·Abusado·

Si que Arthur y Alphonse estuviesen dormidos era perfecto, más lo era el que la casa estuviera completamente en silencio. Todas y cada una de las personas que de día servían en ésta, estaban en el mundo de los sueños, o, quién sabe, tal vez en el abismo de las pesadillas.

Aprovechando este momento de perfección, me escabullí minuciosamente en la habitación del chico rubio, que deseaba desde la primera vez que lo vi.

Tan frágil, débil, vulnerable, ante las miradas de gente corrompida pero poderosa, como yo y como muchos que ha de conocer ya, si llegó a un lugar como aquel.

Alphonse Elric, Alphonse Elric, Alphonse Elric, Alphonse; aburre un poco, ¿no es así? Además, hay formas de reemplazarlo, como Al, y, eh... Al.

Dejé los pensamientos estúpidos a un lado -por el momento, y me acerqué a su cama, mordiendo mi labio de forma ansiosa, demostrando así mi impaciencia por tocar su tentativa piel.

Observé detenidamente; desde las sábanas azul pálido, las almohadas blancas, su cabello, rostro y su suave expresión de tranquilidad. Hasta que, claro, mi mente se nubló en pensamientos no muy inocentes; como, ya se han de dar cuenta dentro de mis pensamientos, la mayor parte del tiempo.

—Alphonse... — susurré con una gran sonrisa, viéndolo dormir junto su cama.

Continuó durmiendo, balbuceando cosas completamente incoherentes e inentendibles.

—Alphonse — repetí, ya impaciente. Creo que tendré que despertarlo de otra forma, si así no le es suficiente —. Alphonse... — una última oportunidad.

Pero nada. Bueno, no tengo otra opción, ¿verdad?

Levanté las sábanas con emoción, y observé cómo dormía tranquilamente.

Era muy lindo, realmente muy, muy atractivo.

Pasé la lengua por mis labios, pensando en qué haría primero. Tomé su rostro levemente, observando sus facciones; es más tierno aún. Acaricié su mejilla, soltando una risita al ver como balbuceaba y fruncía el ceño.

Mierda, si fuera hombre es seguro que tendría una erección importante, y con sólo mirarlo.

Pasé mi mano por su cabello y lo acaricié levemente, sintiendo la suavidad de éste. Puedo deducir, según su cuidado, que no estuvo mucho tiempo en aquel lugar; pero las recientes heridas, cortes y quemaduras que eran visibles en su cuerpo permitían imaginar lo que debió ocurrir.

Acaricié su rostro, fascinada por sus facciones. Sí, realmente valió la pena todo el dinero que pagué por él.

Levanté las sábanas, observando sus ropas blancas; bajando hasta su cadera. Eso era todo lo que me permitía ver, debido a la altura de estas.

Aww, es tan lindo.

Su humilde y servicial narradora, no hizo más que comenzar a tocar su cuello lentamente, rozando con las yemas de mis dedos.

Ante esto, él soltó un muy extraño y ronco jadeo, seguido de un leve suspiro descuidado. Era sensible, pero no lo suficiente como para que despertase.

Rechisté con mi lengua; no podía tener un sueño así de pesado. Me irritaba tanto verlo ahí, relajado, mientras yo intentaba despertarlo. Pero yo ya le enseñaría a mantenerse siempre atento, con tiempo y visitas inesperadas.

Volví a sonreír, con completa confianza. Posicioné una rodilla a un lado del colchón, para sostenerme ahí, y comenzar a tocarlo de forma más posesiva.

En un impulso, cargando su pecho, besé su mejilla lentamente. Mentiría si dijese que no disfruté el tacto como nunca antes he disfrutado algo, o al menos hasta ese momento, amigos. Incluso cerré los ojos e hice que tomara más tiempo del necesario. Es que su tibia piel en presión contra la mía fue algo inolvidable. Inigualable a cualquier otra experiencia en mi vida.

Al alejarme, la vista que pude apreciar me dejó sin habla; él, despierto, con los ojos llorosos y expresión de terror. Inmóvil y tenso. Oh, Dios, qué chico más lindo.

—Hola — susurré, sonriendo con tranquilidad y obvia confianza.

Hice el ademán de volver a tocar su rostro, pero él se encogió en su lugar, negándose a aquello. Apretó sus ojos con fuerza, soltando leves sollozos.

— ¡A-Arde! — apretó las sábanas contra sí, cosa que ignoré completamente.

—Oh, vamos, no es tan malo, ¿o sí? — hice un puchero burlón, para luego soltar una carcajada.

Él hizo una mueca de dolor.

—No... — murmuró entre lágrimas —por, por favor... — sentía su miedo hacia mí. Más no me importó, pues él me pertenece.

Limpié sus lágrimas con mis pulgares, haciendo un puchero con burla.

—Está bien, Dios, no llores — me acerqué lentamente, cautelosa, y hablé en su oído —. Debes hacer algo, si no quieres que te haga algo también.

Él abrió los ojos, con una mezcla de sorpresa y miedo en su mirada.

— ¿Q-Qué? — preguntó, permitiendo que viese el movimiento frenético de su labio inferior.

Sonreí, perversa ante todo.

—Tocarte — murmuré simple rápido, sin rodeo alguno, pues no creía necesitarlo.

Una sonrisa ladina se formó en mis labios, al ver tales expresiones de sorpresa del niño frente a mí. Más este no se movió un sólo centímetro.

— ¿Y bien? — pregunté tranquilamente, mirando fijamente sus ojos.

Se notaba que él sólo quería librarse de la situación de una vez, mientras parecía tener algún malestar físico.

—Bien — respondió con voz temblorosa, titubeante e insegura.

—Entonces, hazlo — ordené de la forma más calmada que pude. Aunque comenzaba a perder mi, no tan abundante, paciencia en mis adentros.

Alphonse me observó en silencio durante unos segundos, pensando, seguramente, que se trataba sólo de una broma pesada o de mal gusto. O simplemente no sabía cómo hacerlo.

¿Qué importa la razón?

—Hazlo. Ahora tengo poder absoluto sobre ti, cual rey a su territorio y súbitos, completamente mío — y perdí la firmeza, como una miserable chica necesitada de sensaciones; que en ninguna historia ficticia se hace ver ni mencionar.

Porque sólo los hombres tienen esas raras fijaciones sexuales, tales como fetiches o extremas parafilias, ¿verdad?

Al me miró fijamente, regulando su respiración. Cerró sus ojos, ocultando así sus ganas de llorar, y se sentó resignado. Obligándome a levantar de la cama.

Suspiró, y noté cómo tocaba el borde de su pantalón, titubeante y dudoso, de sus propias acciones y, tal vez, mis órdenes.

—La polera — ordené nuevamente, formando una lasciva sonrisa a la vez.

Tocó el borde de su camisa y lo subió lentamente, con una timidez palpable.

Sólo podía sentir mi propia respiración acelerada, ¿pero quién no se encontraría así? El niño, además de tener ternura rebosante, también tenía una sensualidad insospechable e innata.

En su pecho y estómago tenía un par de heridas sin cicatrizar y uno que otro hematoma; mientras que en sus brazos tenía desde quemaduras hasta cortes más recientes de lo que cualquiera desearía.

Aún así, su piel era bonita.

Asió el ribete de su pantalón y lo bajó lentamente. Demasiado lento, a mi parecer.

Una vez estuvieron a la altura de sus caderas, se detuvo. Pude ver el bóxer negro que usaba como ropa interior esa noche.

Mordí mi labio ansiosa, a pesar de sentir su incomodidad y falta de aliento.

— ¿Sólo debo...? — señaló su entrepierna, mientras jalaba el borde de sus bóxers con incomodidad y mirada baja.

Asentí como única respuesta; obviamente no iba a dejar que hiciera tiempo, si es que eso planeaba.

Él hizo una mueca con sus labios, tensándolos hacia su mejilla izquierda. Asintió.

Lo que pasó luego, por todos los dioses, juro que jamás lo olvidaré.

Metió la mano dentro de su ropa interior, tomando su miembro con ella.

Su respiración pareció más agitada aún, casi desesperada.

—No puedo — gimoteó comenzando a llorar nuevamente.

Sonreí de lado. No entiendo cómo se puede resistir tanto.

—Ah, vamos, sólo debes jugar contigo mismo — dije arrogante.

Respiró hondo y volvió su mano a su miembro.

Comenzó a moverla lentamente, imaginando quién sabe qué cosas, pero funcionaban a la perfección.

Aceleró sus movimientos al poco tiempo, a la vez que su respiración se aceleraba más y más.

Sin embargo, su rostro sólo reflejaba angustia.

Angustia y lascivia; qué mala mezcla.

Trás un último aumento de intensidad, terminó por correrse.

Lucía sinceramente jodido. Apostaría a que no dormiría en toda la noche.

—Felicidades, niño, cumpliste lo primero que te pedí — sonreí levantando el mentón.

Él me miró con pesadumbre, mientras que sacaba su mano de su ropa interior, incómodo.

Me dirigí a la puerta de una vez, sin intenciones de disculparme o algo parecido.

Salí sin más y me encaminé hacia mi propia habitación, dispuesta a jugar conmigo un rato.

Con la imagen de un niño de dieciséis años masturbándose por obligación.