Surrender the Grey
Renunciar al Gris
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Por:
Emma Grant
traducido por:
PerlaNegra
Capítulo 2
-¿Y por qué debería yo de ayudarte? –preguntó Draco, dándole una última calada a su cigarro. Sopló el humo por encima de su cabeza y éste desapareció entre la ligera neblina que solía cubrir San Francisco.- Ni siquiera me dirás cuáles son esos planes.
Los ojos de Lucius centellearon mientras seguían la trayectoria del cigarro que Draco arrojó al pavimento y luego apagó con su zapato. Dio un paso adelante y acarició la mejilla de Draco con un dedo enguantado en negro. –Todo a su debido tiempo, muchacho. Hay algo que quiero que hagas.
Draco lo miró fijamente, sintiendo su estómago tensarse. –No he cambiado de opinión. No tengo intención de…
-Todo lo que te pido ahora es que ayudes con la captura de Potter. Sabemos dónde está. Podemos atraparlo fácilmente, pero necesitaremos tu ayuda para controlarlo, para convencerlo de que coopere.
Draco miró hacia otro lado y frunció los labios mientras pensaba. Había estado caminado por esa línea durante demasiado tiempo. Había sido capaz de evitar elegir partido durante más tiempo del que pudo haber creído posible, pero parecía como si el final hubiera llegado ya. Se giró hacia su padre, pero se encontró incapaz de hablar: su boca no estaba colaborando con su cerebro.
Lucius hizo una pausa y entonces se inclinó y besó a Draco en la mejilla. -Te contactaré de la manera habitual –susurró. Hasta su aliento estaba helado. Draco tuvo que suprimir las ganas de sacudirse mientras que Lucius se daba la vuelta y se alejaba.
Draco se recargó contra la pared del callejón y exhaló. Te contactaré de la manera habitual. Hubiera corrido hacia otra dirección, si tan sólo hubiera visto que…
Una mano lo agarró por la muñeca y le dio vuelta en la oscuridad. Gritó y se arrojó hacia aquello.
Y se sentó en la cama, jadeando.
-Mierda –susurró, frotándose la cara con una mano-. Maldito sueño.
Una mano tocó su muñeca y se sobresaltó sin poderlo evitar.
-¿Estás bien? –preguntó Harry. Miraba hacia Draco con los ojos entrecerrados en medio de la oscuridad.
Draco se obligó a relajarse. –Sí. Perdona si te desperté. –Se deslizó de nuevo bajo la manta y respiró profundamente.
-¿Tenías pesadillas?
-Sí –respondió Draco, volteando a verlo. Los ojos de Harry estaban oscuros y su cabello estaba extendido por toda la almohada. Lucía tan diferente sin sus gafas.
Harry tomó la mano de Draco con la suya y la apretó. –Odio las pesadillas. –Por un momento pareció como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo.
Draco apartó la vista, mirando en cambio a sus dedos entrelazados. Harry sólo usaba dos piezas de joyería: un anillo que había pertenecido a Ron Weasley y un brazalete que había pertenecido a Draco. Ambos adornaban su mano derecha. Draco acarició el anillo con su pulgar y consideró la idea de preguntarle a Harry si él se lo había quitado.
Por supuesto que no tenía que preguntarle nada sobre el brazalete. Draco extrañaba el peso del mismo sobre su propia muñeca y la reconfortante suavidad contra su piel. Había sido un recuerdo constante de que su madre, muy en el fondo, sí lo había querido. Ahora sólo era un recordatorio de que él quería a Harry… y mucho. Tuvo la tentación de mirar a Harry a los ojos para comprobar si correspondía a sus sentimientos. Pero en vez de hacerlo, Draco cerró los suyos.
Harry suspiró. –Draco…
Un sonido ahogado provino desde el otro lado de la pared. Se miraron el uno al otro, sorprendidos. El sonido se escuchó de nuevo, un poco más alto esta vez, era claro que se trataba de una voz. De dos voces, mejor dicho; una de las cuales dijo: -Oh, Dios…
-Oh, Dios. –El sonrojo de Harry era visible a pesar de la tenue luz.
Draco se incorporó, recargando su oreja contra el muro. –Deben haber llegado más tarde que nosotros. Probablemente no saben que estamos aquí. –Hubo una serie de gemidos constantes, un chirrido que indicó un movimiento sobre el colchón, un jadeo y luego más gemidos. Draco le sonrió a Harry.
Harry se veía completamente mortificado. -¡No quiero escuchar esto! –siseó, bajándose para poder jalar la manta sobre su cabeza.
-Oh, por favor –bromeó Draco, quitándole la manta-. ¿Desde cuándo eres tan mojigato?
-No soy mojigato. Es sólo que no quiero… es privado y… -Harry rodó los ojos y soltó la manta en un gesto derrotado.- Oh, no tiene caso explicártelo a ti.
-Eres un mojigato. Sólo admítelo.
-No lo soy.
En ese momento, se pudo oír a través de la pared un gimoteo. Draco se estiró al lado de Harry, escuchando.
Harry cerró los ojos y suspiró. –Podría haber estado muy bien sin saber que ella hacía tanto ruido en la cama.
Draco rodó hasta quedar de lado, se inclinó hacia delante y le susurró a Harry en el oído: -¿O sin saber cómo suena ella cuando le están haciendo sexo oral?
-¡No sabes qué están haciendo!
Draco no pudo evitar sonreír contra la mejilla de Harry. –Es la única que está haciendo ruido. Él nunca está tan callado al menos que tenga la boca ocupada. –Con la punta de la lengua trazó el canal de la oreja de Harry.
Harry tragó saliva. –Yo… supongo que sabes de lo que estás hablando.
Los gemidos de Hermione parecieron ir in crescendo y luego todo se quedó en silencio por un momento. Harry aspiró temblorosamente, se volteó de lado y besó a Draco.
Harry era fantástico besando, pero Draco nunca se lo había dicho. En realidad, él nunca había pasado mucho de su tiempo besando a nadie. Los besos siempre habían sido un rudo y rápido preludio antes de tener sexo, pero con Harry eran algo que también podía ser un todo. Harry se retiró justo lo suficiente para que sus labios apenas sí se tocaran y sus alientos se mezclaran. Su mano acarició a Draco dirigiéndose hacia abajo, moviéndose con lentitud, casi tanteando. Draco se quedó tan quieto como pudo soportarlo. Adoraba la tensión y Harry estaba empezando a aprender a jugar muy bien con su cuerpo de esa manera.
El sonido de la cabecera de la cama golpeando rítmicamente contra la pared arruinó el momento. Se miraron el uno al otro por un par de segundos y entonces comenzaron a reír. Eso era más que un cliché, era ridículo; y ambos estaban al borde de la histeria después de dos minutos de aquello. Se esforzaron por permanecer callados, mirando fijamente hacia el techo mientras escuchaban los golpes de la cabecera, los gruñidos de Manny y los gritos de Hermione.
Después de cinco minutos, Draco comenzó a sentirse un poco incompetente. Echó una mirada furtiva hacia Harry, quien tenía una expresión pensativa en la cara.
-Nunca duraba tanto tiempo conmigo –murmuró Draco.
Harry soltó un bufido. -¿Quién podría?
-Buen punto.
-¿Es así…? –Harry hizo una pausa, mordiendo su labio.- ¿La mayoría de los hombres duran tanto?
Draco no estaba seguro si la duda de Harry era inseguridad o curiosidad genuina. –No en mi experiencia. Pero eso les gusta a las mujeres; ¿no?
El rostro de Harry se ensombreció.
El golpeteo aumentó en velocidad, se volvió errático y estuvo acompañado por sonidos intermitentes producidos por Manny y Hermione. Finalmente, todos los ruidos cesaron juntos. Draco le sonrió a Harry y luego aplaudió. Harry lo observó por un largo segundo antes de unirse finalmente a él con un grito de alegría.
-¡Que se repita! –gritó Draco, riéndose.
Hubo silencio detrás del muro y luego un inconfundible: -¡Váyanse a la mierda!
Draco sonrió ampliamente. Harry jaló el cobertor encima de ambos y se acostó de nuevo, cubriendo el pecho de Draco con un brazo. Tibio y cómodo, Draco cerró los ojos deseando no soñar más.
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Martes 24 de febrero, 2004.
La lechuza era muy poco común, aunque nadie lo notara. Su plumaje era entre gris y café oscuro, y en cierto tipo de luz casi parecía negro. Pero su característica más extraña era una mancha blanca en el pecho: casi un círculo, como si alguien hubiera tomado una brocha y le hubiera dado un golpe en espiral con ella.
Revoloteó encima de una azotea, escudriñando las cornisas del edificio en busca de pichones que se hubieran quedado solos en sus nidos. Un pichón observó suspicazmente a la lechuza, levantando la cabeza, piando y acomodándose más adentro en su nido. Su compañero se paseó nerviosamente a su lado, también sin perder de vista a la lechuza.
El ave dirigió su mirada hacia la calle que estaba debajo, la cual bullía de gente que se encaminaba a su trabajo. Nadie miró hacia arriba. Los ojos de la lechuza siguieron a algunas personas mientras caminaban: un hombre anciano cargando un saco con fruta desde una verdulería; dos escolares charlando entre ellos y meneando sus carteras conforme avanzaban; una mujer joven que llevaba un maletín y que iba a toda prisa hacia su trabajo. La lechuza regresó su atención a los pichones.
La joven en la calle revisó su reloj de pulsera y frunció el ceño, entonces se introdujo por la puerta de un "Pret a Manger". Ordenó en la barra dos cafés con leche y un pastel, sonriendo cuando el cajero coqueteó con ella utilizando un marcado acento de Europa del Este. Ella se retiró el oscuro cabello de la cara, tomó sus compras y le cerró un ojo al hombre, obteniendo una sonrisa que le reveló demasiada información sobre su historia dental. Cuando alcanzó la salida, un hombre de mediana edad que vestía un fino abrigo le abrió la puerta. Ella le agradeció con una sonrisa, inclinado la cabeza solo un poco.
De regreso a la acera, torció hacia una calle lateral y apenas si evitó chocar contra un hombre de elegante traje, quien se disculpó y trató de entablar una conversación antes de que ella le repitiera que estaba bien, que no se había hecho daño. Tenía que ir al trabajo, dijo ella con sus perfectos labios rojos curvándose en una sonrisa divertida. Él la observó alejarse con un suspiro.
Ella rodeó una esquina y se detuvo ante una tienda de antigüedades. Las vitrinas del lugar estaban llenas de polvorientos objetos y el letrero de la puerta estaba volteado del lado que decía: "cerrado". Siempre estaba cerrada, aunque nadie se percatara de ello. Era una tienda completamente mediocre en una calle tranquila.
La mujer echó un vistazo a ambos lados de la calle y entonces susurró una palabra hacia la pelada pintura de la puerta. Hizo una pausa durante un momento más antes de introducirse a través de la sólida madera hasta un edifico de iluminadas oficinas.
Pasó a un lado de la recepcionista, quien apenas si le dirigió una mirada, y se encaminó hacia las oficinas del fondo. Entró por otra puerta hacia una gran habitación con varios escritorios, computadoras, diferentes piezas de equipo y una variedad de exóticas plantas de interiores. Un hombre sentado en uno de los escritorios trabaja sobre un teclado y miraba fija e intensamente la pantalla de su computadora.
Ella lo contempló durante un momento, quitándose su abrigo y colocando los cafés y su maletín sobre un escritorio. Levantó una de las tazas y caminó hacia el hombre.
-Buenos días –dijo él, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
Ella puso la taza junto a su teclado, luego se sentó en la orilla del escritorio. –Latte, con un chorrito de jarabe de avellana. –Cruzó las piernas y su falda corta se subió un poco. Bajó la voz al agregar: -Justo como a usted le gusta, señor Padilla.
Manny levantó los ojos hacia ella y pareció asustarse un poco ante la vista. –Buenos días –repitió y tomó su café.- Gracias.
Ella sonrió y se inclinó para poder ver el monitor. -¿En qué estás trabajando?
-En aquella pista que supuestamente tú estabas investigando –respondió él tomando un trago de su café.
Ella mordió su exuberante labio inferior pintado en rojo. –Ups. Iba a hacerlo esta mañana.
Manny arqueó una ceja. –Seguro que sí. Bueno, si llegas tarde, traerme un café ciertamente suaviza las cosas.
-¿Algo más que pueda hacer para compensar? –preguntó ella. Se pasó un mechón de su oscuro cabello tras la oreja y sonrió, abriendo los labios levemente.
-No –respondió Manny, regresando a su trabajo.
-¿Estás seguro? –se inclinó aun más hacia delante.
Los ojos de Manny se elevaron, primero a su expuesto escote y luego hacia su rostro. Demasiado tarde, se dio cuenta de lo que acababa de hacer e hizo gestos.
La mujer sonrió. –Voy a decirle a tu novia que viste bajo mi blusa.
-Y yo voy a decirle a tu novio que estás coqueteando conmigo –replicó él.- Ahora; ¿serías tan amable de quitar tu adorable trasero de mi escritorio e irte a trabajar?
Ella sonrió ampliamente, pegó un saltito para ponerse de pie y se acomodó la falda. Un aullido lobuno se dejó oír a sus espaldas.
-¡Oye, nena! –Un hombre joven estaba recargado contra el marco de la puerta.- ¿Dónde está mi café?
Ella lo fulminó con la mirada. –Consíguete tú mismo tu maldito café.
-Oooh, qué genio –respondió él, sonriendo.- ¿Estás en tus días?
Ella puso los ojos en blanco y le dio la espalda.
-Muy bien, chicos, es suficiente –los interrumpió Manny.- Hoy tenemos reunión. ¿Recuerdan? Ben; ¿ya terminaste aquel reporte?
-Casi –respondió Ben y desapareció por el pasillo.
-Y tú no vas a ir a la reunión luciendo así –dijo Manny, girándose hacia la mujer.
Ella se recargó contra su escritorio y sonrió. -¿Por qué, te distraigo?
-Sí –respondió él, regresando la atención a su teclado.
-Creo que te gusta.
La ignoró, poniéndose en cambio a revisar concienzudamente una hoja de cálculo.
Después de un momento, ella suspiró dramáticamente. –Oh, está bien. Finite incantatem. –Su imagen resplandeció y después Draco Malfoy estaba de pie en lugar de ella.- ¿Sabes? La gente es terriblemente amable con las chicas bonitas.
Manny sonrió presuntuoso. -¿Estás considerando hacerte el cambio permanente?
-Muy gracioso. –Draco se acomodó detrás de su escritorio.- Si no te importa mandarme esos archivos…
-¿Con los que yohe estado trabajando? –preguntó Manny con un tono de falsa indignación en la voz.
-Y sí que te lo agradezco –respondió Draco sin levantar la vista de su monitor, el cual estaba despertando a la vida. Empujó sus anteojos más arriba de su nariz e hizo su mejor imitación del acento de Brooklyn: -Que sea de volada; ¿si, man? –La computadora emitió un pitido.- Mierda. ¿Ya hay más actualizaciones para Wizard XM?
-Sí –resopló Manny.- Te dije que debíamos quedarnos con Linux. Tiene una interfaz mágica fantástica. Pero no…
-Ya sé, ya sé. Le he vendido mi alma a Microsoft.
Manny golpeó la pantalla del monitor con su varita: -Epistula.
Varios archivos aparecieron en el monitor de Draco. Abrió uno, sólo para que de repente apareciera una ventana emergente diciéndole que tenía que reiniciar su computadora de inmediato para que las actualizaciones de Wizard XM pudieran ser instaladas. "¡O se corre el riesgo de que el Sistema falle y se destruya!" advertía la ventana emergente, completada con la imagen de un mago de apariencia enojada frunciendo el ceño y sacudiendo la cabeza hacia Draco.
-Está bien –gruñó Draco y pasó una mano sobre la pantalla.
"¡Actualizando!" mostró la pantalla con alegres letras. "¿Por qué mientras espera no va a Starbucks por una deliciosa taza de café? La cafetería Starbucks más cercana a usted se encuentra…"
Draco golpeó la pantalla con su varita para bajar el volumen del sonido y luego abrió su maletín. Tenía varias pistas a seguir, tantas que le era difícil saber por dónde comenzar. Normalmente eso habría sido un reto que habría aceptado con agrado. Le gustaban las actividades de espionaje, asumir identidades falsas y ganarse la confianza de personas sospechosas. Pero su cabeza tenía un precio y eso le restaba un poco de diversión al trabajo. El hechizo glamour era una manera de pasearse por el mundo muggle sin ser reconocido, pero no podría ayudarlo mucho cuando empezara a rastrear Mortífagos.
Y cuanto más pensaba, más se daba cuenta de que probablemente eso sería lo que tendría que hacer. No veía otro modo de salir del aprieto.
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A las once en punto se aparecieron en la oficina del Ministerio de la calle Farringdon, donde Harry y Hermione trabajaban. La asistente de Hermione, Peggy, los encontró en el salón de apariciones. Ella era una bonita y esbelta morena… y el modelo que Draco había copiado para su glamour de la mañana. Ben le dedicó una gran sonrisa californiana y ella le cerró un ojo. Manny y Draco habían apostado sobre cuánto tiempo tardarían esos dos en empezar a follar.
Mientras se dirigían hacia el salón de reuniones, Draco sintió un nudo formarse en su estómago. No había visto a Harry desde la tarde del domingo. No habían podido ponerse de acuerdo sobre qué hacer aquella tarde, por lo que la solución más simple había sido tomar caminos separados. El lunes había sido muy ajetreado y por la tarde Draco todavía no había escuchado nada de Harry. Así que, naturalmente, no lo buscó; esperó a que Harry lo llamara o le enviara una lechuza con una invitación a cenar, o que se apareciera mientras Draco estaba viendo televisión, o que llegara justo a tiempo para ir a la cama junto con él. Finalmente se había ido a dormir después de medianoche sin haber sabido para nada de Harry.
Harry ya estaba en el salón de reuniones dialogando en voz baja con el Director Bass y no levantó la vista cuando ellos entraron. Hermione los miró por encima de las notas que estaba estudiando y les sonrió. Ella había estado muy mortificada la mañana del domingo después de que la habían oído en la plenitud de su orgasmo. Draco se había estado burlando de ella de buena gana durante todo el desayuno. "Esta mermelada está taaaaan buena, ohhh, Dios…" Harry había tenido que patearlo bastante duro para que finalmente se callara.
Harry no estaba todavía enfadado por eso... ¿o sí?
Tomaron asiento alrededor de la pequeña mesa de conferencias. Peggy llevó una tetera y algunas galletas, acomodándose luego al final de la mesa con una pluma para tomar dictado y un rollo de pergamino. Susurró hacia ellos y éstos empezaron a garabatear.
-Comencemos –dijo Harry, poniéndose de pie para repartir las copias de un informe.
Probablemente Manny se quejaría más tarde de que Harry simplemente podría haberles mandado con anterioridad el archivo por correo electrónico, con la finalidad de ahorrar tiempo. Por supuesto, el Ministerio todavía no tenía acceso a Internet, un hecho que había sorprendido tanto a Manny como a Ben. Cuando Draco se había mudado a los Estados Unidos hacía años, había estado impresionado de lo mucho que los magos norteamericanos utilizaban la tecnología muggle.
Harry todavía no hacía contacto visual con él ni lo había saludado de ninguna manera. Draco suspiró, subiéndose los anteojos por el tabique de la nariz. Los estaba usando ese día solamente porque a Harry parecía gustarle como se veía con ellos. Una cosa era cierta: la desesperación no le sentaba bien.
Dejaron caer una copia del informe frente a él. Había una notita en papel amarillo pegada encima que tenía escrito con la pequeña letra de Harry: "Te extrañé ayer". Y tan sólo con eso, el nudo en el estómago de Draco se desvaneció. Levantó la vista para ver a Harry sentarse de nuevo en su lugar.
-Hemos escuchado reportes de actividad Mortífaga a las afueras de Durham –dijo Harry-, lo cual ordinariamente no sería del interés de nuestra investigación, pero en este caso la actividad ocurrió durante una visita oficial de personas no identificadas cumpliendo deberes clasificados para el Ministerio.
-¿Y no tienen idea de quienes eran esos visitantes? –preguntó Manny.
-Tenemos algunas pistas –respondió Harry.
-Pistas –repitió Draco, sacando una pluma y escribiendo con cuidado en la notita mágica: "Yo también… ¿Almorzamos?"- También eso es todo lo que tenemos nosotros. De hecho… -sacó su archivo de trabajo del maletín y pasó las páginas. Pegó la notita mágica en la parte superior de la hoja y le pasó la lista de sus pistas a Harry.- Aquí están las que estamos investigando en este momento. Un viaje sospechoso es uno de los indicativos que buscamos. Tal vez haya algo más encubierto.
-Desafortunadamente, no hay mucho que sospechar acerca de un viaje a Durham –bromeó Hermione.
-¿Se refieren a la ciudad de Carolina del Norte? –le susurró Ben a Manny. Éste le dio una larga mirada antes de negar con la cabeza.
Harry estudió la lista de Draco, haciendo algunas notas mientras la revisaba. –Podemos darles información clasificada de esto, arriba del nivel cinco. Más allá de eso… -volteó hacia Bass e intercambiaron una mirada significativa. Bass asintió y Harry le regresó los papeles a Draco.- Si me mandan una copia, veré que puedo hacer.
Draco le echó un vistazo a la notita pegada en la página superior, donde Harry había escrito: "Tengo una reunión. ¿Cenamos?" Draco levantó la mirada y sonrió. –Eso sería fantástico.
