Buenas ^^ Que lio de días, de verdad. ¿No os pasa que cuando se supone que tienen vacaciones es cuando menos tiempo tienes para hacer lo que quieres? Entre reuniones y salidas no tengo tiempo para escribir y todos mis personajes me asaltan durante la noche y me apalean por tenerles olvidados. Ya estoy corrigiendo mis malas costumbres y he empezado a escribir de nuevo después de este parón. Ya tengo nueva ideas para plasmar sobre el papel ^^

También estoy aprovechando para verme toda la filmografía de Norman Reedus, un trabajo duro porque ha hecho muchas, demasiadas, y la mayoría no las encuentro :'( Empecé a verlas por la primera (1997) pero conforme subía me encontraba con más impedimentos para encontrarlas, me tuve que saltar seis y decidí que las vería sin un orden establecido. Por favor, si alguien encuentra I'm losing you (te estoy perdierdo), Reach the rock (La sombra de la culpa), Bad seed (Preston tylk), Davis is Dead, Floating, Sand o El diablo viste de negro, estaré eternamente agradecida si me dicen donde la vieron, me da igual si están en inglés, con sub o español, las veo en cualquier de esos idiomas.

Por ahora de todas las que vi recomiendo Six ways to sunday (para aquellos que entiendan en inglés o los que se atrevan, es fácil pillar de qué va), Dark harbor (es final es... *o*) (Estas dos en especial para ti, peperina, en la primera salen fotos de norman de pequeño durante los créditos, era más mono. Y la segunda porque hay que verla sí o sí xD), El fin del mundo en 8mm (gore), Rumores que matan (otro final inesperado y donde mejor vi a Norman (L)) y, por supuesto, las dos películas de Boondock Saint.

Capítulo 3: Calor y más calor.

- ¿Cuánto queda? - pregunté por enésima vez.

Hacía horas que salimos de casa. Solo paramos para comer algo al medio día y desde entonces habíamos seguido avanzando. Era el día más caluroso que recordaba, Zaina despedía calor por todo su cuerpo, algo que no ayudaba. Los grillos llevaban todo el día haciendo ese molesto ruido que me sacaba de quicio, parecía que incluso ellos se quejaban del calor. El sudor había empapado mi camiseta y se me metía en los ojos provocando que me escocieran. Me recogí el pelo en una coleta cuando empezó a pegárseme al cuello y espalda.

No nos habíamos cruzado con nadie desde que salimos, lo que no era nada alentador.

- Cállate, lo has preguntado a cada hora – dijo mi hermano molesto. Su caballo bufó como dándole la razón.

- Olvídame quieres.

Frené a Zaina y bajé de la silla. Le dije a John que también se bajara, pareció reacio pero obedeció. Pasé las riendas sobre la cabeza de la yegua y seguí a pie.

- ¿Por qué hemos bajado?

- Es el primer día, hace un calor horrible y Zaina lleva horas cargando con nuestro peso y la mochila. No quiero matarla tan pronto.

Escuché como a mi espalda los demás me imitaban. El sonido de las herraduras contra el asfalto solía calmarme, pero hacía demasiado calor para pensar en otra cosa.

Cuando comenzó a anochecer buscamos un lugar donde pasar la noche. Nos alejamos varios metros de la carretera y nos instalamos detrás de unos matorrales. Mientras montábamos la tienda, John pasó una cuerda por las ramas de un árbol cercano, ató el extremo a la mochila que contenía las armas y las izó. Quedaron colgando a varios metros del suelo.

- ¿Qué haces? - le pregunté

- Cuando iba hacia vuestra casa me asaltaron unos bandidos mientras dormía y me robaron todo lo que llevaba. Desde entonces escondo las armas.

Tuvimos que abrigarnos porque cuando se fue el sol comenzó a hacer frío. Encendimos una hoguera pero no dejábamos que hiciese llamas por lo que no calentaba demasiado. Después de cenar me metí inmediatamente en la tienda para dormir. Había sido un día muy largo y estaba derrotada.

Me desperté por culpa de los pájaros. En un principio no recordé donde estaba, pero poco a poco los recuerdos se abrieron paso por mi mente. Fue entonces cuando me di cuenta de que no íbamos a volver a casa, y lo más seguro era que nunca la vería de nuevo, ni la casa, ni mis antiguos amigos ni quizás mi padre. Esto, me produjo una sensación de intranquilidad que no me abandonó en todo el día. Me levanté porque no aguantaba más sobre el duro suelo. Mi madre seguía durmiendo tranquilamente. Afuera, ya había amanecido y los muchachos recogían su tienda. Todo el cuerpo me dolía por la caminata del día anterior. John se frotó el culo dolorido por todas las horas que había estado sobre el caballo.

Desayunamos y cuando lo recogimos todo volvimos al camino. Me dolían las piernas un montón, jamás había montado a caballo durante tanto tiempo como el día anterior, los demás también se quejaron. Ese día Tom y James intentaron amenizar el camino con chistes pero después de tres horas se quedaron sin ninguno nuevo que contar. Recordaron alguna anécdota graciosa y James me contó el argumento de una película que quería ver.

Cuando anocheció montamos el campamento y cenamos frente a la luz de la lumbre.

- Yo comenzaré la guardia y después me rebelaréis tú o James – le explicó John a mi hermano.

- ¿Y yo?

- Tú a dormir que aún nos queda mucho camino – me dijo.

- Quiero ayudar, no es justo que me trates como una niña chica, tengo diecisiete años.

- Por muchos años que tengas, no sabes disparar una pistola y no dejaré que hagas guardia con un cuchillo. Cuando te enseñe podrás vigilar.

- ¿Vas a enseñarla a disparar? - se horrorizó mamá.

- Sí, lo mejor es que nos podamos proteger mutuamente, si no la enseño su torpeza podría matarnos a todos.

No supe como sentirme, me gustaba la idea de que me enseñara a disparar pero me había insultado y no parecía arrepentido.

Hicieron la guardia como John había dicho y nosotras nos metimos en la tienda a dormir.

-¿Crees que será seguro?

Estábamos escondidos detrás de un coche, vigilando una gasolinera que había en medio de la carretera. Habían pasado días desde que salimos y la mayor parte de los alimentos que llevamos se pusieron malos por el calor y tuvimos que tirarlo todo. Tom era reacio a acercarse cargando conmigo, era la única que no llevaba pistola, pero no quería quedarme sola ni que me dejaran atrás. Había muchos coches parados por la carretera, con las puertas abiertas porque los ocupantes habían salido corriendo. Algunos estaban calcinados.

Después de reflexionar sobre lo que íbamos a hacer nos acercamos al edificio. Yo iba en medio, protegida por los otros que agarraban sus armas preparados para disparar. No vimos nada extraños y en pocos pasos estuvimos junto a la puerta. Entramos y revisamos la estantería. Ya debía haber pasado gente por allí porque faltaban muchas cosas. Nos abastecimos con las pocas botellas de agua que quedaban. Me acerqué a las chucherías, miré todas las bolsas intentando decidir qué coger.

- Cógelo todo, no tienes que pagarlo – James me sobresaltó. Cogió una bolsa de patatas y volvió junto a Tom.

Sonreí y cogí toda las chuches que cupieron entre mis brazos. Me miraron sorprendidos al verme con tantos caprichos. Salimos más tranquilos camino del lugar donde habíamos atados los caballos. Escuchamos unos gemidos y nos quedamos paralizados. Giramos hacia el lugar desde donde venían los ruidos. Un caminante nos miraba fijamente. Se me cayó todo lo que llevaba en las manos de la impresión. Nunca conseguí acostumbrarme a ver sus horribles caras y sus deformadas figuras. Se acercó a nosotros lo más rápido que pudo, emitiendo pequeños rugidos. John desenfundó un cuchillo que llevaba escondido pero no le dio tiempo a matarlo porque oímos un disparo. El caminante cayó frente a nuestros ojos. Miré a mi derecha, James mantenía la escopeta contra el hombro en posición de disparo.

- ¿Estás loco? - gritó John. De un manotazo le obligó a bajar el arma - ¿Sabes cuantos caminantes van a venir atraídos por el ruido?

- Iba a comernos – se defendió.

- ¡Era uno, podíamos haber terminado con él con un cuchillo!

John le agarró del cuello de la camisa y James respondió golpeándole. Tuvimos que separarles a empujones y nuestros gritos resonaron entre los metales de los vehículos.

- Vámonos de aquí antes de que aparezcan más caminantes – pidió mamá.

Los dos chicos se miraron con rabia contenida pero no volvieron a pelearse cuando les soltamos. John se volvió furioso y anduvo hacia los animales a grandes zancadas. Los demás le seguimos en silencio, sin atrevernos siquiera a respirar.

Decidieron cambiar de camino y nos desviamos atravesando el campo. Mi hermano no creía seguro seguir por la carretera con todo el ruido que habíamos hecho. El resto del día fue muy tenso, no se dirigieron la palabra y se miraban con odio. Podía sentir los nervios a flor de piel.

Por la tarde paramos para que los caballos descansasen. Revisé las herraduras de Zaina, estaban enrojecidas en algunas partes y no me gustaba su aspecto. Escuché como alguien se acercaba mientras acomodaba a la yegua para pasar la noche. John apareció a mi lado.

- Voy a ver si cazo algo, no te alejes del grupo – me besó suavemente, con mi madre y mi hermano siempre delante me daba vergüenza besarle.

- ¿Puedo ir contigo? - le miró suplicante, sabedora de que no podía negarme nada.

- Está bien, vamos.

Avisé a los otros de donde íbamos a estar y me adentré en el bosque tras John. Al principio fuimos cogidos de la mano, bromeando del tiempo que hacía que no estábamos solos y compartiendo cariñitos.

John me soltó y se puso a inspeccionar el suelo. Me reí y me pidió que me callase. Le seguí en silencio con mucho cuidado de no hacer ruido ni pisar ninguna ramita. Examinaba las hojas y la hierba. Al poco rato me cansé de andar sin nada más que hacer que mirar la espalda de John.

- ¿Se puede saber qué haces? - le pregunté molesta de que malgastara el poco tiempo que teníamos para estar solos.

- Sigo un rastro – ni me miró, cabreándome más.

- Llevas horas mirando el suelo, ahí no hay nada.

Se irguió y me miró, esbozó una sonrisa divertida.

- ¿Qué tal si te enseño y vemos si tú consigues cazar algo?

Acepté el reto y me puse a su lado. Nos acuclillamos y me enseñó el rastro que se suponía que estaba siguiendo. Donde él veía pequeñas huellas y rastros de un conejo, yo, solo hierba, algunas piedras y algo de tierra removida. Presté atención a todo lo que me decía intentando memorizarlo. A partir de entonces, aprovechábamos cada parada para salir a rastrear y cazar. Con el tiempo y la necesidad, fui mejorando.

Volvimos al anochecer. Cuando nos sentamos a cenar les conté a todos lo que había aprendido con John añadiendo lo que se me olvidaba. Habíamos seguido el rastro del conejo que terminaba en una madriguera abandonada, también seguimos a unos erizos y los encontramos bajo unos matorrales. Mamá pareció divertirse y volví a escucharla reír como lo hacía antes.

Después de cenar lo recogimos todo y lo guardamos para el siguiente día. Fui a visitar a Zaina por última vez antes de acostarme. Cuando estaba con la yegua escuché a alguien maldiciendo en voz baja. Me acerqué a ver quien era. Pillé a James en una situación algo embarazosa.

- ¡Joder, Sue, que entre tu novio y tú no me dejáis ni mear tranquilo! - me di la vuelta avergonzada mientras se ataba el pantalón.

- Lo siento, no sabía que estabas aquí.

- No, si últimamente nadie sabe nada – pasó por mi lado de vuelta al campamento.

- ¿Qué te pasa? - corrí a su lado.

- Tu novio es lo que me pasa. ¿Quién se cree que es? ¿Quién le puso al mando?

- Manda porque es el que sabe lo que está ocurriendo y porque es militar, y tiene mucha más idea de defensa y protección que tú – repliqué cada vez más enfadada.

- ¿Te estás oyendo? ¿A dónde crees que vamos? Ese refugio del que habla no existe, es toda una invención para mantenernos en movimiento hasta que nos pillen los mordedores esos.

- Al menos tiene un plan, lo único que haces es quejarte sin poner soluciones. Si vas a seguir así quizás es que no te necesitamos.

Me di la vuelta cansada de sus lamentos. Tom me miró al llegar, era el primero en la guardia, supuse que lo había escuchado todo. Entré en la tienda y me tiré sobre el saco. Estaba muy furiosa y si hubiera tenido el saco de boxeo de casa me habría descargado con él. Al final, conseguí dormirme.

Movió la colita blanca nervioso. Se levantó sobre las patas traseras y miró en mi dirección con la orejas en alto. Movió el hocico cubierto por los bigotes. Sus ojitos negros me buscaron entre la maleza pero yo estaba bien escondida. Había estado siguiendo al conejo desde que amaneciera, me costó horas seguir el rastro y mucho más encontrar al bicho. De repente escuché un ruido extraño, como un soplido, y el conejo cayó al suelo como desmayado. Me levanté sobresaltada y me acerqué al animal. John salió de detrás del arbusto en el que estaba escondido con una pistola negra entre las manos. Lo miré horrorizada cuando cogió al conejo por las orejas.

- ¡Animal! Pobre conejo, con lo bonito que era – le regañé.

- Ya verás como luego te lo comes.

- Bestia. Bestia. Bestia.

Se lo repetí durante todo el camino de vuelta. Asaron el conejo en la hoguera, en un primer momento no quise comerlo pero el olor me atraía demasiado. Llevaba una semana sin probar la carne, nos habíamos alimentado de lo poco que nos quedaba y de sopas de las hierbas comestibles que encontraban. Le di un bocadito para probarlo. Estaba buenísimo y me comí el trozo que me tocaba. John rio con disimulo al verme comer la carne.

- Te lo dije.

Le fulminé con la mirada. Me sentí culpable de haber seguido al conejo y provocarle una muerte prematura pero se me olvidó rápidamente al segundo bocado.

Llevábamos tres días descansando en el claro, habíamos tenidos problemas con los caballos. La última semana habíamos caminado atravesando el bosque y las piedras les habían hecho heridas a los animales en las herraduras. El caballo de carga tropezó justo cuando subíamos una pendiente y rodó cuesta abajo, por suerte iba el último y nadie más salió herido. Era el más viejo de todos y las patas le fallaron al pisar unas piedras sueltas. Se rompió una pata trasera por lo que le era imposible seguir andando. Los gemidos de dolor del caballo me estremecieron hasta el alma y atrajeron la atención de varios zombies. Mi hermano me quitó el cuchillo de caza sin que me diera cuenta y se lo clavó al herido. Dejó de relinchar al instante. Tuve que darme la vuelta porque no soportaba la mirada vacía de sus ojos.

- Vámonos – propuso mamá.

Después de terminar de comer volvimos al camino. Esta vez John iba delante. Cogía las riendas con seguridad pero demasiado fuerte. Zaina cabeceaba molesta. Tuve que advertirle que le diera más soltura porque el animal tiraba de las bridas. En el bosque no se escuchaba nada excepto el piar de los pájaros y el vuelo de algunos insectos. Estábamos cerca de un pantano y por la noche había muchos mosquitos. Me picaba todo el cuerpo por culpa de sus picaduras.

Cabeceé cansada de montar durante horas y después dormir en el suelo. Añoraba mi cama más que nada en el mundo, eso, y una ducha de agua caliente. No habíamos visto un lago ni un río desde días atrás y el calor sofocante nos hacía sudar durante todo el día. Me daba asco a mi misma pero al final acabas acostumbrándote a todo.

Giramos hacia la derecha en un árbol, como si estuviéramos siguiendo un sendero invisible. Tom frenó al caballo de golpe y los demás animales se quejaron al chocarse entre ellos. Señaló delante de él y miramos en la dirección. Frente a nosotros se extendía una carretera llena de coches. Bajamos de los caballos y nos acercamos acuclillados, protegidos por la maleza. John cogió un rifle y utilizó la mira telescópica como prismático. Miró un momento y pasó el arma para que los demás también lo viéramos. Cuando me llegó el turno acerqué el ojo impaciente. Podía ver el interior de los coches más cercanos. No parecía que hubiera nadie cerca, ni supervivientes ni mordedores. De repente algo se movió cerca de un coche, solo pude ver la nuca de alguien. A su lado aparecieron dos más. Le pasé el fusil a John que miró de nuevo.

- Cuento tres, no, cuatro mordedores.

- ¿Crees que podemos acercarnos?

- No son muchos y tardaríamos demasiado en dar un rodeo. Lo mejor será que salgamos en silencio y atacarles por sorpresa.

Volvimos junto a los caballos para preparar las armas y tranquilizarlos. Acordamos que se acercarían los hombres y nosotras esperaríamos con los animales preparados para cruzar cuando no hubiera peligro. Vimos a los chicos salir del bosque y quedarse sin la protección de la maleza.