Nota: bueno, para quien se queje de que alguno de los capítulos anteriores era corto o de que no tenían acción suficiente, aquí no se van a poder quejar. Estuve investigando y releyendo esta parte del séptimo libro de Harry Potter para que todo quedara mejor (ni que fuera una molestia jeje) pero si ven algo que no esté claro, una duda que tengan o cualquier cosa, dénle al review.


1—

Después de mucho esfuerzo por parte de Ron, Harry y Hermione, y la cooperación de Malfoy a regañadientes, el plan quedó perfectamente trazado: entrar, llegar al despacho de Umbridge, coger el guardapelo e irse. El Ministerio estaba atestado de aurores y a la vez se encontraba allí el peligro de los mortífagos, pero Harry sabía que debía arriesgarse para conseguir el horrocrux. Malfoy no sabía nada de los horrocruxes, de su motivo para ir de cabeza al Ministerio ni de la misión de Dumbledore y Hermione casi podía ver como el tiempo se agotaba antes de que dejara de ayudarles, cansado de no saber nada.

Harry, Ron y Hermione aparecieron desilusionados y bajo la capa de invisibilidad del primero cerca de la entrada al Ministerio. Era hora punta, las nueve de la mañana, y la gente se congregaba y se saludaba en su camino al Ministerio. Los pies de los tres chicos se podían ver porque la capa ya era demasiado pequeña para que cupieran los tres, pero el hechizo camaleónico hacía lo suyo perfectamente. Siguieron en absoluto silencio a una pareja de magos hasta llegar al punto de aparición: unos lavabos públicos. Sin quitarse la capa de invisibilidad escrutaron la zona, encontrando al menos a tres posibles candidatos a mortífagos.

No pudieron entrar: los magos y las brujas hacían fila para entrar a un servicio individual, en el que los chicos supusieron que desaparecerían. No había forma de colarse allí sin ser vistos o sentidos, y todo el mundo estaba tan paranoico que era imposible que achacaran un débil golpe a su imaginación. Esperaron y esperaron, determinados a entrar cuando la hora punta hubiera pasado, pero había demasiados magos a cualquier hora. Entraban y salían en un continuo ir y venir que comenzó a marear a Hermione. Harry les dio un codazo a Ron y a ella y les susurró en voz casi inaudible:

— ¿Y esos tipos de ahí?— preguntó. Hermione reparó por primera vez en ellos: dos magos de túnicas elegantes que hablaban en la entrada a los urinarios. Hizo un profundo salto atrás y cayó en la cuenta de que ellos ya estaban allí, charlando con la espalda apoyada en el muro desinteresadamente, cuando Ron, Harry y ella habían aparecido esa mañana. Harry les miró con sospechas en los ojos y les hizo una seña para que se movieran hasta llegar a los dos hombres.

— Esto es una pérdida de tiempo, Mike.— comentó uno de ellos, barbudo y con cejas espesas. Tenía un aspecto brutal y salvaje y una mirada intensa. El segundo, Mike, hizo un gesto con las manos para desentenderse del asunto y dijo:

— Ya sabes, las órdenes son las órdenes.

— Nunca pensé que adoraría volver al trabajo en vez de estar en un baño mugriento, esperando que aparezca por arte de magia.— el segundo rió entre dientes y los tres adolescentes empezaron a pensar que se trataban de mortífagos. No estaban entre los sospechosos, pero hablar tan crípticamente… Levantaba suspicacias.

— Calla: sabes que hemos sido más afortunados que otros. Me encontré con Will ayer y dijo que le había tocado estar horas y horas en una zona muggle, mirando una estúpida casa. Dijo que creyó haber visto algo en algún momento, pero creo que se lo imaginó. Hace mucho calor este verano a pesar de los dementores.— concluyó bajando la voz. Los dos rieron otra vez como hienas.

— Le tocó con Rowle, creo, ¿no?— aquella mención les hizo saber a los tres que realmente eran mortífagos. Sus posibilidades se redujeron tan drásticamente que decidieron volver al Refugio y elaborar otro plan de ataque: la capa de invisibilidad no serviría de mucho en esta ocasión.

Aparecieron con rapidez en las lindes de la casa y antes de que llegaran a la puerta de entrada, Malfoy ya estaba allí, varita en mano, mirando por encima de su hombro. Harry tiró la capa de invisibilidad al suelo con fuerza, frustrado por no haber podido llevar a cabo el plan y Ron entró en la casa detrás de él, recogiendo la capa. Malfoy esperó a que Hermione llegara hasta él y la paró, cogiéndola del brazo:

— ¿Qué ha pasado?

— El plan no funcionó. Ni siquiera conseguimos llegar al Ministerio.— se quejó e informó a la vez. Draco asintió con la cabeza y después de mirar que Harry y Ron se hubieran ido, arrastró a Hermione fuera de la casa. Granger se dejó hacer con cansancio, segura de que Malfoy le pediría explicaciones:

— ¿Por qué queréis lo que sea que tenga Umbridge? ¿Qué es eso?— preguntó. Hermione suspiró frotándose los ojos y finalmente dijo:

— Mira, no sé si sería buena idea que te lo contara, así que… Necesitamos eso que tiene Umbridge para destruir al Innombrable.— Draco frunció el ceño y se acercó a ella para decirle:

— Creo que sé guardar un secreto mejor que vosotros tres juntos: yo sí que sé Oclumancia.

Hermione se apartó del chico con rapidez: el corazón latía desbocado y ella se sentía frustrada. ¿Por qué ese sentimiento? Se soltó rudamente del agarre de Draco y entró en la casa sin mirar atrás. Los dos chicos ya estaban sentados en la mesa de la cocina, refunfuñando una y otra vez sobre el fiasco de su misión y Hermione se sentó a su lado ignorándoles, pensando en otras cosas. Draco había estado demasiado cerca de ella, diciendo con lentitud 'Oclumancia' y eso hacía que Hermione echara humo por las orejas porque no podía dejar ir la imagen de sus labios finos y rosados moviéndose.

Al día siguiente los tres gryffindors volvieron a ponerse en marcha, haciendo otro plan. El Ministerio no era inexpugnable, era imposible. Quizás muy difícil entrar y tarea titánica salir si les descubrían, pero no imposible a fin de cuentas. Se encontraban discutiendo el nuevo plan de acción cuando Malfoy, apoyado en el dintel de la puerta, les salvó a todos de una pelea acalorada:

— ¿Y si usarais poción multijugos?— los tres, Ron, Hermione y Harry, se volvieron a mirarle. Hermione sonrió lentamente, haciéndose a la idea de lo que Draco decía pero Ron frunció el ceño.

— ¡¿A ti quién te ha dado vela en este entierro, hurón?! ¡Largo de aquí!— Draco se estiró lo más que pudo con el orgullo ofendido y fue a empezar una discusión. Sin embargo Harry se levantó con un brillo extraño en los ojos y dijo:

— ¡Ya, chicos, no nos peleemos!— Harry se colocó entre Ron y Draco, que se miraban con odio acumulado. Se giró a Ron y dijo.— Podría servir, Ron. Sólo intenta ayudar.— terminó con lentitud, como si no se fiara de Draco. Luego se giró a Draco y le preguntó.— ¿Dónde podríamos conseguir poción multijugos? ¿Cuál es el plan exactamente?

— Podríais hacerla o podríais comprarla en el callejón Knocturn. Conozco a gente que me la vendería a un precio económico. Lo demás es obvio, ¿no?: os conseguís unos personajes, os infiltráis en el Ministerio y asunto resuelto.

— No vale cualquier persona.— agregó Hermione, mirando interrogante a Draco. Esperaba que le dijera tres nombres de altos cargos que no fueran mortífagos y que se situaran cerca de Umbridge.

— De todas formas, no entiendo qué complicación hay para el Elegido y sus acólitos en entrar en el Ministerio: por más mortífagos que haya allí, Dermont daría su vida por los iconos de la Resistencia.— los tres gryffindors sintieron una corriente de desprecio hacia Draco en ese instante: él creía que sus vidas seguían siendo fáciles, dejando que los demás murieran por ellos, pero no era así. Nadie más caería por su culpa.

— Prefiero no contestar a eso, Malfoy.— dijo Harry en un tono que pretendía ser conciliador. Por un momento, Harry cerró los ojos como si se preparara mentalmente para algo y luego soltó la bomba.— Creo que lo mejor sería que participaras activamente en el plan.

No sólo Draco se quedó de piedra sino todos en general. Ron exclamó un '¡¿Qué?!' antes de que Hermione le callara y decidiera que era lo mejor. El plan siempre había sido entrar, coger el guardapelo y salir. Si se entretenían buscando el despacho de Umbridge la poción multijugos dejaría de hacer efecto y los cazarían. Después de sopesarlo durante varios minutos y de mirarles con recelo, Draco contestó:

— Dadme vuestra palabra de que no me entregaréis al Ministerio ni me tenderéis una emboscada.

— No haremos ninguna trampa, Malfoy. Lo que ves es lo que hay.— dijo Harry, abriendo las manos.— Nos eres útil, no te vamos a traicionar.— quiso añadir un 'al contrario de lo que tú harías' pero la mirada de Hermione le dejó claro que no sería posible. Extendió su mano derecha en el aire, esperando que Draco aceptara, y con reticencia, el mortífago alzó la suya y la estrechó, esperando poder confiar en ellos.

2—

Después de volver a revisar el plan, esta vez con Malfoy a un lado, detallar todo, tener varios planes de reserva y la poción multijugos comprada, Harry, Ron, Hermione y Draco salieron de nuevo. Hermione les desilusionó a todos y Draco, parado en una esquina de la calle, identificó a los magos. Para los demás parecía más difícil pero Draco los conocía a todos. Quizás no sus nombres, pero recordaba sus caras.

Cuando consiguieron el pelo de cada uno de los sujetos que iban a suplantar y se tomaron la poción multijugos, se miraron entre sí. Ron, alto y flaco, se colocó el mono azul de trabajo de los empleados de limpieza del Ministerio, Hermione, con cara de estirada y pequeñas gafas en la punta de la nariz, se recogió el pelo y se estiró la túnica, Harry, el más alto y corpulento de todos había perdido las gafas de pasta negra y llevaba una enorme gabardina que le daba un aspecto tétrico. Por último, Draco se miró a sí mismo reflejado en un metal pulido: tenía una larga coleta y su ropa era escarlata. Gruñó en desacuerdo, reconociendo al auror Williamson en su propia cara.

Echaron a andar todos a una distancia prudencial, para que los mortífagos que había vigilando la entrada del baño no pensaran que iban juntos. Pasaron por delante de los dos hombres, que les miraron con mala cara, y se despidieron de Hermione, esperando verla a su llegada al Ministerio. Se separaron los tres en las filas que había para usar los urinarios individuales. Ron entró antes que Harry y Draco, que entraron después de esperar a que dos hombres tiraran de la cadena de su retrete.

Draco se quedó parado delante del urinario. No estaba muy limpio y aquello daba asco, pero sabía qué debía hacer. Cerró los ojos, intentando pensar que no estaba a punto de meter el pie en el baño, cuando apareció la cabeza pelirroja de Ron por encima del tabique de madera.

— ¿Harry?— preguntó. Luego le miró e hizo una mueca de disgusto. Draco bufó por lo bajo y sin dejarle continuar susurró con voz fuerte para que Potter le oyera también:

— Debemos meternos dentro del váter y tirar de la cadena.— Sin dejarles más tiempo para discutir, Draco siguió sus propias instrucciones y desapareció en un torbellino de colores.

Apareció en una de las chimeneas del atrio. Las llamas verdes le acariciaron por un momento antes de apagarse y Draco salió al pasillo transitado. La estatua grande de la bruja, el mago, el centauro, el duende y el elfo doméstico seguían allí, reluciendo por la luz del día. Y frente a ella estaba Hermione Granger con la misma expresión estirada que debía de tener la bruja en la que se había convertido. Caminó hacia la mujer madura con tranquilidad mientras era empujado por la marea de gente que se apiñaba para entrar en el Ministerio, esperando que así Potter y Weasley le siguieran y no se perdieran.

Y lo consiguieron: los cuatro chicos, disfrazados de la forma más variopinta, se juntaron frente a la estatua del Atrio. Draco miró un momento a su alrededor antes de empezar a andar. Tal y como habían hecho en el camino hasta el Ministerio, dejaron un poco de distancia entre ellos mientras se dirigían al ascensor.

Se volvieron a juntar en la sala redonda de los ascensores. Los azulejos del suelo y las paredes les reflejaban a ellos mismos una realidad distorsionada mientras los zapatos de Draco golpeaban rítmicamente el suelo, esperando que un ascensor llegara. A los pocos segundos se escuchó un ruido chirriante y las rejas del ascensor de su derecha se abrieron. Entraron allí y Draco deslizó su dedo por todos los botones del ascensor antes de presionar el que marcaba el piso Uno. Allí estaba la Comisión del Registro de los Nacidos Muggles y Umbrigde, como directora que era de este departamento, tenía su despacho allí.

Cuando la puerta ya estaba a punto de cerrarse y los chicos pensaban que podían respirar tranquilos duramente un momento, ocurrió lo inesperado: una mano varonil frenó el mecanismo y el grupo miró al dueño de esa mano: Yaxley. Sonrió enseñando los dientes y se introdujo en el ascensor, saludándoles con un movimiento de cabeza. Miró a los chicos detenidamente antes de acercarse al pelirrojo alto y flaco con la túnica azul:

— Cattermole, no esperaba verte aquí. Pensé que ya estarías abajo, dándole la mano a tu esposa e intentando demostrar que no es una sangresucia. Pero eres inteligente: al menos así sólo perderás a tu esposa y no también tu trabajo.— Ron, el llamado señor Cattermole, se puso pálido y negó con la cabeza repetidas veces.— En mi despacho lleva lloviendo tres días, Cattermole. Si fueras un poco más listo pondrías mi problema por encima de los demás e intentarías mantener contento al que va a juzgar a tu esposa.

Yaxley se giró en ese momento, perdiéndose la cara de espanto de Reginald Cattermole, que miró a Harry y Hermione pidiendo ayuda. Draco presionó el botón del piso Dos después de que Yaxley pulsara el del último piso del subsuelo, donde estaban los Juzgados. El ascensor comenzó a bajar y los cinco empleados del Ministerio de Magia se agarraron fuertemente. Sólo Hermione, que nunca había estado en el Ministerio, se sorprendió de la violencia con la que el ascensor se movía. Yaxley les miró de reojo y dijo con la misma sonrisa tirante:

— ¡Ah, Mafalda!— se sorprendió. No se giró a verla, lo que fue una verdadera suerte para Hermione, que dio un respingo y se puso derecha.— Umbridge te espera en las Salas del Tribunal para empezar el papeleo.

Hermione, o Mafalda, asintió con la cabeza y después de un traqueteo incesante, un par de bamboleos y un frenado inesperado, la reja dorada del ascensor se abrió, dando paso al departamento de Misterios. Yaxley salió y Harry, que ya había estado allí en su quinto año y estaba avisado, golpeó el hombro de Hermione para que siguiera al mortífago. Con una última mirada de pánico, la puerta se cerró, dejando atrás a Mafalda Hopkirk y a Yaxley, que comenzó a andar en dirección contraria. El ascensor se movió violentamente y una vez solos, Draco habló con voz profunda:

—Cattermole,— Ron se giró, sabiendo que le decía a él.— el despacho de Yaxley está en la segunda planta. Ve allí y haz lo que puedas, Runcorn y yo iremos al despacho de Umbridge.

Harry asintió, descubriendo que el tipo extravagante con gabardina tétrica se llamaba Runcorn, y el ascensor anunció que estaban en la segunda planta. La sala circular de los ascensores estaba vacía cuando la puerta se abrió y Ron salió de allí lánguidamente, mirándoles con ojos desorbitados. Mientras las puertas se cerraban, Harry dijo:

— Volveremos a buscarte cuando hayamos conseguido el guardapelo.

Otro tirón y el ascensor se puso en movimiento. Draco y Harry salieron en la primera planta, donde tampoco había nadie. Se quedaron parados mientras el ascensor chirriaba al cerrar las puertas detrás de ellos y se iba. Luego, Harry tragó saliva y Draco se alisó la túnica escarlata, comenzando a moverse.

Salieron a un pasillo largo y lleno de puertas. La alfombra era morada y tupida y parecía alargarse hasta donde sus ojos veían. En cada puerta había una placa donde ponía el nombre de dueño del despacho. Albert Runcorn miró detenidamente las placas de las puertas de la derecha mientras Williamson hacía lo mismo con las de la izquierda. Ninguna de ellas era la de Umbridge y pronto llegaron a una zona amplia donde acababan los despachos.

Allí sólo había dos brujas con un montón de papeles en los brazos y hablando como si se tratara de una tertulia. Harry frunció el ceño intentando escuchar lo que decían y ellas malinterpretaron el signo, cortando la conversación de golpe y disculpándose de inmediato con Runcorn. Harry sonrió satisfecho, interpretando su papel de jefe tirano, que parecía haber sido el que le había tocado en el reparto, y mientras las dos brujas se marchaban en dirección contraria, Draco y él avanzaron al siguiente pasillo, con más despachos.

Como si se tratara de una autorrevelación, Harry observó con curiosidad la placa dorada en la que ponía 'Albert Runcorn' durante unos segundos, antes de que Williamson estirara de la manga de la gabardina y volvieran a reanudar la marcha. Al final del pasillo encontraron el despacho de Umbridge. En su puerta estaba incrustado el ojo loco de Moody. La pupila giraba y giraba sin detenerse mientras Harry sentía su odio hervir en su cuerpo.

Draco abrió la puerta, haciendo que Harry despegara sus ojos de la vista del artefacto de Moody. Cerraron la puerta detrás de ellos y el enorme Albert Runcorn comenzó a inspeccionar la habitación, en busca del guardapelo. Draco se limitó a observar la decoración del lugar: todo parecía estar colocado en un orden meticuloso y obsesivo, había además varios platos colgados en la pared y multitud de objetos inservibles y decorativos.

— ¡Mierda! No está aquí.— susurró Harry. Draco le miró mientras el otro se incorporaba, dejando el despacho como lo había encontrado. Se miraron por un momento y Harry preguntó.— ¿Yaxley ha dicho que Umbridge estaba en los Tribunales, no?

— Sí, Runcorn.— a pesar de que estaban solos, Draco llamó a Harry por el nombre de su apariencia. Harry se acercó a la puerta y comenzó a sacar el ojo de Moody de allí mientras decía:

— Bien, llévame allí.— se volvió a levantar y abrió la puerta, metiéndose el ojo en el bolsillo. Draco cerró la puerta por fuera, viendo lo que Harry había hecho y dijo:

— Oh, mierda, Po— Runcorn. Nos cazarán por esto.— murmuró mientras adelantaba al otro. Volvieron a los ascensores sin encontrar a nadie en su camino y Draco presionó el botón de la Planta Nueve. Mientras bajaban y bajaban ininterrumpidamente, Harry y Draco aprovecharon para mirarse entre ellos y ver si los efectos de la poción seguían vigentes. Suspiraron aliviados al ver que así era.

Llegaron a la novena planta, el departamento de Misterios, y salieron con paso rápido. Los azulejos negros relucían cuando pasaban y las luces, al no haber ventanas, daban al sitio un aspecto tétrico. Sus caras se iluminaban por las antorchas de tanto en tanto mientras Williamson, al frente del grupo reducido, guiaba a Albert Runcorn hasta la Sala de los Tribunales. Giraron varias veces y bajaron unas escaleras sin encontrar a nadie en su camino, y finalmente, llegaron a la puerta indicada.

El juicio había comenzado, aunque la puerta estuviera abierta. Desde fuera, Harry pudo ver un patronus en forma de gato peludo dar vueltas alrededor de la silla con cadenas que temblaban, esperando poder atrapar al incauto que se había sentado allí. La señora que estaba sentada allí gemía, lloraba e intentaba demostrar su inocencia mientras un mojado Reginald Cattermole le tomaba la mano a la que debía de ser su esposa y la consolaba. Desde su ángulo de vista reducido, ni Harry ni Draco pudieron ver a ningún asistente al juicio, que a pesar de ser público parecía casi privado.

Avanzaron un poco y miraron al techo: las horrorosas criaturas que eran los dementores se deslizaban encima de las cabezas del matrimonio Cattermole, aterrorizándolos más aún. Seguía sin haber espectadores en el juicio. Williamson avanzó delante y miró a la derecha, donde estaban mirando los señores Cattermole, después de dar un vistazo a la sala del juicio y verla desierta.

Harry pasó detrás de él, quedándose parado en la línea que separaba el pasillo de la sala propiamente dicha. Umbridge estaba sentada en el centro del palco, como jueza. A su lado, Mafalda Hopkirk apuntaba notas sobre el juicio con la cara pálida, y al otro lado Yaxley miraba con una sonrisa de descarada desfachatez el sufrimiento del matrimonio.

— Entonces, señora Cattermole,— dijo con voz chillona Umbridge.— afirma usted que sus padres no tienen magia.

— Sí, señoría.

— Por lo tanto, su estatus de sangre es— ¡Runcorn, Williamson! ¿Qué hacen aquí?— se interrumpió a sí misma Dolores Umbridge. En su cuello se bamboleó el guardapelo de Salazar Slytherin y Harry fue incapaz de responder, sus ojos hipnotizados con la cadencia del objeto. Williamson contestó cortésmente:

— Albert y yo queríamos hablar con Hopkirk un momento. Esperaremos hasta que el juicio acabe.— se quedaron los dos parados a un lado, sentados en las primeras bancas.

— Entonces, señora Cattermole, es hija de muggles. Su nivel de magia en sangre es— ¿Runcorn?— preguntó, interrumpiéndose otra vez. Harry se había levantado y en esos momentos estaba bordeando la silla de cadenas cual depredador acechando a su presa. Sus ojos estaban fijos en el colgante cuando metió la mano en el bolsillo de la gabardina y sacó su varita. Apuntó a Umbridge y antes de que ésta pudiera recriminarle, la desmayó.

El gato peludo desapareció mientras el auror Williamson desmayaba por sorpresa a Yaxley y Mafalda Hopkirk estiraba del guardapelo hasta romper la cadena. La lanzó hacia Harry que la cogió y comenzó a correr hacia la salida, detrás de Draco. Ron, soltando la mano de la señora Cattermole comenzó a correr detrás de ellos mientras gritaba un '¡Corra, señora Cattermole!' y Hermione cerró la marcha. Haciendo caso a su consejo, la mujer comenzó a correr en dirección contraria, huyendo de los dementores, que se abalanzaron sobre ellos hambrientos de almas.

Los cuatro jóvenes se metieron en el último ascensor con rapidez. Las rejas de oro empezaron a cerrarse cuando los dementores se deslizaban ya por el pasillo, frente a ellos. Con un ruido horroroso y violento, las puertas se cerraron completamente y Harry, ya transformado a su ser, les empujó a todos a la parte de atrás del ascensor. Las manos huesudas y repugnantes de los dementores se hicieron paso a través de las rejas e intentaron cazarlos en vano.

Draco golpeó con su puño el botón del Atrio y el ascensor hizo un pequeño ruido, antes de moverse con rapidez. El grupo cayó al suelo mientras se miraban: los efectos de la poción habían acabado. Harry sacó de los bolsillos de su gabardina el ojo de Moody y el relicario, los guardó en su propia túnica y dejó la gabardina pesada a un lado. Draco se quitó la túnica escarlata mientras Ron y Hermione transfiguraban su ropa en la habitual. Ni Ron podía quitarse la túnica azul sin quedar en ropa interior ni Hermione podía correr con tacones.

Dejaron la ropa apilada al fondo del ascensor y esperaron unos segundos más hasta que las puertas del ascensor se abrieron. Había varios guardias y aurores patrullando la zona del Atrio, entre ellos Kingsley. Los chicos se quedaron apoyados contra la pared de la sala circular, pensando cómo salir sin ser vistos, cuando el ascensor de la izquierda paró. Mientras las rejas se abrían, el grupo de fugitivos pudo ver a Yaxley con la cara deformada por el odio.

Harry salió del escondite, lanzando hechizos a Yaxley, y corrió hacia las chimeneas. Detrás de él salió Ron y luego Hermione, tirando de Malfoy. Corrieron por el tablado de madera brillante que reflejaba las runas que aparecían y desaparecían en el techo abovedado, empujando a los aurores a su paso. El mago que registraba las varitas, un tal Eric Munch, se levantó y gritó '¡Harry Potter!' y de repente, todos empezaron a lanzar hechizos.

Harry no supo de qué lado estaban: algunos aurores intentaban pararles, otros protegerles y en medio de todos, Yaxley corría hacia ellos como un toro embravecido. Hermione, siempre ágil, hechizó a uno de los aurores que intentaba pararles y se puso en cabeza en la persecución. Las chimeneas comenzaron a cerrarse con rejas mientras el pequeño fuego verde se extinguía y finalmente, Hermione cogió a Harry de la mano y gritó 'Grimmauld Place'.

Harry consiguió agarrar a Draco y éste a su vez a Ron. Y mientras desaparecían en cadena en ese torbellino de colores, Draco vio la cara distorsionada de Yaxley, viajando con ellos. Ron le golpeó en medio del viaje antes de caer al suelo sucio y polvoriento de la vieja casa de Sirius. Hermione apenas tuvo tiempo de levantarse, mientras Harry trastabillaba y caía al suelo, Draco se giraba en redondo para enfrentar a Yaxley y Ron gritaba cuando Yaxley le torció el brazo.

— ¡Mortífagos!— gritó Hermione con los ojos desorbitados. Yaxley tenía cara de psicópata, con el pelo desordenado y una sonrisa desagradable e insana en su cara.

Hermione no fue capaz de hacer mucho más. Entró en pánico mientras Ron caía al suelo con el brazo doblado y comenzó a gritar. Harry intentó levantarse pero antes de que nadie hiciera nada, Draco, presionado y estresado por los gritos de Granger, olvidó toda su educación mágica y con la varita en la mano, estampó el puño en la cara de Yaxley.

El mortífago se tambaleó mientras Draco gemía, agarrándose la mano llena de sangre del adulto y soltando la varita, y Harry aprovechó la oportunidad para lanzar un expelliarmus. El hechizo golpeó a Yaxley en el pecho y le hizo saltar hasta el hueco de la chimenea, donde el fuego verde se lo tragó, llevándoselo a otra dirección. Hermione dejó de gritar con las manos en la boca y respirando fuertemente y Harry les agarró a todos y se concentró en llevarlos de vuelta a la casita en el bosque. Con una pequeña detonación, Draco observó como todo se consumía en un vórtice negro y la explosión de color subsiguiente, mientras caía al suelo, mirando de forma borrosa los árboles. Sólo se escuchaba el trinar de los pájaros y el ruido de las hojas al caer encima de ellas.