Los personajes no me pertenecen mas la trama si (es adaptacion de una historia pero he puesto mucho de mi en ella)

ALINA 0404: Hien y su mama si dan un poco de penita pero eso se repara mas delante... jejeje...

miyu102: Aqui esta el siguiente capi. Disfrutalo, aqui te enteras de la propuesta (que quiza no es lo que esperabas por el momento pero se pondrá mejor, lo prometo).

Lilith evil: Hola. tome las ideas de un libro de una novela romántica que me regalaron, pero no copie la historia de otro autor, me gustaron las personalidades de los personajes y las adapte a nuestros héroes. Habiendo aclarado esto les dejo el siguiente capitulo.

A disfrutar...


MI LINDA TRAMPOSA

Capitulo 3

Un empleo diferente

- Wou pero que frio hace!- Sakura entraba a su pequeño, muy pequeño departamento en Tokio.

Estaba calada hasta los huesos y lo único que quería era darse una ducha caliente, pero la bendita caldera había elegido dar su último suspiro justo en el mes de noviembre más frío del que se tenía noticia en Tokio desde hacía más de veinte años y, por supuesto, ella no podía permitirse el lujo de cambiarla.

Su casero sí podía permitirse ese lujo, a juzgar por la cantidad de pisos patera y su sistema de «camas calientes» que le rendía abultados ingresos cada fin de mes, pero no pensaba tomarse la molestia de pedírselo; sabía bien que se limitaría a mirarla con sus ojillos lujuriosos y a decirle que ella se retrasaba demasiado con el pago del alquiler.

Tiritando, metió dos troncos en el interior de la estufa de hierro, el único sistema de calefacción de que disponía aquella decrépita buhardilla, y se fue despojando de las prendas empapadas a toda la velocidad que le permitían sus dedos entumecidos.

Por Dios!, tenía ganas de llorar.

Como de costumbre, volvía a cumplirse aquella ley impepinable que enunció en su día Edward A. Murphy Jr.:

«Si algo puede salir mal, saldrá mal».

En su vida todo salía mal.

«¡Basta de autocompasión!», se reconvino a sí misma enfadada, y trató de animarse recitando la letra de una canción de Bebe que se había convertido en su particular mantra para invocar el optimismo:

«Hoy vas a mirar pa'lante, que pa'trás ya te dolió bastante...».(1)*

Lo malo era que, cada vez más a menudo, tenía la horrible sensación de que ese «pa'lante» sólo era más de lo mismo.

Miró el cucharón de madera que estaba tirado en el suelo. No se había dado cuenta de que aún lo apretaba en la mano cuando había echado a correr bajo la lluvia en dirección a su casa. También estaba mojado y, a la escasa luz de la bombilla desnuda que colgaba del techo, era difícil apreciar si las manchas oscuras que tenía eran de agua o de sangre.

–¡Maldito idiota! –masculló entre dientes - Se merecía que le hubiera abierto la cabeza.

No era la primera vez en su agitada carrera laboral que había tenido que defenderse y, seguramente, no sería la última. Había notado aquella mirada lasciva desde el primer momento en que los ojos porcinos se posaron en ella, por eso no la había cogido por sorpresa. Previsora, había ido dejando posibles armas antisalidos en ciertos lugares estratégicos en los que le pareció que tenía más posibilidades de ser atacada por ese cerdo. El cucharón de madera lo había dejado encima de uno de los barriles de cerveza del cuartito del sótano que hacía las veces de almacén.

Aquel pensamiento la hizo sonreír sin ganas. Fue la señorita Kinomoto, en el almacén, con el cucharón de madera. Parecía una de aquellas interminables partidas de Clue que solía echar con su hermano Touya cuando eran niños. La víctima –aunque cuando se alejó de allí soltando improperios no paraba de retorcerse en el suelo, aullando de dolor– había sido el señor Hamada, el hijo del dueño del restaurant.

Otro trabajo a la basura. Con la crisis cada vez le costaba más encontrar uno, y la verdad era que, por h o por y, no solían durarle demasiado.

Se puso un pijama manta que imitaba la piel de una cebra, horroroso pero calentito, y unos gruesos calcetines. Cogió una toalla del minúsculo cuarto de baño y se la enrolló en el pelo para evitar que le goteara sobre los hombros. Con rapidez, tendió la ropa mojada encima de las dos únicas sillas del mobiliario –el piso de veinticinco metros cuadrados, según el dueño, aunque ella tenía sus dudas, no le daba para desplegar un tendedero– y, en cuanto terminó, puso una taza de agua a hervir en el pequeño microondas que ocupaba la mayor parte de la encimera de aquella cocina tamaño pitufo con raquitismo.

En cuanto estuvo listo el té, tomo un paquete de galletas, lo llevó todo a la mesita que estaba frente al incómodo sofá cama, donde se derrumbó agotada, y se echó una manta por encima de las piernas. Empezaba a sentirse en la gloria, dando pequeños sorbitos de té hirviente mientras la temperatura de su sangre comenzaba a subir unos grados, cuando oyó el golpeteo insistente de unos nudillos sobre la puerta de entrada. Fastidiada, apartó la manta y se puso en pie trabajosamente; después del rifirrafe con aquel hijo de perra, le dolía todo el cuerpo.

–¿Quién es?

–El hombre de tu vida.

Soltó de golpe el aire que, sin darse cuenta, había estado conteniendo hasta entonces, abrió la puerta y recibió a su indeseada visita con un bufido de exasperación.

–¿Qué quieres ahora, Takashi? Y te advierto que me dan ganas de hacer una rima fácil.

–¿Uh?

Sakura suspiró; a esas alturas, ya debería saber que su vecino era incapaz de entender nada que no le hubiera deletreado previamente.

–Anda, pasa.

A pesar del frío que hacía, Takashi sólo llevaba puesta una de sus habituales camisetas ajustadas que los descomunales bíceps –daba la sensación de que algún niño los hubiera hinchado con una bomba de bicicleta– parecían a punto de reventar. Aunque no era feo, su vecino era bajito, y la descripción «más ancho que largo» cobraba todo su significado aplicada a él.

–Te he traído un regalo.

Sus palabras la enternecieron. Después de aquel día espantoso, aquello resultaba una novedad tan inesperada como bienvenida. Cogió el paquete envuelto con un papel bastante cursi lleno de corazones púrpuras y dorados y lo rasgó impaciente. Con un dedo, levantó el ultraminúsculo tanga rojo y puso cara de asco.

–Precioso.

–También lo había de chocolate, pero a mí me va más la fresa.

–Genial. Gracias por la información.

–¿Vendrás conmigo a la fiesta de fin de año?

–Takashi, ¿cuánto hace que nos conocemos?

La punta de una lengua rosada asomó entre los labios masculinos mientras el tipo iniciaba una trabajosa cuenta con los dedos.

–Diez..., no, espera. Tres..., seis... ¡Once meses! –exclamó triunfante.

–Ya ves, ha pasado casi un año desde que me mudé. Y en todo ese tiempo, ¿cuántas veces he aceptado alguna de tus invitaciones?

–Ehh... –Se concentró con intensidad–. ¿Ninguna?

–Pues eso, que no insistas, machote.

–¡Guapa, trae un salero!

–¡Y otra cerveza, preciosidad!

Aquellos cuatro idiotas le estaban dando la tarde. Desde que se habían sentado a la mesa no habían parado de llamarla con cualquier excusa, pero no se atrevía a darles un corte porque su jefe no le quitaba ojo y le había costado más de dos semanas encontrar aquel trabajo.

–El salero y la cerveza. - dijo Sakura esbozando su mas dulce sonrisa.

Dejó ambas cosas en la mesa sin mucha delicadeza y, de pronto, notó el peso de una mano sobre su trasero.

–¡Pero qué buenas están las camareras en este antro, vamos a tener que venir aquí todos los días!

Sakura se apartó rabiosa y se encaró con el individuo que la había manoseado.

–¡Vuelve a tocarme y te tragas los dientes, anormal!

Perseguida por las carcajadas de los oficinistas, se alejó a coger un nuevo lote de platos que esperaban su turno sobre la barra.

–Mesa cuatro –dijo su jefe sin mirarla.

Estaba más claro que el agua que no iba a salir en su defensa.

«Hoy vas a mirar pa'lante...

»Hoy vas a mirar pa'lante...»*

–Qué maravilloso ambiente de trabajo. - Dijo una voz ronca que le pareció demasiado familiar.

Esa voz...

–¡Tú!- Dijo con gran sorpresa al voltearse.

–¿Te sorprende verme?

Tardó un rato en organizar sus ideas antes de contestar.

–Bastante.

–¡Camarera, un poco más de vino!

–Te van a comer con patatas.

Sakura se encogió de hombros y comentó, muy tranquila, antes de alejarse para servirles más vino:

–Con la sopa más bien, porque he escupido un par de veces en cada uno de sus platos.

En esta ocasión fue la carcajada de Shaoran la que la siguió hasta la mesa de los alborotadores.

–Tengo que hablar contigo, ¿a qué hora acabas?

–A las cinco. Toma, tu arroz al curry. Yo que tú estaría ojo avizor, esta mañana he encontrado dos cucarachas haciéndose unos largos en la fuente donde se guarda.

Cuando volvió para recoger la mesa, Shaoran ya se había marchado. El arroz con al curry seguía intacto, y en el platillo de las propinas, Ichiyō Higuchi(2)* le guiñaba un ojo burlona.

–¡Agarrado de mierda!

–Me habías dicho a las cinco, he estado a punto de congelarme.

Shaoran la estaba esperando fuera del trabajo recargado en la pared con un aire bastante misterioso.

–A mi jefe se le ha ocurrido que era un buen momento para hacer el inventario de las bebidas.

–Tengo el coche aparcado a la vuelta de la esquina.

–No pienso subir a tu maldito coche.

–Quiero que vayamos a un lugar caliente y tranquilo donde podamos hablar pero, si lo prefieres, podemos quedarnos en este polígono perdido de la mano de Dios y morirnos de frío.

–Bien. Me has convencido.

El coche era amplio y confortable, y Sakura acarició con un gesto inconsciente la lujosa tapicería de cuero color crema. Hacía ya muchos días que en los únicos asientos en los que se sentaba, y eso si tenía suerte, era en los del metro.

–Hueles como si te hubieras tirado de cabeza en una freidora.

–¿Eres siempre tan encantador, o es que estás haciendo un máster en la Escuela Oficial de Idiotas?

Shaoran recogió velas.

–¿Por qué no te quedaste a escuchar mi proposición?

–Me hacía ilusión pensar que, al menos, existía un hombre en el mundo cuya voluntad no estaba dominada por ese simpático gusanito que habita entre sus piernas. Ya ves, un sueño maravilloso; no quería estropearlo.

–Así que fue por eso. Sigues creyendo que quiero acostarme contigo.

–¿No es así?

Él contestó con otra pregunta:

–¿Era necesario que les dijeras a Faren y a mi ahijado que no podías casarte porque habías tenido una revelación en un sueño y te habías dado cuenta de que estabas enamorada de mí sin esperanza?

A pesar de que su semblante permanecía inexpresivo, Serena notó complacida que aquello no le había gustado ni un poquito.

–Tienes que admitir que, como excusa para anular una boda, es buenísima. La novia virginal se enamora del padrino del novio unos meses antes de la ceremonia y sale corriendo despavorida. Vamos, que me quedó de guion de comedia romántica. ¿No me digas que Hien y su madre ya no te hablan?

De pronto, la idea le pareció muy divertida y, por unos segundos, Sakura se olvidó de su apurada situación.

–¿Por qué no habrían de hacerlo? Yo no tengo la culpa de ser irresistible.

Por primera vez desde que la conocía, la oyó reír con ganas con unas carcajadas tan contagiosas que él mismo tuvo que reprimir una sonrisa.

–¿Adónde vamos?

–A algún lugar cerca de tu casa.

–¿También sabes dónde vivo? –Dani frunció el ceño molesta.

–Tengo mis métodos para enterarme de las cosas que me interesan.

Después de eso permanecieron en silencio. Shaoran dejó el coche en un parking y fueron caminando hasta un Starbucks que no quedaba lejos de la buhardilla. El local estaba abarrotado de turistas que acababan de visitar el museo y de estudiantes que habían hecho alguna gestión, pero tuvieron la inmensa suerte de encontrar una mesa libre pegada a una de las cristaleras.

Sakura se hundió en el amplio sillón y se frotó las manos congeladas.

–¡Me encanta este sitio! Ahora mismo queda completamente fuera de mis posibilidades, pero me muero por el chai latte.

–Un chai latte para la señorita y para mí un espresso macchiato.

Cuando el camarero gritó su nombre, Shaoran se levantó a coger la bandeja con el pedido.

Sakura aspiró con deleite el olor especiado que despedía la bebida antes de dar un buen sorbo.

–Mmm. –Abrió los ojos muy despacio y preguntó a bocajarro–: ¿Por qué te has tomado la molestia de buscarme?

–Te fuiste sin escuchar mi proposición.

–Soy toda orejas.

–Quiero que inicies una terapia conmigo.

Ella lo miró con cara de horror.

–¡Hoe, yo no estoy loca!

Shaoran se recostó en el respaldo de cuero sintético y cruzó los brazos sobre el pecho, lo que hizo que la tela de la elegante americana que llevaba se tensara sobre los anchos hombros. Sus ojos relucían con la misma burla maliciosa que ella recordaba tan bien.

–Casi ninguno de los pacientes que abarrotan mi consulta lo están. Simplemente, son personas que necesitan hacer algunos ajustes. Deberías sentirte halagada, Sakura; la gente espera durante meses para que les dé cita, y a ti estoy dispuesto a recibirte sobre la marcha y, además, a pagarte una buena suma por ello.

Sakura lo miró con desconfianza, haciendo como si no hubiera oído la última parte.

–¿Piensas que yo también debo hacer unos ajustes?

–Digamos que me apasiona la naturaleza humana, y esa veta tuya ligeramente amoral me intriga.

–¡Amoral! –repitió indignada–. ¿Crees que soy una persona amoral?

–No sé por qué te asusta tanto esa palabra. Los niños pequeños pueden considerarse amorales, pues aún no poseen el sentido de la moralidad.

–¡También un asesino en serie puede ser un amoral, digo yo!

–Bueno, dejemos eso. Deseo saber cosas. De tu pasado, sobre todo de tu niñez. Cómo eran tus padres, la educación que recibiste...

–Paso –lo interrumpió ella sin contemplaciones–. No soy ningún bicho raro. Puede que, cuando deseo algo con muchas ganas, no me coma mucho la cabeza a la hora de soltar alguna mentirilla sin importancia, pero yo no soy un caso patológico.

–Diez mil la hora.

–Diez mil...

Incapaz de acabar la frase, Sakura lo miró boquiabierta. Ese dinero podía solucionar algunos de sus problemas más acuciantes, como cambiar la maldita caldera, por ejemplo. Estaba hasta el gorro de salir morada de la ducha todas las mañanas.

Sin embargo, sonaba demasiado sencillo, y había algo en el tal Shaoran Li –la irritante seguridad en sí mismo, su aspecto de ir siempre una vuelta por delante que el resto de los mortales– que la hacía desconfiar. Desde que se lo presentaron aquel día en Tomoeda, supo que aquel hombre, del que Diego le había hablado con tanta admiración, no le iba a hacer la vida fácil y, por desgracia, debía de tener el poder de la clarividencia porque su presentimiento se había cumplido, inexorable. Aquel tipo había arruinado cualquier posibilidad de hacerse con un dinero fácil justo cuando casi podía palparlo en su bolsillo.

–¿Cuántas sesiones?

–Las que sean necesarias. Unas veinte para empezar, dos días a la semana, una hora más o menos. Sería ideal que vinieras a partir de las ocho de la tarde; para entonces ya habré terminado con mis pacientes habituales.

¡Doscientos mil yenasos! Sakura notó que sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la mesa y escondió la mano debajo de ella al instante. Esa suma de dinero no la ganaría con su curro en aquel bar de mala muerte ni en tres meses. Además, por lo que parecía, ni siquiera tendría que dejar su trabajo. Un pequeño fondo de emergencia; un capitalito que, conociendo a su hermano Touya como lo conocía, nunca estaba de más.

–Dijiste que tú nunca pagabas a las mujeres.

Su interlocutor esbozó una sonrisa ligeramente torcida.

–Esto es una cuestión laboral. No tiene nada que ver con los sentimientos o con el sexo.

–¿Estás seguro de que todo esto no es una excusa para acostarte conmigo?

Los labios delgados de Shaoran se fruncieron de nuevo en una casi imperceptible mueca burlona, y negó con la cabeza.

–Está bien. Acepto –anunció ella displicente.

–Cuánto entusiasmo.

Ya podía burlarse, que ella era ignífuga. Mientras pagara aquellas sesiones para locos a precio de oro, podía reírse todo lo que quisiera y ella lo acompañaría, ja, ja. Iba a ser el dinero más fácil que había ganado jamás. Rebañó con la cuchara la espuma de leche de soja que había quedado en el fondo de la taza, echó una ojeada al reloj y metió en su bolso el móvil, que había dejado encima de la mesa. Luego sacó su gorro de lana y los guantes de los bolsillos de su chaquetón y se los puso con rapidez.

–Ha sido un placer volver a verte, pero tengo que irme.

–Te llevo a tu casa.

–No es necesario, está aquí al lado. Iré andando, seguro que este frío polar me despeja la mente; si te soy sincera, aún tengo dificultades para procesar tu oferta.

Shaoran dejó un billete sobre la mesa antes de levantarse también para ponerse el abrigo y la suave bufanda de cachemir.

–Te acompaño.

–No hace fal...

No la dejó terminar. Colocó una mano en la parte baja de su espalda y, con suavidad pero con firmeza, la empujó hacia la salida. Fuera hacía muchísimo frío, y el aliento de ambos se elevaba hacia la oscuridad del cielo nocturno con la consistencia del humo de un fumador compulsivo. A pesar de ello, mucha gente caminaba por la calle sin rumbo fijo.

En una de las esquinas, un negro altísimo con unas rastas cortas que parecían extrañas antenas se mantenía vigilante junto a una manta extendida en el suelo, abarrotada de CDs, que ya casi nadie compraba, y de un montón de bolsos de todos los colores, mientras voceaba con entusiasmo la bondad de su mercancía ante la indiferencia de los viandantes.

–¡Tos los éxitos de Arashi! ¡Bolsos de verdá de Louis Vuitton y de Prada!

Para ser sinceros, los bolsos eran más de estilo Luis Putón o Braga que otra cosa, pero, ante la sorpresa de su acompañante, Sakura se detuvo junto al tenderete.

–Hola, Babacar, ¿cómo van las ventas esta noche?

–Mal, mal, muy mal –repitió con su peculiar acento, aunque a juzgar por la enorme sonrisa que dejaba ver su blanquísima dentadura, con las paletas algo separadas, cualquiera habría pensado que algún tarado acababa de comprarle veinte bolsos y cien CDs–. Todo el mundo rápido, rápido, frío de cojones. Más mejor tiempo en Senegal.

A pesar de que la adversidad debía de planear sobre su vida con la tenacidad de un buitre hambriento, soltó una carcajada llena de felicidad, y a Sakura se le ocurrió una maldad misericordiosa.

–Pues hoy es tu día de suerte. Aquí, mi amigo, es un megafán de AKB48, Hikaru Utada y... ¡Por Dios! ¿No son éstos los exitos de Ayumi Hamasaki? Se lleva los tres. Qué suerte, ¿eh, Shaoran? Justo lo que buscabas.

Resignado, Shaoran echó mano al bolsillo del pecho de su chaqueta para sacar la cartera. A ver quién era el guapo que, con la inmensa sonrisa de Babacar apuntando de lleno hacia él, explicaba que aquello era tan sólo la idea que aquella exasperante mujer tenía de una broma divertida. Una mujer a la que, por momentos, no sabía si darle un par de azotes o un buen beso con lengua.

Se deshizo como pudo del efusivo agradecimiento del senegalés y, agarrándola con fuerza del brazo, caminaron hasta la siguiente calle.

–Eres muy graciosa.

–No te habrás enfadado, ¿verdad? Era para demostrarte que no soy ninguna amoral. No me gusta ver que la gente pasar necesidad cuando al lado llevo a un tipo con la cartera rebosante. ¡Éste es mi hogar! Muchas gracias por acompañarme, y espero que disfrutes de este entrañable añadido a tu colección de música.

–¿No vas a invitarme a subir?

–No. Mi colección de acuarelas la están tasando en el Prado, así que en estos momentos no te la puedo enseñar.

–¿Te he dicho ya lo ingeniosa que eres? Y, además, bastante peor hablada que Ying Fa Wang, la impecable prometida que me presentó en Tomoeda mi querido ahijado.

Sakura sonrió con expresión angelical.

–Lamentablemente, la pobre y mojigata Ying Fa murió hace unas semanas. Al parecer, fue arrollada por un tipo alto, moreno y sin escrúpulos. RIP.

–Guardemos un minuto de silencio en honor a su memoria. Toma. –Le deslizó algo de color claro en el bolsillo del abrigo–. Mi tarjeta. Llámame el lunes por la mañana no más tarde de las diez. Tenemos un trato, y recuerda: sé dónde vives.

–Mmm... –Sakura puso los ojos en blanco–, ¡cómo me ponen los tipos mandones!

En pie junto a ella, Shaoran resultaba una presencia imponente muy difícil de ignorar. De pronto, alzó una mano, atrapó un mechón de pelo que escapaba del gorro de lana y, como había hecho en otra ocasión, empezó a juguetear con él mientras sus pupilas recorrían perezosas el rostro femenino.

–A mí me pone tu pelo. Me encanta el color, el tamaño, la textura..., pero no, no insistas –siguió diciendo con su acariciadora voz de bajo–, no quiero acostarme contigo.

Sakura se soltó de un tirón y lo miró con los ojos entornados.

–Veremos.

Abrió el anticuado portalón de madera con una de las llaves del abultado manojo que llevaba en la mano y desapareció en el interior del oscuro vestíbulo.


Ahora un poco de cultura:

(1) «Hoy vas a mirar pa'lante, que pa'trás ya te dolió bastante...»: Este parte del coro de una canción dedicada a la mujer titulada "Ella" de una cantante española "Bebe" les invito a ver el vídeo, es bastante buena aunque algo vieja, jejeje comenten si ya la escucharon.

(2) Ichiyō Higuchi: imagen al adverso del billete de 5000 yenes en japon. Fue una novelista japonesa, cuyo nombre de nacimiento era Natsuko Higuchi, pero también era conocida bajo su otro seudónimo de Natsu Higuchi. Especializada en cuentos, Higuchi fue una de las primeras escritoras importantes en surgir en el periodo Meiji (1868-1912), y la primera mujer escritora prominente de Japón de los tiempos modernos. Relativamente, Higuchi escribió poco debido a que tuvo una vida breve. Murió a los veinticuatro años, pero sus historias tuvieron un gran impacto el la literatura japonesa y aún es apreciada por el público japonés de hoy.