Capítulo 2: Situaciones

"¿De qué huyes? Si lo que llevas dentro te seguirá a donde vayas"

Después de echar una mirada preocupada a su reloj de mano, Mikoto Uchiha se armó de valor para girar el pomo de aquella puerta que parecía desprender toda la pesadumbre y melancolía de la ciudad. Llevaba dos días enteros en aquella vivienda, deambulando por los pasillos sin saber qué hacer, qué decir, o a quién acudir. Después de llamarla para reclamarle con palabras ininteligibles, Kushina no le había devuelto ni siquiera una mirada a pesar de sus constantes intentos por tejer una conversación, y eso ya empezaba a ponerla histérica.

Conocía la confusión de emociones que asediaban a aquella mujer, sabía que hubo un momento de crisis, meses atrás, en que de no ser por el acompañamiento de sus seres más cercanos, jamás habría logrado salir. Ella había sido testigo de aquellos episodios de abandono hacia sí misma, y pensar que podía estarse repitiendo lo mismo bajo sus narices y sin ella atreverse a hacer nada, la llenaba de tormento.

Una vez dentro sus ojos barrieron la habitación y sus dedos apretaron con nerviosismo la bandeja que llevaba en las manos. A pesar de ser ya medio día el espacioso lugar permanecía inmerso en la oscuridad. El balcón cerrado y los amplios ventanales cubiertos por gruesas cortinas no hacían mucho por mitigar esa sensación de aislamiento. Mikoto dio tres pasos al interior, se detuvo sobre la alfombra esponjosa que cubría casi todo el dormitorio y fijó sus ojos inquietos en el bulto sobre la cama.

En otro momento jamás se hubiera atrevido entrar en la alcoba principal. Hasta el viernes, dos días atrás, no lo había hecho. Y aunque llevaba esos días entrando y saliendo a cada momento, no terminaba por acostumbrarse a esa sensación de estar invadiendo espacio privado.

Se aproximó a la cama, dejó la bandeja en una esquina de la misma y sacudió con suavidad un hombro de su amiga.

—Kushina —llamó en voz alta sin dejar de moverla. La otra mujer se removió, su cabeza cubierta por despeinado cabello rojo salió debajo del edredón y dos ojos somnolientos la observaron sin emoción. Aquel rostro pálido se descompuso en una mueca de apatía y los parpados volvieron a bajar.

—¿Qué quieres, Mikoto?

—Van a ser las doce del día —respondió, remojando sus labios. Era, sin duda y a pesar de ese gesto de malestar que le dirigía Kushina, la mejor acogida que recibía de parte de ella cuando la despertaba. Desde el viernes en la noche cuando todo eso dio inicio, se había sentido tan culpable que no era capaz de siquiera dormir. Las ojeras bajo sus ojos oscuros y la opacidad de su cabellera negra eran la muestra perfecta de lo mal que ella también la estaba pasando.

Pero el arrepentimiento era algo que no entraba entre ese cúmulo de emociones que le impedían respirar con tranquilidad. Había asistido a ese drama por suficiente tiempo como para sentirse obligada a blandir ese valor que escondía e interceder de una buena vez. No sentía que hubiera hecho algo mal, y Kushina parecía pensar lo mismo a juzgar su silencio para con el papel que ella había jugado en todo aquello.

—¿Y qué?

—Deberías levantarte y hacer algo, Kushina —sugirió mientras la otra mujer se volvía boca abajo en la cama y tapaba su cabeza con una almohada—. No es bueno que duermas tanto ni que te mantengas encerrada en…

—No he dormido mucho, Mikoto. —La interrumpió Kushina, su voz amortiguada por la almohada—. He tratado pero no puedo.

Mikoto pasó una mano por su propio brazo, mordiéndose un labio. Con un movimiento fugaz miró la mesita de noche más próxima, enfocando las pastillas que permanecían sobre su superficie. El día de ayer, cuando las vio en el mismo lugar, creyó que su amiga las estaba tomando para descansar. Pero tal parecía ser que en vez de ello trataba de resistirse, a pesar del daño que se ocasionaba seguir despierta, dándole vueltas a lo mismo. Mikoto bien conocía el miedo que Kushina tenía a depender de un medicamento para sentirse bien. No quería por nada del mundo regresar a lo mismo de antes.

Liberó un suspiro y, seleccionando sus palabras con precaución, se atrevió a preguntar lo que llevaba pensando de un tiempo para acá.

—¿No crees, kushina, que lo mejor era seguir cada uno por su lado? —Ella ni contestó ni dio muestras de haberla escuchado. Mikoto, más nerviosa que antes, jugueteó con sus dedos y prosiguió—. No se estaban haciendo ningún bien… él te hacía daño y tú se lo hacías a él.

Por un segundo que duró una eternidad, la mujer de piel blanca y cabello negro temió ser atacada por un barrullo de negaciones, exaltados contraargumentos y gestos de odio. En vez de ello presenció algo que le hizo desear la anterior suposición; Kushina dejó a un lado la almohada levantándose como si le doliera hacer incluso eso. Las medias lunas bajo sus ojos, la hinchazón de su rostro y la resequedad de sus labios quedó cubierta por las hebras de cabello que cayeron sobre su cara.

Su postura era de una derrota tan inmensa que le heló la sangre. El fracaso se leía en sus hombros caídos, sus manos delgadas y pequeñas que retorcían la tela del edredón, en su cuerpo débil. Mikoto desvió su mirada, incapaz de seguir observando. ¿Cómo era posible llegar a tales extremos?, ¿una persona que antes por mínimo podía considerarse una luz, cómo podía apagarse de esa manera?

—¿Qué crees que hubiera pensado mi madre de todo lo que ha pasado?

—¿Qué? —susurró sorprendida por el cambio de tema.

—¿Qué pensaría de mí, de Minato, de lo que nos hemos hecho?

Mikoto la observó sin saber qué decir. Evocó el rostro de esa madre entregada y afectuosa que había sido, de esa mujer que con ella siempre se comportó como una segunda figura materna. Que amaba a su hija sobre todas las cosas, que siempre creyó en ella, en su fuerza, en su tenacidad para seguir adelante. ¿Qué hubiera dicho o pensado de haberlo presenciado todo? Apartó el cabello de su frente, más muda que antes.

Tampoco era como si Kushina esperara una respuesta. Ninguna de las preguntas que daban vueltas por su cabeza esperaba una, pero haberla pronunciado restaba algo de ese peso que llevaba sobre los hombros. Su mente era una confusión de pensamientos que le costaba definir, frases sueltas que hallaban nitidez, la hacían temblar de culpabilidad e impotencia, y luego regresaban a la espesa y nauseabunda masa de la que habían salido.

Kushina suspiró por lo bajo y se arrastró hasta el bordo de la cama. Sus labios partidos se resintieron con el movimiento, sus pies protestaron por el frío del suelo y su cuerpo se quejó al ponerse en pie. Agradeció en el alma tener libre ese día, de lo contrario hubiera tenido que sacar fuerzas de donde no tenía para arreglarse, conducir, aparentar que nada le sucedía y obligarse a concentrar de cara a su jefe. Ignoró las preguntas de Mikoto y se dirigió hacia el cuarto de baño. Cuando su mano se cerró sobre la perilla, su amiga habló.

—He hablado con él.

Kushina se detuvo sin quitar sus ojos moribundos de la madera. Recordaba poco del momento en que llegó a su vivienda, pagó el pasaje, se deshizo de su ropa mojada y se metió desnuda en la cama. Todo era un borrón que le costaba y no quería concretar, lo siguiente de lo que había sido consciente era de tener a Mikoto con su rostro de preocupación preguntando qué le había sucedido. Querer saber cómo había entrado a su vivienda si ella no se levantó a abrir, no había cruzado su cabeza en ningún momento.

Había tratado de contactar con su terapeuta, viendo que todo se salía de sus manos. Pero estaba de viaje y de querer hablar con él debía hacerlo por celular, y no se le antojaba ni por asomo tocar el tema a través de un aparato tan impersonal como ese. Dentro de las horas que siguieron al viernes en la noche, se había mantenido en cama tratando de conciliar el sueño, mirando su móvil con tanta insistencia como si le rogara recibir un mensaje o una llamada de la persona que la había dejado en shock. Un mensaje o una llamada que le indicara que todo era una mentira, una broma.

—¿Qué ha dicho?

—No habló de ti —susurró, recordando la tarde anterior que lo había encontrado en su casa tratando temas laborales con Fugaku, su marido—. Pero lo vi más tranquilo de lo que ha estado en mucho tiempo.

Kushina dejó salir un suspiro y apoyó su frente en la madera. Mikoto juntó las cejas sin quitar su mirada de la otra mujer.

—¿No deberías hacer lo mismo, Kushina? —sugirió al ver que ella no hablaba—. Ver esto como algo bueno. Algo que puede traerte beneficios. Piensa que simplemente hay cosas que no funcionan, hay que saber ponerle fin a lo que no sirve.

Su interlocutora, dirigiéndole una mirada que ella no supo interpretar, arrugó su rostro y cruzó los brazos bajo su pecho, como si le hubieran infringido un golpe en el estómago. Cuando respondió, Mikoto tuvo que hacer un esfuerzo extra para alcanzar a escucharla.

—¿No te has detenido a pensar, Mikoto, que llevo dos años sintiéndome inservible e inútil? —La miró con tanta vehemencia que en sus ojos pareció encenderse una llama diminuta que no tardó en dispersarse por todo su rostro—. ¿Y que lo último que hubiera querido es que precisamente él llegara a la misma conclusión que yo?

Sin poder creer lo que acababa de escuchar, Mikoto se levantó de la cama, salvó el espacio hasta ella y la obligó a apartarse de la puerta. Mirándola a los ojos con preocupación y enojo le habló.

—Una relación es de dos, Kushina. —Ella desvió la mirada al techo, pero Mikoto la obligó a mirarla de nuevo—. No puedes culparte, no es justo creer que sólo es culpa tuya. Si se acabó es porque ambos hicieron algo mal, no porque tú…

Pero ella ya no escuchaba. Su mente estaba en otro momento, en otro lugar. En las veces que ella lo había rechazado, en las que prefería estar sola, en las que le daba la espalda fingiendo dormir cuando lo oía llegar, en las palabras de él esa noche.

…Yo no he hecho más que estar a tu lado aún cuando no querías. De acompañarte cuando deseabas ignorar a todo el mundo. De ayudarte cuando ellos se fueron. ¡Mi único error ha sido creer que volverías a ser la misma!

—No entiendes nada, Mikoto —musitó girándose de nuevo hacia la puerta. En su garganta se había formado un nudo que le impedía hablar más fuerte.

—No importa lo que haya sucedido. No puedes dejar de quererte a ti misma —trató de agarrarla del brazo, pero ella se hizo a un lado con furia. Su rostro se había deformado en una expresión de indignación y enfado descomunal. En esos dos ojos Mikoto vio todo y nada a la vez. Vio impotencia, vio desagrado, vio tristeza, vio anhelo, vio soledad, vio desesperación. Y lo que más le sorprendió y le hizo dar un paso atrás con sorpresa; vio odio.

—No sabes de lo que hablas.

—Kush…

—¡Nunca podrás entender, Mikoto, porque no te falta nada!, ¡porque ves todo desde la comodidad de tu vida perfecta!, ¡sólo una persona puede entenderlo, pero no está aquí! —abrió la puerta, y antes de cerrarla con fuerza, le dijo—. Por favor vete. Quiero estar sola.

La puerta se cerró con tanto apremio que las puntas de su cabello se levantaron con el viento. Su primer impulso fue seguir insistiendo, aporrear la puerta hasta que le abrieran, insistir hasta poder construir una conversación cordial. En vez de ello, con el corazón en la garganta, Mikoto observó la madera con el frío de la realidad petrificando sus pies en el suelo.

De seguir así, la iban a perder. Se acercó con paso titubeante hasta la puerta, fue entonces cuando escuchó los sollozos al otro lado y decidió que no podía simplemente dejar las cosas así. Se dio la vuelta con las rodillas temblorosas, tratando de asimilar ese fuerte y oscuro resentimiento que estaba consumiendo a Kushina. Tratando de idear qué hacer.

Al salir al pasillo sintió que nada mejoraba, que las paredes la ahogaban, que esa casa consumía cualquier rastro de alegría. Sentía que se asfixiaba, sentía el impulso de huir, de dejar atrás esas turbias emociones que bebían de ella. ¿Era eso lo que Minato sentía cada que entraba?, ¿cómo habían creado una atmosfera tan apabullante y colmada de aversión?, ¿cómo podían siquiera vivir ahí?

Entonces, entre más se cuestionaba y surgían más y más preguntas, tuvo que darle la razón a Kushina; ella no sabía nada de lo que había pasado ni de lo que estaba sucediendo justo en ese momento. Con una mano en el pecho y la sensación de humedad en sus ojos, Mikoto se apoyó en la pared y observó con detenimiento las escaleras que llevaban a la primera planta. Sólo existía, tal como también decía Kushina, una única persona que podía entender todo aquello. El otro protagonista de esa historia colmada de suplicios.

Así que, con el corazón desbocado y la preocupación llegando a nuevos niveles, Mikoto Uchiha tomó su bolso, encendió su coche y salió de aquella edificación rumbo a un lugar en el que, esperaba, fuera bien recibida.


Minato traspasó la puerta del elegante café cuando el reloj dio la una de la tarde. Tenía una hora para llevar a cabo esa conversación antes de regresar al trabajo. Había dejado el coche en un parqueadero algo lejano al no encontrar sitio en el del establecimiento, razón por la que llegó algunos minutos tarde. El aroma dulzón y envolvente de los granos de café lo hizo suspirar y aflojar el nudo de su estómago.

Cuando esa mañana poco después de levantarse llegó el mensaje, sintió que no estaba preparado para darle la cara. No cuando ella se lo había advertido tantas veces y él, ahogado en un optimismo que cavó su tumba con el paso de los días, había hecho oídos sordos de forma deliberada.

Barrió con su mirada el lugar, deteniendo sus ojos en cada mesa. Las paredes beige eran acogedoras y la brisa que refrescaba el local lo hacía cómodo. Ese día el sol calentaba a horrores, era un alivio que ahí dentro no tuviera que preocuparse por eso. Con cada rostro desconocido que contemplaba se sentía más inquieto, lo último que le faltaba era que, dentro de su usual obsesión por ser puntual, ella hubiera decidido levantarse e irse. Sin embargo, cuando ya ideaba las frases correctas para calmar su enojo, en el balcón del local encontró la cabellera rubia que buscaba. La mujer tomaba de su café mientras observaba con las cejas juntas a las personas que paseaban en bicicleta por el delgado callejón adyacente. Sus labios apretados acentuaban las incipientes líneas de expresión que empezaban a cruzar la piel de su rostro.

Era una persona que no demostraba su edad. Alta, de cejas delgadas, rasgos delicados y un vestuario elegante que sugería unas curvas que muy probablemente habían sido su orgullo durante sus años mozos. Era de esos individuos que sin importar lo poco que hicieran, siempre provocaban un batir de ojos hacia sí mismos.

Mirando con sobrecogedor alivio su reloj, caminó hasta ella y tomó puesto en la silla libre. La mujer lo inspeccionó con expresión grave, como si con ese simple gesto pudiera desvelar cualquier misterio que él encerrara. Al final, dejando la taza de café sobre la mesa redonda, torció los labios en un ademán incierto.

—¿Entonces decidiste al fin seguir mi consejo?

—También me alegro de verte, madre —precisó con las cejas elevadas, haciendo señas a un mesero. Éste se acercó, tomó la orden y se alejó bajo la mirada austera de la mujer—. Es un gusto que hayas decidido visitarme. Aunque hubiera agradecido recibir el aviso con anterioridad, lo ideal…

—Minato. —Lo atajó su madre arrugando la frente. En sus ojos se adivinaba un brillo de reproche que lo regresaba a la época de su jovial juventud y las constantes censuras de su pragmática madre. Adivinando lo que diría a continuación, aquel hombre viró su mirada hasta los panecillos que descansaban en el centro de la mesa—. Te lo dije.

Liberó la tensión que había acumulado durante toda esa mañana en un hondo suspiro. Sus hombros se relajaron bajo la camisa que insinuaba las formas de sus brazos, su corazón se ralentizó y una punzada de molestia empezó a apuñalar el interior de su estómago. Él no necesitaba que le recordaran lo que ya sabía.

—No empieces de nuevo, madre.

La mujer torció el gesto e hizo amago de insistir. No obstante, tras fijarse en la expresión ácida que su hijo había formado, lo reconsideró. No había llegado de tan lejos para hacerle la vida más difícil, lo último que quería era convertirse en otro incordio con el que él tendría que cargar. Minato ya bastante tenía con sobrellevar esa masa de problemas y disgustos que tan tontamente había acumulado.

Apretó los labios rojos con ira invadiendo sus venas. Haber tenido que contemplar desde la distancia la llenaba de impotencia. Haberse visto ignorada por su hijo a pesar de sus intentos por mostrarle el camino la enervaba más. Pero ninguna de las dos situaciones, ni siquiera juntas, lograban alcanzar el nivel de aversión que sentía al darse cuenta que siempre tuvo razón.

Ella lo había anticipado desde ese lejano día cuando la conoció. Esa mañana que vio en esa mujer todo lo que no le gustaba.

—Al menos dime que es definitivo. —Le pidió picando un panecillo con cubierta de fresa sin la menor intención de probarlo. En su pecho, Akiko sintió un espasmo de ansiedad que le erizó la piel—. Que no la volverás a buscar.

Se sintió incapaz de mirar a los ojos de su hijo. Si éste le respondía que era temporal, que trataría de solucionarlo de otra manera, no sabría de lo que era capaz de decirle. Minato era tan obstinado como su padre y tan optimista como ella solía ser. Combinación de cualidades que no servían en absoluto en una situación como aquella. ¿Quién mejor que ella para saberlo?, la experiencia que tuvo cuando se divorció por primera vez era suficiente para tener la firmeza de decir que una relación cuando se empieza a podrir, es mejor cortarla de raíz. Obligarla a alargarse no hacía más que intensificar las consecuencias cuando no se presentara otro modo de sobrevivir a ella, que ponerle punto final.

Por ese motivo, ya presintiendo que durante esos días que habían transcurrido desde que tomara la decisión, la voluntad de Minato había empezado a flaquear, le tomó por completa sorpresa su respuesta. Akiko alzó la mirada de golpe, abriendo los ojos a tal punto que sus largas pestañas tocaron sus parpados.

—¿Qué?

—He hablado con un abogado.

El rostro de su hijo se mostraba sereno, como si lo que estuviera diciendo no le incomodara en absoluto. Ella lo vio llevarse a sus labios el líquido que había pedido, aún dentro de su estupor. Recordó en un segundo los dos años colmados de pesares y problemas que acababan de suceder, los muchos años en que ella siempre se mostró inconforme con esa relación, viendo al fin el término de ese engorroso capítulo que tanto daño le había hecho a su familia. ¿Sería posible?

Estuvo a un segundo de expresar la alegría que llenaba su pecho, pero algo en su hijo la instó a contenerse. A pesar de su rostro relajado, de su aparente comodidad, por un efímero segundo Akiko vio un reflejo de tinieblas en su mirada, una tensión sutil en su rostro. Tuvo la certeza que algo se le escapaba, pero creyó poco conveniente cuestionarlo en ese instante. Las conversaciones de los comensales les rodeaban, muchos ojos podían ver y muchos oídos escuchar lo que no debían.

—¿Y qué te dijo? —prefirió preguntar, atenta a cualquier alteración en sus gestos.

Minato dejó la taza y cruzó los brazos con despreocupación sobre la mesa. Una sonrisa sin alegría dividió sus rasgos, en el momento que un rayo de sol le daba de perfil. Sus ojos parecieron aclararse aún más, siéndole imposible ocultar la pesadumbre que tan bien había guardado de ella en lo que llevaba el encuentro. Akiko torció el gesto, apretando las manos.

—Sugirió que hable con ella antes de iniciar cualquier movimiento legal. Para minimizar efectos negativos más adelante, para empezar bien desde un principio.

—Pero no quieres hacer eso —concluyó, cuando él decidió contemplar la pared del edificio contiguo—. ¿Verdad?

Su hijo pasó una mano por su vello facial, jugueteando con las llaves de su auto.

—Minato —Lo presionó. La piel entre sus cejas se arrugó mientras sus ojos se endurecían—. ¿Aún te preocupa?

—Que haya decidido divorciarnos no quiere decir que pueda dejar de quererla como si nada.

La mujer apretó aún más sus labios. Cuando volvió a hablar, él la miraba sin emoción mientras seguía bebiendo de su taza con pasibilidad.

—¿Cómo es posible?

Minato, bajando el recipiente de nuevo, suspiró.

—Mamá, no creerás en serio que he aguantado todo esto por mero compromiso.

Akiko parpadeó. En su cabeza no cabía lo que escuchaba. El pensar que alguien, a pesar de todos los males que le habían propinado, seguía teniendo sentimientos por esa persona, la desconcertaba y enojaba a partes iguales. Apartó con brusquedad el plato que contenía los dulces y puso sus manos en la mesa, en un intento por neutralizar su carácter. Evocó ese rostro que tantos dolores de cabeza le había generado, la razón de su calvario. Un rostro angelical, unos ojos chispeantes y una sonrisa coqueta que había generado en ella repudio desde el primer momento.

—No te dejes manipular más por ella, hijo.

—Hablas como si no tuvieras conocimiento de lo que le pasa.

—Sólo quiere atención, no t…

—Mamá, por favor, no soy un adolescente. —La interrumpió hablando fuerte y claro, como si estuviera conversando con uno de los funcionarios a su cargo. Le devolvió a su madre la misma mirada de irritación que ella le dirigía a él—. Si he decidido separarme de Kushina es porque ya no existe una sola razón para estar juntos. Le tengo aprecio, sí, y no quiero causarle más daño. Eso es todo.

Dicho esto miró la hora, asintió agradecido al ver que ya era tiempo de regresar a su labor y se puso en pie buscando efectivo. Su madre lo tomó del brazo para impedir que siguiera con lo que hacía, pero él se zafó con suavidad tras dejar el valor en el recipiente de la cuenta.

—Debo regresar al trabajo, ya sabes la dirección de mi apartamento. Hablamos después, madre.

Entonces Minato se giró en completo silencio, su mirada transformándose en cuanto le dio la espalda. Una llamarada extraordinaria de frustración, cólera y rabia se adueñó de sus rasgos, del temblor de sus manos. Sin esperar una despedida de su madre, caminó hacia la salida con las cejas fruncidas. Si le había comunicado a su madre su decisión, fue porque sólo así la idea se le hizo más tangible, real. No había pensado, dentro de su impulsividad, que tenerla respirando odio sobre su hombro era una consecuencia de algo tan simple como esa llamada que le hizo un día atrás.

Una vez afuera el peso sobre su cuerpo se intensificó y le hizo chasquear la lengua con enfado. Desde los niños que caminaban en la otra calzada, los autos en la carretera y las conversaciones de las personas, todo se le hizo insoportable. Un sentimiento lóbrego que se posó en su garganta, nubló su vista y se adueñó de todo su cuerpo.

Tener que darle la razón a su madre, reconocer que él estuvo equivocado en cada una de las decisiones que incluyera a su esposa, le robaba la tranquilidad. ¿Era tan inútil como para no haber visto el acantilado al final del camino sino hasta que cayó en él?, ¿qué estaba mal con él?, ¿por qué a pesar de haber actuado de buena fe, defendiendo lo que creía correcto, para ella no había sido suficiente?

Pasó una mano por su cabello, buscando la huidiza serenidad.

¿Por qué buscar en otros lo que él le ofrecía?

Necesitaba respuestas, pero no se sentía con la entereza necesaria para buscarlas. De alguna manera, después de haberse obligado a mantener entero por ella y para ella durante tantos meses, y haber recibido rechazo a cambio, en ese momento lo único que quería era simplemente rendirse, dejarse llevar. Hacer todo lo contrario a lo que habría hecho en el pasado.

Así que, recomponiendo los pedazos de su ser que se desprendían cuando se permitía cuestionarse su vida, puso una máscara sobre su rostro y siguió caminando.


Ignorando las miradas reprobatorias de su marido, Mikoto observaba con impaciencia por la ventanilla del coche. Se encontraba en el estacionamiento del edificio donde trabajaba Fugaku, en la espera que llegara la persona a la que buscaba. Había llegado una hora antes, pero al ser hora de almuerzo tuvo que esperar.

—No deberías hacer lo que quieres hacer.

Mikoto rodó los ojos ante las palabras que su esposo le repetía desde que la vio entrar al edificio cuando él salía. Le había hecho compañía desde entonces, tratando de convencerla en no inmiscuirse en lo que según él no le convenía.

—Claro que debo, es lo menos que puedo hacer después de cometer la imprudencia del viernes.

—No hiciste nada malo.

—Puede que no, pero debí hablar con ella antes de tomar cualquier decisión.

Mikoto seguía sin entender qué había sucedido. Además de los escuetos datos proporcionados por una angustiada y destrozada Kushina, no había podido obtener más información. Tampoco había intentado presionar por detalles, no era de su incumbencia, no era una historia que le perteneciera ni mucho menos algo que ella debería saber. Además le bastaba con ver personalmente el resultado de esa noche para imaginar cómo y en qué circunstancias había acabado todo.

—¿Entonces hablaste con ella antes de venir aquí hoy?

La mujer de piel blanca que contrastaba hermosamente con su cabello negro, dejó de observar la entrada y se giró hacia su esposo. Éste, golpeando con sus dedos la guantera del coche, le miró de vuelta con intención. Hacía calor, pero ninguno de los dos quiso salir del auto, preferían mantenerse bajo la protección de los curiosos que le proporcionaba el aparato.

Mikoto se llenó de pesar, sensación que se filtró por cada uno de sus poros, y negó con lentitud bajando la mirada.

—Ni intentándolo me hubiera escuchado o siquiera comprendido.

Fugaku, quién nunca había sentido ningún tipo de afinidad por la mujer en cuestión, desvió sus ojos a la pared del frente. No obstante, Mikoto era tan empática que todas las emociones que había sentido como suyas cuando visitó a su amiga la seguían acompañando, se seguían desbordando por su piel, llenaban cada rincón del coche. Y él las podía sentir.

—¿Tan mal está?

Ella arrugó entre sus dedos una servilleta que encontró junto al volante y la hizo trizas mientras asentía. La voz de Fugaku había menguado, como si no supiera exactamente cómo manejar la situación. Versen involucrados en medio de un rompimiento como aquel no era de su agrado, por supuesto, pero ello no evitaba que comentaran lo que sucedía cada cierto tiempo. Y aunque Fugaku normalmente se limitaba a escuchar, en ocasiones hacía preguntas como esa, que dejaba ver lo mucho que le preocupaba.

—Yo…

Pero entonces algo en la periferia llamó su atención. Era una luz que se acercaba y el rugido de un motor. Mikoto se sobresaltó en su silla y olvidando el tema posó sus ojos en el coche que se estacionaba a algunos metros de distancia. Una sonrisa de aprehensión se dibujó en su rostro y no tardó en abrir la puerta. Fugaku trató de detenerla, pero ella ya caminaba con premura hacia la persona que se bajaba del coche recién llegado.

Decidió mostrarse relajada, formar una sonrisa que no previniera a Minato del tema que iba a tocar con él. Aún no se había decidido cómo decírselo sin parecer una entrometida, cómo preguntarle sin ser insolente. Al final, tomando aire con intranquilidad mientras arreglaba las arrugas de su blusa, tocó su espalda y él, que se encontraba de pie frente al auto echando un rápido vistazo a un folio, se volvió hacia ella sin expresión.

La sonrisa de Mikoto disminuyó al ver la molestia que Minato no tardó en diluir en cuanto la enfocó. Tenía el cabello despeinado, una marca de cansancio en cada uno de sus rasgos y su cuerpo parecía exhumar tedio con cada movimiento. Ella mordió su labio, deseando por primera vez no haber acudido a aquel lugar. De repente se le hizo inconcebible la conversación que había planeado tener con él.

—¿Cómo has estado, Mikoto? —Minato saludó cerrando la carpeta, para después tenderle una mano. Ella se la estrechó, cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro.

—Dentro de lo que cabe bien —le respondió, evadiendo su mirada—. ¿Y tú?

—Con mucho trabajo pero bien. —Habló aquel hombre elevando una ceja al verla tan nerviosa e incómoda. Recorrió con sus ojos el establecimiento que le hacía falta algo de luz, como si buscara una respuesta. Identificó frente a él el auto de Mikoto, lugar desde el cual Fugaku los observaba con los brazos cruzados y un semblante de contrariedad. Esto logró confundirlo incluso más—. ¿Qué te trae por aquí, Mikoto?

La mujer apartó el cabello de su rostro, dio un inconsciente paso atrás y encontró su mirada. Entreabrió los labios, pero de ellos no salieron nada.

—¿Sucede algo?, ¿Mikoto?

Al ver que el rostro de su interlocutor empezaba a teñirse de incomprensión y preocupación, no le quedó de otra que asentir, botando el aire de sus pulmones.

—Es Kushina.

Ahora fue el turno de Minato para la incomodidad. Su rostro se tornó serio, pasó la carpeta de una mano a otra y miró fijamente la columna más cercana.

—¿Qué pasa con ella?

—No sé qué le sucede, no sé cómo tratarla, Minato. Me cuesta seguir lo que dice, lo que hace, me desconcierta su actitud. —Trató de explicarse moviendo sus manos mientras hablaba—. Creí que… que quizá podías ayudar en algo.

La esperanza que había logrado reunir mientras dejaba fluir sus palabras, fueron consumidas con el salto de su corazón cuando lo vio negar y retroceder.

—Empeoraría todo —señaló—. Lo siento.

Entonces le dio la espalda, caminando con dirección al elevador que lo llevaría a los pisos superiores. Mikoto, antes de plantearse lo que haría, le dio alcance y se plantó frente a él. Casi podía escuchar los reproches que inundaban la cabeza de Fugaku desde la distancia.

—Ella necesita verte, hablar contigo. Y creo que tú también.

—No sabes de lo que hablas, Mikoto —Le expuso con los labios apretados—. En serio, no deberías meterte en este asunto.

La mujer contuvo un gruñido y remojó sus labios en busca de las palabras más claras posibles. Ya le habían repetido los mismo tres veces el mismo días, pero creía firmemente que podía lograr algo si insistía. Ignoró el aspecto cada vez más tenso que adquiría aquel y retomó la palabra.

—Todo este tiempo nunca la había visto en ese estado. Sé por lo que ambos han dado a entender que ha estado peor, pero yo… yo no sé qué hacer. ¿Quién mejor que tú para hablarle, para hacerle entender que debe…?

Pero el ya estaba negando, como si lo que ella planteaba fuera una completa barbaridad. No parecía enojado, pero sí convencido. La determinación era lo único que brillaba en sus ojos reservados.

—Mi presencia empeoraría todo.

—Pero… ella está así por tu ausencia.

La sonrisa irónica que él le dirigió le hizo saber lo ingenuas que sonaban sus palabras. Su corazón cayó como un bloque de hielo, instándola a replantearse lo que creía saber. No hacía falta que él lo dijera, su rostro parecía comunicarle todo lo que ella necesitaba saber para desistir de su intento. ¿Si él supiera qué hacer para ayudarla, no lo habría hecho ya?, ¿si su presencia realmente ayudara, no habría servido en algún momento durante esos dos años? El color escapó de su rostro inmediatamente, a medida que las preguntas seguían surgiendo, destruyendo sus suposiciones. Comprendió que una de las razones que habían llevado a Minato a terminar todo, fue llegar a la conclusión de que obligar a Kushina a verle el rostro todos los días, la ponía aún más mal. Que él no le hacía bien así como ella tampoco a él.

Sus pensamientos se vieron confirmados cuando él habló de nuevo.

—Mikoto, no es por mí.

—Pero… Por los cielos, yo estaba ahí… Yo la escuché…

—Yo la conozco. —Precisó poniéndole una mano en su hombro para que no caminara más. Su mirada se clavó en ella tan gélida que la mujer tuvo un escalofrío. Le habló con voz queda, tajante, sin fisuras de duda—. Ella dirige sus frustraciones hacia mí, pero lo que la tiene así no soy yo.

Entonces, después de dirigirle una mirada de advertencia, se dio la vuelta y siguió caminando. Mikoto, con el frío de la frustración recorriendo sus venas, lo observó hasta que las puertas del elevador se cerraron. Y antes de ocurrírsele qué más hacer, unos pasos detrás de ella y la posterior presencia que se detuvo a su lado, le indicaron la llegada de Fugaku. La barbilla de la mujer tembló y él pasó una mano por su espalda, como si la consolara.

Conocían a ambos desde sus tiempos de juventud. Más que amigos eran una familia, era imposible que esa aura amarga que rodeaba a aquellos dos no les alcanzara así fuera un poco. Mikoto se sentía especialmente mal, su estomago protestaba, burbujeando con abatimiento. Y Fugaku… él se limitó a negar con la cabeza y mirar la punta de sus zapatos boleados a la perfección. Él sabía más que Mikoto, aunque no lo dijera.

Luego su voz gruesa y baja interrumpió el mutismo que compartían.

—¿No has contemplado la idea de que ya exista otra persona en su vida?

—Conozco a Kushina mejor que tú, Fugaku —respondió Mikoto rodando los ojos con impaciencia—. Sé que no…

Se zafó de su abrazo mientras hablaba y decidió caminar con toda la intensión de seguir a Minato hasta que la escuchara, pero la mano de su marido se cerró sobre su hombro, deteniéndola. Ella le dirigió una mirada inquisidora y él, negando, aclaró lo que terminó por dejarla pasmada.

—No hablo de Kushina.

Se miraron a los ojos largos segundos. Ella sin palabras y él confirmándole con el inusual brillo de su mirada lo que sugería esa aclaración. Cuando Fugaku suspiró y siguió caminando, la mujer tapó su boca con la incredulidad jugando en sus nervios. Tomó aire sin saber qué hacer a continuación y despejó de su rostro el cabello que bailoteaba con la brisa. Miró de su auto a la puerta metálica que acababa atravesar su esposo y se tragó una exclamación de horror, comprendiendo lo que esa nueva información significaba en el puzle que tenía delante.

Y mientras Mikoto boqueaba en busca de palabras y Fugaku traspasaba las puertas del edificio, frente a Minato aparecía una mujer de ojos verdes que le esperaba con dos tazas de café. Él imitó aquella expresión sin darse cuenta, y mirando hacia esos ojos que le observaban con preocupación al saber con quién había pasado su hora de descanso, olvidó por un instante los problemas que le aquejaban.

Sus hombros se relajaron, su rostro se suavizó y, recibiendo el café mientras besaba una de aquellas mejillas espolvoreadas con rubor y sus sentidos se llenaban con su aroma, al fin pudo respirar con tranquilidad.


¡Hola!

Demoré más de lo esperado con el segundo capítulo. Me vi en la obligación de replantearme una cantidad de detalles que cambiaron en cierta medida el bosquejo que tenía del fic.

Y bueno, ¿qué les parece la madre de Minato?, una verdadera joya, he de aceptar. A esta mujer la iremos conociendo con el paso de los capítulos, sólo adelanto que no es ese tipo de personajes que uno llega amar fácilmente (si es que se llega a eso). Ella reúne unas características más o menos chocantes para uno como hijo. Es una mujer difícil.

De Kushina (que por cierto no mostré mucho en este capítulo TnT, ya lo haré en el siguiente), quiero resaltar que ya vemos lo inestable, dañina e incoherente con ella misma que es. Ahondaremos en esto también con el correr del argumento. Y de Minato, pues que no lo maten antes de tiempo. Sólo esperemos a que todo se vaya aclarando. ¡Igual todos tienen sus trapitos sucios por sacar a la luz!

Muchas gracias por pasarse por aquí. ¡Nos leemos en otra ocasión!


Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son propiedad de Masashi Kishimoto.