Con la venia del maestro Tolkien y su buen hacer, os dejo un nuevo capítulo de las aventuras y desventuras de una joven gondoriana en las Tierras misteriosas más allá de Gondor. Espero que se ofenda por mis errores e interpretaciones de su maravillos mundo de fantasía.

Y después de este homenaje al maestro, me callo.


Capítulo cuatro

La vida que nunca quiso

Isadora tocó su mata de pelo negro de nuevo, sedoso y desenredado. Se miró en el espejo que ocupaba la pared más alejada de la puerta de su nueva habitación. Por el gran ventanal protegido con sutiles telas entraban, difusos, los madrugadores rayos de sol. La penumbra de la alcoba no impedía distinguir el reflejo de su cuerpo sobre el espejo. Debajo del ventanal un colchón sobre una tarima en el suelo cubierto por una mosquitera resultó ser su cama. Al otro lado, enfrente de su cama una palangana le servía para lavarse superficialmente. Las paredes tenían tantos colores como la primavera en Ithilien, estaban repletas de flores y frutas, además de escenas campestres y no tan campestres. Se avergonzó por la ropa que llevaba puesta, un tenue vestido blanco sin mangas, transparente. Tapándose con pudor intentó controlar las lágrimas que se le escapaban, de todos los destinos que podía haber tocado como esclava, le había caído en gracia el peor.

Su nueva habitación era una de las muchas que había en la casa donde se alojaba su dueña: un edificio de tres pisos destartalado, situado en el centro de Umbar, en cuya entrada principal resaltaba un farolillo rojo, no hacía falta mucha inteligencia para saber qué significaba aquello.

Rafika Nedjwa, su nueva ama, era la dueña del burdel más caro y prestigioso de Umbar. A pesar de lo destartalado de la fachada del edificio, el negocio iba viento en popa y la importancia de aquel lugar no había de ser tomada a broma. En él, entre sus doncellas y damas experimentadas en el ritual amatorio, se cerraban importantes tratos entre los señores de las diferentes tribus del Este, del Sur y más allá del cinturón de Arda. Allí los jóvenes pudientes al borde de la madurez eran mandados por sus padres y madres para aprender de las mujeres de la Dama Nedjwa.

Todo esto le fue explicado por una vieja prostituta desdentada fuera ya del oficio que ahora enseñaba a las recién llegadas sus deberes. El negocio de la Señora Nedjwa no había llegado a donde estaba por casualidad, le explicó la anciana, su importancia se debe a la calidad de las chicas, a sus enseñanzas y a la exigencia con la que se elige al cliente. Isadora comprobó enseguida que en la casa no sólo vivían mujeres, si no que en el bajo varios guerreros bien armados y con curiosos pañales vigilaban su bienestar e impedían posibles fugas de alguna chica rebelde.

La joven gondoriana se sentó en su cama, con las piernas recogidas sobre el pecho, hecha un ovillo. Llevaba una noche de insomnio allí, sin poderse hacer a la idea de que de un momento a otro algún hombre lo suficientemente rico aparecería exigiendo pasar unas horas con ella. Su orgullo, su dignidad le impedía aceptar su situación; pero un esclavo no tenía ni una cosa, ni otra. Evitó pensar en su familia y en lo que dirían de sus actuales circunstancias, no le ayudaba en nada.

Desde el mismo momento en el que pisó el suelo de aquel burdel y vio el nombre del lugar en el letrero de la fachada, supo que nunca volvería a ser la misma. Parecía que hacía años, y no una noche, desde que, desnuda bajo la capa de terciopelo, entró en el edificio. Saludada con respeto por los hombres que guardaban la puerta, Rafika Nedjwa la guió, inexpresiva, hacia una pequeña habitación con una mesa y una silla. Su despacho. Con elegancia su nueva ama se sentó y la miró directamente a los ojos. A Isadora le pareció que tenía la intención de hablar, pero vaciló un poco. Al final, con un profundo suspiro se decidió a hablar.

-¿Cómo te llamas? -Le preguntó con sequedad, mientras abría un libro lleno de nombres y edades, el registro de chicas del burdel.

-Isadora -Respondió tristemente. Un segundo después se mordió el labio preocupada, pensando si debería haberla llamado "señora".

-¿Nada más? -Rafika dejó de escribir el nombre para escrutar sus gestos, no pareció importarle no ser tratada con más respeto. Isadora meditó su respuesta.

-Si, señora -La gondoriana acumuló toda su energía, reunió los pedazos del alma rota por la humillación de ser una esclava y miró a los ojos de su dueña con entereza -Entre mi pueblo tendría un apellido y un origen. Los esclavos no pertenecen más que a sus amos -El tono de Isadora no subió, ni resultó fuera de lugar; sin embargo, algo en su mirada mostraba la rebeldía que llevaba oculta esa frase. La Señora Rafika sonrió burlona.

-No seas ilusa -Anotó la fecha de llegada después de mirar un calendario lunar que había a un lado de la mesa -Muchas chicas como tú han pasado por este despacho creyendo que con una frase desafiante me iban a poner en mi lugar -Nedjwa se levantó y se acercó a ella con calma. Isadora tensó el cuerpo y no ocultó su desconfianza -Tampoco creas que vivir en un burdel es el peor de los casos en el que podrías estar.

La chica no pudo evitar mostrar su incredulidad ante la confesión de su dueña, a pesar de querer evitar toda muestra de curiosidad.

-Querida gondoriana, ambas nos hacemos un favor al estar juntas. Las tres bolsas de oro que he tenido que pagar por ti resultarán rentables para mi negocio y, a cambio, tú comerás bien, te vestirás bien y te tratarán bien.

-¿Y tener que perder mi honor para fornicar con desconocidos, posiblemente desagradables, es una buena salida? -Explotó Isadora. Su carácter nunca había sido puesto a prueba de esta manera, ahora se daba cuenta de que no era tan calmada y fría como creía. La mirada de Rafika la hizo callar antes de que siguiera gritando.

-Esto no es un prostíbulo para pobres -La dama se alejó de ella mostrando a medias lo ofendida que estaba Isadora pudo comprobar como la mujer controlaba todos sus sentimientos, mostrando sólo lo que le interesaba -Aquí se le ofrece al cliente descanso, belleza y una conversación interesante. Mejor de lo que las esposas les pueden dar en sus casas -Isadora torció el gesto ante el comentario.

-No me interpretes mal. Ellas jamás tendrán la libertad que se nos ofrece para leer, estudiar y tratar con los hombres de tú a tú -Se paró a mirar a través del enrejado de madera que cerraba la ventana -Aquí, nosotras somos las dueñas, las expertas.

Isadora, de pie en medio de la habitación, sopesó las palabras de su dueña. Al alzar la cabeza se encontró con la mirada de Rafika que parecía ansiosa por hacerle entender su punto de vista, pero ella ya tenía su opinión y no se parecía la de la dueña del burdel. Permaneció en un silencio prudente, no era necesario enfrentarse a su ama. No desde el principio, al menos.

-Bien, -Rafika dio por terminada la charla al ver que su nueva adquisición no parecía querer pronunciarse -no es tarde todavía -Dio dos palmadas y de detrás de un biombo apareció una anciana canosa y encorvada -Meikoina, te mostrará tus habitaciones y te explicará los básico de la casa -Se giró hacía la vieja Meikoina, autoritaria -Bañadla y no la molestéis esta noche. Mañana al despertar empezará su entrenamiento.

-Sí, mi señora -Con una reverencia la anciana se encaminó hacia la puerta, esperando ser seguida por Isadora. La chica miró a Rafika sin moverse, apeló, un último intento, a su bondad sin palabras; pero no esta no pareció hacerle caso y con una sonrisa sardónica le indicó que se marchara.

Siguió, sin ganas, a Meikoina a través de los pasillos siendo observada sin disimulo por las chicas habitantes de la casa. De una de las habitaciones salió la cabellera roja de Morgan, que intentó infundarle ánimo con una sonrisa sincera. Isadora le contestó con una triste mirada.

La vieja prostituta se paró frente a una de las telas coloridas que hacían de puertas para las habitaciones en el piso más alto de la casa, se hizo a un lado dejándola pasar primero.

-Esta será tu habitación -Le explicó una vez dentro -Estás en el tercer piso, cerca de la habitación de la señora. Cada piso tiene su sala de baños, en este está al final del pasillo a la izquierda, te llevaré allí para que te bañen.

-Me puedo bañar sola -Murmuró avergonzada ante la idea de que otras manos, diferentes de las suyas, la tocaran. Meikoina chasqueó la lengua contrariada.

-Son órdenes de la señora -Repuso lacónica, y la dejó pasar de nuevo a la Sala de los Baños. Le arrancó de las manos la capa y con delicadeza la metió en una tina de porcelana tan grande que le permitía tumbarse extendida totalmente. Enseguida aparecieron cinco mujeres, unas desconocidas y otras cuya cara le sonaba de su visita por los pasillos de la casa. La enjabonaron, la aclararon y la perfumaron para después dejarla en su habitación vestida con la túnica que ahora llevaba puesta. Fue incapaz de pegar ojo en toda la noche, angustiada como estaba por la situación.

La cabeza de Meikoina apareció de entre las telas que cerraban la entrada a al dormitorio sobresaltando a una Isadora inmersa en sus recuerdos recientes.

-¿Estás despierta ya? -El resto del cuerpo de la anciana atravesó las cortinas siguiendo a la cabeza y se situó delante de Isadora ofreciéndole una mano para ayudarla a levantarse -Empezaremos el entrenamiento.

-Entrenarme para qué -Gruñó la chica intentando ocultar su curiosidad, para ella prostituirse no tenía mucho misterio. Al menos eso le parecía siendo una simple campesina. Meikoina la miró sin comprender.

-Para ser una gran dama de compañía -Contestó como si fuera lo más obvio del mundo. Con un chasquido de sus dedos otra mujer más joven, pero no mucho más, entró en la estancia y le puso sobre los hombros una capa sencilla -En primer lugar, la señora desea hablar contigo.

Isadora no dijo nada, pero por su gesto se intuyó que no le interesaba demasiado lo que Rafika le tuviera que decir. Bajaron las tres, Meikoina, la otra mujer e Isadora hasta el despacho de la dueña del burdel que la esperaba vestida elegantemente y repleta de joyas como el día anterior en el mercado de esclavos. Con la luz de la mañana Isadora no pudo evitar pensar que la casa ya no parecía tan destartalada e incluso que era agradable, bien podría pasar por la vivienda de una familia muy numerosa.

-Isadora, querida -Nedjwa recibió con alegría a su chica más valiosa. Había depositado grandes esperanzas en ella, pues nunca en la historia de su negocio había contado con una gondoriana y el poder que ello conllevaba.

-Mi señora -La chica imitó el papel de sirvienta totalmente entregada, sin poder evitar sentir que perdía la poca dignidad que le quedaba.

-No, no, no -Rafika estaba de buen humor. En ese corto espacio de tiempo ya había tenido ofertas de hombres poderosos para pasar una noche con Isadora, pero la alcahueta era una mujer de negocios arriesgada y pretendía subir aún más el precio de la chica, de modo que los rechazó a todos -Yo me trates así. Tú y yo estamos en el mismo negocio, al igual que las demás chicas.

-Vos me habéis comprado. Yo soy vuestra esclava -Insistió Isadora. Rafika bufó descontenta.

-Veo que ayer no quisiste entenderme. Aquí, entre estos muros, todas somos iguales -abarcó con sus brazos la casa -Tienes libertad total para moverte dentro de ella. O para venir a hablar conmigo si lo necesitas -Isadora escuchaba con seriedad a su ama -Eso sí, no puedes salir. No quiero que algo tan valioso se pierda, para eso tenemos a los eunucos -Por prudencia Isadora no quiso preguntar qué significaba aquello, aunque a su mente vino la imagen de los hombres armados grandes como árboles que vigilaban las puertas.

-Eso no es libertad -Musitó.

-No, claro que no -Rafika la había oído -Sigues sin entenderlo. Yo te doy toda la libertad que le puedo dar a una de mis posesiones. Pero he pagado por ti, pero no te considero una esclava.

-No lo entiendo. Habéis pagado por mí, pero no soy vuestra esclava. Dejadme ir, entonces.

-No, me perteneces y harás que este negocio sea conocido en todo el Sur de la Tierra Media.

-Entonces, me estáis usando, y yo no soy un objeto -Gritó Isadora, de nuevo notó que perdía los nervios. Si su madre la viera no conocería a su hija Isadora "la calmada" como la llamaba cuando se quería burlar de ella -Soy una persona, libre. No podéis dejarme en una jaula como si fuera un canario con un bonito cantar para mostrarme a sus amistades.

-Veo que al fin has comprendido. A grandes rasgos -Rafika sonrió contenta -Sin embargo, esta jaula, como la llamas, es un paraíso para una mujer. ¿Sabes leer y escribir? -Isadora asintió intentando aceptar su situación de nuevo, le estaba costando -Benditos los gondorianos, siempre tan elegantes. Hasta enseñan a leer a sus mujeres -Alzó los brazos alabando a los ciudadanos de Gondor, uno de los tirantes de su vestido se bajó mostrando una piel clara, tan clara como la de la propia Isadora que contrastaba con su el color oscuro de su cara. Isadora miró ese trozo de carne hipnotizada hasta que Rafika, presurosa, se lo subió -En esta ciudad las mujeres, esclavas o no, no leen, no escriben, no bailan. Yo les doy todo eso, a cambio de que trabajen para mí.

-No me engañéis con palabrerías. Usáis a esas chicas igual que me utilizareis a mí, sin remordimientos -Isadora alzó el tono de voz de nuevo. Sin ser, la joven, consciente de ello, las mujeres del local escuchaban a través de las paredes -Pero ya que me usareis con o sin mi consentimiento, porque soy vuestra esclava -Remarcó la palabra desafiante. A Rafika le divertía todo aquello y calculaba las posibilidades de usar la personalidad de la chica para sus propios fines -Os daré un dato que tal vez os entusiasme: Soy virgen, vendedme al mejor postor.

-Perfecto -Rafika se relamió ante la confesión, eso abría un nuevo campo financiero ante sus ojos -Sólo buscaba la confirmación. Eres demasiado joven para haber conocido un hombre -Isadora gruñó, deseando abrirle la cabeza con un abrecartas (al final terminará siendo una mortífera asesina a sueldo especialista en abrecartas, menuda obsesión) -Perfecto -Volvió a repetir -Tienes toda la mañana para descubrir los rincones ocultos de la casa y esta tarde pondremos a prueba tus aptitudes. ¿Hay algo en lo que destaques?

-Arar, sembrar, cocer pan, remendar ropa y rebanar cuellos de gallina -Contestó de manera escueta, con un matiz claro de ironía. Rafika arrugó la nariz descontenta -Soy una campesina.

-Tal vez me lleve más tiempo del que creía convertirte en una mujer interesante -Murmuró mirándola apreciativamente durante unos segundos, después le hizo un gesto para que se marchara. Isadora obedeció deseosa de terminar esa conversación que le revolvía las entrañas. En la puerta, Meikoina la esperaba con una sonrisa desdentada que Isadora no supo descifrar.

-¿Qué quieres ver primero¿La Sala de Pintura, la Sala de Baile, la Biblioteca? -Isadora se encogió de hombros, deseaba que la anciana se fuera y la dejara explorar a sus anchas. Como si le hubiera leído el pensamiento, Meikoina le dio unas nociones generales sobre la estructura de la casa y se marchó, después de pedirle mil disculpas, a sus quehaceres cotidianos.

Isadora se quedó sola en el pasillo de la primera planta, sin tener en cuenta las indicaciones de la anciana, echó a andar por el pasillo sin esperar encontrar nada. Llegó a las cocinas, donde esclavos con cadenas en los pies pelaban patatas, hervían agua o amasaban pan. De ellos, alguno era conocido y la saludaron con una sonrisa o un gesto amable. Ella, sintiéndose a gusto allí, pasó toda la mañana ayudándolos en sus diferentes tareas; durante ese tiempo se engañó a sí misma y pudo creer que volvía la aldea, a su infancia, con sus padres.

OoOoOoOoOoO

Al principio de la tarde, Meikoina apareció azorada en las cocinas gritando su nombre a pleno pulmón. No disimiló el alivio que le produjo ver a la muchacha en las cocinas, no tenía ninguna intención de soportar la ira de su señora si la nueva adquisición se escapaba. Ella no era joven, eso estaba claro, y permanecer en un burdel a su edad, cuando ya nada de su cuerpo podía ofrecer a un hombre, podría resultar extraño; pero Rafika Nedjwa, entre muchas otras cosas, no dejaba tiradas a las personas así como así. Su política en el burdel era mantener a las prostitutas ancianas y darles el grado, honorario, de profesoras de las más jóvenes. Además, estas mujeres debían ayudar en los quehaceres de la casa. En el caso de Meikoina, que nunca fue muy hábil en su trabajo; no la hizo profesora, pero tampoco la echó sin miramientos de la casa. Reubicó su posición en la jerarquía del prostíbulo haciéndola en parte la encargada, bajó su total responsabilidad, del libro de cuentas, del acompañamiento de las recién llegadas, del acomodamiento de los clientes, siempre desde la sombra. Nunca es agradable entrar en un burdel dónde una vieja desdentada recibe al hombre. El último encargo, orgullo de la anciana, había sido hacerse cargo personalmente de la joven gondoriana.

El alivio por encontrarla se tornó en verdadero enfado al verla cubierta de pies a cabeza por harina y despeinada, tenía la sonrisa característica de haber sido una niña mala.

-¿Qué haces aquí? -Bramó, todos presentes en las cocinas paralizaron sus actividades para mirar a Meikoina. Isadora se levantó con calma y se acercó a donde estaba la anciana sin amilanarse a pesar de la pose amenazante, brazos en jarra, de la mujer.

-Tenía la mañana libre -Meikoina la miró evaluadoramente, sopesando la cantidad de rebeldía que contendría esa chica y el tiempo que tardarían en domarla.

-Sígueme, empezaremos con tu adiestramiento -Ordenó después de un largo suspiro. Echó a andar por los pasillos sin mirar atrás, segura de que la chica la seguiría. La llevó hasta una enorme sala adornada con flores y telas livianas de colores. Había cojines por allí y por aquí sobre el suelo, la luz de la tarde entraba por un ventanal cerrado por una rejilla de madera similar a la del despacho de Rafika. Isadora había comprobado que se disponían en todas las ventanas y supuso que servían para mirar sin ser visto. Por la sala varías chicas morenas de piel oscura, exóticas, rollizas, delgadas como palos, chiquitinas. Todas se giraron para observarla entrar, Isadora se acercó con timidez al centro de la sala, empujada por Meikoina.

-Saleiria, ya la encontré -Se dirigió a una mujer negra sentada de espaldas al ventanal. Isadora la estudió detenidamente, controlando la punzada de odio que le produjo ver el color de piel de la mujer, tan parecido al del hombre que le arruinó la vida y recordándole su misión olvidada por causa de los nuevos acontecimientos. Saleiria asintió con una leve inclinación de cabeza acompañada del tintineo de los pendientes dorados que colgaban de sus orejas. Un velo casi transparente cubría su cabello, pero Isadora intuyó que lo tenía corto y ensortijado. Sus labios eran gruesos y enmarcaron la dentadura blanca, completa y deslumbrante que le ofreció al sonreírle para que se sentara con ellas. Habló, con gran esfuerzo en la Lengua Común, con el fin de incluir en la explicación a Isadora. Tentada estuvo de confesarle que entendía bastante el Haradrim, pero un orgullo insano se instaló en su corazón impidiéndole establecer un trato amable con ninguna de las mujeres de la sala.

Saleiria lentamente les explicó que su especialidad era el canto y la música. Disertó durante mucho rato sobre lo que significa la música para el amor y cualquiera de sus manifestaciones, Isadora bufó imperceptiblemente en total desacuerdo. De lo que cada instrumento puede provocar en los amantes. Así cómo una flauta alegre es capaz de provocar la picardía y el jugueteo en el arte de seducir; la mandora, tocada con sabiduría, es capaz de calmar al compañero ansioso e impulsivo.

Isadora miraba como sus compañeras atendían absortas a la explicación, intentando aceptar la situación en la que se encontraba, sin atender completamente a las explicaciones de la mujer.

-Bien, ahora cada una repetirá la escala que yo haré -Ordenó dando una palmada que sobresaltó a Isadora -Empecemos.

Una por una las chicas pasaron la prueba con mayor o menor éxito hasta que llegó a la joven gondoriana que entonó la escala lo mejor que pudo, es decir, terriblemente mal. Por algo nunca participó en los cánticos de las fiestas de la aldea. Saleiria torció el gesto disgustada por la idea que el as en la manga de su señora no estuviera dotada para cantar.

-Esto es todo, por hoy -Las chicas se levantaron en silencio y abandonaron la sala casi en fila india. Isadora también se levantó para irse, pero la mujer la detuvo posando su mano en el hombro de la chica -Tú quédate.

La joven gondoriana volvió a sentarse mirando atentamente como Saleiria cogía una mandora de una de las esquinas de la sala.

-Que no seas capaz de cantar bien, es problemático -Ella también se sentó -No te lo negaré. Así que probaremos tu capacidad para tocar algún instrumento. La mandora es el más sencillo.

-Es como el laúd en mi tierra -Contestó Isadora, alargando su mano para acariciar las cuerdas. La curiosidad y las ansias por aprender pudieron con su reticencia a participar en nada de lo que le pudieran ofrecer en aquel lugar -Sé tocar el laúd.

Saleiria sonrió volviendo a mostrar su preciosa dentadura, complacida por lo que oía y le cedió la mandora a Isadora.

-Prueba -Isadora cogió el instrumento con cariño, comprobó el estado de las cuerdas con ojo de experta y probó unas notas para escuchar su sonido. Se sintió cómoda con el instrumento y se atrevió tocar una canción alegre muy conocida en su aldea. La melodía se deslizó entre la madera de las columnas, del techo; se escapó por las rejillas de las ventanas y envolvió a sus habitantes endulzándoles la tarde.

Para Isadora, desde aquel momento, la vida que había llevado hasta el día del ataque en la aldea dejó de estar presente hiriendo sus entrañas con la rabia descontrolada y ardiente que la devoraba. Si bien nunca olvidó, en el tiempo que estuvo allí, su meta final ni la causa de su huida de Minas Tirith; en su mente, la calma y la frialdad de las mentes vengativas, empezaron a anidar al tiempo que ella aprendía todo lo que se puede aprender del arte de amar, de la música y la danza. Isadora, en el burdel de Rafika Nedjwa, maduró de la manera más cruel.


Continuará...

Probablemente, a causa del nuevo empleo de Isadora, los próximos capítulos dejen de ser tan castos y puros. Depende de cómo me desenvuelva en esa temática; precisamente por eso lo puse con rating M, para darme libertad.

Saluditos!