Hola mis bells lectores jejeje espero les guste este cap...
Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes s Stephanie Meyer
Capitulo 3
Para cuando llegó a la cocina, sus hijos ya se habían quitado los abrigos. Bella siguió el reguero de agua que comenzaba en la puerta hasta encontrarlos.
-Hola, mamá -la saludaron con una enorme sonrisa. Para ellos, la escuela y el mundo en general eran maravillosos.
-Hola a los dos.
Había un montón de libros empapados sobre el mostrador. Frente al refrigerador, donde permanecían los niños expectantes, comenzaba a formarse un charquito. La puerta estaba abierta y el aire caliente de la chimenea competía con el frío glacial del interior de la nevera. Pero Bella supervisó los daños y decidió que eran mínimos.
-Chris, parece que a tu abrigo le gusta estar en el suelo.
El más pequeño de sus hijos miró a su alrededor, aparentemente sorprendido.
-Tommy Harding ha vuelto a causar problemas en el autobús otra vez -tomó el abrigo y lo colgó en una de las perchas más bajas de la puerta trasera-. Va a tener que sentarse en el primer asiento durante dos semanas.
-Ha escupido a Ángela -anunció Ben con placer mientras ponía una de sus sucias manos sobre una jarra de zumo-. Justo en el pelo.
-Qué encanto -Bella recogió los guantes de Chris y se los tendió-. Y supongo que tú no has tenido nada que ver con eso.
-No -el zumo empezó a rezumar por los bordes de la jarra, pero Ben lo dejó en el mostrador-. Yo solo he dicho que era fea.
-Solo es un poco fea -Chris, siempre dispuesto a defender a los menos favorecidos, estaba ya ocupado con sus botas.
-Tiene una cara asquerosa -Ben comenzó a servirse zumo en un vaso-. Chris y yo hemos hecho una carrera desde el autobús. Yo le he dejado ventaja, pero he ganado.
-Felicidades.
-Casi gano yo -contestó Chris, mientras se quitaba la segunda bota-. Y estoy terriblemente hambriento.
-Te daré una galleta.
-He dicho que estoy terriblemente hambriento.
Chris tenía el rostro de un ángel, redondo, pálido y perfecto. El pelo rubio y rizado caía graciosamente sobre sus orejas y sus ojos castaños brillaban con fuerza cuando la miró. Bella dominó un suspiro.
-Dos -aquel niño iba a ser un rompecorazones.
-Tengo hambre -Ben se terminó el zumo y se secó la boca con el dorso de la mano.
Su pequeño salvaje, pensó Bella. El pelo, antes rubio como el oro, se le había oscurecido hasta adquirir un bonito color arena, y caía rebelde por su rostro. Tenía los ojos oscuros y traviesos.
-Dos galletas también para ti -le dijo Bella, consciente de que ambos sabían perfectamente quién mandaba allí. De momento, ella era la jefa.
Ben metió la mano en el frasco de las galletas.
-¿De quién es ese coche? Es genial.
-¿Os acordáis del escritor? -se acercó al armario, sacó una fregona y empezó a limpiar el suelo-. El señor Massen.
-¿Ese que iba a escribir un libro sobre papá?
-Exacto.
-No entiendo por qué la gente quiere leer algo sobre alguien que está muerto.
Allí estaba otra vez, pensó Bella. La franqueza de Ben y su total despreocupación por su padre. ¿Debía culpar de ello a Jacob o habría sido culpa de ella por negarse a dejar que sus hijos participaran de la vida del circuito? Pero quién tuviera o dejara de tener la culpa no importaba. Lo único que importaba era el resultado.
-Tu padre era una persona muy famosa, hijo. La gente todavía lo admira.
-¿Como a George Washington? -preguntó Chris, metiéndose la última galleta en la boca.
-No exactamente. Deberíais subir a cambiaros para la cena. Y no molestéis al señor Massen -añadió-. Está en la habitación de invitados, al lado de las escaleras. Ha hecho un largo viaje y seguramente estará descansando.
-De acuerdo -Ben le dirigió a Chris una significativa mirada, de espaldas a su madre-. No haremos nada de ruido.
-Os lo agradezco -Bella esperó hasta que se hubieran ido para terminar de pasar la fregona.
Estaba haciendo lo mejor para ellos, se volvió a repetir. Sí, tenía que serlo.
-No hagas crujir las escaleras -le advirtió Ben y comenzó a subir con un sigilo que había descubierto meses atrás-. Mí no sabrá que hemos llegado.
-Se supone que no tenemos que molestarlo -pero Chris seguía meticulosamente los pasos de su hermano.
-No vamos a molestarlo, solo vamos a mirarlo.
-Pero mamá ha dicho...
-Escucha -Ben se detuvo dramático a tres peldaños del final de la escalera y dijo en un susurro-: Imagínate que no es un escritor. Imagina que es un ladrón.
Chris abrió los ojos como platos.
-¿Un ladrón?
-Sí -animándose con el tema, Ben se acercó a su hermano y le susurró al oído-: Es un ladrón y va a esperar hasta que estemos dormidos esta noche. Entonces se lo llevará todo.
-¿Me quitará mis camiones?
-Probablemente -entonces Ben sacó su último as-. Apuesto a que también tiene pistola. Así que no hagas ruido y vamos a mirarlo.
Completamente vendido, Chris asintió. Los dos niños, con los corazones palpitantes, subieron los últimos peldaños.
Edward permanecía mirando por la ventana con las manos en los bolsillos. Aquellas colinas nevadas no eran muy distintas de las que veía desde la ventana de su dormitorio cuando era niño. La lluvia seguía cayendo y la niebla no se había levantado. Y no se veía ni una sola luz por los alrededores.
Inesperado, sí, pero se suponía que él prefería lo inesperado. Había imaginado que la casa de Isabella Cullen Black seria un lugar digno de conocer, elegante y majestuoso. Estaba convencido de que iba a encontrarse con una casa llena de sirvientes. A menos que estuvieran todos haciendo algún recado fuera de la casa, aquella mujer no parecía contar con ninguna ayuda y su casa era tan sencilla como acogedora.
Se había enterado, por supuesto, de que tenía hijos, pero imaginaba que tendrían niñera o que estarían en un internado. La mujer cuya fotografía tenía en su archivo iba vestida con un visón blanco y relucientes diamantes y no habría tenido tiempo ni ganas de criar a unos niños.
Pero si Bella no era esa mujer, ¿quién demonios era entonces? Su trabajo consistía en indagar en la vida de Jacob Black, pero Edward se descubría cada vez más interesado en su viuda.
Apenas parecía una viuda, pensó mientras dejaba una de las maletas en la cama. Tenía más el aspecto de una estudiante durante las vacaciones de invierno. Pero, al fin y al cabo, había sido actriz, si así se le podía llamar a lo que hacía. Y quizá todavía lo fuera.
Abrió los cierres de la maleta. Un pequeño susurro, apenas más que un murmullo, le llamó la atención. Siendo detective, Edward se había encontrado en suficientes callejones sin salida y bares poco recomendables como para desarrollar una suerte de sexto sentido. Con naturalidad, comenzó a sacar camisas y jerseys de la maleta mientras fijaba la mirada en el espejo que había a los pies de la cama.
La puerta del dormitorio se abrió lentamente, solo una rendija al principio y después un poco más. Se tensó y esperó, aunque aparentemente continuaba deshaciendo la maleta. Vio dos pares de ojos en el espejo. Al acercarse a la cómoda, oyó una respiración nerviosa. Y cuando la puerta se abrió un poco más, vio los dedos de un niño aferrándose a su canto.
-Parece un ladrón -dijo Ben en un susurro, apenas capaz de contener la emoción-. Tiene una mirada sospechosa.
-¿Crees que tendrá pistola?
-Seguramente un arsenal -salvajemente complacido, Ben seguía los movimientos de Edward por el dormitorio-. Se acerca a la cómoda -susurró frenético-No te muevas.
Apenas habían salido aquellas palabras de su boca cuando la puerta se abrió de par en par. Los dos niños cayeron rodando en la habitación.
Desde el suelo, Chris alzó la mirada hacia el rostro de aquel hombre que parecía estar a cientos de metros de él. Aunque parecía a punto de hacer un puchero, sus ojos estaban secos.
-No te llevarás mis camiones -le advirtió. Estaba dispuesto a ir a darle a su madre la noticia.
-De acuerdo -divertido, Edward se agachó hasta que sus rostros estuvieron prácticamente a la misma altura-. Pero a lo mejor me los enseñas alguna vez.
Chris taladró con la mirada a su hermano.
-A lo mejor. ¿Eres un ladrón?
-¡Chris! -mortificado, Ben se separó de su hermano y se levantó-. Solo es un niño.
-No soy un niño. Tengo seis años.
-Seis -Edward lo miró fingiéndose impresionado-. ¿Y tú?
-Yo tengo ocho -la conciencia de Ben no le permitía mentir-. Bueno, pronto los cumpliré. Mamá cree que eres un escritor.
-A veces yo también lo creo -un niño muy guapo, decidió Edward, y con un brillo de curiosidad en la mirada que resultaba irresistible-. Me llamo Edward -le tendió la mano y esperó mientras Ben parecía estar analizándolo.
-Yo Ben -le estrechó la mano, apreciando que lo trataran como a un adulto-. Este es Chris.
-Encantado de conocerte -Edward le tendió la mano a Chris. Este se la estrechó con una tímida sonrisa.
-Tu coche nos parece genial.
-Tiene sus momentos.
-Ben dice que puede ir hasta a doscientos kilómetros por hora.
-Podrá -incapaz de resistirse, le revolvió el flequillo-. Pero yo no lo hago.
Chris sonrió de oreja a oreja. Le gustaba cómo olía aquel hombre. Era un olor tan diferente del de su madre...
-Mi madre dice que no deberíamos molestarte.
-¿Ah, sí? -Edward ayudó al niño a levantarse y después se levantó él-. Pues cuando me molestéis, yo os avisaré.
Asumiendo por completo aquella declaración, Chris se sentó en la cama y estuvo charlando con él mientras deshacía la maleta. Ben permanecía un tanto retraído, hablaba poco y lo observaba todo.
No confiaba fácilmente en los demás, pensó Edward. Y aunque él compartía aquel sentimiento, pensó que era una pena encontrarlo en un niño tan pequeño. El más pequeño era un fuera de serie y parecía dispuesto a creer cualquier cosa que saliera de su boca.
Chris advirtió que Edward sacaba un cartón de cigarrillos.
-Mi madre dice que esa es una mala costumbre.
Edward guardó los cigarros en un cajón de la cómoda.
-Las mamás son muy inteligentes.
-¿Tú tienes malas costumbres?
-Yo... -Edward decidió dejar aquel asunto de lado-. ¿Por qué no me pasas esa cámara?
Deseando complacerlo, Chris sacó una cámara de treinta y cinco milímetros del estuche. La sostuvo un momento en la mano y observó atentamente todos sus botones.
-Es genial.
-Gracias.
-¿Nos vas a sacar una foto?
-Podría -mientras la guardaba en el cajón, Edward vio, a través del espejo, que Ben estaba tocando con recelo su grabadora-. ¿Te gusta?
Sintiéndose atrapado, Ben apartó rápidamente las manos.
-Esas las usan los espías.
-Sí, ya lo sé. ¿Crees que hay alguno por aquí?
Ben lo medía con la mirada, con una expresión que Edward no habría esperado de un niño que le doblara la edad.
-Quizá.
-Antes pensábamos que el señor Petrie, que nos ayuda con los caballos, era un espía -Chris continuó mirando la maleta, para ver si encontraba algo interesante-. Pero no es espía.
-¿Tenéis caballos?
-Unos cuantos.
-¿De qué tipo?
Chris se encogió de hombros.
-Casi todos son muy grandes.
-Eres un tonto -lo insultó Ben-. Son Morgan. Algún día yo montaré a Trueno, que es un semental -mientras hablaba, el recelo de sus ojos se desvaneció y fue sustituido por el entusiasmo-. Es el mejor caballo que tenemos.
Así que aquella era la llave del niño, pensó Edward, la manera de acercarse a él.
-Cuando yo era niño, tuve un Tennesse. De dieciséis palmos.
-¿Dieciséis? -Ben abrió los ojos como platos, antes de acordarse de que no debía mostrarse tan entusiasmado-. Probablemente no era tan rápido como Trueno -como Edward no hizo ningún comentario, Ben hizo el esfuerzo de preguntar-. ¿Cómo se llamaba?
-Astuto. Era capaz de adivinar en qué bolsillo guardabas la zanahoria.
-Ben. Chris.
Ben se sonrojó sintiéndose culpable al ver a su madre en la puerta. Tenía aquella mirada. Evidentemente, Chris le anunció a su madre feliz desde la cama:
-Hola, mamá. Ya no creemos que Edward sea un ladrón.
-Estoy segura de que es un gran alivio para todos. Benjamín, ¿no os he dicho que no molestarais al señor Massen?
-Sí, mami -había que decir mami cuando a uno lo llamaban «Benjamín».
-No me estaban molestando -Edward sacó un par de pantalones y los colgó en el armario-. Estábamos empezando a conocernos.
-Es usted muy amable -Bella lo miró abiertamente y después lo ignoró-. Chicos, ¿no os habréis olvidado de cumplir con vuestras obligaciones?
-Pero mamá...
Bella interrumpió a Ben con una sola mirada.
-No creo que tengamos que volver a hablar de cuáles son vuestras responsabilidades.
Edward guardó la camisa en un cajón e intentó no echarse a reír. Había oído aquella misma línea de argumentación en su madre innumerables veces.
-Hay animales en esta casa que dependen de vosotros para cenar -les recordó Bella a sus hijos-. Y... –les mostró un papel-, parece que se os ha caído esto al suelo. Estoy segura de que pensabas enseñármelo.
Ben se frotó los pies al ver que su madre le mostraba un examen suspendido.
-No pude estudiar.
-Mmm -Bella se acercó a él y le tomó la barbilla con la mano-. Eres un delincuente.
El niño sonrió, sabiendo que la crisis ya había pasado.
-Esta noche voy a estudiar.
-Puedes estar seguro. Y, ahora, fuera de aquí. Tú también -le tendió una mano a Chris mientras Ben salía corriendo de la habitación.
-Ben ha dicho que se iba a llevar mis camiones.
Bella lo levantó en brazos y lo besó.
-Eres tan crédulo, Chris.
-¿Y eso es bueno?
-Por ahora sí. Venga, cámbiate de ropa.
A los seis años, Chris no habría sabido definir lo que era tener encanto, pero sabía que lo tenía.
-Todavía estoy terriblemente hambriento.
-Entonces supongo que tendremos que cenar un poco antes de lo normal. Así que terminad cuanto antes sus tareas.
Como parecía que iba a ser imposible conseguir una galleta más, Chris culebreó hasta el suelo y caminó hasta la puerta. Antes de salir, le dirigió a Edward una sonrisa.
-Adiós.
-Hasta luego.
Bella esperó un momento y después se volvió.
-Lo siento. Me temo que están acostumbrados a correr por toda la casa y no piensan en la intimidad de los demás.
-No me han molestado.
Bella soltó una carcajada y se echó el pelo hacia atrás.
-No tardarán en hacerlo, se lo prometo. Si no le importa, cenaremos en cuanto hayan terminado sus tareas y se hayan cambiado de ropa.
-Cuando usted diga.
-Señor Massen -la risa había desaparecido y sus ojos habían recuperado la calma y la seriedad. Pero era su boca, advirtió Edward, la que arrastraba su atención. Era una boca llena, sensual, y muy seria-. Voy a intentar brindarle toda mi colaboración en este proyecto. Pero eso no incluye a los niños.
Edward acababa de sacar su equipo de afeitado de la maleta.
-¿Y eso qué significa?
-Que no quiero que se involucren en el proyecto. No podrá hacerles preguntas sobre su padre.
Después de dejar el neceser sobre la cómoda, Edward se volvió hacia ella. Suave. Aquella era una mujer que parecía suave como la mantequilla y tenía una voz que no lo era menos, pero tenía la sensación de que sacaría sus garras en cuanto viera amenazados a sus hijos.
-Ni siquiera he pensado en ello. Creo que son demasiado pequeños para acordarse de él.
Iba a llevarse una buena sorpresa, pensó Bella, pero asintió.
-En ese caso, creo que nos entendemos.
-Todavía no. En absoluto... señora Black.
cuentenme que les ha parecido? jeje
algun review?
