Un cordial saludo a todos:
Esa tardanza ha sido excesiva y creo que les debemos una sincera disculpa. Y aunque las explicaciones no remedien el largo tiempo de espera, me parece que ustedes las merecen.
No han sido semanas muy holgadas en muchos aspectos. Además de esta historia, también estoy haciendo malabares con un proyecto más grande en Wattpad llamado Knockin' on heaven's door, historia cuyo formato implica mayor concentración y una extensión mayor. Y como lo trabajo en solitario, pues... ya se imaginarán. Eso por no mencionar la preparación de un proyecto que seguiría después de esta historia. No quiero hacer promesas, pero si todo sale bien y si Dios quiere, publicaría en Wattpad (dada la naturaleza de la narración) una precuela de la trilogía Familia del Caos en un par de meses más. Repito, no quiero hacer promesas, pero dada la fuerza que tiene la historia y el material que he reunido, creo que podría salir después de que terminemos esto.
Jackobs, por su parte, ha terminado recientemente sus proyectos Cicatriz y Legions (merece un aplauso, por cierto) y de inmediato se ha lanzado de cabeza a dos proyectos, uno para esta página y otro para Wattpad, siendo el de esta página su verdadera prioridad. Y no, no me ha enseñado el material que tiene de la segunda temporada de la familia Apex, pero me consta que está poniendo todo de su parte para que esa historia sea el goce de todos aquellos que disfrutaron con esa desmadrada familia que rivaliza con los Loud. Para todos los interesados en esa prometedora secuela, les pido en nombre de Jackobs que sean pacientes, no los defraudará.
Antes de comenzar, una advertencia: Este capítulo trata un aspecto fundamental del llamado Trastorno de Estrés Post Traumático (TEP desde ya) como lo es un trastorno del habla. No hay error en los diálogos, éstos intentan reflejar esa dura realidad.
Y como es debido, agradecer a todos los que nos dan una oportunidad con su lectura y sus comentarios, en especial a (gracias de verdad hermano, gracias por tu entusiasmo y esperamos mantenerlo), Sir Crocodile222 (y para mí es un encanto saber de nuevo de ti, hermano, espero de corazón que estés bien y que este nuevo capítulo mantenga tu interés), J. Nagera (viniendo de uno de los mejores escritores del fandom, tus palabras son en extremo valiosas, la ruptura es un proceso largo y comenzamos desde ya, esperamos que esto sea de tu agrado), LukasRuderer (ya debes odiarnos por esta tardanza, juramos que no es la idea romper un récord, también somos lectores y nos molesta cuando algunos autores nos hacen esperar demasiado; a futuro esperamos explorar otras reacciones, de momento no nos queríamos ir con toda la carne al asador, esperamos tengas paciencia, mantener aún tu interés y la oportunidad que has sabido darnos, un abrazo), Ficlover93 (a riesgo de dar spoilers, tomo la responsabilidad como Phantom y te digo que no, no es un trío, tú tranquilo; será un pleito amplio y esperamos que el primer round sea de tu agrado, que esto puede tomar lo suyo), Julex93 (muchas dudas para responder en un capítulo, esperamos mantener tu interés a medida que avanzamos y si tardamos, esperamos volver con un capítulo que así lo merezca, tu veredicto es fundamental, saludos cordiales), Dope17 (bien, debo recoger el guante como Phantom; en realidad amigo, no era House, tú mismo lo has dicho, el caso del albino no era un rompecabezas, las consecuencias físicas ya las habían puesto sobre la mesa los médicos; sí era una pequeña referencia, pero a medida que lo corregí le quité todo lo necesario para que la atención no se centrara en ese tipo de papá fumador empedernido porque él no es importante aquí, es otro universo, sólo necesitaba una mano para explicar la situación psicológica y él la sabía, por eso pedí su ayuda; y en buena medida, tienes razón, sí fue apresurado porque es apenas el punto de partida de algo más grande que comenzará a desarrollarse en este nuevo capítulo, no sé si a la altura de los sucesos que describes, eso tendrás que decidirlo tú, mi querido amigo, cuya lectura y opinión es realmente importante, sin importar lo que tú digas, porque en eso me temo que debo llevarte la contra, tu apoyo es realmente fundamental; espero te agrade este capítulo) y Masteralan116 (las respuestas serán graduales, esperamos que tengas la paciencia, porque deseamos firmemente no dejar cabos sueltos, gracias una vez más por tu apoyo) y todos aquellos de, de una u otra forma, han sabido mantener esta historia con vida.
Y sin nada más que añadir (salvo que Nickelodeon es el propietario de esta franquicia y todo lo que la rodea), los invitamos a la lectura y les damos la bienvenida.
Puede que desde mucho antes de su partida, Luna Loud se considerara un alma libre.
Puede que algo tuviera que ver el primer concierto de su vida, alterando las nociones de la realidad establecidas hasta ese segundo.
Puede que alguna relación guardara con la música o aquellos sujetos que no tardaran en convertirse en referentes.
Tampoco podía decirse que la familia Loud se caracterizara por criar corderos. Viva muestra de ello era el apellido, lo único que podía decirse, a ciencia cierta, que tenían en común los once vástagos del matrimonio. Más allá de características físicas predecibles como el color de cabello, las pecas o el nombre con inicial común.
Si en cuanto a creatividad, no podía decirse que la familia se quedara atrás.
Así que no podía decirse que Luna Loud tuviera una infancia o adolescencia, en gran medida, problemática.
Cierto que, de haber sido otra familia, no habrían tolerado ciertas cosas. Llegadas a horas insólitas, amplificadores encendidos a máxima capacidad, por no mencionar la potencial sordera de todo el clan y buena parte del vecindario… como si el gasto eléctrico fuera poco…
Pero la competencia era dura y los Loud no se caracterizaban por criar corderos. Más bien un respetable puñado de ovejas negras que hacían ruido, haciendo honor al apellido, allá donde fueran.
De hecho, en no pocos la mención del apellido suscitaba un escalofrío o malos recuerdos, algunos relacionados con cicatrices.
Teniendo eso en mente, resumiéndolo tal vez en un grado de paciencia y tolerancia que bien podía ir más allá de la media, cualquiera habría pensado que tenía que llegarse muy lejos para siquiera aspirar a fruncir el ceño de los señores Loud.
La mera posibilidad hacía reír a Luna incluso al regresar.
Pero ni fuerzas tenía para permitirse una carcajada.
Porque sabía que eso tendría que pasar. Que tarde o temprano, volvería sobre sus pasos y por tanto, llegaría al punto de partida. El punto de quiebre y el giro en los puntos de vista.
En realidad, la estancia le parecía familiar y al mismo tiempo, no la sentía como algo propio.
Distinto era el hecho de contemplar el rostro de su hermana. Luan seguía como de costumbre, por supuesto. Luan con los años encima desde que sus caminos se vieran separados. Luan labrando su propio camino más allá del hogar familiar. Luan, tal vez su verdadera mejor amiga. De otro modo, no podía explicarse que, de todas sus hermanas, con ella fuera con quien mantuviera mayor contacto.
Asumiendo, claro que está, que pudiera aceptarse como mayor frecuencia el hecho de contactarla a ella más que cualquiera sólo en los números.
E incluso los mismos números bien podían delatar realidades lamentables.
A veces, en sus momentos de intimidad, Luna Loud se preguntaba si acaso no estaría perdiendo ese algo que la volvía parte de esa familia. Ese algo que debía ir más allá de ciertas características físicas o el mero apellido que cualquiera podía tener en el país y no por eso, debía significar algo.
Ese algo que la identificaba como parte de un todo más allá de la individualidad. El sentido de pertenencia que debía ahuyentar el fantasma más oscuro de la soledad.
Una soledad que, si debía ser honesta consigo misma, ella misma se había buscado.
No podía negar, por otro lado, que las circunstancias la habían impulsado a buscar esa suerte de aislamiento. Pero bien podría haberle afectado de otra manera. Tomando, por qué no, otras decisiones.
Después de todo, lo supo en cuanto vio a Luan en el umbral, tras abrirle la puerta.
Ella seguía siendo su hermana. Seguía teniendo una familia. Por mucho que, de buenas a primeras, a ninguna, partiendo de Luan, le cayera muy en gracia su presencia…
No, no. Más que la presencia. La prolongada desaparición.
Porque daba igual cuánto pudiera rastrearse la causa. Nada lo justificaba. Y la misma Luna lo sabía. Daba igual qué explicaciones se diera. Lo cierto es que no podía estar en otro sitio. Miles de razones la impulsaban de vuelta y ahí seguía, resistiendo.
En realidad, las balas tuvieron que hacer ese trabajo. Llevarse su silencio. Y de paso, arrastrar consigo a…
La rockera tuvo que verlo en lo alto de la escalera para comprender buena parte de lo que pasaba por su cabeza.
Empezando por el dolor que sintió al ver la mirada fría que le dedicara él. El único varón de un clan predominantemente femenino. Él…
El mismo que optó por perderse tras su puerta, sin importar cuán indefenso se viera en el proceso. El mismo al que siguió tras escuchar el débil portazo, sin importar cuánto pudiera decir Luan para oponerse. Palabras que nunca llegaron y que, de todos modos, la joven no esperó.
Aunque podría haberse pensado lo contrario viendo a Luna a unos pasos de la puerta, paralizada ante su sola contemplación.
Como si la puerta no fuera más que el retrato hiperrealista de Lincoln…
Algo tenía de él. Porque la puerta, como la casa, no había cambiado. Tal vez se hallara más silenciosa, pero seguía siendo el mismo sitio.
¿Podía decirse lo mismo del chico?
No, no, claro que no. Ni por la edad ni por todo lo demás. De hecho, Luna no estaba segura de qué le había impactado más. Si el hecho de verlo aparecer o con un breve vistazo comprobar el nivel de daño apreciable en su semblante… si acaso ese cambio podía atribuirlo a aquello que estuvo a punto de arrebatarlo a su familia…
Alejarlos… separarlos para siempre…
¿Y qué has hecho tú?
El amargo pensamiento no pudo ser más oportuno. Lo agradeció de todos modos. Terminó de darle el impulso para acercarse y tocar la puerta. Deslizar la palma entera sobre ella y preguntarse si acaso había atrapado la textura de esa pieza de madera en particular. ¿Se había sentido tan fría antes?
Tal vez todo fuera un error de su parte… aferrándose a esa imagen de Lincoln cuando no podía decirse que fuera el mismo que acudía a ella en sus recuerdos.
No, había una enorme diferencia y no podía decirse que estar al borde de la muerte… no, claro que podía decirse, pero el cambio había dado inicio mucho tiempo antes y nada sacaba con negarlo.
Con una delicadeza que nadie habría imaginado de ella años antes, Luna golpeó la puerta.
–¿Lincoln?
Por supuesto que no hubo respuesta. Sabía que la había oído. Y no le negaba el paso. No le exigía que se marchara. ¿Desde cuándo llamar se había vuelto fundamental? Qué clase de pregunta… por supuesto que no estaba al tanto de los protocolos monásticos que se habían tomado la vivienda, pero bastaba con internarse en ella, impregnarse de su esencia un minuto para terminar de comprender que una lluvia de balas y sangre habían volteado del revés la vida de todos, obligándolos a calcular hasta el ritmo con que respiraban.
De haber sido otras las circunstancias… otra Luna y otro Lincoln, por qué no, ella ni siquiera se habría molestado en averiguar si estaba o no e incluso le habría importado menos que nada la comodidad, simplemente habría irrumpido con una guitarra y un amplificador a todo volumen y ya. Y ya tendría tiempo de escuchar las quejas e ignorarlas oportunamente.
Pero no. Todo era diferente. Mucho antes de decidirse a dar la cara, lo había comprendido. Desde la distancia. A través de una pantalla y de mensajes supuestamente ignorados, lo había comprendido y era el momento de hacerlo saber.
Así que giró el pomo de la puerta casi con temor. El mismo temor que venía acompañándola desde que abrazara la decisión largamente postergada por razones que ya no venían al caso.
En esencia, no se apreciaba mayor alteración. Sí se podía pensar que se trataba de un espacio reducido para un muchacho de su edad. Si se detenía a pensarlo, Luna caía en la cuenta que tampoco podía decirse que fuera tanto. Ella misma sentía fresca esa etapa y en ese segundo, afrontaba a un chico que vivía la suya en condiciones más adversas.
Porque no podía decirse que Lincoln se hallara en el mejor de los estados.
Tendido sobre una cama con las cobijas a un costado, el joven Loud parecía respirar con enorme dificultad, recuperándose del esfuerzo que debió significar adentrarse en el pasillo y mantener el equilibrio, contener los quejidos y respirar con mayor dificultad, siendo la respiración un doloroso recordatorio de las nuevas carencias a las que debía acostumbrarse.
Luna lo vio vestido con ropa deportiva. Por supuesto, esperar de él las prendas de siempre habría sido una locura considerando su estado. Medio sentado sobre la cama, la misma posición no parecía aliviarlo. Sobre la mesita de noche, el vaso con poca agua y los medicamentos que, supuso, mantenían a raya el malestar físico. Relajantes musculares y ansiolíticos completaban la mezcla, pero la rockera no presumía del más acabado conocimiento médico, de manera que pasó por alto esos detalles.
En realidad, concentró su atención en el rostro del muchacho. La expresión ausente a pesar del cansancio. Indiferente a pesar del padecer. Una pose, por supuesto, mas no por eso esa expresión dejaba de perturbar un tanto a la recién llegada. Casi tanto como el hecho de que el chico no hiciera comentario alguno su presencia, a pesar de sentir la joven que llevaba una eternidad en su territorio.
Porque eso era. Su territorio. Por mucho que las chicas, antaño, no se molestaran en recordarlo e irrumpieran como si tal cosa entre esas cuatro paredes, mientras ellas procuraban celosamente mantenerlo apartado de sus puertas. Claro que ninguna había llegado al extremo de Lori, colocando una chapa automática con contraseña añadida, pero Luna no necesitaba ahondar demasiado en su memoria para recordar las veces en que le permitieran entrar…
Cuando lo necesitaban para algo. Cuando se trataba más de una obligación.
Así cualquiera, ¿no?
–Lincoln…
El chico apenas si soltó un bufido entrecortado antes de fingir que prestaba más atención a una historieta ajada que acababa de aparecer entre sus manos… o Luna no había reparado antes en ella… ¿Qué más daba? Estaba ahí, como una suerte de barrera que le impedía comunicarse del todo con él…
Como si tú misma no hubiera colaborado para dejar las cosas así…
Era una publicación con evidente desgaste. Como cualquiera de la colección personal de su hermano. ¿Le brindaría la distracción necesaria? Imaginaba un puñado nuevo de historietas esperando ser leídas. Fuera que él las comprara en su momento o sus hermanas no hallaran qué hacer para devolverle la tranquilidad, cumpliendo incluso un respetable número de caprichos inexistentes y olvidados dadas las circunstancias.
¿Cuántas veces la habría leído para convertirse en el arma a emplear para mantener la máscara fría?
–Lincoln… ¿Cómo estás?
Nada. Tampoco leía, pero sabía que estaba atento a sus movimientos…
A que te marches.
Todo parecía gritarlo en ese lugar. Como la casa misma. Dios santo… otra vez ese molesto nudo a la altura del pecho… no, no podía compararlo con la primera que lo padeciera…
Cuando lo supiste y preferiste guardar silencio.
–Lincoln… te estoy hablando.
No quiso que su voz sonara suplicante. Habría dado lo que fuera por imprimirle el carácter de antaño. Y sin embargo, ahí estaba. Casi suplicando una pizca de su atención. Cualquier cosa que lo llevara a abandonar el intento de leer algo ya memorizado y asimilado, tomar aliento por un largo segundo y largarse a responder:
–Es… es… si… sien… -deteniéndose rabioso, frunciendo el ceño, casi enrojeciendo a causa de la vergüenza y el dolor que suponía la incapacidad de pronunciar algo tan sencillo, atascándose en las consonantes–. Y… y… yo…
–Lincoln, no…
–M…m… mejor –soltó finalmente el joven, agotado, rabioso… abatido, sí. Ésa era la palabra. Fuera por la razón que fuera, no podía mirarla. No después de ese lamentable espectáculo.
Espectáculo breve, sí, pero que bastó para que Luna sintiera cómo algo se partía en lo más profundo en fragmentos irrecuperables. Supuso que, en un futuro, sería digno de elogio el hecho de no derrumbarse en lágrimas en ese mismo segundo. Y es que el contraste con el chico siempre locuaz, siempre activo, que poblaba sus recuerdos, con el de ese entristecido y frustrado joven que apenas si era capaz de hallar una posición que no avivara el dolor interno…
Tal vez no fuera la mejor idea, pero otras no tenía. Ni siquiera alcanzó a percibir un lazo invisible personificando la culpa o la precaución. La joven simplemente se sentó en el borde de la cama, cerca de él, sin atreverse a tocarlo. Alterando el aire alrededor del muchacho de tal manera que vislumbró en su semblante la sombra del intento frustrado de apartarse aunque fuera un poco de ella.
–Linc…
Pudo verlo tragar saliva con enorme dificultad. Casi creyó oír el paso arañándole la garganta al bajar. Pudo oír el apenas contenido sonido que escapó de lo más profundo y que se prolongó más de lo necesario. Una suerte de sollozo sin lágrimas, sin congestión… una forma tan extraña de respirar que parecía rigidizar su cuello y que llevó a la joven a acercarse al vaso de agua por mero instinto, acercárselo, porque no podía ser normal que estuviera así…
–Linc…
–N… n… no…
La palabra no lo acompañó. La mirada, en cambio…
La misma que la llevó a ella a retroceder un poco. La mirada que no aceptada discusión. La mirada de repliegue y de rabia. Ataque y defensa a la vez. Contradiciendo su frágil semblante, la chica supo que no tenía por qué discutir esa respuesta, sin importar lo que dijera, cómo lo dijera o sintiera.
En gran medida porque ella conocía esa mirada. La misma que nunca pensó, usaría para su propio beneficio. Un rasgo que, en realidad, dudaba que el resto de la familia recordara como ella, con la misma claridad.
En realidad, supuso que nadie tenía por qué recordar una primera vez en particular. Menos ésa.
Ella, en cambio… ¿Por qué demonios se aferraba tanto a ese detalle?
¿Y todavía lo preguntas?
Porque desde el principio podía decirse que Luna Loud siempre se había considerado un alma libre. Como el resto de las chicas. Como el mismo chico. Como los vástagos de una familia que no ha criado corderos, sino un puñado de ovejas negras muy ruidosas.
Pero incluso en tales circunstancias, supo que la familia también conocía de ciertos límites, algunos derechamente insólitos.
Quién imaginaría tal cosa tratándose de los Loud.
Siendo justos, Luna Loud, a los quince años, no tenía cómo imaginarlo. Tampoco es como que se viera obligada a visualizar algo así previamente. La duda la asaltó con fuerza a la par de otras y por tanto, decidió postergarla hasta que llegara el momento adecuado.
Después de todo, era necesario quitar ciertos signos de interrogación y en última instancia, intentar comprender quién era ella misma.
No fue un proceso sencillo. Mucho menos se trató de algo breve. Incluso para Luna supuso una sorpresa difícil de sobrellevar. Después de todo, mucho podía decirse de sus padres, para bien o para mal y al final, siempre esperaba inclinar la balanza a su favor. Pero ciertas charlas siempre han sido incómodas, sin importar cuán… activos pudieran parecer sus padres en ese aspecto después de once hijos y Dios no quisiera que más en camino. Que bastante bien se las ingeniaban todos con lo dispuesto para improvisar más si acaso sobre la marcha.
Mucho se había dicho y hecho entonces, pero Luna Loud no podía decir que, por entonces, se permitiera creer en la posibilidad. Claro que existía una alta probabilidad, considerando el número de vástagos, que uno de ellos les diera la sorpresa. Cuestión matemática, pero como sólo Lisa parecía versada en ese aspecto, mas no dotada de la paciencia requerida para explicarlo a sus inferiores parientes, pues…
E incluso en ese aspecto, la rockera fue una sorpresa en sí misma. Y se llevó una respetable decepción la noche en que decidió exteriorizar su situación.
Había sido un largo lapso de autodescubrimiento y reflexión. Si a lo mismo se le puede llamar vivir nuevas experiencias de maneras poco… responsables. Pero a favor de la muchacha se puede decir que, en ese instante, la atracción la asaltó con más fuerza de la que jamás imaginó y para la cual, jamás se sintió preparada.
Sería mentir decir que nunca se involucró románticamente con nadie. No le faltaba experiencia, por supuesto. Más allá de las evidentes diferencias, sin embargo, la joven no supo explicar por qué, esa vez en particular, resultó ser tan diferente, tan, fuerte, tan… intenso, casi devastador.
Al fin y al cabo, no se trataba de inventar la rueda o de descubrir una ecuación fundamental. Sólo abrir los ojos a algo que, al parecer, siempre estuvo ahí.
Y haciendo gala de una discreción impensada para alguien con su apellido, la joven supo mantener su secreto por un largo periodo hasta que una decepción de gran calibre la llevó a comprender que no sería capaz de afrontar sola semejante realidad.
Había sido un descubrimiento avasallador y tendría que pedir ayuda para saber lidiar con su peso.
Y a pesar de lo que pudiera pensarse tratándose de una pareja cansada y con tantos hijos, justo es decir que Rita y Lynn Loud supieron leer en su tercera hija las señales de que algo no marchaba del todo bien. En realidad, llevaban meses sospechándolo. Puede que incluso el resto de la familia llevara un tiempo especulando y guardando silencio, quién lo diría.
Incluso Luan, por Dios. Tan tendiente a valerse de cualquier cosa para soltar una carcajada… ¿Quién iba a decir que no agarraría su mutismo en ciertos aspectos como una señal de partida para una nueva rutina?
Hacía ya lo suyo. Recordaba lo esencial. Pero de ahí a saber qué hacían las chicas ese día que la gran mayoría brillaba por su ausencia…
De acuerdo, había sido un fin de semana. Ergo, todas repletarían el día con sus compromisos. Cabía la posibilidad de que Lori saliera con su novio y Leni con sus amigas; que Lynn tuviera práctica de algún deporte y Luan una fiesta que animar; que Lucy se reuniera con su club de lectura, Lola con… con chicas que compartieran sus intereses y Lana… tanto parecido; Lisa, si acaso perdida en sus experimentos o dando una charla a un grupo de obsesos similares y Lily… durmiendo, ¿qué si no? Y Lincoln…
Lincoln con Clyde, de eso sí estaba segura. Más que de cualquier otro detalle. Como el hecho mismo de hallarse ella en casa porque los planes de ese día se habían cancelado. Como si el peso del conflicto reciente, esa pena no la mantuviera en su casa… en la sala…
¿Y qué hacía fuera de su habitación en primer lugar? ¿Acaso había aprovechado la inusual disponibilidad de la televisión para distraerse de cualquier cosa? Sonaba factible años después, más que encerrarse y tocar las mismas canciones una y otra vez, plagadas de letras y notas que no hacían más que hablarle…
Que recordarle el porqué de su pena. Sí. Qué mejor momento para ser acorralada por sus padres, uno en cada extremo del sillón, dejándola a ella en el centro, bombardeándola con frases del tipo:
–Sabemos que no estás pasando un buen momento, hija, pero…
–Hemos notado que no estás bien…
–Casi no hablas…
–Las canciones que tocas…
–Si estás en un problema…
–Porque somos tu familia, Luna…
–Necesitamos saber qué es lo que te ocurre…
Mientras Luna fingía que no le afectaba escuchar cosas así… que era capaz de guardar silencio y esquivar la mirada de aquellas personas que, al parecer, la conocían mejor que nadie. ¿Qué tan loco sonaba aquello sobre el papel?
Sabía la rockera que ese día llegaría. Siempre sería demasiado pronto. Nunca sería suficiente la espera o preparación. Siempre le haría falta una pizca de valor. Y no, de ninguna manera se le podía comparar a la adrenalina que le invadía cada vez que se paraba sobre el escenario y enfrentaba al público.
Más bien se parecía a la desagradable inminencia de un vómito. De otra manera no podía explicar su silencio tenso, el nerviosismo que la invadía…
Y casi sonrió con amargura. Todo habría sido un poco más sencillo de saber que no se hallaba sola afrontando algo así… de no tener tan fresca esa ruptura en el pecho.
Así que, sabiendo que se enfrentaba literalmente a lo desconocido, tomó aire y buscó las palabras correctas:
–Mamá… papá… esto… no es fácil…
–Nadie te está presionando, hija.
Luna tuvo que contener el impulso de dirigirle a su padre una mirada irónica. Oír algo así tras el numerito montado…
Oh, claro, todo lo anterior fue una palmadita en la espalda, ¿verdad?
Tampoco ayudaba que ninguno le quitara la mirada de encima. Que aguardaran expectantes. Fue así que comprendió la joven que sería incapaz de resistir por mucho más esa situación. De nada servía prepararlos si ella misma no se sentía lista para algo así.
No existía anestesia posible. Sólo las palabras. Sólo la verdad. Sin remedio. Sin nada. Y en el fondo, la chica también se sentía cansada. Mejor terminar con todo eso de una vez:
–Mamá… papá… creo… –aire… una vez… dos veces…–. Creo… creo que soy bisexual.
Listo.
De intentar explicarlo a posteriori, la joven habría afirmado que la reacción fue bastante similar a una grieta en el aire. Un cúmulo de aire súbitamente sólido. Cediendo súbitamente al peso de la revelación formulada por una muchacha trémula que cualquiera se habría esforzado por relacionar con la imagen de una entusiasta e impetuosa cantante de rock.
La misma que cerró los ojos tras pronunciar esas palabras. La misma que esperó un estallido en la proximidad. La misma que sólo se atrevió a mirar en cuanto sintió que el sillón perdía algo de peso, obligándola a buscar reacciones inesperadas, sin importar la naturaleza de las mismas. Y es que en semejante situación…
Tampoco es como que visualizara demasiado antes de reconocer en voz alta y por primera vez, ante otros y ante sí misma, su orientación. Pero de ahí a imaginar…
Imaginar a su padre de pie a unos pasos de distancia, dándole la espalda y a todas luces, cubriendo su boca con las manos…
Situación similar la de su madre, a quién parecían faltarle las fuerzas para abandonar el asiento…
–Desde cuándo –no, no era una pregunta. Más bien era una exigencia. Y Luna estaba casi segura de que jamás había oído hablar así a su madre.
–Mamá…
–Responde a tu madre, Luna, desde cuándo.
Y su padre… tampoco a su padre… no así…
–Yo… yo… no lo sé…
–¿Cómo que no lo sabes?
–Es… es algo nuevo para mí, ¿sí?
–Hija… está bien que seas lo que desees, te hemos apoyado en todo, pero esto…
–Sigo siendo la misma, papá…
–Ninguno te va a apoyar con el desenfreno, Luna…
–¡Papá, por favor!
–Por favor nada, Luna, escúchate, es decir…
–Mamá… ¿Al menos me escucharon? Esto… esto no lo pedí…
–¿No lo pediste? Me parece recordar que uno de esos músicos que tanto admiras también era…
–¡Eso no tiene nada que ver!
–¿Sí sabes cómo murió?
–¿En serio me vas a comparar? Vas… vas a…
–A saber qué has estado haciendo por las noches…
–¡Nunca les he mentido!
–¡Esto cambia las cosas! ¡Nos has ocultado algo así y además…!
Sólo cuando la puerta principal se abrió de golpe, los tres callaron y la rockera fue consciente de las lágrimas que arrasaban sus mejillas. Ardor que supo pasar por alto, al igual que sus descolocados padres, en cuanto Lincoln apareció en el umbral y avanzó unos pasos cerrando tras de sí.
Si anteriormente sus propias palabras se le antojaron una suerte de grieta en medio del aire sólido, la presencia de su único hermano bien podría haber equivalido al movimiento de las placas tectónicas. En parte por lo súbito de su aparición. En parte porque, a diferencia de otras ocasiones, decidió irrumpir en silencio, más allá del portazo con que se anunciara y el mismo que terminara de confirmar su llegada.
–Lincoln, hijo, qué…
–No están hablando en serio, papá.
¿Hasta qué punto podía parecerse el chico a sus padres?
De hecho, si se detenía a pensarlo, Luna jamás lo había visto…
No, sí lo había visto enfadado. Muchas, muchas veces. Un niño de once años enfadado… ¿Quién podría tomarlo en serio? Salvo en contadas ocasiones…
Y tampoco había sido el mayor ejemplo a considerar. Todo gritos, todo ceño fruncido y palabras salidas de las entrañas. Todo huracán. Todo niño intentando controlar su frustración…
Y sin embargo, ahí lo tenía ella. Ella y sus padres. Lincoln Loud, aún con sus once años, soltando esa demanda con una rabia fría tan contenida que no parecía… no, no podía ser él. Mostrando esa… esa mesura para atacar casi sin parpadear… una muestra de concentración que sólo veía en las contadas ocasiones en que la paciencia le permitió seguirlo mientras jugaba ajedrez…
No. No. Aquí había algo más. Algo mucho más grande para que incluso sus padres se descolocaran hasta ese punto con sólo verlo y oírlo hablar así…
–Hijo…
–No están hablando en serio.
–Lincoln, tú no sabes…
–Lo oí todo, mamá –interrumpió el chico, enjugando con el dorso de la mano el sudor que corría por su frente. Una jornada intensa al parecer. Y todavía faltaba más–. No entré antes porque esperaba… esperaba que dijeran que nada de eso era verdad.
Y fue un segundo en que lo vio. La decepción. Tan similar a la que veía en el semblante de sus padres, presente ahora en Lincoln…
Cuando creía que no se le podía partir más el alma, su hermano…
–Entonces entiendes…
–Ustedes no entienden, mamá –y cuando Luna creía que no podía sentir el impacto del aire llenando sus pulmones…–. Es Luna con quien hablan, ¿en serio no la ven?
–Eres tú el que no entiende, hijo, que…
–¿Qué? ¿Que a Luna le gustan los chicos y las chicas?
–Lincoln…
–Sí recuerdan quién es mi mejor amigo, ¿verdad? ¿Por qué nunca me han prohibido ir a su casa y ahora hacen esto?
El bochorno pareció caer sobre la pareja con el peso y la velocidad de un avión de pasajeros. Luna, por su parte, no sabía qué pensar o cómo reaccionar ante algo así. Ante ese chico siempre tan… tan inquieto sacando… sacando la seriedad necesaria para plantar cara por ella…
Por ella… y sólo por ella.
–No es algo que queramos para Luna, Lincoln, la puede lastimar… qué podría pensar el resto si…
–Sí saben que el mes pasado Lynn me rompió un brazo entrenando, ¿verdad?
–Hijo, pero eso…
–Fue un accidente, entonces también salí lastimado, pero no vi que hicieran mucho, ¿o yo me lo perdí?
–Lincoln…
–O los lagartos de Lana que han dado problemas a los vecinos.
–Hijo…
–O los experimentos de Lisa, ¿cuántas veces hemos tenido que escapar de una explosión? ¿Cuántas veces se han quejado los vecinos por eso?
–Pero… es tu hermana mayor y el ejemplo…
–Sí, decir las cosas, ¿y qué más?
–Hijo…
–Esto no es… esto no es nada si piensan que cada día podríamos morir porque nada de lo que les dije ahora parece gran cosa, sólo… sólo porque a Luna también le gustan las chicas y ustedes parecen volverse locos con algo así.
–Lincoln, tienes once años, no logras comprender…
–Lo entiendo, papá, entiendo todo –y fue entonces cuando, finalmente, el chico se decidió a mirarla con ojos más suavizados–. Sigo viendo a Luna, siempre lo será para mí.
Si al discutir con sus padres, la chica sintió un nudo en la garganta, ante las palabras y la mirada del muchacho experimentó una presión que apenas si la dejaba respirar. Sintiendo casi como todo el entorno desaparecía, llevándose de pasada a sus padres, dejándolos sólo a ellos dos. A ella y a un chico que, a sus once años, plantaba cara a sus padres y declaraba sus intenciones. Dejándolos en vergüenza. Mudos…
Incapaces de decir o hacer algo más que no fuera pedirles que se fueran a sus habitaciones, pues necesitaban pensar las cosas y hablarlas con calma.
Incluso entonces, Luna tuvo la impresión de que el chico se adelantaba a la orden, antecediéndola en las escaleras. E incluso sin decir palabra, la acompañó hasta su habitación, frente a su puerta, donde la chica tuvo que hincar una rodilla para quedar a su altura. Sintiendo cómo el muchacho le tomaba las manos y la miraba con dulzura antes de secarle las lágrimas que volvían a brotar.
–Linc…
–Bueno… supongo que esto me alegra –ante el extraño comentario del chico, la joven no pudo evitar arquear las cejas, recibiendo a cambio una pequeña sonrisa–. No seré el único al que las chicas molesten… por tener una novia, ¿verdad?
Aturdida ante esa pizca de humor con que intentaba aligerar el ambiente, Luna no pudo evitar abrazarlo. Impulso repentino que el chico tardó en devolver, confundiéndose los sollozos con la risa que había despertado ese comentario.
De eso… parecía ya tanto, pensaba la rockera, parpadeando para volver a verse sobre la orilla de esa cama, recibiendo la mirada del chico… la mirada tan parecida a la que le dedicara a sus padres la lejana tarde en que la defendiera. Olvidando incluso las insulsas disculpas de sus padres o las posteriores reacciones de sus hermanas.
Porque a fuego se le había grabado el momento en que un niño descubrió al hombre que sería en un futuro. El hombre del futuro mutilado por las balas y la sangre. El hombre que volvía a ser un niño que se escondía tras la puerta y que luchaba por resucitar a la hora de hacer frente a la hermana que intentó relegarlo al olvido, añadiendo un daño mayor al ya recibido.
–Lincoln…
–P…p… t… t… tar…tardas… t…
–No, no lo…
–Tar… tardas…s…s… tar…daste en reg…g…gresar –Tan corta frase… tan agotado y humillado parecía dejarlo hablar…
–Lo… lo sé, yo…
–M… m…más… e… en… ha… ha…b…b…blar –la rabia podía ser contra cualquiera, incluso contra sí mismo, pero la rockera no se engañaba. El peso no podía ser más elocuente. Más si sabía a qué se refería.
–Al menos… dame una oportunidad para…
Un gesto. Darle la espalda. No echarla. Tal vez porque la frase era demasiado larga y no podía permitirse ese esfuerzo. Porque todo seguía estando en sus manos… la mayoría en sus manos. Volver era una cosa. Explicar su silencio… explicárselo a él, al que menos lo merecía… el más afectado de todo ese desastre. El único que realmente sacara la voz por ella… negándole más tarde su propia voz…
No. Así la hubiera echado, Luna sabía que había regresado por algo más que por una disculpa.
Era tan simple como ser incapaz de vivir consigo misma si no abría de una vez la caja fuerte.
Una sensación tan parecida a la que antecediera a la confesión que llevara a Lincoln a saltar por ella.
Lincoln…
El chico de esa mirada. Hacía casi el mismo tiempo que no lo llamaba hermano.
Y que hasta eso tuviera la misma explicación…
