Capítulo 3
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Las manos le temblaron sobre el volante, al tiempo que veía a una sonriente mujer cruzar la calle, acompañada de una pequeña multitud. Caminaba casi a tumbos, su cabello largo y desaliñado se sacudía suavemente de un lado a otro y sus hombros rosaban a las personas, pero a pesar de ello el resto de los transeúntes no la notaban. Cerró los ojos y se obligó a tranquilizarse, mientras esperaba con ansias la luz verde.
Era consciente de que ya debería de estar acostumbrada a esas cosas… pero no podía.
—¿Hinata?
—¿Eh?
Escuchó un suspiro al otro lado de la línea y luego la voz apretada de su hermana volvió a resonar en el interior del vehículo.
—Que si vas a tardar aun.
Asintió, distraída. —Creí que Natsu estaba en casa, ¿no puede ir a la farmacia?
—Hinata… ¿dónde hay una farmacia cerca de casa? Dime.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no a causa del tono de urgencia y fastidio con el que contestó Hanabi. Apretó los labios y asintió una sola vez, no podía quitarle la mirada de encima a la mujer.
—Lo siento, Hanabi-chan, n-no… no me falta mucho para llegar a casa.
Había visto los ojos de la mujer, antes de que desaparecieran detrás de los parpados que parecían ser de papel… eran justamente igual a esos ojos que había comenzado a distinguir desde que ella y su familia habían vuelto de un viaje a África. Una esclerótica era negra y el iris dorado solo indicaban una cosa: los portadores de esa mirada eran aquellas personas muertas que seguían caminando entre los vivos, contagiándoles ánimos lúgubres al rosarlos, sin quererlo… en algunos casos.
La mujer se mantenía en la acera, aun con la sonrisa en el rostro… aun tambaleándose. Volvió la mirada al semáforo y exhaló lentamente.
—En verdad me duele… —insistió Hanabi.
—¡Ya voy a llegar! —agradeció que la situación permitiera su tono de desesperación y se cubrió los labios con una mano al arrancar, en un intento por no llorar.
—¿Nee-sama?
Notó el tono de voz, inusualmente suave, y su rostro se tensó unos momentos.
—Haz estado rara… ¿también te sientes mal?
Veo cosas, Hanabi… veo gente que hace tiempo ya no está…
La mano le tembló al volverla al volante y sonrió. Carraspeó y negó una sola vez, manteniendo la mirada clavada al frente y desvaneciendo la sonrisa de sus labios, no quería provocar más problemas a su hermana y a su padre… tampoco quería que temieran por su salud mental. Apretó las manos sobre el volante y habló con el tono de voz más tranquilo y dulce que había practicado esos últimos días.
—No… ya estoy bien.
Hanabi suspiró de nuevo. —Ese viaje a África… nos arruinó la vida.
La llamada terminó entonces y Hinata no pudo evitar asentir. Recordó el día en que había empezado todo eso, aun sentía en la garganta el escozor de los gritos de aquel día, las lágrimas humedeciendo sus mejillas. Los primeros días fue difícil tranquilizar a Hanabi y esconder el estado anímico de su padre y Neji con la excusa de que todo eso había sido un simple dolor "femenino"… más difícil era ahora que parecía estar siempre alerta, buscando un lugar donde poner la mirada, un lugar donde no hubiera almas atormentadas. Respiró profundo, antes de acelerar y ver como una de esas personas se convertía en un extraño humo al ser golpeada por el auto.
~oOo~
—¿Los familiares de Sabaku no Gaara?
Temari levantó la mirada, sus ojos oscuros se clavaron en los de aquel investigador. Asintió, quizá demasiado rápido. Se enderezó, con el corazón latiéndole con fuerza; sus manos apretaron la taza que había entre ellas, la cual hacía horas había dejado de estar caliente y seguía completamente llena de café. Asintió una sola vez y se puso de pie de inmediato, pudo observar de soslayo hacia el interior de la casa, Kankuro giraba a verlos y ya caminaba hacia a ellos.
—Soy su hermana.
El hombre uniformado asintió e inclinó un poco la cabeza, como muestra de respeto; Temari lo observó, deseando que fuera directo al grano. Kankuro no tardó en aparecer a su lado, de brazos cruzados, lucía cansado, pero se rehusaba a dormir y suficiente había sido lograr que se quedara en casa.
—¿Y bien, oficial? —impaciente, agitó la taza que tenía en la mano. —¿Algo que reportar?
Sus ojos analizaron al hombre, de manera cruel, quizá demasiado; Kankuro también se encargaba de intimidar al hombre, a su manera.
—Encontramos esto.
Se llevó una mano al pecho y frotó un poco su cuello, era la placa que Gaara portaba siempre, con sus datos personales. Las manos de su hermano, oprimiendo sus hombros ligeramente, la ayudaron a mantenerse en pie y a retener las lágrimas.
—¿Y él? —preguntó con la voz ronca. —¿Saben algo de él?
—Parece que fue visto cerca delRemolino.
Kankuro soltó un suspiro y se relajó, sus manos se deslizaron de los hombros de la rubia, que caminó hasta la pared, dejó salir un suspiro y sin darse cuenta se encontraba deslizándose hacia el suelo. Al diablo la etiqueta, los modales y la delicadeza femenina, no estaba para cuidarse las faldas en esos momentos. Ambas manos se deslizaron de su cabeza a su rostro, el corazón latiéndole con fuerza.
—Gracias…
Levantó la mirada y observó al muchacho, que se encontraba desparramado en la silla donde había estado sentada ella.
—¿Es todo?
El oficial asintió. —Sentimos mucho no poder regresarles a su hermano, aun.
Asintieron, abatidos, y observaron al oficial irse. Kankuro se levantó de la silla, plegándola, y volteó a ver a Temari en completo silencio; ella mantuvo la mirada clavada en la acera, la preocupación creciendo en su pecho. Se vieron unos momentos y sonrieron un poco, Kankuro no pudo evitar tomar a Temari y estrecharla; a pesar de que ella se resistiera. Estaban felices de saber que Gaara estaba con vida.
—Tranquila.
—Estoy tranquila.
—Pronto lo tendremos de vuelta.
Asintió y se alejó de Kankuro, deseando con todas sus fuerzas que ese pronto llegara cuanto antes.
—Quizá debas dormir un poco —murmuró él, alejándose de nuevo hacia el sillón y clavando la mirada en el televisor. —No haz descansado desde ayer.
Apretó los labios y miró sus manos en silencio.
—… sí, tienes razón.
Luego de unos minutos, se dejó caer en la cama, consciente de que esa sería otra noche sin sueño. Permanecería ahí, con el móvil en la mano, escuchando en la lejanía el canal de noticias que Kankuro se encargaría de ver toda la noche, de nuevo, con las llaves de la puerta en las manos… ambos con la esperanza de que Gaara volviera.
Cuando el insomnio se había tornado insoportable, su remedió había sido buscar al pelirrojo en auto, pero aquello no había rendido frutos… al igual que sus intentos por movilizar una investigación que por ley no pudo empezar hasta unas cuantas horas atrás.
Dejó salir un suspiro y decidió aprovechar ese tiempo muerto para avanzar a su trabajo, con la esperanza de que la espera no fuese tan larga de ese modo. Se levantó y, arrastrando los pies y despeinándose, caminó al pequeño escritorio. Observó el papeleo y encendió perezosa su computador portátil. Activó la cafetera que mantenía en la habitación y, estirando la mano hasta tocar un cordel, abrió las persianas para poder ver el sol morir y las luces de la ciudad despertar. El corazón se le encogía al recordar todas las noches que Gaara había estado sentado sobre el muro, viendo a la luna y pensando. Una sonrisa melancólica se formó en sus labios y negó un poco, alejando la mirada de la ventana.
¿Dónde estás, Gaara?
Trabajó por unos minutos y luego de soltar un suspiro, se sirvió café y corrió la silla hacia atrás. Entonces lo notó: en la barda, había una figura que conocía demasiado bien. La taza resbaló de su mano y el café caliente salpicó sus piernas, quemándole la piel, pero no lo notó. Corrió por la casa, llamando a Kankuro durante todo el trayecto hasta la sala de estar, pidiéndole a gritos que abriera la puerta.
Pero al llegar a la habitación se encontró con una escena que estaba demasiado alejada de sus deseos y añoranzas.
—¿Kankuro…?
Confundida miró a Gaara, estaba parado a lado del sillón en el que se había encontrado sentado Kankuro, el muchacho ahora permanecía de pie, con una pistola en las manos, las cuales le temblaban; no dejaba de mirar al pelirrojo y amenazar con tirar del gatillo si no se largaba de ahí pronto. El pelirrojo estaba cubierto de manchillas de sangre, logrando que el nudo que Temari tenía en la garganta bajara hacia su estómago y lo revolviera todo. Notó los terrones que caían de los brazos del muchacho y que se deshacían al tocar el suelo.
—Gaara…
—Él no es Gaara —interrumpió —. Apártate Temari.
—¿Has perdido el juicio? —tenía las cejas juntas a pesar de su sorpresa. —¡Claro que es Gaara, grandísimo estúpido!
—No es Gaara —reiteró, afianzando el agarre en la pistola.
Un extraño sonido le llenó los oídos y lo ignoró. —¿Entonces quién es, imbécil, el vecino?
Caminó hacia el pelirrojo y se detuvo al toparse con la mirada fría y agresiva que poseía el muchacho. Lo miró, sin entender, notando entonces las marcadas ojeras que le delineaban los ojos, además de unos hilillos de sangre que provenían de alguna parte más arriba. Sus ojos viajaron hacia la frente del pelirrojo, topándose con una herida que tenía forma de un kanji. Separó los labios, molesta, Gaara siempre había querido un tatuaje y ella se lo había negado, ahora volvía con esa sádica manera de marcarse el cuerpo.
Negó.
—¿Qué demonios crees que tienes en la frente?
Los ojos aguamarina permanecieron fijos en ella. —Amor.
La palabra salió con un tono tan frío e impersonal, que Temari no la comprendió.
—Baja eso, me estás desquiciando —le ordenó a Kankuro.
El muchacho afianzó más el agarre, sin quitarle la mirada de encima a Gaara y negó una sola vez.
—¡Bájala!
—¡Lárgate!
Se escuchó un disparo y Temari miró asustada en dirección a Gaara, entonces notó algo que había pasado, estúpidamente, por alto: había arena girando rápidamente a la altura de los tobillos del pelirrojo, el color ligeramente oscuro que tenía le causó nauseas. Notó el muro de arena que, claramente, había protegido al muchacho de la bala; la arena se extendía hacia la frente del pelirrojo y se detenía a centímetros, mostrando la punta del casquillo.
Gaara miraba la bala que se asomaba, sin pestañear.
—¡Kankuro, ¿qué crees que vas a lograr con eso?!
Caminó hacia él y le tomó el brazo, doblándole la mano, obligándolo a bajar el arma. No permitiría que le hiciera daño a alguien, mucho menos a su propio hermano. Miró a Kankuro molesta, qué le miraba de la misma forma, antes de que el rostro se le desfigurara y sangre saliera de sus labios. Parpadeó, confundida, al sentir las gotillas salpicar su rostro, y tuvo que aferrarse al muchacho al sentir que le caía encima. Ambos cayeron al suelo, Temari, de rodillas, intentaba sostener a Kankuro para que no se deslizara de su agarre.
¿Qué había pasado?
Algo tibio le recorrió el cuerpo y se ahorró el grito. Alejó a Kankuro de ella, recostándolo en el suelo de manera descuidada y notando la herida en el abdomen. Aquella sensación tibia, que se enfriaba rápidamente, había sido la sangre de Kankuro. Se lanzó sobre el muchacho, intentando detener el sangrado, las lagrimillas que se habían formado en sus ojos escurrieron por sus mejillas.
Estaba confundida, tenía miedo… no quería perderlo. Con desesperación levantó la mirada, buscando obtener auxilio del pelirrojo y su sorpresa creció al ver que había una especie de daga hecha de arena, teñida de rojo y que era, seguramente, con lo que habían atravesado a Kankuro. Su mirada se desvió hacia el menor y sus labios temblaron unos instantes, antes de que su voz, grave y ligeramente débil, saliera de sus labios.
—¿Qué estás haciendo?
Pero él no la miró siquiera y sonrió, de una manera enfermiza.
—Comprobar mi existencia.
—¿Cómo dices? —susurró.
No se alejaba de Kankuro, pero había plantado uno de los pies en el suelo. El corazón, el valor y la voluntad le temblaban. Aquello era una verdadera pesadilla. Las palabras de Kankuro le retumbaban en la cabeza y tembló ante la idea de que aquel pelirrojo frente a ella no era su adorado Gaara.
¿Quién era? ¿Y por qué lucía como Gaara?
Escuchó a Kankuro toser y palideció al verlo, él intentaba pedirle que se fuera; negó, con lágrimas en los ojos y su mano temblando sobre la herida sangrante. Miró hacia Gaara, de nuevo, él se había acercado un par de pasos hacia ellos; el rostro se le deformó por el terror que sintió al ver los ojos dorados. Se alejó de él casi de inmediato, instintivamente. Sentía frío de pronto, al igual que una sensación de pequeñez e impotencia, y fue imposible mirar a Kankuro, que seguía pidiéndole que se alejara de ahí, su mano se aferraba aún a la pistola y apuntaba hacia el pelirrojo.
No entendía… pero ese muchacho que estaba frente a ellos, sonriendo como lunático, respirando agitadamente y babeando, no podía ser su hermano.
—Temari —gruñó Kankuro, con voz airosa.
Echó a correr, cubriéndose los oídos. Cobardemente dejando a sus hermanos cuando más la necesitaban. Dos disparos le crisparon más los nervios y crearon un extraño silencio que le permitió escuchar un sonido extraño seguirla; al mirar hacia atrás, sintió pánico al encontrarse con una capa de arena que la seguía.
Brincó hacia las escaleras y subió los escalones de dos en dos, ganándole un poco de ventaja a la arena. Cerró cuanta puerta se cruzó en su camino, hasta llegar a su habitación y cerrar silenciosamente esa última. Cruzó la habitación y abrió suavemente la ventana, con la intención de salir a pedir ayuda y salvar a Kankuro… y enterrar esos momentos en su memoria.
Estaba la mitad de su cuerpo del otro lado de la ventana, cuando algo se enredó en su tobillo y tiró de ella con fuerza; su nuca golpeó contra la ventana y sus manos se aferraron al alfeizar. Miró hacia atrás al escuchar que la puerta parecía estallar y sus ojos se abrieron enormes al ver que Gaara entraba, con ese semblante desquiciado adornándole el rostro.
—¿Sangrarías para mí?
Sus brazos perdieron la fuerza, cayó dolorosamente sobre el escritorio y fue arrastrada al suelo, desde donde miró a Gaara, sin dejar de esforzarse por alejarse de él, pero sus intentos eran inútiles, la arena volvía a tirar de ella.
—Temari-san, ¿lo harías?
Se sintió ajena de pronto, recordando días felices. Había olvidado que Gaara no sabía decir nee-san y decía simplemente san cuando era un niño pequeño… pero esa no era la voz que conocía. Sus ojos se llenaron de lágrimas, la torturaban con juegos mentales.
—¿Me dejarías pintarte de carmín?
Se cubrió los labios, ahogando el grito de terror que se atoraba en su garganta y negó. No podía… era demasiado. Vio al muchacho relamerse los labios y acercarse a ella, la arena formó una especie de lanza a la altura del hombro del pelirrojo y él la tomó con firmeza. Temari se arrastró hacia atrás, pidiéndole que se detuviera, demasiado asustada para poder ser coherente, pero con un ligero tono tajante en su voz que amenazaba con quebrarse.
—Sangra para mí…
—Basta, Gaara —el miedo la invadía por completo.
Él afianzó el agarre sobre la daga. Temari vio los movimientos en cámara lenta y sin entender porque lo hacía, pateó en el estómago al muchacho, que cayó de rodillas y sin aliento. La daga se desintegro y escurrió de los dedos del muchacho, la arena que había estado girando rápidamente cayó al suelo y él lució desprotegido… menos peligroso… más normal. Más como él.
—Tengo miedo… —susurró, su voz estaba ahogada por falta del aliento.
Levantó el rostro y miró a su hermana, quien simplemente respiró de manera entrecortada y, confundida, levantó la mirada incrédula para observarlo a los ojos, con la duda clara en ellos, enviándole la señal de que no entendía a qué se refería.
—Esto es una mentira, ¿verdad? —le preguntó, aún respirando de manera artificial. —Es solo un mal sueño…
Se acuclilló frente a él. El corazón le latía con fuerza, el miedo la embargaba; pero este era un miedo diferente, no era miedo a su hermano, era miedo a no saber qué pasaba o qué vendría después. Estiró la mano, pero no se atrevió a tocarlo.
—¿De qué hablas?
—De lo que me está pasando, Temari.
Sentía que el muchacho desaparecería si dejaba de verlo, así que lo tomó entre sus brazos con fuerza, enredando una de sus manos en los rojizos cabellos del muchacho, clavando el cuerpo fuerte y varonil contra el suyo, en un intento por calmar los acelerados latidos de su corazón y el extraño temblor que atacaba al menor.
—¿Qué te pasa?
Con el cuerpo frío y tiritando, se alejó de Gaara y lo miró a los ojos; no entendía qué pasaba, pero esas palabras la atormentaban aún más que los ojos perdidos y la sonrisa babeante. Juntó los dientes, dispuesta a hacer una nueva pregunta, pero entonces la mirada iracunda volvió a los ojos aguamarina y la arena le envolvió el cuerpo, haciéndola perder el aliento. Miró a Gaara, suplicando, y eso solo encendió aún más la mirada de él. Separó los labios para hablar, pero solo logró que el aire escapara de ellos.
Y Gaara sonrió.
—Sangra para mí, Temari-san.
Los ojos de Temari se cerraron con fuerza.
~oOo~
Se removió en la cama y abrió los ojos luego de unos segundos. Desde el campamento su salud no se encontraba en las mejores condiciones y, si bien su sueño era pésimo, la pasaba el día entero dormida. Con el cuerpo adolorido y una sensación de arena en los ojos, se sentó unos momentos en la cama y observó la oscuridad que reinaba en su habitación, con un muy mal sabor de boca; tomó su móvil de la mesa de noche y miró la hora, maldiciendo de inmediato al ver los números cambiar de las 2:59 a las 3:00. No tenía idea de qué la había despertado, pero se arrepentía de haberlo hecho, todos en casa estaban dormidos y no podía llamar a nadie para que fueran a mimarla en lo que volvía a quedarse dormida. Débil, se recostó de nuevo y miró por la ventana en completo silencio, esperando que el sueño volviera a vencerla.
La luz de la luna era extraña aquella noche.
Se frotó la nariz y miró de nuevo su teléfono móvil, habían pasado tres minutos ya y ella no se sentía cansada. Se frotó el rostro y decidió perder el tiempo mientras jugaba en el móvil. Sus párpados comenzaban a volverse pesados, cuando una sensación helada le erizó la piel; tiró de sus cobijas con fuerza, cubriéndose la espalda y gruñó.
—Ino…
El susurro apenas le llegó a los oídos, miró por encima de su hombro hacia la puerta, la cual se mantenía cerrada; respiró profundo y le restó importancia, acurrucándose en la cama y volviendo su atención al jueguito. El sonido del picaporte girando le indicó que alguien estaba por entrar a su habitación, escondió el teléfono bajo la almohada y cerró los ojos. Un ligero crujido de la madera le indicó que alguien estaba echando un vistazo al interior; sonrió, esperando a que su madre se sentara en la orilla de la cama y revisara su temperatura, como llevaba haciéndolo todo el día, pero pasaron los minutos y eso jamás sucedió.
Juntó las cejas y abrió los ojos de nuevo.
—Ino… —canturreó alguien.
Se sentó en la cama, convencida de que aquello lo había susurrado una mujer, y miró la puerta, la cual se encontraba lo suficientemente abierta como para que alguien pudiera pasar sin problemas. Arrojó las sábanas a un costado y se acercó al pie de la cama, intentando mirar un poco más allá en el pasillo.
—¿Mamá?
—Ino.
La piel se le erizó.
Respiró profundo, lentamente y sin hacer ruido, sintiendo que el alma se le escapaba del cuerpo y bajó de la cama. Caminó hasta la puerta y se asomó apenas, viendo solo una parte del pasillo; la luz de luna que entraba por la ventana de las escaleras solo alumbraba tristemente una tercera parte de la estancia y no podía ver la puerta de la habitación de sus padres, la puerta de la habitación de su hermano apenas se vislumbraba. Las manos le temblaron unos momentos, nunca antes su casa le había dado tanto miedo. Cerró los ojos y respiró profundo.
Una respiración se escuchó cerca de ella.
—Ino…
Por alguna razón recordó lo que había sucedido en el puente y el corazón comenzó a latirle con fuerza; mareada se recargó en la puerta y se llevó una mano al pecho, respirando profundo e intentando mantener la calma.
—Dei… esto no es divertido —susurró, fingiendo molestia.
Una risilla resonó desde cada rincón de la casa y las manos comenzaron a temblarle; tragó saliva con dificultad y miró al pasillo de nuevo, la puerta de la habitación de su hermano estaba cerrada aún. Nerviosa, dio unos cuantos pasos hacia atrás y cerró la puerta.
—Tranquila, Ino, estás imaginando cosas...
—Sí, Ino, estás imaginando cosas.
La puerta se abrió de súbito, golpeándola. Ino miró detrás de ella, pero no encontró a nadie y corrió hacia su cama, saltando a ella al estar cerca.
—¡Papá, ven rápido! ¡Me siento mal!
Su cuerpo se convulsionó y se frotó los brazos, de pronto sentía demasiado frío. Encaramada en la esquina, miró con desesperación al pasillo y su gesto se contorsionó al ver la oscuridad que parecía escurrirse al interior de su habitación. Tosió, por culpa de su garganta seca.
—¡Papá!
Unos ojos brillantes le miraron de pronto, desde la oscuridad del pasillo. El aire se le atoró en el pecho y se pegó aún más a la pared, en un intento por alejarse de la oscuridad que se extendía lentamente hacia a ella. Negó frenéticamente.
Algo se le enredó en el tobillo y no pudo evitar dejar salir un chillido de terror al sentir que tiraban de ella y ver su pie deslizarse por la cama; al intentar recoger su pierna, lo que fuese que le sujetaba se tensó y no le permitió doblar la rodilla. Cerró los ojos con fuerza.
—¡Mama, papá!
Temerosa miró en la oscuridad y notó una franja oscura atravesarle la piel del tobillo y, al mirar más allá, se topó con aquellos dorados que brillaban en la oscuridad, al borde de su cama. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal y un grito escapó de sus labios al ver una larga fila de dientes puntiagudos que se formaba debajo de los círculos de luz dorada. No terminaba de pedir auxilio cuando aquella cosa se lanzó sobre ella y se le enredó en el cuello, los brazos y en la cabeza.
—Ah…
—Shh…
Aquello se metió en su boca y la sensación de cabello en la lengua le provocó una arcada. Intentó quitarse el cabello de la cara pero al tomarlo y tirar de él notó que no eran sus hebras rubias, el cabello era oscuro. Las lágrimas se juntaron en sus ojos y tiró con más fuerza, intentando librarse de la maraña que se le enredaba en el cuello, en las manos, en el rostro y en todo el cuerpo.
—Shh…
Aquello comenzó a bajar por su garganta y las arcadas no se hicieron esperar. En su desesperación intentó arrancarse lo que la ataba, solo podía ver los trozos de cabello enredados en sus dedos y sentía nuevos enredarse en su cuerpo; no podía escuchar sus gritos y sentía los cabellos bajar por su tráquea. Las arcadas la atacaron, el vómito se atoraba en alguna parte de su cuerpo. No podía respirar. Las lágrimas le distorsionaron la vista, pataleaba y sus manos volvían a atacar lo que fuera que le ataba, rasguñándose el cuello y la cara. Se sacudió en la cama, gimiendo, gruñendo y llorando, mientras su estómago hacía inútiles esfuerzos por expulsar aquello que se aferraba en entrar.
Esperaba que en cualquier momento su padre, su madre o su hermano entraran en la habitación y la ayudaran, pero eso jamás pasó. Lo que fuera que tenía en la garganta, era lentamente empujado hacia el interior y le obstruía las vías respiratorias; los movimientos de su cuerpo débil comenzaron a languidecer, hasta que solo quedaron las arcadas.
Una súbita sensación de alivio llegó cuando aquello entró por completo en su cuerpo y luego de una última arcada, con la cual expulsó una gran cantidad de saliva espesa, tosió con fuerza, mientras intentaba recuperar el aliento, entre desesperadas bocanadas y gemidos roncos. Débil, su cuerpo se relajó rápidamente y unos cuantos espasmos le atacaron diferentes partes del cuerpo durante unos momentos, hasta que quedó completamente tendida sobre la cama, en una posición un tanto incómoda, sin prestar atención realmente, sus ojos claros miraban fijamente al pasillo, que volvía a ser alumbrado por la luz lejana que entraba por la ventana.
—Ah…
La saliva escurría de los labios y humedecía lentamente las sábanas y los cabellos revueltos, mientras una solitaria lágrima se deslizaba por su rostro. Sus ojos se cerraron y su cuerpo cedió ante el estrés y el cansancio, lo último que sintió fueron las sábanas pegarse, pesada y malolientes, a su cara.
Una risa hizo eco en su cabeza.
Por si tenían dudas, en este capítulo hay un nuevo pasaje.
Publicación original: Lunes, 16 de septiembre de 2013
Edición publicada: Viernes, 24 de agosto de 2018
