Tardé demasiado, pero dicen que más vale tarde que nunca. Espero que les guste y muchas gracias por la espera,
Capítulo IV
Reflexiones y visitas
Después de unas horas, Sesshoumaru abría los ojos tan solo para darse cuenta que la tibieza que había sentido durante la madrugada provenía, nada más y nada menos, que del cuerpo de su protegida, y entonces algo en particular llamó su atención; la abrazaba de una forma realmente posesiva.
Lamentó nuevamente haberla asustado y tratarla de forma tan violenta y desesperada. Todo eso se amontonó en su cabeza casi con dolor, pero luego no pudo negar que todo aquello había provocado una muy agradable consecuencia; dormir con la humana.
Rin estaba sobre su pecho, durmiendo tranquilamente mientras él la rodeaba con ambos brazos, como temiendo que alguien se la arrebatara. La melena larga y oscura de la joven parecía derramarse sobre las sábanas y se enredaba con la blanquecina del demonio.
El lord levantó la vista hacia una de las inmensas ventanas que rodeaban los aposentos de su protegida, y tal y como lo presentía, pudo comprobar que aún no amanecía, por eso, con total confianza, la apretó con mayor fuerza contra él, sin despertarla, tan solo para poder sentirla más cerca, como si eso fuera posible.
El demonio se sentía tibio, relajado, tranquilo, con la paz que solo ella podía brindarle por el simple hecho de estar a su lado. Sesshoumaru se preguntaba cómo era posible que aquel ser tan indefenso y débil fuera capaz de provocarle aquellas emociones, tantas, que no solo lograban tranquilizarlo, también enloquecerlo, como había pasado esa noche, en gran medida agravado por la presencia de los pretendientes de su protegida.
De pronto recordó. No faltaban muchos días para que aquellas visitas tan importantes de las Tierras del Norte llegaran a arreglar esos asuntos pendientes y molestos que él tenía que atender con suma urgencia, no iba a permitir por nada del mundo que hubieran más conflictos y malos entendidos entre la gente de los reinos vecinos.
Por un momento se perdió en sus pensamientos con la vista fija en el techo hasta que sintió como el delicado cuerpo sobre el suyo comenzaba a revolverse. No podía negarlo más, tener a Rin de esa manera era una de las cosas a las que no estaba dispuesto a renunciar. No importaba cómo pero tenía que hacer algo para que Rin jamás pensara en marcharse o algo parecido pero… ¿Qué estaba pensando? ¡Como si fuera sencillo huir de él!
Luego de unos minutos abrió los grandes ojos chocolate, y para desconcierto de su amo, Rin se separó de él con demasiada rapidez y vehemencia.
- Rin… - ¿Qué diablos le sucedía, por qué de pronto se alejaba, y de esa manera?
- Señor… - Rin se había sentado en el futón, y con clara expresión de susto retrocedía lentamente.
Sesshoumaru estaba a punto de perder la paciencia con ella. ¿Por qué huía? ¡Y para colmo de males, tiene que poner esa cara de ángel perdido! Estaba a punto de perder la cabeza, otra vez.
Rin intentaba pararse, él lo sabía, ella quería salir corriendo… ¡HUIR DE ÉL, EL GRAN LORD SESSHOUMARU DE LAS TIERRAS DEL OESTE NO ESTARÍA DISPUESTO A DEJARLA IR, JAMÁS!
En una rápida maniobra que tomó a Rin desprevenida, el poderoso youkai impidió que se incorporara totalmente, consiguiendo que su cuerpo se colocara nuevamente sobre el suyo, para tenerla cara a cara, temblando por lo que pudiera venir.
Ella temía tanto que tratara de lastimarla como la noche anterior y aún así, en ese preciso instante, sentía que lo amaba con cada fibra de su ser. ¿Por qué le hacía eso, a caso solo quería burlarse de ella, besarla y después dejarla con mil preguntas sin respuestas? Sí, seguro la volvería a dejar sola y confundida, pensando en él, como había hecho desde que podía acordarse.
- ¿Qué intentabas hacer? - Lo dijo en tono de burla, como restregándole en la cara que escapar del él era imposible.
- Yo… - Titubeó. Quería decir tanto, que lo amaba con locura pero que no estaba dispuesta a sufrir sus humillaciones, quería decirle que la dejara ir y al mismo tiempo quería pedirle que no la dejara nunca. Era todo una verdadera confusión… ¡y todo por enamorarse de quien no debía!
- No titubees y no trates de engañarme. - Sesshoumaru la rodeó descaradamente con un brazo, mientras el otro se mantenía sujeto a su nuca, haciendo que el contacto visual entre ambos fuera inevitable, y en esa posición, ciertamente Rin se sentía más nerviosa, más muda y más torpe. - Querías huir de mí ¿verdad?
- No… - Rin sintió ganas de llorar. ¿Por qué tenía que ser tratada de esa manera, no podía ser más gentil, decirle que la amaba? No, eso era pedir peras al olmo ¿cómo iba a amar a una simple humana como ella? ¡Y pensar que le dijo "mi señor", casi se le declaró, qué tonta se sentía!
- ¿Me tienes miedo? - Gruñó el demonio. Un largo y desesperante silencio para el lord, que solo veía como los ojos de Rin poco a poco se llenaban de lágrimas que trataba de reprimir sin mucho éxito.
Las garras del lord se movieron a sus labios, otra vez le parecían tan jugosos, lo llamaban, lo invitaba a probarlos, lo tentaban y lo volvían loco. Esa mujer era muy peligrosa, ella tenía la culpa de todo, por ser tan descaradamente deliciosa.
- Contesta. - Pero la voz ahora parecía acariciarla y de pronto sintió tranquilidad.
La garra de Sesshoumaru que recorría sus labios de pronto la relajó, se sentía débil, sus rostros estaban muy cerca y ella podía ver como los hermosos ojos rasgados y dorados estaban fijos en su boca. El brazo que estaba en su cintura estrechó más sus caderas sin pizca de pudor.
- No sé… - ¡Oh! Ella no podía hablar si él seguía acariciándola de esa forma. - Ayer usted…
- Ayer estaba muy molesto. - Comenzó a acercar sus labios a los de ella y le susurró lo último a pocos centímetros de su rostro, provocando que ella se tragara su aliento.- Todo fue por tu culpa.
El lord cayó un vez más en aquella magnífica tentación. Comenzó a besar lentamente a Rin, aguantando lo más que podía, sus instintos parecían empujarlo a intentar algo más íntimo, pero no, tenía que ser más cauteloso, él podría lastimarla y él no sabía mucho de los humanos, solo que eran débiles y efímeros… ¿Qué es lo que él quería hacer, en verdad quería convertirla en su pareja?... ¿a una humana?
¡Oh Sesshoumaru, claro que quieres!
Una vocecilla en su cabeza lo alarmó y súbitamente dejó de besar a Rin. Ahí la tenía, tan hermosa y virginal, con los labios rojos a causa de sus besos, rojos y ligeramente hinchados, con los ojos entrecerrados, con las mejillas más rosadas que de costumbre y la melena oscura revuelta. Esa imagen, toda esa mujer, a punto de ser devorada, porque sí, la voz de su conciencia estaba en lo correcto. Él quería tenerla solo para él, pero… ¿a caso él no quería mantener su raza pura de youkai?
Rin lo observaba confundida. Escondió la mirada, se sentía de nuevo utilizada, humillada, pero aún así desbordaba de amor. Intentó levantarse pero él se lo impidió ejerciendo más fuerza en el brazo que la tenía inmovilizada.
- No huirás y mírame cuando te hablo. - Otra vez ese tono de voz que parecía acariciarla con suavidad. Sesshoumaru la tomó del mentón para hacer que lo mirara. Seguían echados en el futón como si no hubiera un mañana. - Rin…
- Déjeme ir. - Lágrimas.
Se veía tan hermosa, y ya está, no se pudo aguantar, de nuevo.
El youkai la acercó a sus labios. Esta vez la besó con desesperación, ella se asustó en un principio y quiso detener el acto, pero luego comenzó a corresponderle con la misma intensidad. Torpemente aceptaba sus avances y eso lo hacía feliz, saberla inexperta, comprobar que nadie más había tenido el privilegio de probarla.
Pronto su lengua se abrió paso entre la cavidad húmeda y caliente, y era como morir en los brazos del amor, sentía la desesperación de él, ¿tal vez él sentía algo por ella, por qué se comportaba así?
- No huirás jamás, no te dejaré ir nunca. - Como pudo, en medio del beso habló y con un movimiento de su cuerpo, logró tener a Rin debajo de él, completamente a su merced.
La besó más profundamente y sugestivamente, logrando que la joven casi perdiera el conocimiento.
Nuevamente escuchó una voz en su cabeza y la cordura lo golpeó muy duro. Con todo el esfuerzo del mundo se puso de pie y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Así no funcionaban las cosas, él era el gran lord del palacio y ella era una humana, su protegida pero al fin y al cabo una débil humana, una mujer preciosa que él definitivamente deseaba pero había mucho que pensar.
Rin se quedó ahí, echada en su futón, mirando el techo mientras sus ojos se llenaran de lágrimas, otra vez.
Sesshoumaru salió de la habitación sin decir más.
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El demonio perro caminaba rumbo a su despacho cuando Moura se le cruzó. Increíblemente él no se dio cuenta, estaba con la cabeza en otra parte, así que fue ella quien llamó su atención.
- Amo.
Sesshoumaru se sorprendió de no haber percibido la presencia de la vieja demonio ¿qué rayos hacía levantada a esas horas?
- ¿Qué sucede?
- Eso le pregunto yo, por… - Una expresión de total estupefacción se asomó en el rostro de la pálida youkai. – Amo, huele mucho a…
- A Rin, sí ¿algún problema? - La anciana pareció convertirse en piedra. Luego de unos segundos se animó a hablar.
- Usted… - Fue interrumpida.
- No digas ninguna tontería, no tengo tiempo para perderlo y debo tratar unos asuntos fuera, regresaré en la noche, no me esperen a cenar. - Y con aquel andar altivo y arrogante se marchó a quién sabe dónde.
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Días pasaron y la confusión de Rin no había menguado. Comenzaba a creer que no tenía dignidad, otra en su lugar se hubiera marchado ante tanta humillación. Pensar que ella se hubiera entregado a él sin reparos, aunque le daba miedo todo lo relacionado al tema, ella no se habría negado a compartir con él todo su ser.
Comenzó a maldecirse, a maldecir su amor y esa devoción hacia él que no parecía tener límites. Estúpida y mil veces estúpida, él nunca la amaría.
Tenía mil cosas en la cabeza, mil sentimientos arremolinados en el alma, ni si quiera esa calurosa y primaveral mañana podían ayudarla. Hacía horas que permanecía sentada a la sombra de un enorme árbol de los jardines del palacio, hacía horas que parecía no mover ni un solo músculo.
De pronto un golpecito en la cabeza.
- ¡Pareces una estatua! – Ella volteó y lo primero que vio fueron unos ojos muy verdes. – ¡Qué cara tan graciosa pones!
- ¡Shippou! ¿Qué haces aquí? – No podía negar que aunque el golpecito le había molestado en un principio, la reconfortaba saber que ahora tenía a su mejor amigo cerca, así que lo abrazó con el cariño de siempre.
- He venido a verte, hace mucho que no nos visitas, hasta llegué a pensar que algo malo había pasado.
¿Podría pasar algo peor? Sesshoumaru llevaba días saliendo del palacio muy temprano y regresando tan tarde que solo logró verlo en una ocasión, y lamentablemente no tuvo el valor de encararlo, además ella no era tan ingenua, era obvio que él deseaba "estar" con alguien y seguro no aparecía en su propio castillo porque tal vez ya la había encontrado, alguna princesa demonio bellísima. Su mirada se nubló. Era lógico que él buscara pareja.
- ¿Rin? - La cara del joven demonio tenía un claro gesto de preocupación.
- Sabes… - En un arrebato de sinceridad habló. – A veces quisiera decir tanto, pero no sé si valga la pena perder lo poco que tengo.
- Tú puedes y debes decir todo lo que piensas, sino lo haces habrán muchas confusiones. –
¿Más? Shippo era muy maduro para su edad, tan bueno con ella, seguro que si su hermano viviera sería así. Quizá ella podría verlo otra vez cuando se fuera de ese mundo que parecía empeñarse en hacerla sentir miserable.
- Tienes razón. - Una lágrima se le escapó. Se sentía mal y muy sola.
- No llores, he venido a hacerte sentir mejor, no me pagues así… - Una mueca divertida se dibujó en su rostro que ya comenzaba a presentar, cada vez con mayor intensidad, rasgos más varoniles.
- Shippou… - Rió de buena gana. - Siento mucho no haber ido a verlos, pero… - No quería mentir, aunque, esperen un momento… - ¿Cómo entraste al palacio?
- ¡Me ofendes! – Se levantó con rapidez y comenzó a hablar en tono solemne y a la vez socarrón. - ¿Piensas que no soy digno de entrar aquí? ¡Tú, mi amiga!
Rin comenzó a reír a carcajadas.
Lo había logrado; había conseguido que al menos por unos instantes se olvidara de aquello que la atormentaba y que no era tan difícil de imaginar. Después de unos segundos, Rin pudo controlarse para comenzar a hablar con mayor claridad.
- Nadie puede entrar, a menos que se haya coordinado la llegada con anticipación.
- Simplemente se me ocurrió pasar por aquí y me permitieron la entrada sin problemas. Dije que venía a verte y eso bastó, inmediatamente me reconocieron.
- Es extraño… - Sesshoumaru tenía prohibida la entrada, incluso hasta al propio Inuyasha. - Bueno, espero que no te hayas escabullido, porque si al señor Sesshoumaru se le ocurre aparecerse, serás zorro muerto.
- Le daría la lucha mi estimada amiga, pero como ya te expliqué, he entrado por la puerta principal y pasado delante de todos los guardias.
Así se pasó la mañana, almorzaron juntos y siguieron conversando hasta que fue hora de que Shippou regresara a la aldea.
- Ve mañana a vernos, los cachorros te extrañan y no quiero causarte una preocupación más pero es que… Yuki intentó escaparse para venir a verte. - Rin se llevó ambas manos a la boca. Con todo lo que había pasado, había sido tan egoísta de dejar a sus amigos abandonados.
- No me digas eso… seguro el señor Inuyasha se molestó…
- ¿Qué se molestó? Kagome se puso tan nerviosa que resbaló y ahora tiene el tobillo vendado y no puede caminar bien. Inuyasha lo mandó al exilio de por vida; Yuki se la pasa encerrado en su habitación, llorando… - Dijo en tono triste.
- No puede ser… no… – Lo peor de todo era que al día siguiente la gente del Norte llegaría y no podría ir a ver a su pequeño. - No podré ir a verlo mañana porque vienen unas visitas muy importantes y no sé exactamente cuánto tiempo se queden…
- No Rin, Sesshoumaru se molestaría y lo más probable es que me mataría.
- Algo puedo hacer… Quizá… ¡Ya sé! - Rin se llevó las manos al cuello y sacó del interior de sus ropas un collar muy fino que tenía como pendiente una media luna. Hizo el ademán de querer sacárselo, pero fue inmediatamente detenida por su amigo.
- Espera… - Rin lo miró extrañada. - Eso que llevas puesto ¿te lo regaló Sesshoumaru?
- Sí, ¿por qué?
- ¡Pero si serás despistada! ¿Cómo se te ocurre querer dárselo a otro?
- Solo será hasta que pueda ir a visitarlos, y eso te pido que hagas, que se lo lleves a Yuki y le digas que tengo mucho que hacer pero que mientras tanto él puede cuidar mi collar.
- No, imposible, sé que a Sesshoumaru no le gustaría eso.
- Yuki es su sobrino y está castigado por mi culpa…
- Comprende… - Lo dijo de forma suave, como queriendo hacerle entender algo. - Es un regalo de tu amo y tiene el símbolo de su raza, de su sangre, la media luna, de la misma for…
- Sí, de la misma forma de su marca en la frente, pero no entiendo cuál es el problema.
- Solo hazme caso, no es necesario que se lo envíes a Yuki, yo le diré qué pasa y la razón de que no puedas ir a verlo por unos días ¿de acuerdo?
- Aún así me siento mal, mi pobre Yuki… - Los ojos de Rin se llenaron de lágrimas, ella quería mucho a los hijos de Inuyasha y le dolía que uno de ellos estuviera triste por su causa.
Después de unos minutos, el kitsune decidió marcharse, dejando más tranquila a Rin con respecto al collar y el asunto de Yuki. No podía creer lo despistada que podía llegar a ser su amiga, o quizá era cierto lo que siempre le decía la anciana Kaede; que en paz descanse, que él era muy perceptivo e intuitivo y sabía que no podía equivocarse esta vez; ese collar era clara declaración de Sesshoumaru ante todos de que ella es una mujer muy especial para él.
Mientras caminaba, el demonio pelirrojo movía la cabeza de un lado a otro, negando y sonriendo a la vez, su amiga en realidad era un caso perdido.
Se percató de lo hermosa que estaba la noche, y de la nada llegó a su mente la imagen de aquella youkai de ojos lilas y cabello castaño que había visto en el palacio mientras buscaba a Rin. La youkai, muy amablemente y con una sonrisa, le había indicado el lugar en donde la dama, como ella llamó a su amiga, se encontraba. Era muy linda, un poco mayor que él, lo sabía por su aroma.
La noche era estrellada, la luna estaba llena en el cielo, la brisa era tibia, los árboles y el leve roce entre sus hojas, la naturaleza… ese olor.
Él estaba ahí, frente al joven kitsune.
- Has estado con ella. - Más una afirmación que otra cosa.
- Sí. - Su tono no fue ceremonioso pero tampoco mostraba falta de respeto. - Hace mucho que no iba a vernos, pensé que algo malo había pasado.
- Ya veo.
- Es raro verlo caminar, usted puede volar.
Respetuoso pero metiche, pensó el taiyoukai.
- No solo tú puedes disfrutar de la noche. Por cierto, deberías ser más cuidadoso ¿qué clase de entrenamiento te está dando el torpe de Inuyasha? Caminar distraídamente no siempre es seguro, incluso para un youkai. - Su voz segura, seria y soberbia.
- Su hermano me está entrenando mejor que nadie. - Dijo marcando bien la palabra "hermano", tan solo para molestarlo un poco; una con otra. – Aunque tiene razón, venía muy relajado, debí poner mayor atención al camino.
¿Relajado? Podía imaginarlo, si se pasó toda la tarde con su protegida, claro que entendía a qué se refería. Cínico, y pensar que había ordenado en el palacio que dejaran entrar al kitsune sin problemas.
El rostro del lord de las tierras del Oeste había cambiado, parecía molesto y Shippou ciertamente no comprendía.
- Casi está oscureciendo, pasaste muchas horas con Rin. - Dijo el lord con semblante duro.
- La encontré triste y decidí hacerle compañía, pasamos una tarde muy agradable y será mejor que se tranquilice o su poder demoníaco será percibido por algo o alguien en cualquier momento.
¿Pero qué insolencia? Aunque, ahora que se percataba, efectivamente, comenzaba a liberar todo su poder sin querer. ¡Tantos errores por esa chiquilla, no podía pensar coherentemente!
- No es necesario que se ponga así, ella es casi una hermana para mí.
¡Ah no! ¡Ese muchachito leía la mente y no había sido informado!
- No te pedí explicaciones.
- Debería ser más claro con ella, Rin es muy… despistada.
- No tienes que informarme de nada, la conozco mejor que nadie.
- Tiene razón. - Ese demonio era extraño, prepotente, malgeniado, y a veces detestable, en especial cuando trataba mal a Inuyasha que para él era casi como un padre, sin embargo sabía que quería a Rin por sobre todas las cosas, y eso le daba el pie a que lo tratara con respeto, después de todo era muy poderoso y había sido un importante aliado para vencer a Naraku y proteger a su mejor amiga siempre.
- Sigue tu camino y pon mayor atención, niño.
- Lo haré señor.
Así terminaba el encuentro entre ambos seres, sin mayores complicaciones y aspavientos.
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- No Kagome, no lo haré, el debe aprender a respetarme, a ti y a todos.
- Mi amor…
¡Qué mujer la que tenía! Ese tonito de voz.
- ¡No!... - Kagome endureció su rostro. Se encontraba sentada sobre el futón y apoyada en la pared, con el tobillo vendado y envuelta en una yukata fina. - Kagome… - Se sentó junto a ella al percibir su cambio de actitud. Intentó tocar sus manos pero ella lo rechazó.
- No me toques.
- No quise gritar, mi amor… no te pongas así, entiende que tengo que hacer que me obedezca.
- Pero Inu, es solo un bebé, y ya me parece mucho castigo, el no quiso desobedecerte, solo quería ver a Rin.
- Ya no es un bebé y además ¿quiere decir que se escapará cada vez que no pueda verla? No Kagome, tú misma me has dicho que así no funcionan las cosas.
- Inu… - Otra vez ese tonito, sedoso, meloso. - Es que mi pequeño no ha parado de llorar y… - Las lágrimas cayeron por su joven y bello rostro. No podía ver llorar a las mujeres y menos a su hembra.
- Dios… eres imposible, contigo no puedo… está bien, en una hora le levantaré el castigo, pero no quiero que se engría, solo lo haré porque incluso a mí me extrañaba que Rin no viniera, solo que mi cachorro…
- Es igual a su padre… - Y con esa frase se acercó a los labios de su marido para besarlo.
De pronto Inuyasha se halló rodeando la cintura estrecha de su mujer para acercarla para sentirla más y así profundizar el beso. Ya no podía vivir sin ella, hace mucho lo sabía, era imposible, y pensar que pudo perderla por sus tontas confusiones y remordimientos del pasado.
- Kagome… - Sin saber cómo, ya estaba sobre su mujer, deleitándose con su cuerpo cubierto únicamente con una fina yukata, y de pronto brilló la marca.
Una voz rompió el momento. Era Shippou llamándolos desde la estancia principal.
Inuyasha ayudó a su esposa a levantarse, pues aún no podía asentar el pie en el suelo debido al tobillo lastimado. Colocó uno de sus brazos alrededor de su cuello regalándole una sonrisita pícara, ya podría amarla a sus anchas en la noche, ahora tenían que enterarse los dos porque Rin había desaparecido tantos días.
Shippou les contó todo, incluso lo de su encuentro con el lord.
- Lo juro, creo que iba a transformarse, se puso muy celoso, creo que es peor que Inuyasha.
- ¡Al fin! - Dijo Kagome con alegría. - Es más que obvio que Sesshoumaru siente algo muy fuerte por Rin, siempre lo intuí, pero… es muy orgulloso y eso de las razas y la sangre… yo solo no quiero que Rin sufra…
- No creo que suceda nada malo. - Hablo Inuyasha con expresión seria. - Confío en que Sesshoumaru sabrá apreciar lo que tiene al lado.
La respuesta de Inuyasha sorprendió mucho a los otros dos.
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El sonido de una flauta se escuchaba de fondo musical. La noche estaba muy misteriosa y los ojos marrones de la joven dama estaban cerrados, como sintiendo por completo todo, música y naturaleza en su conjunto.
La joven estaba arrodillada en el pasto verde y fresco, pensando en su amor y en la humillación. Un solo ser le hacía sentir el mayor de los sentimientos y a la vez el más profundo de los dolores.
Era una visión tranquila y bella. Él no podía, ella era una humana y él un youkai. No, solo eran pretextos, el tema de la pureza de razas no era lo que lo hacía dudar tanto, simplemente no quería dañarla más, quería tenerla a su lado a salvo, quería y no quería tantas cosas. Se mantuvo oculto en las sombras viéndola tocar, soportando las ganas de acercarse y de tomarla de una vez.
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Frente a su espejo podía ver que estaba muy bien arreglada aunque más pálida de lo normal. Lucía uno de los hermosos kimonos que el lord le había regalado, lista para recibir a esos invitados. Se miró una última vez y salió de su habitación sin mucho ánimo
- ¿Dónde está? – Preguntó ocultando perfectamente la ansiedad que se lo comía por dentro.
- No debe tardar en bajar. – Aseguró el demonio sapo.
- Tenemos que fijar detalles antes de que lleguen todos, no creo que tarden más de una hora en aparecerse. – Era la primera vez que se sentía así. Tenía nudos en la espalda y para colmo el idiota de su hermano aún no aparecía.
- Debiste decirme antes, siento que me falta algo.
- Todo está bien mujer, será solo por unos días.
- Aún así. - Para calmarla la tomó tiernamente de la mano entrelazando sus dedos.
Inuyasha y toda su familia estaban caminando en dirección al Gran Palacio del Oeste. Afortunadamente, y aunque el camino no era muy corto, los cachorros no parecían cansarse y mucho menos sabiendo que verían a Rin. Gracias a los dioses, había podido explicarle a Kagome la razón por la que todos debían quedarse un tiempo en el castillo, ella había aceptado todo sin chistar demasiado. Shippou se encargaría de cuidar su casa hasta su regreso.
Sus cachorros iban adelante, tan vivaces. Yuki tan parecido a él que a veces lamentaba que fuera así, reconocía que ambos eran muy impulsivos, y ella, su princesita, Akemi era tan hermosa como su mujer. Inuyasha volteó a mirarla y sus ojos se encontraron, esos orbes chocolate y su boca tan provocativa. El hanyou besó a su esposa deteniéndose un momento en medio del camino.
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Le seguía doliendo la espalda, se sentía incómodo, muy incómodo, cómo metido dentro de algo que lo aprisionaba. Comenzó a desatarse un poco el cinturón de la elegantísima hakama negra que llevaba, cuando pudo sentir que el exquisito aroma de su protegida se acercaba.
Tuvo el impulso de abrazarlo, de darle un beso, lo había extrañado tanto. La última semana se la había pasado fuera y casi no lo había visto, y ahora estaba allí, de pie, tan apuesto e imponente, tan bello y perfecto, tan perfectamente lejos de ella, lejos de ser alcanzado por su amor, por más grande, profundo y verdadero que fuera.
Digamos que él no pretendía quedarse sin decir nada, en esta ocasión y después de tantos viajes había podido aclarar su mente lo suficiente.
- Estás muy hermosa, quiero que hagas todo lo que se te ha enseñado para atender a nuestros invitados. Estarás a mi lado en todo momento, a menos que yo te indique lo contrario. - Se acercó a ella y acomodó el collar que su protegida llevaba oculto entre sus ropas para que todos lo vieran. No le agradó mucho que lo llevara así, pero seguro que entendería el mensaje con lo que acababa de hacer.
Ya comenzaba a endulzarle el oído con sus halagos, a acercársele y a acariciarla levemente, pero ya no sabía si todo eso le gustaba o le dolía, si la quería o se burlaba de ella. No, ya no se dejaría humillar ni utilizar, así lo amase de la manera en como lo hacía.
Se quedó callada y solo asintió con la cabeza. Eso dejó un poco desubicado al lord. Esta vez no se había sonrojado ni había titubeado ante sus halagos y la leve caricia que le había hecho al sacar su collar de entre sus ropas. ¿Algo había cambiado en ella? Aquellas palabras llegaron a sus oídos de la nada.
"Mi señor."
Un guardián de las afueras del palacio se acercó hacia ambos y habló, interrumpiendo las cavilaciones del lord.
- Señor, ya llegaron. – Dicho eso, hizo una reverencia y le brindó una corta sonrisa a Rin que ella correspondió. Sesshoumaru quiso matarlo en ese preciso instante, pero admitiendo que era uno de sus mejores soldados descartó la idea, ya pensaría en otro castigo.
Y de pronto hicieron su aparición. Rin sonrió y el pequeño Yuki se abalanzó sobre ella, lo bañó en besos mientras éste le decía sin parar cuánto la había extrañado.
Akemi en cambio, se acercó a su tío con las mejillas rojas por el sol, le brindó una sonrisa y le extendió una flor.
- Para ti tío, gracias por invitarnos.
El demonio esbozó una rápida sonrisa que solo fue percibida por Inuyasha. Sesshoumaru había recordado aquellas épocas en las que Rin recogía flores para él, el cabello azabache de su sobrina ayudaba a intensificar esos recuerdos en que su pequeña protegida no le causaba tantos problemas como ahora.
Después de que todos se instalaran en el ala sur del palacio, que fue la parte que habitó la madre de Inuyasha cuando aún vivía, Rin se fue a ayudar a Moura en unos asuntos pendientes.
Había pasado cerca de una hora y se veía a cuatro personas sentadas en el recibidor del palacio, esperando la pronta llegada de la gente del Norte. Kagome ahora vestía un elegante kimono y su amado esposo no le despegaba los ojos de encima.
El mismo guardián que recibiera a Inuyasha y su familia anunciaba la llegada del lord del Reino del Norte y los jóvenes príncipes.
Sesshoumaru saludó al lord con gran respeto aunque distante como siempre, cuando una voz rompió el protocolo que hasta ese momento se mantenía a la perfección.
- ¡No puedo creerlo, Rin, aún estás aquí! – El joven príncipe la abrazó sin mayores preámbulos, tomando completamente desprevenida a la mencionada. Por otro lado, su joven hermana no despegaba la mirara de los príncipes del Oeste, comprobando así los rumores que hablaban de lo atractivos que eran. Cierta miko tomó de la mano a su esposo tan solo para dejar claro ciertos puntos.
No olvidemos al lord anfitrión a quien no le gustó para nada lo sucedido. Tan desagradable fue la situación que ya estaba pensando la forma de matarlo y provocarle el mayor dolor posible.
Afortunadamente funcionó; el demonio se percató del dije que llevaba Rin sobre su delicado cuello y se alejó de ella, lentamente, aunque no pareció inmutarse demasiado, pues al romper el abrazo, miró el rostro de su protegida y le regaló una sonrisa que ella contestó como si acabara de recordar algo.
