CAPITULO 2

Al este de Yprès, Francia, 1415

El ruido de metal contra metal sonó en el amplio claro del bosque cuando las dos espadas se encontraron, extendiendo el eco melódico de su choque a través de la espesura que rodeaba el lugar.

—¡Atento a sus fintas! —gritó una voz que se unió a la reverberación en los árboles cercanos. Alec de Swan estaba acostado a su lado, sobre la hierba gruesa del claro, escudriñando con sus ojos marrones a los combatientes que blandían pesados sables. Asintió con satisfacción cuando la joven, minúscula en comparación con el peso y los anchos hombros de James, detuvo con facilidad una embestida de su hermano. Alec se rió entre dientes, parpadeando de felicidad. Su hermana era buena guerrera. Conocía muy bien las limitaciones de su espada y de sus propias fuerzas; sabía observar y ser paciente, lo que hacía de ella, a pesar de su tamaño, un peligroso enemigo, siempre digno de tenerse en cuenta.

Al hacer un amago, Isabella se hizo daño en un brazo por el impacto de las armas, que volvían a chocar en ese instante. Jadeante, se echó para atrás. Un hilillo de sudor en las mejillas, que le caía desde la línea del pelo, brillaba como un diamante a la luz del sol. Con su brazo libre, se quitó de la frente un mechón de pelo.

Una gran sonrisa iluminó la cara de niño de James.

—Vamos, vamos. ¡No me irás a decir que estás cansada por haber intercambiado apenas unos cuantos golpes!

Una mueca fría se dibujó en los finos labios de ella.

—No te he dicho nada hasta ahora, hermano, pero te aconsejo que cuides tus partes ciegas —contestó Isabella antes de acometerle

James detuvo el golpe con bastante esfuerzo, colocando la espada, a modo de protección, sobre su propia cabeza. Luego contraatacó.

Isabella esquivó el movimiento, la espada de James se clavó en el suelo, y cuando la sacó notó que la punta se le había llenado de tierra.

—Ya sabes que es demasiado rápida para ti, James —le gritó Alec.

Isabella se burló de la tierra que ensuciaba el extremo de la espada de su hermano.

—No te ensañes con el suelo, James. Tu oponente está delante de ti, no debajo de ti.

James arremetió contra Isabella con dos veloces sablazos, pero ella los esquivó con gran agilidad, se hizo a un lado y se quedó mirándolo con ojos desafiantes.

—Estás creciendo, hermanita —comentó James.

—No la provoques, James —le aconsejó Alec, pero ya era demasiado tarde.

Isabella embistió de pronto a su hermano y con el hombro le golpeó en el estómago. El impacto lo hizo caer de espaldas. Sin aliento, James quedó anonadado durante un momento, y antes de que pudiera recobrarse, Isabella se plantó ante él y colocó la punta de la espada en la garganta del hermano.

—O te rindes o te mueres —dijo ella.

—Me rindo ante el Ángel de la Muerte —contestó James de buena gana.

Isabella retiró la espada y le dio un golpe en el hombro con el puño libre.

—Odio que me digan hermanita —masculló.

—No volveré a cometer ese error —contestó James.

Isabella se retiró un paso atrás y tendió la mano a James, para dar por terminado el combate.

—Ha sido un buen movimiento —comentó James—, aunque un tanto imprudente.

—Pero te he vencido —respondió Isabella, agachándose para recoger una prenda del exuberante pasto.

—Si hubiera movido mi espada, habrías corrido ciegamente hacia ella.

—Pero no lo hiciste —dijo su hermana, limpiando suavemente con la prenda la hoja de su espada—. No critiques mi movimiento sólo porque terminaste con las nalgas en el suelo. Tú te rendiste. Yo gané. Aquí no hay «síes» que valgan.

—Tiene razón —comentó Alec mientras se les acercaba—. Te ha derrotado, y me temo que eso te hace rechinar los dientes.

—¡Tonterías! —exclamó James, sacudiendo la hierba que se había pegado a su túnica amarilla—. Yo simplemente…

—¡Ángel! —se oyó una voz aguda, procedente del bosque, que interrumpió a James.

Isabella volvió la cabeza y vio que su paje, Gavin, venía corriendo hacia ella. Su capa de algodón marrón se enredó con la rama de un árbol, pero con una rapidez increíble se liberó y consiguió llegar hasta el lugar donde se encontraba el «Ángel».

—Toma aliento, Gavin —le dijo Isabella, colocándole una mano encima del hombro—, y cuéntame qué ha pasado.

—Hemos… —comenzó él a farfullar, agotado.

—Respira hondo —insistió Isabella.

—Hemos… —siguió diciendo Gavin, después de tomar aire y recobrar la compostura—, ¡hemos capturado a un inglés, mi señora!

Isabella levantó la mirada hacia Alec antes de decidirse a marchar por donde había llegado Gavin. Oyó las fuertes pisadas de sus hermanos, que la seguían. El olor de la carne de venado que traía una brisa ligera procedente del oeste afectó a su vacío estómago, a pesar de la ansiedad que la dominaba. Maniobró como una experta entre las tiendas desordenadamente levantadas en distintos sitios, esquivando a los perros que ladraban a su paso y atropellando a dos hombres absortos en una partida de ajedrez.

Aminoró el paso al ver que Laurent Revin, su explorador, se le acercaba.

—¿Tú lo encontraste? —preguntó.

—Así es, mi señora —contestó Laurent.

A Isabella siempre le molestaba hablar con Laurent, porque, aunque era el mejor explorador que tenía, mirarlo a la cara era como mirar a un abismo, o mejor a un ser desprovisto de emociones. Tenía los ojos oscuros, tanto que ella no podía distinguir la pupila del iris. Laurent no había hecho nunca nada que indujese a sospechar de él; por el contrario, era un luchador leal, tan experto en el manejo de la espada como hábil para desaparecer en las sombras, pero había algo frío en su carácter que encendía las alarmas de Isabella. Evitaba el sol, de modo que su piel permanecía siempre blanca, casi tan blanca como la muñeca de porcelana que alguna vez su padre le había regalado a su hermana. Su destreza para infiltrarse entre los ingleses le había ganado el respeto de Isabella, y su dominio de la lengua inglesa era incluso superior al suyo propio.

—¿Dónde? —preguntó.

—Al noroeste de aquí —repuso Laurent—. Dijo que se había separado de su ejército. Que se había perdido.

Isabella continuó la marcha, ansiosa por ver a su enemigo, y cuando se acercó a las tiendas de los prisioneros notó que, sospechosamente, varios de sus hombres estaban sentados cerca de la entrada de una de ellas. Todos disimulaban ahora, con la cabeza agachada, como si les absorbiese alguna labor: algunos afilaban sus armas y otros limpiaban sus escudos hasta dejarlos brillantes como gemas. Isabella sabía que todos estaban pendientes del resultado del interrogatorio. Hacía más de dos semanas que no habían participado en una batalla, y estaban deseosos de enfrentarse a los ingleses lo antes posible.

—¿Qué puedo hacer yo, Ángel? —preguntó Gavin.

Isabella se detuvo y el muchacho se colocó delante de ella. Jadeaba vigorosamente, e Isabella sabía que había tenido que correr para seguirle el paso. Le sonrió, le acarició la hirsuta cabellera y le entregó su espada.

—Llévala a mi tienda —le ordenó—, y dile a Mel que me la cuide.

—Así lo haré, señora —murmuró Gavin con tono reverente, mirando la espada con los ojos muy abiertos. Luego la llevó, despacio y con cuidado, a la tienda de su Ángel.

Isabella intercambió una siniestra mirada con James antes de continuar. Dos guardias custodiaban la entrada de la tienda. Más que hombres, parecían gárgolas de piedra colocadas sobre los pilares de una iglesia. Vestidos con cotas de malla, sus túnicas blancas sobresalían encima de los tejidos metálicos que protegían sus cuerpos.

Isabella retiró la colgadura que servía de puerta de la tienda y entró.

El prisionero se encontraba atado a una gran estaca plantada en el suelo, amarrado por las manos y los pies. De constitución más bien pequeña y vestido con un jubón de cuero, el inglés le pareció a Isabella más un escudero que un soldado de infantería. Su mandíbula denotaba determinación y sus ojos oscuros eran cautelosos y desconfiados. Evaluó a James y a Alec con una rápida mirada y sus labios se contrajeron de inmediato en una mueca de desprecio. Cuando volvió la cabeza hacia Isabella, sus ojos se abrieron, sorprendidos. No esperaba encontrar a una mujer.

No estaba sucio. Sus mejillas no estaban hundidas por falta de alimentos, ni sus labios estaban resecos por falta de agua.

—No creo que se haya perdido —dijo ella, sin pensar que el prisionero pudiera entender el significado de las palabras francesas que había pronunciado.

—Estoy de acuerdo —declaró Alec.

Isabella se acercó al prisionero. James la siguió, protegiéndola, y se quedó a su lado

—¿A qué señor le prestas tus servicios? —preguntó Isabella al hombre en un inglés perfecto.

La frente del prisionero se arrugó, en clara señal de confusión, y su mirada viajó por el cuerpo femenino de ésta, valorándolo despacio y con un agrado difícil de disimular. Ella le sostuvo la mirada, ligeramente insolente, y al final clavó sus ojos en los del prisionero.

James le dio una bofetada en la cara. La cabeza del hombre se inclinó hacia un lado.

Una cadena de plata alrededor del cuello del prisionero brillaba a la luz de las velas. Isabella avanzó hacia él y el hombre la miró con ojos desafiantes cuando ella retiró la tela del jubón que le cubría el pecho, y allí, colgada de la cadena, apareció una medalla de plata con la figura de un lobo encerrado en un círculo. Isabella contempló la medalla durante largo rato. Apretó los dientes con cierta dureza y su mano tembló de ira al asir la medalla con los dedos. El metal frío le mordió la palma como si fuera un ser vivo.

—Está más cerca de lo que pensábamos —dijo James con tono burlón.

—Mucho más cerca —asintió Isabella, volviendo a poner el medallón sobre el pecho del hombre.

Sus ojos azules se elevaron muy despacio hasta encontrar la mirada del enemigo.

—Tráeme los polvos de la verdad, James —dijo Isabella, viendo cómo la cara del prisionero se llenaba de temor y de incredulidad.

—El Ángel de la Muerte —murmuró con la voz entrecortada.

—Ya nos dirá dónde acampa el ejército inglés. Mañana, antes del amanecer, tendré en mi poder al Príncipe de las Tinieblas.