Disclaimer: Los personajes, su escenario y su historia no me pertenecen. Es una pena, porque yo los habría utilizado de forma bastante diferente.
Nota de la autora: Cuarta entrega de esta colección. Me he fijado en que todas son sobre la primera generación y os aseguro que no es premeditado y que intentaré que la próxima no trate sobre ellos, aunque me encantan; no quiero hacer la lectura monótona.
Musique
Friend or foe- T.A.T.U
Desde el incidente a finales de su quinto año, Lily Evans no había vuelto a intentar hablar con él. Y después de todo, era lógico y completamente coherente. Ahora mismo se encontraba distraída observando el paisaje a través de la ventana de su compartimento. Los bosques amarilleantes por la llegada próxima del otoño, los prados del verde tan típico allí en el Reino Unido, los pequeños lagos que inspiraban el escalofrío con la sola mirada, se sucedían delante de sus ojos que parecían atentos. Contemplando por el vano aquel panorama, su mente se hallaba sin embargo muy lejos de la campiña escocesa.
Pensaba en todos los pequeños recuerdos que tenía del que antes hubiera sido su amigo. De niños muchos los habrían calificado de inseparables, siempre hablando en susurros y conspirando con inocencia contra la hermana de la chica. Él había sido el primero en descubrirle la magia, y cada día le enseñaba más cosas sobre ese mundo que tanto le interesaba. Finalmente, ella había conseguido traspasar la fachada de chico solitario que él solía erigir y había visto en él el niño frágil y sensible que escondía. En su infancia habían sido cómplices, portadores de un secreto que ni querían ni podían revelar. Un secreto que les había unido en un compañerismo que rozaba la hermandad.
Él, que parecía eternamente sucio, vestido con lo que bien podríamos describir como harapos, pasaba a recoger casi todos los días a Lily, una chiquilla conocida por su rostro adorable y su dulce sonrisa. Durante algún tiempo, los padres que tanto presumían de lo bien que educaban a sus hijos y de lo enseñados e inteligentes que eran se habían regalado y deleitado en un festín que consistía en despotricar sobre el vecino más cercano. Y, con la envidia supurando por todos sus poros y el veneno eyectándose desde sus bocas, se habían regocijado señalando estratégica y puntualmente a los señores Evans las compañías de su hija menor.
No obstante, los progenitores de ésta nunca habían dado importancia al lazo de lealtad que les ataba con una insistencia y fuerza que parecía irrompible. Aún más, no habían hecho sino aprobar la relación que ella mantenía con él, distinguiendo en su figura esquelética y en su mirada lánguida la personalidad quizá no generosa pero sí amable del niño. Un crío que proyectaba involuntariamente su falta de cariño en todas sus acciones y palabras.
Más tarde, en Hogwarts, por el bien de ambos y con la reticencia inminente de Lily, se habían visto obligados a citarse a escondidas, en aulas en desuso o a entablar conversación, siempre en estado de vigilia y tensos como una vara, en los pocos momentos en los que alguno topaba con el otro desacompañado. Sin embargo, su complicidad no había empezado a menguar hasta mucho más tarde, cuando Severus adquirió la molesta y desagradable costumbre de pasearse por el castillo escoltado por la peor calaña que pisaba Hogwarts en esa generación. De repente, sus encuentros se espaciaron más y más y se marcaron paulatinamente con discusiones que llevaban a Lily al llanto o la furia y al Slytherin a la frustración por su impotencia. Él solía imaginarse en sus momentos de distracción que ella era sangre pura y ella soñar con que él hubiera sido catalogado por el sombrero como alumno de Gryffindor.
Pero no era así, y de nada servía fantasear. De ilusiones no se vive y tampoco se mantienen amistades por ellas. Y Lily se hallaba ahí sentada en el sillón cómodo y esponjoso sobre el que tendría que permanecer dos horas más hasta la llegada a Hogwarts, añorando los tiempos en los que la niña entrañable había vislumbrado en aquel crío siniestro la llama de la ternura. La época en que las sonrisas afloraban sin censuras, las manos se reunían en búsqueda de aventuras y las miradas se cruzaban sin apartarse. Sentía todo eso tan lejos de lo que ahora eran.
Ella seguía viendo perfectamente el dolor en aquellas pupilas oscuras que tan pocas veces sonreían con los labios, seguía viendo al niño asustadizo pero audaz en aquel casi hombre que ya no le respondía las cartas ni la trataba con amabilidad. Distinguía los "te echo de menos" en las palabras duras que aveces él le dedicaba. Sabía que pese a todo, él seguía siendo aquella persona que alguna vez le había anunciado con total parsimonia "Eres una bruja", sin reflexionar en las múltiples connotaciones que aquella declaración podía tener.
No obstante, estaba harta. Cansada de verle criticar su sangre en público y de recibir sus disculpas en la intimidad, de recibir sus acusaciones y de no poder diferenciar su actitud sincera de la que no lo era. Ya no podía aguantar más la relación de dos caras que mantenían, siendo la cara oculta los besos en la mejilla, los regalos de cumpleaños y los halagos y términos amables, y la faz iluminada los insultos y los desprecios. Ella siempre le había defendido más de lo que el moreno estaría dispuesto a admitir o permitir, y había hecho caso omiso a todas las malas lenguas que le vestían de la máscara blanca y la marca en el brazo. Pero ahora no podía más que formar parte de aquéllas, al menos en su fuero interno. Su amigo le había hecho partícipe infinitas veces de sus propósitos, recogiendo al principio sus muecas de incredulidad y posteriormente ocasionando discusiones que habían terminado por minar el lazo que tan fuerte les había ligado anteriormente. De ese lazo no quedaba desde hacía mucho más que un mediocre hilillo, luchando contra la presión que intentaba romperlo y que finalmente lo había conseguido sin gran estrépito.
Y es que Lily ya no sabía si seguir aferrándose a los buenos momentos compartidos, a las conversaciones hasta altas horas de la noche, escondidos en el cobertizo de los Evans, a los abrazos verdaderos y afectuosos, o rendirse finalmente a la cruda realidad. Snape, pues ahora debía empezar a referirse a él por su apellido, y ella nunca volverían a compartir sonrisas, a reír de las bromas que le gastaban a su hermana, a abrazarse mientras uno de los dos lloraba. No, nunca más. Había de comenzar a hacerse a la idea de que no se hablarían más, y de que quizás en un futuro no muy lejano, se encontraran en los lados opuestos de un campo de batalla.
No podía distinguir al amigo del enemigo que en aquél momento le hacía frente, feroz y cariñoso, torvo y pacífico, duro y dócil. Todo aquel caleidoscopio de actitudes ya la había aburrido, y no podía seguir hiriéndose al intentar convencerse de que toso seguía igual. Nada era igual, ni siquiera parecido. Y Snape, que una vez fue su compañero y la persona que anidaba su confianza, era ahora su contrincante, por mucho que ella se empeñase en seguir viendo al niño que una vez se había dormido con ella, las manos entrelazadas, apareciendo la tarde siguiente con un ojo morado y cojeando levemente.
Siempre he considerado esta amistad de lo más interesante, y admiro mucho a Snape por lo que hizo por amor. Aún así, logro comprender lo que Lily pudo sentir al verse "traicionada" por él. Me ha gustado imaginarlos de niños, porque pese a lo que parezca, alguna vez lo fueron. Espero haber reflejado bien lo que ambos sentían, aunque me he centrado un poco más en ella. Por favor, ya sabéis que los comentarios son bienvenidos y muchas gracias a los que me han dejado su opinión anteriormente. Realmente se agradece.
Besos y abrazos verdes,
Sirop de Framboise
