¡Holas de vuelta! Heme aquí una vez más para traerles el tercer capítulo de está aparentemente no escabrosa historia. Como siempre, agradeciendo antes, por supuesto, sus comentarios y saludos ¡Oro para mis ojos! Me emociona la oportunidad que le han dado a este fic ¡no salgo de mi asombro!
Antes que comiencen a leer, permítanme hacer un par de aclaraciones: Hay un par de mensajes que me llegaron y que me preguntaban acerca del cruel Dante de Ravenswood, el honorable padre de Heero. Bueno, como esto es un AU (Universo Alterno) es natural que este tipo de historias se rellene con personajes y acontecimientos que nada tienen que ver con la serie canon a la que le estamos rindiendo tributo. Lo sé, lo sé, hay algunas veces en que los resultados no son una ambrosía precísamente para nuestro intelecto ¡Pero lo intentamos! Como sea, a lo que voy es que "Dante" no existe en la serie canon (no que yo sepa, entre tantos universos Gundam una nunca sabe xD), tampoco existe en la novela en la que está basada esta historia, a lo que lleva mi segunda aclaración: ESTA HISTORIA NO ES MÍA (¡Nooo! ¡No lo es! -Nadesko se echa a llorar desesperadamente en un rincón - ¡Nooo!) esta historia es de KINLEY McGREGOR, y ella no tiene la culpa que al leer su historia me haya venido un ataque alucinógeno y en vez de ver a sus personajes hechos y derechos en cambio estaba viendo a los personajes de Gundam Wing... No hago esto por lucro, simplemente intento compartir la locura xD (Y me llama la atención que haya tanta gente dispuesta a seguir con ella xDD).
La tercera aclaración es más bien una respuesta a un review que recibí de último, así que el resto ya puede ir comenzando a leer el fic y saltearse esta parte... A menos, claro, que quieran saber también porqué no elegí a Odín Lowe como figura paterna de Heero en esta historia: Bueno, la verdad es que sí pensé en Odín Lowe para tal papel ¿Es lo lógico, no?De hecho, ya lo había puesto, pero resulta que en la última edición del fic que hice, me quedé mirando fijamente a la pantalla (una o dos horas xD) y entonces me decidí que no me sentía cómoda ¿Por qué? Bueno, es que Odín en realidad es un gran personaje, alguien que, aparte de caerme bien, en realidad no pegaría para nada con el difunto personaje que (al parecer) atormenta a Heero en esta historia. Sí, aunque son entretenidos los AU y siento un notorio agrado por los bien logrados, la verdad es que creo que el excesivo OOC (Out Of Character) en un personaje, en una historia que no sea una parodia, arruina el carisma de este (Y bueno, creo que esa es precísamente la gracia de los AU; mismo carácter, diferentes circunstancias) y ciertamente iba a declarar a Odín con un OCC demasiado notable. Tampoco podía adaptar al personaje de la obra original a este porque es precísamente su carácter el que juega un rol fudamental en la trama de la historia. Así, entre la espada y la pared, preferí recurrir al vil recurso del descarte (vil por descartar a Odín, es un gran personaje... ehmm creo que eso ya lo dije, no? xD)
Bueno, AHORA SI QUE SÍ, despúes de estas emocionantes aclaraciones los dejo con el siguiente cap ¡Nos leemos! ;D
III.
Justo antes del crepúsculo, atravesaron la muralla de Ravenswood. Relena siempre había sabido que Ravenswood lindaba por el sur con la propiedad de su hermano, aunque nunca había comprendido lo cerca que estaban en realidad.
Pero la proximidad física era lo único que tenían en común, porque jamás había visto un lugar más deprimente.
Desde luego, su capacidad de comparación era bastante limitada, puesto que sólo había visto el castillo de su hermano. Aún así, dudaba que ningún otro lugar sobre la Tierra pudiera ser menos acogedor que el siniestro edificio que tenía justo delante.
Mientras contemplaba el desolado y oscuro torreón, Relena tiró de las riendas de su caballo para que se detuviese. La miseria más absoluta y desagradable la rodeaba desde todos los ángulos.
El desaseado patio no tenía ninguna flor ni ningún arbusto en sitio alguno. La maleza era lo único que parecía haber en abundancia. Un grupo de pollos esqueléticos picoteaba el suelo yermo y cacareaba, mientras los perros remoloneaban por los aledaños del patio.
A esas tempranas horas de la tarde, tan sólo un puñado de hombres haraganeaba por allí. Y ninguno dio la bienvenida a su señor. Continuaron haciendo sus cosas: sacando agua del pozo, atendiendo a los caballos y empacando el heno, como si temiesen incluso mirar al lord. Y en verdad, ella había visto a los piojos muertos moverse más rápido que cualquiera de ellos.
Relena frunció el entrecejo, y se volvió sobre su montura para examinar la muralla interna.
— ¿Milady? —preguntó Dúo—. ¿Qué estáis buscando?
— Una señal que indique que acabamos de atravesar la puerta hacia el Averno —dijo antes de poder evitarlo. Horrorizada ante el desliz de su lengua, Relena se apretó el puño contra los labios.
Dúo echó la cabeza hacia atrás y estalló en estruendosas carcajadas.
— Conservad vuestro sentido del humor, milady —dijo cuando se serenó—. Vais a necesitarlo —Dúo se apeó del caballo y entregó las riendas a su escudero—. Y no tengáis miedo alguno de ofenderme. Os aseguro que tengo la piel más dura que la de un jabalí.
— Y una enorme cabeza a juego con ella —murmuró Heero mientras desmontaba y le daba las riendas a un joven mozo de cuadra.
— Muy cierto —admitió Dúo mirando a su hermano—. Y por esa razón te gusto tanto.
Heero se quitó el yelmo, la cofia y el acolchado de la cabeza, y se los entregó a su escudero, que salió corriendo con ellos.
— Sólo hay una cosa que me gusta de ti.
— ¿Y es?
— Tu ausencia.
Dúo se lo tomó con calma y le dirigió una sonrisa a Relena.
— Ahora podréis entender por qué tengo la piel dura.
Relena le devolvió la sonrisa mientras él la ayudaba a bajar del caballo.
Ese tipo de bromas entre Ralph y Godfried siempre le habían hecho sentir incómoda, pero no la molestaron cuando Dúo y Heero las hicieron. Quizás porque, al contrario que entre Ralph y Godfried, no parecía haber animosidad real entre ellos. Era casi como si las batallas verbales fuesen una competición privada para ver quién conseguía decir la última palabra.
— Me temo que encontraréis Ravenswood muy diferente de Sanc —dijo Heero mientras Dúo la dejaba en pie delante de él.
Relena le dio las gracias a Dúo mientras recorría con la mirada las viejas y oscuras escaleras de piedra que llevaban hasta la gruesa puerta de madera. No había nada acogedor ni cálido en aquel hogar. Nada en absoluto.
No era de extrañar que el hombre fuese tan rudo. Aquí el verdadero misterio comenzaba a ser el alegre carácter de Dúo. Relena miró de vuelta a Lord Heero.
— Me las apañaré, milord. Simplemente presentadme a vuestra ama de llaves y yo…
— No hay ama de llaves —la interrumpió él.
— ¿Cómo decís?
Heero se encogió de hombros.
— No tengo más que un puñado de sirvientes. Ya os daréis cuenta de que no soy un hombre dado a perder el tiempo en frivolidades.
Si no fuese por el hecho de que ella sabía que él había empleado a veinte caballeros, ganado numerosos torneos en el continente y que había sido recompensado más que generosamente por el rey Enrique, se habría cuestionado su solvencia. Pero Lord Yuy era un hombre rico, con valores, supuestamente, incluso mayores que los de la corona.
Criticarle no conseguiría que el hombre al que pretendía seducir se encariñase con ella; Relena suspiró.
— Muy bien, milord. Me las apañaré —repitió.
Heero le ordenó a Dúo que buscase a alguien que se encargara de descargar las carretas.
— Os mostraré vuestros aposentos —le dijo a Relena, y entonces se dio la vuelta y comenzó a subir los escalones.
Aturdida, a Relena le llevó todo un minuto darse cuenta de que debía seguirle. ¡No podía creer que el hombre no le hubiese ofrecido su brazo! Nadie le había hecho antes un desaire semejante.
Por lo menos, tuvo la decencia de mantener la puerta abierta para ella.
Recogiendo sus faldas, entró en el vestíbulo, y entonces se detuvo de repente.
Había un olor indescriptible en la casa, algo semejante a la madera podrida, humo y otras cosas demasiado apestosas para considerarlas siquiera. La menguante luz del sol se colaba a través de las contraventanas de madera cerradas, mostrándole la abundancia de juncos podridos, la chimenea apagada y las tres desvencijadas mesas colocadas en mitad del salón. Cinco perros correteaban por allí, rebuscando entre los juncos, y la superficie de las mesas parecían no haber conocido en su vida algo semejante a la limpieza.
A pesar de que lo intentó con todas sus fuerzas, no pudo evitar que su nariz se arrugara de disgusto. Se cubrió con la mano en un intento de sofocar el hedor.
Examinando rápidamente el salón con la mirada, se fijó en la carencia de estrado y de la mesa para el lord.
— ¿Dónde está vuestra mesa, milord?
— No tengo ninguna —dijo él mientras la rodeaba para dirigirse hacia el piso superior.
¿Había sido sarcasmo lo que había detectado en su voz? No estaba segura, y él no detuvo su andadura.
Apresurándose a seguirle, ascendió por las escaleras, llenas de corrientes de aire. Por lo menos, allí arriba, el hedor disminuía, así que pudo respirar normalmente.
Él se detuvo en la cima de las escaleras y empujó una puerta para abrirla. Dio un paso atrás para permitirle la entrada, con una mano extendida hacia la puerta y la otra en el puño de su espada. Entonces ocurrió de nuevo…
Relena tragó con dificultad mientras pasaba a su lado. Otra vez esa desconcertante sensación de calor. Estando tan cerca de él podía escuchar su respiración, sentir la calidez de su aliento sobre la piel.
Abrumada por su presencia, seguir hacia delante fue todo lo que pudo hacer para no inhalar el crudo, agradable e indómito olor del cuero y las especias.
Nunca en su vida se había sentido de esa manera. Sin aliento. Tan excitada.
Así de viva y sensible.
De nuevo, la imagen de un león negro atacando se le vino a la mente, porque el conde era así de salvaje e imprevisible. Letal y desconcertante. Por un momento, se le ocurrió la idea de que él podría atraparla en un instante y hacer con ella lo que quisiera. No tendría fuerzas suficientes para detenerlo.
Pero el hecho fue que él ni siquiera se acercó a ella, y eso sólo aumentó la curiosidad de Relena. Y la atracción que sentía por él.
Buscando algo que le mantuviese alejado de sus pensamientos, se detuvo y contempló la austera habitación, que rivalizaría con la de cualquier monasterio por lo espartana que era.
Todos sus pensamientos tiernos hacia él se evaporaron.
— Esto no me sirve en absoluto —dijo ella, horrorizada ante la mera idea de tener que pasar una sola noche en aquella inhóspita habitación.
— Dijisteis que os las apañaríais.
Ella lo miró con escepticismo.
— Creí que tendríais una casa, señoritingo, no un calabozo —Relena se arrepintió de sus palabras en cuanto salieron de su boca, pero él no mostró el más mínimo signo de furia, ni de cualquier otra cosa.
Se quedó de pie en la puerta, apartado. La luz del sol, que se estaba poniendo, tiñó de tonos rojizos sus cabellos, y se reflejó en el gélido azul de sus ojos.
Tenía la espalda completamente recta, su mano izquierda descansaba sobre la empuñadura de su espada, y la miraba como si estuviese evaluando su temple.
— Me temo que Enrique no me dio tiempo a hacer las preparaciones convenientes para que vuestra estancia resultara más confortable. —dijo —Enviaré a Edmond para que cambie el colchón y ponga sábanas nuevas.
— Milord —empezó ella, sabiendo que debería guardar silencio sobre ese asunto, pero demasiado reacia a no decirlo—. Espero que no os lo toméis a mal, pero vuestra casa es horrible, y escasamente adecuada para que vivan las personas.
— Decidme, milady, ¿existe una manera buena de tomarse esa declaración?
— No —admitió ella—. Pero no me quedaré aquí a menos que se hagan algunos cambios.
La mirada de él se endureció.
— Os quedaréis aquí, sin importar lo que pase.
— Os aseguro que no.
La furia llameó en sus ojos, tan intensa que Relena dio un involuntario paso hacia atrás. Pero se negó a acobardarse completamente.
— Vos haréis lo que os digan, señora.
Eso la sacó de sus casillas ¿Señora? Conocía su condición de señora, pero con esa posición venían ciertos derechos, y ese hombre había violado rápidamente cada uno de ellos.
— No soy uno de vuestros hombres para que me deis órdenes, y tampoco soy vuestra esposa.
— Cierto, sois mi rehén.
— No, soy la pupila del rey. ¿No es eso lo que él dijo? —si Relena no lo conociera mejor, habría jurado que vio un brillo de humor en aquellas profundidades heladas—. Y mi padre me contó que el rey había dicho que todo lo que me hicieran a mí, se lo harían a él. ¿No es eso correcto también, milord?
— Lo es.
— Entonces os pregunto: ¿esperaríais que Su Majestad Real durmiera en este cuarto?
Heero no sabía qué lo había sorprendido más: que ella tuviese las agallas de plantarle cara o que sus argumentos demostrasen semejante juicio. En verdad, sabía que su casa no era más que una apestosa pocilga. Su vida giraba en torno a la guerra, no en torno al hogar.
Jamás había podido soportar Ravenswood, y gustosamente se habría ido de allí para siempre, o dejado que la torre se desmoronara hasta los cimientos. Era únicamente su deber hacia el rey lo que le hacía permanecer allí. Ravenswood era una de los puntos clave del reino. Estratégicamente situado entre el norte y el sur, se necesitaba a alguien leal al rey que lo controlara.
A pesar de eso, no podía permitir que una dama de buena cuna soportase aquellas instalaciones. Tales cosas eran la especialidad de su padre.
— Muy bien, milady. Me aseguraré de informar a mi mayordomo que debe llevar a cabo cualquier modificación que deseéis hacer.
— ¿Eso incluye a una ama de llaves?
— Si es necesario...
— Lo es.
Heero asintió e hizo todo lo posible para ignorar la dulce fragancia floral de su cabello rubio. Si no le fallaba la memoria, era madreselva. Habían pasado más años de los que podía contar desde la última vez que había estado tan cerca de una dama. Pero de una cosa estaba seguro: ninguna otra mujer le había hecho desear con tanta intensidad acariciar la cremosa suavidad de sus mejillas.
Había algo en Lady Relena que le llegaba hasta lo más hondo de una manera desconcertante.
De hecho, apenas podía obligarse a permanecer quieto y no inclinarse para capturar esos labios con los suyos. ¿Serían tan dulces y suaves como parecían?
Su necesidad de comprobarlo rayaba en la desesperación.
¿Qué había en esa mujer que lo atraía tanto?
Y entonces lo supo. No era porque ella tenía un cuerpo tan bien formado como ninguno que hubiese recordado haber visto –No es que no se hubiera fijado tampoco –. No, no era sólo eso. Ella tenía coraje. Un coraje que podría rivalizar con el de cualquier hombre. Y era el coraje lo que él valoraba por encima de todas las cosas.
— Lo dejo en vuestras manos —dijo quedamente, intentando no fijarse en el hecho de que su coronilla le llegaba justamente hasta la barbilla. Era una mujer alta, de la talla perfecta para su dolorido y hambriento cuerpo.
¡Por los pulgares de San Pedro! Tenía que alejarse de ella. Inmediatamente.
Señor, no podía pensar más que en el lecho que estaba tan sólo unos metros más allá. Un lecho que raramente se había usado, pero del que deseaba desesperadamente sacar partido mientras tuviese a esa mujer en su habitación.
Sí, incluso con los ojos abiertos de par en par, podía verse a sí mismo tumbándola en la cama, despojándola de sus ropas y comprobando por sus propios medios la riqueza de su piel, blanca como la leche, y el dulce sabor de su carne.
Enterrándose profundamente en la cálida humedad que había entre sus muslos.
Todo su cuerpo se incendió de necesidad.
— Os enviaré a Edmond para que habléis con él —dijo, y se volvió para salir de allí mientras aún podía.
Ella extendió una mano para agarrarle del brazo. Heero se quedó completamente inmóvil ante su vacilante contacto. Semejante gentileza le era desconocida, y pocos, o más bien ninguno, le habían tocado deliberadamente, a menos que fuese para causarle una herida de algún tipo.
No podía ni hablar mientras le echaba un vistazo a su femenina mano, que descansaba inocentemente sobre su antebrazo. Aquellos dedos, largos, esbeltos y graciosamente ahusados, con las uñas bien arregladas. Quedarse quieto fue todo lo que pudo hacer antes de que hiciera algo como tomarlos en su mano, llevárselos a la boca y probar la dulzura y la delicadeza de sus yemas…
¿Se hacía ella la más mínima idea de cómo aquella descuidada caricia le hacía arder por fuera y por dentro?
— Disculpad mi insolencia, milord. Normalmente no suelo ser tan desconsiderada.
Él alzó la mirada de su mano para contemplar aquellos exóticos azul claro, que le recordaban a un despejado cielo en pleno verano.
— Vuestro hermano os describió como la más gentil de las doncellas que hubiese nacido alguna vez.
Una delicada sombra de rubor coloreó las mejillas de ella, haciéndole desear deslizar los labios por sus pómulos y por sus largas pestañas. Saborear su aliento con la lengua.
Jamás descubriría su sabor, se recordó. Las mujeres como ésta traían la muerte con ellas, y nunca perdería el control de sí mismo. Nunca rendiría su cuerpo a las urgencias que abrasaban sus ingles.
— Mi hermano exagera a menudo mis virtudes, milord.
— Pero no exageró vuestra belleza —susurró él, un segundo antes patearse mentalmente. ¡¿Y estaba hablando de control?
El rubor de ella aumentó, y la mirada de placer en su rostro casi consiguió derretirlo.
Inconscientemente, se acercó a ella, deseando inhalar más su dulce, intoxicante y femenina fragancia; deseando sentir sus brazos alrededor de él como si…
¡Retrocede! Rugió su mente antes de perder aún más el control.
Sin otra palabra, Heero hizo lo que no había hecho jamás en su vida.
Se retiró del conflicto.
No miró ni una sola vez hacia atrás mientras abandonaba la habitación, descendía las escaleras y entraba en el decadente salón. Su cuerpo entero se estremecía por la lujuria reprimida que ella había despertado en él; se sacudía violentamente con la necesidad.
No podía recordar la última vez que había tenido a una mujer, pero había sido primitivo, básico y rápido, como todos sus encuentros con el bello sexo. Ni una sola vez había deseado permanecer junto a una mujer, más que el tiempo estrictamente necesario para aliviar su cuerpo.
Pero Relena era diferente. No se le ocurría nada más maravilloso que pasar una noche entera haciéndole el amor, lenta y metódicamente. Acariciando cada centímetro de su cuerpo con sus manos, sus labios y su lengua.
¿Por qué sentía eso por ella? No lo sabía. Acababan de conocerse y ya…
No tenía ningún sentido, de ninguna de las maneras.
Cerrando los ojos, apoyó la espalda contra el frío muro de piedra. Debía ser el hecho de que había jurado no tocarla.
Sí, eso debía ser.
Era su fruta prohibida, y aunque ella pudiera tentarle implacablemente, no haría caso. Había jurado sobre los huesos de los dedos de San Pedro y por su honor que no le pondría una mano encima, ni por furia ni por lujuria. ¡Cumpliría su voto aunque eso le volviera loco!
…
A solas en sus aposentos, Relena se sentó sobre la pequeña mesa que había frente a la ventana, picoteando de su comida. En verdad, le preocupaba comer cualquier cosa de allí. Dadas las repugnantes condiciones en que se encontraban las paredes, sólo podía pensar que las cocinas estarían muchísimo peor.
Edmond, un mozalbete próximo a la veintena, había cambiado la paja de su colchón y le había proporcionado sábanas nuevas. Su doncella, Hilde, había barrido el viejo polvo de la habitación y había limpiado el hollín de la chimenea. Seguía siendo una habitación deprimente, iluminada tan sólo por un candelabro de pared que sostenía dos velas de sebo, pero al menos estaba limpia. Por esa razón le había dicho a Hilde que instalara su camastro en esa cámara hasta que pudiesen echarle un vistazo al resto de la torre.
Mientras bebía un sorbo de su amargo vino, la puerta de la habitación se abrió.
— Heero, yo... —La voz de Dúo se interrumpió al verla sentada junto a la ventana.
Relena frunció el entrecejo ante su intrusión y depositó la copa de nuevo sobre la mesa.
Las cejas del hombre se unieron sobre sus ojos.
— ¿Dónde está Heero?
— No lo sé, milord. ¿Por qué lo buscáis aquí?
— Éstos son sus aposentos.
Relena notó que se había quedado con la boca abierta ante tales noticias. Con renovado interés, contempló el simple lecho y las austeras sillas de madera. ¿Por qué le habría cedido Heero su habitación?
— Me dijo que debía permanecer aquí.
Dúo pareció aún más confundido.
— Perdonadme, milady, por la intromisión.
Y después se fue. Relena observó fijamente la puerta cerrada. ¿Por qué, en nombre del cielo, habría hecho Heero una cosa así? Si no lo conociera mejor, habría pensado que había más de una razón lujuriosa que justificaba su caridad, pero el hombre parecía totalmente indiferente en lo que a ella se refería.
No, sus acciones no tenían ningún sentido en absoluto.
Suspirando, alejó esos pensamientos de su cabeza y preparó una lista mental de las cosas que debería hacer al día siguiente para conseguir que ese lugar fuese un sitio adecuado para vivir.
Una hora más tarde, Hilde se reunió de nuevo con ella y le dijo que todas sus pertenencias habían sido descargadas y que serían llevadas a sus aposentos al día siguiente. Ambas se colocaron la ropa de cama y después se metieron en el lecho con las velas aún ardiendo, por si acaso algo más preocupante que las chinches aguardaba para atacar en la oscuridad.
Relena se pasó la noche inquieta y revolviéndose. Su cuerpo no estaba acostumbrado a un colchón tan duro y poco fragante, y como no había pasado jamás una noche fuera de su propia habitación, no podía habituarse a los nuevos sonidos y olores de la torre.
Y por si eso no fuese lo suficientemente penoso, cada vez que lograba dormirse era atrapada por sueños sobre un oscuro, apuesto y enigmático hombre. Un hombre atemorizante a la vez que seductor.
Nunca había conocido a nadie como Heero, y no sabía cómo tratarle. Un aura de fuerza y peligro parecía adherirse a su cuerpo, advirtiéndole que, si él quería, podría ser verdaderamente aterrador.
Si él quería…
Había sido muy amable hasta ese momento, pero demasiada gente parecía temerle, incluyendo a su hermano, para que ese único hecho la hiciese quedarse tranquila.
Sus pensamientos volvieron hacia Ralph y Lidia. Ralph parecía tratar a Lidia respetuosamente, pero Relena lo había pillado golpeando a su caballo con una espuela rota. Y cuando su escudero había dejado caer su espada accidentalmente, había visto a Ralph atizarle al muchacho un buen golpe con el revés de su mano.
Si su hermano Milliardo respetaba a un hombre así, y le llamaba su compañero y su aliado, entonces ¿cómo sería el hombre al que llamaba su enemigo?
¿Era el conde de Ravenswood el ogro que aseguraban las leyendas?
¿Cómo podría saberlo alguna vez?
Cuando llegó la mañana, Relena le dio la bienvenida, y también al alivio que le proporcionó librarse de esos obsesivos pensamientos. Con la ayuda de Hilde, se puso una túnica azul claro con un velo blanco, y bajó rápidamente a desayunar.
Hizo una pausa en la puerta mientras inspeccionaba el salón vacío. ¿Dónde estaba todo el mundo?
No podía haberse perdido la comida, ¿o sí?
Confundida, salió por la puerta delantera de la torre. Los hombres de Heero estaban aún entrenando en la liza. Y por su apariencia, llevaban haciéndolo desde hacía algún tiempo.
En la parte exterior del campo, Dúo estaba sentado sobre el suelo, apoyando la espalda contra un manzano para tomar un descanso mientras animaba a los dos caballeros que estaban luchando con las espadas.
No vio a Heero por ningún sitio. Recogiéndose las faldas, descendió los escalones y se encaminó a través del patio hacia el lugar donde los hombres estaban entrenando.
Mientras rodeaba el torreón, descubrió al instante dónde se encontraba Heero. Era el más alto de los hombres, y parecía estar entrenándose mucho más seriamente que los otros. La luz de los comienzos de la mañana arrancaba destellos de su cota negra y de su escudo, del mismo color.
Le rodeaba un grupo de cuatro hombres, y estaba haciendo un espléndido trabajo defendiéndose de todos cuando éstos le atacaban casi simultáneamente. Jamás había sido testigo de semejantes agilidad o velocidad. No era de extrañar que la gente cantara sus alabanzas, pensaba mientras le veía desviar su espada de uno de los atacantes para atajar el golpe del hombre que estaba detrás de él.
Por Dios, no sabía que un hombre tan grande pudiese moverse con semejante gracia y facilidad. Dudaba mucho que incluso Marte o Ares pudiesen luchar mejor.
Absolutamente sobrecogida, observó cómo desviaba cada estocada con asombrosa precisión mientras giraba en una macabra danza para encontrarse con el siguiente asalto, y conseguía hacer retroceder al atacante sobre sus talones.
Fue en ese momento cuando comprendió que ese hombre podría derrotar fácilmente a su hermano en la batalla. A pesar de la increíble fuerza de su hermano mayor, le había visto entrenar las veces suficientes como para saber que Lord Heero podía ser un rival para él, más que temible.
Aquel pensamiento le hizo sentir náuseas.
— ¡Buenos días, hermosa Relena! —dijo Dúo saludándola.
Al escuchar su nombre, Heero se volvió en su dirección y dejó su lucha. Sólo fue un segundo, pero tan pronto como se detuvo, uno de sus hombres lo golpeó en la cabeza desde uno de los lados.
Heero maldijo audiblemente mientras giraba hacia el hombre y levantaba su espada.
Relena, que se había apresurado a ir hacia él en cuanto lo golpearon, vaciló al oír el fiero grito de batalla. Jamás había escuchado semejante rabia. No podía imaginar lo que sería tener que enfrentarse a la embestida de la espada de Heero.
El hombre que había golpeado al señor dejó caer su espada, se arrodilló muerto de miedo, y alzó el escudo sobre su cabeza a la espera del golpe que recibiría. Los otros tres caballeros se retiraron rápidamente del ejercicio.
La espada de Heero formó un arco hacia el hombre que permanecía agachado, y, justo cuando ella estaba segura que le cortaría la cabeza, detuvo la hoja a un centímetro escaso del escudo levantado del hombre.
Todo pareció congelarse durante el instante en que la espada se mantuvo allí. Tan cerca, pero sin tocarlo realmente.
Heero permaneció tan quieto como una estatua. Relena no tenía ni idea de cómo había logrado mantener la increíble estocada bajo control antes de cortarle al pobre caballero primero el escudo, y después el brazo.
Después de una dilatada pausa, Heero clavó su espada en el suelo frente al agazapado caballero.
Relena se acercó a ellos lentamente, asombrada ante el hecho de que Heero ni siquiera jadeaba a causa del ejercicio.
— En pie, Usso —dijo él con voz tranquila—. Comprendo que eres nuevo en mi compañía, pero deberías saber que yo jamás te golpearía porque me dieses una buena estocada cuando estaba distraído. Me giré hacia ti únicamente porque pensé que me atacarías de nuevo.
El caballero bajó su escudo y se quitó el yelmo. Se pasó un brazo por la frente, cubierta de sudor.
— Perdonadme, milord. Mi último instructor no era tan comprensivo.
Heero extendió el brazo y lo ayudó a ponerse en pie.
— Id y tomaos el desayuno.
Usso hizo rápidamente lo que él le había ordenado.
Relena frunció el entrecejo cuando Dúo se detuvo a su lado. Lord Yuy no parecía estar herido, a pesar de que la fuerza del golpe había sido considerable.
— ¿Os encontráis bien, milord? —le preguntó.
— Me temo que lo peor será el zumbido en los oídos —dijo Heero mientras se sacaba el yelmo de la cabeza.
Relena dejó escapar un grito ahogado cuando vio el reguero de sangre que descendía desde su sien.
— No, milord, me temo que lo peor es el corte que tenéis sobre la ceja.
Enemigo de su hermano o no, no pensaba permanecer frente a una herida abierta y no hacer nada. Se volvió hacia Dúo.
— Mi doncella está arriba, en mis aposentos. Por favor, decidle que vaya en busca de mi costurero y de una copa de vino.
Con una inclinación de cabeza, Dúo se dispuso a obedecer.
Relena tomó la mano de Lord Heero para conducirle hasta un lugar a la sombra, pero cuando ella comenzó a caminar, él no se movió.
Desconcertada, se giró para mirarlo.
Tenía el ceño fruncido y la miraba con recelo.
— ¿Por qué me tocáis? —preguntó.
Relena miró hacia abajo y observó con sorpresa que sus manos estaban unidas. Le soltó inmediatamente.
— No quise ofenderos, milord. Lo único que pensaba era que podría atender mejor vuestra herida si estuvieseis sentado.
— Mi escudero puede atender mi herida.
Ella enarcó una ceja.
— Milord, si la cicatriz de vuestro cuello es una evidencia de la habilidad del muchacho, entonces os ruego que me permitáis coser vuestra frente. Me estremezco sólo de pensar la cicatriz que él os dejaría ahí.
Como si hubiese escuchado su nombre, el escudero apareció desde uno de los lados de la torre. Tenía un taburete en su mano derecha, un cuenco en la izquierda y una toalla de lino colgada sobre el hombro.
— Lord Dúo me dijo que os trajese esto, milord —le dijo a Heero—. También he traído paños y agua.
Lord Heero se quedó quieto un momento, como si estuviese discutiendo consigo mismo, y al final dijo:
— ¿Dónde queréis que sitúe el taburete, milady?
Por alguna razón, Relena se sintió como si le hubiese vencido en una escaramuza.
— Allí, por favor —dijo ella, señalando el lugar en el que Dúo había estado descansando antes.
El muchacho corrió para obedecerla.
Ella encabezó la comitiva, con Heero a no más de un paso por detrás. Mientras caminaba, podía sentir su mirada sobre ella, como una gentil caricia. Por alguna razón ella tenía la sensación que él deseaba mucho tocarla, aunque la mera idea le resultaba ridícula, especialmente dado el tono de su voz al preguntarle por qué le estaba tocando, para empezar.
El escudero colocó el taburete donde ella le había indicado, y después escapó a la carrera para retirar la espada y el yelmo de su amo del campo de entrenamiento.
Heero se aposentó sobre el taburete mientras Relena sumergía una esquina del paño en el agua.
No fue hasta que él se libró de los guantes de malla y los balanceó sobre sus muslos cuando Hilde llegó con el costurero y el vino.
— Gracias, Hilde —dijo ella, quitándoselos de las manos y colocándolos sobre el suelo junto al cuenco del agua.
Para su consternación, Hilde, que permanecía de pie detrás de Heero, observó la parte de atrás de la cabeza del caballero y después encontró la mirada de su señora y se dio unas palmadas en el pecho, dando a entender que su corazón latía tan rápido como el de Relena. Por si aquello no fuese lo suficientemente malo, Hilde convirtió su mano en un puño y se mordió el dedo índice mientras su lujuriosa y hambrienta mirada recorría el cuerpo del hombre de cabo a rabo.
El rubor inundó las mejillas de Relena ante los expresivos gestos de su doncella.
En ese momento, Heero alzó la cabeza para observar a Relena, y viendo hacia dónde se dirigía su mirada, se volvió y pilló a Hilde todavía mordiéndose el dedo.
La sonrisa de Hilde desapareció inmediatamente, y sacándose el dedo de la boca, lo agitó y dijo:
— ¡Malditas pulgas! Algunas me picaron anoche.
Lord Heero parecía mucho menos que convencido cuando se volvió hacia Relena.
Hilde intercambió una mirada con ella y alzó las cejas varias veces, con picardía.
— ¿Milady tiene todo lo que desea? —preguntó Hilde en un tono que significaba «estaré encantada de dejarles a solas».
— Sí, Hilde, gracias.
— Si milady me necesita para cualquier otra cosa —Relena se encogió ante la forma en que Hilde acentuó la palabra—, por favor, no dudéis en llamarme.
— No lo haré, Hilde. —Relena le dirigió una elocuente mirada—. Gracias.
Hilde hizo otro gesto con el que simulaba besar la cara de Lord Heero, y después se encaminó rápidamente hacia la torre.
Avergonzada hasta el fondo de su alma, Relena abrió el costurero.
— Decidme, milady, ¿vuestra doncella está poseída por algún demonio que le obliga a realizar esos extraños movimientos?
Sonriendo, Relena enhebró una aguja, se colocó a su lado y recogió la toalla mojada.
— Si ese demonio tiene un nombre, milord, me temo que deberemos llamarle Malicia.
Limpió la herida de Lord Heero. Su frente estaba caliente al tacto y, al contrario que los soldados de su hermano, Lord Heero no se quejó cuando el paño raspó su piel. Se limitaba a observarla fijamente, con una intensidad que le chamuscaba la piel.
— La mayoría de las damas habría golpeado a sus sirvientas ante semejante insolencia.
— Bueno, no puedo ser tan hipócrita como para castigarla por un pecado que también he estado cerca de cometer yo.
La mirada de él se suavizó.
— Sí, tengo la impresión de que podríais ser una buena maestra en esos asuntos.
— Comparativamente hablando, ella no es más que un aprendiz y yo soy el maestro artesano.
Cuando introdujo los dedos entre los castaños mechones para mantenerlos lejos de la herida, se quedó aturdida por su suavidad. Su cabello era tan fino como la seda, y se deslizaba entre sus dedos. Jamás había sentido nada como aquello, ni como el calor que su presencia provocaba dentro de ella. Sentía su propio cuerpo vibrante y cálido, poseído por un terrible palpitar.
— Oléis a manzana y a canela —dijo él con voz ronca.
Relena hizo una pausa, sosteniendo el paño contra su ceja.
— Es el perfume que usa mi hermana —dijo ella suavemente—. Siempre le he dicho que atraería más a las moscas y a las abejas que a los hombres.
Él frunció el entrecejo.
— ¿Entonces por qué lo lleváis?
— La echo de menos, y llevarlo me reconforta.
Él apartó la mirada.
Humedeciéndose los labios con la lengua, Relena introdujo la aguja y el hilo en la copa de vino.
Heero estaba sentado con las piernas abiertas y las manos apoyadas en las rodillas. Relena trataba de no fijarse en el modo en que la rodeaba mientras se situaba entre sus muslos para coser la herida. Ni el modo en que sus pechos se pusieron extrañamente tensos y repentinamente pesados al estar a la altura de sus ojos.
Y cuando él aventuró una mirada hacia ellos, Relena sintió un peculiar y poderoso dolor entre las piernas.
Tragó con dificultad para desechar las rarezas de su cuerpo mientras se disponía a coser la ceja.
— Me temo que esto os dolerá un poco.
— Os aseguro, milady, que ya me han cosido las suficientes veces como para no notarlo.
Él lo demostró ciertamente mientras ella terminaba la primera puntada. Permaneció tan quieto como una estatua. Su hermano habría maldecido y se habría apartado, como todos los hombres a los que había cosido. Pero Lord Heero se limitó a permanecer sentado, con la mirada fija en el suelo a sus pies mientras le daba tres diminutas puntadas para cerrar la herida.
Apartándose un poco, cogió las tijeras del costurero.
— Tenéis unas manos muy delicadas —dijo él con una voz profunda que sonó extraña a los oídos de ella.
— Gracias, milord. No está en mi naturaleza hacer daño a las personas.
Cortó el hilo, y se agachó a por la bolsa de hierbas que guardaba en el cesto. Mientras preparaba una cataplasma que disminuyese la hinchazón, sentía la mirada de él observando cada uno de sus movimientos.
¿Qué había en esa gélida mirada que le hacía estremecerse y la acaloraba al mismo tiempo?
De nuevo, se preguntó cómo sería besarle. Lidia le había dicho que besar era la mejor parte del abrazo de un hombre, y algo en su interior le decía que los besos de Heero serían, de hecho, maravillosos.
— ¿Qué os trajo al campo de entrenamiento esta mañana, milady? —preguntó él.
Relena mezcló las hierbas con el vino.
— Me preguntaba por qué no había nadie en el salón para desayunar.
— No es mi costumbre hacerlo hasta media mañana —apartó la mirada y ella respiró hondo, tratando de aliviar el ardor que le producían sus ojos—. Le diré a Druce que informe al cocinero de que tiene que levantarse más temprano para preparar algo de comer para vos.
— ¿Druce? —preguntó ella mientras extendía la cataplasma sobre su ceja. Su piel era muy diferente de la suya. Era suave, pero no delicada. Era, simple y llanamente, masculina. Y cálida. Terriblemente cálida, y muy perturbadora para la tranquilidad de una doncella virtuosa.
— Mi escudero.
— Ah —dijo ella mientras terminaba sus menesteres. Cuando se inclinó para alcanzar la toalla, su cadera rozó inadvertidamente la parte interior del muslo del hombre.
Heero resopló abruptamente, y se puso de pie tan rápido que ella dio un grito involuntario.
Antes de que pudiera disculparse, él se había alejado tanto que ya no la oiría.
Heero realizó largas y profundas inspiraciones mientras luchaba contra la lujuria que invadía todo su cuerpo. Le dolían los muslos como si alguien hubiese colocado un hierro al rojo vivo sobre ellos. Y tenía las ingles tan duras y calientes como si el mismo infierno se hubiese instalado sobre su regazo.
Si se hubiese quedado durante un momento más a su lado, los habría deshonrado a ambos.
Sin otro pensamiento que poner la mayor distancia posible entre ellos, se encaminó hacia el establo, que, desgraciadamente, estaba ocupado por Dúo.
— Creí que estarías en la torre —le espetó Heero a su hermano, que permanecía de pie frente al improvisado camastro que había fabricado la noche anterior.
— Me enteré por Druce de que habías trasladado tus pertenencias aquí, y vine a asegurarme de que era cierto.
Heero intentó ignorarlo mientras se quitaba la sobreveste.
— ¿Dónde está mi escudero?
— Comiendo, la última vez que lo vi. Espera, deja que te ayude.
Heero le dio la espalda a Dúo para que su hermano pudiera desabrochar y desatar su armadura.
— ¿Por qué cediste a la dama tus habitaciones?
Heero tensó la mandíbula. Dúo al ataque, nuevamente.
— No es asunto tuyo.
— Lo sé, pero es que nunca te he visto actuar de forma tan extraña.
Cerrando los ojos, Heero deseó que Dúo se largase de una vez. Pero le conocía lo bastante bien como para saber que Dúo no se iría hasta haber conseguido las respuestas que buscaba. Era el más molesto de los hábitos de un hombre que, de por sí, tenía un montón de hábitos molestos.
— Le cedí mi habitación porque era el cuarto más limpio de la torre, y trasladé mis cosas aquí porque si permanezco lejos de ella no podré hacerle daño.
Percibió que Dúo apretaba la cota de malla con fuerza entre sus dedos.
— ¿Cuántas veces tengo que decirte que no eres tu padre?
Heero se libró de su sujeción, y después se sacó la pesada cota por la cabeza.
— No me conoces tan bien como piensas, Dúo.
Dúo le dedicó una mirada cargada de ira.
— Nunca te he visto golpear a alguien cuando estás furioso. ¿Por qué…?
— ¿Y qué me dices de tu brazo? —preguntó Heero, interrumpiéndole.
El enojo se esfumó de su semblante a la vez que su rostro empalidecía considerablemente.
— Éramos unos chiquillos, Heero, y fue un accidente.
— Eso no tiene importancia —dijo él, tratando de desterrar de su mente la imagen de su hermano tumbado en el suelo, herido por su propia mano—. Casi te mato aquel día.
— Jamás has levantado una mano contra mí desde entonces.
— Porque nunca me has puesto furioso.
Dúo resopló.
— Bien, ciertamente no ha sido por falta de esfuerzo de mi parte.
— Yo no lo encuentro divertido.
— Mira —dijo Dúo triunfalmente—. Ahora estás enfadado conmigo, pero aun así no has intentado hacerme daño.
— Eso no es lo mismo —insistió él—. No puedo… no —se corrigió Heero—, no correré semejante riesgo con la seguridad de ella. No cuando he jurado impedir que nada le haga daño alguno.
Dúo suspiró.
— Vaya. Esperaba que su presencia hiciera que te dieses cuenta de que puedes estar con una mujer y no hacerle daño.
Heero deseó poder creer eso. Pero se conocía muy bien. Le poseía la misma furia que a su padre, y no era capaz de detenerla.
¿En cuántas ocasiones, durante la batalla, había matado sin tan siquiera darse cuenta? Una vez que la furia se apoderaba de él se volvía un mero títere. No sentía nada, no veía nada, no sabía nada hasta que no acababa.
Y entonces era demasiado tarde para el pobre alma que se hubiese cruzado en su camino.
Habiendo presenciado la muerte de su propia madre bajo esa clase de furia, no podía arriesgar a sabiendas la vida de la mujer o la de sus herederos.
No, la maldición de su sangre se acabaría con él. Se aseguraría de ello.
Con una mirada de hastío en el rostro, Dúo se apartó del poste de madera y salió del establo.
Heero terminó de quitarse la armadura y se puso una túnica negra y unas calzas.
Cuando abandonó el establo, vio que Relena volvía a la torre con Druce a su lado. Ambos se reían de algo. El melodioso sonido de su risa invadió sus oídos.
Qué no daría él por ser libre para bromear con ella, y por ver que sus ojos se iluminaban con la diversión. Con la cabeza erguida, su dorado pelo rubio y el velo flotando tras ella, era una criatura seductora y llena de gracia.
Y, por primera vez en su vida, deseó que Dúo tuviese razón
¿Cómo sería llevar la vida de un hombre normal? ¿Sentarse frente al hogar mientras su dama se encargaba de sus quehaceres y atendía a sus hijos?
¿Que le mirase con una sonrisa dedicada únicamente a él?
Vendería lo que le quedase de alma por algo así.
Pero aquello era un sueño que había tenido que dejar atrás hacía mucho tiempo. Y en ese momento, la presencia de Relena en su hogar lo había traído de nuevo a la superficie con tanta fuerza que maldijo el decreto de Enrique.
Por mi honor, yo, Heero Yuy, conde de Ravenswood, juro que jamás dejaré a Lady Relena en manos de la violencia o la lujuria. Ella dejará mi compañía de la misma manera en que vino, o yo deberé atenerme a la justicia del rey, cualquiera que sea.
Aunque fuera la última cosa que hiciese, cumpliría ese juramento, y que su cuerpo y sus necesidades se fuesen al infierno.
Continuará...
¡Ah-já!
A pesar de haber estado muy decidido, a Heero comienzan a complicársele las cosas ¿El pobre sobrevivirá al resto del año sin probar a su "fruta prohibida"? Y bueno, ya veremos que armas usa el perfecto soldado para salirse de esta :O Y eso que esto es sólo el comienzo. (Igual a mí me parece admirable que hasta el momento prefiera lanzarse de cabeza a un acantilado antes que romper su juramento y satisfacer los deseos de su... su... er... bueno, de su corazón).
Adoré a Hilde en este capítulo -/-
Eeen fín, recuerden, un review de ustedes, aparte de hacerme inmensamente felíz, animan a otras personas a que lean esta historia ¡Besotes gente! ;D
