Desafío: Palabras al azar.

Palabra 4: Despedida.

Palabras totales (descontando notas de autor): 565.

Personajes 4: Dudley Dursley – OC's.

Disclaimer: Dudley no es de mi propiedad. En cambio, Dahlia y Carina lo son.

¡Sean bienvenidos!


De aquí hasta navidad.

El Andén 9 ¾ estaba abarrotado de gente. Gente que lo miraba, particularmente azorada. Allí se encontraba con Dahlia, y la pequeña tenía el mentón elevado, los labios apretados.

—Abuela Petunia no quería que yo viniera aquí —protestó ella, que había sido muy unida a su abuela. Dahlia era una muchachita poco agraciada, con un cabello rubio ralo y una delgadez alarmante que por más que comiera y comiera no se le llenaban los huesos de carne.

No había heredado los genes de su padre ni de su abuelo, que era rollizo y bastante desagradable a la vista. Aunque la niña podía ser desagradable cuando quería serlo.

—Pero ese es tu camino, Dahlia —Dudley Dursley se arrodilló (su pantalón protestando por el esfuerzo de contener tanta grasa en su sitio—. ¿No quieres ser una… bruja?

La palabra bruja sonó vacilante en sus labios. Bruja. Aquello que su tía Lily había sido, aquello que había temido y detestado toda su juventud. Parecía una especie de castigo del destino que, luego de toda una vida de sucesos desafortunados sobre la pequeña Dahlia Dursley, hubiera llegado la carta en manos de un profesor de aquel colegio de magos que le explicó todo lo que debían saber a él y a su esposa.

Carina Dursley se había enfadado con Dudley y había decidido tomar un tiempo lejos. Dudley sabía que Carina, como él en su juventud, rechazaba la magia, le temía. ¿Qué podría hacer una niña bruja si eran manos padres? Y el temor de Carina era ser mala madre.

Dahlia hizo un puchero.

—¡Sí, quiero, papá! —farfulló ella, al borde de las lágrimas—. Pero… ¿si los chicos son malos conmigo?

Dudley le sonrió.

—Si te comportas bien con ellos, dudo que alguien quiera ser malo contigo —le acarició la mejilla y Dahlia se recargó en él.

—No quiero ir —protestó luego de unos segundos—. Quiero quedarme contigo, mamá y los abuelos.

—Dahlia —Dudley tomó aire—. Debes ir. Es tu futuro. ¿Quieres aprender a hacer magia, no? —la niña asintió, ciertamente emocionada—. Ya tienes tu varita, tus libros y tus ropas. Ahora, vas a ir a ese colegio y vas a ser una reina. Serás una grandiosa bruja. Ahora, ve. No se te vaya a ir el tren.

Dahlia esbozó una sonrisa amplia en su rostro huesudo. Se colgó al cuello de su padre y corrió, arrastrando su baúl con todas sus cosas de bruja.

Petunia y Vernon lo habían desaprobado. Había sugerido "encargarse" de la niña tan pronto comenzó a dar signos de ser mágica, a los cuatro años, levitando cosas o abriendo puertas sin tocarlas. Dudley, que había amado a su hija en el momento exacto que supo de su existencia —porque su relación con Carina había terminado tiempo antes, y solamente volvieron a estar juntos debido a la pequeña— no quería que se repitiera la historia. Si su hija era una… una bruja, tendría apoyo, contención. Sería la mejor bruja, y se enorgullecería de ella.

El tren arrancó y Dahlia se asomó por la ventana. Saludó, y Dudley agitó las manos, feliz, mientras la pequeña de once años le lanzaba besos y las lágrimas finas caían por su rostro. La despedida resultó agridulce, porque no sabía lo que le esperaría a Dahlia en Hogwarts, pero sí sabía que ningún padre apoyaría más a su hija que él.


La verdad, quería tratar a Dudley porque me imagino que las cosas cambiaron a Dudley. No me lo imagino guapo, delgado y con una buena relación con el mundo, pero sí lo imagino intentando, al menos, ser buen padre, y con comprensión su uno de sus hijos resulta ser mago. Así que hice este pequeño retazo de algo, pensando en el futuro del pastel de puerco que tan mal le cae a algunos, y tan bien cayó a otros.

Fin del comunicado.

Grillow Z.