La mujer se había echado a llorar por unos minutos. Yo guardé silencio y extendí hacia ella, un pañuelo. Se le notaba compungida. Luego de unos minutos de silencio, volvió a sonreírme y me miró con una curiosa expresión. Como si yo le evocara alguna clase de sensación o recuerdo. Me acomodé en el asiento y con un vistazo rápido, miré mis anotaciones.
Había copiado algunas líneas que consideré importantes. En realidad, muy pocas. Aunque fingía mucho interés y que estaba copiando mayor cosa. Ella tomó aire y continuó con su relato.
— Él es el hombre con quién me casé.
No pude evitar pensar, que me resultaba algo familiar. En algún momento, quizá, yo había oído o visto su rostro. Ella sonrió dulcemente, hacia la fotografía que se movía. Parecía estar aburrido y la miraba con una expresión de concentración.
— ¿Tienen hijos?
— No aún. Pero quizá los tengamos. Se lo he sugerido, no me parece una mala idea. Me encantaría verlo en un rol de padre. Aunque él insiste que no tendría nada que enseñar. Sin embargo, yo aprendí tanto a su lado.
— Se puede notar, el amor profundo que le tiene al hombre de la fotografía. Es claro que está muy agradecida.
— Sí, muchachita. Más que agradecida, con este servicio.
Me quedé pensativa, mientras ella retomaba su explicación. Cuidadosamente, guardó la fotografía en su cartera y juntó sus manos sobre su regazo.
Esa noche me quedé despierta hasta muy tarde. No podía dejar de pensar en lo que Margaret había dicho y el sueño no me acosaba, como en otras ocasiones. No podía olvidarlo y se convertía en una pesadilla.
Mucho más, que cuando creí que en mi armario vivía un monstruo de cola larga y anillada. Resultó ser una serpiente.
Esta vez, mi pesadilla era una serpiente que crecía conforme más lo pensaba. Comenzaba a enloquecerme.
Pero tenía que ser fuerte. Demostrarle a mi tía, que no dependía de ella. Que podía conseguirlo. Sola.
Pero ¿Podría en verdad? Dudé por un momento y me senté en la cama. Me dolía la cabeza y me sentía mareada. Siempre me ocurría cuando algo me acobardaba. Cuando algo era mucho más grande de lo que yo era.
Entonces solo me quedé allí, mirándome en un pequeño espejo sobre mi cómoda. ¿Sería capaz de conseguirlo, sin defraudar a mi padre?
¿Ni a mi tía?
¡Tenía que conseguirlo a como diera lugar! Sin importar cuánto dolor me causase el irme de casa. El conocer gente nueva y forjar una personalidad, frente a muchos otros. Tenía algo de miedo. Bien, mucho.
Aún así, no fallaría.
La mañana siguiente, mi tía y yo apenas nos mirábamos. Ambas estábamos muy afligidas. Ella extendió la carta sobre la mesa y me mostró lo que necesitaba para mis estudios.
Definitivamente, no era una escuela común. Me senté a su lado y permanecí quieta, mientras ella me explicaba con detalle. Esperé por escuchar, en qué parte incluían a mi padre. A mi familia.
Las vacaciones solo eran en verano y en navidades. No soportaría estar tanto tiempo aislada. El miedo volvió a sobrecogerme y me eché a llorar en el desayuno. Mi tía no me amenazó con echarme en la tina. Simplemente me miró y extendió hacia mí, un pañuelo. Yo lo tomé, mientras ella sonreía dulcemente.
Se inclinó junto a mí, cerca de la silla en donde estaba sentada. Se apoyó en mis piernas y secó mis lágrimas con mucha suavidad.
— Siempre estaremos juntas, te lo prometo. Sin importar qué pase. Te escribiré todos los días. Te contaré tantas cosas, que creerás que estoy allí dentro. Contigo.
— Tía, tengo mucho miedo.
— Todo estará bien, cariño. Te prometo que todo estará bien. Papá te escribirá también. Ya verás.
Suspiré y realmente dudé de todo lo que mi tía estaba diciéndome. Ella horneaba galletas con un poco de cocoa fría. La cocoa siempre nos animaba, cuando sentíamos que no había salida a nuestras preocupaciones.
La miré, mientras continuaba tejiendo. Había comenzado a tejerme un suéter y colocaba el hilo en mi espalda, para medir el largo. Sonreí al notar, que lo tejía con mis colores favoritos. El negro y el gris.
Nunca supe por qué, pero los colores opacos eran mi delirio. Con una sonrisa, ella me hizo usar el suéter. Me lo coloqué por encima de la cabeza, aún no estaba terminado. Ella continuó tejiendo, tomando el largo de mis brazos. Sentí cosquillas, mientras el hilo me rodeaba.
— Ya casi está terminado.
Miré las palomas blancas que ella había dibujado en el centro. Sonreí de pensar en volar como un ave, por los cielos y surcar los bosques. Altos árboles y mojar mi pico en cristalinos ríos.
Mi tía sabía lo soñadora que era y siempre me imaginaba como un ave, surcando el cielo. Luego de ayudarle a separar el hilo, me senté en el campo y traté de dibujar la naturaleza. Hacía enormes árboles, los que tenía enfrente de mí, cuando mi tía se sentó a mi lado con emparedados recién hechos.
Ella era una estupenda cocinera.
— ¿Qué dibujas?
— ¿Ves aquel árbol, allá en el final del puente?
— Sí, lo puedo ver.
— Eso intento dibujar.
Guardó silencio y me miró dibujar, mientras yo intentaba sombrearlo y darle profundidad. A ella le encantaban mis dibujos. Había estado practicando desde que tengo memoria. Y bueno, había hecho un retrato de papá. Lo había dibujado, mientras leía el periódico, con su pipa de madera de cedro. Cómo adoraba esa pipa. Su abuelo se la había traspasado.
Aunque siempre me decía: "Hija, nunca fumes"
Margaret fumaba de más. Siempre la encontraba fumando en su habitación. Por las tardes el aroma a fósforo, llenaba el salón de reuniones.
Una túnica, un caldero, una lechuza y una varita. No entendía lo que la lista especificaba y estuve repasándola por mucho tiempo. La tienda de libros, tenía un nombre muy gracioso y mucho más, la tienda de varitas.
Olivanders.
Suspiré y me bajé de la cama. Tenía que hablar con mi tía sobre la mascota. ¿De qué clase de mascota hablaban? ¿Un gato? ¿Quizá un sapo? Mientras caminaba, noté que una enorme sombra se acerca a mí; con un vuelo bajo. Íbamos a chocar.
Agaché mi cabeza y la vi volar, detrás de mí. Me di la vuelta y noté que era la misma lechuza que ya conocía. Se golpeó con un cuadro y cayó lentamente. Caminé hacia ella con preocupación y me hinqué frente a ella.
Lechuza atolondrada que al final, había terminado estampada en nuestra pared. Se sacudió y soltó un chillido tan fuerte, que no podía entender cómo mi tía no notaba semejante alboroto.
Me miró con sus enormes ojos ámbar y entonces, la carta que llevaba en su pata, estaba en el suelo. La tomé sin prestarle mucha atención. Era él otra vez y ya comenzaba a fastidiarme. Caminé hacia el salón, para enseñársela a mi tía.
Aunque curiosamente, ella ya no estaba. ¿Por qué siempre desaparecía cuando yo intentaba mostrarle, la carta que llegaba por error? No lo sé. Pero el hecho era que el chico me hablaba de "poderes", que me asustarían de tenerme enfrente. Sonreí y me jacté de él.
Resultaba que yo tenía algo mejor. Yo era una bruja, yo tenía magia. Y lo mataría; de tenerlo frente a mí.
Escribí eso en la carta que respondía. Que yo tenía poderes y que de tenerlo frente a mí, lo mataría. Que me dejara en paz. Que no se metiera con Anabelle.
Mi nombre lo escribí en negrillas y con muchas comillas. Suspiré, satisfecha, esperando asustarlo con lo que había escrito.
Enrollé el pergamino y por un momento, me imaginé su expresión. Esperaba que fuera de profundo miedo.
— Anda, vete ya y entrega esto a tu dueño. Que entienda de una buena vez, que no tengo humor para soportar sus tonterías.
La lechuza me miró, mientras se acomodaba las alas con el pico. Parecía que lo hacía con un gesto desdeñoso.
— Anda. ¡Vete ya!
Me picoteó un dedo y yo le arrojé una galleta que mordisqueó, muy feliz. Luego de engullirla, comenzó su vuelo y pasó por la enorme ventana del salón. La miré perderse entre las copas de los árboles más altos.
No tenía el humor para ponerme a jugar con un pequeño como él. Que a pesar de que odiara que le escribiera; me respondía los mensajes.
Idiota era lo que parecía, aunque lo negara. Suspiré y caminé hacia mi habitación. Margaret entró en la casa, a poco tiempo de yo haber comenzado a empacar mis pertenencias en un viejo baúl, que estaba guardado en el ático.
