Disclaimer: el Potterverse le pertenece a J.K. Rowling y a todos quienes comparten los derechos. Esta historia se hizo solo por el disfrute y me siento amparada en la bendición dada por Joanne, quien dijo que le encantan los fanfics.
Aviso: Este fanfic participa en el Reto Extremo de Harry Potter: Año #1 del foro Hogwarts a través de los años
Brujita en construcción
Reto #4. Mascota
Dado: 4
Tiempo: 15 minutos
IV
Millie no tiene mascotas. En casa, los animales no son mascotas. Son mercancía. Y si bien se los trata con respeto, son sólo eso: mercancía.
No es bueno encariñarte con el conejo que servirán para la cena o con el cerdo que se asará el domingo. El profesor Quirrel ofrece acompañarla a comprar un animal de compañía, pero Millie se rehúsa. Para enviar cartas, le han explicado, tendrá a las lechuzas del colegio. Y esa, pensaba la niña, sería un animal de compañía útil. Una mercancía más para su casa.
Tal vez luego, pensó. En unos años…
Millie no quiere mascotas, porque los animales mueren o son vendidos y luego uno los extraña muchísimo. Es mejor no encariñarse. Así que cuando pasan por una tienda con olor peculiar y de donde se ven brillar muchos ojillos, Millie mira al otro lado y sigue su camino.
Quirrel le habla y le habla de tantas cosas, del colegio, del futuro, del bien y del mal, y Millie comienza a marearse entre tanta gente y tanta novedad. Casi no se percata el pequeño gatito que se le enreda en los tobillos.
—¡Ay!
—Miau.
Profesor y pupila miran al suelo, al despelucado gatito negro que les devuelve la mirada con curiosidad.
Millie parpadea y el gato la imita.
Millie se acerca, ansiosa y le tiende la mano. El minino acerca su nariz a los deditos temblorosos de la niña, olfatea un par de veces y, tras decidir que esta sería su humana, le lame la punta del dedo índice.
Millie no quiere mascotas, pero de pronto se encuentra recogiendo a un minúsculo gatito, raquítico y con algunas pulgas, envuelto en una manta que el profesor produjo por arte de magia (aprenderás eso muy pronto, había dicho con una mueca).
—No dejaré que nadie te coma… —le susurra a la orejita paradita.
Minino maúlla, feliz, y se acomoda entre los brazos de la brujita, quien se permite una sonrisa pequeñita.
