Capítulo beteado por: Xarito Herondale, Betas FFAD
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EPOV
Había terminado de cenar, no podía creer lo que Japer me había dicho, los Vulturis en Seattle, eso era muy extraño, ¿qué hacían los malditos italianos en Seattle? Estaban muy lejos de casa, tenía que averiguar qué estaba sucediendo, que estuvieran en Seattle era toda una sorpresa.
¿Qué era lo que buscaban?, o mejor dicho, ¿a quién?
Me levanté de la mesa para servirme un trago, no era capaz de comprender qué sucedía, llevaba muchos años siguiéndoles la pista, no tenían nada en Seattle, estaban buscando a alguien, de eso estaba seguro, pero... ¿a quién?
Salí del comedor para dirigirme a mi despacho, era hora de ponerse a trabajar, había pasado todo el día en reuniones importantes, pero los resultados que obtuve valieron la pena, todo iba sobre ruedas, había trabajado mucho para lograrlo, pero... la próxima reunión me tenía un poco inquieto, si conseguía llevar acabo mi propósito, que todos los allí presentes se involucraran, acabaría el año con unos resultados desorbitados. Yo tenía el cuarenta por ciento de las acciones, Jasper tenía el treinta por ciento, mientras que Emmett no quiso arriesgar demasiado y compró el diez por ciento; con los tres era suficiente para tirar hacia delante, pero yo era un hombre de principios y quería la aprobación completa.
Estaba estudiando las diferentes zonas turísticas, cuando un golpe en la puerta me interrumpió.
—Adelante —dije no muy contento con la interrupción.
—Señor Cullen, los Vulturis están en Seattle, Port Ángeles y en un pueblo pequeño conocido con el nombre de Forks. Señor, llevan días peinando todo el perímetro de estas zonas, están buscando a alguien, aunque de momento no hemos conseguido averiguar a quién, señor — me dijo mi hombre de mayor confianza.
—Gracias, Sam. —Volví a mi informe, aunque mi cabeza estaba muy lejos de esos papeles que tenía sujetos. ¿A quién buscaban? Pero lo más importante era ¿para qué?
—Señor, lo más sorprendente del asunto es que Aro está aquí con ellos.
Esas palabras acabaron con toda mi calma.
— ¿Qué? ¿Estás seguro de lo que dices, Sam? ¿Lo has visto tú mismo? —Si me contestaba que estaba seguro, que lo había visto, tendría que comenzar a hacer llamadas.
—No, señor, no lo he visto, pero ha firmado la adquisición de una nave en la zona industrial de Port Ángeles, y por la información que me han dado mis hombres fue él personalmente quien eligió la nave.
—Pero eso lo podría hacer desde Italia —le corregí.
—Cierto, señor, podría hacerlo, desde Italia, sino fuera porque fue personalmente a ver la nave. —La afirmación de Sam no hizo más que alterarme. ¿Qué cojones estaba haciendo en Port Ángeles? Porque nadie había sabido nada de esto hasta ahora ¿qué era tan importante para venir él mismo?
—Sigue investigando, pero cuidado, si está el mismo Aro Vulturi en Port Ángeles tiene que tener mucho valor para él lo que está buscando, o a quién. Quiero saber qué es lo que busca.
Sam se retiró rápidamente, dejándome solo con mis pensamientos. Maldito miserable, ¿qué estás buscando?, pensé. Descolgué el auricular del teléfono dispuesto a llamar a mi padre, cuando la melodía de mi teléfono móvil comenzó a sonar.
Miré el identificador de llamadas, no me lo podía creer, era Heidi, ¿qué diablos quería esa mujer ahora?
Pulsé la tecla de llamada, dispuesto a contestar, pero permanecí en silencio, ya le había dejado las cosas claras, no tenía nada más que decirle.
—Edward, ¿estás ahí? —preguntó.
—Sí —le respondí.
—Escúchame, puedo mejorar, haré todo lo que quieras, lo que me pides, pero por favor no termines con lo nuestro —me dijo. Estaba desesperada, lo podía notar por el tono de su voz.
—Escúchame, Heidi, pensé que te había dejado claras mis intenciones, desde el principio nunca ha habido algo nuestro, fui muy explícito explicándote mis condiciones... —No me gustaba escuchar a una mujer suplicar, pero lo cierto es que yo ya me había cansado de ella.
—Haré lo que sea, puedo cambiar... Por favor, Edward, déjame demostrártelo, déjame verte una última vez... por favor.
—Está bien, Heidi, en una hora mandaré a alguien a recogerte en tu apartamento —con esas palabras me despedí de ella. Si tantas ganas tenía de verme sería bajo mis condiciones, si en una hora no estaba pues allá ella.
Me di una ducha rápida, me vestí con unos vaqueros y un polo negro, intenté peinarme, pero lo de mi pelo era algo imposible, así que lo dejé tal cual. Miré el reloj y me di cuenta que habían transcurrido treinta minutos desde la llamada de Heidi.
Llame a Jared para que recogiera a Heidi y la llevara a un hotel, en el cual solía pasar muchas noches. En ese hotel no tenía por qué preocuparme de los periodistas ni nada por estilo, toda la seguridad del hotel era contratada por mí, yo les realizaba las entrevistas previas así que conocía cómo trabajaban, y lo cierto es que eran muy eficientes respecto a su trabajo.
Me despedí de Embry y de Seth, los dos hicieron un saludo militar y se echaron a reír, estos dos simplemente eran imposibles. Subí al coche y arranqué, saludé a los vigilantes cuando llegué a las casetas, rápidamente me abrieron las puertas para salir de la zona residencial en la que vivía.
En menos de veinte minutos llegué al hotel donde ya estaría esperándome Heidi, sería la última vez que la vería, le explicaría mis intenciones de esta noche, si ella acepta será su problema.
Llegué hasta la recepción del hotel, y la muchacha que estaba detrás del mostrador me saludó con una gran sonrisa.
—Señor Cullen —dijo.
—Señorita —le contesté. La chica se inclinó más de lo necesario para entregarme la tarjeta de mi habitación.
—Aquí tiene, señor Cullen —me dijo, entregándome la tarjeta.
—Gracias. —Cogí la tarjeta y me dirigí hacía los ascensores privados.
Entré en el ascensor y pulsé el último botón, el cual me dejaría en la planta superior. Mientras el ascensor ascendía me fui preparando para lo que me esperaba, sería honesto con ella, le diría la verdad y le daría la opción a elegir.
Entré en la habitación sin molestarme en llamar, sabía que ella ya había llegado, pude ver el coche de Paul en el aparcamiento privado del hotel.
Efectivamente no me había equivocado, ella estaba ahí, hermosa como siempre. Estaba sentada en un taburete de la cocina comiendo una manzana. Me miró, y en su cara se dibujó una sonrisa de satisfacción, creía que había conseguido convencerme de seguir con nuestro juego; pues bien, pronto desaparecería esa sonrisa, esta sería la última vez.
—Tan hermosa como siempre —le dije, mientras iba en busca de una copa.
—Señor —me contestó.
Me senté en un sofá que estaba situado al lado del mueble bar, podía apreciar que estaba nerviosa, sus gestos la delataban. Tenía que comenzar pronto con mi discurso y acabar de una buena vez con esta tontería.
—Tienes permiso para hablar libremente, Heidi, quiero aclarar ciertas cosas contigo y me gustaría que fueras honesta, de la misma forma que yo lo soy contigo. —Pude ver cómo su gesto cambió, no se esperaba mis palabras. Perfecto, pensé con cierta ironía, es que esta mujer no me conocía ni lo más mínimo, debería haber sabido que no me iba a convencer para que cambiara de opinión.
—Verás, Heidi, eres una mujer increíble, eres hermosa, cuando te propuse este juego sabías lo que pasaría, te expliqué muy claramente cuáles serían las reglas del juego, nunca te prometí nada que no pudiera darte... Te dije que igual que empezaba el juego, se terminaría...
—Pero yo pensaba que significaba algo para ti —me reprochó.
—No, Heidi, fui muy claro contigo, quería sexo: solo sexo, donde lo pasáramos bien los dos. En el momento que percibiera cualquier otro tipo de sentimiento por tu parte, el juego se terminaba, te lo expliqué.
— ¿Entonces por qué has venido? Si no sientes nada por mí no habrías venido, estoy segura que tienes sentimientos hacia mí, pero te niegas a reconocerlos.
Bien había conseguido cabrear me, no quería ser duro con ella, en realidad no se lo merecía, pero mi paciencia se había agotado.
— ¿Crees que estoy enamorado de ti? —le pregunté.
—Sí.
—Por eso crees que vengo a un hotel, tenemos sexo y después me marcho, a veces participan otras mujeres también, cuando voy a algún evento acabo con otras chicas, sabes que este juego no eres con la única que juego.
Mierda, me había pasado, la mujer empezó a llorar, levantó la cabeza con toda la dignidad que le fue posible, y me preguntó:
— ¿Realmente crees que yo estoy enamorada de ti?
—No, te gusta tener sexo conmigo, de eso estoy completamente seguro, pero prefieres mil veces mi cuenta corriente que a mí, estás enamorada de mi dinero —le expliqué.
—No me dejes, ¿qué voy a hacer? —me preguntó.
—Vamos, Heidi, nos conocemos de hace mucho tiempo, puedes meterte en la cama de cualquier hombre rico, tienes encanto suficiente para conseguirlo y no tienes escrúpulos a la hora de elegir —le respondí.
— ¿Qué voy a hacer hasta entonces? No estoy dispuesta a bajar mi nivel de vida, he vivido demasiados años en la miseria como para ahora que he llegado hasta aquí caer, no lo haré, me ha costado demasiado trabajo llegar hasta donde estoy.
Su discurso me había hecho ver a la verdadera Heidi, era una mujer capaz de cualquier cosa con tal de conseguir dinero, no tenía ningún tipo de principios, en realidad sabía que era una persona mentirosa e interesada, pero jamás llegué a imaginar este extremo.
—Mira, si tengo que hablar con la prensa lo haré, no me importa lo que piensen de mí, estoy segura que me ofrecerán grandes cantidades de dinero por dar detalles de mi vida íntima contigo.
Perfecto, Edward, ahora te está amenazando, pensé con cierta diversión.
— ¿Quieres dinero?, ¿es eso? —Ya conocía la respuesta, pero igualmente pregunté, nadie me amenazaba.
—No quiero dinero exactamente, solo quiero mantener mi nivel de vida — me contestó, no había vacilado en ningún momento, realmente creía que iba a ceder ante su chantaje.
— ¿Has intentado trabajar? —le pregunté, con total diversión.
—No conseguiría nada trabajando, además, así es mucho más sencillo. ¿Por qué molestarme en intentarlo, cuando tú me ahorras ese esfuerzo?
Cada vez me divertía más la situación, ahora era todo una cuestión de orgullo, le demostraría lo que era, aunque jamás se lo diría con palabras, se lo demostraría, pensé, con cierta malicia.
—Te diré mis condiciones, he tenido un día con muchas sorpresas, algunas poco agradables. Venía con la intención de jugar nuestra última partida juntos, pasarlo bien los dos, pero has conseguido hacerme cambiar de opinión.
Permanecí un rato en silencio, estaba esperando su jugada, aunque yo ya sabía quién sería el vencedor, se podía notar la tensión que había en el ambiente.
—Estoy dispuesto a pagar por tu boquita —le expliqué y tuve el enorme placer de ver cómo su sonrisa crecía. Realmente creía que había conseguido su objetivo, eso era bueno, nadie me amenazaba.
—Me alegra ver que eres un hombre inteligente, me darás una tarjeta con la cual yo pueda mantener mi nivel de vida, me llevarás a los eventos importantes a los que asistas, y yo mantendré mi boca cerradita, no diré una palabra.
Su respuesta me hizo sonreír, de verdad que era una cínica, pero yo sabía jugar muy bien en este juego.
—La verdad, Heidi, si mantienes la boca cerrada, poco de mí conseguirás —le aclaré.
Ahora la muy loca parecía sorprendida. Estaba comenzando a perder la paciencia, quería conseguir mi objetivo, ya estaba harto de tantos juegos de palabras.
—Verás, me importa una mierda con quién hables, la única perjudicada serías tú —le expliqué—. Además —continué—, si vas a la prensa y cuentas tu vida íntima conmigo sin faltar a la verdad, ¿en qué me perjudicas? Soy un hombre soltero, y la misma prensa me califica de ser un mujeriego, pero por lo contrario, en tu caso, nadie se acercaría a ti, los amigos que presumes tener te apartarían de su vida, no serías bienvenida a ningún tipo de fiesta o reuniones a las que tanto te gusta asistir, nadie confiaría en ti, así se te haría muy difícil atrapar a un millonario, ¿no crees?
Su gesto cambió completa mente, se había borrado esa sonrisa estúpida que tenía dibujada momentos atrás.
—No te comprendo, dijiste que estabas dispuesto a pagar por mi silencio —me contestó.
— Eso lo has dicho tú, no yo. Verás, te dije que estaba dispuesto a pagar por tu boquita, pero no tenía la idea que la mantuvieras cerrada precisamente —le expliqué.
—No te sigo, quieres que cuente todo, ¿es eso? —me preguntó.
Podía notar lo nerviosa que estaba, ya no quedaba nada de la mujer segura de hacía unos instantes.
—Me importa una mierda lo que cuentes o lo que no. —Mi voz salió más autoritaria que de costumbre, pero realmente ya me tenía cansado con tantas tonterías.
Saque un fajo de billetes de 100 dólares; sus ojos se abrieron como platos, se relamió los labios de anticipación, pero ella no podía prevenir mi jugada.
—No pretendo pagar tu silencio, eso no me interesa en lo más mínimo, quiero follarme esa boquita por última vez, para mi placer, no para el tuyo.
—No tendría por qué ser la última vez, señor.
Realmente era una cínica, y una verdadera suerte para mí, no es que me gustara la idea de pagar por tener sexo, pero en este caso haría una excepción.
La habitación quedó en silencio, ella conocía mis gustos, al menos respecto al sexo. Me puse de pie delante de ella, quien no levantó la vista del suelo, lo cual fue una suerte para mí, no quería verle la cara, no me apetecía. Sabía que lo hacía voluntariamente, pero no me gustaba pensar en la idea de tener que dar nada a cambio de sexo, pero claro estaba que si tenía que pagar solo sería yo quien lo iba a disfrutar, no iba a permitir que ella disfrutara con esta experiencia, ya disfrutaría más tarde con el dinero.
—Arrodíllate. —Me quité el polo lo más rápido que pude, quería terminar pronto, me desabroché el botón de los vaqueros y a continuación bajé la cremallera, mostrando así mi erección, no llevaba ropa interior.
Acercó su boca hasta mi polla, dio un lametón desde abajo hasta arriba. La agarré del pelo invitándola a continuar, ella comprendió mi invitación y abrió completamente su boca. Mis caderas cogieron impulso solas, comencé a mecerme hacia delante y hacia atrás, cada vez más profundo. Realmente era una experta, no tenía ninguna duda de que si quisiera dedicarse al oficio más antiguo del mundo sería una de las mujeres más ricas de esta ciudad.
Media hora más tarde salía del hotel, había intentado terminar mi relación con Heidi lo mejor que la situación me lo permitió, ella entendió perfectamente mi mensaje, así que esperaba no volver a saber más de ella.
Necesitaba descansar, mañana tendría que preparar toda la documentación necesaria para que los inversores apostaran por mi nuevo proyecto, era un negocio seguro, lo tenía todo muy bien estudiado.
Veinte minutos más tarde me encontraba frente a las puertas de los vigilantes de seguridad que se encargaban de la seguridad de la zona, cuando se percataron de que era yo me dedicaron un gesto con la mano a modo saludo supuse, me abrieron las puertas, permitiéndome así el acceso hacia mi casa.
Aparqué el vehículo en el garaje y fui directamente hacia el bar, me serví una copa y me senté en el sofá; dejé el vaso encima de la mesa que tenía delante y comencé a pasarme las manos por el pelo, solía hacerlo cuando me sentía nervioso o frustrado. No podía dejar de pensar en Aro, ¿qué hacía aquí? ¿Qué estaba buscando?, ¿para qué?
Esa noche me permití beber hasta caer inconsciente.
Me desperté en el sofá de la sala de bar, me dispuse a ir al baño para darme una ducha y acabar con cualquier signo de la noche pasada.
Tenía un aspecto terrible. Me duché y bajé al salón para ver qué había preparado Lily para el desayuno. Realmente no tenía mucho apetito, pero ante mis ojos había una gran variedad de platos perfectamente colocados y cada uno de ellos más apetecible.
Me pasé el resto del día en mi despacho preparando la reunión que tenía mañana. Jasper llamó varias veces, no había novedades sobre Aro y eso me tenía bastante inquieto. También llamó Emmett, me imploró para que cancelara la reunión y salir a divertirnos un rato, le expliqué lo que sabía sobre Aro y sus hombres, pero no pareció darle ninguna importancia. Bueno, Emmett era Emmett, él siempre veía la vida de forma distinta. Nunca había visto a mi amigo serio, ni siquiera en nuestros momentos más difíciles; nadie conseguía arruinar su estado de ánimo, realmente era admirable.
Esa noche decidí acostarme temprano, tenía que recuperar las horas de sueño de la noche anterior, necesitaba estar al cien por cien para la reunión que me esperaba al día siguiente.
El sol entraba a través de los enormes cristales. Me fui un rato al gimnasio para estar en forma; tras una larga sesión de entrenamiento subí a darme una ducha. No podía dejar de pensar en Aro, estuve repasando mentalmente todos los movimientos de los años anteriores que habían realizado los Vulturi. Tenían negocias a nivel Europeo, ¿pero en Seattle? No... Tenía que estar buscando a alguien, pero ¿a quién? Había revisado los periódicos, no había ninguna visita de nadie importante en Seattle o alrededores, mis hombres revisaron todo, ¿qué quería ese bastardo? Tenía que dejar de pensar en él, necesitaba centrarme en la reunión que tendría lugar de aquí unas cuantas horas más.
Llamé a Jasper y a Emmett para comer con ellos, ninguno puso ningún impedimento en comer juntos. Seth y Embry cogieron el coche para situarse detrás del mío, yo iba acompañado por Sam. Debía reunirme con mis amigos en menos de diez minutos, no soportaba llegar tarde a mis citas y esperaba lo mismo por parte de mis acompañantes, me cabreaba la impuntualidad de las personas.
La comida con Emmett y Jasper pasó rápidamente entre risas y bromas.
Emmett no estaba muy emocionado con tener que asistir a la reunión, pero era mi amigo y él tenía el diez por ciento de las acciones, así que debía acudir, al menos para respaldarme. Suponía una gran inversión, había decidido invertir en Europa, alargar nuestra cadena de restaurantes. Emmett se encargaría de los planos, mientras Jasper de su construcción, todo estaba calculado al milímetro, era un negocio seguro.
La tarde llegó rápidamente, y con eso la reunión que tan ansiosamente había estado esperando. Estaba dispuesto a comprar las acciones de los que no quisieran arriesgar, me importaba una mierda pagar el doble de su valor actual, yo estaba convencido que se revalorarían cuatro veces más de su precio actual.
La reunión estaba siendo un verdadero coñazo, todos estaban dispuestos a arriesgar, sabían perfectamente que yo jamás perdía, e iba a ser yo quien estuviera al mando de este negocio; era conocido por ser un monstruo en los negocios, una máquina que nunca acepta perder. El señor Barner estaba a punto de comenzar su discurso, el viejo siempre hacía lo mismo, intentaba hacerse notar, refregarnos el éxito de sus empresas, era un hombre arrogante.
—Bla, bla, bla, muy bien, pues yo no tengo ninguna intención de aguantar otra vez el mismo discurso de siempre, así que me retiro, señores.
Emmett se levantó de su lugar y se fue, no sin antes decirnos a mí y a Jasper que nos esperaba en el club que está pasado el desvío hacia Port Ángeles.
Yo miré a Jasper, no podía creer lo que había hecho Emmett, pero la cara de mi amigo me demostró que él estaba igual que yo, realmente Emmett nunca medía las consecuencias de sus actos, era como un niño atrapado en el cuerpo de un hombre.
El señor Barner carraspeó para llamar la atención de todos los ahí presentes, la sala había quedado en completo silencio tras las palabras de Emmett, el cual salió por la puerta con una sonrisa de satisfacción dibujada en la cara.
Una hora más tarde terminaba la maldita reunión, había sido un éxito, pero también un coñazo. Iba a matar a Emmett, se había levantado y marchado por aburrimiento, no tenía ningún motivo de peso para actuar de esa manera, me iba a escuchar. En algunos momentos de la vida se debía tener la seriedad necesaria, nadie quería aguantar el maldito discurso, pero su comportamiento dejó mucho que desear. Se trataba de transmitir confianza a los pequeños inversores, él iba a ser el encargado de hacer los malditos planos, la imagen de un hombre serio y responsable contaba bastante llegado a ese punto.
—Emmett es Emmett, Edward, no le des más vueltas —me dijo Jasper, mientras nos dirigíamos al aparcamiento.
—Lo sé, pero su comportamiento ha sido grosero e imprudente.
—Cierto, voto por ir a ese club y patearle el trasero, después nos tomaremos unas cuantas copas y disfrutaremos de las mujeres que ofrezca el lugar, ¿qué te parece?
—Suena de maravilla. —En ese momento apareció Sam, el cual venía con una expresión divertida.
—Señor Whitlock —saludó.
—Me alegro de verte, Sam, ¿donde están los muchachos? —preguntó Jasper.
—Ese par son como dos adolescentes descontrolados, no sé qué voy hacer con ellos...
— ¿Dónde diablos están ahora? — intervine.
—Han ido a por unos refrescos, señor, enseguida se reunirán con nosotros —me respondió.
—Bien.
—Yo voy saliendo hacía el club, nos vemos allí, Edward.
Jasper le dio la mano a Sam como despedida y salió del aparcamiento como alma que lleva el diablo. Acababa de adquirir su nuevo "capricho", como él mismo lo había llamado. Su "capricho" consistía en un porche de un tono amarillo demasiado llamativo para mi gusto, pero él estaba encantado con el vehículo y su color.
Unos minutos más tarde, Sam y yo salíamos del aparcamiento seguido por los chicos, ese par no tienen remedio, me explicaba con una sonrisa.
Sam me informó de los movimientos que habían realizado los Vulturi, decía que se habían reunido varios hombres en el almacén, lo cual indicaba que pronto habría movimiento, sus hombres aseguraban que todavía nadie había salido del lugar.
El resto del camino fuimos en completo silencio, estábamos sumergidos en nuestros propios pensamientos. Yo, por mi parte, seguía dándole vueltas al tema de Aro, no conseguía encontrar ninguna respuesta, ¿qué buscaba?, y ¿para qué? El teléfono de Sam comenzó a sonar, rompiendo el silencio que se había creado en el interior del vehículo. La cara de Sam cambió rápidamente, parecía sorprendido, algo iba mal.
— ¿Qué pasa, Sam? —le pregunté cuando finalizó la llamada.
—Aro acaba de llegar al almacén de Port Ángeles —me contestó. Algo de mucho valor estaba buscando ese mal nacido, ¿qué sería...?
Estábamos llegando al aparcamiento del club, cuando un Porsche igual al de Jasper salió a toda velocidad y se abrió paso entre el trafico de una manera impresionante.
— ¡Edward, Edward! —Jasper estaba gritando, venía a toda carrera hacía mí, ¿qué cojones le pasaba?
Sam y yo bajamos del vehículo alarmados por los gritos de mi amigo.
— ¿Qué pasa, Jasper? —le pregunté.
— ¡Me han robado delante de mis narices, voy a matar a esos hijos de puta! De seguro que era una banda organizada, jamás había visto tanta rapidez. ¿Has visto cómo han salido del aparcamiento? Esos tíos deben pertenecer a alguna banda muy bien organizada.
—Vamos tras ellos, Jasper, los cogeremos, amigo.
No había terminado la frase cuando mi amigo ya estaba en el puesto de copiloto. Perfecto, pensé, ¿qué más podía ocurrir...?
Esta vez conduciría yo. Sam se colocó en el asiento trasero, su rostro había cambiado completamente, los causantes del robo iban a recibir una lección imposible de olvidar.
Salí a toda prisa del aparcamiento, pero no había ni rastro del coche de Jasper, el cual estaba muy concentrado con su teléfono.
—Dirección Seattle, Edward —me dijo mi amigo.
— ¿Estás seguro?
—Maldita sea, ¿por quién me tomas? El coche lleva instalado un localizador, le estoy siguiendo la pista desde el jodido teléfono. Esos tíos no saben con quién se han metido, pero... Te juro que nunca olvidarán esta noche —sentenció mi amigo.
Iba subiendo la velocidad del coche, había alcanzado los ciento ochenta y no había rastro del coche de Jasper.
— ¿Seguro que es dirección Seattle? —le pregunté.
—Sí —me respondió, colocándose el teléfono en la oreja, ¿a quién estaba llamando? Pocos segundos después mis dudas quedaron resultas, había llamado a su equipo de seguridad, estaba empezando a sentir lástima por esos pobres desgraciados que se habían apropiado de algo que no era suyo.
Localicé el coche de mi amigo. Miré el marcador de velocidad, iba a doscientos kilómetros; esos tipos no sabían a quién le habían robado, pero eran muy buenos al volante.
Subí la velocidad hasta quedar pegado al trasero del Porsche. Jasper había informado a Emmett de la situación, el cual parecía muy divertido, sus carcajadas se escucharon por todo el vehículo y Jasper no parecía muy contento con su reacción. Cuando todo esto se solucionara Emmett tendría problemas, y serios.
—Vamos detrás vuestro, jefe —la voz de Embry pilló por sorpresa a Jasper, que dio un salto en el asiento.
—Verás, Jasper, todos mis coches, al igual que el tuyo, llevan localizador, pero también me tomé la libertad de instalarles unos micrófonos en el cual se pueden escuchar las conversaciones mantenidas dentro del vehículo. Todos están conectados entre sí, consiguiendo de esta manera comunicarnos entre nosotros. Tú me entiendes, facilitar el trabajo en caso de emergencia.
Me miró sorprendido, no se lo esperaba, pero rápidamente su rostro volvió a ser el de siempre.
—Eres un obseso del control, Edward, no se puede controlar todo, algún día esa costumbre te traerá problemas, amigo. —Pude percibir una pequeña sonrisa en su rostro, ¿que estaba pensando...?
Intenté ponerme a la altura del Porsche para ver la cara de esos tipos, pero fue imposible, cada vez que lo intentaba él también cambiaba de carril; no me permitía adelantarlo, no me dejaba ponerme a su altura, realmente me estaba empezando a cabrear. ¿Qué se pensaba? A mí no me iba a despistar, lo cogería y no me importaba el precio que tuviera que pagar.
El muy maldito no paraba de adelantar coches, intentaba dejarme atrás. No lo vas a conseguir, pensé con cierta malicia. Yo, por mi parte, no me movía de carril, ya que los coches se hacían a un lado cada vez que me situaba detrás de ellos, tenía que reconocer que el tío que conducía el Porsche era bueno, muy bueno.
Mi cabeza formó un plan rápidamente. Estábamos cerca del desvío hacia la zona industrial de Seattle. Te tengo, canalla.
—Embry, deja la autopista e incorpórate en el próximo desvío, sitúate al lado del Porsche una vez se sitúe detrás de mí, no le permitas adelantarte, quiero que te quedes a su altura, le obligaremos a coger el desvío hacia la zona industrial de Seattle.
Jasper y Sam esbozaron una tremenda sonrisa, mientras que Embry me felicitaba por mi plan, no podrían escapar de dos coches en una zona industrial, en algún momento conseguiríamos encerrarles.
—Una vez ese canalla se vea obligado a coger el desvío, sigue la autopista hacia la siguiente salida, te llevará un poco más de tiempo, pero nos encontraremos en la zona industrial, lo acorralaremos entre los dos.
No había terminado la frase, cuando Embry abandonó la autopista para volverse a incorporar un par de kilómetros más delante. El Porsche, por su parte, seguía subiendo la velocidad. Si seguía así mi plan podría fallar, reduciría un poco la velocidad, a ver si conseguía que él hiciese lo mismo.
Jasper llamó a Emmett para informarle de dónde nos encontrábamos y poner en aviso que nos dirigíamos hacía la zona industrial de Seattle. Emmett podría ser de gran ayuda si las cosas se ponían feas, no sabíamos si iban armados, por su bien más les valía que así fuera, porque las iban a pasar canutas. Había tenido un día muy largo, me apetecían unos tragos y la compañía de alguna mujer, quería borrar la imagen de Heidi arrodillada mientras me follaba su boca, la cual era capaz de escupir el peor veneno.
Seguíamos a la carrera, realmente a la velocidad que íbamos era de locos. Mi plan no funcionó, el Porsche aumentaba la velocidad, así que me vi obligado a hacer lo mismo. Estábamos llegando a la incorporación de la autopista, esperaba que ese par hubieran pisado el acelerador, de lo contrario no podríamos encerrarle.
— ¡Ahí están los chicos! —dijo el pobre Jasper, estaba demasiado calmado para la situación que estábamos viviendo, no lo entendía, al fin y al cabo era su coche el que habían robado.
— ¿Cómo estás tan tranquilo, Jasper?
—Verás, Edward, es algo difícil de explicar, pero tengo un presentimiento extraño, algo va a ocurrir y me da la sensación que no será especialmente malo.
—Embry, Seth, esperaros que se ponga en el carril derecho, yo por mi parte reduciré la velocidad, que piense que ha conseguido su objetivo.
Pocos segundos después el Porsche de Jasper cambiaba al carril derecho.
— ¡Ahora! —grité.
Embry se puso a la altura del coche. Esos tíos parecían no haber notado nada, mejor, pero poco después el Porsche aceleraba y reducía la velocidad sin ningún tipo de sentido, ya había notado mi jugada, se salía del carril como dirigiéndose a Embry, intentaba echarlo de la carretera.
—Mantente firme —le dije a Embry.
Estaba seguro que no lo embestiría, a esa velocidad sería un accidente mortal y nadie es lo suficientemente estúpido como para realizar esa acción.
La situación se estaba volviendo algo extraña; mantenía la velocidad y había dejado de intentar adelantar a Embry. El desvío estaba muy próximo, algo estaban tramando, no era una reacción normal. Mis reflejos actuaron antes que mi cabeza, el muy hijo de puta frenó de golpe, pero yo fui más rápido y cambié de carril, ya estábamos a pocos metros del desvío, no le quedó más opción que cogerlo.
—Los tenemos —dijo Sam, el cual se había mantenido bastante distante durante nuestra pequeña persecución.
Bien, esos hijos de puta iban a conocer a Edward Cullen, casi hacen que nos matemos todos.
Pocos segundas más tarde estábamos en la zona industrial de Seattle, era el lugar ideal para darles una lección, fuera de miradas curiosas.
—No conocen la zona —afirmó Jasper, al ver que su coche no paraba de dar vueltas alrededor de una nave. Perfecto, pensé. Solo teníamos que esperar que entraran en una carretera sin salida, que eran las que abundaban por estas zonas.
Estaba perdiendo la poca paciencia que me quedaba ¿pero qué coño hacían? Llevábamos varios minutos alrededor de la misma nave, estaba a punto de embestirlos, cuando por fin tomó la decisión de coger una dirección distinta, la cual consiguió arrancarme una sonrisa.
Avanzamos varios kilómetros más, cuando por fin quedaron acorralados. Estaba intentando dar la vuelta al vehículo, de verdad me tomaban por una persona tan estúpida, aceleré y frené de golpe, el coche quedó cruzado en medio de la calzada ocupando parte de los dos carriles por la cual estaba compuesta, impidiendo el paso a cualquier vehículo. Apagué el coche con un cabreo bastante evidente, miré a Jasper y Sam, los dos parecían estar con el mismo estado de humor que yo.
Vi cómo Jasper se desabrochaba el cinturón de seguridad, abría la puerta y salía en busca de los hombres, los cuales se habían apropiado de su coche.
Caminaba seguro de sí mismo, podías percibir el cabreo que llevaba en su forma de moverse, estaba tenso, preparado para la batalla.
La puerta del copiloto del Porsche se abrió y una mujer salió de él, al encuentro de mi amigo. Era una mujer pequeña, pero bastante atractiva… Espera ¿una mujer? Mi cabreo aumentó al darme cuenta que era una mujer muy frágil, de seguro la habían obligado a subir al coche.
—Llevo mucho tiempo esperándote —dijo la mujer, mirando fijamente a Jasper.
—Lo lamento mucho, señorita —le contestó Jasper. Claro, él había atado cabos y había llegado a la misma conclusión que yo, la habían obligado a ir con ellos.
—Mi nombre es Alice Brandon y… —No puede terminar de escuchar su frase porque una loca salió de la puerta trasera del Porsche.
—Cállate, no le digas nuestro nombre —le dijo la rubia.
—Oh, vamos, Rose, podemos confiar en él —intervino la tal Alice.
— ¿Cómo lo sabes? — le preguntaba la rubia.
—Porque lo sé y punto —le contestó, sacándole la lengua.
En mi cabeza se estaba formando un puzle donde ninguna pieza encajaba. ¿Qué estaba pasando? ¿No la habían obligado? Una idea cruzó por mi cabeza: ¿sería el conductor quien las había obligado? De seguro sería un hombre de alguna banda callejera, las mujeres eran muy atractivas y vestían de una forma provocativa y elegante, no tenían pinta de delincuentes, de seguro el hombre que conducía las había amenazado de alguna manera...
—Mi nombre es Jasper Whitlock, no os voy hacer daño, solo quiero recuperar lo que es mío. —Esas simples palabras de Jasper elevaron mi cabreo a un punto inimaginable. ¿Así que el conductor las había amenazando con herirlas? Lo iba a lamentar. Abrí la puerta del coche y salí en dirección de las dos mujeres.
—Espérate aquí, Sam —le ordené a mi guardaespaldas antes de salir del vehículo—. Sal solo en caso de que sea estrictamente necesario —rectifiqué antes de alejarme del vehículo.
—Así lo haré, señor —me respondió. Sus ojos estaban clavados en el vehículo que teníamos delante.
Empecé a caminar en dirección a Jasper, aunque mis ojos no abandonaban el coche que tenía delante, mi cabreo iba subiendo de volumen. ¿Es que ese maldito no iba a salir? Yo mismo estaba dispuesto a sacarlo de ahí si no salía por su propio pie pronto.
Cuando llegué a la altura de Jasper pude notar cómo todas las miradas estaban fijas en mí, la mujer rubia estaba nerviosa y me atrevería a decir que incluso asustada, mientras que su compañera parecía segura de sí misma, no apartaba los ojos de Jasper, el cual la miraba con una mirada que jamás le había visto antes.
— ¿Vuestro amigo no va a dar la cara? —Mi voz destila rabia, ese maldito lo iba a lamentar.
Emmett hacía acto de presencia en ese preciso momento, estaba de espaldas a él, pero el sonido de su Jeep era inconfundible. Bien, pensé, el muy maldito había llegado en el momento exacto.
— ¿Es que no vas a salir nunca de ahí? Te advierto que no soy un hombre paciente. —Esta vez me dirigí al hombre que se ocultaba dentro del coche de Jasper, no podía verlo, ya que había quedado estacionado en un lugar sin iluminación.
— ¿Qué ocurre aquí, Alice? ¿Vosotras robasteis el coche de Jasper?, ¿por qué? —La voz de Emmett y sus preguntas me pillaron con la guardia baja. ¿Robasteis? ¿Las conocía?—. Yo os habría llevado a donde sea que necesitarais ir —continuó Emmett, aunque esta vez en su voz había cierto reproche.
Su mirada pasó de Alice a su amiga, y con el más absoluto descaro la desnudó con los ojos. Mi cabeza trabajaba a marchas forzadas, ¿quién eran? ¿De qué conocían a Emmett? Las carcajadas de mi amigo me sacaron de mis pensamientos.
—Nunca pensé que nadie se atrevería a robar a Jasper —dijo entre risas—. Jasper me llamó para decirme dónde estaba y lo que ocurría, aseguraba que había sido obra de un profesional, que por la rapidez con la que conseguisteis robarle, la manera de conducir, incluso tuvo que pedir refuerzos a Edward.
Sus ojos comenzaron a recorrer todo el lugar, conocía a Emmett demasiado bien, estaba buscando a alguien, ¿a quién? Sería al hombre que conducía, a lo mejor quería darle una lección a ese tipo, perfecto, ya éramos dos.
— ¿Dónde está Bella? —preguntó con una seriedad que no era propia de mi amigo. ¿Quién?
La puerta del Porsche se abrió. Pensé que por fin le vería la cara a ese mal nacido, cuando una mujer salió. Miré a Jasper, el cual había quedado tan sorprendido como yo, por el amor de dios. Busqué a Emmett con la mirada, el cual tenía los ojos puestos en la chica que acababa de salir; miré a la chica… Ay, dios, era espectacular, su ropa era elegante y provocativa, igual que la de sus dos amigas. Tenía un cabello castaño con algunos reflejos rojizos, era su cabello natural, era precioso. No podía verle los ojos, ya que tenía la cabeza agachada mirando hacia el suelo, pero sí podía ver que sus mejillas estaban coloradas, estaba pasando vergüenza. Una ternura, que no era propia de mí, se apoderó de todo mi cuerpo, quería correr hacía la chica, obligarla a mirarme a los ojos, pero también quería castigarla por arriesgar su vida en ese maldito coche.
La chica levantó la mirada, y me quedé paralizado, unos enormes ojos marrones suplicaban buscando ayuda. Emmett se acercó a ella, la abrazó y la chica le devolvió el abrazo, se empezaron a escuchar sollozos que provenían de la muchacha.
Por primera vez en la vida no sabía qué hacer, quería matar a Emmett, por el simple hecho de tocarla. Unos celos totalmente desconocidos por mí se apoderaron de todo mi cuerpo y mente... ¿Qué me pasaba?
—Tranquila, Bella, nadie os hará daño, cálmate, sé lo que está pasando y te juro que no voy a permitir que se acerquen a vosotras, esos hijos de puta, me deben muchas cosas, nadie os tocará.
¿Daño? ¿Quién era el loco capaz de hacerle daño a alguien como ella? Da igual, ya no importaba, nadie la tocaría, quien se atreviera a ponerle una mano encima se las vería personalmente conmigo… ¿Qué me estaba pasando? No la conocía de nada...
— ¿Qué sabes tú? —le preguntó Alice, la cual se había alejado un poco de nosotros, parecía desconfiada.
—Cálmate, Alice, te lo explicaré todo, aunque creo que también merezco una explicación por vuestra parte, ¿no crees? —le contestó Emmett, el cual todavía mantenía sus malditos brazos alrededor de la chica—. Vinieron a buscaros al club, creerme cuando te digo que lo destrozaron todo, juraban que os encontrabais ahí, yo salí en vuestra búsqueda cuando las circunstancias me lo permitieron, entonces recibí la llamada de Jasper explicándome lo que le había sucedido, y al ver que no os podría encontrar ni tenía manera de localizaros, vine al encuentro de mi amigo —terminó de explicarle Emmett. ¿Buscarlas?, ¿qué habían hecho?
— ¿Por qué tendrías que ayudarnos? No nos conoces de nada.
Las palabras de Alice, me dejaron con cara de póker. ¿Qué cojones pasaba aquí? No entendía nada.
—Suelta a Isabella o te vuelo la cabeza.
Isabella, ese era su nombre...
Mi mente volvió a la realidad y la tensión que se había apoderado del lugar. La rubia tenía una pistola, la cual apuntaba directa mente a Emmett, el cual sostenía a Isabella en brazos, había perdido el conocimiento, ¿qué le pasaba? ¿Estaría enferma? La llevaría conmigo, obligaría al mejor médico a hacerle un chequeo.
—Suelta la pistola.
Sam había llegado al lugar sin llamar la atención de ninguna de las mujeres, y ahora apuntaba directamente a la cabeza de la rubia.
—Baja la pistola, Sam —le ordené—. ¿Qué cojones pasa aquí? ¿Quiénes sois? —Ya no aguantaba más, necesitaba respuestas.
—Edward, Bella necesita un medico, se ha desmayado —me dijo Emmett.
Eso pareció llamar la atención de las chicas, ya que Alice se relajó y la otra chica dejó de apuntar a Emmett, el cual no se había dejado impresionar en ningún momento.
— ¿Quién os persigue? —Esta vez fue Jasper el que preguntó, mirando directamente a Alice.
—Los Vulturi —interrumpió Emmett.
Tanto Jasper como yo no esperábamos esa respuesta, era a ellas a quien buscaba Aro, ¿por qué? Habíamos investigado a los Vulturi, seguido sus pasos, llevábamos días intentando averiguar qué quería Aro, y ahora las respuestas venían a nosotros, sin ni siquiera buscarlas, vaya ironía del destino.
— ¿Cómo sabes quien nos persigue? —preguntó la rubia, ahora no me engañaba, estaba asustada, y era totalmente comprensible.
—Emmett, nos tendieron una emboscada, por ese motivo nos vimos obligadas a robar el coche de tu amigo. Rosalie realizó las operaciones mecánicas para poner en marcha esa preciosidad, mientras Bella y yo controlábamos el club, se suponía que teníamos que llegar al aeropuerto de Seattle y de ahí coger un vuelo, que nos llevaría a nuestro nuevo hogar.
Todos nos quedemos asombrados por la honestidad de Alice, quien en segundos nos había relatado los motivos por los cuales se apoderaron del coche de Jasper.
Jasper abrazó a Alice y esta hundió la cabeza en su hombro.
—Bella es una gran conductora, nunca nos hubieran cogido con ella al volante, no es la primera vez que tenemos que huir. Maldita sea, ni siquiera sabemos cuál será la última vez, siempre cambiado de lugar, de amigos, y ¡para qué!
—Cálmate, Rose —la interrumpió Alice.
— ¿Qué me calme? Mira dónde estamos, maldita sea, Alice, otra vez no, por favor, otra vez no.
Alice corrió al encuentro de su amiga, la cual se había sentado en el suelo, por sus ojos resbalaban lágrimas sin control, estaba temblando.
—Os ayudaremos, ¿hacía donde vais, Alice? —intervino Jasper.
Rosalie levantó la mirada hacia Jasper y una irónica sonrisa se dibujo en su cara.
— ¿Por qué harías algo así? No somos tan estúpidas. Largaros de aquí, coge tu coche de niño rico y lárgate, no os necesitamos...
—Soy un caballero, señorita, no voy a dejar a tres mujeres indefensas en la zona industrial de Seattle, os llevaré donde necesitéis.
Tras las palabras de Jasper hubo un corto silencio, parecía que estaban estudiando la oferta de Jasper. A mí realmente no me importaba la decisión que tomaran, Isabella se quedaría conmigo, al precio que fuera.
—Al aeropuerto de Seattle —dijo Alice.
—Deberías ir a un médico, ¿qué pasa con ella? —preguntó Emmett, separando a la chica de su cuerpo, pero sin soltarla en ningún momento.
—A Bella no le sucede nada, estoy segura que se olvidó de comer, su cuerpo se alimentó de adrenalina y cuando te vio a ti, por alguna extraña razón, toda la adrenalina la abandonó, y eso provocó su desmayo, no es nada grave.
Las palabras de Alice me hicieron hervir en rabia, ¿había dicho que se había olvidado de comer? Oh, diosss. Por mi mano empezó a recorrer cierto cosquilleo, esa mujer se había ganado un castigo. Primero casi se mata conduciendo a esa velocidad y frenando de golpe, dejando su vida a la capacidad de mis reflejos, y luego se desmaya por falta de ingerir alimentos. Cuando recobrara el sentido suplicaría por... Una vocecita interrumpió mis pensamientos: No es tuya me recordaba la voz de mi conciencia.
Jasper abrió a puerta del Porsche para Alice, indicándole que entrara, esta no dudó en ningún momento.
Emmett iba en camino al Jeep, cargando a Bella.
—Estás loco —le dije a Emmett.
— ¿Y ahora qué pasa? —me preguntó.
—Yo llevaré a Isabella, dudo que alguien sin conocimiento puede ir en ese coche sin sufrir ningún daño. —Emmett conducía como un loco, pero yo sabía que era capaz de conducir con Isabella sin provocarle ninguna lesión, pero no soportaba la idea de que no viajara conmigo, estaba empezando a conocer el poder de los celos.
—Yo iré contigo, pero te advierto, si no vamos directamente al aeropuerto te volaré la cabeza sin dudarlo —lo amenazó Rosalie, lo cual solo consiguió una enorme sonrisa por parte de Emmett.
Emmett depositó a Isabella en la parte trasera del Mercedes, Jasper ya había encendido el Porsche. Le lancé las llaves de mi coche a Sam y entré a la parte trasera del coche.
Era preciosa, no había tenido el placer de ver tan de cerca su piel, la cual parecía suave, muy suave. Su cabello era precioso, ese maldito vestido que llevaba era demasiado provocativo, solo yo podía verla vestida de esa forma. Maldita sea, otra vez los malditos celos, jamás había sentido esa posesividad por nadie, me hervía la sangre nada más de pensar que algún hombre que no fuera yo la tocara...
Sam inició la marcha hacia el aeropuerto, ella no se subiría a un avión, no estaba dispuesto a dejarla ir. Acaricié su mano con la mía, su piel era más suave de lo que pensaba, pero una corriente eléctrica me obligó a retirarla… ¿qué había sido eso?
Sus ojos se abrieron de repente, regalándome el placer de contemplar el marrón chocolate más hermoso que jamás había visto.
