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¡Gracias a todas! Sus comentarios me animan a seguir :) Nos leemos en el próximo capítulo, las amo.


4.

Despertó acurrucada junto a InuYasha Taishō. Mal, pensó. Muy, muy, mal. No debía involucrarse con los clientes de esa manera, no había mañanas después; el cliente se iba y nada más. ¿Y por qué carajos estaba de cucharita con InuYasha? Estaban desnudos bajo las sabanas y el roce de la seda en su piel se sintió bien, pero no mejor que el cuerpo extra caliente del hombre a su lado. Trató de zafarse pero sus brazos estaban tan bien agarrados a sus lados que solo consiguió que él se apretara más a ella.

― ¿A dónde vas? ―preguntó con voz ronca, una voz que le puso la piel de gallina y le erizó los vellos de la nuca―. No te muevas ―gruñó y sintió su nariz olfateando su nuca. Terminó dejando su rostro entre sus cabellos y no pudo reprimir una risita, él le hacía cosquillas―. ¿De qué te ríes? ―habló contra su cuello, ella rio más porque su voz le hacía cosquillas.

―Me haces cosquillas ―admitió suavemente, acariciando su gran brazo velludo―. ¿Por qué te quedaste a dormir? ―preguntó apenas sintiéndolo más cerca de ella, su erección se marcó contra sus glúteos.

Él gruñó pero no le entendió.

―Eres mía ―fue lo único que resonó antes de que él la apretara todavía más contra él―. ¿Me sientes? ―preguntó frotándose contra ella, despacio, lento, casi nada.

―Si…

―Es por ti.

Ella rio.

―Se supone que es así con todos los hombres, ya sabes, todas las mañanas.

―Lo es, pero hoy ha sido más, desperté sabiendo que estabas aquí y parece un tronco.

Ella tragó en seco, no sabía qué hacer y ya no estaba dentro de sus horas para dar servicio. Además, tenía tarea para el martes y no la había empezado. Era sábado y tenía que aprovechar para terminar todas sus tareas durante el día.

―Tengo que… irme ―susurró, un poco incomoda.

―No lo creo ―se burló de ella, riéndose profundamente.

Ella cerró sus ojos y los apretó, tenía que admitir que una diminuta parte de ella quería seguir estando ahí… contra él, todo el día si fuese posible.

―Yo… tengo cosas que hacer.

El gran cuerpo de InuYasha Taishō se tensó contra el suyo y se levantó de inmediato llevándosela con él mismo.

― ¿Cosas que hacer? ―preguntó una vez que la había sentado en su regazo, ambos desnudos. Su erección quedó encerrada entre sus vientres―. No tienes nada que hacer, yo soy tu única lista para hacer ―dijo con ira en los ojos.

Ella tragó en seco y se sintió frustrada.

―El que hayas firmado un contrato de exclusividad no signifique que yo tenga que dejar mi vida personal para atenderte.

Sus ojos ámbar se estrecharon.

―Es exactamente lo que significa, Kagome ―mencionó su nombre, burlándose de ella, haciéndole saber que sabía su nombre y esa era un arma muy peligrosa.

Ella se movió inquieta sobre él.

―No, déjame ir ―ordenó empujando su gran y bronceado pecho con sus pequeñas manos.

―No ―espetó en su cara.

Su ira explotó y forcejeó más.

― ¡Tirano! ―gritó―. Me voy a quejar ―dijo escudriñándolo con la mirada.

Él se quedó quieto y serio para después echarse a reír.

― ¿Tirano? Creo que nunca me habían llamado así, ni siquiera en mi trabajo ―siguió riendo―. Y puedo aceptar que soy un verdadero tirano en lo que hago ―rio y rio haciendo que ella se moviera de arriba abajo porque él era grande y su risa rebotaba por todas partes.

―Bueno, déjame ir, señor tirano.

Él sonrió lentamente y tomó uno de sus pechos con los dientes, tirando y masticando el pezón haciéndola gritar de dolor y placer.

― ¡Oye…! ―gritó sorprendida―. No es hora de… no estoy en… ―suspiró, pero él bajó una mano y ahuecó su sexo.

― ¿No qué? ―preguntó masticando su pezón.

― ¡Basta! ―gritó enojada, pero suspirando al final, ya que él había hundido un dedo grande y largo en su vagina―. Inu…

―Me gusta la forma en la que me llamas Inu, nadie lo hace ―dijo subiendo sus besos a su cuello.

―No alancé a decir InuYasha… ―jadeó―. No te creas tanto ―le espetó para que él parara de hacer aquello.

Pero en vez de hacerlo, soltó una carcajada y sacó su dedo para empezar a frotar su polla contra su coño.

―Maldita sea, InuYasha… no estoy en servicio, no podemos hacer esto ―gruñó exasperada, mientras que él seguía besando su cuello.

―No digas esa palabra ―gruñó.

― ¿Cuál?

―Servicio. No eres una prostituta ―cogió su rostro con ambas manos y la mantuvo firme frente a él―. No lo eres, punto.

Ella tragó en seco y su mirada bajó hasta su pecho.

―Mírame ―exigió.

―Eres un cliente ―dijo posando su mirada en él de nuevo.

―Carajo que lo soy ―gruñó exasperado―. Y el cliente siempre tiene la maldita razón. Sé que no eres eso cuando lo digo, sé que no lo eres ―bramó.

―No puedo hablar de mi vida privada contigo.

―Ya lo sé.

― ¿Entonces por qué insistes?

―Para que cedas ―sonrió lentamente, enseñando parte de esa dentadura perfecta que a ella le gustaba tanto.

Rio.

―Es una buena respuesta.

Él se encogió de hombros.

―Lo sé ―se miraron por varios segundos y el rompió el silencio―. ¿Entonces? ―ella lo miró expectante―. ¿Me vas a permitir ser parte de tu vida? ―acarició sus muslos lentamente.

Ella sonrió apenas.

― ¿Más de lo que ya eres? Compartes una cama conmigo y hasta amanecemos hechos cucharita ―se burló.

Él la miró con extrañez hasta que su risa le retumbó en las piernas.

―Eres graciosa ―dijo haciéndola sonreír―. Y linda cuando me sonríes así.

Ella rodó los ojos.

―No te sonrió a ti. Solo sonrío.

Él negó levemente con su cabeza y tomó posesión de sus muslos, haciéndole temblar.

―Cuida esa boca, Kagome… ahora me perteneces ―jugueteó con su labio inferior, succionándolo y haciéndola gemir.

―No soy tuya ―espetó molesta.

―Oh, pero lo eres, encanto ―sonrió besándole la nariz.

Ella arrugó el ceño en una maña por quitárselo.

―Eres romántico y tierno cuando quieres.

El asintió.

―Tú sacas eso en mí.

Ella suspiró y se paró, esta vez él no la detuvo.

―Me voy, tengo cosas que hacer.

Él la observó entrar al cuarto de baño. ¿Por qué esa niña se esforzaba tanto en evadirlo? ¿Qué le hacía falta? Nada, él era puramente perfecto. ¿Estaría resentida por las primeras noches que pasó con él? Debía admitir que había sido grosero con ella; había ido y le había hablado arrogantemente, tratándola como lo que él creía que era y aunque no lo fuera, siempre supo que había estado mal. Tan mal que ahora se enfrentaba a las consecuencias. Esa chiquilla le empezaba a gustar y aunque quería reclamarla como suya, había un montón de diferencias y mundos entre ellos. Sabía que no sería tan fácil como él pensaba y una parte recaía en ella; Kagome parecía no querer nada con él… y no le culpaba. Debía ser extraño que un cliente se portara de esa manera con ella. Pero a pesar de todo, él sabía que ella no era una prostituta; podría trabajar en ello como algo temporal, tal vez tenía algo que pagar, o no tenía mucho dinero y eso había sido una opción fácil para ganar dinero rápido.

Fuera lo que fuera… InuYasha estaba dispuesto a averiguarlo, aun si eso quebrantaba su modo de vida y el de ella.

Kagome salió minutos después vestida en unos vaqueros, una blusa blanca V y unas sandalias cafés. Se había hecho una trenza y llevaba una pequeña maleta en su mano izquierda. Él la observó, ahora no le quedaba duda de que esa chiquilla era una simple estudiante que la hacía de prostituta para pagar sus estudios, es que era tan obvio. Era eso, o tenía un familiar enfermo, no sabía por cual decidirse y anotó mentalmente investigarla a fondo para saber todo acerca de su vida.

Ella le sonrió un poco.

― ¿Qué tal? No soy la mujer con la que te acuestas todas las noches ―dijo empezando a caminar por enfrente de la cama, pasándolo de largo.

Él seguía desnudo y se apresuró a pararse para empezar a cambiarse con las ropas que había dejado tiradas la noche anterior. Ella se las entregó antes de que él pudiese agacharse a recogerlas y evitó verle el cuerpo y también la cara, se sentía acalorada y él lo pudo notar.

―Me has visto cientos de veces ―comentó divertido―. Sabes que esto solo me hace pensar en el hecho de que no eres una prostituta, ¿cierto? Todavía más de lo que ya estoy seguro…

Ella lo miró brevemente a los ojos antes de voltear su cara y recoger la lencería negra que estaba tirada por la habitación. No dijo nada.

― ¿Kagome?

―Mhm… ―contestó sin voltearle a ver.

― ¿Qué te pasa?

Ella volteó a verlo, ya estaba vestido aunque muy despeinado y con la camisa sin fajar.

―Esto no debió pasar… y lo sabes ―lo miró consternada.

Él arrugó el ceño, lo suficiente para hacerle saber que ese hombre no estaba contento con eso, que él si había querido que todo eso pasase, eso hacia las cosas todavía más difíciles y ella quiso no estar metida en todo eso.

― ¿De qué carajos hablas? Tus días son de viernes a lunes, puedo hacer lo que quiera contigo durante esos días ―espetó molesto.

Kagome abrió los ojos como platos, se acercó a él y le lanzó una cachetada.

―No sé de dónde vienes, a que te dedicas o quien eres ―empezó, él había abiertos los ojos y la boca, lleno de sorpresa y confusión―, pero conmigo las cosas no son como allá afuera… soy un ser humano y no estoy atada a nada, ni siquiera a un maldito contrato que me hace tu exclusiva ―lanzó comillas al aire―. Este es mi trabajo y si soy una prostituta o no, no te da el derecho para tratarme de esa manera. Así que me tratas bien o no lo hagas en absoluto porque haré que nunca vuelvas a pisar este establecimiento ―gruñó enojada.

Él levantó su barbilla, tratando de no sentirse como el patán en el que se estaba convirtiendo a su lado; sentía que era su dueño y no lo era, Kagome tenía la razón.

―Cancela todo lo que tengas que hacer hoy ―dijo viéndola fijamente―. Tú y yo tenemos una cita y no espero que digas no.

Ella boqueó como un pececito y él sonrió como él lobo que ella a veces pensaba que era. Tomo su cintura sin dificultad y la atrajo a él en menos de dos segundos.

― ¿Me disculpas? ―preguntó apenas, viendo sus labios y boca.

Ella tragó en seco y sintió el pecho pesado.

― ¿Por qué…? ―preguntó cuidadosamente.

Él sonrió, negando levemente con su cabeza.

―Por portarme como un imbécil contigo.

Ella suspiró.

―Un muy gran imbécil, y cabrón ―se encogió de hombros levemente.

Su risa retumbó en su propio pecho y se estremeció ante la gran mano de InuYasha en su pequeña cintura.

―Sí, también un cabrón. ¿Entonces?

Ella lo miró por largos segundos.

―No lo sé ―dijo sonriendo―. Veamos que tienes preparado para hoy y podré responderte.

Él volvió a sonreír y asintió acercándose a ella con la clara intención de besarla. Ella retrocedió.

―Ah-ah-ah, no son horas de trabajo… no puedes besarme ―apartó su mano con delicadeza y él se sintió decepcionado.

―Tirana ―murmuró él, ajustando su caro reloj de muñeca.

Ella rio y ambos acordaron la hora y el lugar para su cita. InuYasha se fue de ahí con la sonrisa más grande del mundo, y aunque Kagome no quiso admitirlo a si misma… también estaba feliz como nunca.