CAPITULO IV

-no va a casarse contigo… lo mejor que podemos hacer es irnos de aquí a Kioto, no soporto seguir en este lugar, allá encontraremos un marido para ti… alguien que no sepa nada de esto.- Hana miraba el tatami con una película de lágrimas sobre sus ojos que se negaba a caer, tenía la cara sucia de sangre por las constantes mordidas que recibía su lengua, su pelo llegaba apenas a su barbilla y estaba desordenado, su estado era lamentable.

-Hana dinos por qué estás haciéndonos esto ¿es un capricho? Dilo… te daremos lo que quieras- su madre tomaba sus manos en desesperación mientras Hana seguía en silencio.

–en todo caso tu amiga la kunoichi… lleva días rogándonos verte… la dejaremos pasar a ver si con ella comes.

Okoi entró a la habitación de Hana y estuvo a punto de llorar al verla, se veía muy diferente a la última vez que la vio –no puedes estar así… Hana.

–Okoi-san… él no quiere verme.

–él no quiere ver a nadie, tu padre lo ha dejado muy confundido… le contó todo ¿Qué vas a hacer?

–morirme

Los ojos de Okoi rodaron con lentitud –eres la mujer más tonta del mundo. –en fin, solo vengo a decirte que hablé con mi hermano y él hablo o intento hablar con Juubei y él le dijo que resolvería esto… anímate.

Hana abrió los ojos como platos -¿Qué has hecho que? Dios quiero morirme…

-solo estoy ayudándote- gritó Okoi –no me ayudes así, esto se salió de control. Todos deben estar hablando de mí en el pueblo. –Hana escondió su rostro en sus manos.

-Por la forma en que se fue tu prometido de aquí yo supongo que sí… caramba, debió por lo menos ser un poco más prudente –Okoi usaba un palillo para limpiar sus dientes cuando escucho a la madre de Hana en el pasillo. –creo que ha llegado la hora de que me vaya… ¿estarás bien? –vete, no te preocupes más por mí.

Con la mañana llego a la casa de la familia de Hana una caravana a la que su madre dedicó una mirada de desprecio. – ¿a qué debo el honor de la visita? Danjo-dono. El interpelado abandono con lentitud el palanquín en el que se encontraba e ingreso a la mansión -¿qué clase de recibimiento es ese? –el padre de Hana se hallaba colérico, sus orejas ardían de la ira. –Uno de tus hombres deshonró a mi hija… no puedo creer que luego de mis generosas contribuciones a la paz de la villa sea traicionado de esta forma tan vil. –precisamente he venido a aclarar todo. Se dio la vuelta y apareció frente al portón otro palanquín del cual descendió una figura corta que se deslizo por el suelo haciendo un ruido estruendoso –lamento destrozar su hermoso jardín. En efecto a su paso dejo una marca de tierra revuelta.

La madre de Hana ordenó que se sirviera el té para los invitados y de acuerdo al protocolo dejó solos a los hombres, pero más que eso, era el asco que le producía la figura de Juubei. La reunión terminó luego de dos horas de intensa discusión.

-Hana… sé que no quieres ver a nadie… pero aquí esta ese hombre, tu padre aceptó el compromiso entre ustedes dos. Las palabras salían con dificultad de la garganta de la madre de Hana, las lágrimas corrían por sus mejillas y sus ojos se hundían cada vez más en sus cuencas. El corazón de Hana latía a reventar, de inmediato tomó un peine y comenzó a acicalarse –un momento…

Estuvo lista en pocos minutos, corrió con gracia y delicadeza la puerta corrediza y salió –hasta su madre se sorprendió del cambio en ella. –ese hombre está en el jardín… Hana –la detuvo –por favor piensa las cosas con cabeza fría… no he sido la mejor madre del mundo pero castigarme de esta forma. –madre por favor deténgase, estoy feliz. Se alejó casi dando salticos alegres

En el jardín Juubei la esperaba con una expresión severa que acentuaba aún más las cicatrices de su rostro –perdón por hacerlo esperar. Los ojos de Hana brillaban. –no tardaré mucho… quiero que me digas qué pretendes con esto. ¿Qué quieres? Atención de tus padres… quizás, no lo sé, lo cierto es que debemos casarnos porque así me lo ordenó Danjo-dono, parece que has caído en desgracia y para empeorar tu situación decidieron entregarte a mí, no sé cuál de los dos es el más infeliz con la decisión. –Señor le prometo que nunca haré nada que pueda ofenderlo… Juubei se limitó a entrecerrar los ojos afianzando el desprecio que sentía –nos veremos de nuevo el día de nuestra boda. Y se alejó arrastrándose por el suelo.