~Invierno~
«Prefiero el invierno y el otoño,
cuando se siente la estructura ósea en el paisaje,
su soledad, el sentimiento muerto del invierno»
A Remus le gustaba el invierno, de algún modo sentía que se correspondía con él mismo, con su personalidad melancólica y reservada, introvertida. Le gustaba porque podía pasearse por el castillo con su típica actitud taciturna sin recibir comentarios de protesta, pues era culpa del frío, era culpa del invierno. ¡Y nadie podía decirle lo contrario! Le gustaba el modo en el que todo parecía muerto, ahogado bajo un manto de blanco puro; los árboles desnudos, moribundos.
Lo que le daba el toque de ironía al asunto era que odiaba el frío que le calaba hasta los huesos. Siempre había odiado el frío. Fue en una noche fría, de esas que dan escalofríos, cuando de niño se perdió en ese bosque del que salió maldito. Y el frío traía irremediablemente esos recuerdos…
En silencio disfrutaba el panorama que se cernía ante sus ojos a través de esa ventana de la biblioteca que tanto le gustaba, esa que daba directo al lago, ahora cubierto de una fina capa de escarcha que solidificaba el agua, a los arboles vestidos de blanco. La había abierto de par en par y observaba detenidamente el paisaje, tenía un deje de peligrosidad que no dejaba de impactarlo, afuera, las nubes se concentraban oscuras en el cielo y soplaba ese aire helado y suave que antecede a la tormenta, acariciándole el rostro, congelándole lo huesos, pero todo era perfecto, como el invierno.
—¡Lunático! —tan absorto estaba que no notó a susilencioso visitante—. ¿Qué demonios haces aquí? Joder que frío, cierra esa puta ventana, ¿estás loco? Te debes estar congelando.
—Siempre tan sutil Canuto —a pesar del reproche no pudo evitar que una ligera sonrisa se le escapara—. Y no hagas tanto ruido, estamos en la biblioteca —espera… ¿Realmente acababa de decir las palabras «Canuto» y «biblioteca» en una misma oración? No pudo evitar que una de sus cejas se alzara inquisitivamente.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Sirius, con su falso aire de inocencia que no engañaba a nadie.
—¿Qué haces aquí?
—¡Lunáaaaatico, compañero! —exclamó, alargando exageradamente la palabra, con ese matiz en su voz que Remus siempre asociaba a cosas malas, travesuras y cosas por el estilo—. Estoy harto aburrido hombre.
—¿Y qué quieres que haga?
—Desaburreme —Remus suspiró, típico de Sirius. Podría asegurar sin temor a equivocarse que James estaba muy ocupado persiguiendo a Lily y probablemente Peter estuviera muy ocupado persiguiendo a James-modelo-a-seguir-te-seguiría-hasta-la-muerte y se habrían quitado a Sirius de encima, achacándoselo a él.
—No soy un bufón Sirius.
—No, joder, pero cualquier cosa puede ser más divertida que estar aquí en la biblioteca —la última palabra adquirió en sus labios un tono grotesco, como si se tratase de algo innombrable, asqueroso.
Acto seguido un siseo airado los hizo callar: madame Pince.
—¡Canuto, baja la voz! Conseguirás que nos echen —al segundo siguiente de pronunciar esas palabras Remus ya se estaba arrepintiendo. Una sonrisa ladeada se plantó en la boca del animago y a sus ojos grises llegó esa chispa de travesura que tanto desconcertaba a Lupin—. ¡Sirius Black, no te atrevas! —no sirvió de nada.
Cinco minutos después un ya-no-tan-aburrido-Canuto seguía a un muy-cabreado-y-molesto-Lunático por los pasillos de Hogwarts, al increíble e insaciable ingenio de Sirius no se le había ocurrido nada mejor que decidir que era el quinto Beatle y comenzar a cantar estruendosamente en la biblioteca, consiguiendo por supuesto su cometido: que los echaran.
—Vamos Lunático no te enojes, mírale el lado bueno: ahora podemos hacer algo realmente divertido —Lupin sólo se limitó a gruñir—. Anda, pero que cascarrabias eres hombre —dijo, antes de tomar su mano de improviso y comenzara tirar en la dirección contraria.
—¿Canuto que…? —inquirió un muy descolocado y sorprendido licántropo, resistiéndose un poco al jaloneo de Sirius.
—Está haciendo un jodido frío y tú odias el frío, ¿verdad Lunático? —más que una pregunta fue una afirmación—. Vamos por chocolate caliente —Remus no respondió, también dejó de debatirse contra la mano de Sirius que lo arrastraba, y sin embargo éste no le soltó, a pesar de que ya no hacía falta arrastrar a Lupin pues caminaba por su propia voluntad.
El licántropo no respondió, ninguno de los dos se quejó, ninguno dijo nada, ninguno intentó liberar sus manos enlazadas… Caminaban por los pasillos con calma, tomados de la mano, sin buscarle ningún sentido, porque algo que se sentía tan bien no podía estar mal. Afuera hacía frío y el viento rugía, la tormenta por fin se había desatado. Pero a Remus Lupin no le afectó el frío por primera vez en su vida.
