Esto pertenece a Meyer y a Kenyon. Yo solo me tomo el atrevimiento de jugar un poco con sus personajes.
Capítulo 3.
"Todo hombre es como la Luna: con una cara oscura que a nadie enseña"(1)
—No, no, no, no —Negó Isabella al correr hacia el hombre que había caído desmadejado y al parecer sin vida frente al contenedor de basura.
Su día no pudo haber empezado tan mal para luego terminar en semejante desastre. Las Moiras no podían ser tan crueles; su auto estropeado, su encuentro con un familiar que no tenía intenciones de ver, luego esos altos rubios que en el pasado le habían quitado tanto y ahora esto.
Arrodillada delante del sujeto que le había salvado la vida se recriminaba a sí misma por ser tan estúpida. Sus intenciones eran matar a esos demonios colmilludos, no provocar un desastre como el asesinato de alguien inocente.
Muy nerviosa y conteniendo las ganas de llorar observó el rostro patricio de aquel hombre que la perseguía en sueños. No podía creerlo, era él, jamás pensó que existiera en realidad pero ahí estaba y al parecer muy muerto.
Estaba vestido de negro desde los pies a la cabeza y era enorme, fácilmente podía llegar a los dos pies de altura. Su tez era tan clara como la de ella y su pelo era un revoltijo sin orden aparente de mechones rojos y cobre que invitaban a pasar los dedos por él.
No se movía y ella empezaba preocuparse más. El jersey negro que vestía tenía un orificio que humeaba en el costado derecho, Isabella tomó el bajo del jersey y lo levantó. Lo que vio la horrorizó y maravillo a partes iguales.
Su torso y vientre era un lavadero de cuadros bien formados a base de puro ejercicio y esfuerzo, el lado izquierdo estaba cubierto de principio a fin por un intrincado tatuaje tribal en colores verdes y azules y en el derecho tenía una fea quemadura probablemente producida por el rayo que le había caído encima.
Reprimió las ganas de vomitar, la quemadura era tan fea que seguramente había llegado hasta los huesos de las costillas. Por lo demás, el resto de su cuerpo parecía intacto pero él no respiraba e Isabella se agarró de sus suplicas a los dioses para que le dejaran vivir. Él era solo alguien que había estado en el momento menos indicado e intentando proteger a una completa extraña.
Isabella entró en un estado de enfado y desconsuelo que no pudo controlar al recordar los acontecimientos de las últimas horas. Simplemente iba a ser una noche de diversión más. Veronique, Oliver y ella habían llegado horas antes al Santuario y la estaban pasando de fabula.
Los Peltier habían sido muy agradables con ella, muy especialmente los gemelos Kyle y Cody. Tan rubios y tan idénticos que fue difícil para Bella identificar cual de los dos era quien mas coqueteaba con ella. Se convirtieron en sus sombras por el resto de la velada y le hicieron bailar y corear cada canción que la banda del bar tocaba.
La noche había transcurrido fenomenalmente, habían tantas personas a su alrededor y todas tan divertidas que nunca imaginó que se arruinaría, hasta que había visto a su muy engreído hermanastro entre los clientes del bar.
Le había enfurecido verlo allí porque sabía que había sido enviado por su madre para que le echara el ojo. Era inaceptable e increíble, su madre, para mantenerla vigilada era capaz de pedirle ayuda al hijo de la esposa de su ex, y cabía decir que ellas no se tenían estima. Sin embargo, su hermanastro no solía meterse en los asuntos de ambas señoras y se limitaba a vivir su existencia junto a su demasiado atractiva esposa.
Se había acercado a ella, todo vestido de cuero y destilando la típica arrogancia que todos los miembros masculinos de su familia solían dar a demostrar a quienes consideraban inferiores.
Era un hombre atractivo, no podía negarlo, con un pelo rubio que cubría con un horrible pañuelo rojo y unos ojos azules tan picaros como el mismo demonio. Cuando estuvo frente a ella le dio un fuerte abrazo, Veronique y Oliver se hicieron los desentendidos ante la escena porque Isabella no quería dar explicaciones sobre el extraño.
–Hola hermanita.
–Hola, Geminus(2).
–No me llames así.
Isabella había sabido que él detestaba ese apodo y por eso lo llamaba así cada vez que tenía la oportunidad. Vivía para fastidiarle el aire y la vida, ese era su pasatiempo favorito.
–Te envío mi madre, ¿cierto?
–No seas arrogante, cisne bonito –le dijo de manera sardónica—. Solo me he acercado para recordarte que esta es mi ciudad y dos de nosotros no podemos ocupar el mismo espacio.
Isabella había estallado en carcajadas antes esas palabras de superioridad de su hermanastro. No pensaba sacarlo de su confusión, lo había dejado ser un gallito y que la enviará a casa pero eso no había significado que le haría caso, ni en sus más recónditos sueños.
La conversación debió de haber seguido de una manera normal pero no había sido así porque los había visto en medio del bar; tan rubios y despreciables como solía recordarlos. Todo un grupo dominante, que se habría paso entre la multitud, algunas personas les miraban con recelo y otros con fascinación.
Sabía que habían estado allí en búsqueda de su próxima víctima y eso había hecho que a Isabella le hirviera mucho más la sangre. Su hermanastro había notado el cambio brusco en ella y cuando había visto el origen de su disgustó había suspirado con frustración.
Porque la conocía, sabía que no los dejaría ir y no les iba a permitir tomar una vida que no les pertenecía. Ya les habían hecho daño a demasiadas personas y eso la incluía a ella. Su hermanastro la había sujetado por el brazo y le había dado una mirada de advertencia que ella no había registrado.
Había estado demasiado concentrada en su sentimiento de venganza como para notar todas las suplicas de su hermanastro. Ellos eran unos malnacidos, por esos los dioses los habían castigado, pero eso solo logró convertirlos en el azote de la humanidad aunque ese día ella estaba allí y no iba a permitir que se salieran con la suya como la última vez.
Recordaba haber pasado justo en medio del grupo y de manera coqueta les había brindado una sonrisa, cuando se dirigió a la puerta al líder le lanzó una mirada invitadora por encima de su hombro. Este había sonreído, creyéndose afortunado porque la carnada venía a él sin ser cazada, tan iluso el pobre infeliz. Ella los conocía demasiado bien y no había sabido que o perderían la oportunidad.
Al salir del local había cerrado los ojos y había hecho una plegaria a los dioses, pidiendo protección y fuerza ante lo que se avecinaba. No iba a ser débil como aquella vez, ya no era esa niña ingenua que se dejaba impresionar por la inteligencia y el buen parecido de esos parásitos; y sobre todo, ya no tenía a alguien que la protegiera de los monstruos que acechaban en la noche.
No había escuchado a Veronique que la llamaba confusa ni a las advertencias de su hermanastro, se había dejado seguir por las sabandijas platinadas hasta un oscuro callejón en una calle desconocida. Se había permitido ser víctima de una encerrona por parte de ellos y el odio la había consumido mientras el líder la acorralaba contra la pared de ladrillos y le hablaba en tantos idiomas que ella no atinaba a comprender.
La furia le había carcomido y solo había esperado el momento justo para arrancarle la cabeza a cada uno de ellos, pero luego el caos se había desatado. No había sabido cómo ni por qué, pero el misterioso hombre de ojos oscuros había aparecido allí. No era que pudiera verlo pero sentía su presencia muy cercana a ella, un magnetismo que irradiaba poder y absoluto control. Existía una conexión que jamás había sentido antes y él se había hecho total dueño de la situación, preocupado por su bienestar y dispuesto a hacer lo que ella quería hacer momentos antes.
Había sido perfecto, una lucha hermosa y ni siquiera le miraba fijamente pero para ella era suficiente ver como el polvo dorado pasaba delante de sus ojos como espumas levantadas por el viento en el mar.
Y luego ambos se habían mirado a los ojos, el reconocimiento intrínseco de ambos en sus miradas. Era la mirada oscura, que la perseguía en sus raros sueños llenos de dolor, fuego y muerte. La confusión por parte de él y la alarma al verla correr peligro. Sí, había querido salvarla pero ella no había necesitado ser salvada y se lo había demostrado al quitarse al rubio de encima y al decapitarlo con sus propias manos.
En ese momento quiso gritar porque a pesar de haber asesinado a uno de esos monstruos el dolor no se iba, carcomía su alma y no la abandonaba. Su vida, aunque no quisiera, seguía dominada por ese sentimiento.
Él volvió a respirar, causando que volviera completamente a enfocarse en el presente, y dio un silencioso gracias a los dioses que los protegían en ese momento mientras buscaba afanosamente entre los bolsillos del hombre algo que pudiera ayudarlo. Su cuerpo era tan musculoso y a la vez tan suave que era difícil para ella quitarle las manos de encima, no obstante no era el momento para deleitarse con semejante físico porque aunque él continuaba con vida necesitaba ayuda con urgencia.
Descubrió en uno de los bolsillos del pantalón que él vestía un celular, presurosa y agradecida marcó el primer número que apareció en el listado telefónico, este repiqueteó tres veces hasta que un hombre con una voz grave y de acento extraño contestó.
—Hola, Edward.
Así que te llamas Edward, pensó ella con sorpresa. Un nombre noble para un hombre noble, quien había visto morir en sus sueños y que la había intentado proteger en aquel lúgubre callejón. El hombre de la voz extraña continuó llamando al misterioso Edward a través del celular y ella se vio en la obligación de contestar.
—Hola, buenas noches —respondió presurosa—. Disculpe usted, pero el dueño de este número se encuentra mal herido y necesita ayuda con urgencia.
—¿Quién eres tú?
La pregunta de la persona al otro lado de la línea la hizo dudar, se escuchaba demasiado curioso y para nada confuso ante la extraña que lo llamaba desde el celular de su amigo. Isabella vaciló pero no había tiempo para recelos ni temores, ella no sabía cuáles consecuencias traería en él el impacto recibido por el rayo.
—Eso no es lo importante ahora —respondió aún más preocupada al sentir como la temperatura comenzaba a bajar. Volvió a cubrir el pecho de Edward con el jersey y cerró su abrigo, no quería que a parte de la quemadura y posible contusión craneal padeciera después de pulmonía—. Debe venir por él, no sé cuán grave es la herida y temo que pueda empeorar.
—¿Dónde están?
Isabella suspiró contenta, el extraño al parecer no haría más preguntas y se avocaría a ayudar a su amigo.
—No conozco la zona pero estamos en uno de los callejones que desembocan en Ursulines Street, a unos cien metros de El Santuario —respondió deprisa—. Por favor, venga pronto —pidió desesperada. De repente la llamada se cortó lo cual extraño a Isabella—. Alo, alo, alo — llamó sin recibir ninguna respuesta, volvió a marcar pero la persona no respondió.
No sabía qué más hacer y el tiempo se agotaba, no podía resignarse tan rápido e irse, no quería dejarlo solo y no quería verlo morir. Miró el rostro de aquel misterioso hombre y quedó mucho más maravillada, no sabía que podía existir alguien tan perfecto, pero la prueba estaba delante de ella, personificada en una persona inconsciente y vulnerable.
—Eres tan hermoso —dijo llevando una de sus manos a su rostro para acariciar una de sus mejillas. Tenía un rastro de barba tan suave que lo hacía mucho más atractivo ante sus ojos y se descubrió a sí misma sonriendo como una tonta.
—Edward.
Escuchó que llamaran al hombre e Isabella se alarmó y miró hacia la entrada del callejón, que se curveaba y no le dejaba ver quien había llegado. El recién llegado al parecer ya se había adentrado al oscuro y largo pasillo y dado que no quería ser vista delante del magullado hombre así que se apresuró a esconderse detrás de uno de los contenedores de basura más alejados del callejón.
Cuando se vio resguardada por la basura, el contenedor de metal y la oscuridad, se obligó a mirar hacia donde estaba su misterioso guerrero que aun permanecía tendido en el suelo con claros signos de inconciencia.
Isabella contuvo un jadeo al ver al recién llegado. Era un hombre extremadamente alto, un gigante con un cuerpo bastante proporcionado y elegante; se movía como alguien poderoso y que se sabía dueño del mundo. Un aura peligrosa le envolvía y poseía una belleza física que haría suspirar a cualquier monja de convento.
Estaba vestido totalmente de negro, los pantalones de cuero se adherían a sus piernas como una segunda piel y las botas Doc Master, estrafalariamente hermosas que calzaba, resonaban firmes sobre el pavimento del callejón. Poseía una cabellera tan oscura como las alas de un cuervo y que le caía sobre los hombros.
Se arrodilló con una desenvoltura inusitada frente al cuerpo de Edward y con cautela checó sus signos vitales. Lucía en control de la situación y volvió a rezarles a los dioses mientras ese otro hombre se aseguraba del bienestar de su guerrero.
El hombre sonrió como si le hubieran hecho un chiste confundiéndola más mientras rogaba no ser descubierta en semejante escondite. El hombre miró hacia donde se ocultaba y aunque ella sabía que era imposible que le viera se mantuvo silencio. Él hombre volvió a centrar toda su atención sobre el herido.
El sonido de un celular retumbó fuertemente dejando a Isabella estática y a la espera. El gigante sacó el aparató que sonaba del interior de su chaqueta y que repiqueteaba furiosamente.
—Ya lo encontré, Alice. —Fueron sus palabras al responder la llamada e Isabella reconoció la voz. Era la misma voz de acento extraño que había contestado la llamada que había hecho desde el celular del guerrero—. Está inconsciente y tiene una fea herida en el costado, lo llevaré a casa —informó a la persona del otro lado de la línea, al parecer la tal Alice estaba igual o más preocupada que ella por el bienestar de Edward.
Cuando el gigante terminó de hablar con su interlocutora y guardar el celular procedió a levantar con sorprendente facilidad a Edward del suelo y colocarlo después sobre sus hombros como si no pesara nada.
El herido lanzó un quejido de dolor ante tanta agitación pero no se despertó e Isabella reprimió los deseos de ir en su ayuda. El gigante elegante y de ojos plateados, que no había notado antes, miró de nuevo hacia donde estaba ella.
—Descuida, Isabella, él estará bien.
Después de decir aquellas palabras revestidas de seguridad y promesas, los dos hombres se esfumaron en el aire.
A ella tal escena la dejó pasmada pero lo que más la asombro de todo ello fue que el misterioso gigante la había llamado por su nombre y ella estaba ciento por ciento segura que en el breve momento en que hablaron ella jamás había mencionado su nombre.
—AFdD—
Cuando Edward despertó estaba seguro de dos cosas. Una, que aun continuaba con vida y dos, que el dolor que sentía eran tan atroz que era la prueba fehaciente de lo primero. Era como si todo su costado izquierdo hubiese sido atropellado por el desfile completo del Mardi Gras con todas sus carrozas incluidas.
Sentía la boca como si estuviera llena de algodón y cal, y los ojos tan pesados como si hubiera dormido por doscientos años y cuando intentó abrirlos tuvo que volverlos a cerrar, la luz de su habitación no estaba graduada como solía estarlo para no afectar sus sensibles ojos de Cazador Oscuro. Miles de colores bailaban en su campo de visión.
—Lo siento —susurró una voz a su lado.
Cuando volvió a abrirlos descubrió la luz un poco más baja y al fin pudo distinguir el responsable de tantos colores en su vista, un hermoso fresco céltico que había en la cúpula que adornaba el techo de su habitación. Era la representación de una batalla entre dos clanes, los Cullen y los MacDogal. Aún recordaba aquella batalla, su padre los había liderado y habían ganado, su hermana Alice había recibido como regalo de bodas por parte de su prometido el castillo MacDogal que él había asediado tan magistralmente.
—Pensé que habías despertado, no que te habías encerrado en viejos recuerdos —sentenció la misma voz que había hablado con anterioridad. Su dueño se había acercado a la cama llamando así la atención de Edward—. Buenos días, bella durmiente —le saludo con sorna.
Edward intentó incorporarse pero el dolor de su costado había vuelto con tanta fuerza que le obligó a permanecer recostado sobre las almohadas. Descubrió que estaba semi desnudo bajo las sabanas y que una venda médica le envolvía la mitad del torso. Observó interrogante al sujeto frente a él.
— ¿Qué rayos pasó? —cuestionó confuso.
—Es lo que te pregunto a ti, alguien me llamó a mi móvil y minutos después te encuentro tirado e inconsciente en un callejón cercano al Santuario —contestó de brazos cruzados y apoyado en una de las columnas de la cama, Acheron, el líder y guía de los Cazadores Oscuros, y el responsable de que Edward se encontrara sano, salvo y metido en su cama.
—Estuve en medio de una batalla contra unos cinco daimons, el líder era un spathi(3), me dio una buena pelea hasta que ella lo asesinó —dijo para si mismo rememorando en su cabeza todo lo acontecido hasta que volvió toda su atención hacia Acheron—. ¿Dónde esta? — preguntó alarmado.
— ¿Dónde está quién? —cuestionó Acheron mientras miró con confusión a Edward.
—La mujer que estaba conmigo —volvió a intentar salir de la cama pero le fue imposible. Acheron se río por su terquedad y eso hizo que Edward se enfureciera con la situación desarrollada—. Estábamos hablando y luego algo me golpeó.
—Ah… esa mujer —comentó reflexivo Acheron. Él miraba hacia un punto indeterminado de la habitación.
— ¿Dónde está? ¿Está a salvo? —preguntó preocupado Edward.
—He de suponerlo —respondió—, pero ella no quería ser vista así que la deje en paz detrás de su mal oliente escondite.
—Ella está en peligro. Fui herido tratando de protegerla, no debiste dejarla sola. —Edward no entendía el extraño desinterés de Acheron sobre la chica si él era de una de las personas que se preocupaban más por los mortales que pululaban en todo el mundo.
—No había rastro de daimons en la zona, estaba a salvo y sé que llegó sana y salva a su casa. —Acheron intentaba calmarlo pero a Edward aquellas escuetas palabras no le funcionaban.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó el Cazador Oscuro.
—Solo lo sé —respondió sin más. En ese momento entró a la habitación un joven muy conocido por los dos, el Escudero de Edward.
—Oh, al fin estás despierto —comentó de entrada el joven, dejando una bandeja de comida sobre la cama—. Tremendo porrazo, amigo, y ni qué decir de esa fea quemadura. ¿Ya te sientes mejor? —preguntó el joven.
—Sí, gracias por preocuparte, Ben —le agradeció Edward. Él sabía el valor que tenía ese chico.
—De nada, es mi deber —respondió solemnemente y con algo de vergüenza. No estaba acostumbrado a tales demostraciones por parte del duro y mítico Edward Cullen.
Un Escudero, como su nombre lo indicaba, es quien está al servicio de un caballero, en este caso está al servicio de un Cazador Oscuro. Es la cara visible del Cazador delante la sociedad y eso era Ben Cheney.
Como Escudero de Sangre Azul, descendía de una familia de Escuderos. Los Cheney llevaban desde la época de la colonización y conquista de América sirviendo a los Cullen y él era miembro de la última generación.
—Te he traído la cena, creo que apreciaras bastante el esfuerzo del chef —comentó con cierta preocupación Ben mientras sacaba la tapa de metal que cubría la cena del Cazador y que destilaba un olor esquicito y que abrió el apetito de los presentes.
Todo bien dispuesto en una bandeja de plata, en un plato de porcelana china, cuchillo y tenedor de plata. No sabía qué le sorprendía más, si el lujo o el gesto de amor hacia él por parte de la persona que suponía se habían tomado tantas molestias.
Tocó despacio la bandeja como si temiera que el Collops(4) y el Rumbledethumps(5) que ocupaban el delicado plato le saltaran encima y le atacaran. Por el rabillo del ojo observó la nota escrita con una pulcra caligrafía junto a un diminuto ramillete de flores silvestres que le hicieron recordar su hogar.
Mi querido Edouarz(6)
Esta cena revitalizara tus fuerzas.
Con amor,
Màmag(7)
—La señora Cullen estuvo aquí —afirmó el recién llegado mirando con interés la suculenta cena—. Laura me comunicó que también estuvo en la casa de Alice y Emmett —le informó pero no esperó respuesta, él sabía que no la habría así que continuó con su informe—, y pasó la noche con Carlisle. —Eso Edward ya lo sabía pero lo otro lo había dejado pasmado.
Edward apretó las sabanas y miró aterrorizado a Acheron, quien permanecía impávido a todos los pensamientos de preocupación que gritaba en su mente. Si a su madre le pasaba algo por sus actos en contra de los dictámenes de Artemisa, Edward no sabía qué haría.
—Tú debiste intervenir y no dejarle el problema a Nick Gautier —le recriminó Edward a Acheron, el cual permanecía tranquilo al pie de la cama porque estaba bastante acostumbrado a las rabietas que solían hacerle los Cazadores.
—Ya no soy tu líder, Edouarz —le recordó el atlante con voz dura y utilizando con cierto tono de burla y sorna su nombre gaélico—, aunque a efecto prácticos puedo seguirte asesorando al igual que a los demás, Artemisa ya no hace caso a mis palabras cuando le hablo de los Cazadores. No sé si es una maldición o una bendición de los dioses que ella tenga como su nuevo amigo a Nick así que sé un poco agradecido con el favor que les ha hecho a ti y a tu familia y a mí deja de joderme las pelotas.
—Hombre, estás muy hormonal —dijo Ben entre dientes no obstante la mirada que Acheron le regaló le hizo arrepentirse de sus palabras—. Lo siento —se disculpó apenado y decidió salir de la habitación antes de que el antiguo líder de los Cazadores Oscuros decidiera hacer de él comida de caimanes.
—Esme está arriesgando demasiado. —Sus palabras eran de queja y pesar, para Edward era primordial que todos los miembros de su familia continuaran vivos a pesar de la soledad que reinaba en sus vidas por eso no concebía la idea de que fueran reacios a obedecer las reglas que la diosa les había dado.
—Sin embargo, yo la entiendo —agregó Acheron—, es esposa pero sobre todo madre y una madre puede destruir una civilización entera si eso significara poder permanecer aunque sea dos segundos al lado de un hijo que no le permiten ver o si este pudo haber sido lastimado de cualquier manera.
Las palabras de Acheron fueron confusas, estaban revestidas de un dolor que nunca le había percibido, era como si estuviera hablando a través de su propia experiencia. Él había tenido una vida larga y muy pocos conocían al verdadero hombre que se ocultaba detrás de ese pelo largo y ropa oscura. Sin embargo, Edward lo respetaba y lo que menos quería era incomodarlo por eso nunca le había preguntado sobre su pasado a pesar de que el atlante conocía con pelos y señales cada tramo de su vida anterior.
—Espero que se aplaque después de haber estado con mi padre, él suele devolverla al redil —expresó pensativo Edward y Acheron estuvo de acuerdo con él.
—Olvida todo ello por él día de hoy y descansa —le recomendó Acheron.
—Por fortuna fue un rayo, otra cosa como un rayo astral me hubiera enviado al limbo. —Se tocó el parche que cubría la herida con curiosidad que aunque continuaba doliendo era soportable.
—Sí, un rayo —comentó irónico Acheron provocando la consternación de Edward.
—¿Tienes algo que decirme? —preguntó pero Acheron no contestó y él lo dejo pasar—. Tengo que encontrar esa chica —dijo después con tono preocupado.
—¿Y si te dijera que ella no quiere ser encontrada? —La pregunta fue extraña pero Edward estaba demasiado interesado en la mujer que había salvado su vida como para que le importara.
—Pues la encontrare, tengo que saber quién es y por qué si sabía defenderse de los malos no lo hizo antes de mi llegada.
—¿Qué quieres decir? —preguntó con curiosidad el atlante.
—Ella mató al último daimon que quedaba. Le quitó su espada y lo decapitó con una facilidad aterradora —explicó.
Acheron de repente dio un respingo como si lo que Edward había dicho lo hubiera asustado. De repente se empezó a mostrar ligeramente preocupado y se perdió en sus propios pensamientos, cuando volvió en sí, miró a Edward con una extraña determinación.
—Ten cuidado, celta —le solicitó—, hay personas con las cuales no puedes mezclarte, a pesar de que aparenten normalidad o fragilidad.
—¿De qué hablas? —No respondió sino que desapareció en un haz de luz que enervó a Edward—. ¡Maldición! Odio que hagas eso, Acheron —le dijo al vacío a sabiendas de que él le había escuchado.
Las palabras que había escuchado de Acheron no le sonaron a alerta pero no les prestó atención. El necesitaba encontrar esa chica, algo le decía que tenía que hacerlo porque a pesar de tener habilidades como cazadora eso no significaba que pudiera protegerse por siempre.
Así que utilizaría cualquier arma o recurso a su disposición para encontrarla, empezando primero por hacer un retrato de la misteriosa mujer. Su celular, religiosamente permanecía sobre la mesa de noche a su izquierda, procedió llamar a una mujer experta en realizar retratos.
—Edward corazón, me alegra escuchar tu voz —habló muy emocionada y con voz amable la mujer al otro lado de la línea—. En la página de Cazadores Oscuros aparece un reporte que dice que fuiste herido anoche. ¿Te encuentras bien? —comentó sinceramente preocupada.
—Hola, Sunshine, a mí también me alegra escucharte —le devolvió el saludo agradecido porque esa mujer fuera capaz de brindarle un poco de calidez a su fría vida—. Sí, fui herido anoche de muy mala manera y ahora estoy recuperándome, casi me regreso a dormir pero no le digas a tu marido eso. Dile que estoy bien y que soy un hueso duro de roer.
Sunshine rompió a reír, ella conocía perfectamente el ego masculino y más el ego de un Cazador Oscuro porque estaba casada con uno. Ellos primero se matarían antes de reconocer que le dolía algo cuando eran heridos.
—Sol, necesito que me hagas un favor —le pidió Edward.
—Cualquier cosa por ti, Eddy —dijo dulcemente.
Y el favor llegó junto con el crepúsculo a través de un fax. El retrato que Sunshine había hecho para él había sido fiel a las descripciones que Edward le había dado así que no perdió tiempo en salir de casa en búsqueda de aquella mujer que le había trastornado hasta el pensamiento.
No estaba totalmente recuperado y Ben protestó al verlo salir de la casa, pero a él no le importaba. Debía encontrarla, saber quién era y qué ocultaba tras esa mirada castaña e inteligente.
Su primera parada había sido El Santuario, refugió de todos los seres sobrenaturales de New Orleans, regentado por Los Peltier una familia que aparentaba ser bastante normal frente a los humanos pero que realmente no lo eran. Ellos eran una familia de Were-Hunter de la clase Katagarian: animales con forma humana y su animal base era el oso.
Su visita por allí resultó fructífera cuando logró hablar Aimèe, la única chica entre tantos hombres-osos. Una rubia despampanante casada con un were-lobo de lo más gruñón y sobre protector que parecía hacer muy feliz a la were-oso. Cuando él le mostró el dibujo que Sunshine había hecho para él, Aimèe reconoció a la mujer enseguida, la había visto la noche anterior, acompañada de dos clientes muy regulares y hasta le dijo su nombre: Isabella Swan.
El nombre era perfecto y adecuado para su dueña, rezumaba elegancia y un poco de misterio. A Edward le hacia fantasear con arrumacos de cama y tardes tranquilas sentados en algún sofá, pero también le hacían pensar en sangre y dolor.
Sin embargo, Aimèe no le había sabido decir dónde podía encontrarla pero si dónde podía encontrar a uno de los amigos que habían llegado con ella al bar. Edward quedó conforme y agradecido con todo lo que Aimèe le había dicho. No había fuente más fidedigna que alguien dentro del Santuario porque ellos veían ir y venir personas y seres por el bar todo el tiempo. Había sido una suerte tremenda que la dama que se había hecho parte de sus sueños/pesadillas había ido la noche anterior al Santuario.
Media hora después se encontró en la entrada de la Librería Rousset, había sido fácil encontrarla porque estaba ubicada en la calle Palmer, relativamente cerca de la Universidad de Tulane.
Rousset estaba ubicada en el primer piso de uno de los edificios antiguos de New Orleans, pintado de azul, con sus típicas verjas negras en las amplias ventanas victorianas. No dudó en entrar y cuando la campanilla sobre la puerta anunció que él había traspasado el portal se sintió en medio de un local de abarrotes del siglo XIX.
Por donde quiera que mirase había enormes y largos tramos en madera repletos de toda clase de libros. Había un diminuto saloncillo con tres mesas de café y sillas de hierro forjado dispuestas para los lectores más asiduos del local, aunque no había ninguno en ese momento y Edward no vio tampoco frente a una antigua caja registradora al empleado que cubría el turno nocturno.
No le dio importancia porque realmente no estaba allí por los clientes y por el empleado del turno nocturno. Se dedicó a recorrer con tranquilidad y silencio los pasillos de aquella librería. En los estantes reposaban cientos de clásicos de todas las épocas: Homero, Dante, Antonio de Nebrija, Francesco Petrarca, William Shakespeare, Moliere, Walter Scott, Jane Austen, Karl Marx, Gabriel García Márquez, Juan Bosch… en sus mil cuatrocientos años de vida jamás había visto tan enorme colección. ¡Era un impresionante santuario de clásicos de todas las épocas!
Cuando dio la vuelta en el último tramo del local vio en el fondo del pasillo a la mujer que había ido a ver. Estaba de pie frente al tramo, vistiendo vaqueros, una blusa campesina y su salvaje melena castaña cayendo sobre sus hombros como un río de otoño.
Estaba tan concentrada en el libro que traía en sus manos que no se percató de su presencia. Edward se fue acercando y ella jamás levantó la vista, como si las letras la atraparan, como si lo que había entre aquellas páginas la mantuvieran fascinada y soñando, lo cual era curioso porque era un simple libro sobre frases célebres, Edward pudo leerlo perfectamente porque ella tenía la portada levantada hacia él.
—La libertad de la fantasía no es ninguna huida a la irrealidad; es creación y osadía. —A la joven castaña se le cayó el libro a los pies cuando lo escuchó hablar y lo miraba con los ojos azorados de una gacela asustada—. Hola —le saludo—, lo siento, no quise asustarte —se disculpó.
Ella trataba de ocultar un nerviosismo que él percibía a la perfección. Se agachó para recoger el libro pero él se le adelantó a medio camino, cuando sus manos se tocaron volvieron a sentir la misma electricidad y magnetismo de antes e Isabella no le quitó los ojos de encima, como si estuviera intentando descubrir todos sus secretos a través de su mirada.
—Tus ojos son negros —dijo para sí, pero Edward lo escuchó.
—Sí, lo son —confirmó un poco confuso ante su extraño comentario.
—No, realmente no lo son —dijo en un susurro y Edward enarcó una ceja. Ella sintiéndose intimidada le quitó el libro que él había tomado y abandonó la posición en cuclillas que había adoptado.
Él sabía que ella quería salir de allí, lo notaba en su lenguaje corporal y su notoria timidez frente a él. No parecía la mujer segura de sí que había conocido la noche anterior pero no la dejaría ir a ningún lado hasta que obtuviera unas cuantas respuestas.
—¿Por qué dijiste lo que dijiste? —le preguntó de repente. Se abrazó así misma con todo y libro y le miró fijamente.
—¿Decir qué? —Edward no la entendía pero estaba fascinado por su rostro.
—La cita de Eugene Ionesco —aclaró la joven.
—Ah… porque no sé si me he atrevido a inventarte para alejar de mi las pesadillas que me ascendían. —La incomprensión asomó a los ojos de la joven y lo entendía porque aunque él había visto una mujer exactamente igual en sus sueños eso no quería decir que ella fuera esa mujer. Ella carraspeó y adelantó unos pasos hacia él.
—Debo irme —intentó pasar por su lado y huir pero él no la dejó—. Por favor— le suplicó y él vio terror en sus ojos.
No lo entendía, esa chica era bastante distinta a la que había visto en el callejón. Se sentía insegura y parecía un conejillo asustado que había caído dentro de una trampa.
—No pretendo hacerte daño. —Colocó sus manos sobre los frágiles hombros de la joven, ella le inspiraba ternura y eso le sorprendía porque hacía siglos que no experimentaba ese sentimiento casi infantil pero ella lo hacía resurgir y no sabía por qué—. ¿Me crees, verdad? —le preguntó sin perder ningún detalle de su expresión, ya no se veía tan asustada sino más bien expectante.
—Yo podría hacerte daño a ti —respondió ella en vez y el comentario hizo sonreír de modo chulesco a Edward. El rostro de la joven mujer se dulcificó al percibir esa sonrisa que rara vez esbozaba.
—Tratare de mantener mi cabeza alejada —tal comentario hizo que ella volviera a tensarse y él decidió no soltar su agarre—, pero sé que me darías una buena pelea.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella con la mirada perdida en su rostro.
—Saber si estás en peligro— contestó firme porque aunque no la conocía ni sabía de dónde había salido era su deber protegerla. Ella le había salvado la vida y él quería retribuirle el favor—. Sé que eres consciente de quiénes eran esos hombres en el callejón, quienes demostraron mucha curiosidad por ti y el medallón que llevas contigo.
Ella inmediatamente agarró el medallón que colgaba de su cuello y le miró con asombro y consternación. Edward detestaba no poder leer su mente, cosa intrigante porque su capacidad había sido dada por la misma Artemisa y ningún humano podía escapar a ella, no obstante la mente de esa mujer era una caja blindada a la cual no podía acceder.
—Ni siquiera te conozco —discutió ella obligándolo a que la soltara. Él le dio lo que deseaba y retiró las manos de su hombro pero no sé alejo de ella—, y es muy probable que tú seas más peligroso que esas sabandijas— dijo con desdén y él se ofendió.
—Yo no fui quien decapitó al último —dijo con sorna.
—Porque te estabas tardando, Cazador Oscuro —le reprochó y sonrió al observar su rostro de alarma ante lo que ella le había dicho—. Si, sé lo que eres y no te necesito —sentenció tajante dejándolo totalmente sin palabras.
—¡Isabella!
El gritó de terror que lanzó una voz femenina los hizo girar hacia la salida del pasillo, en esta había una mujer de melena negra y risada que se tambaleaba hacia ellos y que sangraba profusamente de la cabeza. La interpelada corrió hacia ella cuando la vio caer al suelo arrodillada y le sostuvo la cabeza entre sus manos.
Edward permaneció en su lugar, escudriñando el lugar y los alrededores con sus poderes, sin poder encontrar ninguna señal de peligro y sin entender porque esa mujer había llegado allí en ese estado.
—¡Veronique, ¿qué ocurrió?! —preguntó asustada la joven que había causado tanto desconcierto en Edward. Estaba alarmada y sostenía a la que interpretó como su amiga, con mucha delicadeza y tratando de no lastimarla porque la herida de su cabeza se veía de cuidado—. ¿Quién te hizo esto? ¿Dónde está Oliver?
—Había mucha sangre —comenzó a decir en estado histérico, temblaba y sus ojos estaban idos—, y lo tenían atrapado, él no se podía mover y se lo llevaron, se lo llevaron —repetía sin control.
—¿A Oliver? —preguntó y Veronique asintió cuando dos gruesas lagrimas bajaron por su rostro. Edward se arrodilló delante de ella pero era como si para ella él no estuviera allí—. ¿Pero quienes?
—No… no lo sé —Negó con la cabeza lentamente y se agarró con fuerza a Isabella, manchándole de sangre la blusa que llevaba—. Eran aterradores, tenían colmillos y yo… yo no los entendía —comenzó a llorar más fuerte e Isabella la abrazó—. Se llevaron a mi Oliver, se llevaron a mi Oliver —sollozó con fuerza.
Isabella giró su cabeza hacia Edward, quien le miraba fijamente. Él sabía de qué estaba hablando su amiga, no había porque fingir ya que para los dos era bastante obvio que lo ocurrido en el callejón no fue un ataque producto de la coincidencia.
—¿Entonces, no me necesitas? —preguntó finalmente Edward de forma irónica y sin embargo la burla no llegó a sus ojos.
Continuará…
Primero que nada pido un millón de disculpas por el retraso pero han sido unos meses complicados y luego vine, y me metí (o me metieron jejeje) en el proyecto de Enredos de San Valentín que mi beta Betzacosta se inventó.
Les dejo el link del fic para que se den una vuelta por él: www. fanfiction s / 8961179 / 1 / Enredos - en -San- Valent%C3%ADn
No puedo negar que me divertir un montón realizando tan bello trabajo junto a otras maravillosas autoras. En parte agradezco que me invitaran a participar porque las neuronas comenzaron a trabajar y pude sacar este capítulo y espero que lo disfruten tanto como yo disfrute haciéndolo.
Como siempre un agradecimiento enorme a mi beta Betza por el apoyo, el aguante, el reprimir las ganas de matarme. A las que me sigue, las que han leído y dejan review, a las lectoras silentes, etc., etc.
Eli creo que tienes la mensajería deshabilitada y por ello no puedo responderte.
Hasta la próxima entrega :)
1. Mark Twain.
2. El que habita en el cielo y la tierra.
3. Los Spathi son la élite de malvados Guerreros Daimons. Son los guardianes y mascotas de Apollymi. Pueden reencarnar después de morir, ya que su esencia incorpórea se mantendrá intacta. Los verdaderos Spathi pueden identificarse por la marca del sol amarillo que contiene un dragón negro en su centro. Su líder es Stryker.
4. Lonjas de carne condimentada.
5. Puré patatas, repollo y cebolla.
6. Variación de Edward en gaélico.
7. Mamá en gaélico.
