Capítulo III

Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas.

Paracelso


Sahara estaba lívida, sin embargo, de alguna manera su cerebro logró hacer que los músculos obedecieran la orden de ocultar la misiva rectangular en su puño, mientras las comisuras se le estiraban achacosamente en una sonrisa despreocupada que pretendía restarle interés al gesto de completa confidencialidad perpetrado por Malcom, al abordar éste nuevamente el coche y cerrar la portezuela.

Estaba claro, él simplemente había sido el canal del mensaje, si ella tenía preguntas, y sería verdaderamente idiota si no las tuviera, le correspondía desvelar las respuestas por sí misma.

De repente le zumbaron los oídos. Al principio, creyó que sería a causa del rugido del motor y el posterior arranque de las llantas sobre el pavimento, pero cuando el pitido fue en crescendo, cayó en la cuenta de que el rítmico eco pulsante no era otra cosa que los acelerados latidos de su corazón.

Geneva hizo un comentario sarcástico acerca de si pensaba compartir el cartón de algún indigente esa noche o si se dignaría a entrar al edificio, ella se limito a seguirla por el vestíbulo, sintiéndose como si trajera una dinamita en cuenta regresiva escondida en la mano derecha.

Finalmente, en el apartamento, se adelantó hasta su habitación sin mediar palabra y cerró la puerta tras ella, saboreando unos segundos más de incertidumbre masoquista antes de reunir el coraje para pulsar el on en el interruptor de la luz.

Por fin, se enfrentó a la pequeña tarjeta de cartulina blanca, que descansaba impúdicamente en su palma. Y se le atascó la saliva en la garganta.

Escrito en letra molde, con florituras torpes y apresuradas, habían apuntado una dirección, un piso y el número de un cuarto de hotel, firmando con las iniciales T.K en la esquina inferior derecha de la tarjeta.

La estupefacción rápidamente se convirtió en pólvora de cólera.

- ¡Pedazo de imbécil! ¿¡por quién me tomas! ¿¡Una jodida groupie! – Sahara ardía en deseos de despedazar al remitente del mismo modo en que redujo a trizas la nota en cuestión.

Cualquier buena impresión que se hubiese podido formar del guitarrista era agua pasada. Pero ¿en qué cojones estaba pensando ese…ese…pene-rapero?

«Listo, cuadre un revolcón fácil con la pelirroja» ¿A cuenta de qué? ¿Unas insignificantes miradas de admiración?

- Pues lamento aguarte la fiesta, compadre. – cacareó, dirigiéndose hacia el alfeizar de la ventana. – Suerte con el concierto particular en el baño de tu sucio cuartucho. – murmuro maliciosamente, lanzando las virutas de papel al inclemente vacío nocturno.

No quería saber nada que tuviera relación con Tom Kaulitz nunca más.

Para el miércoles de la semana siguiente, su humor de perros estaba a tal grado que si alguien, quienquiera que fuese, se atrevía a hacer una sola acotación insulsa referente a "Tom Kaulitz y su cuerpo pecaminoso", "…desearía que Tommy me ofreciera lecciones para aprender a tocar el "clarinete" que oculta entre las piernas" ó "Tom Kaulitz es tan sexy que atenta contra moral"; Sahara juraba, por lo más sagrado, que lo mordería.

Señoras, aterricen, el chico es un flautista de hamelín cuyo objetivo es encantar a tantas ratitas bobas como le sea posible, ¿qué no lo ven? ¡Es un pelmazo!

- Señorita Morgan, su entusiasmo me resulta…revolucionario. No obstante, si continua delineando ese trazo con el lápiz por más tiempo, me temo que va a traspasar la hoja y perderá todo su valioso trabajo con la señorita Torres. – la profesora Flint le pilló desprevenida por encima del hombro, evaluando sus progresos con ojo constructivo.

Sahara parpadeó, como si saliera de un trance.

El retrato de Amanda Torres, que había estado elaborando tan copiosamente en la clase de arte de aquel día, le devolvía una mirada desproporcionada desde el atril, cortesía de un ojo demasiado retocado con el creyón negro…y su nariz…¿Por qué la había dibujado así?

Sahara le echó un vistazo a Amanda, disimuladamente. La nariz de su modelo era genéticamente tosca y de aletas anchas que se expandían con sus exhalaciones.

Por otro lado, la nariz que Ra había perfilado en la hoja de la pintura era simétrica, respingada, y le confería angulosidad al rostro redondo de la chica. Esa nariz…

- ¿Ocurre algo malo? – los ojos acuosos de Amanda se entreabrieron con preocupación.

- ¿Señorita Morgan? – la profesora Flint también manifestó su desconcierto.

- Descuiden. – Sahara hizo una bola de la hoja de trabajo y acertó una canasta con ella en el cesto de la basura. – Lo haré mejor esta vez. – prometió, reviviendo una desazón familiar en la boca del estómago.

Bendito Dios, iba a volverse loca.

A pesar de su disposición profesional, acabo repitiendo el retrato tantas veces que la señora Flint tuvo la amabilidad de regalarle un 10 en su calificación. Diez sobre veinte, era la puntuación más mediocre que había obtenido jamás.

Desmoralizada, Sahara había ido a corromperse con unos pastelitos de hojaldre en la tienda que coincidía con la ruta hacia su casa. Grasa en un sesenta por ciento, digerible sólo hasta pasadas las cuarenta y ocho horas de ingestión. Sip, quería uno de esos postres de muerte lenta, y después podría pegar el grito al cielo cuando la bascula de peso le recriminará su desliz.

Ah, sí, divina tentación de capas y relleno manzana…

- Así que no utilizaste la tarjeta…- la voz aterciopelada de Malcom le emboscó en el asiento del frente, interceptándola con el pastelito a unos centímetros del paladar.

- Piérdete.

El rubio jaló la silla, sentándose con el tobillo cruzado sobre la rodilla, sonriendo como si ella misma le hubiese invitado.

- Él se equivocó contigo, sin duda.

Sahara estaba indignada.

- Eres un alcahueta despreciable, y él…aún no tengo un insulto que le siente lo bastante bien. – Ra le dio una mordida a su pastelito como si fuera la cabeza de un juguete.

- Me disculpo. No era mi intención ofenderte, yo sólo obedecía una orden. – Malcom se atusó el pelo con vergüenza.

- Uhm-hum, segudo. – Sahara dijo, con el gaznate full de comida.

- Es curioso, él parecía muy convencido de que irías. – aventuró Malcom, sin cohibirse por su falta de modales. – Ha estado insoportable estos días y tiene a su hermano con los nervios crispados, incluso ha convencido a la banda para quedarse en la ciudad por unas semanas más.

- No me digas. – Sahara puso las cuencas en blanco. – Mira cómo me importa. ¿No tienes algo más que hacer aparte de amargarme el almuerzo? ¿Geneva sabe que estás aquí?

Malcom dejo escapar una risita grave, rascándose el zarcillo plateado que tenía en la oreja. Qué raro, Sahara no recordaba que tuviese las orejas horadadas cuando lo conoció.

La verdad es que fue una fortuna encontrarte aquí, estaba por pasar a recoger a Gev al local. Pero antes necesitaba discutir un temita contigo.

- ¿Qué temita? – Sahara cuestiono, a la defensiva. Si era otra treta que involucrara a Tom Kaulitz…

- Si. Como ya sabrás, el viernes es el cumpleaños de Gev y he planeado una fiesta para ella en el Masquerade.

Ra no daba crédito a sus oídos. El club Masquerade era uno de los lugares de élite más prestigiosos de la capital, famosos por sus estrambóticas pistas de baile y su salón de juegos estilo casino. Una chica de la facultad de artes había revelado en una ocasión que el club poseía piscinas de hidromasaje, a las que ella y su novio les habían encontrado un excelente uso; y un pit repleto de maquinas y videojuegos que parecía salido de una convención del E3.

El pit…Sahara siempre se había imaginado embelesada entre las cámaras virtuales con sensores de movimiento y pantallas de tercera dimensión, repartiendo palizas en el Tekken 3 o rebasando los records en las pistas de motocross, empero, no era tan ilusa, una reservación allí la endeudaría hasta la séptima generación. Y se había resignado a que nunca tendría la dicha de probar ese paraíso de "maquinitas", como las llamaba G.

- …entonces ¿harás las llamadas por mí? – Malcom la chasqueó de vuelta a la realidad.

- Considéralo hecho. – ella sonrió, la primera sonrisa encantadora que le mostraba desde que había interrumpido su almuerzo.

Joder, ella era cien veces peor que Geneva.

…..

Viernes. El viernes era el día de la semana favorito de muchos…

A excepción de Geneva, tal vez. Su compañera de cuarto estaba histérica, aprendiendo el tiro con "bragas" en una "diana", que era en realidad una fotografía de Malcom situada a una distancia convencional.

- Arrímalo un poco hacia la derecha, Ra. Quiero atinarle justo en su rozagante y bonito rostro de degenerado. – Geneva arqueó los brazos, ensanchando el elástico de su tanga de Betty Bott como si fuera un tirachinas.

Sahara suspiró, y se desembarazó de su posición oriental sobre el sofá para colocar el portarretrato como demandaba su amiga.

- Toma esto, tú…insensible…- castañeo, disparando su proyectil de algodón.

Acertó. La tanga le dio en el centro de la cara. Geneva dejó caer los brazos en los costados y comprobó nuevamente la pantalla de su celular, que permanecía apagada, sinónimo de: es tu cumpleaños vigésimo tercero y tu novio aún no te ha llamado.

- Recarga. – sollozó, rebuscando en el cajón vacío de sus prendas.

- Ok. Ya basta. – Sahara entonó lo más seriamente que pudo, y cerró su cuaderno de bocetos con aplauso fuerte. – Tú y yo nos iremos a comer fuera. Girls Night. Vístete y coge tu cartera.

- Oh, te lo agradezco, cielo. Pero no estoy de ánimos en este momento. – Geneva estaba arrodillada en el suelo, organizando el cementerio de "balas fallidas" que sus pantaletas habían ocasionado en el piso.

- No, si no te estaba pidiendo tu aprobación. – Sahara rió. – El taxi llegará en unos minutos, más te vale que estés lista.

- Sólo si paras de torturarme con ese horrible suéter amarillo canario que tienes puesto. No saldré a la calle contigo vestida así.

Sahara se sonrojó. - ¡Por supuesto que iba a cambiarme! – mintió.

- Muy bien. – Geneva formulo una sonrisa que a Ra se le antojo maquiavélica. – Girls Night, entonces.

El taxista estaba al tanto de la sorpresa, así que hizo una estupenda actuación cuando Sahara le indicó la dirección de un supuesto restaurante italiano de la calle Fresnos.

- ¿Segura que este es el lugar? – Geneva miraba desconfiadamente a su alrededor, perturbada por los letreros de acrílico de luz rasante y los locales de poca monta que ocupaban las aceras de la calle.

- Sep. – Sahara cerró la puerta y se despidió del taxista, aspirando la corriente fría de la noche, y reconociendo el callejón que Malcom le había trazado en sus instrucciones. – Es por aquí. – dijo, adentrándose en el estrecho sendero de adoquines.

- ¡Estás loca! Podría haber un psicópata acechando al fondo. – Geneva estaba entrando en pánico, el tic que la obligaba a estrujarse los bordes de su entallado vestido de coctel, la delataba.

Táctica dos, del manual de Malcom para engatusar a Geneva y tener una sorpresa exitosa.

Sé astuta, elocuente y mantén el contacto visual.

- Tranquilízate, G. Lo cierto es que no tenía pensado traerte a ningún restaurante. – Sahara clavo sus ojos verde jade en los cautelosos globos de Geneva. – Verás, al final de ese callejón, está la puerta de un bar de gigolós, recibí un mensaje de Jodelle (si, Jodelle la original, tu asistente.), dijo que estaba esperándonos en una mesa particular y la acompañan unas amigas. ¿No podía ser una noche de chicas solamente con nosotras dos, cierto?

La expresión de Gev sufrió una metamorfosis. - ¿Y qué estamos esperando?

La mujer prácticamente la arrastró por el callejón, y abrió la puerta trasera del club sin más preámbulos. Sahara retomo el mando, y las guió a través de una serie de pasillos y escaleras hasta llegar a la estancia principal, donde se habían congregado cerca de doscientas personas entre amigos y conocidos frecuentes para gritar el clásico: ¡Sorpresa! ¡Feliz cumpleaños, Geneva! Con una lluvia de confeti y papelitos de colores.

Geneva estaba radiante, y ni siquiera permitió que Malcom terminara de dar su discurso cuando lo inclino en medio de sus brazos y le otorgó un beso hondo e ilimitado, de esos que roban el aliento.

Y luego se prendió la fiesta.

Música a todo volumen, cuerpos rozándose en la pista de baile, el bartender realizando trucos con sus tragos. Geneva y Malcom se desvanecieron entre la muchedumbre y Sahara se agrupo con unas chicas de la facultad a las que había telefoneado, hacía mucho que no disfrutaba del revuelo de la juventud, viviendo por y para sus pinturas y la beca de la escuela de artes.

Jodelle, la asistente de Geneva de su tienda de lencería exótica, era una chica agradable y bochinchera cuyos pies eran incansables. Cotillearon brevemente, como tienden a hacer las mujeres (quien se lleva el premio a la calabaza de la noche, Fulano y fulana están pleno lavado de amígdalas en aquel rincón, ¿bebes? Deberías probar el Bloody Mary que prepara Junior…) e hicieron buenas migas, pero a la media hora Ra sentía que sus pulgares cosquilleaban.

Por lo cual, se escabulló con piernas expertas rumbo al piso inferior. Su pit de ensueño la acogió con una bienvenida al estilo de Britney Spears y su contagioso Toxic.

- El Edén…

- …. de los adictos a los juegos de vídeo…- la siguió una voz.

- …. en la tierra. – puntualizó Sahara, pestañeando hacia su inesperado colega.

Y se quedo de piedra.

Si, los viernes eran los mejores días de la semana para muchos, inclusive Geneva podría haberles encontrado el placer, pero lo que era Sahara, estaba irrevocablemente resuelta a tacharlos de su calendario a penas tuviera una oportunidad.

Me he vuelto adicta a ti, ¿acaso no sabes que eres tóxico?

Continuara…


Niñas. gracias, gracias! Debí subir el capi ayer, pero a penas si tuve chance de cargarlo en TH-fiction sin saltarme el toque de queda!

Les agradezco de todo corazón que hayan concebido un sitio para los contratiempos en sus vidas!

Un tulipán rojo para ustedes.

Belle