– Venga, Bone, concéntrate – se dijo.

Lo cierto es que las últimas horas se le habían escabullido de entre las manos mientras él no se enteraba. La inesperada visita de Rido le había cogido con la guardia totalmente baja. A juzgar por lo que decían las manijas del reloj que había sobre la puerta, habían pasado ya varias horas, casi cinco, desde que lo despidiera en la puerta de la Academia. Desde entonces, el sol de verano se había ocultado tras las murallas del Seireitei y la noche se deslizaba peligrosamente hacia la madrugada.

En condiciones normales, era hora de recogerse y echarse a descansar, pero sabía que no podía, que tenía cosas que hacer. Aunque realmente no las estaba haciendo. Sí, estaba muy bien tener un montón de informes delante, pero llevaba varias horas sin pasar una sola hoja de ninguno de ellos y no se iban a leer por ósmosis.

Realmente aquello era lo que más odiaba de ser profesor. Vale, esta vez tenía excusa. Al fin y al cabo, no todos los días veías a un amigo volver de entre los muertos. Y por segunda vez además. Eso habría dejado a cualquiera totalmente apampanado. Como lo estaba él, vamos.

No podía evitar que su mente se paseara por todos los recuerdos que había compartido con el barbas en los últimos años, así como las cosas que habían precipitado la situación hasta el momento presente. No es la primera vez que pensaba en ellas. De hecho…

No, quería evitar pensar en eso. En todo lo que había dejado atrás en los últimos meses por perseguir aquellas teorías. Mil y una veces se había peleado con Rido por lo mismo. Por esa manía que tenía el barbas de querer cargar el peso del mundo sobre sus hombres. Eso había sido lo que había acabado con él. O al parecer, no había acabado por completo.

Se había convencido de que no merecía la pena. O, mejor dicho, Káiser le había convencido de que por mucho que averiguara la verdad, nadie iba a creerle. De que, por supuesto, la verdad no traería de vuelta a Rido, por mucho que él quisiera. Y le había hecho ver también que gente que nada tenía que ver con ellos, con Nadie y con toda aquella cruzada iba a sufrir.

Se había dado cuenta de que el viejo lobo tenía razón. De hecho, ya se habían resentido muchas de las personas de su entorno cuya implicación en todo aquello era mínima o nula. Así que había decido dejar de dar palos de ciego para, en su lugar, no dar palos de ningún tipo. Aunque claro, una cosa era decirlo y otra cosa era hacerlo. Y ahora las cosas habían cambiado.

– Vamos allá – se dijo, tras un largo bostezo.

Abrió la primera carpetilla que se le puso por delante y se puso a leer. O a intentarlo, porque, una vez más, volvió a sorprenderse sumido en recuerdos, pensamientos, teorías… Se obligó a volver. Estaba muy bien que Rido hubiera vuelto, pero aquellos informes tenían que estar leídos por la mañana, en la reunión de Departamento. En un par de días tenían que presentarle a Db el programa de las prácticas de ese año y él, como Director de Departamento, tenía que ser capaz de tomar una decisión y presentar algo coherente al Director de la Academia.

Volvió a intentar concentrarse en el informe que tenía delante: un área semi-urbana prácticamente abandonada a causa del cierre de la fábrica que servía de sustento. Siempre había uno o dos de esos escenarios últimamente entre los candidatos, quizá porque eran los que más fácilmente reunían las condiciones que se les exigían. De hecho, juraría que ese ya lo conocía. O quizás no. La verdad es que estaba bastante hasta los huevos de aquel tipo de localizaciones.

Rebuscó entre los informes rápidamente, intentando buscar otra opción que a simple vista le convenciera más. Pero era lo mismo de siempre. Protestó con un fuerte resoplido y decidió que lo mejor iba a ser dejar que el azar decidiera el destino y así salir del paso. Luego ya habría tiempo de cambiar si se revelaba una mala decisión. Pero algo tenía que hacer, no podía dejar que aquella noche se prolongara hasta la mañana.

Mientras ideaba el sistema a seguir para el "sorteo", la responsabilidad le venció. ¿Cómo iba a fallar así a sus obligaciones? Él nunca lo entendería… o quizá sí. Al fin y al cabo, no había sido la primera vez que Rido se iba de la Academia a perseguir alguna extraña pista sobre lo que fuera que estuviera trabajando en aquel momento, ¿no? Aunque, bueno, las suyas eran razones de peso. Y Bone no solía desatender sus responsabilidades, todo había que decirlo.

Así que lo mejor sería ir a buscar algo que le ayudara a pasar la larga noche de trabajo, que muy probablemente se prolongara hasta la mañana. Se levantó y salió del despacho. Atravesó la sala común del Departamento para llegar al pequeño cuartillo de descanso. Pero no había café en la cafetera. Le tocaba hacerlo.

Aunque le daba pereza, sabía que era mejor un café recién hecho, así que se esmeró en prepararlo. Mientras las gotas marrones, casi negras, comenzaban a llenar la jarra, no pudo evitar recordar la primera vez que había visto una de esas en este lado del Dangai.

¡Café!

Bone levantó la vista del vaso de plástico hacia el origen del grito y vio a sus compañeros de clase. La que había anunciado el contenido de la nueva máquina era Krunzik, una chica muy joven para estar allí, pero eso decía mucho en su favor. Detrás de ella caminaba con su entusiasmo habitual Rido, el que se había caído el primer día de clase. No había hablado nunca con él, pero eso no quería decir que no conociera perfectamente su voz. Al fin y al cabo nunca se callaba.

Detrás de ellos venía el verdadero objeto del interés del joven académico de las gafas: Nalya, una chica de pelo rosa, carácter agresivo y malhumorado y una extraña belleza. Aunque lo que más destacaba en ella eran los dos cuernos que le nacían hacia la mitad de la cabeza. Eso le fascinaba más que nada de lo que podía haber visto en aquel nuevo mundo.

¡Mira! ¡Pruébalo! – le decía la pequeñaja de la trenza a Rido.

No entendía a qué venía tanto alboroto. Al fin y al cabo era una máquina de café normal y corriente. Es más, se podría decir que era bastante anticuada, aunque cumpliera su función. Entonces recordó dónde estaba y pensó que, si allí aún defendían los destinos del mundo a espadazos, probablemente nunca hubieran visto una máquina de aquellas. Aunque los aparatos que decían que fabricaba la Duodécima División parece ser que eran bastante más sofisticados que estos.

¿Queréis dejar de gritar? – protestaba Nalya.

Déjalos – le dijo Db, el más normal de todos, que llegaba en ese momento acompañado por la otra integrante de aquel peculiar grupo: Gaby Wolf.

– No quiero dejarlos – se quejó la de los cuernos.

Con aquellos cinco juntos, el pequeño rato de tranquilidad del que el académico pretendía disfrutar antes de la siguiente clase iba a ser imposible. Le dio un último trago al café, dándose cuenta él también de lo mucho que había echado de menos la amarga infusión, arrugó el vaso en un puño y lo encestó en la papelera más próxima. Aunque no estaba precisamente próxima.

Por lo menos sigo manteniendo la puntería – se dijo, regresando a clase.

Bone no pudo contener la sonrisa mientras recordaba aquellos primeros días en la Sociedad de Almas, cuando, pasada la incertidumbre que suponía una nueva vida en un nuevo mundo, todo era mucho más sencillo que ahora. Por aquel entonces vivía totalmente al margen de conspiraciones, terroristas, asesinos encapuchados, profecías… Todos lo hacían. Bueno, todos menos Rido, pero eso era otra historia, de otro tiempo, y de otro estilo. Casi una gamberrada adolescente. Y, además, en aquel momento no tenía la relación con el barbudo que mantenía ahora.

Llenó la taza de café humeante y se detuvo un momento para disfrutar casi ritualmente del aroma. Dejó el resto en la jarra, por si necesitaba algo más adelante en su larga noche de trabajo. Si no se lo terminaba él, seguro que Allariel y los demás darían buena cuenta de él en la reunión de la mañana. Todo por no trabajar y hacer café fresco. Se fue de vuelta a su despacho, a enfrentarse de una vez a la maldita burocracia que le atosigaba.

Se dejó caer con un fuerte resoplido sobre la silla de su despacho. Quizá fue cosa del café que, por fin, pudo concentrarse. Así, gracias a los efectos de la cafeína, le resultó bastante más llevadera la tarea de leer monótonos reportes y tomar las notas adecuadas. Cuando el reloj de su despacho marcaba aproximadamente las dos de la mañana ya había finiquitado todo.

Recogió los expedientes, clasificándolos y guardándolos cada uno en su lugar correspondiente del archivador. Después, tomó las notas que había sacado y las metió en su maletín. Desde la puerta se fijó en ver si estaba todo en su sitio. Lo estaba. Apagó la luz y se encaminó hacia la salida de la Academia, de vuelta al Cuartel. Si todo iba bien, aún podía sacar unas cuantas horas de sueño.

Pero entre la brisa nocturna y la cafeína, pronto se dio cuenta de que aquello no iba a ser posible. Por eso, al llegar al Cuartel no tomó el camino del pabellón residencial, sino el del comedor. Allí echó mano de la botella de whisky irlandés que Irah se encargaba de proveer desde hacía años y se sirvió un vaso. Brindó silenciosamente al aire, dedicándoselo a su viejo amigo, y bebió el licor de un trago. Casi automáticamente se sirvió otro vaso, con la intención de disfrutarlo, esta vez sí, con la calma debida.

– ¿Celebrando algo?

– Acabo de llegar – contestó, sin darse la vuelta. Era Blod, lo había notado en su voz. – Los papeles se acumulan hasta en verano. ¿Por qué habría algo que celebrar? – tomó otro vaso, lo llenó, y se lo tendió al oficial de la melena rojiza.

¿Que si había algo que celebrar? Que el Ave Fénix había resurgido otra vez de sus cenizas, eso había que celebrar. Pero por mucho que le gustara pregonar a los cuatro vientos que Rido estaba vivo, que el Seireitei les había estafado y que algo se cocía detrás del telón, le había prometido al Barbas que no iba a decirle nada a nadie. Bien pensado, quizás sería mejor evitar el alcohol si quería no caer en una conversación de la que luego se arrepentiría.

– ¿No lo sabes? – se extrañó Blod, mientras bajaba toda la copa de una sola vez.

– ¿Saber el qué?

– Bueno, hay un rumor por ahí circulando – se encogió de hombros. – Rido está vivo.

Los informes para los posibles lugares de entrenamiento habían llegado tarde. Otra vez. La reunión era mañana y aún acababa de recibir los expedientes apenas hacía cinco minutos. Tendría que hablar con los chicos seriamente, porque al final el que tenía que darse prisa y enfrentarse a las responsabilidades era él y nadie más.

Bone se masajeó ligeramente el cuello con su derecha, preparándose para lo que se le venía encima y se sentó. Si se concentraba y no había mayores imprevistos, quizá pudiera sacar un par de horas hacia el final de la noche para trabajar en su "proyecto alternativo". Pero claro, primero tenía que comportarse como un ciudadano y un profesor ejemplar si no quería que la Cámara soltara a sus perros contra él como habían hecho con Rido.

He vuelto – sonó a su espalda.

La voz, por lo conocida que era, le sobresaltó. Tanto que apenas pudo mantenerse sentado sin caerse del salto que dio en la silla. Se dio la vuelta y lo vio allí. Más delgado. Mucho más delgado, de hecho, con la piel pálida y los pómulos destacando claramente por encima de una barba extremadamente descuidada. El pelo lo tenía sucio y maltratado, más largo de lo habitual. Igual que la barba, la melena estaba mal cortada, desigual, prácticamente como si se la hubiera arrancado a tirones.

Y estaba lleno de cicatrices. Al menos en lo que podía ver del cuerpo. Especialmente llamativas eran las de los antebrazos y las muñecas. Por un momento creyó que… pero no. Rido siempre había llevado unos largos guantes que se prolongaban hasta el antebrazo. Nunca le había preguntado por qué, pero posiblemente fuera para ocultar aquellas marcas. Nalya le había contado en una ocasión que Rido se había suicidado en su encarnación en el mundo mortal. Paradójicamente, ella lo había presenciado, otra vez, porque él le había dejado sustituirle unos días en su asignación.

Aquello sólo servía para completar una visión que asustaría a cualquiera. Aunque en aquel momento, la sorpresa vencía al miedo. La delgadez esquelética, la palidez, aquellos ojos hundidos, lo descuidado de su figura, las cicatrices… Era como estar contemplando un cadáver.

Bueno, de hecho, oficialmente, estaba contemplando un cadáver. Alguien que llevaba dos años muerto y que, además, nunca más podría reencarnarse, como había hecho anteriormente. Eso era el verdadero sentido del Dúo Terminal. No había más ciclo de las almas, era verdaderamente el final para el ejecutado. Pero allí estaba, venciendo una vez más a la muerte. ¿Y cuántas iban ya?

– ¡Lo sabía! – exclamó.

Era cierto. Aunque todo el Seireitei, y la Cámara se había preocupado especialmente de que así fuera, sobre todo sus amigos más cercanos, había presenciado la muerte de Rido, Bone siempre había sabido que algo olía a cuerno quemado. Y se había puesto a investigarlo, de hecho. Precisamente aquello era su "proyecto alternativo", algo de lo que ni siquiera había hablado con Db.

¿"¡Lo sabía!"? – sonrió el otro, aunque se notaba que estaba forzando el gesto. – ¿Es así como recibes a un amigo?

Como impulsado por un resorte, Bone se levantó de la silla y le abrazó. Al instante se dio cuenta de que podía estar haciéndole daño, así que lo soltó. Pero cambió la presión física por la presión verbal, contándole todo lo que había descubierto en los últimos dos años a una velocidad de la que él ni siquiera se habría creído capaz.

No me importa.

La seca sentencia del barbudo le sentó como si le hubieran golpeado en el estómago con una tubería de plomo. ¿Cómo que no le importaba? ¡No podía "no importarle"! ¡Lo había hecho todo por probar su inocencia! ¡Por hacer caer a Nadie! ¡¿Cómo que no le importaba?!

¡Pero…!

Necesito tu ayuda – le volvió a interrumpir.

– Rido está vivo – repitió Blod, viendo que su interlocutor no respondía.

– ¡¿Qué?! – decidió que lo mejor era seguir haciéndose el tonto.

Pero el Tercer Oficial no se tragó la actuación del de las gafas. Al fin y al cabo, él siempre había mantenido que el que murió en el Dúo Terminal era un impostor. Que Rido no era el sádico que había descuartizado a Mitsuko porque «la semilla siempre está dentro de la flor». Que les habían dado gato por liebre. Quizás si hubiera respondido a Blod con el triunfal «¡Lo sabía!» con el que había recibido a Rido sólo unas horas antes, todo hubiera sido más natural.

– ¿Cuándo? – le preguntó directamente su compañero.

– Esta tarde apareció de pronto en mi despacho de la Academia – confesó.

Ya está, ya había caído. Había admitido que sabía que Rido estaba vivo. Es más, había admitido que lo había visto. ¿Por qué no sabría mantener el pico cerrado cuando le tocaba? «No pasa nada, es Blod», se dijo. «Él también es de casa.» Aunque ya no sabía de quién fiarse totalmente, pues muchos habían "abandonado" a Rido una vez se levantaron los cargos contra él, la Novena División seguía siendo "territorio seguro".

Pero incluso muchos de los que en algún momento habría considerado aliados se habían alejado. Les habían traicionado. Algunos lo habían hecho por mantener las distancias a nivel institucional. En cierto modo, a esos no se les podía reprochar nada. Sólo seguían la ley y buscaban no meterse en líos. Pero otros se habían tragado del todo las mentiras de la Cámara. Porque eran mentiras. Se deshacían en pedazos una vez mirabas con un cierto detenimiento. Pero entre unos y entre los otros, había algunos a los que Bone, por el momento, no se sentía capaz de perdonar.

– Y no informaste de ello…

– …porque es Rido – completó.

¿Ahora necesitas mi ayuda? – protestó Bone. – Cuando te la ofrecí hace tres años me mandaste a la…

Bone, céntrate – le espetó. – Necesito que me ayudes a pasar desapercibido en el Seireitei.

¿En el…? ¿Qué piensas hacer?

Es mejor que no lo sepas – respondió Rido. – ¿Me vas a ayudar?

Con toda la lucidez de la que era capaz en aquel momento, Headbone evaluó rápidamente la situación. Evidentemente, no podría dejarle el uniforme de repuesto que guardaba en un armarito de su despacho: Rido era, a ojo de buen cubero, unos veinte centímetros más bajo que él. Entonces se dio cuenta de que Saudo era más o menos del mismo tamaño que el shinigami renegado. Los investigadores del Departamento, lógicamente, estaban obligados a tener también un uniforme de repuesto en el vestuario.

Espera un momento.

Se acercó rápidamente a la puerta, miró para comprobar que no había moros en la costa y cruzó la sala común del Departamento hacia el vestuario de los investigadores. Las taquillas estaban cerradas. Por fortuna, él tenía la llave maestra, así que no hacía falta forzar ninguna cerradura. Abrió la taquilla de Saudo, cogió el uniforme y la cerró. Mientras cerraba, se dio cuenta de que había algo más allí dentro que le podía ser útil y cogió la camiseta con capucha que colgaba en el perchero del interior. Volvió a cerrar la taquilla, le puso el candado y regresó al despacho.

Sabes que si actúas como si fueras James Bond, levantas más sospechas, ¿verdad? – dijo Rido como recibimiento, en aquella voz que pretendía ser la de siempre pero que dejaba entrever muchas otras cosas.

Se dice «Gracias» – le devolvió la pulla. – De nada.

– «Porque es Rido»… – repitió Blod pensativo, mirando al líquido dorado que cubría el fondo de su vaso antes de ventilárselo de golpe y volver a llenarse. – Sí – se encogió de hombros. – Supongo que es verdad.

– Tú habrías hecho lo mismo – replicó Bone.

– Sí – asintió, después de valorar su respuesta unos segundos. – Aunque no creo que me tocara a mí encontrarme en esa situación…

– ¿A qué te refieres?

Sabía perfectamente a qué se refería. El de las gafas tenía una especial proclividad a meterse en líos. Rido siempre le decía que se implicaba demasiado en las cosas, que se las tomaba demasiado personalmente. «Fue a hablar», pensó. Pero Blod tenía razón, probablemente Rido nunca hubiera acudido al que había sido su superior en aquellas condiciones. No porque no confiara en él, sino porque sabía que Bone estaría más dispuesto a burlar a las autoridades que otros…

Por fortuna, el Tercer Oficial no respondió a la pregunta del profesor y verbalizó aquella realidad. Simplemente se levantó, echó mano a la botella de whisky y se largó en dirección al patio trasero. Hubiera querido impedírselo, pero al final decidió que era mejor dejarse de historias y no generar más líos.

En aquel momento tomó una decisión: mañana por la mañana se iba a poner a disposición de Kyrek y le iba a contar todo lo que había pasado. Por lo menos iría con la verdad por delante, que siempre venía bien. Además, si el rumor de la "resurrección" de Rido ya estaba por ahí, era imposible que el Capitán no se hubiera enterado. Si le ocultaba algo como aquello, podría ganarse muchos problemas.

Oye, ¿qué…?

No he venido a hablar de mí – le cortó. – Algún día os lo explicaré todo. O… alguien lo hará. Pero ahora tengo que hacer otra cosa.

Las palabras duras de Rido dejaban entrever algo más. No sólo es que estuviera siendo reservado, o priorizando aquello que fuera lo que quisiera hacer. Seguramente es que no estaba preparado para hablar de lo que había pasado. Mejor ser paciente con aquello. Además, había dejado caer que alguien más sabía lo que había ocurrido. Y el de las gafas se hacía una muy buena idea de quién podía ser ese otro alguien.

Con la mayor discreción posible, Bone acompañó a su "nuevo ayudante" por los laberínticos pasillos de la Academia hasta la puerta que comunicaba con el Seireitei. Era verano, no había mucho problema, sobre todo desde que Db, el nuevo Director, había decidido restringir a los alumnos el acceso a los edificios ajenos a residencia y Biblioteca durante las vacaciones. Allí sólo podía haber algún profesor, como él… y los profesores no eran los mejores aliados en ese caso. Si dejabas de lado a Db, Xelloss, él mismo, quizá Alamez y algún miembro más de sus departamentos o del propio departamento de Bone, el resto serían más bien propensos a ponerse en contra de Rido tan pronto lo vieran.

¿Pero podía culparles? Ya en su etapa como profesor y, especialmente, en su demasiado corto periodo como Director de la Academia, el Barbas se había ganado la enemistad de parte de la plantilla con sus visiones "poco ortodoxas" de su cometido allí. Y ahora era un monstruo desalmado capaz de descuartizar a la mujer de su mejor amigo por motivos todavía oscuros. Si no conociera tan bien a Rido, él mismo dudaría de él.

No. No podía arriesgarse. Por ridículo que fuera o que le pareciera a su amigo, era mejor asegurarse de que no había moros en la costa antes de dar el siguiente paso. Precisamente por eso, tuvo tiempo de reaccionar cuando escuchó unos pasos acercarse por el pasillo central. Inmediatamente, empujó a su compañero hacia el interior de una de las clases y continuó caminando como si llevara cierta prisa.

¡Hey, Bone! – saludó una mujer.

Hola, Alamez – sonrió, fingiendo normalidad.

¿Qué haces por aquí?

Ya ves, preparando las cosas para la reunión con Db de pasado mañana…

¿La de las prácticas? ¿No era para el próximo? – se interesó. – Me pidió que estuviera, no sé muy bien por qué.

No sé, el verano me deja descuadrado, la verdad… Pero vamos, – se encogió de hombros – de todas formas tengo reunión mañana con los míos, así que…

Pues nada, yo tengo que preparar las pruebas de acceso – explicó. – Este año nos toca a nosotros.

Que sea leve.

Esperó a que la Directora del Departamento de Historia, durante tantos años la mano derecha de Rido junto con el propio Headbone, se alejara por el pasillo para retroceder e indicarle a su amigo que era seguro salir. Afortunadamente, no hubo más incidentes hasta que llegaron a la puerta principal del edificio.

Nada más llegar al aire libre, la figura del antiguo Director se paralizó, como si tratara de asimilar lo que tenía alrededor. Lo que hasta hacía no mucho, y menos teniendo en cuenta el tiempo de la Sociedad de Almas, era su casa, ahora era territorio hostil. Para él, volver a poner un pie siquiera en una de aquellas baldosas blancas tenía que ser un paso sumamente importante.

Debe ser difícil…

Y tanto… – respondió al rato.

Volver aquí después de todo lo que te hicieron…

Gracias, Bone – sonrió, forzando el gesto una vez más, pero dando a entender que no tenía nada que añadir al respecto. – Creo que desde aquí puedo seguir yo solo.

¿Seguro?

Sí – confirmó. – Conozco el camino.

Da igual – insistió Bone. – Te acomp…

No. Esto tengo que hacerlo yo solo.

Ya estaba otra vez. Habían pasado casi tres años y a saber lo que habían hecho con aquel hombre para que pareciera poco más que un despojo humano. Pero allí seguía aquel maldito complejo de héroe que todo lo tenía que hacer solo, que tenía que sacrificarse él por los demás. Al final su «necesito tu ayuda» se había quedado en simplemente hacerle de utillero. Y, mientras tanto, él volvía a cargarse el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.

Aunque hasta eso lo echaba de menos Bone. Al final y al cabo, si eso no hubiera vuelto de entre los muertos, entonces no sería Rido el que había regresado, sino un cascarón de lo que antes era su amigo. ¿Pero es que tanto le costaba abrirse y explicar lo que ocurría?

Está bien… – cedió finalmente, a regañadientes.

Una cosa más…

Tranquilo – contestó, leyéndole el pensamiento. – No diré nada.

A nadie.

A nadie – repitió. – ¿Volverás?

No lo sé…

– Tienes que volver, no me jodas – le dijo al vaso de whisky a medio terminar.

Volvió a brindar al aire a la salud del recién retornado y se terminó lo que quedaba. Llevó el vaso a la pequeña cocina del Cuartel y lo dejó limpio antes de emprender el camino a su habitación. Para ser la hora que era, estaba bastante animado. Aunque eso tenía fácil explicación dadas las circunstancias. En cualquier caso, no tenía ganas de hablar con nadie.

Pero mirándolo de otra forma, quizás sí fuera mejor hablarlo con alguien antes de cometer la probablemente estúpida torpeza de revelarse ante su Capitán como cómplice de un criminal buscado por la Sociedad de Almas. No dudaba de Kyrek, pero tenía que atenerse a las normas. Por lo menos él tenía que seguirlas.

– Oye, Bone – le dijo Crawlink, distrayéndolo de sus cavilaciones. – Parece ser que el Capitán quiere que vayas a su despacho. Alguien te anda buscando.

– ¿Quién?

– Ni puta idea, macho.

– Vale… – se encogió de hombros. – Por cierto, ¿sabes dónde está Db?

Bien mirado, el Pollo era quien más le podía ayudar en aquel momento. Junto con Krunzik, que no estaba disponible en aquel momento, el Teniente era el amigo más antiguo que poseía Rido dentro del Seireitei. Estaba también Eliaz, pero Bone había dejado de confiar en él hacía mucho tiempo. De hecho, sólo había confiado en él porque Rido lo hacía. Desde que había ocurrido aquello con Mitsuko no había vuelto a dirigirle la palabra. Aunque tampoco es que se hubieran encontrado muchas veces.

– Es el que está liderando el dispositivo…

– ¿El que…?

Durante un momento dudó de su amigo. Pero todo olía más bien a chamusquina, a una estratagema de los que mandaban para atar en corto a los probables aliados de Rido dentro de las murallas blancas del Seireitei. Porque Db no podía haber traicionado al Barbas, era imposible. Era como si a él le pedían que traicionara a Kuniko… Aunque, en cierto modo, ya lo había hecho.

Bueno, casi lo mejor iba a ser ir al despacho de Kyrek y recibir a su inesperada visita. Cuanto antes lo hiciera, antes terminaría y antes podría echarse a descansar. La reunión no sería hasta media mañana, así que, al menos, podría sacar seis horas de sueño. Lo que, viendo las perspectivas del comienzo de la noche era bastante esperanzador. Se despidió de Crawlink, sin darse cuenta de que el Oficial ya había continuado su camino sin esperar a que el de las gafas reaccionara, y se encaminó hacia su nuevo destino. Llamó a la puerta, esperó la indicación de su superior y entró.

– Buenas noches, Bone.

Se detuvo a mitad de camino, bajo el umbral de la habitación. Escuchar aquella voz fuera de lugar le había dejado totalmente desconcertado. Porque uno nunca olvida la voz de aquellos con los que ha luchado hombro con hombro. Y más si lo habías hecho durante tanto tiempo como lo habían hecho Ger y él. Terminó de abrir la puerta para confirmar lo que no hacía falta confirmar y descubrió que Kyrek y su antiguo compañero de División no estaban solos.

Estaba ella, pero no con su sonrisa, la que hacía que se derritiera, que se detuviera el tiempo y que toda la oscuridad se disipara. No, aquella no parecía Kuniko, era otra. Tenía que ser otra. No había en sus ojos la calidez de siempre. Había acusación, enfado, tristeza… pero, sobre todo, decepción. Fue aquello lo que le terminó de derrotar. Casi inconscientemente, Bone se dio por rendido.

No hacía falta que dijeran nada, sabía perfectamente por qué estaban allí en una noche como esta. Los Ejecutores estaban ocupados con el dispositivo de búsqueda de Rido y, fuera de la Novena División, aquella clase de trabajo sucio recaía en ellos. A él mismo le había tocado en una ocasión un marrón muy parecido.

– Oficial Headbone – se le atragantaron las palabras. Kuniko nunca antes había utilizado su nombre completo. Eso hizo que el nudo en el estómago del acusado se hiciera todavía mayor. – Oficial Headbone, queda usted detenido por traición a la Sociedad de Almas.

– ¿Trai…? ¡¿Traición?!

Se le cayó el alma a los pies. Buscó una respuesta en la mirada de la mujer, pero estaba decidida a no dárselas. Tampoco Ger. Sólo Kyrek parecía reaccionar. En sus ojos había una calma inusual en ese momento. Era casi como si le quisiera transmitir esa misma tranquilidad. ¿Pero cómo iba a estar tranquilo?

– Más exactamente, por colaborar con un traidor, pero el cargo es el mismo – especificó Ger al fin, mientras le enseñaba una foto suya con Rido, esa misma tarde. – Esta vez te han pillado, macho.