Advertencia: Tanto los personajes como las situaciones son propiedad intelectual de Cassandra Clare.
Un minuto a tu lado
"Aquello era todo, un minuto, nada más.
El tiempo para amarle, para tenerle
sesenta segundos que,
a su lado, se volvían una eternidad."
Un minuto a tu lado (Anónimo).
A veces simplemente se sorprendía de lo estúpidos que los nefilims eran. Obviamente sus habilidades mágicas (épicas y fantásticas en toda su extensión) permitían añadir excepciones a los contratos, sutilezas que sólo un ojo experto podría detectar. Aquella no sería la primera vez en escaquearse de un acuerdo; cualquier cosa con tal de librarse de Jace, quien, tras un sólo día a su lado, ya había logrado ordenar alfabéticamente su muy amplia y variada selección de libros. Incluso los eróticos. No era que no apreciara el gesto, simplemente el pequeño cazador de sombras resultaba de lo más desesperante y molesto.
No esperaba que la oportunidad se presentara tan pronto y, desde luego, no la iba a desaprovechar. Sus ojos se posaron, sonrientes, sobre Alec, quien esperaba a que se explicase. Sólo necesitaba que otro hijo del ángel ocupara el lugar del rubiales, dijo, tan simple como aquello, y ni la Inquisidora ni absolutamente nadie notaría el cambio.
Alec pareció primero sorprendido, pero al momento entendió qué implicaban aquellas palabras. Aceptó al instante, dejando al resto descolocados, pero poco importó: podría tenerle por un rato, uno que, esperaba, fuera bien largo...
Una vez la puerta se cerró tras de ellos, con un ligero golpeteo, se volvió hacia el chico, sus verdes pupilas deleitándose con cada nuevo tono que adquirían sus mejillas, rosa, carmín, rojo intenso. Su sonrisa se ensanchó, mostrando todos sus blancos dientes. Iba a ser una tarde excelente.
Cuando estaba a solas con Alec él era dulce y amable, perdido en la inmensidad de sus besos, de caricias robadas, tímidas y nerviosas, que le electrificaban. Sus labios buscaban los suyos, anhelantes, y le llenaba la boca con aquella pasión que nacía en un instante y que, al siguiente, se desvanecía, dejando atrás los últimos recuerdos de jadeos húmedos sobre la lengua. A veces sólo hablaban, y se sorprendió de lo mucho que sabía, de las ganas de aprender que mostraba, de su innata curiosidad. Alec podía ser un mar agitado y tormentoso y, al instante, la calma, olas lamiendo la arena, trayendo consigo paz y sosiego. Pero en público siempre negaba lo que existía entre ellos, aquello aún sin nombre pero a lo que se aferraba para retenerlo, para poder disponer de un minuto más a su lado.
Jace lanzó la puya y Alec la tomó al acto, sonrojándose violentamente, adquiriendo tonos que ni el gran brujo de Brooklyn conocía. Negó vehementemente, avergonzado, la mirada perdida en sus pensamientos, angustiado al verse expuesto, descubierto. Si fuera un mero observador, tal vez sentiría pena, pues, en sus nerviosas negativas Alec sólo se estaba delatando. Sería penosamente divertido si no estuviera implicado. Los ojos azules de Alec abrían sus pétalos, asustados, esperando por un rechazo que no llegaba. Y, en ese momento habría sido tan fácil decirlo, confesar el secreto... pero miró apenado a un chico callado, vulnerable, aún con rojeces marcando su vergüenza y supo que no era quien debía decirlo, que era Alec quien debía reconocerlo, dejar de sentirse aterrado cada vez que ojos ajenos le contemplaban, juzgándole.
Sentía que caía; los gritos resonando en el vacío, las imágenes precipitándose sobre él; demonios en la cubierta de un barco, el olor a metal y sangre, el sonido de la guerra, de una batalla en ciernes que no podía perderse. Y su cuerpo cayendo, atravesando el cielo, hasta perder el control y dejar de sentir, mecido en una oscuridad plácida.
Se sumergió en las aguas frías del río, aferrándole, tratando de preservar las pocas energías, pero no podía dejarlo, abandonarlo a su suerte. Por eso las ropas se le pegaban a la carne, una segunda piel helada, que chorreaba dejando charcos a su alrededor, haciéndolo temblar levemente bajo el anochecer; no importaba, el cuerpo de Alec reposaba a su lado, respirando trabajosamente, escupiendo agua que corría por la comisura de los labios, pálidos, casi azulados. Sus ojos se abrieron y un suspiro de alivio escapó. Obstinado como sólo los nefilims eran, con la mirada fija en el barco, en las sombras que se movían, en los gritos que desde ahí les alcanzaban como dardos envenenado, la preocupación en su rostro, crispado, alterado. Quería volver, ocupar su lugar en aquella batalla que surcaba las aguas. Y no podía ayudarle, tampoco lo deseaba. Había estado tan preocupado por él, una parte de su cabeza buscándole entre los cuerpos que, como estrellas, caían, mientras trataba de anular los hechizos y las barreras.
Alec le miró, desesperado, testarudo, manteniendo que debería estar luchando. Magnus simplemente se dejó caer hacia atrás, su cuerpo contra la dura chapa de metal del furgón. Se sentía exhausto, demasiada magia gastada. Todo su cuerpo pesaba, arrastrándolo hacia la inconsciencia, los ojos viejos, descoloridos, las arrugas que el esfuerzo le hacía aparecer, la preocupación. Él también estaba peleando, quería que Alec lo entendiera, que si se desmayaba (y sabía que eso pasaría), nadie podría evitar el desastre.
Alec le tendió las manos, manchas difusas, pálidas, como el reflejo ondeante de una luna lejana. Sintió cómo las entrelazaba, una calidez invadiendo su corazón, mientras miraba, confuso, aquellas pupilas azuladas.
- Cógeme las manos. – ofreció. Magnus no se movió, aún sin entender.
- Pensaba que tenías que regresar al barco. – apuntó el brujo, cansado, casi derrotado.
- Tengo que pelear – reconoció -. Pero eso es lo que tú haces – su sonrisa bailó en sus labios unos instantes –. sé que puedes coger parte de mi energía, he oído de brujos que lo han hecho... así que te la ofrezco. Tómala. Es tuya.
Y, con sus manos enterradas, enredando sus dedos alrededor de los de Alec, tomó lo que le estaba dando, la energía azul que emanaba de él y que, poco a poco, le llenaba.
Todo a su alrededor fue barrido por esa fuerza que ahora recorría su palma, chispeante, mágica. Sólo Alec, su respiración acariciando su cabeza, su sonrisa de lado, el calor que emanaba de su piel. La batalla, el dolor, el sufrimiento, todo se volvió irrelevante, porque Alec estaba a su lado y su energía latiendo dentro de él.
