- ¡Solo por querer que los estudiantes no lleguen tarde, no significa que voy a arrastrarte a la escuela! ¡Que esta sea la última vez!- gritó Noriko mientras arrastraba del brazo al único peliverde por el cual podría llegar a siquiera pensar desviarse de su ruta a la escuela. En su otra mano sostenía fuertemente su celular, el último mensaje de Takao probablemente abierto. Un aviso de que una vez más, Midorima demostraba su incapacidad de mantener prioridades.
- ¡Fue culpa de Takao!- gruñó el muchacho- ¡Y para tu información, también es tu objeto de la suerte!
- ¡A mí no me mezcles con esas cosas raras! ¡Y que no te haya querido llevar al otro lado de la ciudad un día de la semana a comprar tu estúpido florero no es culpa suya!
- ¡No es un florero!
No había tiempo para llegar si no apresuraban el paso, de eso se dieron cuenta casi a mitad de la calle, pero lo único que quedaba era seguir corriendo. De entre la línea de autos esperando al cambio de luz, una de las motos presentes rugió y adelantó lo suficientemente rápido y lo suficientemente lejos como para hacer saltar a la pareja de un susto.
- ¿¡Qué no les enseñaron a mirar el semaforo!?- gritó el dueño de la moto, frunciendo el ceño en su dirección.
- Claro. Que tenga buen día- no fue dicho con tono de disculpa ni mucho menos una sonrisa. La fría mirada de la muchacha era más que suficiente para dar por entendido lo que realmente pensaba al respecto.
- ¡Por qué no mejor me haces pasar una buena noche!- el hombre soltó lo que sólo podía ser clasificado como una risa asquerosa, cosa que a pesar de no hacerle gracia a Noriko en lo mas mínimo, no la hizo detenerse. Lo que sí la hizo quedarse parada en el rayado, de espaldas a un semáforo que sin duda había cambiado a verde ya y en frente de autos impacientes por seguir su camino, fue la forma en la que el peli verde se quedó como piedra en vez de seguir su ejemplo y seguir caminando.
Pueden llamarlo suerte, pueden llamarlo coincidencia; "predispuesto por el destino" sería la respuesta de Shintaro si Takao le preguntase por qué ese día llegó a la escuela sin su objeto de la suerte. Pero la manera en la que el jarrón de cerámica vólo por los cielos con presición, como si no pesara más que una pluma lo cual era exactamente lo contrario a la verdad, hizo que Noriko soltara el grito que nunca jamás se dignaría a dejar salir en su vida. Jalando el brazo de Shintaro, corrió como nunca había corrido la poca distancia que los separaba de la esquina, porque ser acusados de asesinato no le llamaba la atención.
Oha sa, llegó a admitir después de ese día, nunca se equivoca.
Trece segundos de caos.
