Titulo: Sonámbula

Paring: Damon/Elena

Sumario: Incluso antes de abrir lo ojos, Elena supo que algo iba mal.

Rating: +13

Autor: Lylou

Aviso: Situado hacía la mitad de la tercera temporada, aunque no contiene ningún spoiler importante.

Disclaimer: No son míos. Si me pertenecieran a mí, no estaría escribiendo esto.

Capitulo IV: Coincidencias

Ahora estaba preocupado. Todas esas personas tenían a alguien en común, las piezas estaban ahí pero su cerebro no quería encajarlas.

Damon frunció el ceño. -Liz… ¿Que ha pasado?

-Unos campistas han encontrado un cuerpo en el bosque. Es Elena.

Escuchó el nombre que salía de los labios de la Sheriff pero su cerebro se negó a aceptarlo. Cómo si las letras que formaban su nombre no pudieran estar unidas a 'muerte'. Simplemente eso no podía pasar.

-Damon…-Liz dio un paso hacia él, intentando anticiparse a su reacción . –Lo siento mucho, pero Jeremy no está y necesito que me acompañes al deposito a identificar el cadáver.

Pero Damon ya no lo escuchaba. Su súper oído de vampiro estaba centrado en la cocina de su casa, dónde escuchó a Elena abrir el horno y sacar la fuente con la lasaña intentado no quemarse. Durante un segundo Damon se preguntó si tal vez lo había imaginado, si en realidad no acababa de besar a Elena sobre el mostrador de su cocina, y todo había sido solo una alucinación retorcida de su cerebro; solo su mente recordándole que ella nunca le elegiría a él.

Olvidándose por completo de la sheriff en la puerta de su casa, Damon corrió cómo una exhalación hasta la cocina y llegó antes de que Elena se quitara las manoplas del horno. Ella sonrió confundida cuando le vio cruzar la cocina en un pestañeo.

-Damon ¿qué..? –dijo Elena, cuándo él la arrinconó entre su cuerpo y la nevera.

Pero supo que él no iba a responder. Su ojos parecían fríos y distantes otra vez, casi cómo si no la estuviera mirando a ella. Elena intentó no pensar en cómo se sentía su cuerpo contra el suyo o en que aun podía notar su sabor en su boca, porquen sabía que algo iba terriblemente mal. Abrió la boca para decir algo pero Damon le careció el pelo, se inclinó sobre ella y acercó la nariz a su cuello. Elena sintió su aliento heladlo en el cuello y sus labios fríos rozando su piel y cerró los ojos, intentando con todas sus fuerzas no gemir.

-No se a quién tiene en el deposito, Sheriff Forbes, pero no es Elena Gilbert.

Al oír su nombre Elena abrió los ojos sobresaltada y vio que Liz estaba mirándolos desde la puerta de la cocina con curiosidad.

-¿El deposito? -dijo Elena, intentando ignorar el cuerpo el cuerpo de Damon peligrosamente cerca del suyo. -¿Qué ha pasado?

Liz iba a responder cuando Damon se le adelantó:

-Han encontrado un cuerpo en el bosque.

Elena pestañeó un par de veces intentando centrarse. Lo primero que pensó es que ella había matado a alguien la noche anterior, y la Sheriff venía a detenerla.

-¿Un cuerpo? –preguntó con un hilo de voz.

Adivinando sus pensamientos, Damon la miró fijamente intentando evitar que dijera algo comprometedor.

-Si, una mujer joven –dijo Liz, ajena al intercambio de miradas de ellos dos. –Tiene tu misma altura, color de pelo y de piel…y tenía esto.

La Sheriff sacó una pulsera de plata del bolsillo de su uniforme y la dejó sobre el mostrador. Elena la reconoció nada mas verla; era la pulsera de su madre que John le había dado muchos meses atrás. Se miró la muñeca derecha donde solía llevarla y se dio cuenta de que no la tenía, seguramente la había perdido en el bosque pero no se había dado cuenta hasta ahora.

-Hemos ido a tu casa antes de venir aquí. La puerta estaba abierta, había sangre en tu cama y la ventana de tu habitación esta rota –dijo Liz, intentado no asustar mas a Elena. –Creíamos que te habíamos perdido. Me alegro de haberme equivocado.

La Sheriff sonrió visiblemente aliviada, aunque recuperó su expresión profesional otra vez.

-Aun así, conoces a Elena desde que era una niña, Liz ¿no viste que no era ella antes de darme un susto de muerte? –preguntó Damon.

Entonces el rostro de Liz se ensombreció, y miró a Elena, casi cómo dudando si debía responder.

-No quedaba mucho de su cara. Algo se la arrancó.

Elena escuchó las palabras pero su mente se negó a procesarlas. Recordó cómo se había despertado aquella mañana en el bosque, cubierta de sangre y sin saber cómo había llegado ahí. Sintió un escalofrió y miró a Damon de soslayo. Él no se había separado ni un centímetro de ella, y seguía haciendo de barrera entre ella y el resto del mundo.

-¿Tenéis alguna pista? –preguntó él.

La Sheriff negó con la cabeza -Ojala. Sea lo que sea a destrozado a la pobre chica, pero no sabemos nada.

-Quiero verla –su propia voz le sonó extraña a Elena.

Damon resopló y la miró –Ya, cómo si eso fuera a pasar.

Pero en vez de decir nada Elena le miró con sus grandes ojos castaños, sabiendo muy bien que él era incapaz de resistir esa mirada.

-Está bien –aceptó Damon. -¿Podemos ir al deposito Sheriff? Igual podemos ayudar.

Liz frunció los labios cómo si estuviera considerando la idea, y observó a Elena. -¿Estas segura de que quieres ir? No es agradable.

Elena se cruzó de brazos y miró a Damon. No parecía feliz con la idea de ir al deposito a ver el cuerpo, pero ella sabía que nunca la dejaría ir sola.

-Estoy segura.

#

El deposito olía a desinféctate y a algo más que Elena no pudo identificar. Los tres caminaban en silencio por el pasillo oscuro del piso de abajo hacia la morgue, y sus pisadas resonaban en el edificio vacío. Damon caminaba justo detrás de ella, no le veía pero sabía que estaba ahí porque siempre que estaba cerca su piel parecía reaccionar; cómo si hasta la ultima célula de su piel e incluso los pelillos de sus brazos, se estiraran intentado tocare, tener algún tipo de contacto con él. Elena retrasó su mano unos centímetros y sintió los dedos helados de Damon rodeando los suyos. Ni siquiera tuvo que decir nada para que él le cogiera la mano.

-Os aviso que no se parece a nada que yo haya visto antes –dijo Liz, abriendo la puerta de la morgue. –Es muy desagradable.

-Tranquila, seguro que he visto cosas peores.

Elena le fulminó con la mirada y le soltó la mano, aunque no supo si por lo que acaba de decir o porque no quería que la sheriff les viera. Sintió los ojos heridos de Damon sobre ella pero decidió ignorarlo y siguió a Liz hasta la camilla en el centro de la habitación. El cuerpo estaba tapado con una sabana pero tenía algunas manchas de sangre y de tierra. El pelo largo y castaño oscuro de la desconocida sobresalía debajo de la sabana y Elena vio que estaba lleno de hojas secas y palitos del bosque. Recordó cómo se había despertado ella misma, y cómo se había quitado las hojas del pelo en el baño de Damon. Tragó saliva cuando pensó que ella podía haber sido la de la camilla, y se acercó un paso a Damon.

-¿Lista? –preguntó la Sheriff.

Elena sólo asintió y Liz levantó la sabana. El cuerpo de la chica estaba lleno de arañazos y pequeños cortes, sus uñas estaban melladas y llenas de barro. Parecía que alguien le hubiera borrado la cara. Apenas quedaba piel en el sito donde sus rasgos debería estar, sólo había una masa sanguinolenta de músculos y tierra pegada. Elena contuvo la respiración y sintió que el deposito empezaba a girar a su alrededor.

-¿Estas bien?

Damon había escuchado cómo su corazón latía toda velocidad. Ella apartó la vista de lo que quedaba de la pobre chica en la camilla, y levantó lo ojos para mirarle intentando imaginar que no había nada más en el mundo que ella y Damon Salvatore.

-Si –mintió ella, sabiendo que no podía engañarle.

Buscó la mano familiar y segura de Damon por debajo de la camilla de metal pero no la encontró, así que Elena se cruzó de brazos intentando no mirar el cadáver que podía perfectamente ser el suyo.

Damon movió cuidadosamente el cuerpo en la camilla, hasta que vio la parte de atrás de su hombro.

-¿Qué estas haciendo? –Preguntó Liz en voz baja.

Pero Damon cogió unas pinzas metálicas de una pequeña bandeja junto a la camilla.

-Tiene algo ahí –dijo él, sacando un pequeño objeto del cadáver.

La Sheriff se inclinó sobre la camilla y Damon acercó el pequeño objeto a la luz para verlo mejor.

-¿Qué es eso?

Era exactamente igual a lo que le había quitado a Elena de la espalda unas horas atrás.

-No estoy seguro; algún tipo de espina creo –Damon lo estudió bajo la luz blanca de la morgue. -Deberías hacer que alguien lo analice, Liz.

Sin tocarlo, la Sheriff metió la pequeña espina en un botecito de cristal y lo cerró.

-Lo llevaré al laboratorio ¿Habías visto algo así antes?

Damon frunció el ceño cómo hacía siempre que estaba preocupado, y miró al cadáver sobre la camilla.

-No. Nunca.

Elena escuchaba las voces cómo si estuvieran hablando a miles de kilómetros de ella. El suelo ya no parecía firma bajo sus pies y tuvo que mirar abajo hacía sus zapatillas prestadas, pare estar segura de que seguía sobre la tierra. El olor a desinfectante de repente parecía demasiado fuerte para soportarlo y le empezó a doler la cabeza. Tragó saliva pero le supo igual que el producto químico que flotaba en el aire, y supo que tenía que salir de ahí.

-Yo… necesito ir un momento al baño –dijo ella, intentando hacer que sus piernas respondieran.

Cabizbaja, Elena salió de la morgue y buscó el baño con la mirada. Entró y cerró la puerta tras de si mientras luchaba por no desmayarse. La chica de la camilla podía haber sido ella, de hecho, era fácil comprender porque la Sheriff Forbes la había confundido con ella. Abrió el grifo y dejó que el agua corriera unos segundos, mirándolo sin verlo siquiera.

-No deberías estar aquí sola.

Escuchó la voz de Damon y le vio reflejado en el espejo. Ni siquiera le había escuchado entrar en el baño.

-Era igual que yo, Damon. Podía haber sido yo –dijo ella, y se inclinó para beber.

-Podías haber sido tu pero no lo eres –Damon estaba ahora a su lado y cerró el grifo cuando ella terminó de beber. –Y no lo serás.

Ella asintió pero no tenía ningún motivo para creerlo, excepto que Damon se lo había dicho.

-Quiero ir a mi casa. La Sheriff ha dicho que alguien ha entrado y que había sangre –dijo ella, intentado no mirarle.

Mirarle ahora mismo y ver la expresión de preocupación y miedo en sus ojos azules era demasiado para ella. No quería derrumbarse y llorar en su pecho cómo una niña pequeña. Elena quería ser fuerte, y no volver a ser esa chica débil que lloraba contra la camiseta de su novio.

-Claro. Además así podrás recoger tus cosas.

-¿Mis cosas? –Se cruzó de brazos, todavía intentado olvidarse de la chica asesinada. -¿Para qué?

Damon dio un paso hacía ella y se inclinó para que ella no tuviera más remedio que mirarle.

-Necesitarás zapatos y ropa. Aunque no me malinterpretes, a mí no me importa que te pasees desnuda por la casa -dijo él con una media sonrisa.

Ella puso los ojos en blanco pero se lamió los labios, intentando no pensar en que no le importaría nada caminar desnuda por casa Salvatore.

-No me voy a quedar contigo.

Pero Damon colocó los brazos a ambos lados de ella y se acercó a su cara, hasta que Elena sintió sus labios fríos muy cerca de los suyos. Intentó no mirarlos igual que intentó no pensar en cómo la había besado hacía solo una hora, en la encimera de la cocina pero fracasó miserablemente.

-Claro que te vas a quedar conmigo –susurró él, con esa voz de terciopelo que solo usaba con ella. -Yo podría ir a tu casa pero todas mis cosas están en la mansión, así que no hay trato.

-No estoy de humor para juegos, Damon –ella le miró fijamente, intentando no sonar afectada o débil. -Esa chica de la camilla podría haber sido yo.

Sólo la idea de que aquella pobre chica sin rostro hubiera podido ser Elena, hizo que algo oscuro y peligroso se despertara dentro de él. Algo letal que se abría paso a mordiscos dentro de su pecho, dispuesto a hacer cualquier cosa y a acabar con cualquiera que se atreviera a quitársela.

-Eso no es verdad –dijo Damon, casi sin reconocer su propia voz. –Eso nunca podrá pasarte a ti porque tu tienes algo que ella no tenía.

Elena tragó saliva, de repente su garganta estaba terriblemente seca y la expresión en los ojos de él no la ayudaba. Algunas veces le asustaba lo que Damon sentía por ella.

-¿El qué? –preguntó ella, pero ya sabía la respuesta.

-A mi.

Sólo dos palabras. Cómo siempre, Damon no había dado rodeaos alrededor de la verdad hasta convertida en algo fácil y bonito para ella. No, Stefan hacía eso pero Damon siempre le decía al verdad aunque la verdad fuera peligrosa; aunque la verdad fueran solo dos palabras.

-Damon…

-¿Qué? –dijo él con sus ojos imposibles, abiertos de par en par.

No podía discutir con él cuando la miraba así, cómo si ella fuera lo único que él podía ver. Elena intentó que sus piernas no temblaran o que su corazón dejara de latir descontrolado, pero en vez de eso se lamió los labios.

-No hagas eso –susurró él, solo a unos centímetros de sus labios.

Le costaba respirar, cómo si de reperente el aire se negara a entrar a sus pulmones, y Elena tuvo que abrir la boca cómo un pez para poder respirar. Era él, Damon tenía ese efecto en ella.

-¿Hacer que? –su voz sonó débil y asustada, pero no le importó por que sabía lo que él estaba a punto de hacer.

Aun así el beso la cogió por sorpresa, cómo una tormenta de verano que llega de repente. Damon apretó sus labios contra los suyos sin contemplaciones y los dos caminaron a ciegas hasta que ella notó la pared fría de azulejos contra su espalda. Elena hizo un ruidito a modo de protesta cuándo chocó con la pared del baño, pero él no se detuvo. La besó con mucha más fuerza de lo que lo había hecho en la cocina; aquellos besos había sido dulces, dejándole saber que lo mejor aun estaba por llegar. Pero ahora no había nada dulce ni cariñoso en aquel beso. Era cómo si algo oscuro y poderoso controlara a Damon y le hiciera apretarla más contra la pared, hasta que estuvo segura de que tenía la marca de los azulejos en su piel.

Era el miedo. Elena lo supo cuándo él metió las manos debajo de su camiseta prestada y la acercó aun más a él, asustado de que Elena pudiera desaparecer en cualquier momento. Damon no parecía tener suficiente de ella y ella apenas podía respirar, asfixiada entre sus besos y su cuerpo de acero, pero sin ninguna intención de hacerle parar.

Nunca nadie en toda su vida la había besado de aquella manera. Era peligroso, era adictivo y le asustó descubrir que no le importaba en absoluto. Elena sintió fuego en la parte interior de sus muslos, cómo si la piel debajo de sus vaqueros estuviera ardiendo, y supo que Damon podía tenerla ahí mismo, en los lavabos del deposito, si él quería. Cualquier cosa que él quisiera. Le encantó la idea de dejarse llevar por una vez en su vida; era fácil dejarse llevaba cuándo Damon Salvatore la besaba cómo si fuera el fin del mundo.

Algo en su mente gritó, una alama que hubiera olvidado que estaba conectada, recordándole que necesitaba aire porque estaba a punto de desmayarse.

-Damon… -logró susurrar contra su boca.

Aun con los ojos cerrados, él apoyó su frente contra la suya sin separarse de ella más que lo necesario para que Elena pudiera respirar. Su pechó subía y bajaba a toda velocidad, intentando hacerse con todo el aire de la habitación.

-Larguémonos de aquí –dijo él, su voz cómo papel de lija.

Incapaz de formar palabras y mucho menos frases, Elena sólo asintió y caminó hasta la puerta del baño seguida por él, sintiendo algo caliente y delicioso entre sus piernas. Cogió el pomo de la puerta pero antes de que pudiera hacerlo girar, Damon puso su mano sobre la suya impidiéndole abrir la puerta.

Elena iba a decir algo cuando él se pegó a su espalda, y su brazo la sujetó por la cintura, apretándola aun más contra su cuerpo.

-Nunca jamás vuelvas a decir que podías estar muerta –susurró Damon, sus labios acariciaron la piel sensible de su oreja. –Nunca.

La voz de él sonó oscura y desesperada, casi una amenaza. 'Nunca te perdonaré si mueres.'

De nuevo, el oxigeno parecía no llegar a sus pulmones, a su cerebro o a cualquier otro sitio que no fuera esa bola de fuego debajo de sus tripas. Elena asintió rápidamente y se lamió los labios, sabiendo que Damon nunca la dejaría salir de ahí si no decía algo.

-Lo prometo.

#

La puerta de su casa estaba abierta y la cinta amarilla de la policía rodeaba el porche. Damon levantó el cordón policial y lo sujetó para que ella pudiera pasar. Dentro de la casa hacía frío y había algunas cosas tiradas por el suelo.

-Creo que hay una ventana abierta arriba –dijo él. –Hay corriente.

Entonces una puerta se cerró de golpe por el viento que se colaba en la casa, y Damon la puso detrás de su cuerpo para protegerla en un gesto automático en él.

-Es solo la puerta de la habitación de mis padres –dijo ella a su espalda. –Siempre se golpea cuando hay corriente.

El cuerpo de Damon se relajó y se dio la vuelta para mirarla -Ya lo sabía –dijo él con una media sonrisa.

-No, que va -Elena no pudo evitar fastidiarle cómo si los dos tuvieran diez años, y cruzó los brazos desafiante. –No tenías ni idea.

Él fingió que la ignoraba y empezó a subir las escaleras de casa de los Gilbert. Elena tuvo que correr para alcanzarle, un poco decepcionada de que él no quisiera seguir con el juego. Llegaron a su habitación y Elena vio que el cristal de la ventana estaba roto, y que había sangre en la pared junto a la cama. Lo miró fijamente intentando recordar lo que había pasado ahí pero su mente no quería colaborar. Caminó hasta la pared manchada de sangre y vio la huella inconfundible de cuatro dedos en ella. Era su huella, y comprendió que había luchado con su agresor y que había intentado agarrarse a la pared.

-Hay cristales en el suelo –dijo Damon, agachado junto a un montoncito de cristales.

-Bueno, la ventana está rota...imagino que por ahí es por donde salí.

-No. La ventana se rompió desde fuera, por eso los cristales están dentro –dijo él, examinando los pedazos de cristal. –Alguien entró por la ventana y te sacó arrastras de aquí.

Ella sintió un escalofrío cuando le escuchó. Odiaba pensar que algún monstruo nuevo había entrado en su casa, en la casa donde había vivido feliz con su familia, completamente ajena a lo que había en la oscuridad.

-¿Hay sangre de él? Tal vez deberíamos llamar a la Sheriff...

Damon miró las gotitas rojas de sangre seca que iban desde la cama hasta el marco de la ventana.

-No; toda la sangre que hay es tuya. Ya estabas herida cuándo te sacaron de la casa.

Elena se miró otra vez las manos, llenas de heridas y pequeños cortes, y se dio cuenta de que eso era demasiada sangre para heridas tan pequeñas. Quizá hubiera sido su nariz o la misteriosa herida de la espalda.

-¿Crees que hay mas? ¿Más chicas muertas o desaparecidas por ahí? –preguntó ella, aunque no estaba segura de querer saber la respuesta.

Pero él solo hizo un ruido que sonó cómo 'puede', y caminó furioso a grandes zancadas hasta su armario, de dende sacó su bolsa de viaje. A Elena no le sorprendió que supiera donde estaba.

-Llénala o lo haré yo –dijo él, dejando caer la bolsa sobre la cama. –Y si lo hago yo te advierto que todo lo que meta será rojo, pequeño y hecho de encaje.

La guiñó un ojo y ella fingió que estaba indignada, aunque una corriente eléctrica y caliente le recorrió el cuerpo.

-Vale.

A regañadientes, Elena abrió los cajones de la cómoda y empezó a meter cosas dentro de la bolsa sin saber siquiera lo que se estaba llevando. Damon se tumbó en la cama, mirándola todo el tiempo.

-¿No puedes dejar de hacer eso?

-¿Hacer qué? –preguntó él cómo si no supiera a lo que se refería.

Elena suspiró y metió un pijama en la bolsa. –Eso.

Se sentó en el borde de la cama y de repente recordó las noches que había dormido ahí con Stefan. Miró a Damon por encima de su hombro, que no había dejado de mirarla, y se sintió extraña sin saber porque.

-¿Que pasa?

-Nada. Es solo que todo el mundo que vivía aquí conmigo ya no está. -Mis padres, Jenna, Jeremy...Stefan –el ultimo nombre lo dijo en voz baja, cómo si supiera que le haría daño al pronunciarlo. –Todos me han abandonado de una forma u otra.

Pero él siguió en silencio, así que Elena se levantó despacio y fue al baño a buscar su neceser. Cuando volvió a al habitación, Damon estaba de pie junto a la puerta.

-Yo no te voy a abandonar –sus ojos azules ni siquiera temblaron al decirlo. –Nunca. No importa lo que pase, no importa lo que hagas. No te dejaré.

Elena asintió y esbozó una pequeña sonrisa. Lo sabía, lo había sabido casi desde la primera vez que habló con él. Damon Salvatore sabía muy bien lo que era sentirse abandonado; que todos aquellos a los que amaba le dejaran atrás, olvidado.

-Lo se.

Quiso decirle que ella tampoco le dejaría nunca jamás pero eso sería mentirle, porque al final ella moriría y Damon se quedaría solo, abandonado otra vez. Así que Elena dio un paso hacía la cama para coger la bolsa y marcharse, pero él le sujetó la mano y la retuvo un momento más.

-Se que yo no soy él y se que nunca lo seré, pero si pudiera le cambiaría el sitio a mi hermano para que pudieras estar con él –dijo Damon, cómo si cada palabra fuera una losa cayendo sobre él. –No me importa ser el segundo. Siempre el segundo.

Elena le acarició la mejilla, su barba incipiente le hizo cosquillas en la palma. Damon cerró los ojos, cómo si no quisiera escuchar lo que ella tenía que decir, pero ella se puso de puntillas para llegar a su boca y notó cómo él le pasaba el brazo por detrás de la cintura para evitar que se cayera.

-Para mi tu eres la única opción –dijo ella, casi rozando sus labios. –Tu estás aquí cuando todos los demás me han dejado. Eso es lo único que importa.

Por fin Damon abrió los ojos y la miró, aunque negándose a dejarla ir todavía.

-Todo irá bien, estaremos bien, Damon. Ya lo verás –ella le sonrió y le acarició la mejilla antes de separarse de él.

Cogió la bolsa con sus cosas dentro de la cama, pero Damon se la quitó de la mano sin decir nada. Elena sonrió, le dio la mano libre y los dos salieron de la casa de los Gilbert.

Damon sabía que no era verdad. Sabía que ellos no iban a estar bien y que tarde o temprano Elena recuperaría el sentido común y le dejaría. Pero no sería esa noche.

Continuara…