NA: Holi :3 Otro capítulo más. Que lo disfrutéis, y de antemano muchas gracias por los increíbles y preciosos reviews que sé que me vais a dejar :D
Un besito.
Cristy.
PD. Otro día que me voy a la cama a las cuatro de la madrugada xD (P*to FF)
PD2. Ya lo dije en mi página de Facebook, pero para los que no lo vieron y siguen Mugglefied, he publicado que como el día 29 hace seis meses que empecé a publicar la traducción, voy a intentar actualizar ese día y regalaros un capítulo doble. Para que luego os quejéis. Ala, adiós.
Capítulo 4: Aromas.
El agua había empezado a enfriarse, y el aroma a vainilla del jabón ya no era tan intenso como lo había sido media hora antes.
La habitación se encontraba sumida en un incómodo silencio que ni ella ni él habían sido capaces de romper desde que Hermione lo acusó de ser una persona sin sentimientos.
Ella realmente lo pensaba, desde el mismo instante en el que cruzó las primeras palabras con él. Entonces ya supo que nunca podría llevarse bien con una persona tan arrogante y egocéntrica.
Tampoco se olvidaba de todas esas veces en las que la había insultado por su estatus de sangre, su afán por aprender o su aspecto.
Porque él había sido cruel con todas las personas con las que se había cruzado desde que lo conocía, pero era ella la única que parecía tener la capacidad de sacar al ser despiadado que llevaba dentro con su sola presencia. Y no lograba entender por qué.
Sin embargo, y a pesar del acaloramiento que había provocado el alcohol en su cuerpo, trató de hacer a un lado todo el rencor que sentía hacia él y juzgar sus propias acciones.
¿Había sido incorrecto decírselo a la cara? Tal vez debería haberse guardado sus opiniones para ella misma. Que él fuera de aquella manera no le daba derecho a ella a comportarse igual.
Hermione lo miró por el rabillo del ojo. Recostado en el borde de la enorme bañera, seguía mordiéndose el labio con expresión enfadada.
¿Debía disculparse? Él nunca había parecido dispuesto a pedirle perdón por todos los malos ratos que le había hecho pasar a lo largo de los años… pero lo cierto era que nunca antes se habían visto obligados a mantenerse juntos las veinticuatro horas del día, y aquello los forzaba a interactuar más, quisieran o no. No estaban en la misma situación que antes, cuando se dedicaban unas cuantas palabras desagradables al cruzarse por los pasillos antes de dejarse atrás y seguir con sus vidas.
No, aquel ridículo castigo tenía como objetivo llegar a conocerse un poco más. Suponía que el director no esperaba que después de aquello todos acabaran siendo amigos íntimos, pero al menos que sirviera para que los seis se limitaran a respetarse, o al menos a ignorarse.
Hermione se aclaró la garganta, dispuesta a hablar por primera vez desde que ambos se quedaron callados… pero Draco se le adelantó.
—Cállate.
—Si no he dicho nada —se quejó ella.
—Pero ibas a hacerlo.
Los dos volvieron a quedarse callados un momento, pero Hermione no estaba dispuesta a permitir que el silencio volviera a intimidarlos de nuevo.
—Sí, iba a hacerlo —admitió—. Iba a pedirte disculpas.
Draco giró la cabeza hacia ella. Un par de mechones de su mojado pelo se le pegaron a la frente mientras fruncía el ceño en respuesta.
—Siento haber dicho eso.
—No lo hagas —espetó él, pasándose una mano por el pelo.
—¿El qué?
—Sentirlo.
Ahora era ella la que se encontraba desconcertada, y él quien tuvo que volver a romper el silencio.
—No sientas decir lo que piensas —explicó él—. Yo siempre lo he hecho contigo.
Hermione apretó los labios. Aquello era cierto, ella siempre lo había sufrido, desde el principio, sin haberle hecho nada para merecerlo. Sin embargo…
—Pero yo no tenía derecho a… —empezó a susurrar ella.
—No, no tenías derecho. Pero ya lo has dicho, no puedes hacer que las palabras regresen a tu boca. Además, me consta que no eres la única que tiene ese concepto de mí —comentó.
—Eres tú el que se ha encargado de humillar y hacer ver a los demás que estás por encima de todos —le recriminó ella.
Draco clavó en ella una mirada penetrante que le caló más hondo que el agua fría en el cuerpo.
—Yo soy lo que me han enseñado a ser, Granger. No esperes que me disculpe por eso.
—No te molestes entonces cuando la gente piense que eres…
—¿Alguien detestable? —preguntó él, girándose hacia ella—, ¿un monstruo incapaz de sentir nada por nadie?
Hermione se hundió un poco en el agua al observar cómo se acercaba lentamente. A pesar de que hablaba con claridad era evidente un cierto punto de embriaguez en su voz.
—¿Por qué no me respondes? —preguntó, alzando los brazos—. ¡Vamos, dilo! Di que soy despreciable, di que sólo me preocupo por mí mismo.
—Yo no…
—No importa, puedes decirlo —le interrumpió—. Todo el mundo lo piensa; escucho los murmullos a mi paso por los pasillos de Hogwarts, en el gran comedor, incluso en mi sala común. Mis padres están orgullosos de que así sea.
—Pero tú…
—¡Yo podría amar a cualquiera! —exclamó, con un deje angustioso en la voz, salvando la distancia entre ellos y quedando a sólo un par de pasos de distancia.
—Nunca lo has demostrado —susurró ella.
—¡Nadie me ha dejado intentarlo!
Hermione tenía la sensación de que se estaba adentrando en un terreno inexplorado de la vida del rubio. Tenía miedo. Y lo tenía porque sabía que la mecha acababa de ser prendida en su interior. Iba a estallar de un momento a otro, pero aunque ella no quisiera estar cerca cuando ocurriera, estaba condenada a estarlo de todos modos.
—¿Alguna vez has hecho por intentarlo, o simplemente has estado esperando sentado a que alguien se acerque y te dé luz verde? —las palabras cayeron de la boca de Hermione sin darle tiempo a sopesar si eran correctas o no.
Draco la miró con una expresión confundida en el rostro. ¿Por qué se había puesto rígido de repente? Lo cierto era que nunca lo había pensado de aquella manera… pero, ¿qué le pasaba? ¿por qué no encontraba algo bueno que decir para rebatírselo? Y sobre todo, ¿por qué había sido ella capaz de provocarle toda aquella confusión con sólo un puñado de palabras? Sin duda parecería estúpido.
Cuando logró recuperar la compostura, se percató cómo los ojos de Granger lo miraban curiosos. Draco se preguntó si habían sido de ese color achocolatado siempre o si era que él nunca se había parado a fijarse detenidamente. Fuera como fuese, bastó una sola e involuntaria mirada a sus labios para darse cuenta de que aquello había llegado demasiado lejos.
—Será mejor que volvamos —espetó, apartando la mirada y saliendo del agua.
Ella pareció salir de su ensimismamiento al instante. Tomó un poco de agua con las palmas de las manos y se frotó la cara durante unos segundos mientras Draco se vestía con la misma ropa con la que llegó, ya seca.
Él se estaba abrochando los botones de la camisa cuando ella salió y cogió el pequeño bolsito de cuentas del suelo.
—¿Puedes darte la vuelta? —pidió.
Draco no entendía por qué iba a parecerle inapropiado que la viera ponerse la ropa cuando ya la había visto desvestirse. Aun así, giró sobre sí mismo y le dio la espalda sin decir ni una palabra. Siguió entonces abrochándose los botones, de abajo arriba. Cuando abrochó el botón más cercano a su cuello, levantó la mirada. Sus ojos se toparon con uno de los espejos que colgaban sobre los lavabos, descubriendo sin querer el reflejo desnudo de Granger.
Ella también se había dado la vuelta, pero Draco pudo adivinar por la curvatura de su espalda que se encontraba buscando algo en aquel bolso sin fin. No pudo apartar entonces la mirada de la hipnotizante manera en que le caía el pelo por su espalda, que mojado parecía mucho más largo. De las puntas caían de manera intermitente gotas de agua que resbalaban por su piel y recorrían su cuerpo hasta morir en sus piernas.
Draco intentó girar la cabeza al darse cuenta de que se había quedado mirando su trasero, pero el hecho de saberse el primero en contemplar su cuerpo desnudo parecía causar en él una especie de embelesamiento. Porque era extraño. Ella, la insufrible Granger, la mejor amiga del chico que más detestaba en Hogwarts, la que una vez había tenido dientes de caballo y cabello encrespado, había conseguido producirle dos erecciones en apenas una hora.
Sólo apartó la vista de su cuerpo por lo que yacía en el suelo, a su lado; el sostén mojado y las braguitas.
Ella suspiró, y un escalofrío recorrió la columna de Draco de repente. ¿Le habría descubierto? ¿Se habría dado cuenta?
A pesar de que aquello podía servir para delatarle, volvió a mirarla a través del espejo. Seguía de espaldas a él, recogiéndose el pelo en un moño a la mitad de la cabeza.
El bulto entre sus piernas se hizo más pronunciado al percatarse de que una parte de sus pequeños senos había quedado a la vista al levantar los brazos. Sentía el corazón empezar a latir con fuerza y las manos empezar a sudar de repente. Quiso mirar para otro lado, pero se había quedado inmóvil mientras ella metía los pies en unas nuevas braguitas y las subía delicadamente, con aquella fina tela acariciando su piel a su paso. Intentó tragar saliva, pero la boca se le había quedado completamente seca. Cuando pasó los brazos por los huecos de otro de los sostenes que había sacado del bolso y se llevó las manos a la espalda para abrochárselo, Draco entreabrió involuntariamente los labios y se pasó la lengua por ellos, mordiéndolos levemente al final y dando un pequeño paso a la izquierda para quitarse de delante del espejo cuando ella se cubrió el cuerpo con un camisón blanco que le llegaba por las rodillas.
Cerró los ojos. Se suponía que alguien como ella no debía tener la capacidad de provocarle aquellos pensamientos, que él tenía que mirarla como a una inferior, que no la podía desear.
Pero lo había hecho. Sí, había deseado hacer que parara en su tarea de ponerse la ropa interior. Había querido sujetar sus muñecas con una mano y volver a desvestirla con la otra. Apretar su cuerpo contra el suyo y obligarla a aliviar lo que ella misma había provocado.
Ponerla contra la pared y entrar en ella una vez, dos, tres, las que hicieran falta, y no le importaba si necesitaba infinitas veces para aplacar el endemoniado y absurdo deseo que ardía en sus venas. Olvidar su estúpida sangre, pretender ser otra persona... simplemente tomarla allí mismo. Casi podía oírla decir su nombre entre gemidos mientras se estremecía bajo él en el frío suelo del baño.
«Draco, Draco, Draco…»
—¿Draco? —susurró aquella misma voz a sus espaldas, aunque no del modo en que lo había hecho en su cabeza.
—¿Hmm? —respondió él, volviendo a abrir los ojos y agachándose para coger la túnica de Slytherin del suelo y ponérsela por encima.
—Que si nos vamos.
Una vez que estuvo seguro de haber cubierto la terrible erección que luchaba por liberarse de los pantalones, empezó a girarse lentamente hacia ella. Hermione lo miraba como si le hubiera repetido aquello varias veces antes. Draco se aclaró la garganta antes de volver a hablar.
—Claro
A pesar de que no había ventanas en las mazmorras, Draco había pasado el suficiente tiempo allí como para intuir que los primeros rayos de sol ya habían empezado a entrar por los ventanales del castillo.
Cuando se incorporó en la cama la encontró dormida en el sofá, con una de las mantas de su sala común que había metido en el bolso el día anterior por encima. Sacudió la cabeza al darse cuenta de que se había quedado unos segundos contemplándola. ¿Qué demonios le estaba pasando, maldita sea? Se levantó de la cama y se acercó al sofá, dándole un par de puntapiés a una de las patas.
—Despierta —espetó.
Ella gimoteó un poco antes de darse la vuelta y taparse un poco más.
Draco resopló mientras caminaba hacia ella y le ponía una mano en el hombro, zarandeándola bruscamente.
—¿Qué? —exclamó ella, medio dormida.
—Que te levantes y te vistas —respondió él de mala gana—, la sala común está a punto de llenarse de gente.
Hermione se frotó los ojos antes de abrirlos por completo. Se desperezó y levantó con torpeza, guardando la manta de nuevo en el bolso. Luego se agachó para recoger un libro con la portada estampada y la imagen de un par de sillas de madera en el centro, bajo unas letras de color rojo que no alcanzó a leer.
—¿De qué asignatura es? —preguntó él antes de que ella pudiera guardarlo también.
—¿Qué? Oh, no es de ninguna asignatura —respondió rápidamente, lanzándolo al interior del bolso con apremio.
Draco arqueó una ceja.
—¿Entonces de qué es?
—Es una novela —dijo ella entre dientes.
—¿Qué es una novela? —preguntó de nuevo, curioso.
—Cosas muggles —zanjó—. Gírate.
Él levantó la vista del pequeño bolso hacia ella, disgustado por no haber obtenido una respuesta clara a su pregunta… Aun así, se dio la vuelta lentamente y también empezó a quitarse el pijama, caminando cautelosamente en dirección contraria a Hermione y estirando el brazo para alcanzar la túnica que había dejado en uno de los sillones la noche anterior.
—Acércate —ordenó él al tocar con las yemas de los dedos la barrera que delimitaba los cinco metros.
—Espera —dijo ella, que se estaba poniendo la falda del colegio.
De repente, una de las puertas de las habitaciones se abrió y de ella salieron Blaise y Theodore riéndose escandalosamente sobre algo.
Las risas cesaron cuando Hermione profirió un gritito y su falda resbaló hacia abajo al intentar taparse con las manos.
—Tíiiio —susurró Blaise, dándole un codazo a su amigo en las costillas.
—Ya, ya —respondió Nott, mirándose incómodamente los pies.
Draco, con la única tela de los boxers tapando su cuerpo, puso los brazos en jarra y los miró con irritación.
—¿Piensas estar babeando mucho tiempo, Blaise? —preguntó con tosquedad.
El joven volvió a abrir la boca para responder alguna ocurrencia de las suyas, pero las palabras se le atoraron en la garganta al percatarse de la mirada de advertencia del rubio.
—Creo que olvidé… algo —dijo al fin, volviendo sobre sus pasos y entrando de nuevo en la habitación.
—Creo que yo también —comentó Nott, siguiéndole los pasos.
Draco suspiró.
—Dame mi varita —dijo, volviéndose hacia ella—. Está al lado de la cama.
Hermione se dio cuenta de que, una vez que los otros habían desaparecido por la puerta, ya no sentía tanta urgencia por taparse de Draco… ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué su cuerpo se había relajado cuando volvieron a estar solos en la sala común? Él seguía siendo un hombre, un Slytherin, un Malfoy. Sea como fuera, no dudó en acercarse a la cama y tenderle la varita, aun estando en ropa interior.
Él la cogió y agitó, abarcando toda la habitación, de lado a lado. El sonido consecutivo de cerraduras bloqueando las puertas hizo a Hermione suspirar levemente de alivio.
Ya que ella se había acercado lo suficiente, él cogió su ropa y volvió sobre sus pasos.
—Vístete —ordenó.
Ambos empezaron a hacerlo, aquella vez sin darse la espalda.
No tardaron en escuchar cómo había quien intentaba abrir las puertas sin éxito y terminaba por aporrearlas con la mano.
—¡Esto no abre! —exclamó alguien en alguna habitación.
—¡Alguien ha bloqueado las puertas! —dijo otra persona en la otra punta de la sala.
—¡Quien haya sido que deje de hacer el imbécil y abra inmediatamente! —la inconfundible voz de Pansy retumbó por toda la estancia.
Draco le dedicó una rápida mirada a Hermione para comprobar que ella ya estuviera lista antes de volver a agitar la varita y deshacer el hechizo.
Un par de puertas se abrieron rápidamente y varias personas cayeron al suelo por estar intentando abrirlas a golpes.
Los desconcertados alumnos fueron fluyendo desde las habitaciones hasta la salida, los primeros dedicándoles a Draco y Hermione una fugaz y curiosa mirada, otros murmurando cosas por lo bajo o haciendo suposiciones sobre lo que podía haber pasado.
—Pansy —llamó el rubio cuando pasó por su lado.
Ella giró la cabeza en un elegante gesto, haciendo que su negrísimo y lacio pelo ondeara hacia un lado con el movimiento. Al enfocar los ojos en la persona que lo llamaba, una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro, dedicándole una mirada por encima del hombro a la persona que se encontraba a su lado, y que lo había estado durante los últimos tres días.
—Draco —saludó ella alegremente.
Él la agarró del brazo y tiró ligeramente de ella hasta quedar muy cerca de su rostro. Hermione sintió una inexplicable punzada en la boca del estómago y apartó la mirada con rapidez… pero Draco acercó los labios al oído de la Slytherin, apartándole el pelo con la otra mano y poniéndoselo tras la oreja.
Para cuando Hermione decidió volver a mirar, Draco parecía estar susurrándole algo, y Pansy la fusilaba con la mirada. Un par de segundos después, la chica se liberó del agarre de Draco con un fuerte tirón, agarró con más fuerza el libro que sostenía sobre su pecho y se marchó con la cabeza bien alta.
—Esto… ¿debo preocuparme? —preguntó Hermione.
—Sólo le he pedido amablemente que no vuelva a llamarme imbécil —respondió él, encogiéndose de hombros.
Ella arqueó una ceja y le dedicó una mirada escéptica.
—También le he recordado las consecuencias de no obedecer —admitió.
En el desayuno, un chico Gryffindor de primer año se atragantó con una porción de tarta de manzana al asomarse de repente en su plato la cabeza de Nick, el fantasma casi decapitado. Después de intentar darle un par de golpecitos en la espalda, obviamente sin éxito, se disculpó y volvió a desaparecer atravesando el suelo.
—Ese fantasma no aprende —comentó Weasley mientras masticaba con la boca abierta.
Draco no pudo evitar hacer una mueca de asco al respecto.
—¿Cómo puede alguien que ha muerto hace cientos de años pensar que sigue pudiendo tocar a los vivos? —preguntó Potter.
—Creo que si no lo ha asimilado en todo este tiempo, no va a hacerlo ahora —comentó Hermione.
—¿Qué persona tiene la capacidad de asumir su propia no-muerte? —apuntó Crabbe de repente. Ron fue el primero en mirarlo, sorprendido. Rara vez habían intervenido en una conversación desde que les fue impuesto el castigo, él y Harry sólo los habían escuchado hablar entre ellos de vez en cuando—. Quiero decir… no debe ser fácil encontrarte con que has muerto pero que sigues vivo de una u otra manera.
Los cinco se quedaron observándolo mientras éste se hundía en el asiento y se centraba en seguir comiendo los cereales de su plato.
Hermione y Draco fueron a Herbología, donde aprendieron a trabajar con una gran variedad de plantas peligrosas, entre ellas el geranio colmilludo. Él no pudo aguantar la risa cuando uno de ellos le hincó el diente a un chico regordete de la casa Ravenclaw, provocando que Hermione rodara los ojos y negara con la cabeza.
En Transformaciones, a ella casi le da un mini infarto al recordar cómo la profesora McGonagall les había dicho al final de la clase anterior que repasaran para aquel día.
—Va a poner un examen sorpresa —susurró, más para ella misma que para alguien más.
—¿Y? —respondió Draco, poniéndose cómodo en el sitio.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos y una mueca en la boca, como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.
—¡Que no he estudiado! —exclamó, en lo que había pretendido que fuera un susurro—. Con todo esto del castigo se me ha ido el santo al cielo.
Draco frunció el ceño, analizando sus palabras.
—¿Que se te ha ido qué?
—El santo —respondió, casi hiperventilando—. El santo al cielo. Expresión muggle.
Él se encogió de hombros y optó por ignorar la manera en la que ella hojeaba el libro de la asignatura, pasando las páginas tan rápido que Draco dudaba que le diera tiempo siquiera a leer algo.
Hermione sólo respiró tranquila cuando la profesora entró en la clase con otra jaula hasta arriba de otro tipo de criaturas y anunció que volverían a practicar el encantamiento transformador.
Aquella vez no fue Hermione quien resultó herida, sino una chica de tez morena que vestía la túnica amarilla, a la cual uno de aquellos animalitos parecidos a lagartijas con plumas le dio un bocado en el dedo al intentar acariciarlo.
En el descanso del almuerzo, Hermione le pidió a Harry y Ron que la pusieran al tanto de lo que habían hecho en la clase a la que había faltado por ir a la programada para los Slytherin.
Había empezado a apuntar velozmente en un trozo de pergamino todo lo que recordaban sus amigos cuando varias lechuzas entraron en el Gran Comedor y volaron sobre las cabezas de los alumnos, cada una buscando al destinatario del correo que les había sido asignado.
Hermione se encontraba tan centrada en su tarea que ni se percató de la carta que había caído entre ella y Draco.
Él se había encargado de pillarla al vuelo antes de que cayera sobre su plato de huevos revueltos. Le dio la vuelta entre los dedos y leyó la inscripción de la parte delantera, que no parecía haber sido escrita con pluma.
Hermione Jean Granger (Gryffindor)
Séptimo curso.
Hogwarts.
Draco bufó por lo bajo. Como si hubiera más Hermiones Granger en el castillo.
Hermione Jean Granger.
—Es para ti —dijo, dejando caer la carta sobre el pergamino que escribía.
Hermione primero levantó la cabeza y posó los ojos en él. Luego, los desplazó hacia la carta. La cogió rápidamente cuando apreció que su nombre se encontraba escrito a bolígrafo, la abrió, sacó el folio de dentro y empezó a leer.
Querida Hermione,
Hace días que no me escribes, ¿va todo bien?
Ya lo sé, antes de irte me advertiste que al ser tu último año tendrías muchos trabajos que entregar y cosas que hacer, pero cariño, que soy tu madre, a ver si consigues sacar unos minutos para escribirme.
Aquí todo está tranquilo. Últimamente Londres está teniendo el cielo despejado la mayor parte del día, lo cual nos permite salir a pasear más a menudo cuando tu padre y yo llegamos de trabajar. El otro día fuimos a tomar un helado al sitio donde celebramos la inesperada noticia de que eras una bruja (no sé por qué, pero no termino de acostumbrarme a llamarte así... ya sabes, en esta parte del mundo tiene un significado despectivo)
Por cierto, hablando de brujas. Ayer quedé con tu tía para ir a tomar café, pero resultó que a su marido le cambiaron el turno en la fábrica y no pudo quedarse con tu prima Sophia, así que cambiamos los planes y fuimos con ella al parque. Como aquí era un día festivo y hacía buen tiempo, estaba a rebosar de niños. Sophy se puso a esperar para subirse a un columpio mientras su madre y yo nos sentábamos en un banco a charlar. Mi hermana me contaba que tienen planes de mudarse un poco más cerca del centro, pero yo miraba por el rabillo del ojo a mi sobrina. Se había cruzado de brazos de la misma forma que lo hacías tú cuando tenías su edad y no te dejaba hacer algo. Al parecer el niño que se balanceaba en el columpio no tenía intención de bajar… ¿Te imaginas lo que ocurrió?
Tu prima apretó los dientes y el chico salió disparado hacia arriba, cayendo (afortunadamente) en la hierba y dañándose solo la rodilla. Lo vi con mis propios ojos.
La expresión en la cara de Sophia cambió radicalmente y corrió a llorar a los brazos de su madre. ¿Tú crees que aquello pudo haber sido provocado por ella? Parecía tan asustada como cuando tú hacías cosas que no podías explicar… ¿Qué me dices? ¿Tenemos a otra bruja en la familia?
La lástima es que para cuando ella entre tú ya no estarás, pero bueno.
Creo que me he extendido un poco, ¡pero son muchas cosas las que quiero contarte!
Recuerda, cielo, no te agobies con los estudios, no te acuestes tarde y sal de la biblioteca de vez en cuando.
Tu padre y yo estamos orgullosos de ti.
Mamá.
Hermione sonrió ampliamente y volvió a doblar el folio para meterlo en el sobre. Cuando la hizo a un lado, la mirada de Draco llamó su atención. La observaba de tal forma que sintió la urgencia de aclarar el remitente de la carta.
—Mi madre —dijo, casi en un susurro.
Draco la siguió observando un par de segundos más, luego se encogió de hombros y miró para otro lado.
Por la tarde, después de las clases optativas, Gryffindor y Slytherin tenían clase práctica de Pociones.
Los seis castigados se encontraron de camino a las mazmorras, entrando juntos en el aula y rodeando una de las mesas con dos calderos sobre ella.
El profesor Snape no tardó en entrar en el aula dando un portazo.
—La programación que el colegio considera adecuada para la asignatura me obliga a daros esta clase, por más que a mí me parezca una absoluta pérdida de tiempo —dijo con voz firme y clara mientras caminaba directo hacia la mitad de la clase, haciendo ondear la negra túnica por el aire, donde se encontraba un gran y viejo caldero. Al llegar a él, le quitó la tapadera con un golpe de varita y la hizo quedarse suspendida en el aire—. Amortentia —anunció.
Del interior del caldero empezó a surgir un vapor rosa que no tardó en inundar cada recoveco de la habitación. Unos cuantos segundos después, toda esa neblina se fue disipando poco a poco, dejando el ambiente cargado de un cierto aroma dulzón.
—¿Qué es la Amortentia? —preguntó el profesor, alzando la voz.
Todos se giraron, como de costumbre, para mirar a Hermione Granger. Sin embargo, ella no había levantado la mano aquella vez.
El profesor siguió la dirección de las miradas de todos y arqueó una ceja al encontrarla con el ceño fruncido mientras olisqueaba una y otra vez.
—¿La primera vez que la señorita Granger no sabe la respuesta? —inquirió el profesor, deleitándose con la idea.
Ella negó con la cabeza.
—Entonces, dígame… ¿qué es la Amortentia?
—Es el filtro de amor más fuerte del mundo —respondió, incapaz de levantar la mirada de la mesa.
—¿Pretende que le otorgue puntos a su casa con esa respuesta tan escueta?
—Causa una poderosa obsesión en quien lo bebe —siguió diciendo ella—. El efecto es instantáneo. El bebedor se enamora perdidamente de la persona que se lo ha dado y tiene un olor diferente para cada persona, dependiendo de lo que les atraiga.
—¿Qué es lo que huele usted? —preguntó Snape arrastrando las palabras.
Hermione no contestó. En su rostro asomaba una mezcla entre contradicción, horror y confusión.
Pasados unos segundos, alguien carraspeó con la garganta.
Ella levantó la cabeza lentamente y posó los desconcertados ojos en Draco, consciente de que él también la estaría mirando. La impasibilidad de su grisácea mirada no hizo más que provocarle aún más aturdimiento.
Hermione tragó saliva antes de separar los labios y responder a la pregunta del profesor.
—Vainilla.
Hermione fue la primera en irse de las mazmorras cuando la clase acabó, haciendo que Draco tuviera que coger sus cosas con rapidez y salir corriendo tras ella.
—¿Qué ha sido eso? —le preguntó el pelirrojo, alcanzándola a mitad del pasillo.
—¿El qué? —preguntó ella con tono cortante.
—Lo que ha pasado ahí dentro… —Draco observó a Weasley acercarse a ella—. Cuando te has quedado…
—¿Cómo? —le interrumpió.
—Aterrada.
—No sé de qué hablas —refunfuñó ella.
—Hermione —balbuceó Potter, que acababa de llegar a su altura—, todos ahí dentro hemos visto cómo te has…
—No me he puesto de ninguna manera —dijo ella de mala gana, acelerando el paso—. Ahora, si me disculpáis, tengo prisa. Nos vemos en la cena.
Tanto ella como Draco dejaron a sus compañeros atrás en un instante. El rubio la siguió a regañadientes al darse cuenta de que no pretendía volver a su Sala Común, pero tampoco quiso protestar. No aquella vez.
Hermione empujó la puerta de la biblioteca y entró en ella como una flecha, buscando con la mirada una mesa libre. La encontró un poco más allá, cerca de las estanterías repletas de libros que se alzaban hasta el techo.
Se sentó en el banco y abrió al azar uno de los libros que cargaba, hundiendo la cabeza en él y provocando un largo suspiro en Draco.
Éste se limitó a sentarse frente a ella y a puntear la pluma sobre la mesa.
—¿Puedes parar? —pidió ella pasados unos minutos, con una visible irritación en el rostro.
Draco fijó la mirada en ella mientras seguía punteando, esta vez más fuerte.
Ambos entrecerraron los ojos mientras se dedicaban una penetrante mirada el uno al otro.
—Tía, menos mal que estás aquí —dijo una voz de repente, haciendo que rompieran el contacto visual al mismo tiempo.
—Ginny —saludó ella, apartando los libros y haciéndole hueco. A juzgar por la naturalidad con la que se sentó con ellos, Hermione supuso que ya debía estar al tanto de su castigo.
—Tengo una duda en la realización de este hechizo —dijo, enseñándole un pergamino garabateado y bajando la voz cuando la señora encargada de la biblioteca le llamó la atención—. Tengo una prueba mañana y no hay forma de que me salga.
—Con estos apuntes tan sucios lo que me sorprendería sería que te enteraras de algo —comentó Hermione.
Draco se cruzó de brazos todo el tiempo que estuvieron hablando entre ellas, considerando en más de una ocasión el levantarse y, literalmente, arrastrarla hacia la Sala Común o el Gran Comedor. Sin embargo, Blaise entró en la estancia una de esas veces. El rubio le hizo un gesto con la mano para llamar su atención y él se acercó de inmediato.
—¿Tú por aquí? —preguntó Draco.
—Ya ves. El profesor Brunch ha decidido poner un trabajo de un día para otro…
—¿Quién?
—De la asignatura optativa Alquimia… —respondió el moreno—. Es un coñazo increíble.
Los ojos de Blaise se encontraron con los de la pelirroja en el momento en el que la mujer llamó al orden por segunda vez. El chico se sentó frente a ella sin haber sido invitado.
—¿Qué me contáis? —dijo con una reluciente sonrisa, olvidando por un momento aquel dichoso trabajo.
La cena fue… diferente. Potter y Weasley hablaban entre ellos, sin valor para volver a dirigirse a Hermione después de lo de aquella tarde. Crabbe y Goyle habían empezado a intervenir en la conversación, y los cuatro debatían sobre algo que a Draco no le importaba en absoluto. La pequeña de los Weasley se había sentado entre él y Hermione y le preguntaba por lo bajo si Zabini la estaba mirando.
—Sí —respondía Hermione cada vez, rodando los ojos.
—Qué vergüenza —dijo la pelirroja una de las veces.
—Tú no sabes qué es eso —espetó Hermione.
—También es verdad —concedió su amiga.
Ni Draco ni ella se dirigieron la palabra al volver a la Sala Común. Se quitaron la ropa y se pusieron cómodos, él metiéndose en la cama, ella echándose en el sofá.
Cuando todos se fueron a dormir y se quedaron solos, Hermione cogió un pergamino y una pluma y miró por encima del respaldo hacia la mesa más cercana. Luego, giró la cabeza hacia Draco. Obviamente aquella mesa estaba fuera de su alcance, así que optó por volver a guardar el pergamino y la pluma y sacar la novela de su bolso. Podría escribirle a su madre mañana, que al fin era viernes.
Él se dio media vuelta, dándole la espalda a ella y a su estúpido libro muggle. Se llenó los pulmones de aire y suspiró sonoramente. Al fin acababa el cuarto día de aquel maldito y ridículo castigo.
NA: Parece que esto no avanza... P*TOS, ACEPTAD QUE OS AMÁIS DE UNA VEZ.
Quedan tres capítulos, ¿lograrán dar un paso más allá? *silba como si no supiera nada*
Aaaadiós :D
