IV. Mutou Yugi.


Los recuerdos son el juguete favorito del pasado para torturar nuestra mente y alma. ¿Qué es el pasado entonces, Katsuya? Es la vida que no puedes cambiar, es el tiempo que no puedes retroceder, son los errores que no puedes remediar y es la larga cadena de acontecimientos que te han traído hasta aquí, el presente.

Y por eso recordar es tan doloroso.

Si me pidieran representar los recuerdos con algún objeto material, los asemejaría a un clavo: siempre queda un agujero en la superficie donde ha sido incrustado. Un clavo no hace mella de un martillazo, Katsuya. Empieza a introducirse al ritmo definido por quien blande al martillo, que en nuestro caso es el propio ser que los conserva en la memoria.

Cuando torturan nuestra mente, presentando imágenes fugaces de lo vivido, son solo eso. Recuerdos. Pero cuando torturan nuestra alma, haciendo que lo vivido nos enchine la piel, son fantasmas. Los fantasmas son peores que los recuerdos: tienen voz igual que nosotros, puedes oírlos, igual que a nosotros, puedes sentirlos, igual que a nosotros. Y lo más horripilante de todo, nadie más que tú puede verlos.

En fin— ¿por qué siempre me haces usar esta palabra cuando bien sabes cómo detesto hablar de más? —, lo que quiero decir con esto, Katsuya, es que recordar es doloroso. Es sufrir por la vida que no puedes cambiar, por el tiempo que no puedes retroceder, por los errores que no puedes remediar y por la larga cadena de acontecimientos gracias a la cual estas aquí, en el presente.

¿De qué te serviría entonces recordar cómo murió Mai? ¿No has tenido ya suficiente sufrimiento con vivir en el seno de una familia disfuncional? ¿Echándote a los hombros la vida de un hombre que menospreció la tuya llenándote de moretones y negándote el amor que por ley te correspondía, que tu necesitabas? ¿No ha sido para ti suficiente dolor con vivir una amistad que los delincuentes redimidos como tú no tienen derecho a reclamar? ¿Y que a pesar de todo te la hayan concedido sin pedir nada a cambio?

¿Lo ves? Bloqueando tus recuerdos de aquel día desgraciado para la pobre Mai estoy protegiéndote del dolor, Katsuya.

¿Que por qué lo hago si te he arruinado ya la vida?

Te lo he dicho antes, Katsuya: yo soy tú y tú eres yo. Nos necesitamos el uno al otro para sobrevivir. Soy incapaz de hacer algo que te perjudique, porque tú me creaste para hacer todo lo contrario.

Soy tu escudo. No tu enemigo.

Mai no te amaba. Antepuso sus celos al duelo por la pérdida de tu padre. Para ella, saber si no le habías sido infiel con Yura era más importante que consolarte. ¡Y se atrevió a incriminarte cuando hacías un esfuerzo sobrehumano por salvar la relación! ¡Eso no es amor, eso se llama egoísmo! Yo solo velo por tu bienestar, Katsuya.

¿Ahora lo entiendes? Tú y yo no debemos estar aquí. Porque tú no estas loco ni yo soy tu enemigo. Somos un mismo ser dividido en dos.

Tenemos que salir de aquí a cómo de lugar.

Por eso, no desvíes los ojos de los de Yugi. No titubees. No muestres asomos de duda en tu mirar. Tenemos tiempo, el horario de visitas termina a las tres. Dirígete a él con la misma afinidad de voz con la que lo nombraste tu mejor amigo.

—No estoy loco, Yugi.

—Jōnouchi…

—Por favor, ayúdame a salir de aquí.