Disclaimer: La leyenda de Zelda y todos sus elementos son propiedad del señor Miyamoto, nada me pertenece y prometo darle un uso decente a todo lo que tome prestado. Con permiso de los fans, voy a sacarme unos cuantos datos históricos y personajes de la manga, pero de eso se trata escribir un fic, ¿no? No hay explicaciones para no quitarle la gracia a la historia, ya se irá explicando sola.
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Capítulo 4 – Los brazos de la diosa
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Cuando despertó, todavía recordaba en la boca el sabor de la pócima de hierbas y, en la mano, el tacto de seda de la piel con la que se había fundido en caricias durante todo el día y la noche anteriores.
El efecto de la mezcla que le había administrado la bruja empezaba a desvanecerse inoportunamente, ya que había estado actuando durante sus sueños sin permitirle descansar, manteniendo vivas las sensaciones que había experimentado mientras estaba despierto, sin dejar escapar el recuerdo de cada susurro y cada gesto.
Sacudió la cabeza pesaroso, sabiendo que esas horas, breves y eternas a un tiempo, se añadirían a la tortura mental que padecería cada noche en el desierto. Recordaba que, al dejarle en el lecho, se había permitido regalarle un único beso en los labios, solitaria muestra de auténtico afecto al final de innumerables muestras de pasión de todo tipo, pero entre las que no había habido un abrazo, una mirada de ternura o una palabra que no ardiese en sus oídos.
No podía tenérselo en cuenta. Lo había hecho por deber y le iba a permitir seguir con su camino, ¿qué más podía pedirle? Habían acordado que se marcharía por donde vino, que podría llevarse algunas calabazas de agua, un paquete de comida seca y la espada que ella había recuperado de entre las arenas. No se había despedido, sólo le había deseado suerte antes de cerrar la puerta.
Cargando con los últimos dones de su anfitriona, Nilk buscó y accionó la palanca para abrir la entrada al pasadizo secreto, el cual recorrió sumido en pensamientos y sensaciones tan arraigados en su mente como el perfume que se había adherido a sus ropas y a su piel. A la salida del pasaje, lo primero que vio, sorprendido, fue la luz rojiza que anuncia el atardecer y comprendió que había quedado más exhausto y había dormido por mucho más tiempo de lo que pensaba.
Caminó con precaución por el zigzagueante camino abierto en la pared de piedra hasta llegar al punto por el que le había subido la ladrona un par de días antes, donde halló su propia sangre seca sobre la arenisca. Miró hacia la entrada al fuerte desde el desierto y temió lo peor. Tal vez la hechicera, justa y benevolente, le hubiese regalado su confianza al que había elegido como padre de su hija, pero Nilk no podía estar seguro de que las demás ladronas estuviesen de acuerdo.
Y para su desgracia, no se equivocaba. En una sociedad cerrada, tanto de hombres como de mujeres, por mucho que se guiasen por códigos militares y estuviesen unidas como hermanas, la envidia sigue teniendo su pequeño y privilegiado lugar a la hora de causar rencores y conflictos. El amanecer en que el sheikah superó la seguridad del valle, tal vez no hubiera nadie vigilando especialmente la entrada y salida de intrusos, pero sí había quien vigilaba a la mujer más notable del pueblo Gerudo desde hacía varias generaciones.
Tras observar la pelea y el desenlace que había tenido lugar hacía dos días, hubo un par de ojos rasgados que se entrecerraron con alevosía al idear su dueña una forma de descargar su ira sobre una víctima fácil, consiguiendo además hacerle daño a la causante de sus celos. La segunda al mando Nihara era conocida por su frío y cruel carácter, y odiaba a Kaliana por haber empañado su carrera hacia el liderazgo de las Gerudo simplemente por nacer bruja.
Por eso, durante toda la noche anterior y el día que siguió, dos de las subordinadas de Nihara habían estado vigilando la pared por la que descendería su objetivo. Nada más verle aparecer, dieron la voz de alarma y un pequeño escuadrón de mujeres a caballo salió tras él.
No trató de huir, se limitó a seguir caminando, erguido y sin volver la vista atrás, consciente de que no era rival para un grupo de arqueras decididas a no dejarle escapar. Le rodearon en seguida y formaron en un círculo que se desplazaba al calmado y firme paso del sheikah, vigilándole por encima de los velos y esperando a que llegara la aspirante a líder de las Gerudo, acompañada por la hechicera. En los ojos de la última se adivinaban pesar y rabia, mezclados con resignación.
—¿Conoces a este espía? —preguntó Nihara con ese tono de amarga satisfacción de quien venga su frustrada ambición.
—¿Espía? —Kaliana miró a su rival casi escéptica— Es simplemente uno más de los hombres de la partida de este año, ¿el que yo he elegido debería ser más peligroso que el resto de los que han sido cazados?
—Si fuera uno de aquellos, ahora estaría en una celda esperando a ser utilizado y no caminando libre por el desierto, ni conocería una entrada secreta hasta tu habitación privada —la dura expresión de sus ojos se relajó en una mirada que pretendía ser condescendiente—. Entiendo que tu posición te permita ciertas licencias, hechicera, pero te has excedido esta vez, ¿o es este hombre algo más que un simple capricho?
—El deber es el deber, tú lo sabes mejor que nadie. Pero mezclar sangre mágica, tan rara como la mía, con la de un campesino cualquiera sería un desperdicio, palabras de Kotake —se defendió orgullosamente la increpada Kaliana.
—Así que ha sido idea de esas brujas, ¿no? ¿Es lo que quieres decir? —bajo el velo, Nihara apretó los dientes en una sonrisa despectiva— Está bien, eso lo arreglaremos luego. Ahora, vamos a ocuparnos de aquel.
Miró hacia la figura firme y orgullosa del guerrero sheikah, que permanecía clavado en la arena a cierta distancia de las Gerudo, que ahora se habían abierto en un semicírculo, seguras de que no tenía cómo escapar.
—Debido a la negligencia de la responsable de este hombre —continuó en tono de sentencia— y dado que ahora dispone de información secreta que podría poner a la comunidad Gerudo en peligro, será ejecutado —hizo una pausa para mirar de reojo la reacción de Kaliana—, inmediatamente.
Sin más ceremonia, alzó su arco y echó mano al carcaj de su espalda para sacar una flecha, pero con un rápido gesto, la hechicera le arrebató el arma y se alejó un poco. La mirada de triunfo en los ojos de Nihara, pensando que podría acusar a la hechicera de traición, duró apenas un segundo cuando vio cómo Kaliana tensaba el arco, apuntaba al pecho de Nilk y, cerrando los ojos como en una plegaria, soltaba el emplumado.
La flecha alcanzó a su objetivo en la mitad superior del pecho, ligeramente a la izquierda. Acertó en pleno corazón y el astil se hundió hasta la mitad. Lo último que vio el hombre antes de caer fueron dos únicas lágrimas saltando desde aquellos ojos profundos como lagos, para correr luego bajo el refugio del velo. Después, la tímida luna que se asomaba para despedir al sol le miró con tristeza desde la bóveda infinita.
Escuchó, como a través de una cortina de agua, los cascos de los caballos alejándose y dejando tras de sí un silencio pesado, definitivo. Los párpados, cansados, trataban de cerrarse para siempre, y sus ojos le enviaron una última imagen del mundo sobre él. En el centro de su visión brillaron dos alas de color esmeralda que descendían en círculos hacia su cuerpo. Sintió una calidez más allá de cualquier sensación que hubiese experimentado nunca y, sabiendo que llegaba el fin, entregó su último aliento a las diosas.
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En el Templo del Tiempo, cada hora parecía dejar una impronta palpable a medida que fluía sobre las centenarias piedras.
Para mantener viva la magia que sellaba la puerta al Reino Sagrado, se celebraban rituales diarios, marcando cada momento del día con un significado simbólico.
Desde la hora en que el mundo quedaba sumido en tinieblas hasta que despuntaba el alba, se celebraba que Din dio forma a la oscura tierra, esculpiéndola e iluminándola con el poder del fuego.
Durante el amanecer y mientras el sol recorría el celeste sendero hasta su cenit, cada hora se la dedicaban a Nayru, que le insufló al mundo alma y ley, asentando las ardientes formas obra de Din con la sabiduría eterna del agua.
Finalmente, a medida que el disco dorado descendía lentamente hacia el rojo atardecer, se daban gracias a Farore, cuya alma vibrante hizo florecer la vida en la tierra, dotando a cada pequeña semilla del valor para crecer sobre la tierra que Din había cultivado y que Nayru había regado.
Tres doncellas, de tres antiguas familias, eran iniciadas a la corta edad de cinco años para aprender junto sus madres y dedicarse a la labor de sacerdotisas cuando llegaran a los quince. No eran privadas de una vida normal en la que formar un familia, pues debían pasar el cargo de madres a hijas, generación tras generación. Cada una era portadora de un medallón incrustado, respectivamente, con un rubí el de la servidora de Din, un zafiro para la de Nayru y una esmeralda para la de Farore. La forma de estas gemas coincidía con los grabados en el altar del Tiempo, aunque eran mucho más pequeñas.
Aquella tarde, en el jardín del templo, Midora terminaba de entonar los últimos cánticos en honor a Farore ante las hermosas flores de loto que crecían en una ornamentada fuente, situada justo en el centro del jardín del Templo. Era en aquel lugar dónde se honraba a aquella diosa cultivando y haciendo crecer todo tipo de plantas.
La sacerdotisa alzó la cabeza al percibir un movimiento entre los árboles y vio, como en un sueño, una gran águila incorpórea hecha de un fulgor verde brillante, entre cuyas alas descansaba el cuerpo de un hombre. La joven se levantó despacio y se retiró de la fuente, hacia donde parecía dirigirse la extraña figura. Al tocar el borde, el águila se desdibujó y flotó como una neblina, dejando con suavidad al hombre sobre la roca.
Con una mezcla de miedo y duda, Midora se acercó cautelosa hacia el cuerpo inerte rodeado de aquella luz de otro mundo. Extendió una mano hacia el pálido rostro y cuando lo tocó, el medallón de Farore brilló sobre su pecho, flotó como si una mano invisible lo levantara y empezó a absorber la luz, desde donde inundó el cuerpo de la sacerdotisa y formó dibujos sobre su piel.
—Midora —pronunció una voz antigua y fresca como la primavera, tan llena de promesas como las ramas de los árboles en verano, la voz que se oye al abrirse una flor y al soplar la brisa entre las hojas—. Escucha las palabras de la diosa, sacerdotisa.
Ante los ahora resplandecientes ojos de Midora, las aguas junto al hombre que yacía en el borde de la fuente empezaron a cristalizarse sobre sí mismas, creciendo ordenadamente en medio de un resplandor sobrenatural. Formaron una superficie rectangular rematada en un arco y enmarcada por tallos y hojas plateados. Cuando terminó de formarse, los fulgurantes cristales se fundieron rápidamente y crearon un espejo perfecto. Sin embargo, la imagen que se reflejó frente a la joven, a pesar de guardar cierto parecido con ella y el jardín a sus espaldas, tenía grandes diferencias.
La mujer más hermosa que había visto jamás le devolvía la mirada desde un paisaje de colores imposibles y formas perfectas. Su cabello parecía formado por hilos de esmeralda y sus ojos eran dos infinitos pozos de jade. Ella era la esencia de la vida concentrada en un solo cuerpo.
—¿Sois...sois vos la diosa de la Naturaleza, la dadivosa Farore? —se atrevió a preguntar por fin la muchacha, desbordada por una mezcla de temor y profunda reverencia.
—No —contestó la imagen desde el espejo—. Tan sólo soy una representación de su poder en la tierra, enviada con un propósito al reino de Hyrule —hizo una pausa para posar su mirada sobre el hombre entre ella y la hylian—. Este humano llamado Nilk, del pueblo sheikah y que consagró su vida a proteger a sus semejantes con valor y honestidad, fue injustamente condenado por la mezquindad de un corazón oscuro. Sin embargo, una mujer de alma justa trató de preservar su vida y rogó a las diosas por él.
"Farore, que, como bien sabes, es la diosa de la vida y el valor, ha intercedido por este hombre pues, además de merecer el favor de los cielos, ha jugado un papel muy importante en el destino de Hyrule que volverá a repetir cuando llegue el momento. Para ello debemos mantenerle con vida, pero una diosa necesita una via para manifestar su poder directo en la tierra. Tú eres la elegida, servidora de Farore, a través de ti salvaremos a este hombre."
La imagen unió las manos frente a su pecho mientras la sacerdotisa sentía la necesidad de arrodillarse junto al hombre inconsciente, poniendo sus manos alrededor de la flecha que tenía clavada en el corazón.
—¡No puedo hacerlo! —sollozó cuando comprendió lo que estaba a punto de hacer— Si saco la flecha terminaré de matarlo.
—No temas. Sobre esa flecha pesa un hechizo —explicó tranquilizadora la enviada de la diosa—. La mujer que la disparó poseía los secretos de la magia antigua. Hizo desaparecer la punta de la flecha antes de llegar al corazón y desvió el astil, aunque no pudo evitar que lo rozara.
—Entonces...¡igualmente morirá!
—Yo guío tus manos, ten fe en la diosa, sacerdotisa, sólo a través de tu cuerpo podemos canalizar el poder suficiente para salvarle. Ayúdanos antes de que sea tarde —el tono de súplica en la voz del espíritu, el hecho de que fuera un ruego y no una orde, hizo que Midora tomara conciencia de lo que se le estaba pidiendo.
—Sí, mi señora.
Cerró una mano sobre el astil mientras con la otra hacía presión al lado de la base, y contuvo el aire, concentrando toda su alma en la conexión que se había establecido entre la diosa y su cuerpo. Tiró suave y firmemente, la flecha cedió con facilidad y la sangre empezó a brotar de la herida. Así que el corazón todavía latía. Rápidamente puso los dedos sobre el pecho de Nilk y el poder de la diosa fluyó dentro de él, reteniendo la vida que se escapaba poco a poco.
—Su vida aun está en peligro. Aquí, a pesar de la magia, una herida como esa no tiene cura y no sobrevivirá bajo las condiciones de este mundo. Sin embargo —hizo un gesto abarcando el mundo a su lado del espejo—, en este lugar, a mitad de camino entre vuestro reino y el de las diosas, el tiempo y la vida fluyen de manera distinta. Aquí sanará y mantendrá sus fuerzas hasta que el destino le llame de nuevo para ocupar su lugar. Sacerdotisa, ahora la llave está en tu sangre, sólo tú conocerás el verdadero secreto de estas palabras —y al empezar a recitarlas, se fueron grabando en la base de la fuente según iban surgiendo de sus labios—: Cuando el fuego alcance el corazón, una lágrima romperá el espejo y liberará el espíritu dormido que llevará la luz entre las sombras.
Extendió los brazos, atravesando la superficie cristalina que separaba el jardín terrenal del jardín sagrado, y la joven, sintiendo una fuerza imposible en sus brazos, supo que debía levantar el cuerpo del hombre y entregárselo a la diosa, la cual se lo llevó al otro lado del espejo. Éste brilló de nuevo con aquella luz cegadora obligando a Midora a cerrar los ojos y cuando los abrió, la única luz que vio fue el último rayo que el sol lanzaba sobre el horizonte.
Unos pasos tras ella rompieron el estado de ensoñación en el que había quedado sumida, pero sus piernas fallaron y volvió a encontrarse de rodillas ante la fuente, temblando ahora que el espíritu de la diosa había devuelto a su cuerpo el libre albedrío. La muchacha que acababa de llegar, portadora del medallón con el rubí, se agachó junto a ella y la sujetó por los hombros.
—Midora, ¿qué te ocurre? —preguntó su compañera, alarmada.
—Kaia... —logró articular entre lágrimas la sacerdotisa.
La joven miró hacia donde, apenas un momento antes, se había encontrado cara a cara con la representación de una diosa en la tierra y le había encomendado el cuerpo de un hombre destinado a regresar a Hyrule para cambiar su destino. Podría haber sido un simple sueño o, tal vez...
—He visto nacer una leyenda.
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