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El Capitolio es impresionante, con sus altos edificios de acero y cristal que parecen extenderse hasta el cielo y la pulcritud que se ve hasta en la calle menos espléndida. No hay demasiado tiempo para fijarse en cada detalle porque el tren sigue en movimiento, así que tenemos un vistazo rápido de cada cosa que nos llama la atención, que son muchas. Effie dice que conoceremos a nuestro mentor –el único otro triunfador de los juegos que nos queda– al llegar a la Torre de Voluntarios, el lujoso condominio donde habremos de vivir los próximos cinco días.

Mientras más nos acercamos a la estación donde habremos de bajar del tren, más me pregunto cómo será vivir aquí. Cómo será no tener que preocuparse nunca por cosas como de dónde sacarán la comida para la cena de esa noche ni si encontrarán a algún conocido muerto de hambre en las calles. Seguro que aquí son todos como Effie: interesados sólo en la vestimenta, el maquillaje, los modales… cosas de ese estilo. No creo que haya ciudadano del Capitolio que alguna vez haya pasado una noche en vela temiendo que sus hijos, nietos, primos, hermanos o sí mismo sean escogidos en la cosecha del día siguiente. Effie no es que me desagrade, pero no creo, precisamente por esto, que podamos llegar a ser amigas.

El tren desacelera a medida que nos acercamos al andén. Desde la noche anterior no he visto a Finnick, y aunque siento el impulso en mi pecho de irlo a buscar, no me muevo. He trazado un plan… o el esbozo de un plan, y si quiero que funcione debo comenzar a alejarme de él. Basta de parecer una codependiente, es hora de demostrar que me valgo por mí misma.

Unos coches negros con los vidrios bastante oscuros nos llevan por la ciudad a la Torre de Voluntarios, el megaedificio donde nos quedaremos. Es bastante impresionante: una torre que parece desaparecer entre las nubes. Effie dice que el número del piso corresponde al número del distrito, de modo que nos toca en el penthouse; según ella, el mejor. En el sótano está el salón de entrenamiento donde pretenden inculcarnos algunas habilidades para no morir al menos en las primeras 4 horas. En realidad lo único que quiero es meterme en el cuarto que me asignen y no salir hasta que sea hora de ir a la arena.

Los ciudadanos del Capitolio son tan extravagantes como la misma Effie, e incluso algunos lo son más. Comienzo a decirme a mí misma que su extravagancia es, tal vez, ya a nivel mental cuando veo a una mujer con la piel verde.

–Bien, mis niños. Nuestra primera parada es el Centro de Renovación. Allí se encargarán de ustedes y los harán lucir sencillamente encantadores para la presentación al público que tendrán hoy en la tarde. Es muy importante que pongan todo su empeño en ser simpáticos y ganarse a cada espectador presente. –Es curioso, me parece que ese último comentario me lo ha dirigido especialmente a mí, que, tengo que admitir, no he sido la más conversadora del grupo desde que nos reunimos en el tren.

Somos tragados por un túnel descendente que nos lleva a una gran bodega de acero con un batallón completo de personas esperando, imagino, por nosotros. Deben ser al menos dieciocho.

–Ellos son los asistentes de sus estilistas. ¡Los harán lucir ¡maravillosos!

¡Ah! Acabaré con una seria sordera si Effie Trinket sigue siendo así de entusiasta.

o o o

–¡Tres!

Aprieto los dientes con fuerza y sorprendentemente reprimo cualquier sonido que pudiera escapárseme de la garganta. Venia, una mujer con tatuajes sobre las cejas y cabello color turquesa, hace una mueca de disculpa y deja la banda con parte del vello que me ha arrancado de la pierna en un recipiente con las demás.

–Lo siento –murmura en ese extraño e irritante acento que tienen aquí en el Capitolio.

¿Por qué todos hablan con un timbre tan agudo? ¿Y por qué enuncian las oraciones como si, en realidad, fueran preguntas? Hacen entonaciones raras, le ponen acentos a las palabras en lugares muy poco comunes y, para peor, yo ya siento que estoy a punto de sufrir una migraña.

Llevo unas tres horas siendo sometida a todo tipo de depilaciones en todo mi cuerpo, y aún no he conocido a mi estilista. Tengo la piel muy sensible, me pica y está enrojecida, y todo el vello de mi cuerpo (piernas, torso, axilas y parte de las cejas) ha desaparecido por completo. Ahora sí me siento verdaderamente desnuda.

–No te preocupes. Esta es la última y terminamos. ¿Vale? –Venia toma otra de esas cintas blancas con un lado adherente, me la coloca sobre la última sección de mi pierna izquierda que aún tiene algo de pelo, y me mira.

Me aferro con fuerza a la camilla sobre la que estoy acostada y asiento. Entonces… ¡ras! Dios, odio esto. No me gusta ni el proceso ni cómo me estoy sintiendo después. Sin embargo, sé que debo estarme quieta y sencillamente aceptar todo lo que me hagan.

–Te has comportado fabulosamente –me anima un tipo llamado Flavius que, agitando sus tirabuzones naranjas, se acerca a aplicarme pintalabios–. No soporto a los berrinchudos que no aguantan ni una simple depilación.

¿Simple? ¿Quiere él que yo me dé a la terea de depilarlo por completo para saber cuán simple es esto? Pero claro, me digo que seguro él ya se ocupa de sí mismo… Y luego viro el rumbo de mis pensamientos; realmente no me interesa.

Entre Venia y Octavia, la misma mujer con la piel verde guisante que había visto en el coche de camino acá, me untan el cuerpo con cremas y lociones que primero pican, pero después me calman la piel irritada. Me indican que me ponga en pie y eso hago. Acto seguido, comienzan a rondarme en un círculo cerrado armados con pinzas y dispuestos a arrancarme cualquier vello que hubiera conseguido escapar a la tortura de la depilación.

–¡Mírate cómo estás! Casi una persona –exclama Flavius encantado.

–Gracias –compongo mi mejor sonrisa para evitar ponerles mi mejor mueca. Son unos bobos, en realidad, pero parece sencillo ganármelos–. En nuestro distrito realmente no hay muchos motivos para ponerme guapa.

Los tres emiten un unísono "¡Ooooh, pobre criatura!" que está a punto de acabar con mis nervios. De veras, ¿cómo le voy a hacer para soportar estos cinco días rodeada de acentos y más acentos del Capitolio? Ellos, por otro lado, me desean suerte y se van; sé que son sinceros cuando dicen que quieren ayudarme, pero ni aún así consigo sentir demasiada simpatía por ellos. De hecho, nadie del Capitolio hace más que desagradarme; ya veremos cómo va la cosa con mi estilista.

La puerta se abre de nuevo y entra un hombre joven bastante normal en apariencia, para mi sorpresa. La única modificación visible son unas líneas doradas sobre los párpados que, en realidad, resaltan las motas del mismo color en sus ojos verdes. Podría incluso admitir que es apuesto.

–Katniss Everdeen. –Asiente a modo de saludo, deteniéndose ante mí–. Soy Cinna, tu estilista. Esto debe ser extraño para ti; lo único que puedo decir para hacerte sentir mejor es que aún no ha terminado.

Parpadeo, impresionada. ¿Y eso cómo hará que me sienta mejor? Cinna sonríe y me guiña un ojo. Lo más sorprendente es que yo le sonrío de vuelta tímidamente y, sí, me siento un poco menos incómoda.

Cinna comienza a dar vueltas a mi alrededor. Sigo parada donde Flavius, Octavia y Venia me dejaron, completamente desnuda, reprimiendo el impulso de cruzar los brazos sobre el pecho. Cuando estaba sola con mi equipo no me importaba demasiado, se veían tan poco humanos que en realidad imaginaba que eran pájaros vistosos picoteando cerca de mis pies; pero ahora con Cinna, sobre todo porque no tiene esa horrible cadencia vocal tan típica del Capitolio… No sé. Como que dejé de sentirme un pedazo de carne lista para su exposición en la carnicería.

–¿Qué te pasó en el pecho? –su expresión se vuelve muy seria, y ahora sí cruzo los brazos para cubrirme. Pero no para cubrir mi desnudez, sino para cubrir mi enorme quemadura.

–Es un efecto secundario de la condición superespecial que me trajo aquí –contesto de mala gana y sin querer mirarlo a los ojos. Sé que él no ha movido los suyos de mí.

–¿Puedo saber cuál es?

No, no puedes. No es tu asunto. Sin embargo, al final acabará sabiéndose, ¿no? Bien sea porque ella me arrastre a la muerte en la arena, porque milagrosamente todos mueran antes que yo y termine convirtiéndome en Digna, o porque –más fantasioso aún– me dejen regresar al distrito tras unos pocos meses en los laboratorios de última tecnología del Capitolio. De una forma u otra, Cinna lo sabrá, y al menos para iniciar con buen pie preferiría que lo hiciera por mí.

–Mi corazón… por algún motivo se enfría solo. Los músculos y la sangre que pasan por él pierden calor paulatinamente y debo mantener una gran piedra caliente contra mi piel para contrarrestarlo.

–¿Eso puede llegar a matarte? –pregunta ligeramente sorprendido.

–No andaría por ahí con una pesada roca bajo la ropa si no fuera así –respondo lacónicamente–. Generalmente puedo andar cerca de cuatro horas sin necesidad de mi arnés, pero si después de eso no consigo una fuente de calor intenso para calentar los músculos y la sangre de mi corazón, estoy en verdaderos apuros. Puede dejar de latir.

Me atrevo a alzar la vista para estudiar su expresión. La cara de Cinna no revela nada, especialmente con un dedo reposando contra los labios. Él sencillamente me mira, imagino que pensando cómo puede afectar mi pequeño accesorio de salvamento al diseño del traje que tenga para mí.

–¿No estás en peligro de sufrir congelamiento justo ahora?

–Quizá debería calentarla y ponérmela antes de salir –repongo con un encogimiento de hombros. Nunca me ha gustado hablar de mi condición con nadie, ni con mamá, pero creo que no me molesta discutirlo con Cinna sobre todo porque él no me ve como una impedida. No me ve débil.

Cuando mi equipo de preparación vio la gran quemadura en mi pecho, casi se desmayan de la impresión. Después consiguieron tranquilizarse, pero yo notaba cómo sus ojos evitaban firmemente esa zona de piel en particular.

–Bien. Lo haremos antes de la ceremonia de inauguración. –Alarga una mano y me coge el cabello todavía trenzado; eran la única parte de mí que mi equipo debía respetar–. Me gusta tu trenza. ¿La llevas con frecuencia?

Asiento.

–Quizá la conservemos. –Ladea la cabeza mientras estudia con atención mi rostro–. ¿Por qué no te pones la bata, tomas tu arnés y vienes conmigo?

Obedezco enseguida. Después lo sigo a una sala contigua donde hay tres sofás de terciopelo rojo y una mesa de madera oscura entre ellos. Tomo asiento y Cinna lo hace frente a mí. Del reposabrazos derecho de su sofá, Cinna saca un control remoto como los que había en el tren, aprieta un botón y una especie de mesa desciende del techo hasta asentarse ante nosotros; sobre ella hay un gran recipiente con piedras al rojo vivo similares a la mía pero mucho más pequeñas.

–Ponla ahí. Estará lista en menos de veinte minutos –dice Cinna.

Lo hago, ligeramente sorprendida por el tiempo de espera que ha dicho. En casa debemos colocarla en agua hirviendo, y aún así es necesario hacer dos cambios de agua para que la piedra alcance una temperatura más o menos decente. Espero que esta vez, con estos métodos más sofisticados, no vaya a terminar con un hueco en el pecho.

La mesa elevadiza vuelve a su lugar en el techo, y Cinna y yo volvemos a mirarnos.

–Entiendo que estar aquí no es de las cosas que tenías en tu lista de "Hacer antes de morir", pero ya no hay forma de evitarlo. Yo no soy guerrero, Katniss; de hecho creo que la única batalla que he librado fue para llegar hasta aquí, y aunque no es ni remotamente similar a los juegos, es lo único que puedo ofrecerte.

–¿Qué me ofreces? –pregunto en voz baja.

–Ser recordada. Lucir imponente, no pasar desapercibida. Que el público te recuerde, que sientan simpatía por ti.

–La simpatía no es mi fuerte.

–No es necesario que lo sea. No necesito que los quieras, sólo que ellos te quieran a ti. Y, aunque no lo creas, no es tan difícil de lograr.

–Entonces… ¿qué quieres hacer?

Para la presentación de los voluntarios, a cada lote de seis suelen vestirlo con trajes representativos de la industria que se desarrolla en su distrito. El nuestro es de mineros, por lo que es común ver a los voluntarios vestidos con monos anchos, la piel llena de hollín para simular carbón y enormes cascos con luces en la cabeza. En una ocasión presentaron a dos de los seis voluntarios del 12 completamente desnudos y sólo cubiertos de polvo negro; lo común es que cada pareja de voluntarios vista igual.

No voy a negar que me preocupe lo que Cinna tiene en mente para mí, porque lo hace. No tengo ningunas ganas de pasar más tiempo desnuda, y ahora frente a todo el Capitolio y, como el evento es televisado y de visión obligatoria en todos los distritos, prácticamente todo Panem. Vagamente pienso en Finnick y en que, por la mala decisión de su padre de casarse con mi madre, tendrá que llevar un atuendo horrible del 12 cuando pudo ser algo decente del 4.

–Hay que representar el distrito, eso lo tengo claro, pero mi compañera Portia y yo pensamos que mejor que tratar el tema de la minería, podíamos representar el carbón –dice, entusiasmado.

–¿Carbón?

–¿Qué pasa con el carbón cuando se lo somete a grandes presiones y temperaturas, como es tu caso? Se convierte en diamante. Eso es lo que yo quiero representar contigo: una chica que necesita quemarse para vivir, ahora sometida a la presión de los juegos, y que puede resultar siendo una Digna. Entonces les pondremos a tu pareja y a ti unos trajes con pequeños espejos incrustados, y cuando salgan y la luz del crepúsculo incida en ustedes parecerá que brillan como un par de diamantes, y así… nadie podrá olvidarse de ustedes. De entre los seis voluntarios del Distrito 12, una chica y un chico van a sobresalir. Se acabó la supremacía de los voluntarios de los distritos superiores –los ojos le brillan como si se hubiese vuelto loco, y tomando en cuenta que quiere convertirnos en una suerte de joyas (cosa que puede salirle mal), quizá lo esté–. No sé si puedas imaginártelo, pero yo sí: Katniss, la chica diamante.

o o o

Cinna, mi equipo y yo nos adentramos en el sótano del Centro de Renovación que, en realidad, es el establo donde yacen los caballos y los carruajes que han de pasearnos por todo el Capitolio hasta llegar al Círculo de la Ciudad. Llevo puesto el que puede ser el vestido más increíble y sensacional o el más peligroso de toda la ceremonia de inauguración. Mi cuerpo entero lo cubre una sencilla malla negra que va del cuello hasta los tobillos, con unas botas de cuero brillante y cordones que me llegan hasta las rodillas. No obstante, lo que le da presencia al traje es la capa ondeante que llevo en la espalda, con franjas de pequeños espejos incrustados y el tocado a juego. Cinna ha mantenido el maquillaje al mínimo.

El grupo de carruajes que nos corresponde está tirado por cuatro caballos negros como el azabache. Son tres carruajes unidos entre sí en una formación de V invertida. Dos de los voluntarios irán en el carruaje central y los demás en los que queden. Cinna no quiso decirme quién será mi compañero; sólo espero que no sea el gordito de cabello negro. Eh… Ernie.

–Escucha, Katniss. Cuando estés allí arriba quiero que sonrías, alces la cabeza y seas lo más simpática que puedas fingir. No olvides que debes ganarte al público –dice Cinna en voz baja para que sólo yo lo escuche.

Con uno de sus brazos rodea mis hombros y me lleva al grupo de carruajes destinados al Distrito 12, donde ya hay un individuo montado. Viste igual a mí, lo que hace resaltar su piel bronceada. Ya sé quién es, y no estoy segura de estar contenta. Finnick se da la vuelta y me mira con su sonrisa de medio lado que derrite corazones más rápido que el sol a un cubito de hielo.

–Hola, Katniss. No me diste los buenos días en el tren. –De un salto se baja del carruaje y se viene a reunir con nosotros. Cinna, a mi lado, parece satisfecho.

–¿Tú eres mi compañero? –es lo primero que se me ocurre decir.

Finnick tuerce el gesto.

–No luces muy contenta, pero yo sé qué va a animarte. –Cinna le pone algo en la mano que Finnick se apresura a prender (pinchándome en el proceso) en mi malla negra, sobre el corazón. Cuando miro hacia abajo, veo con sorpresa que es el broche de sinsajo que él estúpidamente cambió por su adorado tridente–. Estuve pensándolo un poco y ¿sabes de qué me di cuenta? Soy tu hermano mayor y mamá no está así que me tienes que obedecer. Te ordeno que lleves el broche y si vas a decir algo al respecto distinto de "Gracias", mejor mantén cerrada la boca.

Tengo ganas de replicar, de salirle con uno de mis comentarios mordaces, pero ¿cómo puedo enojarme con él cuando me mira con tanta dulzura? ¿Cómo puedo ponerme a pelear por un estúpido broche cuando estamos en el Capitolio, a punto de ser presentados como reces para el matadero, y aunque me propuse evitarlo tengo a mi hermano conmigo para darme apoyo? No, no puedo.

Suspiro y niego, resignándome a mi destino.

El himno de Panem suena alto y fuerte por los altavoces dispuestos a lo largo de la ciudad; ésa es la señal de que la ceremonia está por dar inicio. Los voluntarios del Distrito 1, todos muy guapos con sus túnicas blancas, abrigos de pelo, y vestidos de diseñador, suben a sus carruajes y componen su mejor sonrisa antes de desaparecer por la puerta. Los del Distrito 2 se alistan.

Y así pasan, distrito tras distrito, hasta que los del 11 también parten y ya sólo quedamos los seis del 12. Cinna y Portia, la estilista de Finnick, nos hacen subir al vértice de la V.

–Recuerda, chica diamante: sonrisa, cabeza en alto, simpatía –me recuerda Cinna alzándome la cabeza con cariño. Luego salta del carruaje y nos preparamos para salir.

Los caballos, unos animales tan bien entrenados que no necesitan jinete que los guíe, emprenden la marcha hacia las calles de la ciudad manteniéndonos a cierta distancia del carro del frente. Hay personas por todas partes, todas eufóricas vociferando el nombre de sus favoritos y apuntándolos con el dedo, lanzando saludos y también flores. Cuando nos ven a nosotros, algunos primero se quedan boquiabiertos y luego gritan, aplauden, nos señalan. Me señalan. Miro a Finnick, resplandeciente como un… como un diamante.

Funciona, pienso nerviosa y entusiasmada. Yo debo estar brillando también, y aunque no fuera así es evidente que nuestros atuendos gustan. A medida que los carros siguen avanzando escucho gritos que suenan a "¡Katniiss! ¡Katniss!". Por Dios, ¡están gritando mi nombre! ¡Sí es mi nombre, se han molestado en buscarlo en el programa! Por supuesto, el de Finnick suena unas cuantas veces más, y sinceramente no me sorprende: en nuestro distrito no hay mujer, ni algunos hombres, que se le resistan. Lo de él, me atrevo a pensar, va incluso un poco más allá del traje.

Comienzo a sentirme menos tensa y a contagiarme de la energía que pulula a nuestro alrededor. Todos se voltean a mirarnos, despojando de atención a los que van delante; nos señalan, nos gritan y nos tiran flores. A medida que gano confianza recuerdo las palabras de Cinna: "sonrisa, cabeza en alto, simpatía". Los saludo, les sonrío e incluso lanzo algunos besos. Ellos se vuelven locos. Se pelean por coger mis besos como si fueran algo tangible, físico; me lanzan flores de toda clase y me saludan frenéticamente; algunos incluso corren junto a los carruajes. No sabía hasta qué punto esto era de importante para los ciudadanos del Capitolio, pero, al parecer, es su celebración más significativa.

Sí, celebran nuestra inminente muerte.

Aprieto los labios. No vayas ahí, Katniss. Ahora no. Recuerda lo que dijo Cinna: simpatía. Sobre todo simpatía. Ya tendré ocasión de amargarme cuando esté a solas pero, paradójicamente, éstos que se mueren por vernos morir son quienes pueden hacer la diferencia entre mi muerte y mi supervivencia, así que debo priorizarlos. Ahora, sin embargo, tengo una pequeña esperanza que antes ni de broma habría albergado: creo que… que de verdad puedo hacerlos quererme.

Tal vez, al final no tendré que morir. ¿Por qué no darle una oportunidad a los juegos y a mí misma? Miro a Finnick, aparentemente relajado, y la piedra bajo el traje se me hace más pesada.

De pronto lo vítores de la multitud a nuestro alrededor se convierten en gritos ahogados primero, y luego en verdaderos chillidos de terror. Miro alrededor, intentado saber qué les ha hecho reaccionar así. Todos miran tras nosotros, así que yo también lo hago, y arriba, justo por detrás, lo veo. Uno de esos aviones sofisticados del capitolio parece volar sin control acercándose peligrosamente rápido a tierra. No creo que por aquí esté su pista de aterrizaje ni que esté autorizado de hacerlo en las calles.

–¡Son los trajes! –escucho que Finnick dice por encima de la algarabía de la aterrorizada población. Levanto una mano para hacerme visera y mirarlo, entonces un resplandor anaranjado en el cristal frontal del avión capta mi atención. Es cierto. Somos nosotros los culpables.

La nariz del avión se inclina cada vez más hacia abajo mientras él parece volar sin control, como un avioncito de papel llevado por el viento. Nuestros caballos no aceleran, mantienen el ritmo; de los carruajes de adelante no se ve nada.

–¡Nos va a aplastar! –chillo, asiéndome con fuerza al borde del carruaje. ¿Ni siquiera vamos a lograr llegar a la arena?

Miro a Finnick, espantada.

–¡Eso no! ¡O frenamos o aceleramos! –Mira tras de sí hacia los caballos y luego a mí, sopesando una idea– ¡Salta!

–¿Qué?

–¡Salta, Katniss! ¡Sube al lomo del caballo! –ordena.

No hay tiempo de pensar cuando una de las enormes turbinas explota, haciendo vibrar el suelo. Me encaramo en el borde del carruaje, aseguro manos y pies en los barrotes que unen a los caballos con los carruajes y salto. El enorme animal se encabrita cuando me siento en su espalda y me aferro a su crin. Finnick hace exactamente lo mismo.

–¡Ustedes, salten!

Me vuelvo lo justo para ver a los voluntarios del extremo izquierdo de la V pasarse a nuestro ahora vacío carruaje justo a tiempo. Finnick y yo espoleamos los flancos de los caballos y ellos se disparan en una frenética carrera; una de las alas del avión aplasta el carruaje de los dos voluntarios y luego se estrella estrepitosamente en el suelo. Fuertes explosiones le siguen al aterrizaje forzoso mientras nosotros nos apresuramos a escapar de la onda expansiva y el calor que viene con ella. Giro la cabeza y miro a Finnick, el corazón lo tengo casi en la base de la garganta y mis músculos están inundados con la adrenalina que corre por mi torrente sanguíneo; él pareciera estar envuelto en las llamas que produjo la explosión de la aeronave, mas luego, fijándome bien, me doy cuenta que son los cientos de espejos en su traje reflejando la bola de fuego que consume a la nave.

En un momento dado él también me mira, cuando parece que hemos dejado el peligro atrás y nos acercamos al Círculo de la Ciudad. La gente de cerca, los que han conseguido ponerse a salvo y los que lo vieron todo, nos señalan con las bocas abiertas y gritan algo que no acabo de entender. Quizá la explosión me dejó sorda.

–Buen espectáculo, chica en llamas –me dice Finnick con una media sonrisa.

Y es exactamente eso lo que grita la gente: Katniss, la chica en llamas.