AMAR UNA SOLA VEZ
By Johanna Lindsey
CAPITULO 4
Eran las diez y media de la noche e Inuyasha esperaba en su carruaje ante la casa de Edward Malory, en Grosvenor Square. Se había demorado media hora para la cita, pero no hacía movimiento alguno para dejar el coche.
Tenía que adivinar qué era todo aquello. Había entendido muy bien por la mañana la convocatoria de Sesshomaru Malory, pero, como la cita no había tenido finalmente lugar, ya no sabía qué pensar. No imaginaba a Edward, el correcto tío de Derek, exigiendo un duelo. Pero, ¿qué podía ser entonces? ¡Demonios!
Kaggie observaba el oscuro coche desde una ven¬tana alta, y su nerviosismo se había convertido en terror. A él no iba a gustarle lo que ella había puesto en marcha. No, seguramente no. Pero debía sospechar para qué había sido convocado allí. ¿Por qué vacilaba en entrar, si no era por eso?
Oh, el tío Edward había tenido bastante que decir acerca de lord Shikon, y con un énfasis, que hizo saber a Kaggie exactamente lo que le esperaba. Había conocido a la familia Taisho desde hacia años, y lo cierto es que había sido muy amigo del padre de Inuyasha. De manera que Kaggie estaba ahora enterada de todo, incluidas las historias de otras muchachas a las que había involucrado en grandes escándalos, por haber tenido la debilidad de sucumbir ante sus encantos. Inuyasha era un hombre irresponsa¬ble, sin conciencia, podía mostrarse frío, arrogante, de mal carácter. El encanto que desplegaba ante las mujeres no era por cierto todo lo que había en él. Sí, Kaggie lo escuchó todo, pero pese al disgusto del tío Sessho, no cambió de idea.
Kaggie estaba usando la habitación de Ayame para espiar por la ventana, agradeciendo al cielo estar sola arriba. La tía Charlotte había reunido a todo su rebaño de hijos que protestaban con vehemencia, y se había ido a pasar la noche a casa de una amiga en las afueras de Londres. A Kaggie se le permitió quedarse, con el fin de que no tuviera que esperar hasta el día siguiente para saber cuál iba a ser su destino. Aunque tenía que permanecer arriba y no intervenir, pasara lo que pasara. El tío Sessho se había mostrado irreducible en esto. Aunque ella oyera que el infierno había estallado dentro de la casa, no debía aventurarse a bajar.
Inuyasha entregó su sombrero y sus guantes y lo hicieron pasar a la sala. La casa le sorprendió, porque era mucho mayor de lo que parecía desde fuera. Sabía que Edward Malory tenía varios hijos, y la casa era en verdad lo bastante amplia como para que en ella viviera una familia numerosa. Los dos pisos altos eran probablemente dormitorios, pensó, y la parte de abajo lo bastante grande como para incluir un salón de baile.
–Os esperan, milord –anunció el lacayo, cuando llegaron a la puerta de la sala. La cara del criado no tenía expresión alguna aunque su tono revelaba la desaprobación. Inuyasha casi soltó la risa: sabía que se había demorado.
Pero todo el buen humor desapareció cuando el lacayo abrió la puerta y la cerró tras de Inuyasha. En un sofá color crema estaba sentada Eleanor Marston, es decir su tía solterona. Ellie; y, al lado de ella, estaba Rebecca Taisho, su formidable abuela. En ese momento parecía dispuesta a llamar la ira de Dios sobre la cabeza de su nieto.
Bueno. Iban a ponerlo sobre el tapete, ¿verdad? Iba a recibir una reprimenda de su propia familia, junto con la de la familia de Kagome. Pero lo sorprendente es que no hubieran convocado a su «madre», Miriam. ¡Cómo se hubiera divertido con todo esto!
–¿De manera que al fin reuniste valor para entrar, sinvergüenza? –empezó sin mayores preámbulos la vieja dama.
–¡Rebecca! –le reprendió Eleanor.
Inuyasha sonrió. Sabía que su abuela no desconfiaba de su valor, lo mismo que él tampoco desconfiaba. Simplemente quería agitarle las plumas. Y tía Ellie, bendita fuera, siempre estaba dispuesta en salir en defensa de él. En verdad era la única que se atrevía a reprender a la vieja dama. Hacía veinte años que la tía Ellie vivía con la anciana señora como su acom¬pañante, y él se maravillaba ante el vigor de ella, porque su abuela era una tirana cruel, que dominaba todo lo que la rodeaba, con voluntad de hierro.
En otro tiempo, Eleanor había vivido con Miriam y Charles Taisho en Silverley, durante los primeros años del matrimonio de éstos, antes de que Inuyasha naciera. Pero el constante choque entre las dos hermanas había hecho que Ellie volviera junto a sus padres. Después había ido a visitar a la madre de Charles, Rebecca, en Cornwail. Y, a partir de aquella visita se había quedado allí, aunque había visitado con frecuencia Silverley, durante aquellos años.
–¿Cómo estáis, señora? –preguntó Inuyasha a su abuela.
–¡Como si te importara cómo estoy! –fue la respuesta.– ¿Acaso no vengo a Londres todos los años para esta época? –preguntó la anciana.
–Es vuestra costumbre, sí.
–¿Y acaso me has visitado una sola vez desde mi llegada?
–Os visité en Cornwail hace sólo un mes –le recordó Inuyasha.
–Ese no es el caso. –La dama se echó hacia atrás, y dijo:– Esta vez la has hecho buena, ¿eh?
–Así parece –contestó él secamente, y después se volvió a mirar a los dos hermanos Malory.
El de más edad se adelantó para saludarlo cordial¬mente. Alto, rubio y de ojos verdes, Edward Malory no se parecía nada a su hermano Sesshomaru, y mucho a su hermano Jason. Era algo menos alto que Inuyasha, que medía un metro ochenta, pero su cuerpo era más robusto.
El menor de los Malory estaba como clavado en su sitio ante la chimenea. Unos ojos azul oscuro parecían ver el descuartizamiento de Inuyasha. Y los intensos ojos azules de Sesshomaru y su pelo negro como el carbón dijeron a Inuyasha que Kagome Higurashi era consanguínea de Sesshomaru. Aún más: era notablemente parecida a él, incluso en los ojos leve¬mente oblicuos. Dios, se preguntó, ¿sería posible que Kagome fuera hija de este hombre? Esto demos¬traría que él había sembrado su simiente siendo muy joven, pero no era imposible.
–Aún no hemos sido presentados, Taisho –dijo Edward Malory–. Pero he conocido muy bien a Charles, vuestro padre, y hace algunos años que conozco a Rebecca.
–Edward ha invertido mi dinero, y lo hace por cierto muy bien –explicó Rebecca–. No lo sabías, ¿verdad, sinvergüenza?
Bueno, esto explicaba que hubieran logrado que su abuela acudiera tan rápidamente. La proximidad de las familias empezaba a ponerlo nervioso.
Edward prosiguió:
–Creo que conocéis a mi hermano menor, Sesshomaru...
–Nuestros caminos se han cruzado de vez en cuando en los clubes –replicó Inuyasha, sin adelan¬tarse a saludar a Sesshomaru.
Sesshomaru no se dignó a prestarle atención, como no fuera para fulminarle con la mirada. Era tan alto como Inuyasha e igualmente ancho de hombros. Un demonio desde los dieciséis años, según Derek. Y Inuyasha adivinó que había peores escándalos en el pasado de Sessho que aquella tonta escapada con Kagome. ¿Por qué diablos tenía Sesshomaru Malory aquel aire tan reprobatorio?
–Ese quiere tu cabeza en un plato, sinvergüenza –se oyó la voz de la abuela en el creciente silencio. Ellie procuró que se callara., pero la vieja dama no pensaba hacerlo.
–Ya lo sé, señora –dijo Inuyasha, enfrentando a Sesshomaru. ¿Queréis que fijemos el momento del duelo, milord?
Sesshomaru rió, tristemente.
–Dios, creo que deberíamos hacerlo. Pero, por más que quiera daros gusto en esto, he prometido dejar que ellos se ocupen primero del asunto.
Inuyasha miró alrededor, hacia los otros. La simpatía emergía de los ojos pardos de Ellie, y Edward parecía resignado. El nerviosismo de Inuyasha aumen¬tó súbitamente, y volvió a clavar los ojos en Sesshomaru.
–Milord dijo muy estirado– quisiera arreglar con vos el asunto.
–Mi sobrina quiere que sea de otro modo.
–¿Ella... quiere...?
–Su corazón es demasiado bondadoso –suspiró Sesshomaru–. No quiere que seáis herido... y esto es lamentable – Movió la cabeza.
–De todos modos, creo que...
–No, por Dios –atronó Rebecca–. Yo no he estado presente para impedir los duelos en los que has participado, pero impediré éste. ¡Preferiría verte antes en la cárcel, muchacho! ¡Ya lo verás!
Inuyasha procuró sonreír.
–Ese caballero quiere una satisfacción, señora. Y no creo poder darle otra.
–Lord Sesshomaru, aceptará otra cosa que un duelo, porque ama a su sobrina. Debemos dar las gracias a Dios por ello.
–¿Nosotros? Yo no puedo estar agradecido, seño¬ra.
–También podemos prescindir de tu satírico in¬genio –dijo ella–. Es verdad que eres un muñeco arrogante, pretencioso, irresponsable, pero eres el último de los Taisho. Debes tener un heredero antes de perder la vida en el campo del honor, como dicen.
Inuyasha se estremeció.
–Lo habéis dicho muy bien. Pero, ¿por qué pensáis que no tengo ya un heredero que daros?
–Te conozco demasiado bien. Aunque a veces parece que quisieras poblar el mundo, no tienes bastardos. Y sabes, además, que yo nunca aceptaría uno.
–¿Es necesario esto, Rebecca? –preguntó Eleanor apresurada.
–Sí, lo es –replicó la vieja, mirando significativa¬mente a los dos hermanos Malory.
–Inu... –Eleanor lo incitaba a hablar y Inuyasha suspiró.
–Está bien. Reconozco que no tengo bastardos, ni varones ni mujeres. Tenéis mucha razón señora. Es algo de lo que me cuido.
–La única cosa que cuidáis.
El se inclinó levemente, pero no replicó. Sus ma¬neras eran indiferentes, incluso algo cansadas, pero se retorcía por dentro. le gustaban los duelos ver¬bales con su abuela, cuando estaban solos, pero no en público. Ella lo sabía y lo provocaba porque le gustaba mostrarse dura.
–Oh, siéntate, Inuyasha –dijo Rebecca agresiva.
Estoy harta de tener que levantar el cuello para mirarte.
–¿Entonces esto tardará mucho tiempo? –Sonrió de manera irritante, antes de ocupar un asiento ante ella.
–Por favor, no te muestres difícil, Inuyasha –su¬plicó Eleanor otra vez.
Él quedó atónito. ¿Esto de parte de Ellie? Ella siempre había sido la persona con la que podía hablar, la que entendía la amargura de él bajo su apariencia superficial. Cuando él estaba creciendo, siempre había contado con el hombro de ella para sollozar encima. Muchas veces había recorrido la larga ruta entre Hampshire y Cornwail, en medio de la noche, nada más que para verla. Y luego, cuando él se hizo hombre, ella siguió estando más cerca de él que nadie. Ni siquiera lo reprendía por la forma en que vivía. Era como si pudiera saber por qué él hacía las cosas que hacía.
Naturalmente no lo sabía. Sólo Miriam sabía porqué él era inquieto, temerario, por qué caminaba sobre una cuerda floja, por qué nunca descansaba.
Inuyasha miró con ternura a su tía. A los cuarenta y cinco años todavía era atractiva, con pelo rubio claro y unos expresivos ojos pardos. La hermana mayor, Miriam, había sido una vez la más bonita de las dos, pero la amargura había contribuido a devastar la belleza de Miriam. A él le gustaba pensar que la bondad de Ellie había contribuido a que se mantu¬viera tan bien.
Esta era la mujer que secretamente él había creído que era su madre durante toda su infancia. La expresión de ella le decía muchas cosas, y era tan fácil de leer ahora, como siempre lo había sido. Ella lamentaba la situación en la que él se encontraba. Rogaba para que él no provocara dificultades. Tam¬bién estaba de acuerdo con lo que se había decidido de espaldas a él. Pero, ¿era posible que se uniera a su abuela para atacarlo? Era algo que nunca había hecho antes. ¿De verdad creía que había seducido a Kagome Higurashi? Naturalmente que lo habría hecho si la muchacha hubiera querido, pero lo cierto es que no la había seducido. Su conciencia era capaz de controlar sus intenciones.
–¿Te lo han contado todo, tía Ellie? –le preguntó.
–Eso creo.
–¿Te han dicho que todo fue un error?
–Sí.
–¿Y que devolví a la muchacha intacta?
–Sí.
–¿Qué haces aquí entonces? Rebecca frunció el ceño.
–Déjala en paz, sinvergüenza. No es culpa de ella que tú te hayas metido en esto.
–Sabemos muy bien de quién es la culpa –resonó detrás de ella la voz desdeñosa de Sesshomaru. Inuyasha ya no aguantaba más.
–¿De qué se trata, pues? –preguntó, girando en su silla para enfrentar a Sesshomaru.
–Tú sabes lo que hay que hacer, Inu –dijo Eleanor en un suave reproche–. Es una desdicha que haya pasado esto. Ninguno de los presentes cree que quisiste hacerle daño a la chica, pero no cabe duda de que la reputación de ella ha sido irrepara¬blemente dañada. Y ella no puede sufrir la humilla¬ción de las malignas murmuraciones, porque una de tus calaveradas haya salido mal. ¿Te das cuenta, verdad? –Aspiró largamente, para tranquilizarse.– Lo menos que puedes hacer es aceptar la responsabi¬lidad de tus acciones. Tienes que casarte con ella.
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–¡No lo soporto, Kaede, de verdad no puedo soportarlo! –exclamó Kaggie, vencida por la agita¬ción.
La doncella ignoró la queja, como había ignorado las otras.
–¿Pensáis dormir con esa bufanda? Kaggie se llevó las manos a la garganta.
–Si, claro. Quizás el tío Edward venga a decirme qué ha pasado en lugar del tío Sessho. Y no quiero que nadie más vea la marca.
Kaede frunció el ceño y volvió a concentrarse en la costura que tenía en el regazo. Ella había visto aquel mordisco de amor. Kaggie no podía ocultarle nada, al menos por mucho tiempo. Estaba ofendida por todo el asunto y, por una vez, estaba totalmente de acuerdo con Sesshomaru Malory, en lugar de ponerse de parte de la joven que estaba sentada con las piernas cruzadas en el centro de la cama, retorcién¬dose las manos en un suspenso angustioso.
El vizconde Shikon debía morir en duelo, no recibir como regalo este tesoro de mujer. Kaede nunca había oído nada tan brutalmente injusto. ¿Acaso uno entregaba a un ratero la bolsa y le daba las gracias amablemente? ¿Cómo podían pensar en entregar la preciosa Kaggie al hombre que era responsable de su vergüenza?
–¿Quieres ir abajo para ver si oyes algo, Kaede?
–No, no lo haré.
–Entonces lo haré yo.
–Vos tampoco lo haréis. Os quedaréis aquí quieta. Pero dejad de preocuparos. Pronto os dirán que él no ha aceptado.
–Pero eso es lo malo. –Kaggie se golpeó las rodillas con énfasis–. El va a decir que no acepta. Kaede movió la cabeza.
–No me convenceréis de que queréis a ese hombre hijita. Es mejor que dejéis de intentarlo.
–Pero es verdad, Kaede.
–Os conozco demasiado bien, Kaggie. Simple¬mente ponéis buena cara ante el asunto, fingís a causa de vuestros tíos, porque al parecer esta es la única solución.
–Tonterías –rió Kaggie, y su buen humor venció por el momento–. Simplemente no quieres reconocer que soy mala y desvergonzada al querer a un hombre al que acabo de conocer.
Kaede levantó los ojos y la miró.
–Ahora entiendo lo que buscáis. Queréis esto porque es la manera de conseguir rápidamente un marido y para no tener que seguir buscando uno. Reconocedlo, hijita.
Kaggie sonrió.
–Eso es algo que hay que añadir al asunto, es verdad.
–¡Algo que añadir! –resopló Kaede–. Es el único motivo por el que queréis a ese hombre. Así debe ser.
–No dirás eso cuando lo hayas visto, Kaede. Creo que estoy enamorada.
–Si lo creyera, bajaría y le besaría los pies. Pero sois demasiado inteligente para suponer que estáis enamorada de alguien a quien habéis visto una sola vez.
–Sin embargo, creo que es así –suspiró Kaggie, pero sus ojos chispeaban–. Aunque, si no lo estuviera, no tardaría en estarlo. En vez no tardaría, Kaede. Espera y verás.
–Espero no tener que verlo. Espero no veros casada con él. Será el día más desdichado para vos si eso sucede, recordad mis palabras.
–Tonterías –replicó Kaggie.
–Recordad, os lo prevengo.
–No me casaré con ella.
–Bien –la sonrisa de Sesshomaru estaba llena de placer perverso.– Yo me he opuesto a eso desde el principio.
–Tranquilo, Sesshomaru –previno Edward–. To¬davía no hemos arreglado nada.
–Repito que no me casaré con ella –dijo Inuyasha tranquilamente, logrando apenas mantener la calma.
–¿Queréis tener la amabilidad de decirme por que? –La voz de Edward era también un dechado de tranquilidad.
Inuyasha dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
–Ella merece algo mejor.
–De acuerdo –intervino suavemente Sesshomaru–. En circunstancias normales, nunca se os hubiera tomado en cuenta.
Edward le lanzó una mirada para que se callara y volvió a dirigirse a Inuyasha:
–Si os referís a vuestra reputación, ya la conoce¬mos. Y soy el primero en reconocer que es difícil de aceptar. Pero, en este momento, esas cosas hay que dejarlas de lado.
–Yo haría desdichado a esa chica –dijo Inuyasha rápidamente, un poco más animado.
–Esa es una pura conjetura. No conocéis a Kagome lo bastante como para saber qué puede hacerla feliz o desdichada.
Estás ganando tiempo –dijo Rebecca–. No hay una razón de peso para que no te cases con ella, y lo sabes. Y ya es hora de que te cases, vaya si es hora...
–¿Para poder daros un heredero? –replicó él.
–Bueno, escuchad Inuyasha –interrumpió Ed¬ward–. ¿Podéis negar acaso que habéis metido a mi sobrina en un escándalo?
–¿Vuestra sobrina?
–¿Quién diablos creías que era esa chica, sinver¬güenza? –Rebecca estaba exasperada. Súbitamente Sesshomaru soltó la carcajada.
–Decidme, Shikon ¿esperabais que ella fuera ilegítima? ¿Alguna pariente pobre que queríamos echaros encima?
–Basta ya –previno Edward de nuevo–. Inuyasha... bueno, tal vez deberé reconocer que no sabíais quién era Kagome. No muchos recuerdan a Melissa. Murió hace tiempo.
–¿Melissa?
–Nuestra única hermana. Era mucho menor que Jason y que yo, la criatura del medio. Era... bueno, no puedo recalcar hasta qué punto era preciosa para nosotros, la única mujer en medio de cuatro varones. Kagome es su única hija.
–Es todo lo que les queda de Melissa –dijo Re¬becca–. ¿Empiezas a darte cuenta hasta qué punto es importante Kagome para los hermanos Malory?
Inuyasha se sintió descomponer.
–Y debo deciros, respecto a la frase de mi her¬mano, que Kagome es totalmente legítima –prosiguió Edward–. Melissa estaba felizmente casada con el conde de Penwich.
–¡Penwich! –Inuyasha casi se ahogó al pronunciar el nombre que había maldecido tantas veces.
–El último conde, Thomas Higurashi –aclaró Ed¬ward–. Un oscuro primo lleva ahora el título. Un tipo desagradable, pero no tiene nada que ver con Kagome. Hace diecisiete años que ella está a nuestro cuidado, desde que Melissa y Thomas murieron juntos en un terrible incendio.
La mente de Inuyasha daba vueltas. Maldición. Ella era en verdad prima hermana de Derek, hija de un conde, sobrina del marques de Haverston. No le sorprendería enterarse de que también era una here¬dera. Fácilmente podría conseguir un marido con un título mejor que el de él. Hubiera podido. Pero aho¬ra que el nombre de ella estaba vinculado al de él, ya no era un premio para conquistar, por lo menos para las familias que no tocarían una muchacha con un escándalo detrás. Todos en la habitación lo sa¬bían, incluso él. De todos modos había otros hombres que la querían sin tomar a nada en cuenta, hombres de principios menos rígidos.
Dijo más o menos esto a Sesshomaru:
–No parecéis creer que ella ha perdido su posibi¬lidad de hacer un buen casamiento... ¿Por qué insis¬tís en casarla conmigo?
–¿Acaso he dicho eso, querido amigo? No, no. Es ella quien quiere casarse con vos, yo no quiero que se case.
Inuyasha miró alrededor al dar la respuesta.
–Y como sobrina mimada, ella siempre consigue lo que quiere ¿verdad? –dijo.
–Existe el hecho sencillo –intervino Edward– de que si ella se casa con otro, el pobre tipo tendrá que vivir toda su vida soportando que el escándalo que vos habéis suscitado sea comentado a espaldas de él. Eso es pedirle mucho a un hombre, y cierta¬mente no servirá para hacer feliz a un matrimonio.
Inuyasha frunció el ceño.
–Pero ella dirá la verdad, cuando es la mentira lo que todos creen? –dijo Edward provocativo.
–¿Debo entonces pagar por la estrechez mental de otros?
–¿Qué diablos te pasa, Inuyasha? –preguntó Rebecca–. He estado con la chica y es la criatura más hermosa que he visto en mucho tiempo. Nunca conseguirás un partido mejor, y lo sabes. ¿Por qué te niegas a este casamiento?
–No quiero casarme... con nadie – dijo Inuyasha duramente.
–Lo que tu quieras no tiene importancia –replicó la abuela–. Se trata de que has comprometido a una muchacha inocente cuya familia no está dispuesta, como otras, a soportarlo en silencio. ¡Tienes mucha suerte de que quieran casarla contigo!
–Sé razonable, Inu –corroboró Eleanor–. Alguna vez tienes que casarte. No puedes seguir eternamente llevando la vida que llevas. Y la mucha¬cha es hermosa, encantadora. Será una esposa mara¬villosa.
–No para mí –dijo él sin expresión. En el silen¬cio que siguió, empezó a concebir esperanzas, pero su abuela las borró.
–Nunca serás un hombre como fue tu padre. Huiste al mar dos años, volviste a vivir la vida de un calavera, delegaste tus responsabilidades en admi¬nistradores y lacayos. Dios, me avergüenza que seas mi nieto. Y te lo digo desde ahora; es mejor que te olvides de que existo, si no te sometes y te casas con esa joven. –Se puso de pie, con expresión pé¬trea.– Vamos, Ellie. Ya he dicho todo lo que quería decirle.
La cara de Rebecca seguía fría e imperturbable cuando salió de la habitación seguida por Ellie. Pe¬ro, cuando la puerta se cerró tras ella, se volvió ha¬cia Eleanor y le dedicó una gran sonrisa conspirativa.
–¿Que opinas, querida? ¿Crees que lo hemos logrado?
–Exageraste un poco al decir que estabas aver¬gonzada de él. Sabes que no es verdad. Vamos, si te deleitas más que él con sus locas escapadas. Juro, Rebecca, que deberías haber sido un hombre.
–¡Como si no lo supiera! Pero esta pequeña escapada ha sido un envío del cielo. Aunque no creía que fuera a resistir tanto.
–¿No lo creías? –repitió Eleanor–. Ya sabes por qué no quiere casarse. Conoces sus sentimientos. Inu se niega a hacer caer el estigma de su naci¬miento sobre una esposa confiada. Siente que no puede ser candidato para una joven decente, pero su situación hace que no pueda casarse por debajo de su rango. Y simplemente decidió que no iba a casar¬se jamás. Tú lo sabes.
Rebecca asintió, impaciente, y dijo:
–Por eso lo que ha pasado es un regalo del cielo. Ahora tiene que casarse, y con una muchacha de buena familia. Oh, a él no le gusta nada, pero al final se alegrará. Y te digo que a esa muchacha le impor¬tará un comino si alguna vez se entera de la verdad.
–¿De veras crees eso?
–Si no lo creyera, diría que esa muchacha no es para él –afirmó Rebecca.
Ambas sabían exactamente cuáles eran los motivos de Inuyasha, aunque él ignoraba que ellas lo sabían. Ante el mundo, Miriam era su madre, y el día en que ella terminara con la comedia –como había amenazado hacerlo con frecuencia– iba a ser el día en que Inuyasha dejara de vivir bajo la amenaza de la revelación, y se convertiría en el paria que pretendía ser con tanto ánimo antes de tiempo. Quería que se pensara que él era malvado, para acostumbrarse al tratamiento que le esperaba si la verdad salía a la luz.
–Alguien debería decirle que probablemente no tendría mucha importancia que se conociera la verdad –dijo Rebecca–. Nadie la creerá de todos modos, después de tantos años,
–¿Por qué no se lo dices? –preguntó Ellie, aunque ya conocía la respuesta.
–Yo no, querida. ¿Por qué no lo haces tú?
–Oh, no –Eleanor sacudió bruscamente la cabeza.– A él no le preocupa mucho esto –suspiró–. Ya hemos hablado centenares de veces del tema, Rebecca. Por otra parte, al fin ha encontrado una novia, se establecerá como es debido y fundará su propia familia.
–Esperemos –dijo Rebecca, y añadió–: Pero él todavía no ha dado su consentimiento.
–Vuestra actitud es en verdad desconcertante, Inuyasha –decía en aquel momento Edward, en la sala–. Si no supiera con certeza que sois un hombre que ama las faldas, tendría mis dudas.
Inuyasha sonrió ante la sugerente frase, procedente de aquel severo caballero.
–Mis inclinaciones van decididamente hacia el sexo femenino, milord.
–Pero no queréis casaros con mi sobrina. Sesshomaru habló con rudeza.
–Miradme a los ojos al contestar, Shikon, porque he visto la marca que le hicisteis.
–¿De qué hablas? –preguntó Edward.
–Tranquilo, Eddie. Es algo entre yo y el vizconde. Mas ¿cuál es vuestra respuesta, Shikon?
Inuyasha se ruborizó furioso, y su cara se ensom¬breció. Se sentía acorralado y no le gustaba. ¿En verdad había marcado a la chica? Si era así: ¿por qué diablos ella había informado a su tío? Decían que ella quería casarse con él. Demonios, ¿era posible que hubiera hecho creer a Sesshomaru que el encuentro con él no había sido del todo inocente? ¿Era por esto por lo que el menor de sus tíos estaba decidido a derramar su sangre?
–No tengo nada que decir en contra de vuestra sobrina, señores –dijo Inuyasha, con firme voz, los ojos ambarinos, brillantes de furia–. Vosotros co¬nocéis mejor que yo los méritos que tiene.
–Sí, puede decirse que ella es deseable en todo su sentido. Sin embargo, no podemos resolver este asunto. –Edward suspiró.– A Jason esto no va a gustarle nada. Él es su tutor legal, ¿sabéis?
–Jason le partirá en dos si no están ya compro¬metidos cuando él llegue –dijo Sesshomaru sin expre¬sión–. Abandona el asunto, Eddie, y déjalo en mis manos. Si Jason se apodera de él, ya no me quedará nada que hacer.
Inuyasha volvió a sentarse, ocultó la cara entre las manos y ellos siguieron discutiendo entre sí. Simpa¬tizaba y respetaba al padre de Derek: Jason Malory había cazado con él en Haverston y habían pasado largas horas charlando juntos ante un buen brandy. Admiraba la forma en que Jason administraba Ha¬verston y la manera en que trataba a su gente. Lo que menos deseaba era que Jason se enfadara con él. Pero no podía casarse con la muchacha y no podía decirles por qué.
Nunca como en este momento había sentido tan dolorosamente la amargura de su linaje. La verdad es que era bastardo. Y cualquier mujer que se casara con él iba a sufrir el estigma de su bastardía. Él quedaría en el ostracismo si la verdad se divulgaba. ¿Acaso no había visto lo que pasaba con Derek Malory, que era un bastardo conocido? Por eso sentía una afinidad con Derek que no experimentaba hacia ninguno de sus otros amigos.
La voz de Edward se inmiscuyó en sus pensamien¬tos.
–Dudo que la situación financiera de Kagome os impresione, Inuyasha, porque las sabias inversiones de vuestro padre, y la vuestras, os han hecho un joven rico. Basta con decir que Kagome tiene lo suyo. Aunque... tal vez esto os interese.
Inuyasha aceptó un montón de papeles que Edward había sacado de su casaca. Cartas. Sus cartas al conde de Penwich.
–¿Cómo han llegado a vuestro poder? –preguntó incrédulo.
–La verdad es que me las han hecho llegar muy recientemente. El conde es famoso por ignorar las cosas que no le interesan, y esa tierra que queréis no le interesa.
–¿Y por qué os ha elegido a usted?
–Porque la tierra pertenece a un trust que yo manejo. Es una hermosa tierra, con casi una docena de arrendatarios, que pagan regularmente.
–Es una propiedad bastante grande y usted lo sabe, y ni siquiera da la mitad de lo que debería dar –replicó Inuyasha.
–Ignoraba que fueseis tan amante de la tierra –dijo Edward agudamente–. Después de todo no administráis Silverley.
–Un músculo se contrajo en la mandíbula de Inuyasha. ¡Demonios c infiernos! Hubiera preferido enfrentarse sin armas a su antiguo enemigo, el capi¬tán Hawke, que a estos Malory.
–¿Estáis sugiriendo que nunca podré echar mano a esa tierra, a menos que me case con vuestra sobri¬na?
–Podríais decirlo de manera más delicada, pero ese es el punto, en verdad.
–Rehusad, Shikon –le tentó Sesshomaru por lo bajo–. Encontraos conmigo mañana al alba. No os mataré. Apuntaré debajo de vuestro corazón para que a la próxima muchacha que secuestréis en medio de la noche, todos la crean cuando diga que no la habéis tocado.
Inuyasha tuvo que reír. ¿Así que ahora amenazaban con castrarle? ¿Eran éstas las posibilidades? No le cabía duda de que su abuela era capaz de mandarle a la cárcel como había dicho. Se vería así alejado de ella, sin duda alguna, y lo cierto es que quería a la vieja bruja. Si, si Sesshomaru se salía con la suya, tenía que enfrentarse a la muerte o ser herido gravemente. Éstas eran las posibilidades.
O podía casarse con la criatura más preciosa que había visto en su vida. Y probablemente adquirir la tierra que deseaba. La tía Ellie estaba a favor del casamiento. Su abuela y todos los Malory le querían.
Inuyasha cerró los ojos un momento, aparente¬mente sumido en profundos pensamientos. Después los abrió y se puso de pie.
–Señores –dijo tranquilamente–, ¿cuándo tendrá lugar la boda?
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–¿De manera que has venido a acompañar a tu novia a Vauxhall Gardens? ¿A un concierto? ¡Jamás pensé que pudieras asistir a un maldito concierto, y durante el día, además!
Derek Malory se divertía inmensamente y la ex¬presión de disgusto en la cara de Inuyasha Taisho era perfecta. Estaban en la sala de la casa de Edward, la misma habitación en la que había tenido lugar la terrible reunión la noche anterior, y Inuyasha acababa de llegar.
–Al parecer no hay otra manera de verla –dijo Inuyasha a Derek–. Anoche no dejaron que me acercara a ella.
–Bueno, claro que no. No hubiera sido correcto. La mandaron a la cama.
–¿Quieres decir que ella recibe órdenes? –dijo Inuyasha con fingida sorpresa–. Creí que todos seguían las órdenes de ella.
–Vamos, caramba, en verdad te lo has tomado en serio. No sé por qué. Ella es un privilegio, ¿sabes? Y no tener que aceptar a una que me han impuesto.
Derek sonreía.
–Me enteré de que había alborotado mucho. Y no creí nada de todo esto, especialmente cuando me dijeron que habías cedido. Sé que no te gusta para nada que te digan lo que debes hacer.
–Deja de dar vueltas, Derek –pidió Inuyasha–. ¿Qué haces aquí?
–Tenía que venir, ¿no recuerdas? La prima Clare y yo os acompañaremos. Son órdenes del tío Edward. Supongo que no creías que ibas a salir solo con ella, ¿verdad? Nada de manoseos antes de la boda.
Inuyasha hizo una mueca.
–¿Que diferencia habría? Se supone que ya me he acostado con ella.
Nadie cree eso, Inu. Al menos ninguno de la familia.
–Excepto el tío Sesshomaru, quizás.
–No sé lo que él piensa –dijo Derek más tranquilo–. Pero te aconsejo que no le pierdas de vista. Los dos son íntimos, sabes? Me refiero a tu futura esposa y a él.
–Ella es su sobrina favorita.
–Era más que eso. Él era solo tres años menor que la tía Melissa, ¿sabes?, y ambos eran inseparables. Cuando Melissa murió, él sólo tenia diecisiete años. Y la hija de Melissa la reemplazó en su cariño. Todos mis tíos han sentido lo mismo, incluso mi padre. Pero como el tío Sesshomaru es el menor, ha sido más bien un hermano para Kagome. No puedes imaginarte las peleas que ha tenido con mi padre cuando se hizo mayor de edad y vino a Londres, porque el viejo no quería separarse de ella todos los años; fue como con el tío Edward. –Derek rió.– El viejo finalmente cedió, porque ella lo quería, y cuando ella quiere algo, él se lo da.
Inuyasha gruñó. Kagome estaba atrozmente mimada.
–¿Por qué nunca la vi en Haverston?
–Cuando venías, ella estaba siempre con el tío Edward o con el tío Sesshomaru. Pasaba cuatro meses del año con cada uno de ellos en la época en que empezaste a visitarme. –Volvió a reír.– Pero la viste antes, la primera vez que te llevé a casa. Ella era una muñequita que derramó un plato de budín sobre tus rodillas cuando empezaste a hacerle bromas.
–¡Pero llamabas Kaggie a esa criatura! –exclamó Inuyasha.
–Para nosotros Kagome siempre ha sido Kaggie, y ahora ya es una mujer. ¿La recuerdas? Él gruñó.
–¿Cómo voy a olvidarla? Me sacó la lengua cuando la regañé.
–Sí, claro y, después de eso, ya no le gustaste nada. Creo que estaba en casa otra vez cuando viniste a visitarnos, pero no quiso verte.
–Ella me ha dicho que cuando tú le hablaste de mí, había empezado a amarme –dijo Inuyasha seca¬mente.
–Oh, no me cabe duda de que te amaba entonces –dijo Derek riendo–. Pero eso fue antes de cono¬certe. Me tiene un cariño especial, ¿sabes?, y quiere a cualquiera que sea amigo mío.
–Maldición. Sólo falta que me digas que ha sido tu compañera de juegos.
–No debe sorprenderte, viejo. Yo sólo tenía seis años cuando ella llegó a Haverston. Reconozco que le enseñé travesuras, porque no había otros niños. La arrastraba en todas las fechorías que yo hacía. Naturalmente el viejo casi tuvo un ataque cuando se enteró de que ella andaba cazando y pescando, en lugar de estar cosiendo; o trepando a los árboles y construyendo fuertes en los bosques, en lugar de asistir a las lecciones de música. ¿Sabes que se casó nada más que para darnos una madre? Esperaba que fuera una influencia positiva. Pero eligió mal. Amaba a la mujer, pero de manera enfermiza. Y ella pasaba más tiempo en Bath, siguiendo curas de baños, que en Haverston.
–¡Quieres decir que me voy a casar con un marimacho?
–¡Por Dios, no! Recuerda que ha pasado buena parte de cada año con la familia del tío Edward, desde hace trece años, y Edward tiene tres hijas, más o menos de la edad de Kaggie. Cuando estaba aquí con ellas, Kaggie era brillante en sus estudios, un ángel de decoro y todo lo demás. Naturalmente, cuando ella iba a Haverston volvíamos a divertirnos. Ni siquiera recuerdo cuántas veces el viejo nos llamó para reprendernos. Y ella nunca recibió la peor parte, esa me tocó a mí. Pero, a los catorce años, ya no parecía una salvaje. Incluso dirigía por entonces la casa, porque nuestra «madre» nunca estaba allí.
–De manera que dirigía una casa, estudiaba en otra y me preguntó que hacía en la tercera. Derek rió con tono malicioso.
–Lo cierto es que el tiempo que pasaba con el tío Sesshomaru era como una vacación. Y él hacía todo lo posible para que ella se divirtiera. Y posiblemente le ha enseñado a tratar con tipos como nosotros...
–Después dijo, gravemente:– Todos la queremos, Inu. Y eso es verdad, pase lo que pase.
¿Entonces tendré que cargar por el resto de mi vida con las intervenciones de mis parientes políticos? –preguntó fríamente Inuyasha.
–Dudo que eso sea tan malo. Después de todo, ella estará a solas contigo en Silverley.
Era una idea en la que podía deleitarse, pero nunca iba a realizarla. Inuyasha había cedido ante las provocaciones, pero lo cierto es que no pensaba casarse con Kagome Higurashi. De alguna manera tenía que lograr que ella rompiera el compromiso. Bien podía ella tener un primo bastardo, pero no iba a tener también un marido.
Derek tenía más suerte que Inuyasha, porque había vivido sus veintitrés años Sabiendo quién era y sin dejar que eso le molestara. Pero Inuyasha sólo se había enterado del secreto de su nacimiento cuando tenía diez años. Y antes de la revelación, la mujer a quien él creía su madre le había hecho la vida miserable, simplemente porque él creía que ella era su madre. El nunca había entendido por qué ella le odiaba, por qué lo trataba peor que a un sirviente, por qué le desvalorizaba, le humillaba. Ella nunca había fingido simpatía por él, ni siquiera en presencia de su padre. Era más de lo que podía soportar cualquier niño.
–Un día, cuando él tenía diez años, inocentemente la llamó «madre», cosa que hacía raras veces, y súbitamente ella le gritó: «No soy tu madre y estoy harta de fingir que lo soy. Tu madre era una, puta que quiso ocupar mi lugar... una puta.»
Su padre, pobre hombre, estaba presente. Y el padre no sabía que nada podía hacer más feliz a Inuyasha que saber que Miriam no era su madre. Fue sólo más tarde cuando se dio cuenta de que el mundo es cruel para los bastardos.
El padre se vio obligado a decirle la verdad aquel mismo día. Miriam había tenido varios abortos en los primeros años de su matrimonio con Charles, y cuando el médico dijo que esto siempre iba a produ¬cirse, la tensión entre el matrimonio creció. Charles no se lo dijo directamente, pero Inuyasha imaginó que Miriam le había tomado aversión al lecho marital. Y Charles buscó consuelo en otra parte.
Torpemente Charles le explicó que su madre era una dama, una mujer buena y de gran corazón, que había amado a Charles. El se había aprovechado de ese amor una noche de borrachera, la única vez que ella y él se habían permitido esa libertad. Inuyasha fue concebido aquella noche. No había posibilidad alguna de que la mujer pudiera quedarse con el niño. Era soltera. Pero Charles quería aquel hijo, lo quería desesperadamente. Miriam consintió en salir de viaje con la mujer hasta que naciera la criatura. Cuando regresó, todos creyeron que el niño era de ella.
Inuyasha entendió la amargura de Miriam, el re¬sentimiento contra él, aunque entenderlo no hizo que le fuera más fácil vivir con ella. Soportó a Mi¬riam otros doce años, hasta la muerte de su padre.
Entonces, a los veintidós años se fue de Inglaterra, pensando no regresar. Su abuela nunca le perdonó los dos años que había estado desaparecido, pero a él le gustaba recorrer los mares en sus propios bar¬cos, vivir una aventura tras otra, incluso pelear en algunas batallas marinas. Finalmente volvió a Ingla¬terra, pero no se resignó a regresar a Silverley. No podía vivir con Miriam y soportar su odio y las con¬tinuas amenazas de decir al mundo entero la verdad de su nacimiento.
Hasta el momento, nadie sabía nada, con excepción de ellos dos y los abogados de su padre, porque Charles había convertido a Inuyasha en su heredero legal. Y no era que Inuyasha no pudiera tolerar la burla o el desdén si la verdad salía a la luz: se había preparado para esto. Pero su padre se había tomado mucho trabajo para guardar el secreto, para mantener intacto el nombre de la familia. Y él no quería dañar¬la reputación de su padre.
No podía confiar en Miriam. Ella podía hablar. Por este motivo él no tenía derecho a casarse con una muchacha de buena familia que se convertiría en una descastada, si a Miriam se le ocurría traicionarle.
No, Kagome Higurashi no era para él. Él daría cual¬quier cosa por poseerla, de esto se daba cuenta. Pero también daría cualquier cosa para no casarse con ella, no quería arriesgarse a que atravesara el horror que la esperaba, si el secreto era revelado. Tenía que encontrar la manera de eludir la boda.
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–Lamento haberos hecho esperar, milord.
Inuyasha se volvió al oír la voz de ella. Un estre¬mecimiento le recorrió. Había olvidado hasta qué punto era deslumbrante. Estaba vacilante en la puerta, un poco asustada. Su prima Clare estaba detrás de ella. Alta y rubia como casi todos los Malory, era bastante bonita, pero se apagaba y desaparecía ante la exótica belleza de Kagome.
Una vez más se inquietó cuando su cuerpo reac¬cionó ante la vista de Kagome. Maldición. Tendría que romper pronto el compromiso o acostarse con ella.
Kagome seguía de pie en la puerta, y él dijo:
–Entrad, no voy a morderos, amor.
Ella se ruborizó ante la palabra tierna.
–Aún no conocéis a mi prima Clare –dijo, avan¬zando lentamente.
Él saludó a Clare y luego dijo a Kagome:
–Derek acaba de refrescar mi memoria con res¬pecto a usted. Debisteis decirme que ya nos habíamos conocido.
–No creí que lo recordarais –murmuró Kagome, completamente turbada.
–¿No recordáis haberme derramado el postre so¬bre las rodillas? –dijo él con los ojos muy abiertos fingiendo sorpresa.
Ella sonrió, pese a su nerviosismo.
–No puedo decir que lo lamento. Lo merecíais.
Al ver el brillo de los ojos azul cobalto, él se pre¬guntó cómo iba a hacerle creer que no la deseaba. Le deleitaba en todo sentido. Bastaba mirarla para que le hirviera la sangre. Sentía un deseo casi incon¬trolable de besarla, probar de nuevo la dulzura de sus labios, sentir el pulso que latía en su garganta. ¡Maldita muchacha, era demasiado seductora!
–Venid pues, niños –bromeó Derek–. Es una preciosa tarde para ir a un concierto. Caramba, realmente voy a un concierto diurno... y como acompa¬ñante, además. –Salió por la puerta, moviendo cómicamente la cabeza. Inuyasha hubiera deseado cam¬biar unas palabras con Kagome, pero la primera Clare lo hacía imposible, y sus críticos ojos no se apartaban instante de ellos. Inuyasha suspiró, esperando que Derek pudiera arreglar algo.
Kagome parecía especialmente animada durante el trayecto hasta Vauxhall Gardens, charlaba tontamente y sin cesar con sus primos. ¿Serían nervios, o de ver¬dad se sentía muy feliz? A él le gustaba observarla. ¿Realmente estaba contenta ante la idea de aquel matrimonio? ¿Por que les había dicho a su tíos que quería casarse con él? ¿Por qué con él?
Kaggie estaba sorprendida ante la cordialidad de Inuyasha. Cuando le dijeron que él se había negado repetidas veces a casarse con ella antes de ceder al fin, ella había esperado acritud, incluso enfado. ¿Por¬qué había aceptado con entusiasmo? No podía ser por la tierra, ¿verdad? No era muy halagador saber que se habían necesitado unos terrenos para que cambiara de idea. Sessho resoplaba diciendo que le habían comprado. Pero Sessho no había visto la for¬ma en que la miraba Inuyasha Taisho. ¿Le habían comprado? ¿Y por qué había luchado tanto contra el matrimonio para ceder finalmente?
Debía desearla; la manera en que ardían sus ojos, era una confesión. En verdad la miraba de una ma¬nera desvergonzada, y lo hacía incluso delante de sus primos. Podía ver la expresión incómoda de Clare y la divertida de Derek. Pero ¿Inuyasha se daba cuenta de lo que estaba haciendo? ¿Lo hacía deliberadamente para turbarla? ¿Acaso su amabilidad era forzada? Pero el deseo que sentía por ella no era fingido, de eso estaba segura.
Dejaron el carruaje y marcharon por un sendero florido; la música se volvía más fuerte, a medida que se acercaban a la gran zona donde estaba la orquesta. Inuyasha miraba tan intensamente a Derek que el joven finalmente comprendió el mensaje y llevó apresuradamente a Clare entre el público. Kaggie rió cuando Derek arrastró a su prima, pese a las protestas de ésta.
En cuanto pudo, Inuyasha la sacó del sendero y la llevó detrás de un gran árbol. No estaban solos. Estaban protegidos de la gente que quedaba delante, aunque no de los que todavía seguían llegando por el sendero. Pero estaban lo bastante escondidos co¬mo para poder cambiar unas palabras con intimidad.
Era la ocasión que él buscaba. Ella estaba recostada contra el árbol y los brazos de él se apoyaron a cada lado de ella, dejándola expectante, y él pensó: «Ódiame, mujer. Despréciame. No te cases conmigo». Era lo único que tenía en la mente, lo que quería decir, pero se perdió en los ojos de ella.
Sin casi darse cuenta de lo que hacía, inclinó la ca¬beza y rozó los labios de Kaggie, sintiendo la suavi¬dad como de pétalo, la dulzura de la boca entrea¬bierta. Un fuego lo recorrió, y se apoyó contra ella, apretándola contra el árbol. Pero aún no era bastante. Necesitaba estar más cerca...
–Lord Shikon, por favor –logró decir ella, sin aliento–. Pueden vernos.
El se apartó un poco, lo bastante como para po¬der verle la cara.
–No seas tan formal, amor. Después de todo, estamos prometidos.
¿Acaso había amargura en la voz de él?
–Usted no... ¿por qué accediste a casarte conmigo?
–¿Por qué quisiste que lo hiciera? –preguntó él.
–Era la única solución.
–Podías haberlo eludido.
–¿Eludido? ¿Para qué? Te dije lo que iba a pasar si nos descubrían.
–Estabas bromeando –recordó él duramente.
–Bueno, sí, pero no pensaba que íbamos a ser descubiertos. Oh, no quiero discutir. Lo que está hecho, hecho está.
–No, no es así –dijo él con voz firme–. Puedes romper el compromiso.
–¿Y por qué voy a hacerlo?
–Porque no quieres casarte conmigo, Kagome –dijo él con voz suave, casi amenazadora–. No quieres. –Sonrió tiernamente, y sus ojos le acaricia¬ron la cara.– Lo que quieres es ser mi amante, porque te amaré hasta la locura.
–Por un tiempo, ¿verdad? –preguntó ella, tajante.
–Sí.
–¿Y después seguiremos por caminos separados?
–Sí.
–Eso no me convence.
–Serás mía, ¿sabes? –la previno él.
–Naturalmente, cuando nos hayamos casado.
–No nos casaremos, amor. Recobrarás el buen sentido mucho antes del día de la boda. Pero serás mía de todos modos. Sabes que es inevitable, ¿verdad?
–Eso es lo que pareces creer.
Él rió. Era encantadora. Pero su risa se petrificó al oír una profunda voz detrás de él.
–No puedo decir que lamente la interrupción, Shikon, porque me parece que esto necesita una interrupción.
Inuyasha se pudo erguido. Kaggie espió por encima del hombro de Inuyasha y vio al tío Sessho, con una dama que se apretaba con fuerza a su brazo. ¡Oh, no, ella no! Inuyasha estaba a punto de estallar de furia, porque estaba seguro que Sessho había traído deliberadamente a Kikyo Hikeda,
–¿Tú en Vauxhall, Sessho? No puedo creerlo –procuraba sonar incrédula.
–Ahorra las burlas, gatita. He oído maravillas acerca de esta orquesta.
Ella contuvo el aliento cuando la mirada de Inuyasha se fijó en su querida, que parecía confundida y enfadada. Kaggie casi sintió pena por la mujer, pero su simpatía no emergió a la superficie. Después de todo a Kikyo no le había importado lanzar el nombre de Kaggie al escándalo.
–Nos encontramos de nuevo, lady Hikeda –dijo Kaggie con falsa dulzura–. Ahora puedo agradeceros que me hayáis prestado vuestro coche la otra noche.
Sesshomaru se aclaró con fuerza la garganta y Inuyasha rió incómodo.
–Yo también debo agradecértelo, Kikyo. No hubiera conocido a mi futura esposa de no haber sido por ti.
Mil emociones atravesaron la cara de lady Hikeda, y ninguna era agradable. Pensaba que era mil y mil veces tonta. Al enterarse de lo que había pasado, se había sentido tan dichosa de que Inuyasha quisiera secuestrarla, que contó a todas sus amigas hasta qué punto él era un amante romántico... y cuan desdi¬chado había sido al robar a una mujer equivocada. Pero su jactancia se había convertido en un desastre para ella.
Sesshomaru dijo con firmeza:
–Kaggie, espero que ahora vendrás conmigo. Es posible que tenga que empezar yo a hacerte de acompañante. Tengo que hablar unas palabras con mi sobrino. Derek no debería dejaros solos. Estar comprometidos no autoriza a portarse mal. Recordadlo.
Y tras esto se alejó, murmurando algo en el oído de lady Hikeda mientras la apartaba, probable¬mente alentándola a que no hiciera una escena. La boca de Inuyasha se puso dura al ver que se alejaban.
–¿Acaso tu tío no confiaba en mí para que infor¬mara a Kikyo de mi compromiso? Lo habría hecho con mucho placer. De no ser por ella y su incontro¬lable jactancia...
–No estarías a punto de casarte conmigo –ter¬minó Kagome con dulzura.
La furia le abandonó. Su expresión se volvió enloquecedoramente inescrutable.
–Y serías mi amante, en lugar de mi esposa. Un arreglo mucho mejor.
–No para mí.
–¿Quieres decir que no vas a sucumbir, amor?
–No, no estoy segura, no estoy segura en modo alguno –contestó ella con sinceridad. Había tristeza al reconocer esto, y él sintió un remordimiento instantáneo.
–Lo siento, amor –dijo suavemente–. No debe¬ría provocarte. Simplemente debería decirte que no quiero casarme contigo.
Ella le miró, imperturbable,
–¿Debo agradecer esta sinceridad?
–Maldición, no lo tomes con un insulto. No tiene nada que ver contigo.
–Tiene mucho que ver conmigo, Inuyasha –dijo Kaggie enojada–. Has unido mi nombre al tuyo, te guste o no. Tú hiciste eso, no yo. También has aceptado casarte conmigo. Te viste forzado a ello, es verdad, pero, si no tienes intenciones de cumplir con el acuerdo, no deberías mostrarte hoy en público conmigo. Aparecer en público me liga más fuerte¬mente a ti. Temo que ahora estoy atada a ti, me guste o no. Y esto empieza a no gustarme. –Sin darle tiempo para que se recobrara, se dio la vuelta y se alejó.
–Inuyasha no se movió. Se había sentido ridículamente satisfecho cuando ella mencionó que estaban unidos y ridículamente herido cuando Kaggie dijo que la situación no le gustaba. No debía sentir estas cosas hacia ella. No estaban en verdad ligados, y eso era lo que debía recordar.
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–Tío Jason...
Kaggie se precipitó en los brazos que le tendía su tío, extasiada al verlo. Jason Malory, tercer marques de Haverston, era un hombre alto, como todos los otros tíos.
–Te he echado de menos, hijita. Haverston no es lo mismo cuando tú no estás.
Lo dices cada vez que vengo –dijo ella, sonriéndole con cariño–. Lo cierto es que quería ir a casa por un tiempo antes de que pasara todo esto. Y todavía quiero ir –miró alrededor de la sala y vio al tío Edward y al tío Sessho.
–¿Y dejarías a tu novio abandonado en Londres?
–No creo que eso le moleste –contestó ella sua¬vemente.
Él la condujo hasta el sofá color crema donde Sesshomaru estaba sentado. Edward, como de costumbre, estaba de pie ante la chimenea. Era más que probable que hubiera habido una discusión doméstica antes de la llegada de ella. Debía ser acerca de lo que ella sospechaba. Y nadie le había dicho siquiera que el tío Jason estaba allí.
–Temía no poder hablar contigo antes de tener que irme –empezó diciendo Jason–. Me alegro de que hayas bajado temprano. –Jason se sentó, con aire muy solemne.– No me gusta que el asunto se haya arreglado antes de mi llegada. Mis hermanos han cargado con una responsabilidad muy grande.
–Ya sabes que no teníamos elección, Jason –dijo Edward, a la defensiva.
–No habría habido diferencia si hubierais esperado unos días –replicó Jason.
–¿Quieres decir que vas a retirar tu consentimiento cuando ya se ha decidido el compromiso? –exclamó Kaggie.
Sesshomaru rió.
–Cuidado Jason. Kaggie ha entregado su corazón a ese sinvergüenza y no puedes hacer nada para cambiar eso.
–¿Eso es cierto, Kaggie?
Era verdad, no cabía duda... pero ahora ya no es¬taba tan segura, no lo estaba desde ayer. Sabía que Inuyasha aún la deseaba. Aquello era evidente. Y ella también le deseaba. ¿Por qué pretender lo contrario? ¿Pero casarse...?
–Es verdad que ese hombre me gusta mucho, tío Jason, pero... tengo la sensación de que realmente no desea casarse conmigo.
Bueno, estaba dicho. ¿Por qué se sentía tan des¬olada después de decirlo?
–Me han dicho que se negaba tercamente, aunque cedió al fin –dijo Jason suavemente–. Pero eso es natural. A ningún joven le agrada que le obliguen a hacer las cosas.
Los ojos de ella se llenaron de esperanza. ¿Sería ese el único motivo?
–Olvidaba –dijo Kaggie– que tú le conoces mejor que cualquiera de nosotros.
–Sí, y el muchacho siempre me ha gustado. Hay en él mucho más de lo que se digna a mostrar al mundo.
–Por favor, hermano –dijo Sesshomaru sardónico.
–Será un buen marido para Kaggie, Sessho, pienses lo que pienses.
–¿De verdad lo crees, tío Jasón? –preguntó Kaggie, y la esperanza volvió a surgir en ella.
–En verdad lo creo –dijo él firmemente.
–¿Entonces apruebas mi matrimonio con él?
–Hubiera preferido que te casaras en circunstancias normales, pero, ya que nos ha caído encima esta in¬fortunada situación, debe decir que no lamento que el hombre sea Inuyasha Taisho, no lo lamento.
Kaggie sonrió dichosa, pero, antes de poder decir más, los primos empegaron a entrar. Todos iban con ella a la reunión de los Hamilton, Ayame con ella y Inuyasha, los otros con Marshall en su elegante coche de cuatro asientos. En medio del alegre parlo¬teo, cuando Jason era saludado por los sobrinos y sobrinas, llegó Inuyasha, y se detuvo en la puerta sin ser visto. El pánico se apoderó de él al ver a aquella numerosa familia. ¿Tenía que vincularse con esta abrumadora parentela? Que Dios le ayudara.
Kaggie fue la primera en acercarse. Él le sonrió, decidido a controlar sus emociones esta vez. Ella es¬taba deslumbrante con un vestido de color crema, que armonizaba con su cutis transparente. El estilo era inusual, porque, en tanto que las mujeres de Londres se complacían en exhibir todo lo que podían de su pecho, ella cubría el suyo con una gasa que le subía hasta el cuello, y terminaba en un tupido encaje en la garganta. Inuyasha la miró divertido. Quizás él la había marcado ahí, y esta era la hábil manera que tenía ella de ocultarlo. Quedó preguntándose si sería así.
–Inuyasha... –dijo ella intrigada por lo que él podía estar pensando.
–¿De manera que has decidido dejar de lado el enfado? –dijo él suavemente–. Temí que no quisie¬ras dirigirme la palabra.
–¿Vamos a discutir de nuevo? –parecía molesta.
–Ni se te ocurra, amor.
Ella se ruborizó. ¿Por qué persistía en llamarla «amor»? No era correcto, y él sabía que no lo era. Pero Inuyasha era así.
El marqués saludó cordialmente a Inuyasha, sin mencionar la loca hazaña que era el origen de este compromiso. El viaje hasta la casa de campo de los Hamilton, a unos pocos kilómetros de Londres, también transcurrió sin tropiezos, y la joven Ayame llenaba cada hueco en la conversación con su excitada charla, porque no la dejaban asistir con frecuencia a reuniones nocturnas.
Faltaba ver las reacciones que iba a provocar la pareja de prometidos en casa de los Hamilton, porque la noticia del compromiso de Inuyasha con Kagome estaba sobrepasando en la chismografía, al tema de su poco correcto primer encuentro. El ha¬bía descubierto esto la noche anterior, en una comida.
El sarao de los Hamilton no era una reunión para mucha gente, habría unas cien personas en la gran casa de campo, de manera que quedaban muchos lugares libres por donde se podía vagar. Los invitados probaban los manjares colocados sobre largas mesas, bailaban en el salón preparado con este propósito, o charlaban en grupitos. Algunos gazmoños lanzaron miradas furiosas al ver juntos a Inuyasha y a Kagome, pero la mayoría se limitó a audaces comentarios acerca del primer y poco ortodoxo encuentro de los jóvenes.
Siempre se había pensado que iban a casarse. Él sólo se había estado divirtiendo con Kikyo, mientras esperaba que Kagome volviera a Londres. Se habían conocido en el continente, claro está. No, no, querida, se conocieron en Haverston. El y el hijo del marqués son amigos desde hace años, ¿sabéis?
–¿Has oído lo que dicen, amor? –preguntó Inuyasha, al invitarla a primer vals–. Dicen que estábamos prometidos desde que gateabas.
Kaggie había oído algunos de los comentarios más descabellados de sus primas.
–No vuelvas a decir eso –dijo riendo– mis otros admiradores quedarían destrozados si supieran que nunca han tenido ninguna posibilidad.
–¿Otros admiradores?
–Las docenas y docenas que han pedido mi mano. –Unas pocas copas de champagne habían sacado fuera el diablillo que había en ella.
–Espero que estés exagerando, Kagome.
–Ojalá –dijo ella suspirando, dichosamente inconsciente del cambio de humor de el–. En verdad era muy aburrido tener que elegir entre tantos. Ya estaba resuelta a abandonar la caza... cuando apare¬ciste.
–Ha sido una gran suerte para mí. –Inuyasha estaba furioso. Y no se daba cuenta de que estaba celoso. Sin decir una palabra, la condujo a un extre¬mo de la habitación y la dejó bruscamente con Marshall y Ayame, saludando con una breve inclinación al partir. Dándole la espalda, se dirigió a la sala de juego, donde podía beber algo más fuerte que cham¬pagne.
Kaggie frunció el ceño, totalmente desorientada. Bromear con ella acerca de los nuevos chismes, sonreírle con tanta ternura, encenderla con sus ojos co¬lor miel dorada, y después enfadarse sin motivo... ¿Qué le pasaba?
Kaggie sonrió, decidida a no sentirse desdichada. Fue invitada a bailar una y otra vez, y volvió a en¬contrar a los jóvenes que la habían rodeado como un rebaño en la última temporada. Basil Elliot y George Fowler, dos persistentes admiradores, mani¬festaron dramáticamente que sus vidas habían termi¬nado debido a la buena suerte del vizconde. Ambos juraron que iban a amarla para siempre. Kaggie esta¬ba divertida y halagada, porque tanto George como Basil eran tremendamente populares. Sus atenciones compensaban la rudeza de Inuyasha.
Pasaron dos horas antes de que el vagabundo lord Shikon decidiera volver junto a Kaggie. Ella no lo había visto en ese tiempo, pero él la había visto a ella. Una y otra vez se había acercado a la puerta de la sala de juego y la había visto reír con un compa¬ñero de baile o rodeada de ardientes admiradores. Al verla, había vuelto a tomar otra copa. Estaba agra-dablemente mareado cuando se le acercó.
–¿Quieres bailar conmigo, amor?
–¿Terminaremos este baile? –replicó ella. El no contestó. Y tampoco esperó que ella acep¬tara, sino que le rodeó la cintura con el brazo y la sacó a la pista de baile. Era otro vals y esta vez la mantuvo muy apretada contra él.
–¿Te he dicho esta noche que te deseo? –pre¬guntó bruscamente.
Kaggie era consciente de que había algo diferente en él, pero sólo al estar cerca olió el brandy. No se preocupó. Nadie que pudiera moverse con tanta gracia por una pista de baile podía estar ebrio.
–Me gustaría que no dijeras esas cosas, Inuyasha.
–¿Qué cosas? –interrumpió él–. Si me llamaras «querido» o «amor mío», sería mejor que Inuyasha a secas. Y supongo que debes amarme, ya que quieres casarte conmigo. Y yo no quiero casarme contigo, pero te deseo, amor. No dudes jamás de eso.
–Inuyasha...
–Es en lo único que puedo pensar –siguió él–. Se me ha declarado culpable, pero no se me ha per¬mitido disfrutar de mi crimen. ¿No es justo, no te parece?
–Inuyasha...
–«Amor mío» –corrigió él. Pero después cambió de tema–. Vamos a ver los preciosos jardines de los Hamilton –y antes de que Kaggie pudiera protestar, la sacó del salón de baile y salieron de la casa.
Los jardines formaban un paisaje brillante, con praderas onduladas salpicadas de árboles, estanques artificiales, macizos de flores, y jardín bien recortado, y hasta un pabellón tan recubierto por viñas floridas, que parecía un árbol.
No se pararon a admirar estas bellezas. En un abrir y cerrar de ojos Kaggie se encontró dentro del pabellón, rodeada por los brazos de Inuyasha, y be¬sada con tanta pasión, que casi perdió el conoci¬miento.
La luz de la luna penetraba por entre las viñas, bañándolos en su suave resplandor plateado. Asientos acolchados bordeaban las corlas paredes con telliz. El suelo era de madera, liso y pulido. Había grandes macetas, entre los asientos, y las hojas rumoreaban dulcemente en el cálido aire nocturno.
En lo profundo, Kaggie sabía que Inuyasha no iba a contentarse con besarla. Dependía de ella detenerle. Pero una voz dentro de ella exigía saber por qué quería detenerle.
¿Acaso no iba a ser su marido? ¿Por qué iba a negarle algo... especialmente cuando no deseaba negarle nada? ¿Y no sería posible que la actitud de él hacia el matrimonio cambiara si...? Bueno, debía ser así.
¡Cuán convenientemente trabaja la menta para lo¬grar lo que quiere! Y cómo reacciona el cuerpo ante los sentimientos agradables, queriendo más y más. Su mente y su cuerpo conspiraban en contra de Kaggie, y pronto ya no pudo luchar. Echó los brazos al cuello de Inuyasha, rendida.
Él la levantó y la llevó a uno de los bancos, se sentó con ella sobre sus rodillas.
–No te arrepentirás, amor –murmuró, y su caliente boca volvió a reclamar la de ella.
¿Arrepentirse? ¿Cómo podía arrepentirse cuando estaba tan excitada y era tan feliz?
Él sostuvo con un brazo la espalda de ella y, con la otra mano, recorrió lentamente el cuello, después bajó, e hizo que ella contuviera el aliento cuando pasó sobre sus pechos. Luego pasó al vientre, al muslo. La tanteaba vacilante, como si no pudiera creer que ella iba a entregarse. Pero, cuando su mano empezó a recorrer el mismo camino hacia arriba, se volvió más audaz, más posesivo.
Bajo la delgada tela del vestido, la piel de ella empezó a arder. El vestido era, en cierto modo, una incomodidad. Él también lo pensó. Primero des¬abrochó el botón de la garganta, después el lazo que sujetaba el vestido, bajo los pechos. Un momento después estaban de pie y él había retirado completa¬mente el vestido.
Inuyasha contuvo el aliento al ver a Kagome en su ropa interior de seda, que se pegaba a su piel, moldeando sus delicadas curvas. Ella le miró directa¬mente, sin vergüenza lo que alentó las llamas que lo consumían. Los ojos de ella eran negros en la oscura luz, los jóvenes pechos ponían tensa la camisa de encaje. Era la criatura más bella que él había visto.
El pequeño cardenal en la base de la garganta atrajo su mirada y sonrió.
–De manera que te he puesto mi marca. Supongo que debería pedirte perdón.
–Me lo pedirías si supieras lo difícil que me ha sido ocultarlo. No volverás a hacerlo, ¿verdad?
–No hago promesas –dijo él con voz ronca. Después la miró audazmente y preguntó:
–No estás asustada, ¿verdad, amor?
–No... al menos no lo creo.
–Entonces deja que te vea toda –insistió él suavemente. Ella dejó que se le volviera a acercar y le quitó el resto de la ropa, hasta, dejarla desnuda. Sus ojos la examinaron lentamente, ávidamente, y después la atrajo contra él y pegó su boca a los pechos de ella. La boca de Inuyasha, sus dientes, sus labios, todo empezó a actuar, haciéndola contener el aliento y gritar una y otra vez. Envolvió en sus brazos la cabeza de él, le apretó contra ella. Echó la cabeza hacia atrás cuando él empezó a besarle el vientre. Dios mío, ya casi no podía aguantar más...
–¿No deberías...? Inuyasha... tu ropa, Inuyasha –logró articular finalmente.
En unos segundos él había desnudado su pecho y los ojos de Kaggie se dilataron, ante lo que ocultaban las ropas de él. Sabía que el pecho de él era amplio, pero ahora le parecía enorme. Estaba tostado en todo el cuerpo, y la mata de vello sobre su pecho era castaño dorada.
Ella recorrió con los dedos el músculo del ante brazo. El contacto de la mano de ella le abrasó, haciéndole gemir.
–El resto ahora –dijo ella, porque quería verle totalmente, como él la había visto a ella. Se apañó y se sentó para ver cómo él se desnudaba. No se sentía en modo alguno turbada, a pesar de estar desnuda. Regodeó su mirada en él, un hombre en toda su clona.
Cuando finalmente quedó desnudo, se acercó y le toco, primero las estrechas caderas, después los largos y gruesos muslos. Él le asió la mano, dete¬niéndola.
–No, amor –su voz era ronca de pasión–. Estoy a punto de estallar, de manera que debo andar lentamente.
Entonces ella vio lo que estaba a punto de estallar. Increíble. Hermoso. Extraordinario.
Lentamente ella levantó sus Ojos hasta los de él.
–¿Cómo puedo saber lo que te gusta si no te toco?
Él le tomó la cara con las manos.
–Después, amor. Esta vez soy yo quien quiere darte placer, pero primero tendré que lastimarte.
–Lo sé –dijo ella suavemente, con timidez–. La tía Charlotte me lo dijo.
–Pero si confías en mi, Kagome, si te relajas y confías en mí... te prepararé. Sólo sentirás un poco de dolor y te prometo que disfrutarás de lo que viene después.
–Ya me ha gustado lo que viene antes –dijo ella sonriendo.
–Oh, mi dulce amor, a mí también.
Volvió a besarla, y sus labios separaron los de ella para sumergirse en su boca. Él estaba a punto de perder el control. La pasión de ella le enardecía, hacía que luchara defendiendo un tiempo precioso. Le acarició el vientre, después descendió hacia los muslos separados.
Ella gimió cuando él tocó la caliente esencia de ella. Y después retrocedió sorprendida cuando él le metió profundamente un dedo. Su espalda se dobló, los senos se apretaron contra el pecho de él. Ella apartó sus labios de los de él.
–Estoy... preparada, Inuyasha... lo juró.
–Todavía no, amor –dijo él con cautela.
–Por favor, Inuyasha –dijo ella sin aliento. Aquello le venció. Miró alrededor, frustrado, hacia un estrecho banco. No quería desvirgarla en el suelo, pero, maldición, nunca debió haberla traído a este lugar, no para la primera vez.
–Inuyasha... –suplicó ella apasionada. El se acomodó y penetró en ella con toda la sua-vidad que pudo. La oyó contener el aliento cuando su calidez le rodeó. Ella se adelantó, hasta que él alcanzó su virginidad. La presión la contuvo, pero, en la postura en la que estaban, no podía atravesarla con suficiente rapidez como para atenuar el dolor.
Era inevitable. Él oprimió con su boca la boca de ella para recibir su grito, y entonces, sin previo aviso, la levantó y la empujó con dureza. La mantuvo así hasta que las uñas de ella dejaron de apretar los hombros de él y ella volvió a respirar con placer, relajándose contra él.
–Inuyasha...
Su nombre nunca había sido pronunciado con más dulzura. Sonrió con alivio y le contestó sin palabras, tomándola de las nalgas para levantarla, y después la hizo deslizar lentamente en él.
Ella rápidamente aceleró el ritmo, aferrada con fuerza a él. Mil fuegos se habían encendido en ella, uniéndose en una sola llama que pronto no podría ser contenida. Y la recorrió totalmente, ahogándola en el más dulce de los fuegos.
Inuyasha no recordaba haber quedado nunca tan saciado, ni haber sentido una ternura semejante después de hacer el amor. Quería abrazar para siempre a Kagome, no soltarla nunca más.
–¿Eso ha sido... normal? –preguntó ella como en un sueño. Él rió.
–Después de lo que hemos experimentado... ¿quie¬res una mera normalidad?
–No, creo que no –levantó suspirando la cabeza que había dejado sobre el pecho de él, suspirando–. Creo que deberíamos volver a la casa.
–Oh, maldición –gruñó él–. Yo también lo creo.
Ella le miró, el amor y el anhelo brillando en su bello rostro.
–Inuyasha...
–Sí, mi amor...
–No adivinarán nada, ¿verdad? –Lo cierto es que no le importaba que lo adivinaran, pero creía que debía preguntar.
Inuyasha le sonrió.
–Nadie se atreverá a sugerir que hemos hecho el amor al aire libre. No es costumbre, amor.
Vistiéndose, bromeando, robándose besos, pasaron otros veinte minutos antes de que dieran vuelta al estanque en dirección a la casa. Inuyasha le pasaba el brazo sobre los hombros, apretándola contra él, cuando Ayame surgió ante ellos desde la cubierta de un matorral.
–Oh, Kaggie, me alegro de que seas tú –dijo sin aliento.
–¿Me han echado de menos? –preguntó Kaggie, preparándose para enfrentarse a una dura prueba.
–¿Echado de menos? No lo sé... yo salí a caminar, sabes, y no me di cuenta de que pasaba el tiempo... –Ayame empezó a toser, en verdad era una mala re¬presentación, porque el matorral que había detrás de ellos empezó a crujir.– Marshall se enojará terrible¬mente –dijo–. ¿Te importaría mucho decir que he estado contigo?
Kaggie logró contener una sonrisa.
–Claro que no.. si prometes que no perderás nuevamente el tiempo. Inuyasha...
–Perfectamente –asintió él–. Sé personalmente hasta qué punto se nos puede pasar el tiempo.
Los tres lograron mostrar caras muy serias cuando volvieron apresurados a la casa.
Jajajaj vaya ironía de la vida no creen?¿ en fin, que les pareció el rumbo de la historia?, me alegra que mucha gente se tome el tiempo de leer los capítulos que son un poco extensos, sin más nos vemos en la próxima!.
