¡Hola! Me disculpo por la demora en la actualización, esto de haber comprado regalos de navidad a último momento más la dificultad de poder enfocar las letras (¡maldito oculista y sus gotas dilatadoras!), y ahora mi querido ff se puso pesado con el servidor para no dejarme entrar a mi cuenta xD. ¡Espero que hayan pasado una noche buena maravillosa y una feliz navidad junto a sus seres queridos!
Gracias por seguir leyendo esta historia, dejándola como dentro de sus favoritos, follows y, por supuesto, sus muy preciados comentarios que me suben cada día más el ánimo. También agradecer a aquellas personitas bellas que dejan un me gusta al link de Tumblr~ ¡miles de gracias! He respondido a cada uno de sus reviews, tanto aquí como en Tumblr a quienes he podido por no tener cuenta aquí. ¡Espero que nos sigamos leyendo!
Annie Thompson, sole3, Armys, Autum, dolce , Kiryu Zero , Sayuki Yukimura , chokito, Guest, elsy, Nai Nyan.
Este es mi "pequeño" regalo para ustedes, espero que les guste~
La canción que está como enunciado para este capítulo es por Suwabe Junichi (seiyuu de Aomine Daiki).
Qué disfruten la lectura.
(Se pone un casco a modo de protección).
Advertencias: spoilers, relación chicoxchico, smut.
Disclaimer: Kuroko no Basuke no me pertenece, sino a Fukimaji Tadatoshi.
Capítulo 4: Protección hacia una alma corrompida.
"Me aferraré a ello, no estoy dispuesto a dejarle ir.
Aunque sienta que estoy perdiendo algo".
(Netsu no Kakera)
.
.
.
.
Kagami se lanzó a la cama cayendo a ésta boca abajo, rebotando ligeramente a causa de los resortes. Estaba satisfecho, las sobras de la cena del día anterior —una porción que podía equivaler a cuatro—, más su dote de hamburguesas habitual que comió en Maji Burger junto a Kuroko (aunque éste insistía en solo escoger batido de vainilla), lograron ser más que suficientes para saciar su apetito e irse a dormir.
Dejó escapar un leve suspiro mientras giraba su cuerpo para ser capaz de mirar hacia al techo.
Si lo pensaba con detenimiento —y eso que a él no le gustaba demasiado darle vueltas a las cosas—, retirarse con Kuroko tras las prácticas de baloncesto hacia al establecimiento de comida rápida para un aperitivo, o el solo hecho de caminar juntos hasta el punto en común que tenían para sus hogares, se había implementado de una forma de lo más natural y silenciosa. Siendo así, no necesitaba preguntarle si se marchaba con él, puesto que Kuroko de por sí se mantenía a su lado siguiéndole el paso o, en el caso contrario, cuando él mismo se sorprendía por esperarle a las afueras del gimnasio tras los entrenamientos.
Solo había pasado una semana, pero incluso se permitía en decir que lo primero y lo último que veía era a Kuroko, siendo completamente misterioso cómo se podía sentir tan acoplado a una persona que ni en sus más locos sueños habría podido ser capaz de soportar y, no obstante, ahí estaba Kuroko Tetsuya, quien se definía así mismo ser la sombra de su luz para apoyarle fielmente.
Se removió inquieto en la cama, tapando su rostro con la almohada.
¡¿Por qué demonios debía utilizar tales términos tan embarazosos?!
—Oh, shit! —resopló avergonzado volviendo a su posición inicial, intentando desviar sus pensamientos sobre el chico.
Probablemente, si Kuroko lo viese en ese estado, solo se burlaría de él con su apática expresión.
Y ahí estaba otra vez, pensando en él.
Cerró sus ojos, frunciendo el ceño.
Necesitaba enfocarse en el presente.
El día siguiente sería crucial y debía concentrarse en ello. Estaba a horas de enfrentar lo que tanto había ansiado durante esa semana: su primer partido de práctica contra el equipo de la preparatoria Kaijou, lugar donde Kise Ryota formaba parte. Kagami no pudo evitar apretar sus puños con fuerza. Sería la oportunidad perfecta para patearle el trasero a modo de agradecimiento tras su primer encuentro, como también aprovechar de cerrarle la boca ante los estúpidos comentarios que le había escuchado decir a Kuroko al terminar la práctica.
Por ese día, Kagami había sido asignado para recoger los balones utilizados y dejarlos guardados en la sala de implementos. Al terminar sus quehaceres y en su camino hacia los vestidores, escuchó las voces de los dos ex compañeros discutiendo a las afueras del gimnasio. Probablemente, el rubio aún seguía reprochando a Kuroko por no haber aceptado su propuesta o por no irse con alguno de la Generación de los Milagros, lo cual ya se tornaba cansador. Kagami estuvo a punto de retomar su camino cuando escuchó a Kise que lo nombraba exaltado; cambiando radicalmente su decisión.
Se ocultó tras la puerta del recinto deportivo.
Era muy diferente si hablaban de él.
—Ya he visto suficiente. ¡No necesitas a alguien tan débil como él!
—No debes subestimar las capacidades de otros, Kise-kun.
—¡Por supuesto que lo hago! Ver cómo tu potencial desaparece de esta forma es realmente doloroso.
—Agradezco tu preocupación, pero no me retracto. Kagami-kun es la luz que he escogido.
Le escuchó suspirar.
—Han sido dos años que he permanecido a tu lado, Kurokocchi —dijo Kise, nostálgico—. Me di el tiempo de reconocer tus expresiones durante ese tiempo, inclusive cuando ya no estabas cerca de él. Hoy al verte junto a ese chico, puedo hacerme una idea hacia dónde va esto —hizo una pausa—. Pero si él se entera, ¿crees que se quedará observando tranquilo como yo? —advirtió, sombrío.
—Debería hacerlo…
Kagami abrió sus ojos sorprendido ante aquel tono de voz, saliendo de su escondite para confirmar sus sospechas.
—...Después de todo, fue quien por sí mismo terminó por apartarme de su camino.
Quedó pasmado al ver como Kuroko le sonría tan dolorosamente a Kise. La angustia estaba reflejada en sus ojos, de la misma forma en la mañana cuando se quedó observándolo sin reaccionar en la cancha de baloncesto.
Y Kagami no pudo evitar sentirse molesto. El hecho de que hablasen sobre aquella persona misteriosa que apartó a Kuroko con tantos códigos le estaba sacando de los nervios. Le había escuchado a Kise nombrar a alguien cuando estaban en el gimnasio frente a todos, pero por más que intentaba recordar el nombre, no era capaz de hacerlo.
Apretó impotente sus puños sin saber qué demonios hacer. Lo único que podía reconocer con certeza era que no quería ese tipo de expresión en su rostro.
No en él.
—Kurokocchi, yo intenté… —empezó Kise a decir abrumado por la situación mientras apretaba sus puños.
El peliceleste desvió su mirada un segundo para retomar aire.
—Tarde o temprano nos veremos las caras nuevamente —prosiguió observando al rubio recuperando su firmeza—. El pedir que le ocultes esto, solo sería malgastar mis palabras —entrecerró los ojos—. Porque sé que de todas formas se lo dirás.
Kise rio culpable.
—¡Me conoces bien~! No soy un experto en ocultar las cosas —admitió dramático, pasando la mano por su flequillo mientras su expresión cambiaba a una más seria y una pequeña sonrisa nacía en la comisura de sus labios—. Mucho menos cuando se trata por quienes considero importantes —sentenció, mirándole desafiante.
—Lo sé —respondió Kuroko, aún parco ante su cambio de actitud.
La tibia brisa primaveral los envolvió intentando calmar los ánimos, pese a ello, la tensión latente entre sí no podía ser apaciguada solo por revolver tímidamente sus cabellos. Se observaron fijamente en silencio, pues tanto Kuroko como Kise se conocían lo suficiente para saber que ninguno de los dos cedería a sus convicciones con facilidad.
El rubio suspiró agobiado por la tensión.
—Kurokocchi, lo que menos quiero es que te molestes conmigo —cogió su bolso del suelo hacia su hombro derecho—. Pero eres tan terco, que solo espero que la elección que tomaste no te decepcione.
—No lo hará —Kuroko retrocedió un par de pasos para mirar hacia la dirección en la que el pelirrojo se hallaba escuchando. Kagami pegó un brinco cuando avanzó hacia a él para posicionarse a su lado y, por la mirada cuestionadora que le mandaba Kise, sintiéndose como todo un entremetido—. Confío en Kagami-kun.
—Increíble —refunfuñó el rubio resoplando hacia un lado—, esto no se acaba aquí. ¡Más te vale que el fin de semana no calientes el asiento! —le señaló con el dedo.
—¡Por supuesto que no! ¡Llorarás tras ese juego! —exclamó Kagami, aceptando el desafío.
Abrió sus ojos con determinación.
Se aseguraría personalmente de patearle el trasero a Kise en el partido de mañana, y no le importaba repetirlo hasta el cansancio.
.
.
.
.
Al finalizar las clases del mediodía, todo el equipo se había reunido en los vestidores del gimnasio para cambiarse por la ropa deportiva representativa de su escuela. Riko había sido la última en llegar por recoger los fondos para su movilización y viendo que ya estaban todos alistados esperando por ella, con un grito de ánimo, se dirigieron hacia el primer partido de práctica que realizarían en el año.
—Qué grande. Uno se puede dar cuenta cuando una escuela se dedica a los equipos deportivos —comentó el capitán de Seirin con fascinación mientras caminaban por los alrededores de la preparatoria privada Kaijou. Se habían tardado alrededor de una hora en bus para llegar.
Aprovechando que el resto del equipo charlaba sobre la arquitectura del recinto, Kuroko se dedicó a observar al pelirrojo, quien parecía solo caminar por inercia. Se inclinó un poco más hacia a él, apreciando el detalle que podría revelar su inusual comportamiento.
—Kagami-kun, la mirada en tus ojos es peor que de costumbre —señaló el peliceleste.
—Cállate —respondió de mal humor—. Solo… estaba un poco ansioso para poder dormir —añadió frustrado, sintiendo el ardor en sus ojos debido al desvelamiento. Estuvo repitiéndose toda la noche que vencería a Kise y cuando el sueño al fin le invadió, solo cinco minutos después, su despertador sonó para tener que levantarse.
Kuroko parpadeó inexpresivo.
—¿Qué eres? ¿Un niño yendo a un viaje de excursión?
—No fastidies —masculló por lo bajo el pelirrojo. Solo sus padres y su mejor amigo en Estados Unidos sabían de su pequeño problema de ansiedad. Que Kuroko se hubiese percatado de ello, había sido solo un gran descuido de su parte.
Le miró por el rabillo del ojo.
Pero si Kuroko decía confiar en él, ¿por qué él no podía hacer lo mismo también?
—¡Chicos!
Desviaron la atención del otro para observar a la persona que se acercaba corriendo hacia a ellos, a la vez que alzaba una mano a modo de saludo.
—¡Kise! —exclamó Kagami.
—¡Cuento con ustedes para el día de hoy! —Se presentó el enérgico chico sonriendo a todo el equipo—. Debido a que este lugar es demasiado grande, he venido para guiarles —explicó mientras avanzaba hacia al centro de la fila, donde se hallaba su ex compañero de Teiko.
Kuroko lo observó tranquilo.
El día anterior había recibido mensajes por parte de Kise —al igual que el resto de los días tras su encuentro—, saludándole como si nunca hubiese pasado nada entre ellos. Sin embargo, sabía por experiencia que el rubio no se quedaría tranquilo tan simple.
—Kurokocchi~, desde que me rechazaste tan rápidamente... ¡He estado llorando en mi almohada cada noche antes de dormir! —exclamó Kise, sollozando—. Ninguna chica me había rechazado antes y tú de inmediato lo haces —farfulló acongojado, dando una señal con su cabeza para que le siguieran.
—Deja de decir eso, por favor —se limitó a decir Kuroko, ignorando totalmente la protesta del rubio a medida que avanzaban.
Kagami frunció el ceño cuando vio que el rubio volteaba ahora hacia su dirección.
—La verdad es que estoy un poco interesado en saber sobre el sujeto por el que Kurokocchi habla tan bien —explicó, deteniéndose—. No me importa mucho ser llamado parte de la Generación de los Milagros, pero no puedo ignorar un desafío tan obvio. No soy lo suficientemente maduro como para pasarlo por alto —afiló su mirada—. Lo siento, pero te aplastaré con todo lo que tengo.
—Ya veremos —respondió el pelirrojo, sonriendo excitado.
Kuroko miró a ambos impasible.
La situación se iba a tornar caótica.
.
.
.
.
—¡Aomine-kun! —le gritó Momoi Satsuki alzando su cabeza desde el segundo piso.
Daiki miró hacia arriba, siseando entre dientes al ver que su amiga planeaba fastidiarle su escape de los terrenos de la escuela.
—¿Qué demonios quieres, Satsuki? —cuestionó hastiado, deteniendo su paso.
—Somos locales para el juego de práctica y lo sabes. ¡Deberías ir hacia al gimnasio para calentar con los demás, no para marcharte de la escuela! —reprochó la chica intentando de hacerle entrar en razón.
Colocó ambas manos tras su nuca, completamente despreocupado ante sus dichos. Gesto que solo incrementó el enfado de su amiga por no tomarla en serio.
—¡Es tu primer partido como miembro de Tōō, idiota!
—¿Y qué? Ese equipo se destruiría en la mitad del primer cuarto si entro a jugar —dijo con pereza viendo que la chica titubeaba, sabiendo que tenía razón—. Además, es solo de práctica. ¿Qué gracia tiene humillarlos si ni siquiera es para clasificar? No me interesa en absoluto —masculló antes de retomar su camino.
—¡Incluso Tetsu-kun y Ki-chan están siendo serios en estos momentos, idiota! —gritó molesta antes de retirarse del balcón, totalmente desanimada por su falta de tacto.
No la detuvo.
Era cierto que ese juego de práctica en particular le llamaba la atención, pero aun así Aomine no cambiaría su forma de pensar.
Dormiría en el parque lo suficiente para hacer correr las horas más rápido. Luego iría a la librería para el lanzamiento de la nueva revista de Horikita Mai, su idol favorita —imposible de no añadirla a su colección— y, finalmente, se alistaría para realizar una pequeña visita de cortesía a uno de sus ex compañeros.
Sonrió divertido.
Era lo mínimo que podía hacer para recordar viejos tiempos.
.
.
.
.
Kise no entendía por qué el pelirrojo reía a carcajada limpia tras la anotación que había efectuado para Kaijou, sobre todo cuando de por sí iban ganándole a Seirin 35 vs 27 puntos.
Había visto con satisfacción durante todo el primer cuarto cómo su rostro se retorcía de la impotencia por no poder alcanzar su paso, inclusive se había permitido en decirle objetivamente las diferencias entre ambos y el límite de las habilidades que poseía. Todos sus oponentes caían rendidos ante la perfecta imitación que realizaba y Kagami lo estaba viviendo en carne propia también. Lo lógico era que para ese momento debiera estarse hundiendo psicológicamente ante la realidad que le mostraba. Pero escapando a su razonamiento, el pelirrojo solo reía exaltado mientras todos los presentes le observaban estupefactos por su reacción.
—Lo siento, lo siento. Estaba muy contento —se apresuró en decir, sonriendo satisfecho—. Hace mucho que no encuentro a alguien que me diga algo así. Bueno, aunque esto era común en América —añadió divertido ante la situación.
—¡¿Has estado en América?! ¡Impresionante~! —exclamó un fascinado Kise, agitando sus brazos.
Kuroko no pudo más que suspirar ante lo susceptible que era el rubio.
—Llegué a una conclusión cuando volví a Japón y eso me hizo apartarme del baloncesto, pero la retiro. ¡Después de todo, la vida son retos! —continuó Kagami con ímpetu—. Sin oponentes fuertes, no tiene sentido. Es perfecto si no puedo ganar, pero no me daré por vencido. ¡Esto recién empieza, Kise! Además, ya entendí cuál es tu punto débil —finalizó mientras giraba por todos lados buscando algo.
O mejor dicho, a alguien.
El rubio lo miró extrañado por su alcance.
—¿Qué…?
Sin embargo, el pelirrojo siguió en lo suyo hasta que lo encontró.
—Creo que entiendo porque no quiso decirlo él mismo. Habría sido bastante vergonzoso admitirlo, incluso para él —cogió a Kuroko por detrás del uniforme, tomándole de imprevisto—. ¿Puedes hacer lo que quieras mientras lo veas? ¿Y qué tal si no lo ves? Como es difícil darse cuenta dónde está, ¿copiarle no te sería imposible? —cuestionó, frunciendo el ceño—. No importa cuántas veces intentes pasar desapercibido, tu presencia y físico te limitan.
Kise le observó molesto mientras ambos equipos escuchaban atentos su explicación.
—¡En otras palabras! —Kagami retrocedió un poco para acercar a Kuroko y posar su mano sobre la cabeza de éste con confianza, escuchando una leve protesta salir de sus labios que, de todas formas, ignoró—: ¡Este chico es tu punto débil! —exclamó riendo—. Y en el sentido que quieras darle —añadió con malicia.
Kuroko apartó molesto la mano del pelirrojo, haciéndose a un lado.
No era necesario que le presionara con tanta fuerza su cuero cabelludo.
—¿…Y qué si lo es? —replicó Kise sonriendo y encogiéndose de hombros—. Es verdad que su estilo es imposible para mí imitarlo, ¿pero qué cambia eso? No puede utilizar la misdirection por mucho tiempo.
—Cambia todo —respondió Kagami mientras escuchaban la chicharra que anunciaba el final de primer cuarto—. ¡Junto a él te haré llorar en el segundo cuarto!
—Kagami-kun —interrumpió Kuroko, señalando las bancas que correspondían a Seirin.
—Oh —asintió, caminando junto a él. De paso, aprovechó de darle un vistazo, notando sorprendido que estuviese frunciendo el ceño enfadado—. ¿Qué pasa?
—Agradezco que me tomes en consideración, pero estás adquiriendo el mal hábito de aplastar mi cabeza. Es molesto —farfulló Kuroko, en un tono ofendido.
—¿En serio? —preguntó sorprendido mirando su mano, recordando la suave textura del cabello de Kuroko—. Intentaré hacer menos presión para la próxima.
El menor suspiró.
—No fue lo que quise decir... —musitó alejándose rápidamente del pelirrojo, que lo miraba extrañado por su comportamiento.
Aunque tuvo que hacer grandes esfuerzos para reprimir los deseos de sonreír ante su ingenua consideración.
Una vez que tomaron sus posiciones en la banca, Riko les quedó observando seria mientras meditaba las palabras dichas del pelirrojo en la cancha.
—Parece que te has calmado al fin —dijo aliviada.
—He estado calmado desde el principio.
—¡Estabas totalmente histérico! —contratacaron Hyuuga e Izuki en el acto.
Riko prosiguió mirando esta vez también al peliceleste, quien se secaba el sudor con su muñequera.
—En este momento lo fundamental es la cooperación entre Kuroko-kun y Kagami-kun —ambos chicos se levantaron posicionándose uno junto al otro—. ¿Podrán hacerlo?
Kagami miró de reojo al chico en cuestión.
—Sí, creo… —dijo, no muy convencido.
Kuroko suspiró y le golpeó a nivel de las costillas.
—¡¿A qué viene eso?! ¡Estaba desprevenido! —le reclamó Kagami, molesto por el golpe.
—Vamos a derrotar a Kise-kun, ¿verdad?
El pelirrojo se removió inquieto en su sitio. Los ojos celestes de Kuroko, impregnados de seriedad, le estaban sacando de quicio.
¡¿Por qué demonios se sentía absorbido en aquella mirada?!
—¡Por supuesto! —respondió Kagami, devolviéndole el toque en su pequeña contextura—. Además, ya le dije a Kise que lo haríamos juntos, como luz y sombra —le aseguró por lo bajo antes de dirigirse a la cancha con el resto del equipo.
Ante sus dichos, Kuroko no pudo ocultar más su sonrisa mientras veía la figura de Kagami avanzar hacia al campo de juego. Al poco tiempo que llevaban conociéndose, éste solo le demostraba a través de sus actos que la decisión que había tomado era la acertada.
El camino correcto que debía seguir.
Alzó la mirada hacia donde se hallaban los miembros de Kaijou, lugar en que su ex compañero le miraba contrariado por la escena que había presenciado.
Kuroko desvió su atención de inmediato, corriendo hacia donde estaba su equipo actual.
No culpaba a Kise que estuviese tan molesto con él.
En Teiko, Kise siempre estuvo cerca de Aomine y de él, siendo capaz de darse cuenta por sí mismo —como Akashi, imposible de engañar— de lo particular que era su relación de luz y sombra.
Sabía de antemano la admiración que dedicaba el rubio hacia Aomine —habría sido ciego si no lo notaba— y la confianza que también depositaba hacia a él mismo. Pese a seguir estando siempre junto a ellos, percibía que el chico parecía sentirse más fuera de lugar al ser consciente de ese detalle. Incluso durante su último año —que fue un desastre absoluto en más de un sentido posible—, eran Akashi y Kise los que se daban cuenta que aún su enlace con el moreno no se había cortado del todo.
Por lo mismo, el ver cómo giraba ahora en torno a Kagami —siendo que apenas le conocía— le debía ser indignante. Primero, por no haber acudido a él en su debido momento y, segundo, por pensar que estaba reemplazando a Aomine con tanta facilidad; razones que gatillaron la pequeña discusión que habían mantenido el día de su reencuentro. Después de todo, aunque no quisiera admitirlo abiertamente, Kise se había convertido en su amigo en Teiko, por mucho que a veces quisiese estamparle una que otra pelota de básquet al atosigarlo.
La chicharra sonó dando a conocer que el segundo cuarto comenzaba.
Se percató por el rabillo del ojo cómo Kagami robaba la pelota al equipo de Kaijou, siendo inmediatamente perseguido por Kise hacia la zona de anotación.
Corrió decidido hacia ellos a la vez que Kagami le lanzaba el balón hacia a él para distraer a Kise.
Lo oscuro de su pasado tenía que quedarse al margen en esas instancias, pues en lo único que debía de pensar era en hacer brillar a su nueva luz y equipo. Aunque eso implicara acabar hasta la última reserva de estamina en su cuerpo.
.
.
.
.
—"¡Agrega en tu maldito diccionario la palabra venganza, Kise!" —recordaba que le había entre reprochado-animado su capitán y sempai de tercer año, Kasamatsu Yukio, mientras limpiaba con frustración sus lágrimas.
Suspiró agobiado, dejando que su cabeza se enfriara bajo el contacto del chorro de agua. Nunca había perdido en su vida y ahora entendía el porqué: era un verdadero dolor de cabeza.
Giró la perilla del grifo para cortar el agua, jadeando con pesar.
No esperaba que las palabras de Kagami se hicieran realidad (con eso de hacerle llorar) y mucho menos consideró la idea que le derrotara sincronizándose tan bien con Kuroko.
Aquella dinámica era difícil de aceptar con facilidad, ya que, por mucho que le doliese admitirlo, él jamás pudo hacerlo; siendo el único capaz de acoplarse perfectamente con Kuroko —hasta su tercer año en la secundaria— era el chico que asistía actualmente a la Academia Tōō, Aomine Daiki, quien por cierto se molestaría con él si se enteraba de casualidad que había golpeado a su ex sombra.
La imagen de cómo la sangre cubría parte del rostro de Kuroko, por su error, era difícil de desplazar. Lo último que hubiese querido era haber dañado físicamente al que consideraba su amigo. Sin embargo, gracias a su desempeño en el partido pudo corroborar lo que defendía el menor con tanto fervor: su decisión en alzar la victoria junto a su actual equipo.
Frunció el ceño mientras dejaba caer las gotas de agua por su rostro. Aquel chico, llamado Kagami Taiga, tenía el potencial para ser parte de la Generación de los Milagros. Pero si ese era su destino, ¿no acabaría alejando a Kuroko, tal como lo había hecho Aomine en su momento?
—Tu signo, géminis, se suponía que tendría mala suerte hoy, pero nunca pensé que fueras a perder en verdad.
Incrédulo, se irguió de inmediato al reconocer aquella voz.
—Así que al final te decidiste en venir, Midorimacchi —respondió a modo de saludo al chico que se plantaba frente a él: el tirador infalible de la Generación de los Milagros y ex vice capitán de su equipo en Teiko, Midorima Shintarō.
—No es como si hubiese tenido opción, Kise —repuso Midorima con su habitual y tediosa seriedad—, mandaste a todos un mail jactándote que ibas a jugar contra Kuroko.
—Pero si viniste por tu propia cuenta, ¿para qué te haces el duro?
Midorima carraspeó incómodo ante su observación.
—De cualquier forma, fue un juego lamentable. Incluso un mono pudo haber hecho esas clavadas, por lo que no es un misterio el que hayas perdido.
—Ha pasado tiempo sin vernos —dijo irónico—. ¿Y qué si solo hago clavadas? Lo importante es anotar.
—Tener un pensamiento simplista como el tuyo, no te llevará a ningún lado —criticó lanzándole una toalla para que secara, atajándola sorprendido—. En cambio yo siempre hago mi mejor esfuerzo y llevo conmigo el artículo de la suerte del día por el horóscopo de Oha-Asa —sacó entre sus ropas una rana de juguete, sosteniéndola con orgullo—. Por esa razón jamás fallo.
El rubio frunció el ceño perturbado. De los dos años que le conocía, seguía sin acostumbrarse a sus raros y poco ortodoxos artículos de la suerte.
—¿No deberías decirle todo esto a Kurokocchi en vez de a mí? —cuestionó, reponiéndose de la impresión.
—No es necesario. Nuestra compatibilidad de sangre es nula siendo él un tipo A y yo B —dijo acomodando sus gafas—. Reconozco su estilo, incluso puedo decir que lo respeto. Pero el hecho de que se haya unido a una preparatoria recién creada y de poco valor es inaceptable. No me gusta que piense que puede torcer la mano del destino.
Desvió su mirada.
Lo cierto era que él tampoco lo entendía del todo.
.
.
.
.
Tras haber regresado al centro de Tokio y de llevar a Kuroko a una clínica cercana —gracias al convenio que poseía Seirin—, para así chequear la contusión en su cabeza y así descartar en definitiva la gravedad de la lesión, con los resultados obtenidos no pudieron más que celebrar en alto cuando se reunieron con el chico fantasma, felices por su primer triunfo en el año.
Aunque tenían deseos de tener una comida en conjunto a modo de festejo, ninguno de los miembros tenía la suficiente cantidad de dinero para costear sus porciones. Fue para entonces que Riko, tras meditarlo un buen rato, expuso la inocente idea de comer filete sin gastar ni un yen. De por sí sonaba tentador, por lo que aceptaron sin rechistar la oferta que les proponía su entrenadora, obviando la sonrisa que portaba ella mientras encabezaba la fila.
Sentados en la mesa frente a un imponente trozo de carne perfectamente cocido en su punto, más que tragar saliva para frenarse en comer, solo lo hacían por el dolor de estómago que les producía ver los cuatro kilogramos de éste como platillo, sobre todo por la presión de terminar todo en media hora para no tener que pagar.
Riko sonreía expectante, pero para ellos la situación era turbia e incluso incierta, especialmente, para Kuroko.
—Me rindo —soltó el chico fantasma mientras dejaba a un lado los cubiertos. Había comido solo unos cuantos trozos y ya sentía que tardaría toda una vida para lograrlo.
Aunque pusiera el empeño en ello, acabaría solo muerto.
—¡Kuroko! —le regañaron agonizantes sus sempais.
Lo sentía mucho, pero su estómago no daba abasto para más carne y a juzgar por las expresiones de horror de sus compañeros de equipo, sabía que ellos tampoco, a excepción de Kagami, que seguía comiendo a un ritmo imparable mostrándose como la única solución a sus problemas de digestión. Se levantó de la mesa disculpándose con el resto, sabiendo que no le escucharían por estar luchando con los filetes o, incluso, por respirar.
Tomó su bolso y salió de la tienda suspirando, pensando que tal vez el aire fresco le ayudaría a aliviar el espantoso deseo de vomitar.
—Cuesta andar… —murmuró acariciando su vientre con dolor. Vio de reojo a alguien que se aproximaba a él, una inusual cabellera rubia—. Kise-kun —musitó asombrado por su nuevo encuentro.
El chico detuvo sus pasos, percatándose de la presencia del peliceleste.
—…Kurokocchi —respondió de la misma forma, sonriendo segundos después—. Buena coordinación, ¿no? De todas formas, necesitaba hablar contigo sobre un par de cosas a solas —le miró serio—. ¿Podrías?
Kuroko asintió inexpresivo.
No era habitual de Kise el mostrarse tan cauto a menos que fuese realmente importante.
Caminaron unos diez minutos en silencio, llegando a una zona lo suficientemente apartada del sitio que se habían encontrado. Además, poseía un parque que por fortuna tenía una cancha de baloncesto abierto al público, sintiéndose más cómodos debido al ambiente.
Kise aprovechó de sentarse en el respaldo de una de las bancas quedando frente a Kuroko, quien permanecía en pie esperando sereno por lo que quisiese platicarle. Sacó su pelota de básquet del bolso, sosteniéndolas entre sus manos para poder hablar con claridad.
—Ha pasado un tiempo desde que tuvimos una conversación de este tipo —repuso nostálgico, observando la cabeza vendada de Kuroko—. ¿Estás bien de tu herida?
—Sí, no es nada.
Un nuevo silencio se formó.
—Hablando de ello, me encontré con Midorimacchi tras el juego —comentó ceñudo.
—Para ser sincero, tengo problemas para entenderme bien con esa persona —agregó el menor, a lo cual Kise no pudo más que asentir inquieto.
Sentía exactamente lo mismo.
—Lo problemático es su mano izquierda, en especial si son los días buenos para los de signo cáncer como él. Ya sabes porqué —pausó suspirando, mientras ponía la pelota en su cabeza y jugaba con ella haciendo equilibrio—. Todo ha ido de mal en peor en mi vida desde que nos fuimos de Teiko. Me rechazaste e incluso perdí frente a ti. No esperaba que dijeras que sí, pero deseaba que te fueras conmigo —sonrió apenado.
Kuroko desvió su mirada ligeramente.
—Lo de cambiarme a tu escuela, lo siento —murmuró.
Kise saltó de la banca, alejándose un poco de él mientras jugaba con el balón con su mano derecha.
—Bromeaba~ —repuso sonriendo con malicia—. Hay algo más importante de lo que quiero hablar contigo y que ha estado dando vueltas en mi cabeza todo este tiempo —le lanzó la pelota, siendo rápidamente atrapada por el peliceleste—. Quiero saber tus razones —agudizó su mirada—. Déjame entender las verdaderas razones que tuviste para abandonarnos y alejarte de Teiko tras la final del torneo de secundarias.
A pesar de mostrarse imperturbable ante el rubio, inconscientemente, Kuroko se aferró al balón que poseía entre sus manos.
.
.
.
—No puedo creer que nadie vio salir a Kuroko-kun. Sé que no tiene mucha presencia, pero esto llega a ser ridículo —se quejó Riko mientras buscaban al chico por las calles circundantes al local de comida que habían asistido.
—¿No tiene celular? —preguntó Koganei.
—Sí tiene, pero olvidé registrarlo en mi agenda —confesó la chica, sintiendo la mirada de pésame por parte del resto de sus compañeros y amigos.
Hyuuga resopló molesto.
—Desaparece en cualquier momento. ¿Qué es? ¿Un perrito? —alegó al lado de Riko.
—Solo démonos prisa y encontrémoslo —se resignó avanzando la joven entrenadora—. Tal vez le haga una palanca cuando lo vea —añadió tétrica, provocando que el chico de gafas mantuviera cierta distancia de ella.
Alejándose del grupo, Kagami procedió a buscar por su cuenta a Kuroko. En verdad era frustrante saber que si no tenían la atención suficiente en él, el chico desaparecería o aparecería de la nada, provocándole más de un infarto.
Caminó unas cinco cuadras, llegando casi al final de la zona de comercio y entrando a un apartado más residencial. Escuchó el ruido de una pelota rebotar, percatándose de que estaba colindante a una cancha de baloncesto apto para el público y en donde un trío de chicos de su misma edad se dedicaban a jugar.
—Oh, streetball. Hacía mucho que no veía esto en Japón —sonrió mientras observaba sus movimientos. Cuando los chicos se alejaron lo suficiente del centro de la cancha para ir a encestar, logró distinguir que a metros de ellos, por la otra entrada anexa al parque, dos figuras bastante familiares para él resaltaban por su quietud.
—"¿Qué hacen esos dos juntos?" —pensó incómodo mientras caminaba hacia a ellos rodeando la cancha.
Ajenos a lo que sucedía a su alrededor, Kise y el ex sexto miembro fantasma seguían enfrascados en su conversación, con el atardecer en pleno apogeo.
—Para ser sincero, no estoy del todo seguro —confesaba Kuroko rascando su mejilla.
—¿Eh?
—Es cierto que llegué a cuestionar los valores de Teiko tras ese partido, sin embargo, fue durante ese mismo año que comencé a sentir que carecíamos de algo importante y que solo comprendí hasta en ese juego.
—Los deportes se tratan de ganar, ¿qué puede ser más importante que eso?
—Era lo que pensaba hasta ese día. Pero, ¿era correcto de esa forma? —murmuró escondiendo su mirada tras su flequillo—. Odié el baloncesto; el tacto del balón, el chirrido de los tenis en la pista y el sonido de la pelota a través de la red —miró a Kise—. Comencé a jugar porque me gustaba, por eso estaba muy impresionado cuando conocí a Kagami-kun —sonrió leve—. Él ama el básquet con todo su corazón, incluso cuando pareciese que ha pasado por momentos difíciles —reconoció al recordar lo arisco que había sido al principio—. Kagami-kun toma el baloncesto más en serio que nadie.
El pelirrojo rodeó la cancha quedando lo suficiente cerca para escuchar, como también para mantener una distancia prudente de los dos ex compañeros.
Kise sonrió sombrío.
—Sigo sin entenderlo después de todo —masculló por lo bajo—. Aunque sí puedo decirte una cosa, Kurokocchi. Si piensas tan bien de Kagami por su actitud hacia el básquet —le miró serio—, será en cuestión de tiempo, pero llegará el día que ustedes dos se separarán.
Kagami frunció el ceño ante sus dichos.
—La más grande diferencia entre los otros cuatro y yo no son nuestras habilidades físicas. Ellos tienen un talento especial que nadie y ni siquiera yo soy capaz de imitar —admitió frustrado—. Me di cuenta en el partido de hoy que Kagami aún está evolucionando y al igual que la Generación de los Milagros, él posee una habilidad única. Ahora es solo un competidor incompleto, disfrutando la emoción de vencer a oponentes fuertes. Pero un día él alcanzará un nivel diferente, al de nosotros, sintiéndose fuera de lugar —miró al ojiceleste con compasión—. Ya lo viviste una vez, Kurokocchi. Sabiendo eso, ¿crees que Kagami se quedará a tu lado aún?
Kuroko permaneció en silencio.
Era la misma pregunta que se había hecho en un principio, sabiendo de antemano lo peligrosamente similares que eran Kagami y el Aomine de su pasado. No podía evitar sentir temor ante la ínfima posibilidad que el chico cambiase, decidiendo abandonarlo.
Porque ya era tarde: Él creía y confiaba en él.
—¡Idiota! —exclamó el pelirrojo golpeándole el hombro y haciéndole perder el equilibrio en el proceso—. Mira que desaparecer cuando ni siquiera eres capaz de aguantarte de pie, ¡¿en qué demonios pensabas, tonto?! —le regañó sin escrúpulos, a lo que solo Kuroko pudo pestañear sorprendido mientras el dolor invadía su cuerpo por producto del golpe.
Kise observó perturbado la escena, sintiendo lástima por su amigo ante su pequeña contextura tan endeble. Kagami volteó hacia a él, dirigiéndole una mirada recriminadora.
—Hey.
—¿Así que estabas escuchando? —le preguntó quisquilloso Kise.
—¿Y tú que crees, genio? —respondió arisco avanzando para encarar al chico perteneciente a la Generación de los Milagros—. ¡¿Por qué rayos andas secuestrando a Kuroko?! ¡Déjalo en paz, maldita sea! —bramó.
—¡¿Eh?! ¡No pasa nada, solo ha sido por un rato!
—¡No podemos volver a casa por culpa de tus estúpidas tendencias en acaparar a Kuroko, maldito stalker! —insultó por último en inglés.
—¡¿Q-qué?! ¡Lo dice el que se dedica a escuchar las conversaciones ajenas!
Kuroko, que aún estaba recuperándose del dolor, los observó incrédulo por lo absurdo que se había transformado la situación. Pensó en detenerles por un momento, pero luego escuchó a un grupo de chicos hablar de manera violenta y despectiva desde la cancha contigua. Miró al par —enfrascados aún en su estúpida discusión de quién era el que acechaba a quién—, para luego decidir retirarse hacia donde estaban aquellas personas abusivas.
Los gritos de pelea en la cancha se volvieron más sonoros, haciendo que tanto Kagami y Kise se detuvieran en criticar al otro.
—¿Qué les pasa a esos tipos? —masculló el más alto, girando para ver lo que sucedía en la cancha.
Había un grupo de cinco chicos jugando, supuestamente, al baloncesto contra el mismo trío que había visto antes de encontrar a Kuroko. No obstante, entre los golpes que se propinaban para aplacar a los que estaban en desventaja en número, no era más que solo una burla hacia al propio juego.
El rubio miró a ambos lados.
—Espera un segundo, ¿dónde está Kurokocchi? —le preguntó inquieto.
Vieron cómo uno de los chicos pateaba repetitivamente a uno del equipo contrario al haberle intentado encarar. Fue entonces que, tanto Kagami y Kise, se percataron de una inusual figura avanzar hacia al chico que había propinado la pateada con una pelota de básquet girando en su dedo.
—No importa cómo lo veas, esto no tiene nada de justo —señaló Kuroko acercando la rápida pelota a la nariz del abusón cuando giró, haciéndole retroceder—. Esto no es baloncesto. Además, no es bueno utilizar la violencia —agregó frunciendo levemente el ceño ante el grupo de chicos más altos que él.
—¡¿Qué diablos está haciendo?!
—¡¿Kurokocchi?!
Exclamaron Kagami y Kise al ver lo imprudente que era el peliceleste. Kagami frunció el ceño hastiado mientras avanzaba hacia a la cancha, seguido por un resignado rubio, quien ya había visto esa faceta en su amigo un par de veces en la escuela media.
—¡Qué mierda dices, imbécil! —le escupía en cara otro chico del grupo, cogiéndole por el cuello del uniforme y alzándolo con facilidad del suelo.
—Ya lo dije —respondió sin inmutarse Kuroko, siendo soltado por el tipo.
—Está bien, ¿por qué no jugamos entonces? Nosotros cinco contra ti, si te crees lo suficientemente bueno —repuso el otro sonriendo despectivamente.
Ciertos pasos se escucharon a su alrededor.
—¿Les importa si también jugamos? —preguntó Kise, ubicándose junto con Kagami alrededor de Kuroko.
Kagami puso su mano sobre la cabeza de éste último. El chico cerró sus ojos esperando por su aplastamiento, pero los abrió de inmediato sorprendido que su compañero solo presionara al principio con fuerza, para luego solo dejarla allí a modo de protección.
Era tal como había prometido en medio de su partido ante Kaijou.
—¿Por qué te metiste en este lío, idiota? —le cuestionó el pelirrojo enfadado antes de mirar a los chicos que habían querido atacar a Kuroko—. Somos tres contra cinco, así que vamos.
El grupo de abusivos no sabían dónde esconderse ante la mirada encolerizada del más alto, y tras un breve partido —gracias a la inusitada sincronización del trío— lograron ponerles en su lugar, dejándolos en el piso fatigados.
—¡Tú! ¡En qué estabas pensando! —le reclamó Kagami a Kuroko una vez que volvieron al mismo sector que se hallaban antes—. ¡¿Acaso pensaste que podrías ganar tú solo si terminaba en una pelea?!
El menor le miró inexpresivo.
—No, me hubieran derrotado de inmediato —levantó su brazo, empuñando su mano para aplicar fuerza—. Mira estos bíceps.
—¡Idiota, ni siquiera tienes!
—Kurokocchi, puedes ser bastante increíble a veces— comentó el rubio, intentando aliviar la tensión entre ellos.
El chico le miró.
—Pensé que esas personas estaban siendo malas. Así que quería decirlo —frunció el ceño molesto, desviando su mirada.
—¡Eso no importa, tenías que haber pensado en las consecuencias primero! —continuó increpándole Kagami.
—…Lo olvidé— respondió sin mirarle.
Kise continuó observándoles en silencio cómo interactuaban, sorprendiéndose ante la —increíble— actitud amurrada que tenía el peliceleste hacia los regaños del más alto. Nunca le había visto comportarse así, ni siquiera cuando estaba junto a Aomine o con alguno de ellos.
¿Podía ser cierto que su amigo tuviese razón en confiar en el pelirrojo, si éste con lo poco y nada que le conocía, ya lo sobreprotegía de tal forma?
Sonrió.
El único problema sería cómo se lo tomaría el chico que admiraba a lo lejos, pero ya estaba en su límite: No podía ni debía inmiscuirse más entre ellos. Ahora se dedicaría a ver cómo su preciado amigo intentaría torcer su propio destino, esperando que fuese lo correcto.
Cogió su bolso del suelo.
—Es hora de irme —anunció, retomando la atención del dúo hacia él. Depositó su chaqueta en su hombro y les sonrió—. Me alegra haber jugado contigo al final, Kurokocchi. Como en los viejos tiempos.
Kuroko no respondió, limitándose a mirarle mientras se alejaba de ellos.
Si se atrevía, sus palabras solo sonarían como una triste despedida.
Kise volteó para encarar a Kagami.
—¡No creas que he olvidado mi venganza, Kagamicchi! ¡Más vale que no pierdan en las preliminares! —se despidió efusivo, perdiéndose en el camino.
—¡¿Kagamicchi?! —el chico retrocedió sorprendido ante el apodo.
—Kise-kun añade "cchi" a los nombres de las personas que respeta —explicó Kuroko—, ¿no te alegra? —añadió Kuroko, mirándole por el rabillo del ojo.
—¡No quiero eso!
Kuroko dudó por unos instantes para poder hablar, estando incierto si quería escuchar o no la posible respuesta que le daría el mayor.
—Kagami-kun, me gustaría preguntarte algo —el pelirrojo lo observó con detenimiento, extrañándole que no le mirase—. ¿Has oído todo lo que dijo Kise-kun?
—¿Sobre lo de separarnos? —cuestionó bufando por lo bajo—. Ni siquiera nos llevamos tan bien para empezar. Pero…
Kuroko se mantuvo resuelto a no despegar su vista del suelo.
—…Tú mismo dijiste que no podía hacerlo solo. Así que creo que no tiene sentido que te preocupes —el chico giró ante sus dichos—. Además —pausó Kagami, mirándole resuelto—, tú siempre estarás con la luz ¿no es así?
Los rayos de la puesta de sol solo hacían sobresaltar la imponente figura de Kagami, aquella en la que ahora no podía dejar de estar más convencido en confiar. Entrecerró sus ojos embelesado por sus palabras; palabras totalmente puras, emitiendo solo un profundo significado en cada una de sus letras dando a conocer la aceptación del compromiso —silencioso— entre ellos.
Sonrió, ocultando su mirada entre su flequillo.
—Kagami-kun, incluso tú puedes decir cosas vergonzosas cuando quieres.
—¡C-cállate!
—Me harás sonrojar —dijo apático.
—¡Estás pidiendo a gritos que te deje K.O!
.
.
.
Kagami escuchaba a lo lejos las súplicas de Kuroko para que le auxiliara. Aunque había decidido a no ayudarle, por haberse burlado de él, de todas formas volteó su mirada hacia el chico, quien seguía sufriendo de las llaves y palancas de la entrenadora como castigo por alejarse del grupo. Suspiró molesto mientras cambiaba el rumbo de sus pasos y se separaba de sus compañeros de equipo.
Riko sacudía sus manos aún inconforme, alejándose del peliceleste, quien yacía prácticamente inerte en la vereda.
—Kagami-kun, encárgate de Kuroko-kun. Si sigo cerca suyo no podré contener los deseos de golpearlo —murmuró Riko, agitada por la furia—. Los veré el lunes. Si alguno de ustedes dos llega tarde, aunque sea un mísero segundo, se prepararán para triplicar su ración —sonrió amenazante como despedida, para caminar hacia donde Hyuuga, junto con el resto de Seirin, la esperaban pacientemente en la esquina.
—C-claro —se apresuró en decir el pelirrojo, temiendo por su integridad.
Volvió a mirar a Kuroko, quien no daba señales de vida.
—Kuroko.
—¿A…h? —logró decir apenas el ojiceleste desde su posición.
—Supongo que ni siquiera puedes caminar. Eres un verdadero dolor de cabeza —suspiró agobiado, mientras se ponía en cuclillas delante de él y le daba la espalda—. Me deberás un favor por esto, así que solo sube —avisó repentino.
El chico levantó su cabeza mareado.
—¿Tu espalda?
—Eso o que te lleve a rastras por los pies —le amenazó para luego sisear entre dientes—. Deja de ser tan quisquilloso y sube de una maldita vez. Te llevaré a tu casa —terminó por decir avergonzado, mirando hacia adelante.
Kuroko asintió aún dudoso.
Se levantó con las pocas fuerzas que le quedaban y observó por unos segundos la espalda fornida del chico que llamaba su luz, dejando envolver con timidez sus brazos sobre el cuello de éste. Kagami se puso de pie sujetando las piernas del chico, cogió sus bolsos y, una vez que se aseguró de tener bien afirmado a Kuroko, se dispuso a caminar.
—Puedes dejarme en la intersección en que nos despedimos, Kagami-kun —ofreció el menor dejando caer su mentón en el hombro del pelirrojo—. No es mucha la distancia hacia mi casa tras ese punto —aseguró.
—Olvídalo, solo debes indicarme la dirección tras esa calle y te llevaré.
—No soy una chica.
—Lo sé —le miró de reojo—. Pero apenas eres capaz de sostenerte, ¿crees que no me doy cuenta? —dijo levantando una de sus manos hacia al flojo agarre que tenía Kuroko hacia a él—. Ni siquiera puedes afirmarte bien. El partido, el golpe y el castigo de la entrenadora… Todo se te ha acumulado.
Kuroko miró hacia al lado contrario, mientras el chico volvía a poner su mano en su lugar.
—No es eso… —murmuró sintiendo cómo sus mejillas se volvían febriles.
¿Cómo le podía decir que tener su calidez tan de cerca era asfixiante para él?
—Lo que sea, solo —pausó Kagami, incómodo— intenta confiar más en mí.
Giró a verle extrañado por sus dichos.
—¿Por qué piensas que no lo hago?
Kagami chasqueó su lengua.
—Con Kise dando vueltas entremedio, me di cuenta que no sabía nada sobre ti. Es lógico porque apenas nos conocemos, pero… no deja de ser molesto —masculló por lo bajo. Se sentía como un completo idiota diciéndole eso.
—La efusividad de Kise-kun es algo que no se puede controlar, solo aceptar con resignación —musitó Kuroko—. Si hay cosas que quieres preguntarme puedes hacerlo, Kagami-kun.
El pelirrojo se estremeció al sentir su respiración tan de cerca.
—De todos modos omitirás las cosas, tú, chico fantasma —le miró ceñudo, a lo cual el peliceleste sonrió culpable—. Kuroko, no sé lo que sucederá en el futuro, así que solo ten en cuenta esto por ahora…
Un camión de comida rápida pasó tocando la bocina por tratar de esquivar a un peatón imprudente y, a pesar de lo estruendoso que había sido, el peliceleste logró escuchar a la perfección las palabras de Kagami quedando, ligeramente, boquiabierto siendo incapaz de responder en el acto.
—No tengo claro de lo que te habrá sucedido —añadió Kagami.
Kuroko le miró alarmado por un segundo, para luego calmarse y regresar a su habitual estado de inexpresividad.
—Escuchaste también toda la plática de ese día. Pensé que solo había sido la parte final —murmuró dejándose caer en su hombro—. Stalker —farfulló el mismo término que había utilizado su luz ante Kise.
Kagami se removió inquieto caminando con mayor rapidez.
—¡No es como si hubiese tenido opción! —Se apresuró en decir con torpeza—. "Aunque de hecho sí la tuve"—pensó culpable.
—Gracias, Kagami-kun— lo pensó un poco antes de aferrarse realmente al cuello del chico, dejándose envolver por la calidez que ofrecía su cuerpo hacia a él.
Kagami no le respondió, porque realmente no sabía qué decir ni hacer. Tenía una rara sensación en su vientre, un cosquilleo bastante parecido al que le venía cuando se montaba en una de las montañas rusas que adoraba cuando niño en Estados Unidos. Similar a la emoción y demasiado agradable para su propio gusto.
Mediante señalizaciones vagas de Kuroko tras la avenida que solían despedirse, y solo a un par de calles más, logró encontrar y llegar a la casa del aturdido peliceleste: una sencilla vivienda de dos pisos con un jardín espacioso, rodeado por un par de árboles y arbustos a la entrada, donde solo una reja de baja estatura era la encargada de separar a la acera de ésta.
Ya había anochecido para ese entonces y mientras Kagami bajaba a su compañero con cuidado de su espalda en la entrada, al verle de pie un poco más repuesto, observó con claridad cómo la luz de la luna le hacía favor al reflejar su luz en la pálida piel que poseía.
—Siento las molestias causadas, Kagami-kun —se disculpó Kuroko, recuperando su bolso.
—Ya verás cómo lo pagas en otra ocasión.
—Sí.
El pelirrojo lo quedó mirando ceñudo, recordando las palabras de la entrenadora al no poseer el número de contacto del peliceleste por olvidarse de él.
—...Bueno, podrías comenzar por —cerró los ojos, rascando su nuca con nerviosismo—, quiero decir, para que no pasen otra vez ese tipo de situaciones y tengamos que correr por todos lados para buscarte.
—Si no hablas claro, no entenderé al punto que quieres llegar, Kagami-kun.
Kagami le observó molesto, chasqueando su lengua.
—¡S-solo dame tu puto número de teléfono! —exclamó, con el rubor hasta las orejas.
Kuroko sacó tranquilo su celular del bolsillo.
—Por favor saca el tuyo, Kagami-kun.
Asintió, intentando componer su semblante.
Intercambiaron números con normalidad, hasta que Kuroko se le ocurrió la idea de sacarle de improviso una foto, tomando por excusa de que así le sería más rápido saber quién era el que le llamaba. Y como él no podía evitar crisparse por la acción del chico, terminó también imitándole, aunque con una precisión que dejaba mucho que desear al haber capturado en su fotografía al menor hasta el nivel de los ojos con su habitual indiferencia impregnada.
Kagami acomodó su bolso y, mientras tanto, Kuroko miraba a su casa extrañado por no ver ninguna de las luces encendidas, ni siquiera de la entrada. Frunció levemente el ceño. Aún era temprano para que su abuela se fuese a dormir, conociendo lo inquieta que era, y sus padres, si es que alguno había llegado, no serían tan descuidados para no encender la que daba al jardín.
—Supongo que nos veremos el lunes —comenzó a decir a modo de despedida, sin embargo, se percató que el chico parecía estar pensando demasiado el hecho de entrar a su propia casa—. ¿Qué ocurre?
—Solo me parece extraño que no estén las luces encendidas —admitió mirándole por el rabillo del ojo.
Kagami avanzó hacia a él.
—¿Te acompaño? —preguntó serio.
—Puede que no sea nada y solo se le haya olvidado a mi abuela activar el sensor de la calle.
—Como quieras —asintió cortante, alejándose de él. Apretó sus puños y giró a verle con una expresión un poco más calmada—. Si algo ocurriese, Kuroko, llámame.
Se miraron a los ojos unos segundos mientras la brisa fría de la noche hacía de las suyas, dedicándose a mecer las ramas de los árboles en un suave murmullo.
Era inexplicable porqué decía tales palabras a un chico que apenas conocía desde hacía unos cuantos días.
Tan enigmático cómo sentía que debía proteger a ese mismo chico que con suerte le llegaba hasta al pecho y que de repente le había escogido a él para ser su compañero.
Pero le resultaba aún más incomprensible que sintiese en aquel instante que ante un par de pasos dados, el peliceleste acabaría por apartarse de su lado.
—Nos vemos el lunes, Kagami-kun —se despidió con una expresión más afable de lo que podía reconocer como parte de él.
—Nos vemos —se despidió alejándose definitivamente. Esperaba que ese presentimiento fuese solo por el calor del momento.
Kuroko abrió la reja con cuidado cerrándola tras de sí. Avanzó hacia la puerta principal y prosiguió a entrar a su casa. La oscuridad reinaba en ella, puesto que las cortinas estaban cerradas en su totalidad. Ni siquiera la tímida luz de la luna era capaz de filtrarse por los ventanales más altos.
—Ya llegué —musitó sacándose las zapatillas deportivas en el vestíbulo.
Tanteó la pared para encontrar un interruptor, sin embargo, se escucharon unos pasos provenientes desde la sala de estar —al lado de él— lo suficientemente estruendosos como para no ser de sus padres o de su abuela.
Sudó frío mientras dejaba caer su bolso con recelo en el suelo e intentaba sacar su celular.
Los pasos se hicieron más sonoros hasta que se detuvieron, precisamente detrás de él.
—Bienvenido a casa, Tetsu —le murmuró el invasor en su oreja mientras envolvía los brazos en su cintura, paralizándolo—. Ha pasado un tiempo desde la última vez que nos vimos, ¿no te alegra verme? —continuó apresándolo aún más hacia su cuerpo.
Kuroko sentía que el aire no sería suficiente para hacerle respirar.
—¿Qué haces aquí, Aomine-kun? —La voz le salió entrecortada, por mucho que intentó a que no sonara de aquella forma tan lastimera—. ¿Dónde está mi abuela?
El chico rio malicioso.
—No es como si le hubiese hecho daño, Tetsu. Estaba comprando una revista cuando la vi en problemas con su carro de compras. Dado que íbamos al mismo destino, me pareció conveniente ayudarla —suspiró Aomine agotado en su cuello, provocándole un escalofrío—. Una de las viejas chismosas que tienes de vecinas la invitó a su casa para entregarle un jodido suvenir, así que me preguntó si no me incomodaba esperar por ti.
—Qué generoso de tu parte —murmuró, cerrando los ojos con indiferencia mientras sentía sus manos colarse por debajo de la camiseta, acariciando su piel y quemándola bajo su tacto.
No podía responder. Sus propias manos temblaban como para poder alejarlo.
—Al parecer fue lo correcto —la voz de Aomine cambió a una más grave—, porque pude ver desde primera fila la escena que tuviste con ese chico. Incluso puedo decir que hasta me conmovió.
Agarró su cintura con firmeza y lo giró hacia a él, acorralándolo hasta la pared sin dejarle oportunidad de escape mientras colocaba una de sus piernas entremedio de su ingle, como forma de presión.
—No somos nada —musitó Kuroko, apenas.
—Tal como en nuestro caso —añadió Daiki con ironía, inclinando su rostro hacia al de él—. Kise lo llamó tu nueva luz, ¿es así? —cuestionó sombrío.
A pesar de que no había ninguna fuente de iluminación encendida, el destello en la mirada de Daiki era suficiente para estremecerlo. No sacaba nada con ocultarle, sería en vano que lo hiciese.
—Lo es y confío en él —respondió con simpleza y determinación.
El moreno resopló por lo bajo.
—No va a cambiar nada, Tetsu —tomó el mentón del menor con su dedo índice, elevándolo lo suficiente para que éste pudiese mirarlo directamente a los ojos, sin poder evadirle—. Lo tienes claro, ¿no? —entrecerró sus ojos, acercándose a su rostro.
—Lo sabré una vez que lo intente.
—Qué confiado suenas —exclamó Aomine, burlesco—. Aunque sea una mierda que pienses así —siseó entre dientes antes de atrapar sus labios con fervor, siendo incapaz de rechazar.
Era un contacto que dolía como nunca.
¿Cuántas noches no había sido capaz de dormir tranquilo por haberse rendido ante los recuerdos del pasado?
¿Cuántas noches se tuvo que repetir a sí mismo que él ya no era la persona de la cual se había enamorado inocentemente?
Los labios del moreno se desviaban de sus labios, realizando un pequeño viaje lleno de sensualidad hasta llegar a la base de su cuello, succionando y mordiendo cada centímetro de su piel con ímpetu.
—Vamos a tu cuarto, Tetsu —le susurró excitado y demandante en su oreja.
Maldita química existente. Kuroko se odiaba a sí mismo en ese instante, por el simple hecho de que sus propias manos estaban a punto de aferrarse a la espalda del chico.
Como antaño.
Fue para entonces que el celular que portaba comenzó a vibrar en su bolsillo. Abrió los ojos asustado mientras las palabras del pelirrojo, que fortuitamente había logrado escuchar a pesar del ruido hacía una media hora atrás, resonaban en su mente sin cesar:
"No te dejaré de lado como esa persona lo hizo".
.
.
.
.
Notas:
*Se esconde tras el árbol de pascuas*
¡Espero que les haya gustado su regalo de navidad! Si quieren matarme, pueden hacerlo con gusto a través de sus preciosos comentarios~
¡Gracias por su lectura y muy felices fiestas!
