quedaba alguna posibilidad. Todavía podía convencerlo de que me dejara volver a Roma.
—Iris. —Me aparté de la ventana de mi dormitorio con sus vistas al azul puerto de Brundisium—. Prepara la stola rosa y las perlas. Nada de perfume, no le gusta. Dile al mayordomo que quiero flores frescas en el triclinio del jardín. Lirios y rosas. Y músicos tocando el laúd en la alcoba. Y una cena sencilla, ya sabes que es un hombre de gustos simples…
—¿Pescando, Sabina? —preguntó Severus a su hija que, arrodillada junto a la fuente, metía los deditos en el agua.
—Acaricio a los peces —dijo, estirando el brazo hacia un montón de escamas relucientes. Luego, se lo pensó y se corrigió—: Bueno, intento acariciarlos.
—Voy a ayudarte —propuso Severus, arrodillándose a su lado—. Voy a espantarlos hacia ti, así podrás acariciarlos, pero despacito.
La pequeña pasó un dedo por el lomo de escamas grises de una carpa. Sabina era una niña tranquila. Cuando se ponía nerviosa, le daban ataques.
Removieron el agua de la fuente. Severus se preguntó si su abuelo Augusto habría metido los piesen una fuente con su propia hija. Pero la hija de Augusto había acabado mal, había muerto sola en el exilio. Y todos sus hijos adoptados habían fallecido antes que él: asesinados, envenenados o ahogados.
Todos jóvenes, y muertos. Severus acarició el cabello castaño y brillante de Sabina, pensando en Theodore, en su porte militar y su mirada seria. Mejor no ser emperador.
Sabina lo miró y sonrió, y por un momento su corazón se detuvo. Hubo un tiempo en que Luna era así, cuando tenía cuatro años y correteaba tras el atrevido Theodore jugando a legionarios. Feliz, confiada y entera.
—¡Padre! —dijo Sabina—. ¡Padre! Estás dejando que se escapen los peces.
Severus miró a su hija.
—Vaya, es cierto.
Sonrió de nuevo y ella metió las manos en el agua. Mejor no ser emperador.
PANSY
La hermosa tarde fue muriendo. La cena era soberbia; las flores, preciosas; los laúdes resonaban melodiosos en la recogida alcoba. El triclinio, austero, de mármol con vetas grises y cojines sencillos, al estilo republicano, demasiado simple para el gusto actual, pero eso jugaba a mi favor. Con mi stola de color rosa claro y mis perlas, yo era el centro de atención, encuadrada por el ventanal que daba a la azulada bahía de Brundisium.
—Espero que esta vez no tengas que contar un cuento a Sabina —dije, y jugueteé con un rizo de mi cabello—. Tengo intención de acostarme pronto esta noche.
—Tenía pensado comenzar un nuevo tratado —dijo Severus con calma, pero con un brillo en sus ojos—. Supongo que podrá esperar.
—Bien.
Tras un pesado silencio, Severus me tomó de la mano y yo dejé caer:
—Severus, ¿no has pensado en regresar a Roma?
—Mira, me alegro de que lo comentes —dijo, inclinando su canosa cabeza canosa para besarme en la mano—. Tengo planes de regresar.
—¿En serio?
Lo abracé. Joyas, banquetes, amantes, el emperador…
—Severus, te adoro.
—Pansy —dijo. Se apartó para mirarme a los ojos—, cariño, tú te quedarás aquí. Es tiempo de que sientes un poco la cabeza. Sabina apenas te ve.
—¡Pero si Sabina no me necesita!
—Sí que te necesita. En parte, es por ella que he decidido dejaros a las dos en Brundisium. La brisa del mar le viene bien. Le he pedido a Theodore que os cuide. El te sacará si te aburres.
Me acerqué a él y rodeé su cuello con mis brazos.
—No puedes dejarme —le susurré—. Te voy a echar muchísimo de menos. ¿Tú a mí no?
Cuando abrió su boca para contestar —¿es que no podía conseguir que se callase?—, lo besé.
—¿Todavía quieres abandonarme? —susurré después.
No podía contestarme que no, me acostaría con él todas las noches si hacía falta. Le diría que su cuerpo deforme se parecía al de Apolo, pero tenía que llevarme con él a Roma.
—Resulta difícil dejarte —dijo mientras me acariciaba el cuello—. Pero prefiero pasar un rato en solitario que verte arrastrada por un torbellino de vanidades.
—¿Qué significa eso?
Después de cinco años casados no había conseguido quitarle esa estúpida costumbre de hablar con metáforas.
—Nada —me besó en la mejilla—. Me marcharé la semana que viene.
Me incorporé en la cama, tirando de la sábana.
—¿Y yo?
—Lo siento, Pansy.
Aquello fue todo. A pesar de mis protestas, mis lágrimas y mis besos, solo fue capaz de decirme que lo sentía. No podía creérmelo. No podía decirme que no. Severus, que siempre fue tan manejable y dócil como mi padre.
Pero lo hizo, me dejó y se marchó sin mirar atrás.
—¿Volverá pronto? —preguntó Sabina con tristeza.
—¿A quién le importa? —respondí, y regresé a casa enfadada.
De nuevo atrapada en esa aburrida casa, en esa aburrida ciudad, con el aburrido de Theodore esperando para divertirme con sus tonterías.
—Me duele la cabeza —le dije, y entonces la estúpida de mi hija los distrajo a todos echándose a llorar y sufriendo uno de sus ataques.
Me retiré mientras los demás corrían a atenderla. Una vez en mis aposentos, me dejé caer en la cama. Aún no era demasiado tarde, tenía tiempo. Tom se había ido, sí, estaba en Germania con el ejército. Pero lo conseguiría, todo era cuestión de tiempo. Aún era pronto para darle una lección a mi marido.
X
—¿Nos vemos después de la fiesta de Lappio?
—Me temo que no —dijo Theodore, saliendo a regañadientes de la cama. ¡Dioses! Iba a llegar tardeal trabajo—. No voy a ir.
—¿Por qué no? ¿Acaso no es tu primo? —le preguntó Mione, sonriendo y con los brazos
Apoyados en las almohadas arrugadas—. La mitad de los pretorianos de la ciudad están pidiendo invitaciones. Organiza las mejores fiestas de Brundisium.
—Mi padre y yo nunca le caímos muy bien —dijo Theodore, enfundándose en su túnica y buscando las sandalias—. Piensa que somos un par de sosos obsesionados con el deber.
—Igual por eso me gustas —dijo Mione, besándolo en la nuca.
—¿Vas a cantar?
—Sí —contestó, tomando su túnica—. ¿Por qué no vienes? Va a ser una de las últimas fiestas de la temporada.
—Mi padre me encargó entretener a mi madrastra. Está un poco deprimida desde que vinieron de Roma.
—¿Tu madrastra?
Theodore miró a Mione, concentrada en recogerse su cabello oscuro.
—Pansy Parkinson. ¿La conoces?
—¿Cómo no voy a conocer a la estrella más brillante de Roma?—dijo, con un tono frío en su exquisita voz de contralto.
—¿Seguro que…?
—Nos veremos la semana que viene. Cantaré en la fiesta del senador Geta.
Le ofreció una sonrisa hermosa pero impenetrable. Theodore se preguntó —y no era la primera vez— si un hombre podía llegar alguna vez a conocer a una mujer, aunque compartiera con ella la cama. Mione había sido una compañera fácil durante todo un año. Aquella chica alta y de tez bronceada a la que contrataban para cantar en las fiestas del cuartel lo había impresionado cuando provocó una disputa entre dos tribunos borrachos, cuando despachó con mucho tacto a un centurión enamorado y con sus constantes bromas en griego. Pertenecía a la granja de músicos esclavos del pretor Ron.
Era una buena compañera y amante. Habría jurado que la conocía bien, pero ahora su boca se contraía en un gesto serio y Theodore no comprendía la causa.
—¿Qué vas a…?
—Hasta la próxima semana —le dijo alegre como despedida.
Theodore se sorprendió, pensando que las mujeres eran criaturas extrañas.
El recorrido hasta casa de su padre era un paseo agradable. Theodore montó en su caballo y tomó el camino del puerto, disfrutando del aroma a sal que traía la brisa, de los gritos alegres de los vendedores en la orilla y de las brillantes túnicas de las mujeres frente al azul del puerto. Incluso el ladrón que intentó robarle el monedero parecía feliz mientras se alejaba soltando amables maldiciones, después de que Theodore se llevara la mano a la empuñadura de su espada a modo de advertencia.
Cuando detuvo su caballo ante la villa de su padre, su sonrisa se convirtió en una abierta risotada al ver a Sabina salir corriendo a su encuentro.
—Llevo esperándote toda la mañana —dijo la pequeña al tiempo que se soltaba de su niñera y corría a su lado—. ¿Puedo acariciar a tu caballo?
—Pues claro. Se llama Aníbal. La loca de mi tía Minerva me lo regaló cuando entré en la Guardia Pretoriana.
—¿Por qué está loca? —preguntó Sabina, estirando un tímido brazo hacia el hocico del animal.
—Porque es muy guapa, casi tanto como tú, y en vez de casarse, se retiró al campo para criar los caballos más finos de Roma. Aníbal es uno de los mejores. ¿Quieres dar una vuelta? La pequeña sonrió y levantó los brazos. Theodore la alzó, la colocó en la silla delante de él. Sabina se sujetó a las crines del animal.
—Agárrate fuerte.
La pequeña se rio mientras Theodore lanzaba a Aníbal a un lento trote. Subieron y bajaron la calle tres veces, hasta que la madrastra de Theodore apareció en la puerta del jardín.
—Sois un par de críos —comentó, protegiéndose los ojos del cálido sol de la mañana—. Sabina, bájate ahora mismo.
Theodore desmontó, bajó a Sabina y ambos agacharon la cabeza.
—Señora Pansy —saludó Theodore.
Ahora la miraba con una nueva curiosidad: la mujer que había llamado la atención del emperador.
—Pasa —le invitó ella, y las sedas de su vestido se agitaron al darse la vuelta.
Sabina tomó la mano de Theodore y lo condujo al interior.
—¿Puedo enseñarte mi nueva muñeca? Se llama Cleopatra. Le puse ese nombre por las historias sobre la reina de Egipto que me cuenta papá.
—No aburras a Theodore, Sabina —la interrumpió Pansy—. Vete con tu niñera.
—No pasa nada, no me importa —dijo Theodore, pero Sabina ya se había esfumado.
—Ahora se le ha metido en la cabeza que quiere un poni. Severus la está mimando demasiado — comentó Pansy, y se dejó caer en un sofá—. Entonces, ¿has venido a entretenerme?
—Bueno, mi padre me pidió que cuidara de ti.
—¿Y que le informaras de mis progresos? ¡Qué buen soldado! —suspiró mientras jugueteaba con un rizo oscuro—. Pues la verdad es que me aburro mortalmente.
—Debes de echarlo de menos.
Theodore se conmovió ante la pena que reflejaba su rostro. ¿Cómo sería tener a alguien que se pusiera triste en tu ausencia? Igual por eso merecía la pena tomar una esposa.
—Me gustaría salir, pero no hay mucho para hacer en Brundisium. Todo el mundo regresa a sus casas de la ciudad, pero yo aquí sigo, atrapada en una villa con una niña de cuatro años.
Se parecía muchísimo a Sabina, aburrida, hermosa y muy joven.
—¿Quieres venir a una fiesta esta noche? —sugirió Theodore, sin pensárselo.
Sus ojos verdes se clavaron en los suyos.
—¿Una fiesta?
—En casa de mi primo Lappio Máximo Norbano. Seguramente no lo conozcas, no se mezcla mucho con nosotros. Me temo que piensa que padre es un aburrido. Pero acaban de nombrarlo gobernador de la Baja Germania y va a dar un gran banquete de despedida.
Pansy le ofreció una sonrisa amplia y calculada, y Theodore comprendió por qué el emperador se había fijado en ella.
—¿De verdad? —dijo Pansy. Se acercó de puntillas y lo besó en la mejilla—. ¿Qué me pongo?
—Da igual —respondió él, tomando su mano con toda la galantería que fue capaz de reunir—. Serás la mujer más hermosa de la fiesta.
MIONE
Una fiesta como cualquier otra: risas tintineantes, invitados enjoyados, vino en copas de plata y uvas en bandejas de oro, camas con cojines de borlas y músicos tañendo sus liras con suavidad. Esperé en la antesala hasta que me llamaron, en la pausa entre los pasteles y los quesos, y avancé con mi sonrisa más cálida y profesional: Mione, el ruiseñor de la élite de Brundisium.
Una buena audiencia: los patricios de Brundisium siempre eran corteses. He actuado en fiestas en las que apenas se oía mi voz entre el murmullo de las conversaciones, o en las que los hombres empezaban a silbar al ver mis hombros desnudos y no escuchaban ni una nota de la música que tanto me costaba preparar. Pero esta era una reunión educada y me escucharon atentos mientras tocaba los primeros acordes de la lira y comenzaba la Canción de Eos. En la segunda estrofa, vi a Theodore en un lecho alejado, junto a una figura femenina vestida de azul. En aquel momento descubrí que Ron me había convertido en una profesional, pues mi voz no se alteró lo más mínimo cuando mis ojos reconocieron a Pansy Parkinson.
Mi antigua dueña me observaba con esos ojos azules que tanto recordaba. Ahora era toda una dama, envuelta en seda con una elegancia que jamás había poseído cuando era la hija de un organizador de juegos. En su cuello lucía zafiros del tamaño de las uvas. Sus uñas pintadas se clavaron en el cojín de terciopelo un segundo, y luego recuperó su suave sonrisa. Recordé esa sonrisa cuando cerró las cortinas de su litera con la marca de mi mano en su rostro. Sin saber muy bien cómo, conseguí terminar aquella canción, y la siguiente.
—¡Maravilloso! —exclamó Theodore éntrelos aplausos, mientras yo saludaba al público.
La gente se acercó a felicitarme mientras yo sonreía y charlaba como Lavender me había enseñado. Pansy se recostó en su lecho, sin apartar la vista de mí mientras sorbía de su copa de vino.
Me entraron ganas de cruzar la estancia de un salto y aplastar su cara contra los mosaicos.
—Mione, creo que no te he presentado a mi madrastra —dijo Theodore, cogiéndome de la mano y llevándome hacia su triclinio.
Qué joven más atento, pero ¿por qué tenía que ser tan amable justo ahora? Escuché los
comentarios de varios patricios acerca de mí.
—Esta es Pansy Parkinson.
Le ofrecí mi mano y la estrechó con la suya, tan blanca y algodonosa como siempre.
—Una actuación muy interesante —murmuró—. Mione…es un nombre griego. Pero no eres griega, ¿verdad?
Me puse a hablar en mi esmerado griego y vi que se sonrojaba. Todavía no había aprendido a hablarlo. Apostaría a que todavía no sabía deletrear, en ningún idioma.
—Mione habla griego mejor que yo —dijo Theodore, ajeno a todo—. Pertenece a una familia noble de Atenas.
—Vaya, yo hubiera jurado que venía de un barrio bajo de Jerusalén —murmuró Pansy—. ¿Cuánto tiempo llevas cantando en Brundisium… Mione?
—Pues ya casi cinco años.
—Y antes, ¿a qué te dedicabas?
—Estuve por aquí y por allá —contesté, y adopté un gesto profesional—. Disfrutando de la vida.
—¡Qué bien! Una pena que Brundisium no tenga anfiteatro. Aquí no puedes disfrutar de los juegos. Se comenta que te encantan los gladiadores.
—Prefiero la música a la sangre, domina.
—Pero los juegos son tan emocionantes —dijo Pansy, y estiró un lánguido brazo para alcanzar un racimo de uvas—. Fíjate, la semana pasada, en el Coliseo, Draco el Bárbaro perdió una mano ante un turco. Todo un espectáculo. ¿Quieres uvas?
—No, gracias.
Mantuve la compostura. Oh, Dios, tenía que estar mintiendo. Seguía todas las noticias que llegaban del Coliseo, me habría enterado si Draco hubiera perdido una mano.
Estaba mintiendo.
Tendría que asegurarme preguntando a los mozos de cuadra y a los porteadores. Esa gente siempre seguía los juegos.
Una ligera sonrisa asomó a sus labios. La ignoré y, alisando una arruga de la toga de Theodore, le pregunté:
—¿Vienes a cenar mañana?
—Pensaba que habíamos quedado la semana que viene.
—Mañana han cancelado mi actuación, estoy libre.
—Mañana Theodore no puede —intervino Pansy, y apoyó una mano en el codo de su hijastro—. Me ha prometido llevarme a la última obra de la temporada.
—Ah, ¿sí? —preguntó Theodore, mirándola.
—Sí —contestó ella, sin apartar la vista de mí.
—De acuerdo. Entonces, ¿la semana que viene, Mione?
—La semana que viene también está difícil —dijo Pansy, y pasó un dedo por los hombros de Theodore.
—Entonces, igual en la fiesta del cuartel del próximo mes —dije mientras apartaba mi mano de Theodore con una última caricia—. Pansy, si desea contratarme para cantar en privado, hable con el pretor Ron. Es el mejor patrón musical de la ciudad, ¿lo conoce? Bueno, quizá la música no es lo suyo. Él se encarga de organizar mis actuaciones. Asegúrese de reservar con tres semanas de antelación, estos días estoy muy demandada.
—Siempre lo estuviste, entre cierta clase de gente.
Las dos sonreímos, y me retiré.
—¿Conoces a Mione? —escuché que Theodore le preguntaba a su madrastra.
—No —contestó sin más—. Es la primera vez que la veo.
Tenía la respiración acelerada, como si hubiera corrido una milla. Pero tenía otra fiesta en la que cantar, y no podía perder el tiempo pensando en Pansy Parkinson. Aunque fuera una cantante de éxito,seguía siendo una esclava. No podía irme a casa a rechinar los dientes y sollozar en la almohada como me apetecía. Tenía que tocar y sonreír para los clientes de Ron. A veces, resultaba tan doloroso como las tortas o los golpes en los días que hacía de sombra de Pansy.
—Ha sido una velada preciosa, Theodore —bostezó Pansy mientras bajaban de la litera—. ¿Quieres tomar algo antes de regresar al cuartel?
—Gracias, solo bajo a ver a Sabina.
—Como quieras.
Sabina estaba dormida, abrazada a un caballito de trapo, con los ojos cerrados. Theodore sonrió, le apartó el pelo de la cara y regresó al recibidor.
La casa estaba a oscuras y en silencio. Los esclavos se habían acostado ya. Del atrio llegaba el aroma a jazmín en el calor de la noche veraniega. Theodore bajó las escaleras, cruzó el recibidor y la biblioteca. Al pasar junto a la última habitación, el dormitorio de su madrastra, la puerta se abrió. Se acercó a cerrarla, y se detuvo.
Su madrastra se encontraba junto a la cama, de espaldas a la puerta. Sobre la mesilla había posado el collar de zafiros. Su cabello era un manto negro que le caía por la espalda. Nunca se había fijado en el pelo tan bonito que tenía.
Pansy se estiró y la luz de la lámpara solitaria iluminó sus brazos blancos. Su camisón de seda azul resbalaba por un hombro y con un ligero movimiento de la espalda cayó del otro y se bajó hasta el suelo.
Theodore cerró la puerta y los ojos. Retrocedió un paso y tropezó con un jarrón. Se lanzó para evitar que cayera y golpeó una estatua de Afrodita que se rompió con un gran estruendo. Echó a correr por el pasillo.
Al día siguiente fue a verla. Era lo más correcto. ¿Acaso su padre no le había pedido que la cuidara? Estaba cumpliendo órdenes.
—¡Theodore! —le recibió Pansy, ofreciéndole la mano—. ¿A qué debo este honor?
Llevaba puesta una túnica de seda verde y adornaba su frente y su mano con dos enormes perlas.
Theodore, sobrecogido ante tanta belleza, solo fue capaz de balbucir.
—¿Estás nervioso? —le preguntó Pansy mientras lo conducía al atrio, donde se hundió en los cojines de su lecho—. ¿Por qué? ¿Vas a visitar a esa cantante?
—No —contestó, sonrojándose—. Es que…
—La verdad, no sé qué la has visto —dijo ella, y lo invitó a sentarse—. Hace años, era mi esclava.
—Pero… me dijiste que no la conocías.
—Te mentí —confesó Pansy después de pedir vino y algo de comer—. Desde entonces ha mejorado mucho, pero sigue siendo la misma putita de siempre. ¿Vino?
—Oh, gracias.
Theodore observó a su madrastra mientras se inclinaba para servirle una copa. No se imaginaba que esas palabras pudieran salir de la delicada boca de Pansy.
—Pues sí —añadió Pansy, y descansó su pálido brazo en los cojines—, se acostaba con todos los hombres de la casa, incluido mi padre. Y el tuyo. —Dirigiéndose al esclavo que apareció por la puerta— : ¡Frutas escarchadas!
—¿Mi padre? —dijo Theodore, atragantándose—. Pero si nunca… no… con esclavas. El no es de esos. No le parecería justo.
¿Cómo había acabado metido en aquella conversación? No era lo más apropiado.
—Supongo que sería idea de ella. Unas sonrisitas, unas cuantas miradas, del mismo modo que te sedujo a ti… —dijo Pansy, apoyando la barbilla en la palma de la mano—. Fíjate qué gracioso, Theodore.
Has compartido a una mujer con tu padre.
Contempló a su madrastra. Su penetrante perfume de almizcle inundaba su olfato. Pansy acarició su rodilla, y Theodore se levantó dando un respingo.
—Tengo que irme —dijo, con un tono que le resultó extraño.
Pansy ladeó la cabeza y lo miró con sus tranquilos ojos azules.
—¿Te toca guardia? —preguntó, ya sin el tono áspero en su voz, si es que alguna vez lo hubo—. Qué pena… Despídete de Sabina antes de marchar, o se pasará todo el día lloriqueando.
Pansy se puso de puntillas para plantarle un beso en la mejilla. Un beso de madrastra.
Aun así, Theodore sintió un escalofrío.
