Capítulo 4 – El calor del hogar

La oficial coneja dio una patada a la puerta trasera del restaurante, saliendo rápidamente mientras cargaba en el hombro a la presa que antes la había atacado, y en la espalda el rifle que había utilizado para reducirla. Luego de también disparar tranquilizantes contra el oso y el león que habían invadido el comedor justo después, huyó de ahí con la oveja, momentos antes de que los dos lobos entraran en el lugar.

Ya en el callejón, Judy dejó a su protegida en el suelo para luego cerrar la puerta rápidamente, colocarse junto al contenedor más cercano, y empujarlo con fuerza para bloquear la salida. Apenas había cubierto el borde de la puerta cuando una de las bestias la abrió sin dificultades con una embestida, sobresaliendo su pata por el espacio abierto. La oficial no estuvo dispuesta a quedarse a ver que tanto podía llegar a resistir aquella puerta, y apenas estuvo segura de que las bestias no escaparían por allí, cargó a la oveja inconsciente y salió a la carrera.

"Tenemos que salir de aquí." —Era lo único que podía pensar mientras doblaba en una esquina para internarse en un callejón secundario, habiendo liberado las calles por un breve momento hasta que los lobos del restaurante decidieran regresar al exterior.

No era difícil notar que la electricidad de la zona había sido completamente cortada, por lo que tomar el elevador para llegar hasta el teleférico no era una opción viable. Y así, Judy cayó en la cuenta de que, por más que llegara al área residencial superior de otra manera, aquel transporte estaría inutilizable.

Sabía de un generador en el área superior que tenía como objetivo poner a trabajar el teleférico en caso de una emergencia, como un incendio o una gran inundación, empleado para llevar a los animales rápidamente a un lugar seguro. Aquella sería una larga caminata por el bosque.

—¿Qué estás... haciendo? —Una voz débil habló a sus espaldas. La oveja estaba sedada, pero no inconsciente al parecer.

—Tratando de salvarte la vida, así que agradecería que no trataras de partirme por la mitad otra vez. —Soltó con furia, para luego devolver la mirada al camino frente a ella.

—Tú estás-... ¿cómo es... posible? —Preguntó su acompañante. Judy captó su pregunta sin dificultad alguna.

—No tengo idea, pero lo que sea que haya atacado la ciudad solo vuelve salvajes a los depredadores. —Explicó fríamente—. Ahora tenemos que salir de aquí, este lugar no es seguro.

Finalmente salió a la calle, ubicó el puente con la vista rápidamente, y tomó carrera nuevamente. Ya no había forma de esconderse, ya no había otro camino. Cruzaría el puente, entraría en el centro comercial, ascendería al nivel más alto, y llegaría al área superior desde el tejado, el cual se encontraba muy cerca de una de las carreteras.

Aquella era su salida, pero el solo alcanzarla ya era otra historia, pues al apenas poner sus patas en el puente, el guepardo en el tejado del centro comercial puso sus ojos sobre ella. El mismo no tardó en descender rápidamente, valiéndose de los balcones de la estructura para ello, y tomando carrera hacia la coneja al apenas tocar el suelo.

El corazón de Judy ya iba a mil por hora cuando vio al veloz depredador dirigirse hacia ella, a unos escasos segundos de la colisión. La bestia más rápida y veloz del reino animal se disponía a darle caza, y sabía que si la misma la atrapaba en sus fauces, sería el fin. Por alguna razón, su cabeza no dejó que sus emociones influyeran ésta vez, y actuó de una forma tan lógica y racional que la policía nunca, hasta ese día, hubiera siquiera considerado ejecutar.

Soltó a la oveja a un lado del camino en el puente y, en el instante en que el guepardo saltó hacia ella, la coneja se dejó caer al suelo de espaldas, resbalando con el suelo mojado y pasando justo por debajo de la bestia en pleno ataque, a tiempo para sacar el cuchillo de su pantalón y efectuar un amplio corte en la pata derecha delantera de su atacante quien, al aterrizar, resbaló y perdió el equilibrio, siendo casi incapaz de apoyar su extremidad en el suelo al incorporarse.

"¿Qué... qué acabo... de hacer?" —Pensó la coneja al incorporarse, mirando el cuchillo que sostenía en su pata por un breve momento antes de notar que la bestia se disponía a reanudar su ataque, no habiendo notado a la oveja débil a escasos metros a sus espaldas. Tenía a una presa más grande frente a sus ojos.

Antes de que Judy se hubiera visto repuesta, el depredador se movilizó en zig zag en su dirección, lanzando un zarpazo despiadado contra la coneja que retrocedió frente al ataque, y otro, y otro más para luego lanzar una dentellada cuando estuvo a una distancia adecuada. La coneja evitó cada uno de los ataques y, en el último momento, apuñaló el cuello de la bestia con el cuchillo en su pata izquierda. El depredador retrocedió rápidamente, con una gran cantidad de sangre saliendo a borbotones de la herida, y resbaló cuando intentó atacar nuevamente, luego de lo cual no se volvió a levantar.

Ahora la bestia yacía en el suelo, agonizante, y una vez más la coneja había sido la responsable. Pero lo peor... era que no sintió nada. Ni culpa, ni dolor, ni tristeza. Sentimientos que la habían acompañado hacía no menos de quince minutos, ahora estaban completamente ausentes. ¿Por qué? Un acto tan cruel debería haberla afectado de alguna forma. ¿Por qué, entonces? ¿Por qué no podía sentir nada de eso ahora?

El sonido de cristales rompiéndose a lo lejos la despertó de su trance, y vio a los lobos a los que antes había dado esquinazo en el restaurante, saliendo al exterior. No importaba que hubiera vencido a un guepardo segundos antes, pues si dos lobos atacaban al mismo tiempo, no tendría salvación.

Cargó a la oveja nuevamente sin perder tiempo, y tomó carrera con destino al centro comercial ya a una corta distancia, abriendo la puerta principal de una patada, y usando su rifle de tranquilizantes para bloquearla. Las bestias impactaron con fuerza, deseando a la presa a escasos centímetros de sus colmillos, y Judy se quedó ahí parada, contemplando a través de la abertura de la puerta el rostro de animales que en menos de un día habían perdido la razón, y junto a ello, todo lo que tenían.

Al voltearse, notó que el escenario en el interior del centro no era diferente al del exterior en cuestión de cuerpos pero, de alguna forma, aquello había dejado de afectarla. Judy no entendía que era lo que estaba pasando con su mente, y sintió terror por la idea de que, de alguna forma, estuviera habituándose a este nuevo mundo que la rodeaba. Contempló el cuchillo en su pata nuevamente, y se preguntó si alguna vez podría volver a conciliar del sueño luego de todo lo que había hecho. Después de guardar su única arma restante, con los rugidos de las bestias hambrientas a sus espaldas, la coneja acomodó a la oveja sedada en una de las bancas cercanas, revisándola después mientras la misma le dedicaba furtivas miradas pero, por lo general, manteniendo los ojos clavados en el suelo.

—No llegaron a lastimarme, si es lo que estás buscando.

—Solo quería estar segura. —Le aclaró—. ¿Cómo te llamas?

—Diana. —Respondió con un bajo volumen de voz—. Siento lo que pasó... en el restaurante.

—Lo importante es que estamos bien. —Intentó restarle importancia a la situación, aunque realmente seguía costándole trabajo tratar así a quien poco antes había intentado asesinarla—. Solo espero que podamos sobrevivir a esta noche. —Continuó, y la oveja bajó la mirada nuevamente.

—Gracias. —Musitó—. Por no dejarme atrás.

—No podría haberlo hecho. —Dijo mientras tomaba de su bolsillo el celular que había conseguido, y casi debió ahogar un grito cuando notó que el mismo tenía señal. Rápidamente marcó el número de la casa de su familia y posicionó el celular junto a su oreja, rezando en silencio todas las oraciones que conocía—. Por favor, contesten. —Suplicó al micrófono.

Un tono monótono y frío sonaba en el parlante, un tono que la impacientaba, un tono que puso sus nervios de punta durante los escasos segundos que duró, antes de ser reemplazado por la melodiosa voz de la coneja que la había traído al mundo.

—Hola...

—¡Mamá! Yo...

—...está comunicándose con la residencia Hopps, hogar de Bonnie...

—De Stu. —Continuó su padre.

—De María. —Siguió su tía.

—De Joseph. —Gruño su abuelo.

—¡De Sarah! —Cantó su hermana mayor.

—¡De Fred! —Gritó su sobrino con emoción.

—¡Y de todos los Hopps! —Exclamaron al unísono.

—Si quiere dejar un mensaje, aclare a quien, y diga lo que deba. —Explicó su madre amablemente.

—O pásese por la granja familiar, ¡le recibiremos con gusto! —Cerró su padre, luego de lo cual le siguió un silencio que, a la policía, se le antojó infernal.

No reconoció la contestadora porque, en efecto, nunca la había oído. Siempre había alguien en su hogar para atender el teléfono, y cuando la policía cayó en la cuenta de que, en efecto, no había nadie en su casa, su pata que sostenía el teléfono comenzó a temblar.

Si todo esto había sucedido en el Distrito Forestal, ¿qué estaría sucediendo fuera de la ciudad? ¿Cuánto territorio había sido afectado por esa niebla morada? ¿Cuántos depredadores afectados habían dejado Zootopia, con destino a los pueblos cercanos?

El teleférico solo se dirigía desde el distrito hacia el centro de la ciudad, por lo que usarlo para regresar a Bunny Burrows resultaba imposible. Deberían llegar al centro, hallar a Nick, y de ahí encontrar la forma de escapar de esa infernal ciudad. No había otra manera, y llevaría su vida al límite de ser necesario, con tal de lograr su objetivo.

—Nick... te encontraré. Lo prometo. —Musitó con ojos cerrados.