Primero que nada, quiero enviar mi más sincero agradecimiento a todos los que siguen y apoyan este fic con sus reviews. Es un gran honor para mí. Por fin tengo listo este capítulo, que hace mucho quería subir, pero por determinados razones nunca llegaba.
Sin más que decir por el momento, comencemos.
Capítulo 3: La "princesa" Amalthea
Lo primero que noté en ella fue tristeza. Una tristeza contenida… pero mejor será que hable de eso luego. En efecto, cuando al fin pude conocer a quien sería mi "ama", aquella potranca a quien serviría incondicionalmente, en mi cabeza rondaban pensamientos de todo tipo. No me habían especificado la edad de ella, por lo que podía ser bien una niña mimada que sacase de quicio a cualquiera con sus berrinches y sus caprichos, como una potranca más madura o no, pero con todas las pretensiones que todo miembro de los altos estratos de una sociedad trae. Esos son algunos ejemplos de todo lo que me figuré sobre ella, sobre su perfil personal. Podrán notar cierta connotación negativa en ello, porque la verdad es que he perdido mi capacidad de pensar siempre lo mejor de aquellos a quienes conozco por primera vez.
Por su estatura y contextura, se asemejaba un poco en lo físico a la princesa Celestia. Un poco me hizo recordar a ella, pero quise reprimir su imagen en mi mente para no recordar automáticamente a mis amigas, y no hacer un burdo espectáculo melancólico frente a los presentes, llámese, Herr Ulster y su secretario renegado, el Sumo Minister: Braiesdorf, la Oma. Me pregunté qué habría pasado con la esposa del alto ministro, es decir, la madre de lady Amalthea, que no se hallaba presente. Por desgracia, no tenía a quién preguntarle, ni creo que aceptaran responderle a una criada una pregunta tan personal de la familia del Sumo Minister. Volviendo a ella, traía un vestido muy fino y delicado, que quedaba perfectamente a tono con su blanco pelaje. Sobre sus hombros caía una trenza complicada y frondosa, conteniendo su crin de color del trigo, que una vez más me trajo reminiscencias del sol. Traía unas preciosas florecillas enjaezadas a la trenza, dándole vida y color. Unos cortos mechones hacían de velo a su rostro, detrás de los cuales se insinuaban sus ojos color café. Ése me pareció un detalle sorprendente, pues ella traía el candor de una diosa, de una ninfa, y me había esperado que tuviera los ojos azules, pero éstos eran café. Por último, una sombra de ojos fucsia resaltaba con el delineado y las pestañas.
Sólo una corona le faltaba para definirla completamente como una princesa. No hacía ruido con sus cascos al caminar, éstos hacían bailar sus faldas, sobresaliendo de ellas a través de cortes perfectamente trazados, de modo que agregaran más elegancia al paso de su portadora. Toda esa exquisitez era digna de una diseñadora con buen gusto, que supo captar sin dudas el encanto natural de lady Amalthea para confeccionar le un vestido a su entera medida. Era como el trabajo que Rarity se había tomado al hacernos nuestros vestidos para la Gran Gala del Galope. Oh, hace tanto ha sido eso… ¡Cuánto he aprendido, sin saber, de Rarity sobre modas! Estoy segura de que quedaría deslumbrada con ese diseño.
Sin olvidar la joyería, traía unos aros enjaezados en oro y diamante, el reflejo de uno de ellos me cegó al pasar ella cerca de una ventana. Un collar que valdría aproximadamente las ganancias de Sugar Cube Corner y Sweet Apple Acres de por lo menos un año adornaba su cuello, sobreponiéndose un poco al escote del vestido. También traía una especie de herraduras como las que he visto que usan las princesas y algunas otras ponis de la elite de Canterlot.
Permanecí todo lo inmóvil, tensa y seria que pude mientras ella me observaba, con sus penetrantes ojos cafés en los que veía reflejada una inexplicable tristeza. Me resultaba absolutamente curioso esto, si bien conozco ese poder en mí que me advierte de la tristeza de otros, creo yo como habilidad del elemento al que represento, lo que me extrañaba era que lady Amalthea estuviera triste. ¿Qué podía faltar en su vida como para no sentirse completamente feliz? ¿Qué más deseaba ella tener para alcanzar finalmente ese estado de algarabía y jovialidad que trae la alegría? Obvio que no lo comprendí a la primera. Ella podía tener todo lo que pudiera desear una potranca joven y rica, en términos materiales, pero su deseo se expresaba en algo impalpable, invisible, inmaterial, y sólo pude descubrirlo al interactuar más con ella y descubrir la otra cara escondida en esa cándida sonrisa y en su brillante mirada.
-¿Cuál es tu nombre?
-Pinkamena, señorita Amalthea.
Esperé algún comentario sobre mi estatura y que parezco una potrilla, por lo menos desde el punto de vista de los de su raza. La infranqueable vigilancia de los presentes también parecía afectarla, aunque no tanto como a mí. Temía cometer un error, de hecho me he vuelto temerosa de casi todo desde que me capturaron los esclavistas.
-Eres bonita… Muchas gracias. – dijo, dirigiéndose a Ulster. Éste asintió sin pronunciar palabra.
En cuestión de unos minutos, terminó la presentación mientras lady Amalthea agradecía y conversaba con los demás. Yo me mantuve al margen, esperando cualquier orden. Necesitaba que me ordenaran hacer cualquier cosa, con tal de poder alejarme de allí, tomarme unos minutos para respirar, para descansar… ¿para auto infundirme ánimos, quizá? Sí, eso también puede ser.
Fijé la vista en el techo cuando capté por el rabillo del ojo que el secretario renegado me observaba. Eso aumentó mis ganas de que me enviaran a la cocina a prepararle un té a mi ama.
Por fin nos dejaron solas; los músculos de mi cuerpo se relajaron. Tenía el vago presentimiento de que todo iría bien. Lady Amalthea me indicó con un gesto que la siguiera, y cruzamos el pasillo hacia un vestíbulo que daba al patio a través de unas puertas dobles corredizas de cristal. Antes de salir, tomó un libro de lomo grueso, y en apariencia muy antiguo, y me indicó que tomara de una mesita la bandeja con un té humeante y unas masitas pequeñas y ligeras. "Bueno, aquí empieza mi servicio" me dije, tomando la bandeja y disponiéndome a llevarla. Al parecer las otras criadas habían dejado todo listo para que la señorita tomara su merienda. No tuve mucho tiempo de reparar en el aspecto de cada salón que había conocido de la residencia, no sé técnicamente nada de arquitectura o diseño de interiores, pero sí me daba cuenta de que el estilo arquitectónico del interior parecía no coincidir con el exterior, especialmente los muebles y su disposición. Imaginé que tal vez le habrían hecho algunas modificaciones a lo largo del tiempo.
El sector del patio al que ingresamos estaba lleno de cerezos y otros árboles de hojas y flores de tonos rosas y rojos. Un rosal lo dividía de otra sección, lleno de capullos rebosantes de pétalos extendidos. Pensé en lo mucho que le encantarían a Roseluck, una de las floristas de Poniville. La gramilla verde y suave daba la impresión de estar caminando sobre una alfombra muy tersa. Oía aves de diversos plumajes y colores cantando en las ramas, y una multiplicidad de objetos decorativos le daban al parque una imagen muy vivificante. En el centro se hallaba una pequeña y modesta isla rodeada de un agua cristalina, cruzada por dos puentes de madera barnizada. Detrás de nosotras se alzaba el ala norte de la residencia, con varias y simétricas ventanas en la parte inferior y balcones intercalados en los pisos superiores. Por la posición del sol, asumí que las mejores horas para estar allí eran desde antes del mediodía hasta pasada la tarde, cuando la imponente figura interceptaba al sol en su descenso. Probablemente no la pasen muy bien en la parte frontal durante el atardecer.
Como ya dije, en el centro del jardín se ubicaba una isla en una laguna artificial. Sobre dicha isla habían hecho una glorieta escoltada por dos sauces llorones, perpendiculares a los dos puentes, cuyas ramas ondulantes acariciaban el agua, mecidas por una agradable brisa de primavera. Al mirarla más de cerca, me di cuenta de que la glorieta estaba tallada en el tronco de lo que debió ser un árbol formidable en su tiempo. Cada detalle, floritura, todo, todo había sido hecho a fuerza de un artesano, y por la forma en que estaba dispuesta en el suelo, imaginé que originalmente el árbol no estaba ahí. Grandes aberturas daban al paisaje de ensueño alrededor, también disponía de una puerta con cerradura, probablemente la cerraran durante la noche. Otro aspecto interesante era el diseño hexagonal de la glorieta, cuyo piso de losa describía un dibujo abstracto pero muy simétrico, de colores muy bien elegidos. Unos cuantos mullidos y blandos almohadones, un despensero y diversos utensilios de pintura, como caballetes y cajones rebosantes de acrílicos, pinceles y demás, sin olvidar una discreta biblioteca, constituían el mobiliario. Pensé que sería un lugar perfecto para una fiesta entre amigas, y no pude evitar exclamar mi asombro.
-Guau… ¡este sitio es espectacular!
Recordé que traía la bandeja un milisegundo después de esto, pero para sorpresa mía no acabó en el piso con la taza hecha trozos, el té desperdigado y arruinando las masitas. ¿Olvidé mencionar que ella poseía un cuerno de unicornio? De seguro que sí. Levitó la bandeja hacia una mesita ratona hecha de mimbre y cubierta por una mandala de tonos amarillos y naranjas.
-¡Lo siento, señorita, yo no quise…! – empecé, dominada por la vergüenza y el miedo.
-Está bien, sólo trata de tener más cuidado la próxima vez. – me dijo, su voz no reflejaba decepción o molestia. Hasta sonaba comprensiva.
Se sentó en un almohadón de color turquesa con detalle de cachemir, mientras levitaba el libro frente a ella, no sin antes sorber algo de té. Mostró una sonrisa y una finura que nuevamente me hizo recordar a Rarity. Reconocí que era uno de los modales que una vez intentó enseñarme cuando la visité en la Boutique Carrusel.
-Muchas gracias, señorita. ¿Puedo hacer algo más por usted? – pregunté. Con su silencio me daba la impresión de no ser una dama a la que tengan que estar atendiendo todo el tiempo. Ella levantó la vista de su lectura, su vista serena dio un recorrido semicircular como si quisiera asegurarse de que no había nadie alrededor.
-No, por el momento no. Puedes descansar.
Yo me había preparado mentalmente para recibir una, dos o más órdenes al mismo tiempo. Pero todas las estructuras imaginarias que había elaborado sobre lady Amalthea se rompían una tras otra a medida que interactuaba más con ella. Me senté en una punta, tratando de no perturbar su lectura en lo más mínimo. Observé su fruición y concentración en el libro que leía. El sonido de las páginas volteándose, en conjunto con los trinos provenientes del exterior, conformaba una melodía relajante, lo que me recordó a esas tardes en las que encontraba a Twilight leyendo en la biblioteca. Ah, Twilight. Ella siempre ocupada con sus libros y sus estudios… De repente, mi mente realizó una increíble interpolación de la imagen de mi amiga y de lady Amalthea, quiero decir… la forma en que ella (lady Amalthea) leía, daba cuenta de cierto nivel intelectual… Podría estar apresurándome a sacar conclusiones, pero la verdad es que luego fui encontrando, o creyendo encontrar, muchas características de mis amigas en la hija del Sumo Minister.
Aquel día permanecimos allí, en completa calma, mientras la potranca mayor leía y terminaba su merienda. En un determinado momento me habló y creí que me daría alguna orden, pero simplemente se disculpó y calló de nuevo. No sucedió nada más emocionante hasta la llegada de Amundsen, un potro más o menos de la misma edad que lady Amalthea, quien desempeñaba un papel de pasante en la Biblioteca Nacional de Alquirión, un portentoso edificio que recogía documentos de todas las ramas del saber desarrolladas en la nación. Amundsen tenía el rostro más amable de todos los alquirianos a los que conocí, debo admitirlo. Y de amable no tenía sólo el rostro: en general era un joven bastante agradable y atento, y se dirigía a lady Amalthea con muchísimo respeto, y algo de timidez. Llevaba un traje siempre bien planchado, la crin color caoba peinada a un estilo un poco ambiguo, que lo hacía aparecer más viejo, y Rarity se habría espantado al ver que el pelaje ocre no resaltaba en contraste con su vestimenta. Su tono tranquilo y locuaz era entretenido, de vez en cuando algunas palabras se le mezclaban o descendían de volumen bruscamente, algo que de hecho me recordaba a una querida amiga pegaso.
En los días que siguieron pude conocer más de cerca a lady Amalthea. Noté que tenía un talento nato para la pintura, ya que casi siempre yo la acompañaba mientras pintaba.
Además de una asidua lectora, concurría a la Biblioteca con cierta frecuencia. Solía traer consigo un cuaderno donde tomaba notas de algunos pasajes, ya fuera para luego reproducirlos en un óleo o tenerlos en cuenta para algún texto que estuviese escribiendo. Ella estudiaba mucho, a hasta el punto al que llegaba Twilight cuando se obsesionaba moderadamente con algo.
Según el día, se tomaba su tiempo para elegir la ropa que vestiría, incluso con cierto rigor, como Rarity.
Asistía a reuniones civiles, culturales y diplomáticas, donde mi rol se reducía a cargar sus cosas, hacer mandados y tareas por el estilo, y solía sonrojarse o ponerse nerviosa y tartamudear cuando algún funcionario, caballo distinguido o intelectual le hablaba o le ofrecía algo. Yo, por supuesto, no recibía más que una que otra mirada, y puedo contar con mis cascos los que preguntaron siquiera algo sobre mí. Por mi parte, yo cerraba los oídos a los demás y me concentraba en lady Amalthea. Las fiestas aquí realmente son muy aburridas, hasta un poco más que las de Canterlot. Pero claro, estoy olvidando el propósito de esos eventos, y que estoy totalmente lejos de Equestria.
Practicaba deportes sencillos y livianos, y era muy atlética en general. Si bien no hacía gala de sus destrezas como Rainbow Dash, se daba el gusto de tener sus instantes de gloria.
Siempre había honestidad en sus palabras, todo lo que decía era de forma directa y sin vueltas, como Applejack.
Estar al lado de lady Amalthea en cierta forma me hacía sentir bien. Me ayudaba a olvidar el tortuoso y terrible camino que había recorrido antes de llegar aquí. Claro que no todo es color de rosa, la vida en la residencia tornaba a volverse muy monótona, rigurosa, y predecible. En ocasiones era un total fastidio, pero no por mi ama sino por los estrambóticos personajes que pululaban en los pasillos. La yegua vieja que regenteaba a las criadas era un terror viviente: represiva y muy amargada. Nunca me quejé de un solo poni en mi vida, pero con ella haré una excepción: es peor que si juntaras los peores defectos de Twilight y Rarity. Las otras criadas tampoco la soportan, y habla mal de ella a sus espaldas, las más irreverentes hasta le hacían gestos obscenos.
La secretaria que nos acompañó en el viaje anda por aquí más seguido, más que Ulster incluso. Cada vez que la veo o la oigo, noto que algo en su psique no se halla bien. Presiento que está cansada, y jamás se sienta o se detiene. Parece una empleada que en cualquier momento sucumbirá al estrés y acabará haciendo una locura…
Sin embargo, el que más me inquieta es el secretario renegado, Lebrero. No era suficiente con mi condición general, no era suficiente que pudiera trabajar para lady Amalthea con total tranquilidad, algo malo tenía que mantenerme en vilo cada jornada. Para colmo, he oído lo que murmuran las otras criadas sobre él, y maldigo mi suerte por estar en su mira. Porque, digo, de seguro debe haber potrancas de su edad y condición mucho más apetecibles. Entonces, ¿por qué yo?
La sociedad de los alquirianos sobrepasa a la de Equestria, pero en más aspectos negativos que positivos.
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Canterlot, aproximadamente doscientos años antes del regreso de Luna
Un mensajero con el sello real del sol en su pechera surcaba el cielo en dirección a una ciudad asentada en lo alto de una montaña. Imprimía a sus alas la mayor velocidad posible, a pesar de que sus esfuerzos vacilaban. No obstante, él no se detendría por nada. La misiva que traía, no en forma escrita pero sí en palabras, poseía una importancia vital, porque significaba la salvación o destrucción de un reino vecino.
Al llegar, se dirigió hacia una de las cúpulas en las que aterrizaban los heraldos de la princesa del sol. No quiso tomarse mucho tiempo para recuperar el aliento, su majestad aguardaba impacientemente. Pues todo así se hacía: para aquellos directamente relacionados con ella, su deber a cumplir era sagrado, a pesar de que un mensajero no fuera parte del ejército, pero todo lo que ellos pudieran comunicar sería utilizado para sesiones de paz o, por el contrario, conflictos armados. Durante centurias, Celestia había mantenido de forma impecable un equilibrio armónico en Equestria, a cuestas de que ya no disponía de los Elementos de la Armonía, no quería arriesgarse a afrentas insalvables por la vía diplomática. De ahí el papel de los mensajeros, en su mayoría pegasos, para estar al tanto de la situación en todas las regiones geográficas que abarcaban Equestria y aquellas con las que interactuaba. Y en ese momento, existía una en especial, un reino al otro lado del mar, que posiblemente se hallara en una situación de conflicto.
Un té frío yacía en una mesita delicada, diseñada para que la princesa Celestia disfrutase de su té con toda comodidad. Pero su preocupación le había privado del apetito, su único deseo entonces era ver llegar a su emisario para recibir al menos una noticia sobre el estado en el que se hallaba Alquiria. Una doncella entró para anunciarle el arribo del susodicho, por lo que la alicornio abandonó la sala, y el té, saliendo apresurada pero con la gracia correspondiente. Más allá de un pasillo, arribaron a un cuarto sencillo y con pocas ventanas, donde esperaba el emisario.
-¿Has podido recabar alguna información? – le preguntó, luego de los saludos protocolares.
-Temo que es una información insuficiente, majestad. No hay respuestas claras y concisas sobre lo que ocurre allá. Pero he oído rumores de sobrevivientes llegados en barcas que buscaron refugio en las zonas aledañas a los puertos del Este. En la oficina real de mensajería me entregaron un trozo de papel manchado en sangre e ilegible, que llevaba el sello real de Alquiria. Son pocas y sin valor las palabras que alcanzaron a descifrar.
-¿No saben quién la trajo?
-Al parecer era un alquiriano, un heraldo también, pero estaba muy desfigurado, y había muerto cuando abrieron la oficina. No se pudieron rescatar objetos de relevancia… sólo esto.
A continuación, de su alforja sacó un estandarte de plata, rico en grabados, que traía el inconfundible estilo del reino amigo. Un borrón rojizo marcaba el sitio donde se hallaba la sangre que los empleados del correo habían limpiado. Celestia la levitó con su magia para ponerla frente a su rostro y examinarla mejor. Se la quedó mirando, perdida en el dibujo que representaba el escudo de una familia de nobles reyes con la que había entablado una excelente relación desde hacía años. Ella conocía ese estandarte como conocía a los gobernantes del reino al que representaba. Sin querer le dio la espalda al heraldo; una tras otra, diversas emociones nacían y se expandían en el pecho de la princesa. Presentía, adivinaba lo que estaba ocurriendo, y una culpa muy grande resultó de la fusión de todas esas emociones.
-Me dijo hace mucho que temía que se levantase una revolución en Alquiria, me dijo que empezaba a vislumbrar una oscura atmósfera a su alrededor. Pensaba que la sombra de una traición lo acechaba… Ahora Laertes no ha respondido ninguna carta, y esto no hace más que confirmar mis sospechas.
-¿Qué cree, princesa?
Lúgubre, la princesa solar giró para mirar a los ojos a su heraldo, de una forma que lo atemorizó un poco.
-Es probable que sea tarde para salvarlo.
-¿Y qué piensa hacer? Tal vez podamos enviar un comando de la guardia real para que ayuden a combatir a los revolucionarios, quizá no sea muy tarde…
-No puedo hacerlo… Sería muy arriesgado. No tenemos ningún conocimiento de la situación, y no quiero arriesgarme a sacrificar en vano las vidas de mis soldados… Simplemente no sé qué hacer…
¿Con qué coraje podría ella afrontar tal empresa? No sabía con qué armas peleaban los revolucionarios, esa inmensa masa de agua salada los privaba de acciones inmediatas, en sí Equestria no contaba con los medios más adecuados para encarar una batalla más allá de sus fronteras. Sin hablar del costo social que acarrearía el hecho de que enviara una parte de la armada real a pelear una guerra cuyo problema los equestrianos no tenían en cuenta ni lo consideraban realmente asunto de preocupación nacional, ni mencionar el ejército y la alta sociedad.
De modo que, una vez más, se veía obligada a la inacción, mientras la carcomía la culpa por aquella inacción que provocó la caída y destierro de su hermana.
Celestia se forzó a mantener la compostura, a gestionar reuniones con los delegados y todo poni factible de intervenir en la discusión del plan de acción. Lamentablemente, un compromiso inmediato al día siguiente hacía necesario postergar la junta.
Ocurrió en una naciente Manehattan, como ciudad portuaria y aduanera imprescindible para los intercambios comerciales vía acuífera. Allí estaba, por invitación del administrador de la ciudad, para presenciar la inauguración oficial del recién construido puerto, con más capacidad para recibir barcos y buques de todos los tipos. La ceremonia se desarrollaba tranquilamente, Celestia se había olvidado por unos momentos de los temas que la preocupaban la noche anterior, sin permitirle demasiadas horas de sueño.
Un bullicio exacerbado detuvo la marcha del discurso del alcalde. Al parecer, un par de locos mendigos intentaban forzar la barrera de los guardias solares, con la firme intención de acercarse a la princesa. Por su estado, era de esperarse que los corceles los creyeran individuos peligrosos como para interactuar con su protegida. Además, hablaban un idioma distinto, o por lo menos uno de ellos mezclaba un extraño lunfardo que no clarificaba sus intenciones. Un fuerte presentimiento invadió el corazón de Celestia, quien usando sus alas se elevó por sobre el gentío, para observar mejor el panorama. Reconoció que eran dos unicornios, pero bastó con que ella encontrara los ojos del que más desfallecido estaba, para darse cuenta de quiénes eran, y qué buscaban. Ordenó silencio y orden inmediatamente, y bajó justo frente a los recién llegados.
Sus miradas lo decían todo.
Uno era príncipe de Alquiria.
El otro era su padre, Laertes, el rey de Alquiria.
Heridos, flacos y desharrapados, desterrados de su patria, venían, como muchos otros con igual suerte, a pedir ayuda, sin títulos ni posesiones más que su triste presencia.
Era claro el desenlace de la revolución.
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Canterlot, meses después del regreso de Luna
Un evento diplomático masivo se llevaba a cabo en una agitada Canterlot. La ciudad brillaba para los representantes de las comunidades equestrianas y representantes y gobernantes de las naciones vecinas. La ciudad se llenaba de color, elegancia y cortesía para ofrecer a los visitantes la mejor cara de la capital más prominente de Equestria.
Una nerviosa princesa Luna acababa de alistarse para asistir al evento de apertura y bienvenida. Luego de un intenso y variado entrenamiento que implicaba una actualización sobre todo lo referido a protocolos, historia, sociedad y muchos más aspectos de la vida de la nobleza en la actualidad, el congreso diplomático sería el broche de oro de su aprendizaje, además de la culminación oficial de su aislamiento. Contaba con todo el apoyo y ánimo de Celestia, quien la instaba a estar tranquila y disfrutar la velada.
A Luna le parecieron chocantes las figuras de los cancilleres de la República Federal de Alquirión. Hasta el momento, desconocía totalmente la forma de gobierno que distinguía a esa nación. Los libros de historia que había leído hablaban de un estado monárquico llamado Alquiria, de la cual asistían con cierta frecuencia sus reyes a visitar Canterlot. Aún no había llegado a las publicaciones más modernas, de ahí su ignorancia sobre el tema.
En un determinado momento de la reunión, cuando se hallaba en la mesa de bocadillos a cierta proximidad de los cancilleres, Luna se acercó tímidamente para saludarlos y responder sus dudas. La canciller, de un tamaño como el de su hermana, se llamaba Roselia, y la trató amablemente en términos diplomáticos.
-Es un honor conocerla, princesa Luna. ¿Qué tal le va resultando su regreso a Equestria? – preguntó la canciller, había algo maternal en ella que cautivaba a Luna, pero a la vez podía sentir una extraña energía en ella, sobre todo cuando habló el canciller.
-Bien, muchas gracias. – respondió Luna, con cortesía. Se sintió bien con la respuesta dada, pues no había tenido suficiente interacción con ponis u otras criaturas como para saber llevar una charla – Em, ¿podría preguntarle algo?
Cerca se hallaba la presencia del canciller Runciman, que mientras que su esposa emanaba un aura confortable y agradable, él con la suya demarcaba austeridad, rigor y un sutil desprecio.
-Por supuesto, querida. ¿Sobre qué quieres saber?
-¿Por qué se ha cambiado la denominación de Alquiria a una "república federal"?
Otros dirigentes no habían tenido problema en hablarle a Luna sobre las transformaciones históricas de sus estados, por eso pensó que no habría problemas. El semblante de Roselia cambió abruptamente, y ante su silencio se adelantó Runciman a responder.
-Pareciera que no está usted debidamente informada, señorita. Alquiria ya no existe, ahora es la República Federal de Alquirión, forjada por nuestros antepasados revolucionarios, quienes derrotaron a la nobleza y a la aristocracia que exprimían y maltrataban al pueblo, en una feroz lucha por los derechos universales de todos. Hoy contamos con un desarrollo en diversas ramas casi superior al de otros estados, porque nuestro sistema de gobierno es representativo, republicano y federal, libre ya de las imposiciones de un rey y de estructuras sociales obsoletas. Construimos una nación que elige a quienes quiere que lleven a cabo las tareas de gobierno, un grupo de individuos, no uno solo, que deciden con el consenso del pueblo las decisiones a tomar…
Tal soberbia y prepotencia no pasó desapercibida a las dos yeguas. Roselia, en un acto algo ridículo pero eficaz, volteó una bandeja de canapés sobre el canciller, y con la excusa de ayudarlo a limpiarse, ella se disculpó y se lo llevó lejos de la mesa. La princesa Luna sólo pudo interpretar que el motivo del comportamiento poco profesional de Roselia era la descortesía y los ademanes poco amables usados por Runciman.
Celestia había contemplado la escena en silencio, no la sorprendió el desenlace, pero no supo cómo actuar, más que ir al lado de su hermana menor y acompañarla hacia otro sitio para explicarle la caída del desaparecido reino de Alquiria.
