Capítulo 4: Apolo

Esa tarde Kanon regresaba de su misión más fastidiosa hasta el momento. La orden era sencilla y, de hecho, no le tomó más de una mañana el cumplir su cometido. Sin embargo, algo había en recuperar Armaduras sin dueño que se le antojaba tediosísimo —y, tenía que admitir, algo macabro. ¡Todo por el obstinado Santo que prefirió el descanso eterno antes de regresar con los demás! De haber seguido entre ellos, ese hombre hubiese sido el responsable de recuperar el manto que, demasiado herido como para regresar al Santuario por sí mismo, titilaba débilmente a cientos de metros bajo tierra.

¡Pero no!

El estúpido decidió dejar atrás todas sus responsabilidades y a Kanon le tocó la poca emocionante tarea de dirigirse al norte a rebuscar entre toneladas de escombro hasta dar con la estúpida Armadura. Cuestionó a Shion el por qué un Santo de Oro debía hacerla de perro rescatista y la respuesta fue que únicamente alguien con sus capacidades podría identificar la tenue energía del manto.

Kanon torció la boca en una media sonrisa. Tenía que darle crédito al anciano; sabía muy bien qué cuerdas tocar para conseguir lo que deseaba. ¡Qué ciego fue al no darse cuenta que aquellas palabras sólo eran una sucia treta para aprovecharse de su orgullo!

Suspiró mientras entraba al Templo de Aries. Al menos el melancólico mandado había concluido sin pena ni gloria y podría lavarse las manos una vez que dejara el manto en el suelo del taller de Mü.

Fue ahí donde encontró al guardián y a media docena de Armaduras destrozadas. El pobre muchacho llevaba días trabajando en la reparación de los mantos heridos durante las últimas batallas y era claro que apenas y se daba abasto. Casi se sintió culpable por dejarle una más para el montón. Por fortuna, la amabilidad y serenidad con la que fue recibido le hizo percatarse que aquella tarea no le desagradaba del todo.

—Muchas gracias por ayudarme con esto, Kanon —dijo sin despegar su mirada de la Armadura en la que trabajaba—. Planeaba buscarla por mi cuenta, pero el maestro insistió en que me enfocara en reparar las restantes. ¿Tuviste problemas en encontrarla?

—En lo absoluto.

—¿En serio? —dejó sus herramientas a un lado y sacudió el polvo de sus manos—. ¿En dónde la encontraste?

—En las ruinas de la Guidecca.

Mü sonrió mordazmente mientras caminaba hacia la caja de Pandora que Kanon había dejado en el suelo.

—¿Me estás diciendo que no tuviste problemas en encontrar una Armadura escondida en lo que era el lugar más recóndito del Inframundo?

—Eso es precisamente lo que acabo de decir.

Aún sonriente, Aries asintió.

—De cualquier forma agradezco tu ayuda.

Descubrió la caja de Pandora y se tomó varios segundos en examinar las fracturas del manto.

—Está muy mal —murmuró—. Orfeo de Lira tuvo un final muy violento para su apacible carácter.

—Si hubiese sido tan apacible como dices, no habría acabado con un agujero en medio de su pecho —respondió Kanon con una media sonrisa.

Mü pasó sus dedos sobre las cuerdas de la escultura y creó una desafinada tonada.

—Orfeo tuvo a bien de elegir ese final porque consideraba que era lo correcto. Quien busca mantenerse al margen de la violencia no es necesariamente débil y mucho menos un cobarde.

—Yo no dije que lo fuera —respondió Kanon mientras ponía los ojos en blanco—. Los más tranquilos son los más peligrosos. ¿No estás de acuerdo conmigo, Aries?

—Quizá tengas razón —juntó ambas manos frente a la Armadura—. Lira ha estado confinada en la oscuridad por mucho tiempo. Procuraré tenerla lista lo antes posible; le confortará reencontrarse con sus viejas amigas.

El mayor se cruzó de brazos preguntándose por qué tantas personas en el Santuario hablaban con tanta cursilería. ¿Sería contagioso? ¡Tendría que irse con cuidado! No le gustaría hablar como en una de esas aburridas obras de Esquilo.

Unos extraños polvos dorados comenzaron a fluir de las manos del Primer Guardián hasta la Armadura. Aquellos destellos, finos y apenas perceptibles comenzaron a deslizarse entre las fracturas de Lira poco a poco, fundiéndose y sellando las grietas lentamente. La escena era tan hipnótica que Kanon la observó en silencio por varios minutos.

—¿Necesitarás sangre para arreglarla?

—¿Por qué? ¿Te ofreces como voluntario?

—En lo absoluto. ¿No tienes al mocoso para ese tipo de cosas?

Mü le miró severamente por unos segundos, pero optó por no darle pauta para iniciar una discusión.

—No la necesitaré. De algún modo Lira logró sobrevivir, tanto así que fuiste capaz de encontrarla.

—A mi hermano le gustará saber eso. Antes de irme me contó que Orfeo solía tocar para él y los demás antes de… —se alzó de hombros—, tú sabes.

Mü exhaló sonoramente y Kanon se preguntó qué tanto podría llegar a decir antes de que éste perdiera toda su paciencia.

—Aldebarán también me lo ha dicho. Dice que cuando Ofreo tocaba, hasta los mismos Dioses callaban —Kanon gruñó con molestia—. Nunca he escuchado una melodía así de dulce, pero sé que tú también has sido víctima del encanto musical.

—Difícilmente catalogaría los aullidos de Nereida y los pitidos de Sirena como algo encantador. Si la música de Orfeo era semejante a ésa, siento lástima por Eurídice; la pobre tuvo que escuchar su lira todos los días desde su prisión de piedra.

—Sospecho que esa mujer disfrutaría de su encierro incluso si las melodías de Orfeo fuesen las peores del mundo. Era un amor muy dulce, ¿no te parece? Tan poco común en un mundo como el nuestro.

—¿Tienes vena romántica, Aries?

—Es probable. Me enternece escuchar ese tipo de historias.

—¿Aunque casi todas terminen mal?

Mü detuvo el flujo del polvo estelar y dio media vuelta para dirigirse a Kanon.

—Si terminaron mal es porque tuvieron un buen inicio. Las únicas historias verdaderamente tristes son aquellas que cantan sobre el amor no correspondido.

Inconscientemente, Kanon alzó ambas cejas. Mü había tocado una fibra sensible en él y no estaba seguro de si lo había hecho adrede o no.

—Me parece que has leído demasiadas novelas románticas, Aries.

—Siéntete afortunado por no conocer ese pesar, Kanon. Es un sufrimiento capaz de herir a los propios Dioses. Febo era especialmente vulnerable.

—Qué irónico que el más bello de los Dioses fuese el de la peor suerte en el amor.

—Demuestra que cualquiera puede ser víctima de ese mal.

Incomodado por sus palabras, Kanon miró atentamente la faz del Santo de Aries con la intención de descifrarlo. Al no encontrar trazos de malicia en su sereno rostro se convenció de que lo mejor sería seguir el hilo de la conversación.

—De cualquier forma me parece que esas muchachas eran unas obstinadas. Convertirse en un árbol antes de aceptar el amor de un Dios no me parece una decisión muy acertada.

—Piensa que no era tanto como aceptar su amor sino ser violadas por él.

—Con razón tantas Diosas optaron por el celibato.

—En aquel entonces había poco que se pudiese hacer en contra del designio de los Dioses, es por eso que se les perdonaban actitudes tan poco dignas. Los mortales no podemos ni debemos ser tan impropios, sobre todo cuando lo que buscamos es el amor. A diferencia de Ellos, tenemos que ser muy pacientes y esperar por lo mejor.

Kanon se tomó su tiempo para digerir aquellas palabras. Aún sin saber si estaban dirigidas hacia él o no, sabía lo ciertas que eran. Lo había sabido desde un principio: tenía que ser extremadamente paciente si es que quería alcanzar el corazón del Santo de Escorpio. No obstante, llevaba meses siendo paciente y cada día la espera se le hacía más complicada. No podía entender por qué Milo actuaba como actuaba, por qué no recibía ni desalentaba sus avances. ¿Por qué le sonreía con coquetería? ¿Por qué desviaba su rostro cada que sus besos de despedida erraban su mejilla?

¿Por qué pretendía no darse cuenta de sus sentimientos cuando estos eran tan claros?

—Se ve que sabes mucho del asunto —dijo finalmente—. ¿Acaso eres víctima del amor no correspondido?

Mü sonrió y caminó hacia la mesa en la que había dejado sus herramientas.

—Tal vez, tal vez no. Tal vez sea que he reparado muchas Armaduras últimamente. Cada una de ellas tiene sus recuerdos y en ocasiones me los transmiten a través de sus cosmos —entrecerró los ojos—. Algunas guardan mucha tristeza.

El concepto de Armaduras parlanchinas le pareció a Kanon tan surreal que, de no ser por la seriedad en las palabras de Mü, lo habría tomado como un chiste. El pensamiento logró relajarlo y se convenció de que si Mü sabía algo de su enamoramiento, sería demasiado respetuoso como para mencionárselo abiertamente.

—En dado caso, me temo que tendré que dejarte con tu melancolía. Ya te he quitado suficiente tiempo.

—Tu ayuda para encontrar a Lira lo compensa. De nuevo te lo agradezco.

—Suerte con eso —asintió—. Espero en que termines algún día.

Kanon salió del Templo de Aries para dirigirse al Salón del Patriarca. Suponía que a Shion le interesaría saber que la Armadura de Lira había regresado sana y salva al Santuario.

Pasó de largo el Octavo Templo a sabiendas de que no podría resistírsele a su regreso. Su paciencia se agotaba y temía caer en el error que Mü le había advertido. Si el despecho de Dafne marcó al Arquero para siempre, temía lo que le pasaría a él en una situación similar.

El fuego en su pecho crecía día a día y tarde o temprano sería incapaz de contenerlo.

Comentario de la Autora: Ungh... este capítulo fue un verdadero dolor de cabeza para mí. Tuve que reescribir el inicio varias veces antes de estar conforme con él. Ahora en retrospectiva creo que no quedó tan mal. Supongo que mis lágrimas de sangre sirvieron para algo.

La mala pata de Apolo para el amor siempre me dio mucha risa. El pobre tipo estaba muy salado y se ve que sufrió mucho. Los chicos tan guapos no deberían de sufrir así. *sniff* Ciertamente fue un capítulo muy adecuado para hablar del amor no correspondido.

Etto... ¡el próximo capie ya pasarán cosas! ¡Lo prometo! XD

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